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Versos actuales

Soneto del padre proxeneta

Apenas los susurros son espadas.
Anochece y Susana, muy deprisa,
se calza los zapatos, la camisa
y gatea hasta un bar de madrugada.

De pronto un seco gongo, una llamada.
Susana tiene sangre en la camisa.
Regresa sin zapatos, sin sonrisa,
sin nada que ofrecer, toda empapada.

- ¿Qué hombre te hizo aquello? -le pregunto.
Responde que en el parque algunos peces
enjuagan con ginebra sus escamas.

- ¡Si le llego a pillar... le descoyunto!
Murmura: - Mucho ruido y pocas nueces,
buenas noches papá, marcho a la cama.

Daniel Barredo

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El reno amable

Érase que se era
un reno tranquilo
sentado en su mesa
de madera de tilo.

 

Vivía en las montañas
y caminaba por la sierra
siempre que le venía en gana
y que no le dolían las piernas.

 

Estaba esa mañana
sentado ante el televisor
cuando de pronto lo llaman
a través del transistor.

 

-¿Está mi hermano al habla?
-preguntó una voz.
-¿Puede ponerse enseguida?
Es urgente, por favor.

 

El reno se puso a la radio
y muy alegre saludó.
-¿Qué es lo que te ha ocurrido?
Si puedo ayudarte dímelo.

 

-Tengo que ir a un concurso,
de esos de televisión
pero no puedo dejar mi puesto
sin una sustitución.

 

-¿Serías pues tan amable
de ocupar tu mi cargo
y colgarte en la pared
como un sencillo cuadro?

 

-Hombre, tal puedo hacer
aunque resulte extraño
que un hermano de un reno
esté en la pared colgado.

 

Y es así como fue
que aquel reno salado
bajo hasta la ciudad
para sustituir a su hermano.

 

Entró en una habitación
y enseguida vio un marco
por donde salir a la sala
asomado todo el rato.

 Di tu que la sala
tenía un aspecto fantástico
y aunque solo con la cabeza,
disfrutaría observando.
 

Villancico colombiano

 

Elegía para Dalila

Si tú supieras,
el significado del silencio,
no dejarías extraviar por tiempo indefinido
el eco de mi voz extrañándolo todo.

Si tú supieras,
la terrible nostalgia que sin piedad consume mi alma,
cuando abruptamente tus palabras invisibles como el viento,
refieren ante mí tu tristeza.

Si tú supieras,
que desde lo más recóndito de mi bucólico espacio,
busco afanosamente a través de esta enmarañada red intangible,
la imagen responsable de mis sueños rotos por el abrupto amanecer.

Si tú supieras,
cuan tormentoso ha sido este delirio irracional,
que me ha permitido amar cada cosa que venga de ti;
tus irascibles comentarios,
tu conmovedor resentimiento,
tus picarescas alusiones,
tus notas,
tu adiós,
tu silencio indefinido.

Enrique Ojeda

Ansiedad del olivo

I


Es la memoria un estallido verde
de raíces y tierra, que el agua
talló en la roca del tiempo.
Y huele a la estación reseca,
espejeada como amante en el cielo,
y los niños se enredan en el barro,
en un horizonte de trenes. Alegres
hacia abajo, siempre hacia lo hondo,
donde se filtran y decantan los huesos
del ayer, en restos arqueológicos de amor,
en la sima que es inicio,
y fin, de la cuenta.


II

Y de aquella decisión de horizontes
especulares, el brote del ansia,
no ya del agua, ni del pozo,
la altanería de la caza, la desazón
de la cetrería, queriendo tocar
el vuelo libre de la paloma torcaz,
el majestuoso aleteo de la cigüeña negra,
en los pentagramas del aire.
¡Qué sinfonía de batutas múltiples,
qué melodía redonda a la brisa,
al viento! En paz,
en equilibrio.



III


No ha sido el ábrego, ni el cierzo,
quien ha retorcido mi tronco
como si fuese la mueca de un condenado,
las patas de gallo labradas en el trabajo.
Que yo soy fuerte, y crezco lento
en los siglos de piedra. Mi cincel
no ha sido la mano externa del artista,
emotiva y fría, sino la furia del campesino
hambriento, su laboreo tenaz.
Y de mi baile contrahecho,
mi generosa contribución al viento,
agitado como apenado viudo,
desnudo para dar al necesitado.




IV


Soy la suma perfecta de las cuatro cifras,
el mundo contenido en un círculo de fuego
y agua, perfecta simetría en el espacio,
el fruto de la esperanza más reseca
y del deseo más acuoso. Una semilla
poderosa, un manantial de sueños
en una goleta verde y de perfil risueño,
la convulsa necesidad de ser,
la plenitud sin miedo en el presente.
Una humilde carga de aceite,
un espejismo de savia trepando
por el aire.



V


De la tierra y el agua,
a través de los secos manantíos,
fuego en verano y viento en el otoño,
a la frontera del oro y de la arena.
Transmutación. Una última cena,
la piel del deseo, los cuadros del genio
y sus acólitos, marea verde
para vestir los sueños del arte,
sus anhelos. El oro de los dioses.
Jesús Jiménez Reinaldo

En la casa del Tigre

Cuentan grandes penas, amoríos trágicos
e historias de madres posesivas hilando la tarde.
Despliegan el dolor como si fuera un mantel
y beben alegres las copas del olvido.
Una embarcación en ruinas
navega el río de la noche,
dicen que en ella viajan
el rey mendigo y su guardia de sonámbulos.
A mediados del siglo
en una ciudad mal llamada Buenos Aires,
repiten, un niño levantaba apuestas de caballos
a espaldas de sus inmaculados padres
y más lejos otro niño loco
se inventaba solitario la llanura.
Murmuran trozos de vida
ya cubiertos por el polvo
o casi.

Anahí Lazzaroni

Crepúsculos

Los crepúsculos hacia la tarde;
ya ha quedado roja la muerte del sol.
Mientras quedan abajo las rosas,
que preparan diáfanas los rocíos.
Y en los otoños
las hojas caen
en áureas manchas,
a las que luego llega, y blanca, la calma lunar.
Calma alta, soberbia entre albinos cielos.
Tiene, pues, razón en su amor
el azul aroma del invierno,
cuando toca y besa las aguas bajo la luna,
cuando acaricia los arroyos,
en su blanca, blanda espuma.
Noche:
el cielo sueña altas a las estrellas;
rocíos de plata, sangres y jugos del marfil.
Y tocan, en el alba,
los florestas
a la verde desnudez de los cuerpos.
Allí han de amarse las soledades humanas;
allí han de soñar, también, los bosques,
y surgir vientos,
y heladas y nocturnas brisas.
Sentir el tacto de la sombra.
Y se siente, además, el olor
acezante del mar, allá lejano; y están cantando
sus marejadas que ruegan la sal:
orillas buscando, plateadas, a las espumas.
En los inviernos, férreas y crujientes marejadas,
cruentos y valientes oleajes de los fríos.
Hay vientos, cenizas de nubes, calmos
y verdes se levantan los árboles.
Y es así el crepúsculo de estas imágenes,
con sus venas que mueren,
que mueren
cargadas de rojas nubes en paz.

Daniel Alejandro Gómez

Traiciones

El traductor que soy 
de tus desvelos,
te traiciona, lector,
y no te nombra; 
plagia tus sentimientos 
más enfermos; 
copia tu situación,
arde en tu llama.

Juan Domingo Argüelles

Haikús

Toma este ramo

que te ofrezco de rojas

tiernas caricias.

 

       

 

En solitario

sale a cazar el tigre.

Huye la luna.

 

       

 

Al pie del ara

sobre un lecho de pétalos

vierto tu sangre.

 

       

 

Página en blanco

donde tú te deslizas

desnuda y sola.

 

       

 

Cierra los ojos.

Se suelta el pelo. Ríe.

Quiere matarme.

 

       

 

 Ahora, en silencio,

mira bien esa noche

que yo te invento.

 

 Víctor Botas

Ajedrez del Tercer Mundo

en memoria de Roque Dalton, poeta salvadoreño

La ventana en el rostro.
Peón confiado en campo verde
y...¡de súbito!
vasallo negro, esbirro negro, general
lóbrego.
Tenebroso avance de intereses rubios
con armas negras: entre alevosía
y odio,
¡enroque!
y perseguidos somos por rojas carreteras
y por montañas.

El país tajado
Algunos peones desaparecen.
Caballos negros fusilan a torre
roja
durante el año 75 del siglo veinte después de cristo:
¡Desolación en la Taberna
y en otros lugares!
Pero,
nuestro juego seguirá sin pausa.
Hasta que todo el tablero cante,
el turno, triunfal,
del ofendido.

Guillermo Ross Murray

Las últimas respuestas

Escribí un poema sobre la niebla

y una mujer me preguntó qué quise decir. Hasta entonces sólo había pensado en la belleza de la niebla.

Cómo confunde el perla y el gris, y gira y convierte los refugios iluminados al anochecer en puntos trémulos de misterio y color.Le contesté:

El mundo entero era niebla una vez, hace mucho tiempo, y un día volverá a ser niebla.Nuestras calaveras y pulmones son más

de agua que de huesos y tejidos y los poetas aman el polvo y la niebla porque las últimas respuestas terminarán en polvo y niebla.

Carl Sanburg

Papeles

Una cuartilla en blanco es mi regalo,
Rolando
Una cuartilla para que la llenes de nubes,
de hojas
y de filos.
Para que le escribas colores
para que la llenes de esquinas,
de ojos.
Para que camines sobre su tallo de magnolia
porque una cuartilla en blanco es tu poema,
Rolando.
Una cuartilla en blanco es mi regalo
para que me digas
que una vida cabe en ella
y me lo digas con razón.
Para que sigas viajando
sin moverte de tu invento
para que me cuentes del lobo
y le inventes un aura
y un conejo.
Una cuartilla es blanco es tu anillo.
Tu jaula
de palabras extraviadas
y de comas impuestas.
Y por eso yo te regalo una cuartilla.
Porque en una cuartilla en blanco cabe todo,
Rolando,
menos tú,
Una cuartilla en blanco es tu dominio.

Paz Lucio Diez

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Aquiles

Cuando el espléndido regresa del fragor acompañado

entre humores surgidos en la lucha

reclama mi presencia

allí donde se tocan las manos enfebrecidas

al abrigo de aquel pecho cuyo aroma enciende

el deseo galopante

el presagio de la luna conquistada sobre un lecho

con sabor a hierbas silvestres

inicio como llama o como lirio

el sutil recorrido

marco voraz  con cera derretida los espacios valles

y hendiduras donde  pasta la silenciosa  estrella

de los momentos en que el ardor me eleva al

límite mismo de las constelaciones.

El rastro sinuoso brillante que sobre la piel va dejando

la estrella convertida en húmedo molusco

precede al paroxismo de los candados

que saltan

reventando dinteles marquesinas

arrojando burbujeante ese efluvio

vital que me calcina.

Ubaldina Díaz Romero

Frida Kahlo

Atrapada en su cuerpo
esparce tristezas sobre lona
y se convierten en pájaros floridos.

Niña, siempre niña
llena de promesas de tierra adentro:
azul y concha marina
para su barco escondido.

Clara Valverde

Tal vez adivines

Tal vez adivines…
Si no te cuento mis palabras acuñadas
En el vértice de un presagio.
Tal vez adivines que te amo aunque no te lo diga.
Y si la ley del porvenir
Se estanca entre el perfume cándido de tus fatales esperas,
Y mi destierro fugaz hacia la épica aventura de mis frases;

¿Cómo haremos para cortejar la fuente de los fantasmas?

Quizá la noche embelesada por un licor de mares púdicos
Se ha quedado bien adentro de otra noche más intensa,
Buscando las ávidas gaviotas en la luna de tus piernas,
Que van transitando los planetas de la duda y el reproche.
Invisible espera que sostiene con sus brazos de acero
La conjetura enarbolada con su filo de escudos y virtudes,
Con la sospecha en la cresta de las olas subidas al mar de tus suspiros
Y la mirada lejana y ruda, sobre los hombros de mi espalda muda.

Tal vez adivines en el silencio quieto y largo
La vida cierta de mis batallas recónditas e implacables,
La cortesía tosca del tiempo y las distancias,
La daga suave en la austeridad de mis conflictos.

Tal vez yo pretenda que adivines,
Porque tu andar de mujer exquisita y deslumbrante
Me tiene acostumbrado al amor atado al pecho de los pájaros,
Como un cristal que libera los brillos de su alma
Cuando tu mirada transita por las cumbres de mis ansias
Provocando fanfarrias con sus rotundas esmeraldas
Y me regala ensueños, estrellas y palabras.

Tal vez yo pretenda que adivines 
Mi amor urgente y oportuno,
Recorriendo el territorio sublime de tu amor magnífico y absoluto
Como si fueras una húmeda pradera abierta y dispuesta
A mis corceles desbocados por los senderos del sol y tus conjuros
Cabalgando hacia la virtud de tu sexo desnudo.

Anubyss Karoussellambra

Ángel negro

Eres el ángel que surge del mar
Ave que se posa en la concha de una tortuga
Alas de piedra talladas por el viento

Eres el misterio que mueve los telares de la vida
Sonido que abre la boca del cielo

Eres la inmortalidad del canto
Vela del saber
Cascabeles del tiempo.

Eres de cabeza dura, hija de cisne negro
La raza cósmica de los últimos días
Catedral inacabada del deseo.

Eres música de antigua tierra
Fuego de mi conciencia
La eternidad del misterio.

Prócoro Hernández Oropeza

Cambalache

Que el mundo fue y será una porquería
ya lo sé...
(¡En el quinientos seis
y en el dos mil también!).
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
valores y dublé...
Pero que el siglo veinte
es un despliegue
de maldá insolente,
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos
en un merengue
y en un mismo lodo
todos manoseaos...

¡Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor!...
¡Ignorante, sabio o chorro,
generoso o estafador!
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
No hay aplazaos
ni escalafón,
los inmorales
nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
¡da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón!...

¡Qué falta de respeto, qué atropello
a la razón!
¡Cualquiera es un señor!
¡Cualquiera es un ladrón!
Mezclao con Stavisky va Don Bosco
y "La Mignón",
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín...
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remaches
ves llorar la Biblia
contra un calefón...

¡Siglo veinte, cambalache
problemático y febril!...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil!
¡Dale nomás!
¡Dale que va!
¡Que allá en el horno
nos vamo a encontrar!
¡No pienses más,
sentate a un lao,
que a nadie importa
si naciste honrao!
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura
o está fuera de la ley...

Enrique Santos Discépolo

Amor, ya no te extraño

Amor, ya no te extraño, porque siempre te encuentro
en la nube viajera, en el astro distante,
en el rumor del mar, en el viviente centro
de la flor que eclosiona, en el áureo levante.

Amor, ya no te busco, porque te llevo dentro
con la impasible luna, con el sol abrasante,
con el fulgor de afuera y la sombra de adentro,
la inmortal siempreviva y el azahar fragante.

Estás conmigo siempre: te tenga o no te tenga,
te siento al lado mío, aunque te encuentres lejos,
en el fondo del alma, bien que no te retenga,

para advertir entonces, recién, de la medida
en que te quiero ahora, que vamos para viejos.
Mi cariño traspasa los bordes de la vida.

Marilina Rébora

Situaciones

Con cierta gente,
uno se siente incómodo
como cuando tiene arena en el espinazo
o un clavo en la bota
y busca la puerta de salida con urgencia.

Con otra gente,
uno estira las piernas -se afloja-
enciende un cigarrillo
lee un verso
se agarra de las mechas por ideas políticas,
habla del hijo que se engendró una vez
entre girasoles,
recibe un puñete de frente,
lo devuelve,
come pan
y duerme en la misma pieza.

Por suerte
ésta última es la mayoría.
Todo es cuestión de encontrarse.

Delia Domínguez
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Y

¿Y qué hiciste del amor que me juraste,
y qué has hecho de los besos que te di,
y qué excusa puedes darme si faltaste
y mataste la esperanza que hubo en mí?

¡Y qué ingrato es el destino que me hiere,
y qué absurda es la razón de mi pasión,
y qué necio es este amor que no se muere
y prefiere perdonarte tu traición!

Mario de Jesús

Aparentemente solo

Aparentemente solo Cada mañana cogía su libro y se descolgaba hasta el mismo sótano de la imaginación: entonces le crecían alas en la espalda y muelles en los pies, aunque fuera por unos instantes de absorta escapatoria.

Hacía tiempo que nadie venía a verle, que no encendía el televisor; ni siquiera la radio compartía con él las conjeturas de una sociedad excesivamente absorbida por la idea de éxito. Vivía en el centro, en el mismo corazón de una ciudad despersonalizada, fría y acústica, cuyos afanes observaba, desde una pequeña ventanita que daba a la calle, con la misma curiosidad, pero también con idéntica lejanía, con que el preso otea la libertad entre unas rejas separadoras de dos mundos demasiado distintos. Se erguía una imagen babélica, con sus avenidas, sus coches en procesión acompasada, sus personas con gestos de urgencia, sus papeles arremolinados en esquinas ocupadas por olvidados -o marginados- del progreso social y que suplicaban con cara de condena eterna una caridad que la vida le había negado, o puestos ambulantes en donde parejas de enamorados y niños con mofletes de vida hecha, saboreaban churros o se quemaban las yemas de los dedos desnudando una ración de castañas humeantes al abrigo de una farola tenue.

No le gustaba ese mundo de contrastes y formas contrahechas. Sí, en cambio, sentía un perverso placer al zambullirse en los libros, con sus lomos ya ajados por el manoseo diario con que dulcemente los trataba. Al reanudar el contacto con cualquiera de ellos, notaba que su pequeña habitación se agrandaba, se trasmutaba en una isla espaciosa y liviana de aguas dormidas, como bebés distraídos de la realidad que caminan sus primeros pasitos torpes en sueños irrepetibles.

Deseaba saber si aquella niña trufada de sonrisas e ilusiones, haría por fin las maletas con el pobre truhán que embrujó su corazón con su meliflua voz de zalamero profesional; o si aquel puñal que llevaba impreso el sino de la venganza, de la traición, del abandono, segaría los primeros abrazos clandestinos de nuevos pálpitos; o si el candor fraguado en las aulas de la universidad, entre humos de cafés y tertulias literarias, de un profesor bohemio y una alumna de mirada angelical, terminaría convirtiéndose en un cadalso para ambos, o simplemente en una quijotesca aventura en violación de los moldes establecidos. Era así: él y sus libros. Nadie más interfería en esa singular sintonía.

Está tumbado en la cama. Boca arriba, brazos ligeramente derrotados y párpados cerrados. Se ha dormido con la ropa puesta, como siempre... Una leve mueca de placidez se dibuja con recato en las comisuras de aquel hombre aparentemente solo.
Aparentemente...

Claudio Rizo
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