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Lo íntimo y lo público en literatura

Lo íntimo y lo público en literatura " Todo se entreteje para formar un todo, unas cosas actúan y viven en las otras, suben y bajan como fuerzas celestes y se entrecruzan con sus cubos de oro, oscilan de un lado a otro, con benéfico impulso, bajan del cielo y atraviesan la tierra y resuenan armónicamente en todo el universo. Grandioso espectáculo " Goethe - Fausto -



Con la facilidad, y a veces con la extrañeza que regresamos del sueño a la vigilia, viajamos a través de la literatura y en especial de la poesía, de lo interior a lo exterior, del adentro al afuera, de lo íntimo y lo personal a lo colectivo y universal; y suceptible todo lo anterior de suceder a la inversa.

En ésta tarea alquímica y transfiguradora, de ver inscrita nuestra pequeñéz en el mundo macro y colectivo; nuestro norte, nuestro hilo de Ariadna es el símbolo. Solo él como herramienta mágica permite que lo íntimo adquiera un carácter universal. El símbolo, bella sustancia, por la cual todos los seres , por diversos que parezcan, logran una lectura próxima a lo divino.

El símbolo es el puente que nos admite el diálogo con lo invisible, lo innombrable que se hace promesa de lo posible a través de la palabra, lo numinoso como agua donde fluímos hacia el origen.

Lo acaecido en nuestra realidad tangible es recogido por el pensamiento , transformado por el verbo y vertido en el poema. En ésta faena de lo íntimo, en ésta batalla con la forma, estriba el logro último de develar esa realidad, a veces pequeña y doméstica, a veces simple y aparentemente fútil, en lo sagrado que le subyace, en lo grande, en lo universal de que participa toda cosa de la naturaleza.

Detrás de la experiencia cotidiana existe un orden superior de la realidad. A la literatura le corresponde asir ese orden, hablar su lengua, traer de su cielo la luz infinita que ilumina las cosas de la tierra, la vida de los seres. Es en ese instante donde lo íntimo, lo particular , lo único, pasa a ser universal , vasto , plural y diverso , y todo en virtud de ese tránsito por el símbolo testimoniado desde la metáfora y la comparación; he ahí la función poética.

Una verdadera literatura cuenta con la mirada del ser primordial, con la analogía perpetua , natural y espontánea , entre el afuera y el adentro, entre lo público y lo íntimo. Ese afuera cargado de paisajes itinerantes y de formas, de actos, y de la cosa realizada; y ese adentro cargado de onirismo, de la realidad del pensamiento y de la cosa por realizarse.

Entre éstas dos instancias, el hilaje que mantiene el tránsito vivo, vigente, pletórico de fuerzas en tensión, el viento que hace posible un lugar común, es el verbo que se hace carne, disolviendo el alma de un solo hombre, su sentimiento singular, en la gran alma de todas las cosas, en lo indiferenciado.

Así, lo arquetipal y lo simbólico son el gran fuego común que convocan éstas dos polaridades. Con ellas como puente, se hace posible que el inmenso y palpitante ojo del universo, habite con su escritura secreta en el latido diminuto de los pájaros, que el más tenue de los silencios o la más breve gota de lluvia, contenga toda el agua del océano y su canto rugiente.

En la poesía se viaja de manera inmediata desde el corazón a los asuntos. Mientras los ojos vierten la mirada en la piedra, las manos se ocupan de su talla divina y de su origen; o del viento azaroso y constelado que la trajo frente a sí.

El símbolo, hace que el barquito de papel, evoque el niño que duerme en todas las almas; o la rosa, evoque el enamorado que yace en todos los hombres; o la estrella, evoque la belleza toda que nos habita y nos circunda.

En la literatura como en la naturaleza, todo es rito. La nieve y el desierto en un poema, hablan de la soledad de un hombre, el verano y el fuego, de su pasión y su fuerza, el río es todos sus caminos o el tiempo infinito que fluye, el festejo de una melancolía es la desdicha entera de todos los espíritus, el cielo es el único cielo posible y el viento es todas las músicas y todas las flautas, un diminuto lugar de la tarde es todas las tardes y todos los lugares, y así el sol que brilla para uno solo , brilla para todos.

Todo lo que nos rodea es un verbo infinito, una correspondencia permanente e inmaterial con la belleza o con su ausencia, un aprendizaje del amor por el árbol y la piedra o una negación dolida por nuestra ceguera a su existencia. Todo viene y vá de nuestra pequeña madriguera del corazón hasta palpar la respiración del universo. Siempre en tensión de repetida creación, siempre el adentro un molde sagrado del afuera, siempre la distancia la suma de cercanías repetidas, el plan divino reiterado y multiplicado en el azar.

En la literatura , como en la naturaleza , un hombre es todos los hombres, cuando sueña o cuando vela, y una palabra contiene todas las lenguas y todos los poemas.

El mundo, inescrutable símbolo, vaso sagrado que todo lo contiene. Piadosa y misteriosa cifra que nos repite, que divulga nuestro secreto, nuestra intimidad a una eternidad permanente, para que el gran oído generoso nos albergue en su inmensidad, y nos devuelva en un regreso dulce, a morar el sencillo corazón de las cosas. Así será por siempre.


Claudia Cecilia Trujillo Barrera
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