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pro-scrito

El incendio de un sueño

La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
ha sido destruida por las llamas.
aquella biblioteca del centro.
con ella se fue
gran parte de mi
juventud.

estaba sentado en uno de aquellos bancos
de piedra cuando mi amigo
Baldy me
preguntó:
"¿vas a alistarte en
la brigada
Abraham Lincoln?"

"claro", contesté
yo.

pero, al darme cuenta de que yo no era
un idealista político
ni un intelectual
renegué de aquella
decisión
más tarde.

yo era un lector
entonces
que iba de una sala a
otra: literatura, filosofía,
religión, incluso medicina
y geología.

muy pronto
decidí ser escritor,
pensaba que sería la salida
más fácil
y los grandes novelistas no me parecían
demasiado difíciles.
tenía más problemas con
Hegel y con Kant.

lo que me fastidiaba
de todos ellos
es que
les llevara tanto
lograr decir algo
lúcido y/
o
interesante.
yo creía
que en eso
los sobrepasaba a todos
entonces.

descubrí dos
cosas:
a) que la mayoría de los editores creía que
todo lo que era aburrido
era profundo.
b) que yo pasaría décadas enteras
viviendo y escribiendo
antes de poder
plasmar
una frase que
se aproximara un poco
a lo que quería
decir.

entretanto
mientras otros iban a la caza de
damas,
yo iba a la caza de viejos
libros,
era un bibliófilo, aunque
desencantado,
y eso
y el mundo
configuraron mi carácter.

vivía en una cabaña de contrachapado
detrás de una pensión de 3 dólares y medio
a la semana
sintiéndome un
Chatterton
metido dentro de una especie de
Thomas
Wolfe.

mi principal problema eran
los sellos, los sobres, el papel
y
el vino,
mientras el mundo estaba al borde
de la Segunda Guerra Mundial.
todavía no me había
atrapado
lo femenino, era virgen
y escribía entre 3 y
5 relatos por semana
y todos
me los devolvían, rechazados por
el New Yorker, el Harper's,
el Atlantic Monthly.
había leído que
Ford Madox Ford solía empapelar
el cuarto de baño
con las notas que recibía rechazando sus obras
pero yo no tenía
cuarto de baño, así que las amontonaba
en un cajón
y cuando estaba tan lleno
que apenas podía
abrirlo
sacaba todas las notas de rechazo
y las tiraba
junto con los
relatos.

La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
seguía siendo
mi hogar
y el hogar de muchos otros
vagabundos.
discretamente utilizábamos los
aseos
y a los únicos que
echaban de allí
era a los que
se quedaban dormidos en las
mesas
de la biblioteca; nadie ronca como un
vagabundo
a menos que sea alguien con quien estás
casado.

bueno, yo no era realmente un
vagabundo. yo tenía tarjeta de la biblioteca
y sacaba y devolvía
libros,
montones de libros,
siempre hasta el
límite
de lo permitido:
Aldous Huxley, D.H. Lawrence,
e.e. cummings, Conrad Aiken, Fiódor
Dos, Dos Passos, Turguénev, Gorki,
H.D. Freddie Nietzche,
Shopenhauer,
Steinbeck,
Hemingway,
etc.

siempre esperaba que la bibliotecaria
me dijera: "que buen gusto tiene usted,
joven."
pero la vieja
puta
ni siquiera sabía
quién era ella,
cómo iba a saber
quién era yo.

pero aquellos estantes contenían
un enorme tesoro: me permitieron
descubrir
a los poetas chinos antiguos
como Tu Fu y Li
Po
que son capaces de decir en un
verso más que la mayoría en
treinta o
incluso en ciento.
Sherwood Anderson debe de haberlos
leído
también.

también solía sacar y devolver
los Cantos
y Ezra me ayudó
a fortalecer los brazos si no
el cerebro.

maravilloso lugar
la Biblioteca Pública de Los Ángeles
fue un hogar para alguien que había tenido
un
hogar
infernal


ARROYOS DEMASIADO ANCHOS PARA SALTARLOS
LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO
CONTRAPUNTO
EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO

James Thurber
John Fante
Rabelais
De Maupassant

algunos no me
decían nada: Shakespeare, G.B. Shaw,
Tolstói, Robert Frost, F. Scott
Fitzgerald

Upton Sinclair me llegaba
más
que Sinclair Lewis
y consideraba a Gogol y a
Dreiser tontos
de remate

pero tales juicios provenían mas
del modo en que un hombre
se ve obligado a vivir que de
su razón.

La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
muy probablemente evitó
que me convirtiera en un
suicida,
un ladrón
de bancos,
un tipo
que pega a su mujer,
un carnicero o
un motorista de la policía
y, aunque reconozco que
puede que alguno sea estupendo,
gracias
a mi buena suerte
y al camino que tenía que recorrer,
aquella biblioteca estaba
allí cuando yo era
joven y buscaba
algo
a lo que aferrarme
y no parecía que hubiera
mucho.

y cuando abrí el
periódico
y leí la noticia sobre el incendio
que había destruido la
biblioteca y la mayor parte de
lo que en ella había

le dije a mi
mujer: "yo solía pasar
horas y horas
allí..."

EL OFICIAL PRUSIANO

EL ATREVIDO MUCHACHO DEL TRAPECIO

TENER Y NO TENER

NO PUEDES RETORNAR A TU HOGAR.

 

Charles Bukowski

 



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Pro-scrito evoluciona

Pro-scrito evoluciona

Cuando Pro-scrito nació en Internet tenía la aspiración de reunir en un foro las voces de los aficionados a la literatura, sus obras, sus sueños y sus pesadillas. Luego, debido a la demanda de los participantes, se convirtió en una revista, en un escaparate para los autores noveles.

Empezamos con un objetivo y terminamos con otro, pues sentimos una necesidad de renovación que nos lleva a concluir esta etapa. Somos almas inquietas, siempre buscando algo que a la postre no es sino el enigma que respira en nosotros. Lo conseguido está a la vista, si sirvió para algo, no nos corresponde juzgarlo a nosotros, en cualquier caso disfrutamos con lo que hicimos, y eso ya es mucho.

Todas las secciones permanecen abiertas con la información almacenada durante estos años. Seguimos trabajando, valorando ideas para ofreceros un nuevo Pro-scrito o un nuevo portal, quién sabe.

Gracias a todos por vuestra fidelidad y apoyo.

M. C. Escher

M. C. Escher

 

Puddle 1952 © Maurits C. Esher

"Quien desee describir algo inexistente tiene que seguir ciertas reglas. Estas reglas son, más o menos, las mismas que para los cuentos de hadas. El elemento de lo inescrutable, en el que se desea centrar la atención, tiene que ser rodeado, ser encubierto por una evidencia perfectamente cotidiana, perfectamente reconocible para todos. Este entorno conforme a la naturaleza, aceptable para cualquier espectador superficial, es indispensable para crear la conmoción deseada".

Página oficial de M. C. Escher (inglés)

Die Bücherverbrennung

Die Bücherverbrennung

  
Holland House Library de Londres (1940)

 

Cuando el régimen ordenó, a los libros con sabiduría peligrosa

quemar en público, carretas con libros a las hogueras,

Y todos los bueyes fueron forzados a hacerlo, pero

Uno de los poetas perseguidos al revisar, con gran estudio,

La lista de los quemados, se quedó estupefacto, pues su libro

Había sido olvidado. Fue volando en las alas de la ira

A su escritorio, y escribió una carta a las autoridades.

¡Quémenme!, escribió con gran pesar, ¡Quémenme!

¡No me hagan esto a mí! ¿No he dicho

Siempre la verdad en mis libros?

¡Y ahora me tratan Uds. Como si fiera mentiroso!

Yo les ordeno: ¡Quémenme!

Bertolt Brecht escribió este poema titulado Die Bücherverbrennung contra el "bibliocausto"

La decadencia de la mentira

La decadencia de la mentira

"El arte comienza con una decoración abstracta, por un trabajo puramente imaginativo y agradable aplicado tan sólo a lo irreal, a lo no existente. Esta es la primera etapa. La vida, después, fascinada por esa nueva maravilla, solicita su entrada en el círculo encantado. El arte toma a la vida entre sus materiales toscos, la crea de nuevo y la vuelve a modelar en nuevas formas, y con una absoluta indiferencia por los hechos, inventa, imagina, sueña y conserva entre ella y la realidad la infranqueable barrera del bello estilo, del método decorativo o ideal. La tercera etapa se inicia cuando la vida predomina y arroja al arte al desierto. Esta es la verdadera decadencia que sufrimos actualmente. Tomemos el caso del dogma inglés. Al principio, en manos de los frailes, el arte dramático fue abstracto, decorativo, mitológico. Después tomó la vida a su servicio, y utilizando algunas de sus formas exteriores creó una raza de seres absolutamente nuevos, cuyos dolores fueron más terribles que ningún dolor humano y cuyas alegrías fueron más ardientes que las de un amante. Seres que poseían la rabia de los titanes y la serenidad de los dioses, monstruosos y maravillosos pecadas, virtudes monstruosas y maravillosas. Les dio un lenguaje diferente al lenguaje ordinario, sonoro, musical, dulcemente rimado, magnífico por su solemne cadencia, afinado por una rima caprichosa, ornado con pedrerías de espléndidas palabras y enriquecido por una noble dicción. Vistió a sus hijos con ropajes magníficos, les dio máscaras, y el mundo antiguo, a su mandato, salió de su tumba de mármol. Un nuevo César avanzó altivamente por las calles de Roma resucitada, y con velas de púrpura y remos movidos al son de las flautas, otra Cleopatra remontó el río, hacia Antioquía. Los viejos mitos y la leyenda y el ensueño tomaron nuevamente forma. La historia fue escrita otra y vez por entero y no hubo dramaturgo que no reconociese que el fin del arte es, ni la simple verdad, sino la belleza compleja. Y esto era completamente cierto. El arte representa una forma de exageración, y la selección, es decir, su propia alma, no es más que una especie de énfasis. Pero muy pronto la vida destruyó la perfección de la forma. Incluso en Shakespeare podemos ver el comienzo del fin. Se observa en la dislocación de verso libre en sus últimas obras, en el predominio de la prosa y en la excesiva importancia concedida a la personificación. Los numerosos pasajes de Shakespeare en que el lenguaje es barroco, vulgar, exagerado, extravagante, hasta obsceno, se los inspiró la vida, que buscaba un eco a su propia voz, rechazando la intervención del bello estilo, a través del cual puede únicamente expresarse. Shakespeare está lejos de ser un artista perfecto. Le agrada demasiado inspirarse directamente en la vida, copiando su lenguaje corriente. Se olvida de que el arte lo abandona todo cuando abandona el instrumento de la Fantasía. Goethe dice en alguna parte: "Trabajando en los límites es como se revela el maestro". Y la limitación, la condición misma de todo arte, es el estilo. Sin embargo, no nos detengamos más en el realismo de Shakespeare.

La tempestad es la más perfecta de las palinodias. Todo cuanto deseo demostrar es que la obra magnífica de los artistas de la época isabelina y de los Jacobitas contenía en sí el germen de su propia disolución, y que si adquirió algo de su fuerza utilizando la vida como material, toda su flaqueza proviene de que la tomó como método artístico. Como resultado inevitablemente de sustituir la creación por la imitación, de ese abandono de la forma imaginativa, surge el melodrama inglés moderno. Los personajes de esas obras hablan en escena exactamente lo mismo que hablarían fuera de ella; no tienen aspiraciones ni en el alma ni en las letras; están calcados de la vida y reproducen su vulgaridad hasta en los menores detalles; tienen el tipo, las maneras, el traje y el acento de la gente real; pasarían inadvertidos en un vagón de tercera clase.., ¡Y que aburridas son esas obras! No logran siquiera producir esa impresión de realidad a la que tienden y que constituye su única razón de ser. Como método, el realismo es un completo fracaso. Y esto, que es cierto tratándose del drama y de la novela, no lo es menos en las artes que llamamos decorativas. La historia de esas artes en Europa es la lucha memorable entre el orientalismo, con su franca repulsa de toda copia, su amor a la convención artística y su odio hacia la representación de las cosas de la naturaleza y de nuestro espíritu imitativo. Allí donde triunfó el primero, como en Bizancio, en Sicilia y en España por actual contacto, o en el resto de Europa por influencia de las Cruzadas, hemos tenido bellas obras imaginadas, donde las cosas visibles de la vida se convierten en artísticas convenciones, y las que no posee la vida son inventadas y modeladas para su placer. Pero allí donde hemos vuelto a la naturaleza a la vida, nuestra obra se hecho siempre vulgar, común y desprovista de interés. La tapicería moderna con sus efectos aéreos, su cuidada perspectiva, sus amplias extensiones de cielo inútil, su fiel y laborioso realismo, no posee la menor belleza. Las vidrieras pintadas de Alemania son por completo detestables. En Inglaterra empezamos a tejer tapices admirables porque hemos vuelto al método y al espíritu orientales. Nuestros tapices y nuestras alfombras de hace veinte años, con sus verdades solemnes y deprimentes, su vano culto a la naturaleza, sus sórdidas copias de objetos visibles, se han convertido, hasta para los filisteos, en motivos de risa. Un mahometano culto me hizo un día esta observación. "Vosotros, los cristianos, estáis tan ocupados en interpretar mal el sentido del cuarto mandamiento, que no habéis pensado nunca en hacer una aplicación artística del segundo". Tenía por completo razón, y la concluyente verdad sobre este tema es que la verdadera escuela de arte no es la vida, sino el arte".

Fragmento de: La decadencia de la mentira. Oscar Wilde

Todo asusta

Asusta que la flor se pase pronto.
Asusta querer mucho y que te quieran.
Asusta ver a un niño cara de hombre,
asusta que la noche…
que se tiemble por nada,
que se ría por nada asusta mucho.

Asusta que la paz, por los jardines,
asome sus orejas de colores,
asusta porque es mayo y es buen tiempo,
asusta por si pasas sobre todo,
asusta lo completo, lo posible,
la demasiada luz, la cobardía,
la gente que se casa, la tormenta,
los aires que se forman y la lluvia.

Los ruidos que en la noche nadie hace
-la silla vacía siempre cruje-,
asusta la maldad y la alegría,
el dolor, la serpiente, el mar, el libro,
asusta ser feliz, asusta el fuego,
sobrecoge la paz, se teme algo,
asusta todo trigo, todo pobre,
lo mejor no sentarse en una silla.
 

Poemas del suburbio, Gloria Fuertes

Disputa por señas

Un Rey musulmán, noticioso de que su vecino el emperador de Bizancio quería invadirle el reino, decidió enviarle un mensajero que solicitara la paz. Para la elección del portador de la embajada consultó a sus visires y dignatarios más ilustres, pero mientras que los distintos consejeros le designaban ya a uno ya a otro de los más nobles y famosos caballeros de la corte, uno de ellos guardó silencio. El Rey se dirigió entonces a él y dijo:

-¿Por qué callas?

-Porque no creo que debas enviar a ninguno de los que te han aconsejado -respondió.

El monarca interrogó de nuevo:

-¿Pues a quién crees que debemos enviar?

Y él dijo:

-A fulano -y mencionó a un hombre oscuro, sin nobleza ni elocuencia. El rey, colérico en extremo, le gritó:

-¿Pretendes burlarte de mí en un asunto de tanta importancia?

El consejero respondió:

-¡Alah me guarde de ello, mi señor! Tú lo que deseas es enviar a una persona que alcance éxito en su embajada y por esto, yo, después de haber reflexionado mucho, creo que sólo este que te he nombrado lograría lo que deseas, pues es un hombre de muy buena estrella y todos los asuntos que le encomendaste los solucionó con éxito y sin necesidad de elocuencia, ni nobleza, ni valor.

El Rey, convencido, dijo:

-Dices verdad -y encargó a aquel hombre oscuro la alta misión y le envió a Bizancio
Enterado el Emperador cristiano de que venía hacia él un embajador, dijo a sus dignatarios:

-Sin duda este embajador que viene a verme será el más ilustre y grande de todos los musulmanes. Sabed que cuando venga le haré entrar a mi presencia antes de aposentarle y le dirigiré varias preguntas; si me contesta

sabiamente, le aposentaré y asentiré a sus peticiones; pero si no me comprende, le expulsaré sin solucionar su embajada.

Cuando llegó el mensajero, fue llevado a presencia del Emperador, y una vez que cambiaron los saludos, señaló el Emperador con un solo dedo hacia el cielo: y el musulmán señaló hacia el cielo y la tierra. Indicó entonces el cristiano con su dedo en dirección a la cara del musulmán; y éste señaló con dos dedos hacia el rostro del Emperador. Por último el cristiano le mostró una aceituna y el embajador le enseñó un huevo. Después de esto, el Emperador se sintió satisfecho y solucionó el asunto a satisfacción del musulmán, tras haberle colmado de honores.

Preguntaron sus dignatarios al Emperador:

-¿Qué le dijiste y por qué accediste a sus peticiones

Y él respondió:

-¡No vi jamás un hombre tan entendido y agudo como él! Yo le señalé hacia el cielo, diciéndole: «Alah es uno en los cielos»; y él señaló hacia el cielo y la tierra, diciéndome: «Pero Él está en los cielos y en la tierra.» Después señalé hacia él con un dedo, diciéndole: «Todos los hombres que ves tienen un origen unico»; y él me señaló con dos dedos para decirme: «Su origen es doble: descienden de Adán y Eva.» Luego le mostré una aceituna, diciéndole: «Contempla la admirable naturaleza de esto»; y él me tendió un huevo como diciendo: «La naturaleza de éste es más admirable, pues de él sale un animal.» Y por esto le solucioné el asunto.

Habiendo preguntado al musulmán de buena estrella qué le dijo el Emperador durante la entrevista, dijo:

-¡Por Alah! ¡No vi jamás un hombre tan tardo ni tan ignorante como aquel cristiano! Al momento de mi llegada me dijo: «Con un solo dedo, te levanto así»; y le repliqué: «Yo te levanto con un dedo y te tiro contra la tierra, así.» Entonces me dijo: «Te sacaré un ojo con este dedo, así»; y le respondí: «Yo te sacaré los dos con mis dedos, así.» Y tras esto dijo: «Sólo podría darte esta aceituna, que es lo único que me quedó de mi comida.» Yo le contesté: «¡Oh, desgraciado! Estoy mejor que tú, pues aún me queda un huevo después de mi comida.» Se asustó de mí, y solucionó rápidamente mi asunto.

Ibn Asim de Granada

Lesbia la más hermosa de las mujeres

Muchos encuentran a Quintia hermosa;

para mí es blanca, alta y espigada.

Admito que posee cada uno de estos atractivos,

pero no todo eso sea ser hermosa, lo niego;

pues no hay ningún encanto, ninguna pizca de gracia en un cuerpo tan grande.

Lesbia sí que es hermosa, pues no solamente es la más hermosa en todo,

sino también es la única que robó todos los encantos de Venus.

Cayo Valerio Catulo

Poesía de soledad y poesía de comunión

¿Qué clase de testimonio es el de la palabra poética, extraño testimonio de la unidad del hombre y el mundo, de su original y perdida identidad? Ante todo, el de la inocencia innata del hombre, como el de la religión es el de su perdida inocencia. Si una afirma el pecado, la otra lo niega. El poeta revela la inocencia del hombre. Pero su testimonio sólo vale si llega a transformar su experiencia en expresión, esto es, en palabras. Y no en cualquier clase de palabras, ni en cualquier orden, sino en un orden que no es el del pensamiento, ni el de la conversación, ni el de la oración. Un orden que crea sus propias leyes y su propia realidad: el poema. Por eso ha podido decir un crítico francés que "en tanto que el poeta tiende a la palabra, el místico tiende al silencio". Esa diversidad de direcciones distingue, al fin, la experiencia mística de la expresión poética. La mística es una inmersión en lo absoluto; la poesía es una expresión de lo absoluto o de la desgarrada tentativa para llegar a él. ¿Qué pretende le poeta cuando expresa su experiencia? La poesía, ha dicho Rimbaud, quiere cambiar la vida. No intenta embellecerla, como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, mediante la expresión de su experiencia, procura hacer sagrado el mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia. No pretende hermosear, santificar o idealizar lo que ve, sino volverlo sagrado. Por eso no es moral o inmoral; justa o injusta; falsa o verdadera; hermosa o fea. Es, simplemente, poesía de soledad o de comunión. Porque la poesía, que es un testimonio del éxtasis, del amor dichoso, también lo es de la desesperación. Y tanto como un ruego pude ser una blasfemia.

La sociedad moderna no puede perdonar a la poesía su naturaleza: le parece sacrílega. Y aunque ésta se disfrace, acepte comulgar en el mismo altar común y luego justifique con toda clase de razones su embriaguez, la conciencia social le reprobará siempre un extravío y una locura peligrosa. El poeta tiende a participar en lo absoluto, como el místico; y tiende a expresarlo, como la liturgia y la fiesta religiosa. Esta pretensión lo convierte en un ser peligroso, pues su actividad no beneficia a la sociedad; verdadero parásito, en lugar de atraer para ella las fuerzas desconocidas que la religión organiza y reparte, las dispersa en una empresa estéril y antisocial. En la comunión el poeta descubre la fuerza secreta del mundo, esa fuerza que la religión intenta canalizar y utilizar, a través de la burocracia eclesiástica. Y el poeta no sólo la descubre y se hunde en ella: lo muestra en toda su aterradora y violenta desnudez al resto de los hombres, latiendo en su palabra, viva en ese extraño mecanismo de encantamiento que es el poema.

Octavio Paz

El escritor había creado escuela

Ella sabe de estas cosas. No es ninguna jovenzuela, no; y ha vivido y sufrido lo suficiente como para poder establecer un grado de previsión solvente en todo aquello que se proponga. Posiblemente ya desde la cuna ha existido en sus venas una mezcla por igual de flujo sanguíneo y de Información, que le ha brindado el éxito y el fracaso por mitades. No es de las que viven entre dos aguas ni de las que abusa de lo políticamente correcto. Sabe que el sobresalto propio y la provocación en el otro es una partícula inescindible de su personalidad, sin la cual perdería la alocución, tan definitiva para la autoestima, por la mera audición, auténtica tumba para las emociones en aquellas personas que han nacido para ser vistas y oídas. Gusta y disgusta como se ama y se odia al tiempo sin un por qué. Mira de frente, porte erguido, y en sus ojos se vislumbra a aquélla que pudo haber sido una notable fiscal de narcotraficantes o de pederastas. Pertenece a esa estirpe de periodistas osados y honestos que han nacido inoculados del veneno de la pasión en todo lo que hacen; de ahí que le importe tres gaitas que se le aplauda o se le apedree: siempre sacará su manita desde debajo de la tierra para devolver alguna china. Porque sólo un día la hundieron, la balancearon y la dejaron medio ida… Y se prometió que no habría una segunda vez.


Estos caracteres, claro, aparte de la evidencia del catálogo de virtudes incompleta que he enumerado, pueden verse empujados por el baño de multitudes a erigirse, como los grandes justicieros hicieron en épocas pasadas, en portavoces de aquellos que estiren su brazo en busca de auxilio. Y quizás sea uno de sus "cometidos". Pero hay riesgos. Por lo que conviene tensar el hilo de la moderación y del saber estar, sin que rompa, para evitar justamente que el denunciante –léase, periodista- ejemplifique con sus actitudes y maneras el mismo comportamiento que trata de erradicar. O lo que es lo mismo, que pueda llegar a buscar el fin de algo por las mismas sendas y rectitudes que utiliza ese algo. Y especialmente cuando el denunciante es consciente de su infinita superioridad cultural, intelectual y de tablas sobre el denunciado. En esas circunstancias, si el periodista hace de su arenga un uso exclusivamente pasional y justiciero, sin echar mano de la moderación justa –intuida, desde luego, la incuestionable victoria de antemano-, puede convertir el merecido rapapolvo en una lamentable exhibición de dominación y afrenta.


No me gusta que "grafitee" su cuerpo con todo tipo de signos "anti" o "pro", que dé lecciones de moral desde su púlpito durante tres horas cada jueves, que busque aparentar juventudes perdidas, que trate a los invitados y a los espectadores como levemente idiotas… Ni que se arrogue el derecho a salvar vidas o a condenarlas. Pero eso es lo de menos; el hecho, digo, de que a mí me guste o no. Qué importa. Hubo un tiempo en que la admiré. Pero pasó. Eso es lo que importa.
 
Quizás, no sé, dejara huella imborrable en mi ética, aquella noche, hace ya casi veinte años, en la que un tal Umbral, con aires déspotas y exigencias de niñato caprichoso y altivo, hiciera de la inquebrantable Milá poco menos que un despojo humano. Pura lapidación verbal que aún hoy me encogería el alma si lo viera.
 
Y yo que creía que el tiempo enseña… Pero no. Compruebo, con infinito dolor –y hasta rubor-, que el escritor, aquella noche, había creado escuela, una gran discípula. Al menos en las formas.
 
 
Claudio Rizo Aldeguer

 

 

De Coyoacán a Río Elba

Afuera se ve a un niño de la mano de su padre, intentando subirse a un carrito electrónico que le hará pensar en escapar por un momento de este concreto, en un vaivén de sirenas y música que va parpadeando mientras sube y baja las colinas del viento y la imaginación, y su padre le va haciendo la mano de "adiós adiós" y el niño sonríe saludando de la misma forma, la mano derecha en el volante sin soltarse, y le pide a su padre que le ayude a evitar esas colinas, que le cuide, las sirenas sonando, y el niño ríe, pocos dientes, la chamarra gruesa y los cariñitos sobre su cabello revuelto, bajo la mirada alegre del hombre que se representa como el futuro, ¿o es que el niño es el futuro como dicen todos los eslogans? Ahí continuaba mirando hacia fuera del café, sentado con el libro de Naipaul abierto sobre la mesa, detenida la lectura en las últimas hojas de la novela y aún no sabía el final abrumador que el escritor me daría para seguir disfrutando la vida ajena de mi, dentro de otras imágenes que ahora se cumplen en la mente. Creo que algo decía Ileana sobre el libro de Kundera (que a su vez, ocupaba la parte de la mesa que le correspondía), pero no me interesaba escucharla, no hacía falta en ese momento, con el clima lluvioso (carajo, ¿siempre tiene que haber lluvia para sentirse pleno?) me iba dando sus olores, y la plaza se llenaba de charcos, abrigos y paraguas a las puertas del templo cristiano donde algún cristo se quejaba por el frío y todos corrían a llevarle el humo del incienso. Ileana me llamó de nuevo para cerciorarse de que yo le había oído:

- ¿Te pasa algo?

- Me pasas tú y todo lo que me rodea. Hice bien en venir a verte. Creo que podría vivir ahora siempre en este sitio, si todo se trata de mirarte las manos, tomar café con chocolate y escuchar el ruido de todos los que llenan la plazoleta y no dejan de hacerme sentir iluminado en este momento. Y es que desde que te vi en el aeropuerto venir a mi con tu ropa hindú amarilla con blanco, el pelo mojado, los labios rojos y esa flor que llevabas en las manos, imaginé que no podría vivir nunca mas sin tu presencia.

- Tienes razón con Kundera, va a lograr que yo te odie.

La noche fue de cabalgarnos con mucho ruido y hacer que la litera de nuevo caminara, como siempre han caminado las camas en donde nos hacemos el amor. Tú sobre mi, yo dentro de ti, y en ese vaivén donde te oprimo los senos y no puedo dejar de mirarte los ojos en blanco y como metes los dedos entre tu cabellera y te muerdes el labio inferior.

- Te guardé el recorte del suplemento, donde te publicaron el texto que escribiste sobre tu maestro de narrativa.

- Sabes que llevo días sin poder escribir una frase. Que todo se ha vuelto escribirte versos, que quizá no sean publicables, porque nadie podrá comprender eso de pantera blanca que me encanta decir de ti, de tus muslos.

- Ya no quiero que te vayas, quisiera que pudieras quedarte amarrado a mis tobillos.

El niño ahora llora porque el carrito se ha detenido y su padre le va acariciando la mejilla mientras se busca en el pantalón alguna moneda que haga de nuevo que el juego mecánico vuelva a moverse. Ya pasan de las tres de la tarde y la lluvia no quiere ceder. Hace rato que la mesera no sube para preguntarnos si queremos algo más. A un lado de nosotros unas personas hablan sobre algún documental o anuncio que quieren comenzar a filmar, y si necesitarán alguna cámara más para filmar el lento caminar de una tortuga terrestre. Y te recuerdo en la playa subida en la cuatrimoto, mientras yo me quedaba con los chicos del voluntariado dejando que la tortuga de carey deposite sus huevos, y tú te ibas alejando por la arena; la noche, los puntos blancos sobre las cabezas, y ese cuadrito de luz roja que iba haciéndose pequeño. Meses después henos acá bebiendo algo caliente, exhaustos de las horas de placer que nos hemos regalado, entusiasmados en los libros que nos hemos comprado, yo leyendo para mi, mirando todo lo que tú tienes que ver día con día. Ileana se mueve un poco al otro lado de la mesa, y volteo a verla.

- ¿Qué..? Dime... - me dice en una sonrisa, con un cigarrillo entre los dedos, y sus lentes rotos sobre la nariz.

Faltan aún algunas horas para que tenga que regresar a casa, viajar de nuevo. Abordar el aeroplano y tener que despedirme de ella. Se que me hará tristear por algún momento. Pero igual se, que cada momento a su lado me dará nuevamente la oportunidad de pensar que ahora todo está a punto de adecuarse solamente para que podamos compartirlo todo, el tiempo puede esperar. Se escucha un frenón de llantas, alguien ha chocado en la calle, y una camioneta negra pasa a gran velocidad mientras las patrullas van siguiéndola, la gente mira hacia el sitio, pero la música no se detiene, y luego de apenas unos segundos siguen con su compra de churros de dulce y de abrazos, besos, vino y café, todos arremolinados para sentirse llenos de cultura, o al menos en espera de que los anales de la historia puedan señalar que fueron parte de la cultura que pervive en Coyoacán.

Dentro de unas horas, al despertar para irme a la oficina, podré ver por la televisión a algún comentarista hablar sobre la persecución que se ha suscitado, o sobre que ha habido algún bombazo en los cajeros automáticos de algún banco, y ella estará abordando el Metro para irse a Reforma, de ahí cruzar hasta Río Elba, subir los diez pisos, mientras yo me guardo las noches a su lado, el estallido de su risa, sus ojos mirándome detrás de los lentes rotos, esperando que pueda pronto, alguna tarjeta de crédito, volverme a pagar el avión para ir de nuevo a verla, y pasarme otro fin de semana disfrutando de su cercanía.

Todo ha quedado detrás de esta hoja en blanco que tardo en darme cuenta voy escribiendo rumbo a su mente, anhelando no tener que detenerme en los corredores del baño a recordarla con su ropa hindú, recordar a ese niño trepado en el carrito mecánico, o esas noches cuando le contaba los planes de ser parte de algo grande, que juntos pusiéramos un pie en la revuelta, y no dejar que pase de lado la historia de este país que se está yendo por el caño. La mesera tardó en regresar, y luego caminamos con la noche sobre nosotros, ella peleando con algún taxista y yo disfrutando de sus humores de niña-vieja que se le van quedando en la piel blanca de no tomar ya el sol en las playas donde yo siempre que podía la llevaba para distraerse de la monótona ciudad, no quiero detenerme mas a pensar en su cabello gris y en sus ojos cálidos que ya no me vigilan el sueño, y ya no tener sus palabras, cuando voy camino a la ducha, cuidándome de los otros reos que siempre están pendientes de que uno se doble un poquito con las cursilerías del amor, sobre todo cuando has puesto bombas en los cajeros automáticos. No basta con que te pongan en la madre los traidores, entregándote a la federal preventiva, sino que ahora también tengo que estar atento de que todos los que te rodean en el patio de prácticas puedan ajustarse a tu presencia, compartir el camastro, o mas bien pelear por él cuando las luces se apagan a las diez de la noche añorando la libertad de una calle, de un cuarto de dos por dos en Coyoacán donde nos desvestíamos a prisa, porque no tienes derecho a fianza y esperas que te acusen de terrorista, y no de ser un perseguido político, el caso es que ella en el Metro me había dicho:

- Sí estalla la revuelta en Oaxaca, nos vamos juntos para ahí.

Quizá Kundera hizo que no confiara en mi. Quizá el chico del piso nueve de Río Elba que la tenía mas tiempo que yo, ahí mismo en las oficinas donde trabajan juntos, no lo sé; tal vez el hecho que la idea de sumarnos a la revuelta solo fue algo pasajero que se dijo como se dijo tantas veces "estaremos juntos" pero caigo en cuenta de que eran cosas mías que ella no compartía del todo, mientras a mi lado dos hombres se hacen cariños salvajes, sudándose las pieles. Ileana queda en la memoria, y un café y los libros, y el avión que se eleva para decirnos adiós. El caso es que me fui solo para Oaxaca, y en estos meses ella no ha venido a verme a la prisión.

Adán Echeverría

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Soneto del padre proxeneta

Apenas los susurros son espadas.
Anochece y Susana, muy deprisa,
se calza los zapatos, la camisa
y gatea hasta un bar de madrugada.

De pronto un seco gongo, una llamada.
Susana tiene sangre en la camisa.
Regresa sin zapatos, sin sonrisa,
sin nada que ofrecer, toda empapada.

- ¿Qué hombre te hizo aquello? -le pregunto.
Responde que en el parque algunos peces
enjuagan con ginebra sus escamas.

- ¡Si le llego a pillar... le descoyunto!
Murmura: - Mucho ruido y pocas nueces,
buenas noches papá, marcho a la cama.

Daniel Barredo

Un cuento de Navidad

Un cuento de Navidad

Es un hombre que está solo pero no espera. Se nota que no espera. Tiene una mueca en los labios que intenta o pretende ser una sonrisa, pero no lo es. Con las manos entrelazadas sobre la mesa, mira cantar a la chica de vestido largo azul. Todo el restaurante la mira, y también lo mira a él. Pero no parece que por una secreta historia de amor.

En el "Jardín Iguazú" la fauna de esa noche, 24 de diciembre, es por lo menos llamativa. Los chinos están en la larga mesa del fondo, contra las verjas, y desde allí  llega un suave murmullo como de palomas. Su extraña lengua entremezcla vocablos del guaraní y del castellano, particularmente en los más chicos, que llaman la atención por su comportamiento serio, casi adulto.

El patio es grande, como para cincuenta mesas o algo más. Casi todas están ocupadas por una legión de rostros peculiares que parlotean como pájaros de hablar diverso: las chicas que parecen alemanas, o austríacas, comen tan discretas como rubias; los dos franceses de camiseta y shorts que parecen gemelos, o pareja gay, tragan como si ésa fuese la última cena antes de subir al patíbulo; una barra de cordobeses grita cerca de los chinos y suelta procacidades cada tanto, pidiéndole a la chica del vestido largo azul que cante temas cuarteteros onda Mona Jiménez.

El hombre que está solo ha terminado de comer. Antes de las once de la noche ya se ha pasado dos veces una blanca servilleta de papel por los labios y ha bebido un par de copas de sidra helada con que la casa invita a los comensales. Chun Li, el patrón que vigila que nada escape a su control, ha dispuesto que la sidra se incluya en el precio del tenedor libre chino-argentino: veinte pesos, o dólares, por persona y con toda otra bebida aparte. Mientras María Paula, la mesera que nos toca, nos sirve la sidra e informa sobre la mesa de comidas, calculo que hay más de cien personas en el local: un negocio redondo sobre todo porque hay gente como esos cuatro europeos de nacionalidad indefinible que ya van por la octava botella del mejor tinto nacional, o ese grupo de estudiantes norteamericanos con camisetas de NYU y otras universidades que desde las ocho de la noche están bebiendo cerveza con un apasionamiento como el de la Quinta Flota cada vez que ataca un país árabe.

La chica canta ahora boleros de Luis Miguel y es difícil decidir si es mejor mirarle las piernas bellísimas que asoman por el tajo del vestido largo azul, o seguir la conducta tan extraña de Solari, como hemos bautizado al hombre de la mueca en la boca que parece sonrisa pero no es sonrisa. Su comportamiento es por completo educado, o quizás habría que decir medido. Como una representación de lo discreto, no es tristeza lo que define su estado. Es más bien un transcurrir a contramano de todos, el cual, finalmente, resulta patético.

Es un hombre apuesto, ciertamente: andar  por los cuarenta largos, quizás cincuenta muy bien llevados, con algunas canas sobre las orejas, lomo trabajado en gimnasio, manos de campesino o de obrero: bastas, fuertes, grandes. Viste con sencillez, como casi todos esa noche abrasadora de Navidad y en ese punto caliente de la frontera: jean y camisa de mangas cortas en tono pálido, nada para destacar. Lo que destaca es que está solo y su soledad es absoluta, insólita para esa noche y ese sitio, una solitariedad, se diría, tan llamativa como la joroba del de Notre Dame, indiscreta como un comentario del inolvidable Max Ferrarotti de Soriano.

Imposible no mirarlo. Es casi agresiva su desolación. Preside una mesa vacía con restos de pavo y un trozo de pan dulce a medio comer. Ha pedido ahora una botella de vino blanco que beberá solo, quizás como lo ha hecho toda su vida, y lo bebe parsimonioso y lento como haciéndolo durar hasta las doce, cuando la chica del vestido largo azul anuncia que es la hora del gran brindis y los besos y los buenos deseos, y estallan las mesas de los argentinos, los cordobeses y unos rionegrinos de más allá, y también un grupo de brasileños que se lanzan a bailar como siempre hacen los brasileños para que todo el mundo los quiera, y de modo más contenido los europeos, y con asiática frialdad los chinos: todos se besan, se abrazan, se saludan, nos besamos, brindamos de mesa a mesa, alzamos copas, algunos le hacen guiños a la chica del vestido largo azul que canta algo de Caetano. Chun-Li vigila la caja y que todo esté en orden, y luego de cinco minutos yo advierto, y creo que todos advertimos, que el hombre solo sigue solo, impertérrito, alzando su copa apenas hasta la altura de sus labios y como para brindar con nadie. De una mesa vecina un matrimonio mayor se le acerca para brindar con él, acaso conmovidos por su desamparo; cambian saludos y otra mujer, de unos cuarenta años y a la que imagino solterona, va y le zampa un beso y un abrazo como diciéndole oiga, che, no joda, venga a divertirse un rato que aquí estoy yo y la noche es propicia. Pero el hombre, tras devolver, gentil y educado, los saludos, retorna a su mesa, a su soberbia, a su patética soledad sin esperanzas.

Hacia la una de la madrugada y después de tangos, cumbias y hasta chacareras a pedido, la chica del vestido largo azul se toma un respiro con sus músicos, algunos turistas se retiran a descansar, y con Daniel, que ha mantenido sus cámaras colgadas del cuello como un médico de terapia intensiva su estetoscopio, decidimos que es hora de ir a dormir pues mañana será un día de trabajo. Pagamos a María Paula y saludamos a Chun-Li y los suyos. Yo le doy un beso fraternal a María Paula, que no ha dejado de bailar cumbias desde que terminó la cena, y antes de salir miro por última vez al hombre solo y le pregunto a María Paula qué onda con el que sigue allí, sentado, con su mueca que pretende ser sonrisa pero no lo es y que intenta ser agradable sin lograrlo.

-¿Ése? -dice con desprecio María Paula-. Es un gendarme retirado que torturó y mató a un montón de gente. Hace años era el hombre más temido de la frontera; ahora es sólo eso que ves: menos que un pobre infeliz, una mierdita.

Y me da un beso y otro a Daniel, y sigue bailando. Nos vamos al hotel, pensando en el día siguiente. Y sin mirar atrás.

Mempo Giardinelli

Letrilla de la Virgen María esperando la Navidad

Cuando venga, ay, yo no sé
con qué le envolveré yo,
con qué.

Ay, dímelo tú, la luna,
cuando en tus brazos de hechizo
tomas al roble macizo
y le acunas en tu cuna.
Dímelo, que no lo sé,
con qué le tocaré yo,
con qué.

Ay, dímelo tú, la brisa
que con tus besos tan leves
la hoja más alta remueves,
peinas la pluma más lisa.
Dímelo y no lo diré
con qué le besaré yo,
con qué.

Y ahora que me acordaba,
Ángel del Señor, de ti,
dímelo, pues recibí
tu mensaje: “he aquí la esclava”.
Sí, dímelo, por tu fe,
con qué le abrazaré yo,
con qué.

O dímelo tú, si no,
si es que lo sabes, José,
y yo te obedeceré,
que soy una niña yo,
con qué manos le tendré
que no se me rompa, no,
con qué. 
 

Gerardo Diego

Burrito sabanero

Con mi burrito sabanero
voy camino de Belén
Con mi burrito sabanero
voy camino de Belén
si me ven si me ven
voy camino de Belén
si me ven si me ven
voy camino de Belén

El lucerito mañanero
ilumina mi sendero
El lucerito mañanero
ilumina mi sendero
si me ven si me ven
voy camino de Belén
si me ven si me ven
voy camino de Belén

Con mi  cuatrico voy cantando
mi burrito va trotando
con mi  cuatrico voy cantando
mi burrito va trotando
si me ven si me ven
voy camino de Belén
si me ven si me ven
voy camino de Belén

Tuqui Tuqui Tuquituqui
Tuquituqui Tu qui Tu
Apúrate mi burrito
que ya vamos a llegar
Tuqui Tuqui Tuquituqui
Tuquituqui Tu qui Tu
apúrate mi burrito
vamos a ver a Jesús

Villancico

De cómo Nuestra Señora y San José fueron de Nazaret a Belén, y cómo llegaron al portalejo donde la Virgen parió a su hijo

Iba María, la muy delicada,
a pie, con sus grávidas santas entrañas,
subiendo las ásperas, altas montañas,
por no fatigar la asnilla cansada.
Contempla, cristiano, la Reina preñada,
cuan iba propicia del parto del Rey;
y el viejo tras ella con un flaco buey
para el tributo y dispensa gastada.

Llegaron los pobres a la ciudad:
buscaban por ella mesón y posada;
fueles de todos ella denegada
considerando su gran pobredad.
Andaba la Virgen con gran humildad
por calles y plazas, asaz vergonzosa,
sus ojos en tierra, la más que graciosa,
muy más honesta que la honestidad.

¡Oh, Madre preciosa de Dios verdadero!
Tú eres del mundo la propia Señora.
¿Y cómo te falta mesón a tal hora
viéndote pobre con el carpintero?
¡Oh, si yo fuera en Belén mesonero!
Cierto, Señora, por buena manera
a todos echara, a ti recibiera,
sin que pagaras un solo dinero.

¿Y cómo no visteis, oh, ciegos pintores,
la gran hermosura de esta doncella?
Pudiérades cierto, sacar por aquella,
alguna figura de grandes primores.
¡Oh, hembras preñadas y nobles señores!
¿Cuál ya crudeza os pudo tener,
viendo preñada tan tierna mujer
y no recibirla con muchos honores?

Andando confusos buscando el hostal,
allegan a un pobre civil portalejo:
la Virgen reposa y el viejo
ata la asnilla y el buen animal.
Este que digo, muy pobre portal,
era el establo de muchos ganados
y a las de veces de muchos cuidados
cuando no hallan algún hospital.

Estaba la Virgen asaz encogida
en tierra, sin otro colchón acostada;
la lumbre de flaca toda acostada;
la lumbre de flaca toda apagada,
y más la cabaña muy oscurecida.
Vino la hora que fuese parida
la Reina del cielo en aquellos estrados
el suelo pajizo por seda bordados:
¡mira qué pompa tan esclarecida!

Juan de Padilla

 

La balada de Año Nuevo

La balada de Año Nuevo

En la alcoba silenciosa, muelle y acolchonada apenas se oye la suave respiración del enfermito. Las cortinas están echadas; la veladora esparce en derredor su luz discreta, y la bendita imagen de la Virgen vela a la cabecera de la cama. Bebé está malo, muy malo... Bebé se muere...

El doctor ha auscultado el blanco pecho del enfermo; con sus manos gruesas toma las manecitas diminutas del pobre ángel, y, frunciendo el ceño, ve con tristeza al niño y a los padres. Pide un pedazo de papel; se acerca a la mesilla veladora, y con su pluma de oro escribe... escribe. Sólo se oye en la alcoba, como el pesado revoloteo de un moscardón, el ruido de la pluma corriendo sobre el papel, blanco y poroso. El niño duerme; no tiene fuerzas para abrir los ojos. Su cara, antes tan halagüeña y sonrosada, está más blanca y transparente que la cera: en sus sienes se perfila la red azulosa de las venas. Sus labios están pálidos, marchitos, despellejados por la enfermedad. Sus manecitas están frías como dos témpanos de hielo... Bebé está malo... Bebé está muy malo... Bebé se va a morir...

Clara no llora; ya no tiene lágrimas. Y luego, si llorara, despertaría a su pobre niño. ¿Qué escribirá el doctor? ¡Es la receta! ¡Ah, si Clara supiera, lo aliviaría en un solo instante! Pues qué, ¿nada se puede contra el mal? ¿No hay medios para salvar una existencia que se apaga? ¡Ah! ¡Sí los hay, sí debe haberlos; Dios es bueno, Dios no quiere el suplicio de las madres; los médicos son torpes, son desamorados; poco les importa la honda aflicción de los amantes padres; por eso Bebé no está aliviado aún; por eso Bebé sigue muy malo; por eso Bebé, el pobre Bebé se va a morir! Y Clara dice con el llanto en los ojos:

-¡Ah! ¡Si yo supiera!

La calma insoportable del doctor la irrita. ¿Por qué no lo salva? ¿Por qué no le devuelve la salud? ¿Por qué no le consagra todas sus vigilias, todos sus afanes, todos sus estudios? ¿Qué, no puede? Pues entonces de nada sirve la medicina: es un engaño, es un embuste, es una infamia. ¿Qué han hecho tantos hombres, tantos sabios, si no saben ahorrar este dolor al corazón, si no pueden salvar la vida a un niño, a un ser que no ha hecho mal a nadie, que no ofende a ninguno, que es la sonrisa, y es la luz, y es el perfume de la casa?

Y el doctor escribe, escribe. ¿Qué medicina le mandará? ¿Volverá a martirizar su carne blanca con esos instrumentos espantosos?

-No, ya no -dice la madre-, ya no quiero. El hijo de mi alma tuerce sus bracitos, se disloca entre esas manos duras que lo aprietan, vuelve los ojos en blanco, llora, llora mucho, ruega, grita, hasta que ya no puede, hasta que la fuerza irresistible del dolor le vence, y se queda en su cuna, quieto, sin sentido y quejándose aún, en voz muy baja, de esos cuchillos, de esas tenazas, de esos garfios que lo martirizan, de esos doctores sin corazón que tasajean su cuerpo, y de su madre, de su pobre madre que lo deja solo. No, ya no quiero, ya no quiero esos suplicios. Me atan a mí también; pero me dejan libres los oídos para que pueda oír sus lágrimas, sus quejas.

¡Lo escucho y no puedo defenderlo: veo que lo están matando y lo consiento!

El niño duerme y el doctor escribe, escribe.

-Dios mío, Dios mío, no quieras que se muera; mándame otra pena, otro suplicio: lo merezco. Pero no me lo arranques, no, no te lo lleves. ¿Qué te ha hecho? Y Clara ahoga sus sollozos, muerde su pañuelo, quiere besarlo y abrazarlo (¡acaso esas caricias sean las últimas!), pero el pobre enfermito está dormido y su mamá no quiere que despierte.

Clara lo ve, lo ve constantemente con sus grandes ojos negros y serenos, como si temiera que, al dejar de mirarlo, se volara al cielo. ¡Cuántos estragos ha hecho en él la enfermedad! Sus bracitos rechonchos hoy están flacos, muy flacos. Ya no se ríen en sus codos aquellos dos hoyuelos tan graciosos, que besaron y acariciaron tantas veces. Sus ojos (negros como los de su mamá) están agrandados por las ojeras, por esas pálidas violetas de la muerte. Sus cabellos rubios le forman como la aureola de un santito.

-¡Dios mío, Dios mío, no quiero que se muera! Bebé tiene cuatro años. Cuando corre, parece que se va a caer. Cuando habla, las palabras se empujan y se atropellan en sus labios. Era muy sano: Bebé no tenía nada. Pablo y Clara se miraban en él y se contaban por la noche sus travesuras y sus gracias, sin cansarse jamás. Pero una tarde Bebé no quiso corretear por el jardín; sintió frío; un dolor agudo se clavó en sus sienes y le pidió a su mamá que lo acostara. Bebé se acostó esa tarde y todavía no se levanta. Ahí están, a los pies de la cama, y esperándole, los botoncitos que todavía conservan en la planta la arena humedecida del jardín.

El doctor ha acabado de escribir, pero no se va. Pues qué, ¿le ve tan malo? El lacayo corre a la botica. -¡Doctor, doctor, mi niño va a morirse!

El médico contesta en voz muy baja:

-Cálmese usted, que no despierte el niño.

En ese instante llega Pablo. Hace quince minutos que salió de esa alcoba y le parece un siglo. Ha venido corriendo como un loco. Al torcer la esquina no quiso levantar los ojos, por no ver si el balcón estaba abierto. Llega, mira la cara del doctor y las manos enclavijadas de la madre; pero se tranquiliza; el ángel rubio duerme aún en su cuna -¡no se ha ido! Un minuto después, el niño cambia de postura, abre los ojos poco a poco, y dice con una voz que apenas suena:

-¡Mamá!, ¡mamá!...

-¿Qué quieres, vida mía? ¿Verdad que estás mejor? ¡Dime qué sientes! ¡Pobrecito mío! Trae acá tus manitas, ¡voy a calentarlas! Ya te vas a aliviar, alma de mi alma. He mandado encender dos cirios al Santísimo. La Madre de la Luz ya va a ponerte bueno.

El niño vuelve en derredor sus ojos negros, como pidiendo amparo. Clara lo besa en la frente, en los ojos, en la boca, en todas partes. ¡Ahora sí puede besarlo! Pero en esa efusión de amor y de ternura, sus ojos, antes tan resecos, se cuajan de lágrimas, y Clara no sabe ya si besa o llora. Algunas lágrimas ardientes caen en la garganta del niño. El enfermito, que apenas tiene voz para quejarse, dice:

-¡Mamá, mamá, no llores!

Clara muerde su pañuelo, los almohadones, el colchón de la cunita. Pablo se acerca. Es hora ya de que él también lo bese. Le toca su turno. Él es fuerte, él es hombre, él no llora. Y entretanto, el doctor, que se ha alejado, revuelve la tisana con la pequeña cucharilla de oro. ¿Qué es el sabio ante la muerte? La molécula de arena que va a cubrir con su oleaje el océano.

-Bebé, Bebé, vida mía. Anímate, incorpórate. Hoy es año nuevo. ¿Ves?

Aquí en tu manecita están las cosas que yo te fui a comprar en la mañana. El cucurucho de dulces, para cuando te alivies; el aro con que has de corretear en el jardín; la pelota de colores para que juegues en el patio. ¡Todo lo que me has pedido!

Bebé, el pobre Bebé, preso en su cuna, soñaba con el aire libre, con la luz del sol, con la tierra del campo y con las flores entreabiertas. Por eso pedía no más esos juguetes.

-Si te alivias, te compraré una corretela y dos borregos blancos para que la arrastren... ¡Pero alíviate, mi ángel, vida mía! ¿Quieres mejor un velocípedo? ¿Sí...? Pero ¿si te caes? Dame tus manos. ¿Por qué están frías? ¿Te duele mucho la cabeza? Mira, aquí está la gran casa de campo que me habías pedido...

Los ojos del enfermito se iluminan. Se incorpora un poco, y abraza la gran caja de madera que le ha traído su papá. Vuelve la vista a la mesilla y mira con tristeza el cucurucho de los dulces.

-Mamá, mama, yo quiero un dulce.

Clara, que está llorando a los pies de la cama, consulta con los ojos al doctor; éste consiente, y Pablo, descolgando el cucurucho, desata los listones y lo ofrece al niño. Bebé toma con sus deditos amarillos una almendra, y dice:

-Papá, abre tu boca.

Pablo, el hombre, el fuerte, siente que ya no puede más; besa los dedos que ponen esa almendra entre sus labios, y llora, llora mucho.

Bebé vuelve a caer postrado. Sus pies se han enfriado mucho; Clara los aprieta en sus manos, y los besa. ¡Todo inútil! El doctor prepara una vasija bien cerrada y llena de agua casi hirviente. La pone en los pies del enfermito. Éste ya no habla, ya no mira; ya no se queja; nada más tose, y de cuando en cuando, dice con voz apenas perceptible:

-¡Mamá, mamá, no me dejen solo!

Clara y Pablo lloran, ruegan a Dios, suplican, mandan a la muerte, se quejan del doctor, enclavijan las manos, se desesperan, acarician y besan. ¡Todo en vano! El enfermito ya no habla, ya no mira, ya no se queja: tose, tose. Tuerce los bracitos como si fuera a levantarse, abre los ojos, mira a su padre como diciéndole: "¡Defiéndeme!", vuelve a cerrarlos... ¡Ay! ¡Bebé ya no habla, ya no mira, ya no se queja, ya no tose; ya está muerto!

Dos niños pasan riendo y cantando por la calle: -¡Mi Año Nuevo! ¡Mi Año Nuevo!

Manuel Gutiérrez Nájera

El reno amable

Érase que se era
un reno tranquilo
sentado en su mesa
de madera de tilo.

 

Vivía en las montañas
y caminaba por la sierra
siempre que le venía en gana
y que no le dolían las piernas.

 

Estaba esa mañana
sentado ante el televisor
cuando de pronto lo llaman
a través del transistor.

 

-¿Está mi hermano al habla?
-preguntó una voz.
-¿Puede ponerse enseguida?
Es urgente, por favor.

 

El reno se puso a la radio
y muy alegre saludó.
-¿Qué es lo que te ha ocurrido?
Si puedo ayudarte dímelo.

 

-Tengo que ir a un concurso,
de esos de televisión
pero no puedo dejar mi puesto
sin una sustitución.

 

-¿Serías pues tan amable
de ocupar tu mi cargo
y colgarte en la pared
como un sencillo cuadro?

 

-Hombre, tal puedo hacer
aunque resulte extraño
que un hermano de un reno
esté en la pared colgado.

 

Y es así como fue
que aquel reno salado
bajo hasta la ciudad
para sustituir a su hermano.

 

Entró en una habitación
y enseguida vio un marco
por donde salir a la sala
asomado todo el rato.

 Di tu que la sala
tenía un aspecto fantástico
y aunque solo con la cabeza,
disfrutaría observando.
 

Villancico colombiano

 

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Celos

Al saber la verdad de tu perjurio,
loco de celos, penetré en tu cuarto.

Dormías inocente como un ángel,
con los rubios cabellos destrenzados,
enlazadas las manos sobre el pecho
y entreabiertos los labios.

Me aproximé a tu lecho, y de repente
oprimí tu garganta entre mis manos.
Despertaste. Miráronme tus ojos.
Y quedé deslumbrado,
igual que un ciego que de pronto viese
brillar del sol los luminosos rayos!

Y en vez de estrangularte, con mis besos
volví a cerrar el oro de tus párpados.

Francisco Villaespesa

Redondo, el contertulio

Más de veinte años hacía que faltaba Redondo de su patria, es decir, de la tertulia en que transcurrieron las mejores horas, las únicas que de veras vivió, de su juventud larga. Porque para Redondo la patria no era ni la nación, ni la región, ni la provincia, ni aún la ciudad en que había nacido, criádose y vivido; la patria era para Redondo aquel par de mesitas de mármol blanco del café de la Unión, en la rinconera del fondo de la izquierda, según se entra, en torno a las cuales se había reunido día a día, durante más de veinte años con sus amigos, para pasar en revista y crítica todo lo divino y lo humano y aun algo más. 

Al llegar Redondo a los cuarenta y cuatro años encontróse con que su banquero le arruinó, y le fue forzoso ponerse a trabajar. Para lo cual tuvo que ir a América, al lado de un tío poseedor allí de una vasta hacienda. Y a la América se fue añorando su patria, la tertulia de la rinconera del café de la Unión, suspirando por poder un día volver a ella, casi llorando. Evitó el despedirse de sus contertulios, y una vez en América hasta rompió toda comunicación con ellos. Ya que no podía oírlos, verlos, convivir con ellos, tampoco quiso saber de su suerte. Rompió toda comunicación con su patria, recreándose en la idea de encontrarla de nuevo un día, más o menos cambiada, pero la misma siempre. Y repasando en su memoria a sus compatriotas, es decir, a sus contertulios, se decía: ¿Qué nuevo colmo habrá inventado Romualdo? ¿Qué fantasía nueva el Patriarca? ¿Qué poesía festiva habrá leído Ortiz el día del cumpleaños de Henestrosa? ¿Qué mentira, más gorda que todas las anteriores, habrá llevado Manolito? Y así lo demás. 

Vivió en América pensando siempre en la tertulia ausente, suspirando por ella, alimentando su deseo con la voluntaria ignorancia de la suerte que corriera. Y pasaron años y más años, y su tío no le dejaba volver. Y suspiraba silenciosa e íntimamente. No logró hacerse allí una patria nueva, es decir, no encontró una nueva tertulia que le compensase de la otra. Y siguieron pasando años hasta que su tío murió, dejándole la mayor parte de su cuantiosa fortuna y, lo que valía más que ella, libertad de volverse a su patria, pues en aquellos veinte años no le permitió un solo viaje. Encontróse, pues, Redondo libre, realizó su fortuna y henchido de ansias volvió a su tierra natal. 

¡Con qué conmoción de las entrañas se dirigió por primera vez, al cabo de más de veinte años, a la rinconera del café de la Unión, a la izquierda del fondo, según se entra, donde estuvo su patria! Al entrar en el café el corazón le golpeaba el pecho, flaqueábanle las piernas. Los mozos o eran otros o se habían vuelto otros; ni los conoció ni le conocieron. El encargado del despacho era otro. Se acercó al grupo de la rinconera; ni Romualdo, el de los colmos, ni el Patriarca, ni Henestrosa, ni Ortiz el poeta festivo, ni el embustero de Manolito, ni don Moisés, ni... ¡ni uno sólo siquiera de los suyos! ¡Todos otros, todos nuevos, todos más jóvenes que él, todos desconocidos! Su patria se había hundido o se había trasladado a otro suelo. Y se sintió solo, desoladamente solo, sin patria, sin hogar, sin consuelo de haber nacido. ¡Haber soñado y anhelado y suspirado más de veinte años en el destierro para esto! Volvióse a casa, a un hogar frío de alquiler, sintiendo el peso de sus sesenta y ocho años, sintiéndose viejo. Por primera vez miró hacia delante y sintió helársele el corazón al prever lo poco que le quedaba ya de vida. ¡Y de qué vida! Y fue para él la noche de aquel día noche insomne, una noche trágica, en que sintió silbar a sus oídos el viento del valle de Josafat. 

Mas a los dos días, cabizbajo, alicaído de corazón, como sombra de amarilla hoja de otoño que arranca del árbol el cierzo, se acercó a la rinconera del café de la Unión y se sentó en la tercera de las mesitas de mármol, junto al suelo de la que fue su patria. y prestó oído a lo que conversaban aquellos hombres nuevos, aquellos bárbaros invasores. Eran casi todos jóvenes; el que más tendría cincuenta y tantos años. 

De pronto, uno de ellos exclamó: “Esto me recuerda uno de los colmos del gran don Romualdo”. Al oírlo, Redondo, empujado por una fuerza íntima, se levantó, acercóse al grupo, y dijo: 

-Dispensen, señores míos, la impertinencia de un desconocido, pero he oído a ustedes mentar el nombre de don Romualdo, el de los colmos, y deseo saber si se refieren a don Romualdo Zabala, que fue mi mayor amigo de la niñez. 

-El mismo -le contestaron. 

-¿Y qué se hizo de él? -Murió hace ya cuatro años. 

-¿Conocieron ustedes a Ortiz, el poeta festivo? -Pues no habíamos de conocerle si era de esta tertulia. 

-¿Y él? 

-Murió también. 

-¿Y el Patriarca? 

-Se marchó y no ha vuelto a saberse de él cosa alguna. 

-¿Y Henestrosa? 

-Murió. 

-¿Y don Moisés? 

-No sale ya de casa; ¡está paralítico! 

-¿Y Manolito el embustero? 

-Murió también... -

Murió... murió... se marchó y no se sabe de él... está en casa paralítico... y yo vivo todavía,... ¡Dios mío! ¡Dios mío! -y se sentó entre ellos llorando. Hubo un trágico silencio, que rompió uno de los nuevos contertulios, de los invasores, preguntándole: -Y usted, señor nuestro, ¿se puede saber...?

-Yo soy Redondo... 

-¡Redondo! -exclamaron casi todos a coro-. ¿El que se fue a América arruinado por su banquero? ¿Redondo, de quien no volvió a saberse nada? ¿Redondo, que llamaba a esta tertulia su patria? ¿Redondo, que era la alegría de los banquetes? ¿Redondo, el que cocinaba, el que tocaba la guitarra, el especialista en contar cuentos verdes? 

El Pobre Redondo levantó la cabeza, miró en derredor, se le resucitaron los ojos, empezó a vislumbrar que la patria renacía, y con lágrimas aún, pero con otras lágrimas, exclamó: 

-¡Sí, el mismo, el mismo Redondo! 

Le rodearon, le aclamaron, le nombraron padre de la patria y sintió entrar en su corazón desfallecido los ímpetus de aquellas sangres juveniles. Él, el viejo, invadía a su vez a los invasores. 

Y siguió asistiendo a la tertulia, y se persuadió de que era la misma, exactamente la misma, y que aún vivían en ella, con los recuerdos, los espíritus de sus fundadores. Y Redondo fue la conciencia histórica de la patria. Cuando decía: «Esto me recuerda un colmo de nuestro gran Romualdo...”, Todos a una: “¡Venga! ¡Venga!” Otras veces: “Ortiz, con su habitual gracejo, decía una vez...” Otras veces: “Para mentira, aquella de Manolito”. Y todo era celebradísimo.

Y aprendió a conocer a los nuevos contertulios y a quererlos. Y cuando él, Redondo, colocaba alguno de los cuentos verdes de su repertorio, sentíase reverdecer, y cocinó en el primer banquete, y tocó, a sus sesenta y nueve años, la guitarra, y cantó. Y fue un canto a la patria eterna, eternamente renovada. 

A uno de los nuevos contertulios, a Ramonete, que podría ser casi su nieto, cobró singular afecto Redondo. Y se sentaba junto a él, y le daba golpecitos en la rodilla y celebraba sus ocurrencias. Y solía decirle: “¡Tú, tu eres, Ramonete, el principal ornato de la patria!” Porque tuteaba a todos. Y como el bolsillo de Redondo estaba abierto para todos los compatriotas, los contertulios, a él acudió Ramonete en no pocas apreturas. 

Ingresó en la tertulia un nuevo parroquiano, sobrino de uno de los habituales, un mozalbete decidor y algo indiscreto, pero bueno y noble; mas al viejo Redondo le desplació aquel ingreso; la patria debía estar cerrada. Y le llamaba, cuando él no le oyera, el Intruso. Y no ocultaba su recelo al intruso, que en cambio veneraba, como a un patriarca, al viejo Redondo. 

Un día faltó Ramonete, y Redondo, inquieto como ante una falta, preguntó por él. Dijéronle que estaba malo. A los dos días, que había muerto. Y Redondo le lloró; le lloró tanto como habría llorado a un nieto y llamando al Intruso, le hizo sentar a su lado y le dijo: 

-Mira, Pepe, yo, cuando ingresaste en esta tertulia, en esta patria, te llamé el Intruso, pareciéndome tu entrada una intrusión, algo que alteraba la armonía. No comprendí que venías a sustituir al pobre Ramonete, que antes que uno muera y no después nace muchas veces el que ha de hacer sus veces; que no vienen unos a llenar el hueco de otros, sino que nacen unos para echar a los otros. Y que hace tiempo nació y vive el que haya de llenar mi puesto. Ven acá, siéntate a mi lado; nosotros dos somos el principio y el fin de la patria.

Todos aclamaron a Redondo. 

Un día prepararon, como hacían tres o cuatro veces al año, una comida en común, un ágape, como le llamaban. Presidía Redondo, que había preparado uno de los platos en que era especialista. La fiesta fue singularmente animada, y durante ella se citaron colmos del gran Romualdo, se recitó una poesía festiva de Ortiz, se contaron embustes de Manolito, se dedicó un recuerdo a Ramonete. Cuando al cabo fueron a despertar a Redondo, que parecía haber caído presa del sueño -cosa que le ocurría a menudo-, encontráronle muerto. Murió en su patria, en fiesta patriótica.

Su fortuna se la legó a la tertulia, repartiéndola entre los contertulios todos, con la obligación de celebrar un cierto número de banquetes al año y rogando se dedicara un recuerdo a los gloriosos fundadores de la patria. En el testamento ológrafo, curiosísimo documento, acababa diciendo: “Y despido a los que me han hecho viviera la vida, emplazándoles para la patria celestial, donde en un rincón del café de la Gloria, según se entra a mano izquierda, les espero”. 

Miguel de Unamuno

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