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Óxido de hierroI Lamento no haber visto la intención de tus ojos en la noche, fatal no haber interpretado la opresión de tu mano esquiva en mi ingle de plata. No sé ni diferencio cuándo alguien me ama o sólo me conmueve. Recogeré, pues así lo pide tu mirada ahora, las prendas depositadas como ofrenda a los pies de tu lecho -el carmín en las sábanas, los icores, se quedarán tras mi marcha en el buzón de los sueños- y me alejaré como el delincuente que persigue un deseo intangible, como la fiera ahíta por un rato, como si no fuera Lot y tú me importaras. II Sólo la luna brilla en el campo desnudo a esta hora de sombra casi irreal y me baña con su cascada de luz con la sobria suavidad del algodón humedecido. Voy de una luz a otra, sombrío, -bajar para subir, estallar como un globo tenso por el gas- por un campo de peces muertos, donde resbalan mis pies, sin equilibrio. El mundo es un gran cuarto oscuro, virtualmente abierto a los curiosos. A la luz escasa de esta búsqueda punzan las púas agrias de las ortigas, como rosas y encías sangrantes. De vez en cuando oigo gritos, risas, de bultos que acechan tras los arbustos, como los ecos rotos de una luz pegajosa. III Por la mañana un montón de chatarra, de viejos carromatos de óxido en los bordes del camino, y un árbol solitario al pie de un río. IV A este árbol de fuego en el verano le quedan solamente unas hojas de cobre recortadas contra el amianto del cielo. Los arcángeles del barro observan mudos cómo las cardelinas pían en sus ramas casi desnudas. Ya no sé si voy o vengo, si crezco hacia lo alto, como un tornado, o me hundo en el fango y la sevicia como un muerto arrojado a la tumba. No soy de nadie, sino de la tierra que abrupta me besa y me posee. Y del viento, que me acuna en la tarde. A la luz de la estación fría, blanca de nieve en lontananza, no valgo más que el afán de ser nube, sin dejar de ser raíz que busca el agua. Jesús Jiménez Reinaldo 03/05/2004 15:07 |
"Si quieres ser escritor, escribe". Epicteto
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