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Soneto del padre proxeneta

Apenas los susurros son espadas.
Anochece y Susana, muy deprisa,
se calza los zapatos, la camisa
y gatea hasta un bar de madrugada.

De pronto un seco gongo, una llamada.
Susana tiene sangre en la camisa.
Regresa sin zapatos, sin sonrisa,
sin nada que ofrecer, toda empapada.

- ¿Qué hombre te hizo aquello? -le pregunto.
Responde que en el parque algunos peces
enjuagan con ginebra sus escamas.

- ¡Si le llego a pillar... le descoyunto!
Murmura: - Mucho ruido y pocas nueces,
buenas noches papá, marcho a la cama.

Daniel Barredo

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