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Opciones de títulos

Opciones de títulos

Uno de los títulos más atractivos de la historia de la novela popular es Lo que el viento se llevó. Pero la autora, Margaret Mitchell, trabajó durante diez años en esta novela pensando en el título Pansy, que era el insulso nombre con que se iba a llamar originalmente la heroína que hoy conocemos como Scarlett O’Hara. A menos de seis meses de la edición, la autora le cambió el título a su obra por el de Mañana es otro día. Pero lo descartó cuando se enteró que había otros dieciséis libros que comenzaban con la palabra “mañana”. Finalmente recurrió a un párrafo de su propio libro, que incluía la frase que pasaría a la historia, basada a su vez en un poema romántico (género que fascinaba a Mitchell) de Ernest Dowson. Dicen las malas lenguas que, además, la autora había considerado títulos tales como Jettison, Hitos e inluso ¡Ba! ¡Ba! Oveja negra.

Con relación a los títulos, Milan Kundera dijo una vez que "cualquiera de mis novelas podría llamarse La insoportable levedad del ser, o La broma o El libro de los amores ridículos. Mis títulos son intercambiables, reflejan el pequeño número de temas que me obsesionan, me definen y, lamentablemente, me restringen. Más allá de estos temas, no tengo nada que decir o escribir".

Un particular cambio de títulos sobre la marcha fue el que intentó Tolstoi. Su intención original, cuando comenzó a escribir su monumental La guerra y la paz, era mostrar un panorama de Rusia en los complicados años que siguieron a la era napoleónica, en la década de 1820. Así, la novela se iba a llamar 1825. A medida que avanzó en su obra, el argumento se fue centrando en el transcurso de las guerras napoleónicas. Trasladó entonces a sus personajes veinte años atrás  y retituló su trabajo como 1805, título con el cual comenzó a publicarse por entregas en un periódico ruso. Muchos capítulos más tarde, Tolstoi decidió llamar a su novela, aún en formación, con el título optimista de Todo está bien cuando termina bien. Su propósito era el de dotar de finales felices a todos sus personajes. Sin embargo, el libro creció y creció hasta alcanzar dimensiones impensadas y, dentro de su obra de ficción, Tolstoi redactó un muy serio ensayo sobre la historia de Rusia. Así que pensó que su obra requería de un título más solemne. Consideró entonces que la guerra y la paz eran los elementos básicos de siglos de vida rusa. Y así nació el título de una de las mayores obras de todos los tiempos.

Dentro del género de los ensayos, otra historia muy graciosa tuvo como protagonista a la famosa recopilación de discursos de Winston Churchill, publicada en Inglaterra con el título de Las armas y el acuerdo. El editor norteamericano opinaba que este título no significaría demasiado entre el público de su país y le pidió al político que propusiera una alternativa. Entonces, Churchill telegrafió su sugerencia: The years of the locust (El año de la langosta). Pero el operador de turno tipeó mal este título, que llegó a Estados Unidos como The years of the lotus (El año del loto). Los editores, pese a creer que Churchill había enloquecido, quisieron hacerle honor a su propuesta. Así, partiendo de la leyenda griega que decía que el loto produce sueño, retitularon su obra como Mientras Inglaterra duerme. De más está decir que el libro resultó sumamente exitoso, pese o gracias al distraído trabajador de correos.

El muy sugerente título ¿Quién teme a Virginia Woolf? nació cuando el autor de la obra, el dramaturgo Edward Albee, vio esta extraña pregunta pintada a modo de graffitti en la pared del bar neoyorquino al que solía ir a tomar unos tragos. Tiempo más tarde, cuando terminó su obra, recordó la pintada y la utilizó para titularla.

Y es que detrás de cada título famoso hay una historia. En muchos otros casos, son los editores los que deciden cómo se llamará la obra. Raymond Chandler le escribió una vez a su editor, el famoso Alfred Knopf: "Estoy pensando un buen título para que luego me pidas que lo cambie".

Francis Scott Fitzgerald era tan gran escritor como mal titulador. Para su novela más famosa, El gran Gatsby, había pensado títulos tales como Trimalchio (haciendo referencia al patrón rico del Satiricón de Petronio), Gatsby, el del sombrero de oro o El amante fanfarrón. En este caso, el sentido común de los editores merece un agradecimiento.

William Faulkner tuvo la idea de titular a una de sus novelas La cruz: una fábula. Pero la cruz del título, según sus osados planes, debía aparecer con su clásico símbolo en la portada del libro. Sus editores rechazaron de plano la propuesta aduciendo que los libreros no tendrían forma de ubicarlo en sus catálogos, ordenados alfabéticamente. Finalmente, el libro se llamó simplemente Una fábula.

Una buena fuente de títulos siempre ha sido y es Shakespeare. Muchos autores suelen extraer frases del autor de Hamlet para nombrar a sus obras. Algunos ejemplos: Los perros de la guerra, Pálido fuego, En busca del tiempo perdido, El sonido y la furia, Rosencrantz y Guildenstern están muertos, y muchos más.

Afortunadamente, para D. H. Lawrence, ninguno de los títulos que eligió originalmente para sus principales obras vio la luz. Así, Paul Morel se convirtió en Hijos y amantes; John Thomas y Lady Jane se conoce como El amante de Lady Chatterley; y El anillo de bodas se llamó finalmente Mujeres enamoradas.

Somerset Maugham dijo una vez que "un buen título es el título de un libro exitoso". Y es que, cuando vamos a una librería, si no conocemos al autor, ¿compraríamos un libro que se llamase La ballena? Pues ese era el título que pensó originalmente Herman Melville para su ahora clásico Moby Dick.

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