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La telaraña

I

La primera vez que tomó ese fierro en sus manos le pareció frío e indiferente, pero ahora Mario había pasado tanto tiempo esperando a su víctima junto al poste de la esquina, que el fierro, largo y oxidado, ya no le parecía ajeno a su organismo, sino que ahora se había convertido en un brazo más de su cuerpo. Esta nueva extremidad era inmune al calor, al amor, al dolor, a los impuestos, al frío y a otros males de los que se es imposible escapar.

El fierro era inflexible y duro justo como a Mario le hubiera gustado ser por completo.

Mientras esperaba sin moverse de aquel lugar, cerró sus ojos y su imaginación salió a jugar libre por el cosmos, escapó sin pedir permiso para conocer nuevas galaxias rodeada de muchos espejos.

"Los espejos siempre están aquí mirando la fealdad y la belleza. Nada les importa."

Él se miró en tantos de aquellos espejos que llegó a pensar la posibilidad de cambiar su vida por la de uno de aquellos reflejos que solo sabían imitarlo sin pensar. Tal vez de esa manera ya nadie lo podría culpar y de nuevo sería por siempre tan inocente como cuando niño.

"¿Inocente? ¿Acaso soy culpable? ¿De qué?"

Y justo cuando se hacía estas preguntas en su sueño se percató de que estaba en una trampa, donde una enorme araña se le acercaba despacio y en silencio, hasta que pudo sentirla encima como un vaho frío que bañaba todos sus miembros. Entonces Mario levantó su nueva extremidad de hierro con la que hirió al monstruo y rompió sus ataduras, pero cuando estuvo libre empezó a hundirse en un agujero negro sin luz ni final.

Hubiera seguido en ese trance, pero un sonido agudo y metálico, que venía del exterior y lo sacó de aquella pesadilla estremeciendo su cuerpo. Abrió sus ojos y se dio cuenta de que mientras dormía el fierro se le había zafado de sus manos y estaba en el suelo frío e indiferente, como cuando lo había encontrado.

Miró el reloj. Ya ella estaba por llegar. Se limpió el sudor con una

mano.

"¡Malditas arañas siempre me hacen lo mismo!"

Levantó el fierro y asumió la posición inicial.

Un sonido rítmico hace eco en las calles cercanas al parque. Son los pasos cortos y rápidos de Tania que cada vez se escuchan más cerca y Mario sujeta con fuerza el fierro, inhala lento y hondo siguiendo su ritual. Ella pasa por su lado sin mirarlo.

"Uno, dos y nadie es inocente."

El fierro se agita y silba cuando corta el viento. El primer golpe no es certero. Ella cae al suelo confundida y desde abajo voltea su rostro buscando respuesta, y sus ojos van a dar inevitablemente con los de Mario sin darse cuenta de que su mirada tiene el poder para desarmarlo, regalándole un cielo con todas sus estrellas. Él lo sabe bien, pero siente miedo y se empeña en cerrar cuanto pueda sus párpados y deja que una avalancha de recuerdos y pesadillas ahoguen de nuevo su conciencia mientras continua golpeándola con todas sus fuerzas.

Mario la hirió una y otra vez, desesperadamente para defenderse de la araña que está vez solo gime y llora como un mujer a la que nadie escucha en un cosmos lleno de espejos, pues los reflejos no tienen voluntad propia, solo son espectadores anónimos y silenciosos.

"¡Maldita araña! ¡Jamás me engañará!"

Y siguió golpeando a Tania hasta que dejó de escuchar sus lamentos y después de un rato Mario se detuvo para mirarle el rostro que ahora estaba morado, cubierto de sangre y sintió una extraña mezcla de ternura y horror.

"¡Malditas arañas! ¿Cuándo me dejarán en paz?"

Se fue caminando muy asustado por el cosmos de las calles de la Capital. Siguió cayendo en un agujero negro donde no importa la realidad y se perdió en los laberintos urbanos siempre llenos de espejos que lo miran y le abren paso sin oponerse, sin hacer preguntas y lo dejan caer, caer...

 

II

 

"Desgraciada mocosa. Se cagó de nuevo. María, hacete cargo de la niña.

Deja ya de llorar que vas a despertar a tu tata.

Muy bien, báñate. Sí, así restrégate bien.

No, no en esa parte: por encima.

Ya, cochina deja de tocarte. ¡Perra!

Te voy a poner las manos en el fuego si lo seguís haciendo.

Güila idiota.

Come de una vez por todas, que para eso trabajo en la fábrica.

¡Malagradecida!

¿Qué? Pero ¿quién te enseño esas palabras? ¡Desgraciada!

Llega temprano.

¿Con quién andabas?

Eso es pecado.

¿Querés irte al infierno?

Escriba 100 veces en el cuaderno: 'No vuelvo a... '

¡Maldita! ¿Ese es el ejemplo que te doy?

Espérate a que lo sepa tu tata."

Eran las seis de la tarde cuando Tania despertó con dolor de cabeza. Había soñado otra vez que sus padres, la maestra de su antigua escuela y el sacerdote del barrio le gritaban sentencias como cuando era niña, mientras ella, ya hecha mujer se desnudaba frente a ellos muy callada sin dejar de mirarles a la cara.

Aunque su soledad no había cambiado con los años, sus clientes sí y eran cada vez más difíciles. La noche anterior había sido muy floja, por lo que esperó en el Parque Morazán y caminó por la cuadra del Hotel hasta el cansancio.

Lo curioso para ella es que desde hace varias noches está un hombre en el poste de la esquina mirándola inmóvil como estatua sin hacerle ninguna oferta.

"Todos estos locos cargando fierros y las pancartas tiradas en el parque son por culpa de la huelga."

Tania tomó impulso para levantarse de su camón de tablas, cogió el vestido negro y los zapatos, se metió al baño y en una palangana se lavó la cara, tomó un trapo húmedo para limpiarse mientras una brisa fría entraba por las rendijas del baño erizándole la piel, se vistió frente al espejo del botiquín, cepilló su cabello. Antes de salir se sentó en el sanitario, abrió una bolsita secreta que siempre esconde de los demás.

Exhaló despacio, muy despacio, contó hasta diez y jaló cuanto pudo con sus pulmones calentando su nariz de tal forma que algunas lágrimas le salieron de los ojos como si hubieran estado esperando durante tanto tiempo una excusa para salir sin tener que llorar. Inmediatamente olvidó que tenía frío, y todo se puso muy borroso como si estuviera rodea de nubes, sintió que flotaba y las cosas a su alrededor empezaron a dar vueltas fuera de control.

" ¿De qué sirven

los atajos al Cielo

si nos cortan las alas?

¿Y de qué me sirven

a mí las alas si nadie

me enseñó a volar?

La, lalala, la la..."

Y se sitió levitar mientras recordaba aquella canción y se dejó llevar por la inercia hasta la puerta.

Ya eran casi las ocho cuando ella salió de su apartamento; de nuevo a la calle, caminando sobre la línea imaginaria con un andado pretencioso: moviendo sus caderas, agitando su bolso, sin mirar a los lados. No le importó lo que decían las vecinas, el claxon en la calle, los silbidos en la acera, las letras de neón ni las monjas que se persignaban al verla. Ella solo estaba levitando. Levitando entre las nubes de su cielo sin sentir que sentía.

Anibal G. Vindas

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