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Botella al mar para el dios de las palabras

Botella al mar para el dios de las palabras

A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: «¡Cuidado!»
El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?» Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de 19 millones de kilómetros cuadrados y 400 millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga 54 significados, mientras en la República de Ecuador tienen 105 nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es «la color» de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cerveza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis 12 años.

Gabriel García Márquez (Discurso ante el I Congreso Internacional de la Lengua Española -Texto completo)

Sobre la escritura

Sobre la escritura

"Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos". Jorge Luis Borges

"Todo novelista quiere escribir poesía, descubre que no puede y a continuación intenta el cuento, y al volver a fracasar, y sólo entonces, se pone a escribir novelas". William Faulkner

"Si aceptáramos la aseveración de Ernesto Sábato que dice "la prosa es lo diurno y la poesía la noche: se alimenta de nuestros símbolos, es el lenguaje de las tinieblas y de los abismos", si estuviéramos de acuerdo con esta definición, entonces tendríamos que situar el cuento en el preciso centro del atardecer, con toda su belleza efímera y vacilante, pero con toda rotundidad de conclusiones luminosas, atmosféricas y sentimentales". Joan Rendé

"No empieces a escribir sin saber a desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas". Horacio Quiroga

"El cuento, podríamos decir, admite ser contado con otras palabras de las que se han empleado para contarlo (por ejemplo oralmente) o, dicho de otro modo, en él prevalece o sobresale la historia, a la que, siempre según Isak Dinesen, el cuentista debe ser "eterna e inquebrantablemente leal". Javier Marías

"Los cuentos no toleran elementos accesorios. Todos los materiales del cuento tienen una función principal: de ahí la difícil concisión a que obligan, que no está sólo en el empleo de las palabras, sino, sobre todo, en la previa selección de los motivos". José María Merino

"Innumerables son los relatos del mundo". Roland Barthes

"Es realmente imposible quedarse sin ideas, ya que éstas se encuentran en todas partes. El mundo está lleno de ideas germinales". Patricia Highsmith

"Lo que más me importa en este mundo es el proceso de creación. ¿Qué clase de misterio es ése que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de jambra, frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar y que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?" Gabriel García Márquez

Relato y novela

Relato y novela

"La novela es como un veneno lento y el cuento, como un navajazo". Marina Mayoral

"Entre el cuento y la novela hay la misma disparidad de criterios que entre un flechazo que dura una sola noche y un matrimonio de décadas [...]. Los cuentos, se dice, son intensos y las novelas estables". Eloy Tizón

"La novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un "orden abierto", novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación". Julio Cortázar

"[El cuento] vuela como una cometa dejando allá abajo el pesado costillaje de la novela, ese portaaviones siempre amenazado de desguace". Valentí Puig

"Abomino de los que esbozan novelas escribiendo cuentos, de los cuentos engordados con hormonas". Vicente Verdú

"Mantengo una total animadversión a la idea del cuento como territorio propicio para el aprendizaje del escritor, o como ámbito para empeños de menor voltaje, livianos u ocasionales y banco de pruebas para otras empresas narrativas de mayor cuantía y envergadura". Luis Mateo Díez

"El hecho de que ambos géneros sean narrativos ha favorecido la confusión y ha facilitado la tarea invasora de la novela, hasta el punto de que ha llegado a olvidarse que sus respectivas tradiciones son muy distintas y la del cuento mucho más vieja y más permanente. Pues así como la novela ha aparecido y desaparecido varias veces a lo largo de la historia, el cuento se ha mantenido invariable hasta tiempos muy recientes". Javier Marías

"Para mí el cuento no es un relato o una estampa, sin más, sino un mundo con entidad propia, con argumentos sugerentes y abierto, pero de ciclo cerrado, si es posible con pirueta final verosímil; con ironía y emoción en sus entrañas, con algo de misterio o intriga, vinculado a mi tiempo y con un lenguaje que sea médula, y no postizo, de lo que narra." Andrés Berlanga

Sobre el oficio de escribir

Sobre el oficio de escribir

"Escribir es devolver al mundo a su estado original, expulsarlo hacia el territorio de lo que aún no ha sido nombrado". Jorge Esquinca

"Si los versos no sirven para enamorar, no sirven para nada". Alí Chumacero

"Escribir es como mostrar una huella digital del alma". Mario Bellatín

"El escribir es, en los mejores momentos, una vida solitaria. Las organizaciones pro-escritores palían la soledad del escritor, pero dudo que mejoren su escritura. Crece en estatura pública según abandona su soledad y a menudo su trabajo se deteriora. Porque hace su trabajo solo, y si es un escritor lo bastante bueno, debe enfrentarse a la eternidad o a la carencia de ella, cada día". Ernest Hemingway

"De todas las cosas tal y como existen, y de todas las cosas que uno sabe, y de todo lo que uno puede saber, se hace algo a través de la invención, algo que no es una representación sino una cosa totalmente nueva, más real que cualquier otra cosa verdadera y viva, y uno le da vida, y si se hace lo suficientemente bien, se le da inmortalidad. Es por eso que yo escribo y por ninguna otra razón". Ernest Hemingway

"Pueden impedirte ser un autor publicado, pero nadie puede impedirte ser un escritor, o incluso ser mejor escritor cada día. Todo lo que tienes que hacer para ser un escritor es escribir!". Khaterine Neville

"Escribir es fabricarse una identidad. Dicho de otra manera: el narrador de mi novela sostiene que se trata de un relato real. Pero el relato real es imposible porque existe un punto de vista, porque al contar siempre existe un selección. El relato real es imposible porque en la medida en que uno escribe está haciendo ficción. Siempre." Javier Cercas

"La tarea de la literatura no es crear belleza, sino decir la verdad". Javier Cercas

"La tarea del escritor es una aventura solitaria y conlleva todos los titubeos, incertidumbres y sorpresas propios de cualquier aventura emprendida con entusiasmo". Carmen Martín Gaite

"Nunca hubo una buena biografía de un buen novelista. No podría haberla. Un novelista son demasiadas personas, si es que es bueno". F. Scott Fitzgerald

"Los poetas no tienen biografías. Su obra es su biografía". Octavio Paz

"Escribo para evitar que al miedo de la muerte se agregue el miedo de la vida". Augusto Roa Bastos

"El escritor es la chica del bar y el amante de la chica del bar, el gánster y el policía, el homosexual y el fascista, el marxista y el heterosexual, la víctima y el asesino. El asesino de mi novela es el escritor. Es decir, yo. Y si no soy detenido en las horas que siguen a esta revelación es que ya no puedes fiarte ni de la literatura". Manuel Vázquez Montalbán

"El impulso que lleva al escritor a revelar su secreto forma parte de su oficio, que es comunicar. Es común que el artista, tras su descubrimiento que ha efectuado a solas, quiera de inmediato comunicarlo, así sea oralmente. No importa a cuántos. A alguien. En ese instante no piensa que puedan quitarle un tema, copiarle un desarrollo. El arte es generoso, pródigo, dador, y la verdad es que el secreto del escritor sólo adquiere un sentido cuando se hace público". Mario Benedetti

"Escribir pese a todo, pese a la desesperación". Marguerite Duras

"Escribo por el placer de contradecir y por la felicidad de estar solo contra todos". Milan Kundera

"El escritor debe ir contracorriente si quiere conquistar territorios a la imaginación". Antonio Soler

"Uno escribe porque necesita responder a un impulso de escribir, porque cree que está obligado a expresar determinada realidad, a indagar en la memoria... La actividad continua de un escritor es la escritura, y por eso encuentro injustificable la actitud del escritor que abandona su trabajo. Por eso hay quienes encuentran pesado el trabajo de escribir, el escritor es un ser aburrido, no hace una actividad que se vea inmediatamente. El escritor es un ser insociable, que busca el silencio y la soledad para hacer su trabajo". Salvador Garmendia

"Un mal escritor puede llegar a ser un buen crítico, por la misma razón por la cual un pésimo vino puede llegar a ser un buen vinagre". François Mauriac

"Los que escriben con claridad tienen lectores; los que escriben oscuramente tienen comentaristas". Albert Camus

Teoría

Un instante vacío
de acción puede poblarse solamente
de nostalgia o de vino.
Hay quien lo llena de palabras vivas,
de poesía (acción
de espectros, vino con remordimiento).

Cuando la vida se detiene,
se escribe lo pasado o lo imposible
para que los demás vivan aquello
que ya vivió (o que no vivió) el poeta.
Él no puede dar vino,
nostalgia a los demás: sólo palabras.
Si les pudiese dar acción...

La poesía es como el viento,
o como el fuego, o como el mar.
Hace vibrar árboles, ropas,
abrasa espigas, hojas secas,
acuna en su oleaje los objetos
que duermen en la playa.
La poesía es como el viento,
o como el fuego, o como el mar:
da apariencia de vida
a lo inmóvil, a lo paralizado.
Y el leño que arde,
las conchas que las olas traen o llevan,
el papel que arrebata el viento,
destellan una vida momentánea
entre dos inmovilidades.

Pero los que están vivos,
los henchidos de acción,
los palpitantes de nostalgia o vino,
esos... felices, bienaventurados,
porque no necesitan las palabras,
como el caballo corre, aunque no sople el viento,
y vuela la gaviota, aunque esté seco el mar,
y el hombre llora, y canta,
proyecta y edifica, aun sin el fuego.



José Hierro

Por qué escribimos

Uno hace versos y ama
la extraña risa de los niños,
el subsuelo del hombre
que en las ciudades ácidas disfraza su leyenda,
la instauración de la alegría
que profetiza el humo de las fábricas.

Uno tiene en las manos un pequeño país,
horribles fechas,
muertos como cuchillos exigentes,
obispos venenosos,
inmensos jóvenes de pie
sin más edad que la esperanza,
rebeldes panaderas con más poder que un lirio,
sastres como la vida,
páginas, novias,
esporádico pan , hijos enfermos,
abogados traidores
nietos de la sentencia y lo que fueron,
bodas desperdiciadas de impotente varón,
madre, pupilas, puentes,
rotas fotografías y programas.

Uno se va a morir,
mañana,
un año,
un mes sin pétalos dormidos;
disperso va a quedar bajo la tierra
y vendrán nuevos hombres
pidiendo panoramas.

Preguntarán qué fuimos,
quienes con llamas puras les antecedieron,
a quienes maldecir con el recuerdo.

Bien.
Eso hacemos:
custodiamos para ellos el tiempo que nos toca.

Roque Dalton

Porque escribí

Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.

Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendía la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.

Pero escribí: tuve esa rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entero entre las manos
- ¡qué ilusión más perfecta! como un Cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria -,.
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces.
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río;
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.

La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudaran
de mi existencia real
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.

En su origen el río es una veta de agua
- allí, por un momento, siquiera, en esa altura -
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están broncéandose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo pude reiterar la poesía.

Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.

Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí, porque escribí estoy vivo.

Enrique Lihn

Arte poética

Que el verso sea una llave
que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
cuanto miren los ojos creado sea,
y el alma del oyente quede temblando.
Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
el adjetivo, cuando no da vida, mata.
Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
como recuerdo, en los museos;
mas no por eso tenemos menos fuerza:
el vigor verdadero
reside en la cabeza.
Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
Hacedla florecer en el poema;
sólo para nosotros
viven todas las cosas bajo el sol.
El poeta es un pequeño Dios.

Vicente Huidobro

Autopsicografía

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente.
Y, en el dolor que han leído,
a leer sus lectores vienen,
no los dos que él ha tenido
sino sólo el que no tienen.
Y así en la vida se mete,
distrayendo a la razón,
y gira, el tren de juguete
que se llama corazón.

Fernando Pessoa

El oficio del poeta

Contemplar las palabras
sobre el papel escritas,
medirlas, sopesar
su cuerpo en el conjunto
del poema, y después,
igual que un artesano,
separarse a mirar
cómo la luz emerge
de la sutil textura.

Así es el viejo oficio
del poeta, que comienza
en la idea, en el soplo
sobre el polvo infinito
de la memoria, sobre
la experiencia vivida,
la historia, los deseos,
las pasiones del hombre.

La materia del canto
nos lo ha ofrecido el pueblo
con su voz. Devolvamos
las palabras reunidas
a su auténtico dueño.

José Agustín Goytisolo

Aprendiz de poeta

¿Es arte del demonio o brujería

esto de escribir versos? _le decía

no sé si a Campoamor o Víctor Hugo,

un mozo de chirumen muy sin jugo.

Enséñeme, maestro, a hacer siquiera

una oda chapucera.

Es preciso no estar es sus cabales

para que un hombre aspire a ser poeta;

pero, en fin, es sencilla la receta:

forme usted líneas de medidas iguales,

luego en fila las junta,

poniendo consonantes en la punta.

¿Y en el medio?

¿En el medio?

¡Ése es el cuento!

¡Hay que poner talento!

Ricardo Palma

Clase

Clase

No estoy muy seguro del lugar. Algún sitio al Noroeste de California. Hemingway acababa de terminar una novela, había llegado de Europa o de no sé dónde, y ahora estaba en el ring pegándose con un tipo. Había periodistas, críticos, escritores -bueno, toda esa tribu- y también algunas jóvenes damas sentadas entre las filas de butacas. Me senté en la última fila. La mayor parte de la gente no estaba mirando a Hem. Sólo hablaban entre sí y se reían.

El sol estaba alto. Era a primera hora de la tarde. Yo observaba a Ernie. Tenía atrapado a su hombre, y estaba jugando con él. Se le cruzaba, bailaba, le daba vueltas, lo mareaba. Entonces lo tumbó. La gente miró. Su oponente logró levantarse al contar ocho. Hem se le acercó, se paró delante de él, escupió su protector bucal, soltó una carcajada, y volteó a su oponente de un puñetazo. Era como un asesinato. Ernie se fue hacia su rincón, se sentó. Inclinó la cabeza hacia atrás y alguien vertió agua sobre su boca.

Yo me levanté de mi asiento y bajé caminando despacio por el pasillo central. Llegué al ring, extendí la mano y le di unos golpecitos a Hemingway en el hombro.

-¿Señor Hemingway?
-¿Sí, qué pasa?
-Me gustaría cruzar los guantes con usted.
-¿Tienes alguna experiencia en boxeo?
-No.
-Vete y vuelve cuando hayas aprendido algo.
-Mire, estoy aquí para romperle el culo.
Ernie se rió estrepitosamente. Le dijo al tío que estaba en el rincón.

-Ponle al chico unos calzones y unos guantes.
El tío saltó fuera del ring y yo le seguí hasta los vestuarios.

-¿Estás loco, chico? -me preguntó.
-No sé. Creo que no.
-Toma. Pruébate estos calzones.
-Bueno.
-Oh, oh... Son demasiado grandes
-A la mierda. Están bien.
-Bueno, deja que te vende las manos.
-Nada de vendas.
-¿Nada de vendas?
-Nada de vendas.
-¿Y qué tal un protector para la boca?
-Nada de protectores.
-¿Y vas a pelear en zapatos?
-Voy a pelear en zapatos.
Encendí un puro y salimos afuera. Bajé tranquilamente hacia el ring fumando mi puro. Hemingway volvió a subir al ring y ellos le colocaron los guantes.
No había nadie en mi rincón. Finalmente alguien vino y me puso unos guantes. Nos llamaron al centro del ring para darnos las instrucciones.

-Ahora, cuando caigas a la lona -me dijo el árbitro- yo...
-No me voy a caer -le dije al árbitro.
Siguieron otras instrucciones.

-Muy bien, volved a vuestros rincones; y cuando suene la campana, salid a pelear. Que gane el mejor. Y -se dirigió hacia mí- será mejor que te quites ese puro de la boca.
Cuando sonó la campana salí al centro del ring con el puro todavía en la boca.
Me chupé toda una bocanada de humo, y se la eché en la cara a Hemingway. La gente rió. Hem se vino hacia mí, me lanzó dos ganchos cortos, y falló ambos golpes. Mis pies eran rápidos. Bailaba en un continuo vaivén, me movía, entraba, salía, a pequeños saltos, tap tap tap tap tap, cinco veloces golpes de izquierda en la nariz de Papá. Divisé a una chica en la fila frontal de butacas, una cosa muy bonita, me quedé mirándola y entonces Hem me lanzó un directo de derecha que me aplastó el cigarro en la boca. Sentí cómo me quemaba los labios y la mejilla, me sacudí la ceniza, escupí los restos del puro y le pegué un gancho en el estómago a Ernie. Él respondió con un derechazo corto, y me pegó con la izquierda en la oreja. Esquivó mi derecha y con una fuerte volea me lanzó contra las cuerdas.

Justo al tiempo de sonar la campana me tumbó son un sólido derechazo a la barbilla. Me levanté y me fui hasta mi rincón. Un tío vino con una toalla.

-El señor Hemingway quiere saber si todavía deseas seguir otro asalto.
-Dile al señor Hemingway que tuvo suerte. El humo se me metió en los ojos. Un
asalto más es todo lo que necesito para finalizar el asunto.
El tío con la toalla volvió al otro extremo y pude ver a Hemingway riéndose.
Sonó la campana y salí derecho. Empecé a atacar, no muy fuerte, pero con buenas combinaciones. Ernie retrocedía, fallando sus golpes. Por primera vez pude ver la duda en sus ojos.
¿Quién es este chico?, estaría pensando. Mis golpes eran más rápidos, le pegué más duro. Atacaba con todo mi aliento. Cabeza y cuerpo. Una variedad mixta. Boxeaba como Sugar Ray y pegaba como Dempsey.
Llevé a Hemingway contra las cuerdas. No podía caerse. Cada vez que empezaba a caerse, yo lo enderezaba con un nuevo golpe. Era un asesinato. Muerte en la tarde. Me eché hacia atrás y el señor Hemingway cayó hacia adelante, sin sentido y ya frío.

Desaté mis guantes con los dientes, me los saqué, y salté fuera del ring. Caminé hacia mi vestuario; es decir, el vestuario del señor Hemingway, y me di una ducha. Bebí una botella de cerveza, encendí un puro y me senté en el borde de la mesa de masajes. Entraron a Ernie y lo tendieron en otra mesa. Seguía sin sentido. Yo estaba allí, sentado, desnudo, observando cómo se preocupaban por Ernie. Había algunas mujeres en la habitación, pero no les presté la menor atención. Entonces se me acercó un tío.

-¿Quién eres? - me preguntó-. ¿Cómo te llamas?
-Henry Chinaski.
-Nunca he oído hablar de ti -dijo.
-Ya oirás.
Toda la gente se acercó. A Ernie lo abandonaron. Pobre Ernie. Todo el mundo se puso a mi alrededor. También las mujeres. Estaba rodeado de ladrillos por todas partes menos por una. Sí, una verdadera hoguera de clase me estaba mirando de arriba a abajo. Parecía una dama de la alta sociedad, rica, educada, de todo -bonito cuerpo, bonita cara, bonitas ropas, todas esas cosas-. Y clase, verdaderos rayos de clase.

-¿Qué sueles hacer? -preguntó alguien.
-Cojer y beber.
-No, no- Quiero decir en qué trabajas.
-Soy fregaplatos.
-¿Fregaplatos?
-Sí.
-¿Tienes alguna afición?
-Bueno, no sé si puede llamarse una afición. Escribo.
-¿Escribes?
-Sí.
-¿Qué?
-Relatos cortos. Son bastante buenos.
-¿Has publicado algo?
-No.
-¿Por qué?
-No lo he intentado.
-¿Dónde están tus historias?
-Allá arriba -señalé una vieja maleta de cartón.
-Escucha, soy un crítico del New York Times. ¿Te importa si me llevo tus relatos a casa y los leo? Te los devolveré.
-Por miíde acuerdo, culo sucio, sólo que no sé dónde voy a estar.
La estrella de clase y alta sociedad se acercó:

-El estará conmigo. -Luego me dijo-. Vamos, Henry, vístete. Es un viaje largo y tenemos cosas que... hablar.
Empecé a vestirme y entonces Ernie recobró el sentido.

-¿Qué coño pasó?
-Se encontró con un buen tipo, señor Hemingway -le dijo alguien.
Acabé de vestirme y me acerqué a su mesa.

-Eres un buen tipo, Papá. Pero nadie puede vencer a todo el mundo. -Estreché su mano-. No te vueles los sesos.
Me fui con mi estrella de alta sociedad y subimos a un coche amarillo descapotado, de media manzana de largo. Condujo con el acelerador pisado a fondo, tomando las curvas derrapando y chirriando, con el rostro bello e impasible. Eso era clase. Si amaba de igual modo que conducía, iba a ser un infierno de noche.
El sitio estaba en lo alto de las colinas, apartado. Un mayordomo abrió la puerta.

-George -le dijo-. Tómate la noche libre. O, mejor pensado, tómate la semana libre.
Entramos y había un tío enorme sentado en una silla, con un vaso de alcohol en
la mano.

-Tommy -dijo ella- desaparece.
Fuimos introduciéndonos por los distintos sectores de la casa.

-¿Quién era ese grandullón?
-Thomas Wolfe -dijo ella-. Un coñazo.
Hizo una parada en la cocina para coger una botella de bourbon y dos vasos.
Entonces dijo:

-Vamos.
La seguí hasta el dormitorio.
A la mañana siguiente nos despertó el teléfono. Era para mí. Ella me alcanzó el auricular y yo me incorporé en la cama.

-¿Señor Chinaski?
-¿Sí?
-Leí sus historias. Estaba tan excitado que no he podido dormir en toda la noche. ¡Es usted seguramente el mayor genio de la década!
-¿Sólo de la década?
-Bueno, tal vez del siglo.
-Eso está mejor.
-Los editores de Harperis y Atlantic están ahora aquí conmigo. Puede que no se lo crea, pero cada uno ha aceptado cinco historias para su futura publicación.
-Me lo creo -dije.
El crítico colgó. Me tumbé. La estrella y yo hicimos otra vez el amor.

Charles Bukowski

Elegía por nosotros

Erguida en tu silencio y en tu orgullo,

no sé con qué señor que te enamora,

comentas a manera de murmullo:

¡Mirad ese es el hombre que me adora!

Yo paso como siempre, absorto,... mudo,

y tú nerviosamente te sonríes,

sabiendo que detrás de mi saludo,

te ahondas y después te me deslíes.

Yo sé que ni te busco, ni te sigo,

que nada te mendigo, ni reclamo,

comento, nada más con un amigo:

"Esa es la mujer que yo más amo".

Yo sé que mi cariño recriminas,

es claro tú no entiendes de esas cosas,

qué sabe del perfume y las espinas,

quien nunca estuvo al lado de las rosas.

Tú sabes que jamás suplico nada,

y me sabes cautivo de tus huellas,

que vivo en la región de tu mirada,

y comparto contigo las estrellas.

Un día nos veremos nuevamente,

y es lógico que bajes la cabeza,

tendrás muchas arrugas en la frente,

y el rostro entristecido y sin belleza.

Serás menos sensual en la cadera,

tus ojos no tendrán aquel hechizo,

y aún murmuraré- ¡Si me quisiera!

tú sólo pensarás: ¡Cuánto me quiso!

José Ángel Buesa

Una maravilla

Una maravilla

Cuando leemos, alguien habla dentro de nuestra mente.
Siempre nos sucede. Alguien, que no somos nosotros, resuena en nuestra cabeza
al ritmo que avanzamos en la lectura.
En este mismo momento, ¿No estás escuchándome?
Si, estoy hablándote.
Es como si me hubiera instalado en tu cerebro y allí oyeras mi voz.
Pero, físicamente, estoy en el papel. Soy el fruto de tu conocimiento del
valor fonético de cada letra combinada en cada palabra hasta integrar las
oraciones que conformarán todo el texto.
Quizá, tomar conciencia de esta particularidad maravillosa -que yo hable
dentro de ti mientras lees-, te ayude a entender porqué la palabra tiene un
poder mágico.
Ahora mismo, puedo gritar muy fuerte: “¡Socorro!, ¡Ayúdenme!, ¡Estoy aquí!”
Puedo susurrar en tu oído: “¡Por favor, que nadie se entere de nuestro
secreto!”
Me escuchas recordarte: “¡Nunca bajes los brazos!”
Tan mágico es el poder de la palabra que, cuando termines de leer, ya no
escucharás mi voz.

Daniel Adrián Madeiro

La cosa

La cosa

La cosa sucedió más o menos así:

Carlos le dijo a Gustavo que el otro día había visto a Óscar platicando con una mujer más bien feíta pero simpática, que si la conocía. Gustavo respondió que no y cambió de tema, pero una hora después le dijo a Bárbara que si ya sabía que Óscar estaba saliendo con un cuero que, por supuesto, no era Lilia. Bárbara le contestó que era de esperarse, y le habló por teléfono a Martha para decirle que se había enterado de que Óscar tenía amoríos con una fulana que trabajaba con él. Apenas colgó, Martha le dijo a Rodolfo que Bárbara le había dicho que el cabrón de Óscar engañaba a Lilia, y que probablemente se divorciarían. Rodolfo, por su parte, le comentó a Martín que alguien le había dicho que Óscar mantenía relaciones con una rubia fenomenal, y que Lilia lo sabía pero que no le reclamaba nada a Óscar por temor a que la abandonara. Martín le anunció a Lorena la inminente separación de Lilia y Óscar, por lo que Lorena se apresuró a llamarle a Nuria para que viera la posibilidad de que Jacobo asesorara a Lilia ahora que, por culpa de una mujerzuela sin escrúpulos, tenía que divorciarse de Óscar. Nuria, claro, dijo que sí, que cómo no, y a continuación, y entre beso y beso, le pidió a Jacobo, quien de casualidad se encontraba de visita en su casa, que no fuera malito, que le ayudara a Lilia a divorciarse del monstruo de Óscar. Jacobo, entonces, no pudo ni quiso negarse a satisfacer la petición de Nuria y de inmediato le telefoneó a Sergio para decirle que empezara a hacerse cargo del asunto en cuestión, aunque, hemos de aclarar, no tenía la menor idea de quiénes eran Lilia y Óscar. Éstos, entretanto, no supieron que estaban en vías de divorciarse, sino una o dos semanas después.

Roberto Gutiérrez Alcalá

Usted decide

Usted decide

Supóngase, es en serio, que usted al nacer hubiera tenido la opción de escoger. Primero, fundamental, la fecha: ¿antes o después de Cristo? Yo le aconsejo que sea mucho después de Cristo, no sea que resulte comido por un león anticristiano en un coliseo antiguo. Pero defina el período (edad media, edad moderna, edad contemporánea, siglo XXI, siglo XXX, etc.). ¿Y el año? Mas ahora vienen otras complicaciones: raza y sexo, en cuyo último caso desestimemos a los de en medio; nos limitaremos a hombre o mujer. ¿Y el país?, usted tiene la última palabra; pero me imagino que todos, sin excepción, optarán por el primer mundo, no por el segundo y mucho menos por el tercero.

Ahora bien, ¿la profesión?, mejor dicho, ¿el oficio? Considere que puede ser abogado, cura, ingeniero en esto o aquello, dentista, pandillero, narcotraficante, maestro, comerciante, etc., etc. También puede ser político, aunque en realidad éste no es un oficio; digamos, mejor, ¿diputado?, ¿ministro?, ¿presidente ejecutivo? Y, antes que el oficio, ¿sector público o privado? Finalmente, defina sus ingresos económicos, el impuesto sobre la renta, edad a la que desea morir, número de hijos y tantas etcéteras como su imaginación le sugiera.

Ahora sí, ¿qué tenemos?, fácil: un hombre de raza blanca nacido en Estados Unidos de Norteamérica en el año 2.060; congresista; dos hijos; salario exorbitante; sobre impuestos ya sabemos: que otros paguen, usted no; bígamo sin riesgo alguno; querrá morir (en realidad no desea; pero escoger es obligado) a los noventa y nueve años, en plena lucidez y en perfecto estado de salud (procurará, supongo, que le caiga un rayo en verano). No quiero, en realidad no puedo, justificar el acierto; entre otras cosas, no hay que herir susceptibilidades; pero ayudaré con algo: la mujer se queja siempre de indefensión, abuso, discriminación, embarazos, menstruación, menopausia y otras cosas. Respecto del congresista, ¿quién no envidia una sinecura? Lo del año es por aquello de vivir hacia el futuro, no tan distante por la incertidumbre y, a mayor abundamiento, ¡qué de artículos electrodomésticos!, ¡qué automóvil! (posiblemente lo mueva el agua), ¡qué de viajes!, ¡qué de opciones! Y son dos hijos porque uno se nos hace muy "chineado", más de dos es un fastidio. Lo supuse blanco porque así lo quiso Michael Jackson.

En todo caso, la conclusión de esta trama es algo que no imagina: si el ser humano escogiera, no habría historia ni futuro; ¿quién nació antes del año 2.060?, ¿quién nacerá después si todos seremos hombres? Y algo más evidente: nuestras madres, las de ellas, sus abuelas y hasta Eva, todas fueron hombres si al escoger escogieran, pues la opción es para todos: desde el origen del hombre hasta el final de los siglos. Tome en cuenta que, si pudiera haber nacidos después del año 2.159, desearán (pero recuerde que no hay mujeres) no nacer después pues siempre se añorará el pasado con un futuro tan triste (no hay mujeres; no hay historia; no hay "básquet" pues ya no hay negros; no habrá juegos pirotécnicos pues no habrá pólvora sin los chinos; no hay "vídeos", no habrán "fotos", ni siquiera transistores, ya que no hubo japoneses que los crearan y vendieran).

Por eso, he aquí lo bueno, dejemos de preocuparnos por escoger el futuro, por estudiar a la fuerza, por trabajar con desgano, por el sueldo y el mañana, por la salud y el dinero, que si la vida depara, a todos, lo que quisieran, no habría vida en esta tierra.

Adrián Rodríguez Solórzano

Donde la locura te cuelga de los ojos

LA mirada extraviada de los tardos pájaros

Húmedos todos de locura

Que aguardando solícitas plumas maternas

Permanecen ausentes, solos y locos

Bienaventurados los seres alados sin alas

La mirada extraviada de los santos locos

A los que la vida se les escapa por las muñecas

Cavan hoy la estéril tierra

Para extraer esa extranjera azul y opaca

La locura

Tapizarle de cuchillos y clavarle mil agujas

En el blanco muro de su pupila

La mirada extraviada de los muertos por agua

Suicidas todos

Con esa inquilina loca atada a sus talones

Son arrastrados al fondo

Les llamaban locos

La mirada extraviada de los ausentes

Que escrutando el mundo con torcidos ojos

Sobrellevan mal sus muertes

La mirada extraviada de los tardos pájaros

Que haciendo nidos en mi nuca

Empuñan en sus picos huesos de muerto

Y una locura

Mientras alarmados

Ansían como locos el ala cóncava

Bienaventurados los ausentes de alas y cordura

Nuria Ruiz de Viñaspre Ripa

¿Todo cuento es un cuento chino?

¿Todo cuento es un cuento chino?

Escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir un cuento es vaciar en concreto. No sé de quién es esa frase certera. La he escuchado y repetido desde hace tanto tiempo sin que nadie la reclame, que a lo mejor termino creyendo que es mía. Hay otra comparación que es pariente pobre de la anterior: el cuento es una flecha en el centro del blanco y la novela es cazar conejos. En todo caso esta pregunta del lector ofrece una buena ocasión para dar vueltas una vez más, como siempre, sobre las diferencias de dos géneros literarios distintos y sin embargo confundibles. Una razón de eso puede ser el despiste de atribuirle las diferencias a la longitud del texto, con distinciones de géneros entre cuento corto y cuento largo. La diferencia es válida entre un cuento y otro, pero no entre cuento y novela.
El cuento más corto que conozco es del guatemalteco Augusto Monterroso, reciente premio Príncipe de Asturias. Dice así: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".

Nada más. Hay otro de Las mil y una noches, cuyo texto no tengo a la mano, y que me produce retortijones de envidia. Es el cuento de un pescador que le pide prestado un plomo para su red a la mujer de otro pescador, con la promesa de regalarle a cambio el primer pescado que saque, y cuando ella lo recibe y lo abre para freírlo le encuentra en el estómago un diamante del tamaño de una almendra.

Más que el cuento mismo, alucinante por su sencillez, éste me interesa ahora porque plantea otro de los misterios del género: si la que presta el plomo no fuera una mujer sino otro hombre, el cuento perdería su encanto: no existiría. ¿Por qué? ¡Quién sabe! Un misterio más de un género misterioso por excelencia.

Las Novelas ejemplares de Cervantes son de veras ejemplares, pero algunas no son novelas. En cambio Joseph Conrad escribió Los duelistas, un cuento también ejemplar con más de ciento veinte páginas, que suele confundirse con una novela por su longitud. El director Ridley Scott lo convirtió en una película excelente sin alterar su identidad de cuento. Lo tonto a estas alturas sería preguntarnos si a Conrad le habría importado un pito que lo confundieran.

La intensidad y la unidad interna son esenciales en un cuento y no tanto en la novela, que por fortuna tiene otros recursos para convencer. Por lo mismo, cuando uno acaba de leer un cuento puede imaginarse lo que se le ocurra del antes y el después, y todo eso seguirá siendo parte de la materia y la magia de lo que leyó. La novela, en cambio, debe llevar todo dentro. Podría decirse, sin tirar la toalla, que la diferencia en última instancia podría ser tan subjetiva como tantas bellezas de la vida real.

Buenos ejemplos de cuentos compactos e intensos son dos joyas del género: "La pata de mono", de W.W. Jacobs, y "El hombre en la calle", de Georges Simenon. El cuento policíaco, en su mundo aparte, sobrevive sin ser invitado porque la mayoría de sus adictos se interesan más en la trama que en el misterio. Salvo en el muy antiguo y nunca superado Edipo rey, de Sófocles, un drama griego que tiene la unidad y la tensión de un cuento, en el cual el detective descubre que él mismo es el asesino de su padre.

El cuento parece ser el género natural de la humanidad por su incorporación espontánea a la vida cotidiana. Tal vez lo inventó sin saberlo el primer hombre de las cavernas que salió a cazar una tarde y no regresó hasta el día siguiente con la excusa de haber librado un combate a muerte con una fiera enloquecida por el hambre. En cambio, lo que hizo su mujer cuando se dio cuenta de que el heroísmo de su hombre no era más que un cuento chino pudo ser la primera y quizás la novela más larga del siglo de piedra.

No sé qué decir sobre la suposición de que el cuento sea una pausa de refresco entre dos novelas, pero podría ser una especulación teórica que nada tiene que ver con mis experiencias de escritor. Tanteando en las tinieblas me atrevería a pensar que no son pocos los escritores que han intentado los dos géneros al mismo tiempo y no muchas veces con la misma fortuna en ambos. Es el caso de William Somerset Maugham, cuyas obras -como las de Hemingway- son más conocidas por el cine. Entre sus cuentos numerosos no se puede olvidar "P&O" -siglas de la compañía de navegación Pacific and Orient- que es el drama terrible y patético de un rico colono inglés que muere de un hipo implacable en mitad del océano Índico.

Ernest Hemingway es un caso similar. Tan conocido por el cine como por sus libros, podría quedarse en la historia de la literatura sólo por algunos cuentos magistrales. Estudiando su vida se piensa que su vocación y su talento verdaderos fueron para el cuento corto. Los mejores, para mi gusto, no son los más apreciados ni los más largos. Al contrario, dos de ellos son de los más cortos -"Un canario para regalo" y "Un gato bajo la lluvia"-, y el tercero, largo y consagratorio, "La breve vida feliz de Francis Macomber".

Sobre la otra suposición de que el cuento puede ser un género de práctica para emprender una novela, confieso que lo hice y no me fue mal para aprender a escribir El otoño del patriarca. Tenía la mente atascada en la fórmula tradicional de Cien años de soledad, en la que había trabajado sin levantar cabeza durante dos años. Todo lo que trataba de escribir me salía igual y no lograba evolucionar para un libro distinto. Sin embargo, el mundo del dictador eterno, resuelto y escrito con el estilo juicioso de los libros anteriores, habrían sido no menos de dos mil páginas de rollos indigestos e inútiles. Así que decidí buscar a cualquier riesgo una prosa comprimida que me sacara de la trampa académica para invitar al lector a una aventura nueva.

Creí haber encontrado la solución a través de una serie de apuntes e ideas de cuentos aplazados, que sometí sin el menor pudor a toda clase de arbitrariedades formales hasta encontrar la que buscaba para el nuevo libro. Son cuentos experimentales que trabajé más de un año y se publicaron después con vida propia en el libro de La cándida Eréndira: "Blacamán el bueno vendedor de milagros", "El último viaje del buque fantasma", que es una sola frase sin más puntuación que las mínimas comas para respirar, y otros que no pasaron el examen y duermen el sueño de los justos en el cajón de la basura. Así encontré el embrión de El otoño..., que es una ensalada rusa de experimentos copiados de otros escritores malos o buenos del siglo pasado. Frases que habrían exigido decenas de páginas están resueltas en dos o tres para decir lo mismo, saltando matones, mediante la violación consciente de los códigos parsimoniosos y la gramática dictatorial de las academias.

El libro, de salida, fue un desastre comercial. Muchos lectores fieles de Cien años... se sintieron defraudados y pretendían que el librero les devolviera la plata. Para colmo de peras en el olmo la edición española se desbarataba en las manos por un defecto de fábrica, y un amigo me consoló con un buen chiste: "Leí el otoño hoja por hoja". Muchos persistieron en la lectura, otros la lograron a medias y con el tiempo quedaron suficientes cautivos para que no me diera pena seguir en el oficio. Hoy es mi libro más escudriñado en universidades de diversos países, y las nuevas generaciones pueden leerlo como si fuera el crepúsculo de un Tarzán de doscientos años. Si alguien protesta y lo tira por la ventana es porque no le gusta pero no porque no lo entienda. Y a veces, por fortuna, no ha faltado alguien que lo recoja del suelo.

Gabriel García Márquez

Lecciones de estilo

Lecciones de estilo

1- El redactor ha de tener presente que la claridad, la precisión y la fluidez determinan la calidad de un escrito. En el lenguaje hablado, el gesto o la entonación pueden sustituir a la palabra. Cuando escribimos, cada palabra debe tener un sentido comprensible para la mayoría, debe tener una función comunicativa definida.

2- Se dominarán ampliamente los principios de Ortografía y Gramática que estable la Academia. Se aprenderá a utilizar los elementos de redacción que son imprescindibles para expresarse de acuerdo con las pautas reconocidas y aceptadas por los maestros del idioma.

3- Se dispondrá de un vocabulario rico y amplio, que se ajuste al tono y el propósito del escrito. Es evidente que las expresiones permisibles en un artículo deportivo estarían fuera de lugar en un comentario editorial.

4- El palabreo inútil, el estilo pesado y retórico, los vanos alardes sintácticos revelan falta de orden, lógica y concentración. Hay que huir del rebuscamiento, los lugares comunes y la monotonía.

5- Las palabras se utilizarán con propiedad. Se les dará un orden lógico y claro en el discurso. Siempre que existan dudas respecto a su uso, se consultarán las obras que puedan aclararlas.

6- El estilo está vinculado íntimamente a la personalidad del escritor. Es posible afirmar que se desarrolla en la medida en que ella madura. Sin embargo, el estilo puede ser bueno o malo. Por eso, se requiere técnica y los conocimientos para darle la mayor perfección posible en todos los sentidos.

7- Para elaborar un estilo depurado, es necesario tener una estructura básica sólida en el discurso. Cuando se analiza un buen artículo periodístico, vemos que siempre hay una idea principal, bien definida, a la que se añaden las ideas secundarias.

8- El enlace entre la idea central y las secundarias debe ser siempre armonioso y lógico.

9- Evítese el adjetivo innecesario. La abundancia de estas palabras no siempre contribuye a la claridad. El principio debe ser la búsqueda del adjetivo preciso.

10- Se recurrirá a las palabras extranjeras o neologismos sólo cuando sea imprescindible.

11- Se pondrá el mayor cuidado posible en cuanto al uso de: adverbios terminados en –mente , el gerundio, el verbo haber, las conjunciones y preposiciones.

12- Hay que determinar el nivel de lenguaje apropiado para cada forma periodística o literaria. Siempre se tendrá presente el público al cual va dirigido el texto que redactamos.

13- No existirá ninguna tregua para los vicios del idioma. No sólo hay que prevenir los errores ortográficos o gramaticales, sino también otros a los que corrientemente se les presta menos atención: cacofonía, anfibiología, redundancia y monotonía.

14- Las imitaciones nunca son buenas. Siempre se dará preferencia al estilo propio. Si aún no ha alcanzado el nivel que deseamos, perfeccionaremos la técnica. Los grandes escritores y periodistas tienen estilos muy definidos e inconfundibles entre sí, pero todos ellos tienen algo en común: amplios conocimientos del idioma y una técnica impecable.

15- La revisión y la corrección son imprescindibles. Ellas nos permitirán depurar paulatinamente el estilo. Sin embargo, no se caerá en la manía del perfeccionismo. El idioma es algo vivo, en constante transformación, por lo que tampoco es irreprochable. Lo que ayer era todavía un error grave hoy puede ser impreso con todas las aprobaciones.

Imagen al amanecer

El agua del aspersor cubría la escena
como una niebla,
como una flama blanquísima, dueña
de sí misma, de su brotar cambiante, de su pulso
ritual
y cadencioso.
Un poco más allá y más allá hasta
tocar las rocas. Lienzos de sol
entre la cauda humeante; lluvia de cuarzo; interno
oleaje
silencioso. Un mismo
denso
movimiento lo centra; lo ahonda
en su asombrado corazón. Profundo, colmado
vórtice.
Renace, tenue, su palpitar. Marmóreo y lento
borbollón luminoso.
Un poco más allá, más allá, su tacto límpido
se estremece. Son remanso
las rocas
a su enjambre estelar, a su incesante,
encendida nieve. Por un momento se cubre
con su seda el jardín. Suavemente
los troncos ceden
y van tendiéndose sobre el pasto;
largas sendas oscuras bajo el tamiz
que inunda el amanecer. Cuando su lluvia
se ha expandido hacia el este
pesan menos las sombras
y los troncos se adensan y se levantan.
Vuelve entonces el arco
a resplandecer. Una llama reciente nubla la escena,
un olor de magnolias
y rocas húmedas.

Coral Bracho