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Los premios

Los premios literarios son una fuente constante de polémicas para los escritores, sobre todo al cuestionar los méritos de quienes los obtienen en determinada oportunidad, postergando el reconocimiento de otros que cuentan con tantos o mayores virtudes. Lo primero que hay que apuntar en esta discusión es la necesidad de favorecer la diversidad a través de la existencia de una cantidad de certámenes que permita una mayor heterogeneidad en cobertura de géneros, composición de jurados y ámbitos de aplicación (grupos etarios, regiones u otros grupos de referencia).

La primera constatación que debe hacerse es la modificación y desaparición de ciertos premios cuyo prestigio es indiscutible. El caso más importante es el del Premio Nacional de Literatura, el cual se concede sólo cada dos años y no anualmente como fue tradición. Se ha dicho - afirmación que considero aberrante - que no existen suficientes escritores chilenos de calidad como para conceder esta distinción año a año ; creo que es tarea fácil componer una larga lista de creadores en plena actividad que ya debieran haber recibido este reconocimiento. No debe olvidarse además que los escritores no están representados institucionalmente en el jurado, siendo que el Premio Nacional fue el resultado de la acción gremial de la Sociedad de Escritores.

Extrañamos también al Premio Pedro de Oña, certamen de alto prestigio que ganaron excelentes creadores, otorgado anualmente por la Municipalidad de Ñuñoa, el cual experimentó algunos intentos de reactivación años atrás, pero que terminó por fallecer, posiblemente hundido entre la lista tecnocrática de las prioridades edilicias. Otro premio prestigioso desaparecido es la Beca de Chile, que otorgó hasta la década de los 70 la Municipalidad de Santiago, consistente en una suma de dinero entregada a un escritor para financiar un proyecto literario.

En la lista de las mutaciones encontramos al Premio Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago, al cual postulaban en todos los géneros obras inéditas de autores nacionales, concurso que contaba con una valoración tan alta como la que ha tenido y tiene el Premio Municipal de Santiago (que se concede a la mejor obra editada el año anterior en los cinco géneros básicos). Basta revisar la lista de premios Gabriela Mistral concedidos en el pasado para encontrar valores literarios indiscutibles. Sin embargo, una modificación efectuada en la década anterior, acotó este concurso primero a estudiantes de enseñanza media, y luego -en su versión actual- a escritores jóvenes y a escritores que no hayan publicado obras anteriormente. No cabe cuestionar la necesidad de incentivar a los estudiantes o a los literatos muy jóvenes o de obra tardía, pero creo que no es necesario cambiar la estructura de un premio de tan larga data y tradición tan fértil. Siempre es posible crear un nuevo concurso dirigido hacia los grupos mencionados. Y la restitución del Premio Gabriela Mistral a su forma original sería bienvenida por los escritores chilenos.

Por otra parte, no se puede negar el importante estímulo que ha significado en la época reciente la irrupción de los concursos de becas y proyectos del Fondo de Desarrollo de las Artes y del Consejo Nacional del Libro, ambas entidades dependientes del Ministerio de Educación. El Premio a las Mejores Obras Literarias, concedido en cinco géneros y en las categorías de obras editadas e inéditas, excelentemente dotado para los estándares nacionales, se ha erigido en un hito de la más alta importancia para nuestro medio literario. Su impacto es indudable, ya que las obras ganadoras generan un inmediato interés de los editores, constituyéndose en un estímulo a la edición y difusión, no sólo a la creación.

Sin embargo, a pesar de este efectivo y promisorio desarrollo, es muy difícil concebir la posibilidad de que un escritor pueda consagrarse por entero a la creación. Los premios, las becas, los derechos de autor -todos ellos ocasionales- no permiten generar los recursos necesarios para garantizar una dedicación de tiempo completo de quienes han demostrado sobradamente sus condiciones creativas. Se requiere recuperar todas las formas de estímulo que se han perdido en el tiempo (como las mencionadas antes), y más aún, crear nuevos incentivos que tiendan a crear fuentes de ingresos estables para los creadores, de modo que desarrollemos a plenitud las potencialidades culturales de nuestro país. En el pasado ha habido claras demostraciones -para utilizar el léxico en boga- de nuestras ventajas comparativas en el terreno de la literatura. Hay que crear las oportunidades para que estas se impongan. Tal vez podamos volver a ganar esos campeonatos mundiales (léase Premios Nobel) que nos son esquivos en las canchas deportivas.

Diego Muñoz Valenzuela

 

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