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M. C. Escher

M. C. Escher

 

Puddle 1952 © Maurits C. Esher

"Quien desee describir algo inexistente tiene que seguir ciertas reglas. Estas reglas son, más o menos, las mismas que para los cuentos de hadas. El elemento de lo inescrutable, en el que se desea centrar la atención, tiene que ser rodeado, ser encubierto por una evidencia perfectamente cotidiana, perfectamente reconocible para todos. Este entorno conforme a la naturaleza, aceptable para cualquier espectador superficial, es indispensable para crear la conmoción deseada".

Página oficial de M. C. Escher (inglés)

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El escritor había creado escuela

Ella sabe de estas cosas. No es ninguna jovenzuela, no; y ha vivido y sufrido lo suficiente como para poder establecer un grado de previsión solvente en todo aquello que se proponga. Posiblemente ya desde la cuna ha existido en sus venas una mezcla por igual de flujo sanguíneo y de Información, que le ha brindado el éxito y el fracaso por mitades. No es de las que viven entre dos aguas ni de las que abusa de lo políticamente correcto. Sabe que el sobresalto propio y la provocación en el otro es una partícula inescindible de su personalidad, sin la cual perdería la alocución, tan definitiva para la autoestima, por la mera audición, auténtica tumba para las emociones en aquellas personas que han nacido para ser vistas y oídas. Gusta y disgusta como se ama y se odia al tiempo sin un por qué. Mira de frente, porte erguido, y en sus ojos se vislumbra a aquélla que pudo haber sido una notable fiscal de narcotraficantes o de pederastas. Pertenece a esa estirpe de periodistas osados y honestos que han nacido inoculados del veneno de la pasión en todo lo que hacen; de ahí que le importe tres gaitas que se le aplauda o se le apedree: siempre sacará su manita desde debajo de la tierra para devolver alguna china. Porque sólo un día la hundieron, la balancearon y la dejaron medio ida… Y se prometió que no habría una segunda vez.


Estos caracteres, claro, aparte de la evidencia del catálogo de virtudes incompleta que he enumerado, pueden verse empujados por el baño de multitudes a erigirse, como los grandes justicieros hicieron en épocas pasadas, en portavoces de aquellos que estiren su brazo en busca de auxilio. Y quizás sea uno de sus "cometidos". Pero hay riesgos. Por lo que conviene tensar el hilo de la moderación y del saber estar, sin que rompa, para evitar justamente que el denunciante –léase, periodista- ejemplifique con sus actitudes y maneras el mismo comportamiento que trata de erradicar. O lo que es lo mismo, que pueda llegar a buscar el fin de algo por las mismas sendas y rectitudes que utiliza ese algo. Y especialmente cuando el denunciante es consciente de su infinita superioridad cultural, intelectual y de tablas sobre el denunciado. En esas circunstancias, si el periodista hace de su arenga un uso exclusivamente pasional y justiciero, sin echar mano de la moderación justa –intuida, desde luego, la incuestionable victoria de antemano-, puede convertir el merecido rapapolvo en una lamentable exhibición de dominación y afrenta.


No me gusta que "grafitee" su cuerpo con todo tipo de signos "anti" o "pro", que dé lecciones de moral desde su púlpito durante tres horas cada jueves, que busque aparentar juventudes perdidas, que trate a los invitados y a los espectadores como levemente idiotas… Ni que se arrogue el derecho a salvar vidas o a condenarlas. Pero eso es lo de menos; el hecho, digo, de que a mí me guste o no. Qué importa. Hubo un tiempo en que la admiré. Pero pasó. Eso es lo que importa.
 
Quizás, no sé, dejara huella imborrable en mi ética, aquella noche, hace ya casi veinte años, en la que un tal Umbral, con aires déspotas y exigencias de niñato caprichoso y altivo, hiciera de la inquebrantable Milá poco menos que un despojo humano. Pura lapidación verbal que aún hoy me encogería el alma si lo viera.
 
Y yo que creía que el tiempo enseña… Pero no. Compruebo, con infinito dolor –y hasta rubor-, que el escritor, aquella noche, había creado escuela, una gran discípula. Al menos en las formas.
 
 
Claudio Rizo Aldeguer

 

 

Vivir la literatura

Hay una frase capital que moldeó, de alguna manera, mi condición de lector. Pertenece a Marguarite Youcenar y se encuentra en la exquisita novela "Memorias de Adriano": "La vida me enseñó los libros".

Leer libros sin vivir es sin duda un acto en extremo vacío y carente, como es lógico, de alguna significación. A medida que se vive se percata uno de las diferencias notables que se establecen en la realidad literaria y en la realidad cotidiana. Quizá buena porción de aquello a lo que denominamos literatura fantástica surge a raíz de experiencias vivenciales sumidas en la noche del alma. Allí están los cuentos de Poe, Horacio Quiroga, Cortázar, que son material ilustrativo de primera mano, donde un hecho real pone en marcha todo el engranaje fantástico camuflajeado en la cotidianidad. El realismo mágico, instaurado en la literatura por Gabriel García Marquez, con discípulas más o menos falaces como Laura Esquivel e Isabel Allende, no es más que la constatación metafórica de una realidad que esta en el ambiente cotidiano. Un ejemplo clásico es ese cuento del ángel que viene a buscar al niño enfermo. Hasta ahí lo real. Luego viene García Márquez y patentiza a ese ángel, que es una superstición religiosa en boca de nuestros abuelos, y lo convierte en un anciano con alas al que encierran en un gallinero.

Nuestra vida esta conectada con "algo" que sobrepasa los razonamientos lógicos.  A ese "algo" lo llamamos magia, azar y otros conjunto de nombres que designan lo innombrable.  Si muchos autores utilizan la materia prima de esa realidad (que se escapa a las miradas atentas, que ablanda los objetos, que materializa ángeles y demonios, que metaforiza el amor y los sueños) para escribir sus novelas, es necesario como lector vivir las vicisitudes propias de esa realidad fantasmagórica, para comprender muchos personajes como el Quijote, Enma Bovary, los tres mosqueteros, el monstruo creado por Frankenstein.

Este juego de espejos entre lo real y lo fantástico tiene muchas variantes y forma parte tanto de la literatura como de nuestra vida diaria. Por esa razón Borges se pregunta y se responde: "¿En Qué reside el encanto de los cuentos fantásticos? Reside, creo, en el hecho de que no son invenciones arbitrarias, porque si fueran invenciones arbitrarias su número sería infinito; reside en el hecho de que, siendo fantástico, son símbolos de nosotros, de nuestra vida, del universo, de lo inevitable y misterioso de nuestra vida y todo esto nos lleva de la literatura a la filosofía.  Pensemos en las hipótesis de la filosofía, harto más extrañas que la literatura fantástica; en la idea platónica, por ejemplo, de cada uno de nosotros existe porque es un hombre arquetípico que esta en los cielos. Pensemos en la doctrina de Berkeley, según la cual toda nuestra vida es un sueño y lo único que existe son apariencias".

La literatura, en sus más variados géneros, intenta darle cuerpo a todo ese conjunto de dudas que desde hace bastante tiempo carcome el universo reflexivo del hombre. Trata, si se quiere, en darle una significación más honda y trascendentes a todo eso que parece deslizarse sobre la superficie de nuestra piel y que nos hiere sutilmente. El hombre más que hecho de piel, alma y huesos esta confeccionado de memoria, palabras e imaginación y es a través de ese inagotable invento, conocido como libro, es que ha podido desdoblarse para leerse y escribirse. Paulo Freire ha escrito: "La lectura del universo antecede a la lectura de la palabra y por eso la anterior lectura de ésta no puede `prescindir de la continua lectura de aquel. Lenguaje y realidad están unidos dinámicamente. La compresión del texto que se obtiene por la lectura crítica implica la percepción de las relaciones entre el texto y el contexto". Todo esto nos lleva a pensar que la escritura no es un acto fortuito, muchos menos es una actividad para domesticar el ocio de fin de semana. Ningún texto es inocente debido a que implícito tiene una lectura del mundo, una observación escrita de esos momentos cruciales (o insignificantes) que a cualquiera le toca vivir.

El peregrinaje personal que se realiza, para leer una buena porción de libros, responde a motivaciones muy particulares de cada cual; no obstante el acto de leer posee un rasgo característico: leer es un acto solitario, sin pautas ni parámetros preestablecidos.

La lectura de libros más que empujarte hacia la vileza te empuja hacia la alegría, dicha alegría se comparte con otros lectores de la especie. La comunidad lectora constituye una especie de gremio abierto, democrático, crítico, ilustrado y humanista. Entre las distintas comunidades lectoras se intercambian títulos, impresiones sobre determinados libros, críticas a escritores concretos. Es un trueque sustancioso que tiene como eje común la lectura de libros a conciencia y en libertad.

Se vive para comprender lo leído, para sentir en carne propia lo que sintió Don Quijote cuando armado de caballero, se dispuso cristalizar en la realidad el mundo virtual de caballeros, damas en peligro, magia y gigantes de las novelas de caballería. El gesto de Alonso Quijano desechaba por completo esa idea idílica de la literatura como ornamento intelectual, para devenir en actividad desgarrada que se traspapela con los sueños y la vida de los lectores.

Mayo 13, 2001

Carlos Yusti

Mujer y literatura

La mujer... La mujer... Siempre la mujer. Desde la prehistoria, hemos venido siendo sometidas a desempeñarnos como dueñas de casa. Pero a través del tiempo, nos hemos abierto paso en el sendero universal, caminado tan sólo por hombres, ocupando diversas labores que éste mismo suele cumplir en la sociedad. Otra bandera de antaño, que nos identifica, es el oficio de ser escritora, es aquí donde se descubre que también el sexo denominado "débil" cuenta con poder de imaginación y creación. Oficio que en muchas ocasiones se ve desplazado para continuar las labores de casa. Si al menos las mujeres contáramos con más tiempo, serían muchas más las que escribirían. Escribiríamos más novelas y/o poesía.

 

En cuanto al esfuerzo y lucha en honor a este oficio, tenemos a Sor Juana Inés de la Cruz, quien como escritora llenó un siglo, siendo toda una revolucionaria y feminista. La Iglesia la, rechazó, tratándola de hereje, censurado además sus escritos de todo orden. Muere después de esta dictaminación, cuatro años más tarde, víctima de una epidemia en el Convento de San Jerónimo, lugar donde se refugió al verse desposeída de sus libros e imposibilita de escribir.

 

Pero las escritoras de hoy en día, no tenemos tan trágico destino, podemos escribir todo cuanto a nuestra mente se asome y publicar todo lo que el presupuesto alcance.

 

Continuando por la vereda femenina, tenemos a Teresa Calderón, ganadora del "Premio Pablo Neruda", a través de sus poemas comunica lo que a ella le inquieta: el amor, la pareja y los conflictos de la sociedad.

 

En otros aspectos tenemos a Rosanna Byrne, a quien la sensibilidad tocó hondo, ya que al ver tanto desamparo en el psiquiátrico del hospital, la impulso a realizar un Taller Literario con 16 pacientes. Aquí se nutrió de diversos elementos para su creación literaria, donde existen muchos temas relacionados con la obsesión. Gracias a la poesía logró que los pacientes pudieran comunicarse, cosa que los psiquiatras no habían podido lograr. Para Rosanna la poesía es una palabra sanadora, y el ejercicio poético es un conjuro, algo así como un exorcismo, por lo que no se imagina su vida sin este arte. En su último libro "Jerónimo enloqueció otra vez", da a conocer un conjunto de microcuentos, que tienen una profunda prosa.

 

En el campo de la novela, tenemos a Ana María del Río, con su libro "Los siete días de la señora K.", la novela gira en torno a una dueña de casa sumisa, descalificada en opinión, y desmerecida en el aspecto sexual. Con una narración erótica, se va descubriendo una metamorfosis de esta mujer, que tiene a los hijos de vacaciones y al esposo en un viaje de negocios. Todos se encuentran fuera de la ciudad, pero ella, ella está dentro de su gris existencia. En esta soledad, la Sra. K. alcanza a despertar una aguda sensibilidad, sobre todo cuando esta mujer logra el clímax en la autosatisfacción sexual, aquí el relato lleva una descripción erótica. Después ocurren hechos sucesivos, que la trasladan a fronteras desconocidas, a ese relieve peligroso y lleno de misterios que es el adulterio. Lo hace con un adolescente, rompiendo los esquemas de lo permitido para realizar su culminación sexual. Todo está centrado en la liberación del feminismo, existiendo un enfrentamiento de hombre y de mujer, de lo bueno y lo malo, de lo permitido y lo prohibido.

 Así como estas mujeres tienen en su currículum existencial, el oficio de ser escritora, existen muchas más, quienes son merecedoras de una lectura y crítica sin discriminación de sexo, ya que hemos demostrado una vez más, contar con aptitudes y condiciones suficientes para desarrollar en forma paralela diversas funciones, aunque ello implique reorganizar el esquema costumbrista de ser el núcleo de la familia. Quizás sea este el gran temor, el miedo de ver y saber que la mayoría de las mujeres podemos optar por la autonomía y sean otros quienes tengan que hacerse cargo de las responsabilidades que nosotras hemos dejado de asumir.

Silvia Rodríguez

La organización de mi trabajo

Hace unos años yo tenía un amigo alemán que se había empeñado en organizar mi trabajo.

-Usted -me decía- debe alquilar un despacho, comprar unos libros de consulta cuanto más grandes mejor y señalarse unas horas de oficina. Debe usted levantarse todos los días a la misma hora, leer a la misma hora, pensar a la misma hora, escribir a la misma hora.
 

Es posible: pero yo no podría trabajar nunca en una forma metódica. Yo no puedo leer en una biblioteca, que es, sin embargo, un establecimiento organizado para la lectura. Leo en la cama, que es un mueble hecho para dormir; pero en una biblioteca no leo. Eso de llegar allí y verme ante un libro entre cien personas que están ante otros cien libros me produce un sopor invencible y me transporta inmediatamente al mundo de los sueños. Por eso poseo tan poca erudición. Y así como no puedo leer en la biblioteca donde me entran ganas de fumar, no puedo fumar en un smooking-room, donde me entran ganas de leer, así no puedo tampoco escribir en un escritorio. Mi trabajo, una vez organizado perdería toda espontaneidad. ¡Qué quiere usted! Yo soy un escritor fácil.       

Julio Camba

 

Carta de una mujer chilena a sí misma

Me da un poco de temor, tristeza e incertidumbre ver tantas esperanzas cifradas en Michelle Bachelet, la cual ha ganado en esta segunda vuelta eleccionaria. La gente que por ella votó, ha volcado toda su fe en esta persona. Las mismas esperanzas que teníamos millones de chilenos el año 1989 y que trabajamos arduamente para que todo cambiara. Que volviera a instalarse la democracia en nuestro abatido y humillado país. Pero luego sufrimos las mismas humillaciones y marginación que en la dictadura pinochetista. Como entonces, se nos negó la sal y el agua. ¿Cambiarán las cosas? Espero, con cierta desconfianza, que sí. Tal vez que no cambien sólo para sus partidarios, los que tienen cargos a su haber, y se enquistan en ellos pensando que éstos son eternos, lo mismo que sus vidas. 

Miro con rabia el pasado. Tantas puertas y ventanas cerradas como si estuviera vedado ser un poco feliz en el país que se habita. Nacemos con derechos y obligaciones es cierto, pero también por el camino vamos sumando esperanzas e ideales. 

La vida y las personas que la disfrutan se van encargando, con su egoísmo y prepotencia, que todo ruede por el piso como cosas sin valor. 

Si las personas eligen no ser parásitos de la sociedad si no aportar a ella en forma positiva y creativa ¿es justo entonces no lograr el objetivo; no tener oportunidades sólo por que no se tiene un partido que te avale? 

En casi diecisiete años de dictadura fuimos pavimentando el camino para que las nuevas generaciones tuvieran más libertad, hicieran oír sus voces, sus sueños y esperanzas. No fue fácil. Mucha agua turbulenta corrió por los ríos. Queríamos el cambio y para ello luchamos tantos años con fe y solidaridad. No importaba el sufrimiento si iba en beneficio de los otros, de los hijos, de los que estaban, de los que venían. 

No he votado ni en 1ª ni 2ª vuelta. El motivo es claro: desilusión, frustración unidas a cierto resentimiento, cosa normal en el ser humano. 

A los cincuenta y dos años veo la misma injusticia de antaño (tenía diecinueve cuando ocurrió el golpe militar estando en clase en la Universidad Católica de Temuco, donde estudiaba Pedagogía en Castellano). Soy una de las muchas personas que no tuvo acceso al trabajo. Por tanto, nada de sueldo, nada de previsión, nada de jubilación, nada de vacaciones pagadas, nada de nada. 

Veo que sigue existiendo una especie de crueldad, indiferencia e indolencia, sólo que están disfrazadas con ropajes más modernos. Sin embargo sigo siendo creyente al mismo tiempo que lunática y estrellística pues me siguen provocando admiración la luna y las estrellas y cada noche las observo. 

Hay unos versos de Amado Nervo con los cuales no estoy muy de acuerdo: “Vida, nada me debes. Vida estamos en paz.” Siento que la vida me negó muchas cosas, me las debe, y tan en paz con ella no estoy. Pero, a pesar de todo, Non! Je ne regrette rien, como cantaba la Piaf. 

Quizás si la única democracia verdadera consista en que todos envejecemos y morimos. A todos nos llega la hora final. A los ricos, a los pobres, a los poderosos y a los débiles. Al cruzar el umbral hacia el más allá no hay lugares escogidos con antelación para unos y otros. Ahí todos llegamos sólo con un atado que contiene lo que hemos hecho y lo que queríamos hacer. 

Tal vez se quedan a medio camino aquellos seres que usaron su vida para actuar con excesiva maldad. ¿Se quedarán sentados en medio de la nada meditando en lo que hicieron? ¿Delante de ellos habrá un letrero que diga “no pasar”? 

Estos son caldos de cabeza que estaba tomando en un momento de ira, como haciendo una carta para mí misma. Lo que pasa es que cuando escucho por radio o TV las bondades de esta coja democracia, me da urticaria, como si en este país la mayoría de sus habitantes fuéramos estultos o sufriéramos de ataxia. O como si estuviéramos conformados de tal manera que sólo nos resta ser mártires de por vida. Pero resulta que llega un momento en que la paciencia sufre de agotamiento silencioso. 

Mary Cruz Jara Urrutia

 

La discapacidad en la literatura

"-Quiero encontrar a alguno de estos chicos que demuestre al menos lo contrario -siguió él-, que por retrasados que puedan parecer para la vida normal, poseen una mente musical más que práctica. Mozart fue un genio, pero...yo creo que fue un genio entre ellos, entre los Williams.(......) Mi padre se equivocaba, no era Mozart quien tenía el síndrome de Williams, sino ellos los que tienen el síndrome de Mozart." ( El síndrome de Mozart. Gonzalo Moure).

En una buena parte de la producción literaria en la que se aborda una característica de la condición humana como es la discapacidad, suele encontrarse el mismo tipo de contradicciones que percibimos y sentimos cuando, de manera habitual o fortuita, nos relacionamos con aquellas personas cuyas diferencias se deben a las consecuencias socioculturales que se generan de un déficit sensorial, motriz, psíquico y o mental. Estas contradicciones son de orden ideológico y contribuyen, en cierta medida, a construir una identidad ambigua de la discapacidad, tanto desde el mundo real como desde el mundo ficticio de la literatura. Las creencias dominantes que se han mantenido en nuestro entorno cultural, sobre las personas con discapacidad, han sido aquellas en las que el déficit se ha enfatizado subrayando las carencias, lo que les "falta". Este modo de concebir la discapacidad lleva parejo un elenco de actitudes ambivalentes que van desde el rechazo y el aislamiento y, en el otro extremo, a la protección y provisión de unos medios especiales, siendo el punto común que comparten ambas actitudes la valoración negativa de las diferencias.

En la literatura, estas creencias y actitudes se encuentran dramatizadas en diferentes personajes y, debido a la mayor consistencia que adquieren mediante la palabra escrita u oral y la imagen, han llegado a crear verdaderos arquetipos formando parte del imaginario de nuestra sociedad. Así, nos encontramos con que las distintas discapacidades han sido representadas unas veces por personas que simbolizan la maldad, el horror, la fealdad o, contrariamente, la bondad, la nobleza, y la belleza espiritual, provocando el rechazo y la burla, o bien, la sobreprotección y la piedad o un rancio sentimentalismo. Este modo de acercarnos a la discapacidad, desde la literatura, refuerza los prejuicios que tenemos sobre las diferencias y entorpece el que podamos ampliar lo que acostumbramos a entender por normalidad.

Un artículo del escritor Vargas Llosa, publicado recientemente en un periódico nacional, puede servir de ejemplo o reflexión sobre el modo en que solemos percibir y describir la discapacidad. En este artículo se disculpaba ante las personas tartamudas que se habían sentido ofendidas por haber utilizado, en una conferencia, una metáfora en la que hacia referencia a sus anomalías en la capacidad expresiva. La metáfora en cuestión era esta: " Una humanidad sin novelas, no contaminada de literatura, se parecería mucho a una comunidad de tartamudos y afásicos, aquejada de tremendos problemas de comunicación debido a lo basto y rudimentario de su lenguaje". No cabe duda alguna que estas personas debieron sentirse más que ofendidas al verse calificadas exclusivamente por las características de su habla y de manera tan peyorativa; e incluso erróneamente, pues sin negar las dificultades que tienen para emplear con fluidez el habla, ni mucho menos su lenguaje, por su disfunción expresiva, es "basto y rudimentario" y si lo fuera sería otra la razón. Además, las personas tartamudas no forman una "comunidad" y, en el supuesto que así fuera, muy posiblemente no tendrían "tremendos problemas de comunicación" porque crearían los instrumentos culturales más adecuados a sus particularidades para lograr una buena comunicación, como ocurre con la comunidad sorda que ha creado la Lengua signada.

Es cierto que estamos viviendo un tiempo en el que la solidaridad y el respeto hacia las personas diferentes, así como el reconocimiento de sus derechos son valores que están presentes en las políticas educativas y sociales, por lo que es de esperar se produzcan algunos cambios en la ideología acerca de la discapacidad. Estos cambios, aunque lentos, se están dando en nuestra vida cotidiana y en la literatura desde una nueva sensibilidad: tratar y representar la discapacidad teniendo en cuenta los contextos culturales en los que vive la persona discapacitada. La discapacidad, percibida desde ese ángulo, pasa a ser una cuestión social que nos incumbe a todos. Actualmente, en la literatura, la discapacidad está muy presente y a veces da la impresión de que la razón es porque "vende"; el cine es un ejemplo. Sin embargo su presencia es importante, si las historias en las que se narran cómo son y viven las personas sordas, ciegas, paralíticos cerebrales, deficientes mentales, autistas, y otras disfunciones o enfermedades que conllevan una discapacidad, son contadas teniendo en cuenta cómo estas personas compensan las singularidades de su personalidad y el modo de estar en el mundo es considerado, no como una desviación de la "norma" sino como una manera diferente tan válida como aquella perteneciente a la " norma" aunque ésta sea más general. Es esta concepción de la discapacidad la que puede tener el poder que se le otorga a la literatura de provocar cambios en nuestro imaginario. Pero desde esta perspectiva no hay tanta literatura que trate la discapacidad y es que, tal vez, el escritor debería de salir de su mundo y documentarse sobre la discapacidad para que la dosis de ficción, creatividad, imaginación y utopía que pone en la historia no reproduzca los estereotipos ambivalentes que se tienen sobre estas personas.

De entre algunas fuentes documentales que contienen las herramientas imprescindibles para hacer esta literatura sobre la discapacidad, una de ellas es la que puede encontrarse en las obras de Oliver Sacks. Neurólogo y "contador de historias" como él se define, es en sus neurorrelatos, en los que cuenta historias apasionantes de sus pacientes, donde encontramos que la discapacidad es considerada como una diferencia en sentido positivo: "se trata de lanzar una mirada hacia lo humano, no hacia lo inhumano". Efectivamente, para hablar de las personas que padecen un déficit, no se limita a hacer una descripción clínica sino que tiene en cuenta las condiciones en las que viven para comprender cómo son estas personas y de los recursos disponibles con los que han construido una personalidad singular.

Para conocer la singularidad de algunas de estas personas, Sacks estudió su cultura desde un enfoque multidisciplinar riguroso y visitó algunas de estas comunidades, como en el caso de las personas sordas y el de cierta forma de ceguera, la acromatópsia; en los casos en los que las personas no forman una comunidad nos relata la historia de cada caso, como el de la doctora Temple Grandin, autista, o el de Jimmi G., amnésico, entre otros. Además, es importante señalar que cada uno de estos relatos está impregnado de una filosofía humanista y vitalista cuya lectura nos hace percibir y sentir la diversidad de la condición humana como menos "diferente" o, como lo expresa Sacks al referirse a lo que le aportó el contacto con el mundo de los sordos: "...me hizo considerar extraño lo familiar y familiar lo extraño". Sentimiento éste que nos recuerda que cuanto más conocemos lo diferente más llegamos a conocernos.

La literatura de Oliver Sacks pertenece a aquella literatura en la que, desde personajes aparentemente tan diferentes de nosotros, la lectura de sus historias nos desvela nuestras discapacidades y nos permite reconocer que son más las semejanzas que las diferencias lo que compartimos como seres humanos. Es esta filosofía la que tendría que incorporarse en la literatura sobre la discapacidad. Un buen ejemplo de ello son los dos autores de las citas con las que he introducido esta breve reflexión. 

Consuelo Taurá Reverter

Plagio y reescritura

El viernes 7 marzo, en una entrevista telefónica hecha por la periodista Angélica Leal y publicada por el suplemento La Guía del diario La Tercera, el poeta Sergio Parra expresa como propia la siguiente frase: "En la actualidad hay dos tipos de poesía y narrativa que se están escribiendo, la Cocida y la Cruda. La primera magníficamente experta, parece a veces que haya sido concebida para su consumo y digestión en un seminario de doctorado. La segunda, enormes pedazos sangrantes de experiencias sin condimentar, que se preparan y sirven a los lectores de media noche".

Hace más de cuarenta años, tras recibir el National Book Award por su libro Life Studies, Robert Lowell describe el panorama poético norteamericano declarando: "En la actualidad dos tipos de poesía están compitiendo, la "cocida" y la "cruda". La primera, magníficamente experta, parece a veces que haya sido concebida para su consumo y digestión en un seminario de doctorado. La segunda, enormes pedazos sangrantes de experiencia sin condimentar, que se preparan y sirven a oyentes de media noche". Esta frase -debo su pesquisa al poeta Guillermo Valenzuela- está tomada de la página 15 del libro Por los muertos de la Unión y otros poemas de Lowell, publicado por Cátedra en 1990.

El plagio es un tema que por estos días (después del caso de Paulina Wendt) bate lenguas en nuestro pequeño mundillo literario. Y cómo no. La sospecha de plagio es siempre un territorio en disputa, en el cual la frontera que sanciona el delito es desplazada y ubicada según del lado en que se milite. Rara vez hay conclusiones tajantes, y nunca es esperable ni siquiera un asomo de reconocimiento por parte del acusado.

Según la RAE, plagiar significa "copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias". Por su parte, la palabra obra tiene aquí el sentido que le da su segunda acepción, esto es "cualquier producción del entendimiento". Puede ser objeto de plagio, entonces, no sólo un libro o un poema, sino también un texto breve o incluso una idea. Eso dice la RAE, pero otra cosa es la literatura, y ese es el problema.

Que la historia de la literatura es en verdad una constante reescritura de sí misma, es un viejo cliché que se trae a colación como si tuviera el poder de iluminar por sí solo el cuarto oscuro de la polémica ("sin reescritura no hubiera habido Hamlet", escribió recientemente Nicanor Parra en defensa de Paulina Wendt). Bueno, ese cliché lo que tiene de cierto, también lo tiene de confuso. Plagiar no es reescribir. Lo primero supone un acto de viveza y vileza y un ocultamiento alevoso de la fuente. Lo segundo es un acto creativo legítimo, cuyo producto debería soportar (incluso exigir) una lectura con el original en perspectiva. Por otra parte, reescribir no es clonar. El resultado de una reescritura creativa son dos obras distintas que, aunque emparentadas, cada una debería inscribirse con toda propiedad en el universo estético particular de sus respectivos autores. Lo dijo Wilde alguna vez mejor que yo: "en el arte el robo está permitido, siempre y cuando vaya acompañado de asesinato".

El texto El Cazador de Paulina Wendt, premiado en primera instancia por el jurado del Concurso de Cuentos Paula, es hasta con las luces apagadas un plagio. Está "emparentado" sin duda con el relato El fin del viaje de Piglia, pero nadie podría legitimar una lectura seria del primer cuento teniendo el segundo como antecedente. Es imposible lisa y llanamente porque son ambos el mismo cuento.


El caso de Sergio Parra, apuntado al comienzo de esta nota, tendrá para algunos una lectura simple: una omisión involuntaria de la cita de autoridad que, en el contexto de una entrevista, tampoco es imprescindible consignar. Lo primero lo puedo creer, lo segundo es un absurdo que nos daría carta blanca a todos para posar de inteligentes.

Afirmo lo que me parece evidente: Parra primero expresa como propia una idea que no es de él (la poesía cruda versus la poesía cocida), que muy probablemente comparte, pero que por alguna razón omite acompañarla de los créditos al autor original; y segundo, en un acto de pereza intelectual (o de mala digestión) copia textual la formulación que de esa idea hizo Lowell hace más de cuarenta años. A la luz de lo discutido más arriba, eso es un plagio. Claro, no hay una intención de lucro como cuando se clona una obra para un premio o un concurso. Pero sí existe la ganancia de la apariencia que da -permítaseme la cursilería- poner en el ojal una flor que no se tiene.

Como en otros ámbitos de la vida -cuál puede eximirse- la deshonestidad en la actividad literaria existe. Probablemente una acusación de plagio ventilada en la prensa sea apenas una punta de lanza: siempre late sorda la sospecha detrás de las bambalinas de los premios y los concursos. Vaya a saber uno. 

M. A. Coloma 

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Leer juntos

La lectura es un acto uterino, que no se ubica en la visión, ni en la mano, ni en los impulsos nerviosos; tampoco en el cerebro, ni en el corazón. ¿Dónde entonces se encuentra y se centra?

Leer es una actividad de la entraña humana, del manantial de donde venimos, allí donde la vida nace. Se vincula, entonces, al regazo, a las faldas maternas, a los dolores y retorcijones de parto y a la casa, a la morada del ser. Se une con todo aquello ligado al dormir y al despertar, al permanecer o cambiar, al pasar de un reino a otro reino.

Como todo aquello que nace entonces la lectura está asociada a capricho, arbitrio y libertad, pero no externa sino íntima. De allí que un preso puede ser más libre, incluso, que cualquier persona que camina por la calle, siempre y cuando sea consumado lector.

De allí que leer tenga también su natural ubicación en la familia, en la habitación bajo una ventana, donde estamos aparentemente recluidos pero en viaje astral, tocándonos maravillados para saber si es cierto que estamos vivos, con los ojos llorosos por el milagro de sabernos presentes, bendiciendo el hecho de sobrevolar por todos los tejados del mundo.

De allí que un hogar sin libros y sin lectura es una casa vacía, sin sentido y sin alma. Será como un cuerpo inerte, sin corazón, mente ni espíritu; en suma yerto aunque se mueva, sin aliento aunque respire.; será un lugar hueco y precario así haya lujo y ostentación exterior en sus aposentos, porque carecerá del arrobamiento del enigma que nos brinda la lectura. Una casa donde no se lee es desolada; porque en ella no aletean las luminosidades bienhechoras de los seres alados. Porque no es matriz y en ella nada ha nacido de a verdad.

Una casa donde no se habla de libros, donde no hay varios rincones de lectura, donde no se recrean pasajes hermosos de la literatura ni se rememora y extasía con la evocación el arte de todos los tiempos, ¿de qué sirve? No tendrá esa casa presencias defensoras de la vida verdadera. Y, siendo así, no estará ungida.

En una casa hay que leer juntos, toda la familia reunida. Leer juntos es oír nuestras voces asociadas al afecto, a la confidencia y al arcano de nuestro ser, que es bueno que esté cerca para no arrepentirnos al momento del morir de no saber siquiera dónde y cómo aparecen y se posan los ángeles en los aleros, coronando nuestras sienes; porque cada evocación que surge de un libro es un ángel.

Leer es convocar a los manes, a los espíritus protectores. Leer todos juntos es una actitud que nos consagra cara a la eternidad, como si lleváramos hasta las desoladas orillas de la finitud un escudo cifrado, que es una muestra de comunión suprema, porque es acoplar las mentes en un crisol de esperanza e ilusión.

Leer juntos en casa es hacernos confidentes; lo cual es, quizá, la mejor entrega que podríamos hacer, estando en esta vida y en este mundo, porque es leer nuestra intimidad y compartir algo del misterio que nos habita.

Leer juntos ha de ser una consigna, porque se ha vinculado mucho leer a soledad, extrañamiento y misantropía. Por eso, frente a la lectura solitaria, silenciosa y apartada, reivindicar la lectura colectiva y de comunión con los demás, es decir el leer juntos los seres que nos amamos y también los que aparentemente no nos amamos para que esa luz alumbre, se avive y fulgure; porque leer es amar y para siempre.

Danilo Sánchez Lihón

Locura y creatividad

Los límites que circundan la conducta de un enfermo mental pueden verse con claridad. Pero a veces esa línea comienza a hacerse difusa y en nuestros intentos por determinar dónde empieza y dónde termina la "normalidad" se diluye. Y esta situación se ha dado varias veces, cuando nos plantamos frente a una creación artística. Hasta qué punto un creador puede pisar los umbrales de la demencia o, por el contrario, si pasa el límite, deja de ser un artista para convertirse en un loco delirante?

El hombre es comunicación. Permanentemente se siente llevado a decir cosas. Por un lado este movimiento imperioso surge de una necesidad interior, por otro de un contexto histórico que lo impulsa. Esta facultad "en potencia", sin embargo, se canalizará por diferentes vías. No todos eligen el camino del arte. Un camino abierto para aquellas personalidades dotadas de un toque especial para juguetear con la realidad, con la magia.

El artista vive inmerso en un mundo complejo que lo atrae y apasiona. Quiere mostrar lo que ve, lo que él ve. En su interior se forman presiones que lo impulsan (por ejemplo) a escribir. Y en ese choque de realidad exterior y carga subjetiva se mueve el escritor. Entonces con el manejo de la imaginación, sueños, ideas, la realidad se fragmenta se recompone, aleja o acerca. La obra le permite descargar esa presión que, como un sentimiento de angustia, lo oprimía. ¿Qué ha logrado el escritor? En cierta medida evadirse, irse en sus letras de algo que lastima. Sin embargo algo puede notarse: él es el que domina. Fragmenta sus personajes, es consciente o no (aunque lo maneja) de que desciende hasta los abismos más profundos. ¿Pero si se ve lanzado a límites tan extremos no será extrañamente minado su equilibrio mental?

El escritor que termina una obra siente placer y busca el reconocimiento de los demás o de sí mismo. El fin existe. En el psicótico la acción de escribir es un acto más, no puede identificarse con su obra ni es conciente de su creación. Su actitud puede compararse a la de un chico que se mira en el espejo y no se identifica con la imagen, no hay manejo de la realidad. No puede volver atrás para recomponer, no tiene una visión global; falta unidad, soporte, todo se presenta fragmentado y, hecho muy notorio, estático. Escritos en los que falta el motor que insufla vida. En un cuadro, falta de dinamismo miradas vacías.

Se habló de la evasión del artista: el arte era el camino para soportar el dolor. Pero a veces un sufrimiento demasiado agobiante puede terminar por despedazar. Y es, precisamente, aquella "raza dentro de una raza" la que está más cerca de romper el equilibrio. Los artistas, poseedores de ese toque especial, que ven lo que late un poco más abajo de la realidad. Tienen una capacidad: volver. Dejarse llevar por el delirio, caer en pozos de alucinación, pero siempre regresar.

Está comprobado que un escritor puede tener en los momentos de inspiración, lapsos de desvaríos mentales. ¿Acaso los surrealistas no ponían en juego toda una suerte de mecanismos destinados tan sólo, a permitir que aflorara el inconsciente con toda su carga de sueños, sin ni siquiera un elemento coherente u organizado? Quizás muchos se sientan tentados a esbozar una sonrisa entre irónica y malévola, al leer las palabras de Isidoro Ducease, el conde de Lautremont, luz elevada del surrealismo: ". . . bello como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas". Pero él era un artista y como tal, podía "volver".

Es innegable que arte y locura. Presentan un nexo común: la búsqueda de evasión. Pero si en el artista se encauza, en el loco se dispersa. La falta de visión globalizadora y unitaria del psic6tico lo hacen perderse en fragmentos que nunca antes pudieron existir unidos. Introducir el concepto de unidad obliga a hacer un apartado. El ejemplo de un cuadro puede servir: Guernica, de Picasso. Aquí la realidad aparece desmembrada. Pero esos trozos dispersos tuvieron que ser un todo antes de presentarse así. La imagen astillada de brazos, piernas, cabezas da mayor fuerza vital, produce una sensación de destrucción e impacta nuestra sensibilidad. El artista fue capaz de vencer la presión de su inconsciente, descendió, partió la realidad, encontró en esa visión el vehículo exacto para expresarse. Se ha salvado a través de su obra.

La gama que va de lo normal a lo anormal presenta grados, distintas estaciones que pueden merodear la locura. El error existe cuando, al no entender determinadas actitudes o creaciones, reñidas por nuestra supuesta normalidad, tendemos a considerar como "locos" a aquellos que las realizan. Sólo cuando se agota la posibilidad de "retorno", cuando no es posible salir del abismo al que puede recurrirse en busca de inspiración, sólo entonces nos enfrentamos a ese "loco" que no pudo tolerar tanta presión. Lo supera la carga y el peso termina con el artista.

Adriana Lauro

Notas sobre la derivación en castellano

Escuché en una plática: ¡Pobres costarricenses...! En otra ocasión, alguien habló de la logicidad de un suceso. Otro más habló de la historicidad de un hecho.

 

Estas derivaciones: costarricense, logicidad e historicidad me hicieron reflexionar sobra algunos principios fundamentales de la derivación de en la lengua castellana.

 

Derivar, en morfología, es formar una nueva palabra añadiendo un sufijo a un lexema. Es muy oportuno indicar que el lexema es el principal elemento con semántica dependiente que entraña el significado esencial de la palabra. Poseer semántica dependiente significa que el lexema, en cuanto tal, tiene significado sólo considerando toda la voz o lexía.

 

El sufijo sólo significa algo considerando la unidad léxica; v.gr.: La voz manita la integran dos elementos morfológicos: el lexema man- que manifiesta el conjunto de propiedades esenciales de la mano y el sufijo: -ita que ostenta la disminución del sustantivo mano.

 

Helos aquí esos principios básicos para derivar con éxito:

 

1- La derivación, en lengua castellana, se verifica en el habla; esto es, al emitir los sonidos y no al escribir.

 

2- En la derivación de una voz, intervienen dos morfemas: el lexema y un gramema facultativo que, en este caso, son los sufijos. Algunas veces, en su derivación, además del lexema y el sufijo, requieren de un infijo eufonizante o precisador semántico.

 

Por definición, morfema es cada uno de los elementos, con semántica dependiente, que intervienen en la formación de una palabra.

 

Lexema es el morfema con significado dependiente, que manifiesta la semántica esencial y que aptifica una palabra para derivar de ella.

 

Sufijo es el morfema, con significado dependiente que precisa la semántica del lexema.

 

Si alguien se apoya en estos principios, podrá lograr la derivación sin tropiezos, siempre y cuando, en su inteligencia, los vea claros.

 

He aquí la ejemplificación:

 

Se tiene la voz: "lógico" en la cual la c de lógico suena como k; por lo tanto, el lexema de lógico suena lógik-. A este lexema, se le añade el sufijo -idad y ya se tiene la palabra logikidad, pues, el sonido logik- más el sonido -idad, da logikidad y no logicidad. Al hacer las correcciones ortográficas necesarias, se escribirá logiquidad.

 

Veamos este mismo proceso en la palabra costarricense para detectar lo equivocado de la derivación: Tenemos el nombre propio Costa Rica en la cual la c tiene sonido fuerte; esto es, sonido de k; para derivar el gentilicio, se unen las dos voces Costa y Rica y así formar el lexema de la palabra compuesta cuyo sonido es costarrik-; a este lexema se añade el sufijo -ense para que, a la postre, dé la voz costarrikense y no costarricense, la cual escribiéndola con la ortografía correcta, queda así: costarriquense y no costarricense, como algunos creen. De la voz "histórico" se deriva historiquidad cuyo lexema suena historik- y al agregar el sufijo: -idad, sonará historikidad y no historicidad. Adaptando la correcta ortografía se escribirá: historiquidad.

 

Con los principios antes mencionados, es fácil derivar de benéfico benefiquidad y no beneficidad, pues, el lexema de benéfico suena benefik- más el sufijo -idad se tiene el sonido: benefikidad. haciendo las adecuaciones ortográficas, se tiene: benefiquidad en la escritura; de católico, con el mismo proceso, se deriva catoliquidad y no catolicidad; de específico se tiene el lexema especifik- al cual se añade el sufijo -idad cuya voz suena especifikidad que, en la escritura, haciendo las adecuaciones requeridas, se tiene; especifiquidad y no especificidad, etc., etc.

 

De lo anterior, se colige que siempre que el lexema termine en c con sonido fuerte, éste se conservará en la derivación. Ésta es una regla fundamental de la Lingüística Derivativa.

 

Ya se dijo: Se deriva del HABLA y no de la escritura.

 

He aquí algunos ejemplos correctamente derivados:

 

El diminutivo de puerco es puerquito y no puercito. De vaca se deriva vaquería y no vacería: el lexema suena vak- y los sufijos -ero e -ía que sumados dan vakería. Adecuando la ortografía, da vaquería. Muñeco da muñequico y no muñecito; lumínico da luminiquidad y no luminicidad; esférico, esferiquidad y no esfericidad.

 

Si se siguen estas sencillas reglas en la derivación, se está coadyuvando en el mantenimiento casto y puro de la lengua.

 

Eusebio Padilla Gutiérrez

 

La soledad de los escritores

La soledad de los escritores

En una entrevista realizada al escritor Edmundo Concha, uno de los pocos que "trabajan el estilo", éste hablaba sobre la soledad, específìcamente, su soledad. Decía:" soy solitario, no por voluntad, sino por naturaleza. Yo no lo he decidido. Esos solitarios que deciden por su voluntad, son falsos".

Y agregaba:" la soledad en ciertos intelectuales es una pose".

Su planteamiento puede resultar inclasificable para la mayoría: ¿Cómo una persona se desliga del mundo exterior y lo pasa mejor en el silencio de su casa?, ¿y la tele, los malls, la política, los préstamos financieros, la gimnasia bancaria, los negocios, las radiofusoras, el copucheo, etc.?

Cuesta pensar que existan personas que se aíslan y sólo cultivan su espiritualidad, en este caso leer y escribir (como Alone).

Sin duda son personas hipersensibles, con gran riqueza interior, y eso los hace capaces de no importarle las cosas que al común le interesa, sino abocarse a la lectura y a escribir.

Existen y han existido siempre. Y siempre han chocado con el exterior, vulgo masa, porque a ésta no le cabe el desligamiento de alguna de sus partes, ya que constantemente lucubra que el mundo está inmerso en la mayoría.

Distinto es el caso de los que "posan" de intelectuales, escritores o artistas, vistiéndose ex profeso de maneras informarles, adoptando modos de expresarse que suponen originales y buscando una soledad que es falsa, porque no la sienten ni va con ellos, sino es solamente una forma de parecer antes que ser.

El espectáculo de tanto artista extraño en su formar de vestir y que sólo busca destacarse para llenar el vacío que transportan, es común en todas partes, y, al observarlos, sólo cabe la sonrisa.

Ciertamente los artistas en general necesitan de algún sosiego para realizar su trabajo y esa quietud, obviamente, importa la soledad. Es imprescindible. Sólo las personas inteligentes y cultas entienden esto y lo respetan. Los tontos, los huecos, los mediocres, no pueden y le saben a "rareza", a cuestión de locura.

Por eso los verdaderos artistas se rodean de seres que los comprenden y se amoldan a sus costumbres. De lo contrario, pierden.

Interesante el tema de la soledumbre en los escritores, en especial porque toca un punto exclusivo que conviene tener en cuenta.

En nuestra vida, hemos percibido la diferencia que marca la clausura interior.

No ha sido fácil, porque se tiene que lidiar a diario con las obligaciones, los deberes, "las cosas simples de la vida".

En el fondo, nadie entiende.

Arturo Flores

 

Literatura, amor, erotismo

Literatura, amor, erotismo

Relacionar literatura con erotismo me surge como un tema muy natural, porque desde siempre he visto en la primera los indicios del segundo, incluso desde antes de aprender a descifrar los signos escritos del lenguaje, cuando la relación con el libro era un mero hecho táctil, sensual, curioso, excitante, un roce de los dedos contra las tapas finas de los libros empastados que atraían mis dedos infantiles a la zona más prohibida de la biblioteca de mis padres. Una oportunidad de acariciarlos como forma de preparación a torturas inocentes: unas rayas de colores, unos ideogramas que puedo apreciar después de los años sobre aquellas páginas enigmáticas e indescifrables. Sin embargo operaba un magnetismo, una necesidad de contacto con los libros que era el anuncio de una pasión más salvaje y más racional que iba a devorar buena parte de mi infancia y mi adolescencia: la lectura.

Sin asomo de duda, declaro que la lectura fue mi primer amante, o digo mejor los libros, cientos miles de ellos, en un desfile de diversidad insondable, pleno de perversiones e infidelidades atroces. Saltaba de un amor a otro, sin remordimientos, con una ansia creciente, con un fervor inagotable. Quería poseer a cuanto libro se me cruzaba en el camino, me erigí en macho cabrío de la lectura. Mi madre había de ofrecer excusas a los amigos que osaban venir a buscarme para jugar, porque yo prefería quedarme botado en el lecho, enredado en las sábanas y en las piernas del amor de turno, embebido de lujuria, interrumpiendo las sesiones eróticas para la visita al colegio y para comer y beber, tareas imprescindibles que pronto aprendí a hacer mientras leía, mezclando tales goces en un solo acto mixturado, dionisíaco.

El inevitable camino del crecimiento fue poniéndome ante ciertos textos que me ofrecían misterios suculentos que estaban vedados para mis coetáneos, quienes apenas podían enarbolar groserías cuyo significado les era de verdad incomprensible. La coprolalia hacía de lo sublime un acto grosero, casi despreciable, simplificado, aberrante. El significado de lo sexual se transmite en susurros en los recreos, pleno de distorsiones, como una práctica más del rito machista de los colegios de varones, como un código de honor de caballeros brutales que poseen doncellas con arietes indomables para adormecer las avideces femeninas insaciables.

Mas en los libros yo encontré información confidencial que contradecía de manera profunda ese universo simplificado y pedestre del cual tenía que formar parte por conveniencia social. No me excluía de los juicios duros, no me restaba al lenguaje soez, por el contrario, aunque con cierta vergüenza me adherí al ejército escatológico, a la adoración de divinidades obscenas, a los propugnadores del coito bestial. En silencio, dudaba de estas prácticas, en soledad la lectura me redimía de tales pecados. La literatura me ofrecía la redención y me hacía saber de un mundo más complejo, más excitante, donde la piel podía arder al compás de la imaginación en el campo de batalla de Eros y Thanatos.

Por fin llegó a mis manos temblorosas una buena edición - quiero decir una edición no pacata - de Las Mil y una Noches, frente a cuyos encantos caí embelesado, embrujado por la fábula de un mundo donde convivían magos, princesas de formas opulentas, ogros brutales, aves gigantescas y demonios carniceros, héroes indomables y hermosos. Soñé dormido y despierto - perturbado por esta lectura prohibida - con Scherazade narrando la trama interminable a Schahriar, domeñando su sed de sangre, derrotando su convicción sangrienta de desposar cada noche una mujer que no veía la luz del amanecer siguiente, para vengar la afrenta de una infidelidad pasada, pero vigente por el dolor engendrado. Me prosterné tempranamente ante ese libro maravilloso donde la sensualidad emergía a cada paso, en una mezcla extraña de realidad y fantasía, magia y materialidad, lucha por la supervivencia y goce carnal. Me sedujo a morir esa historia con otras historias que a su vez contienen otras, es como la metáfora de la posesión inteligente.

La lucha de Schahriar contra su curiosidad insaciable se opone a la venganza implacable y eterna, y abre espacio a Scherazade a la vida a lo largo de las mil y una noches, como metáfora del amor donde la inteligencia tiene un rol que desmiente el simple culto al sexo físicoculturista. El erotismo es por esencia inteligencia aplicada al cuerpo, y no simple carnalidad desatada; el erotismo sobre todo reside en la imaginación, en la búsqueda de lo nuevo, en la sorpresa más que en el rito. Eso me enseñó ese libro, antes de tiempo en opinión de mis padres que lo requisaron sin explicaciones, obligándome a desarrollar mi primera rebelión y a adoptar mi primer clandestinaje. Mis primeros sueños sexuales fueron con Scherazade, a quien imaginaba como una morena de ojos almendrados, senos despampanantes de aguzados pezones, labios eternamente húmedos, piernas largas y bien formadas, piel suave y tibia, y vulva ansiosa de recibirme a mí y a mis propias historias. Y en mi propia imaginación, potenciada por aquellas lecturas prohibidas, eyaculé mil y una veces adornando mis sábanas de manchas sospechosas y vergonzantes.

Con el tiempo llegaron las otras lecturas obligadas: el Decamerón, los Cuentos de Canterbury, las novelas de Henry Miller, las historias de Bukowski el boca sucia, la fantasía inquietante de Norman Mailer, el frenesí intelectual de la poesía de Gonzalo Rojas, la sensualidad telúrica de Neruda, la lujuria mágica de García Márquez, el desborde de Jorge Amado… Todas ellas lecturas deliciosas, plenas de placer, donde el lenguaje juega un rol descollante como gatillador de la emoción amorosa, detonándola y desatando los engranajes de la imaginación, porque más que descripción pormenorizada lo que puede ser realmente incitante es la sugerencia.

Mi propia experiencia literaria con el erotismo y con el amor se materializan en diversas formas, desde algunos cuentos con momentos intensos donde más que arrastrar al lector por un sendero explícito prefiero optar por empujarlo a un vórtice de seducción imaginaria, hasta la novela que llamé precisamente Todo el amor en sus ojos, reuniendo bajo ese título un significante de amor por los demás, de entrega, al tiempo que de sensualidad un poco a ritmo de locura, que es como de verdad siento que debe ser la vida. Difícil me resulta distinguir entre las distintas formas del amor: la ternura, la solidaridad, el compañerismo, el encuentro de los cuerpos que se desean, todos forman parte de la diversidad que integra al ser humano en su dimensión maravillosa.

El lenguaje literario nos pone en contacto con otras épocas para descubrir que los problemas del ser humano son eternos y permanentes. El amor siempre seguirá siendo un protagonista permanente de la escritura, imperecedero como Penélope que hace y deshace su tejido sin perder la esperanza de reencontrarse con el esperado Ulises, sin desfallecer ante la insistencia ni ante la desesperanza. El amor que es también el erotismo, pero que no se reduce a éste, que asume mil formas que se encarnan en la literatura.

Una obra literaria asume corporeidad cuando un lector abre un libro y se pone en contacto con la sensibilidad del autor y recrea las imágenes y los significantes, los filtra a través de sus propias sensaciones y experiencias, interpreta, imagina y completa a partir de la sugerencia, conducido por las palabras de ese guía invisible y omnipresente que es el escritor. El texto es revivido y convocado cada vez que un lector abre el libro, en el intertanto no existe, es apenas un objeto cuya existencia material no determina nada. La lectura otorga nueva vida, por un instante se produce una suerte de encarnación a través del vínculo autor-lector, un espacio donde ambos crean e imaginan unidos por enlaces tan tenues como firmes, tan sutiles como vigorosos, y generan algo nuevo, único, irrepetible, que además puede establecer hondas raíces en una persona. Así es como uno va recogiendo frases, sensaciones, imágenes de esas historias y esos personajes de ficción que adquieren una realidad incluso más real que aquella en que vivimos.

En la lectura y en la escritura está implícito el amor en el sentido de ser otros, de vivir otras vidas con profundidad, no con la mera mirada superficial. Está implícito el respeto ante los demás, el hecho de maravillarse ante cada existencia particular como resultado de una experiencia original, construida a partir de miles, millones de hechos, sensaciones, momentos. Al leer y al escribir uno invade otros campos, otras personas, tenemos por un instante la capacidad de mirar a otros, incluso hasta la posibilidad de aproximarse tanto que se llegue a sentir ser ellos, es el voyeurismo más pleno en acción, una suma de todas las formas de amor juntas: erotismo, solidaridad, amistad, compañerismo, ternura, caricia, fraternidad, devoción, sensualidad.

Chejov, maravilloso autor de atmósferas subyugantes, expresó que "la literatura era su amante". Me adhiero a ese concepto, fue mi primera amante y adivino también que será la última. Sin olvidarse que el tramo entre la primera y la última ha de ser alimentado de otras pasiones. Schahriar nos escucha, Scherazade nos narra. Somos el uno o el otro, unidos en el eterno círculo que nos separa de la muerte postergada con cada historia, somos el sueño de alguien que nos relata o somos los constructores del sueño. Termino con el cuento de veinticuatro siglos de Chuang Tzu, que viene a ser la mejor representación de lo dicho: Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

Diego Muñoz Valenzuela

El diablo es musulmán

El diablo es musulmán

Ya el Dante sabía que Mahoma era terrorista. Por algo lo ubicó en uno de los círculos del infierno, condenado a pena de taladro perpetuo. "Lo vi rajado", celebró el poeta en La divina comedia, "desde la barba hasta la parte inferior del vientre…"

 

Más de un Papa había comprobado que las hordas musulmanas, que atormentaban a la Cristiandad, no estaban formadas por seres de carne y hueso, sino que eran un gran ejército de demonios que más crecía cuanto más sufría los golpes de las lanzas, las espadas y los arcabuces.

 

En tiempos actuales, los misiles fabrican muchos más enemigos que los enemigos que destripan. Pero, ¿qué sería de Dios, al fin y al cabo, sin enemigos? El miedo manda, las guerras comen miedo. La experiencia prueba que la amenaza del infierno es siempre más eficaz que la promesa del Cielo. Bienvenidos sean los enemigos. En la Edad Media, cada vez que tambaleaba el trono, por bancarrota o furia popular, los reyes cristianos denunciaban el peligro musulmán, desataban el pánico, lanzaban una nueva Cruzada y santo remedio. Ahora, hace un ratito nomás, George W. Bush ha sido reelecto presidente del planeta gracias a la oportuna aparición de Bin Laden, el Satán mayor del reino, que en vísperas de la elección anunció, desde la tele, que iba a comerse a todos los niños crudos.

 

Allá por el año 1564, el demonólogo Johann Wier había contado los diablos que estaban trabajando en la tierra, a tiempo completo, por la perdición de las almas cristianas. Había siete millones cuatrocientos nueve mil ciento veintisiete, que actuaban divididos en setenta y nueve legiones.

 

Muchas aguas hirvientes han pasado, desde aquel censo, bajo los puentes del infierno. ¿Cuántos suman, hoy día, los enviados del reino de las tinieblas? Las artes de teatro dificultan el conteo. Estos engañeros siguen usando turbantes, para ocultar sus cuernos, y largas túnicas tapan sus colas de dragón, sus alas de murciélago y la bomba que llevan bajo el brazo.

 

El Diablo es judío

 

Hitler no inventó nada. Desde hace dos mil años, los judíos son los imperdonables asesinos de Jesús y los culpables de todas las culpas.

 

¿Cómo? ¿Que Jesús era judío? ¿Y judíos eran también los doce apóstoles y los cuatro evangelistas? ¿Cómo dice? No puede ser. Las verdades reveladas están más allá de la duda y no exigen más evidencia que su propia existencia. Las cosas son como se dice que son, y se dice porque se sabe: en las sinagogas el Diablo dicta clase, y los judíos están desde siempre dedicados a profanar hostias y a envenenar aguas benditas. Por ellos han ocurrido las bancarrotas económicas, las crisis financieras y las derrotas militares; son ellos quienes han traído la fiebre amarilla y la peste negra y todas las pestes.

 

Inglaterra los expulsó, sin dejar ni uno, en el año 1290, pero eso no impidió que Chaucer, Marlowe y Shakespeare, que nunca habían visto un judío, fueran obedientes a la caricatura tradicional y reprodujeran personajes judíos según el molde satanísimo del parásito chupasangre y el avaro usurero.

 

Acusados de servir al Maligno, estos malditos anduvieron los siglos de expulsión en expulsión y de matanza en matanza. Después de Inglaterra, fueron sucesivamente echados de Francia, Austria, España, Portugal y numerosas ciudades suizas, alemanas e italianas. Los reyes católicos, Isabel y Fernando, expulsaron a los judíos, y también a los musulmanes, porque ensuciaban la sangre. Los judíos habían vivido en España durante trece siglos. Se llevaron las llaves de sus casas. Hay quienes las tienen todavía. Nunca más volvieron.

 

La colosal carnicería organizada por Hitler culminó una larga historia de persecución y humillación. La caza de judíos ha sido siempre un deporte europeo. Ahora los palestinos, que jamás lo practicaron, pagan la cuenta.

 

El Diablo es mujer

 

El libro Malleus Maleficarum, también llamado El martillo de las brujas, recomendaba el más despiadado exorcismo contra el demonio que lleva tetas y pelo largo. Dos inquisidores alemanes, Heinrich Kramer y Jakob Sprenger, lo escribieron, por encargo del Papa Inocencio VIII, para hacer frente a las conspiraciones demoníacas contra la Cristiandad. Se publicó por primera vez en 1486, y hasta fines del siglo dieciocho fue el fundamento jurídico y teológico de los tribunales de la Inquisición en varios países.

Los autores sostenían que las brujas, harén de Satán, representaban a las mujeres en estado natural: "Toda brujería proviene de la lujuria carnal, que en las mujeres es insaciable." Y demostraban que "esos seres de aspecto bello, contacto fétido y mortal compañía" encantaban a los hombres y los atraían, silbidos de serpiente, colas de escorpión, para aniquilarlos. Y advertían a los incautos, citando a la Biblia: "La mujer es más amarga que la muerte. Es una trampa. Su corazón, una red, y cadenas sus brazos."

Este tratado de Criminología, que envió a miles de mujeres a las piras de la Inquisición, aconsejaba someter a tormento a todas las sospechosas de brujería. Si confesaban, merecían el fuego. Si no confesaban, también, porque sólo una bruja, fortalecida por su amante el Diablo en los aquelarres, podía resistir semejante suplicio sin soltar la lengua.

 

El Papa Honorio III había sentenciado que el sacerdocio era cosa de machos:

 

- Las mujeres no deben hablar. Sus labios llevan el estigma de Eva, que perdió a los hombres. Ocho siglos después, la Iglesia católica sigue negando el púlpito a las hijas de Eva.

 

El mismo pánico hace que los fundamentalistas musulmanes les mutilen el sexo y les tapen la cara. Y el alivio por el peligro conjurado mueve a los judíos muy ortodoxos a empezar el día susurrando:

 

- Gracias, Señor, por no haberme hecho mujer.

 

El Diablo es homosexual

Desde 1446, los homosexuales marchaban a la hoguera en Portugal. Desde 1497, los quemaban vivos en España. El fuego era el destino que merecían estos hijos del infierno, que del fuego venían. En América, en cambio, los conquistadores preferían arrojarlos a los perros. Vasco Núñez de Balboa, que a muchos emperró, creía que la homosexualidad era contagiosa. Cinco siglos después, escuché decir lo mismo al arzobispo de Montevideo.

Cuando los conquistadores asomaron en el horizonte, sólo los aztecas y los incas, en sus imperios teocráticos, castigaban la homosexualidad -y con pena de muerte. Los demás americanos la toleraban, y en algunos lugares la celebraban, sin prohibición ni castigo.

Esta provocación insoportable debía desatar la cólera divina. Desde el punto de vista de los invasores, la viruela, el sarampión y la gripe, pestes desconocidas que mataban indios como moscas, no venían de Europa sino del Cielo. Así Dios castigaba el libertinaje de los indios, que practicaban la anormalidad con toda naturalidad. Ni en Europa, ni en América, ni en ningún lugar del mundo se ha llevado la cuenta de los muchos homosexuales condenados al suplicio o a la muerte por el delito de ser. Nada sabemos de los tiempos lejanos, y poco o nada sabemos del ahora nomás.

 

En la Alemania nazi, estos "degenerados culpables de aberrante delito contra la naturaleza" estaban obligados a portar un triángulo rosado. ¿Cuántos fueron a parar a los campos de concentración? ¿Cuántos murieron allí? ¿Diez mil, cincuenta mil? Nunca se supo. Nadie los contó, casi nadie los mencionó. Tampoco se supo nunca cuántos fueron los gitanos exterminados.

 

El 18 de septiembre del año 2001, el gobierno alemán y los bancos suizos resolvieron "rectificar la exclusión de los homosexuales entre las víctimas del Holocausto". Más de medio siglo demoraron en corregir la omisión. A partir de esa fecha, pudieron reclamar indemnización los homosexuales que habían sobrevivido en Auschwitz y otros campos, si es que alguno quedaba todavía vivo.

 

Eduardo Galeano

 

Para la cátedra de historia

Para la cátedra de historia Hace unos quince mil millones de años, según dicen los entendidos, un huevo incandescente estalló en medio de la nada y dio nacimiento a los cielos y a las estrellas y a los mundos.

Hace unos cuatro mil o cuatro mil quinientos millones de años, año más, año menos, la primera célula bebió el caldo del mar, y le gustó, y se duplicó para tener a quien convidar el trago.

Hace unos dos millones de años, la mujer y el hombre, casi monos, se irguieron sobre sus patas y alzaron los brazos y se abrazaron y se entraron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse cara a cara, mientras estaban en eso.

Hace unos cuatrocientos cincuenta mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los ayudó a defenderse del invierno.

Hace unos trescientos mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras y creyeron que podían entenderse.

Y en eso estamos, todavía queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frio, buscando palabras.


Eduardo Galeano
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