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De cómo Nuestra Señora y San José fueron de Nazaret a Belén, y cómo llegaron al portalejo donde la Virgen parió a su hijo

Iba María, la muy delicada,
a pie, con sus grávidas santas entrañas,
subiendo las ásperas, altas montañas,
por no fatigar la asnilla cansada.
Contempla, cristiano, la Reina preñada,
cuan iba propicia del parto del Rey;
y el viejo tras ella con un flaco buey
para el tributo y dispensa gastada.

Llegaron los pobres a la ciudad:
buscaban por ella mesón y posada;
fueles de todos ella denegada
considerando su gran pobredad.
Andaba la Virgen con gran humildad
por calles y plazas, asaz vergonzosa,
sus ojos en tierra, la más que graciosa,
muy más honesta que la honestidad.

¡Oh, Madre preciosa de Dios verdadero!
Tú eres del mundo la propia Señora.
¿Y cómo te falta mesón a tal hora
viéndote pobre con el carpintero?
¡Oh, si yo fuera en Belén mesonero!
Cierto, Señora, por buena manera
a todos echara, a ti recibiera,
sin que pagaras un solo dinero.

¿Y cómo no visteis, oh, ciegos pintores,
la gran hermosura de esta doncella?
Pudiérades cierto, sacar por aquella,
alguna figura de grandes primores.
¡Oh, hembras preñadas y nobles señores!
¿Cuál ya crudeza os pudo tener,
viendo preñada tan tierna mujer
y no recibirla con muchos honores?

Andando confusos buscando el hostal,
allegan a un pobre civil portalejo:
la Virgen reposa y el viejo
ata la asnilla y el buen animal.
Este que digo, muy pobre portal,
era el establo de muchos ganados
y a las de veces de muchos cuidados
cuando no hallan algún hospital.

Estaba la Virgen asaz encogida
en tierra, sin otro colchón acostada;
la lumbre de flaca toda acostada;
la lumbre de flaca toda apagada,
y más la cabaña muy oscurecida.
Vino la hora que fuese parida
la Reina del cielo en aquellos estrados
el suelo pajizo por seda bordados:
¡mira qué pompa tan esclarecida!

Juan de Padilla

 
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