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M. C. Escher

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Puddle 1952 © Maurits C. Esher

"Quien desee describir algo inexistente tiene que seguir ciertas reglas. Estas reglas son, más o menos, las mismas que para los cuentos de hadas. El elemento de lo inescrutable, en el que se desea centrar la atención, tiene que ser rodeado, ser encubierto por una evidencia perfectamente cotidiana, perfectamente reconocible para todos. Este entorno conforme a la naturaleza, aceptable para cualquier espectador superficial, es indispensable para crear la conmoción deseada".

Página oficial de M. C. Escher (inglés)

01/02/2007 18:25 pro-scrito Permalink. Artículos

El escritor había creado escuela

Ella sabe de estas cosas. No es ninguna jovenzuela, no; y ha vivido y sufrido lo suficiente como para poder establecer un grado de previsión solvente en todo aquello que se proponga. Posiblemente ya desde la cuna ha existido en sus venas una mezcla por igual de flujo sanguíneo y de Información, que le ha brindado el éxito y el fracaso por mitades. No es de las que viven entre dos aguas ni de las que abusa de lo políticamente correcto. Sabe que el sobresalto propio y la provocación en el otro es una partícula inescindible de su personalidad, sin la cual perdería la alocución, tan definitiva para la autoestima, por la mera audición, auténtica tumba para las emociones en aquellas personas que han nacido para ser vistas y oídas. Gusta y disgusta como se ama y se odia al tiempo sin un por qué. Mira de frente, porte erguido, y en sus ojos se vislumbra a aquélla que pudo haber sido una notable fiscal de narcotraficantes o de pederastas. Pertenece a esa estirpe de periodistas osados y honestos que han nacido inoculados del veneno de la pasión en todo lo que hacen; de ahí que le importe tres gaitas que se le aplauda o se le apedree: siempre sacará su manita desde debajo de la tierra para devolver alguna china. Porque sólo un día la hundieron, la balancearon y la dejaron medio ida… Y se prometió que no habría una segunda vez.


Estos caracteres, claro, aparte de la evidencia del catálogo de virtudes incompleta que he enumerado, pueden verse empujados por el baño de multitudes a erigirse, como los grandes justicieros hicieron en épocas pasadas, en portavoces de aquellos que estiren su brazo en busca de auxilio. Y quizás sea uno de sus "cometidos". Pero hay riesgos. Por lo que conviene tensar el hilo de la moderación y del saber estar, sin que rompa, para evitar justamente que el denunciante –léase, periodista- ejemplifique con sus actitudes y maneras el mismo comportamiento que trata de erradicar. O lo que es lo mismo, que pueda llegar a buscar el fin de algo por las mismas sendas y rectitudes que utiliza ese algo. Y especialmente cuando el denunciante es consciente de su infinita superioridad cultural, intelectual y de tablas sobre el denunciado. En esas circunstancias, si el periodista hace de su arenga un uso exclusivamente pasional y justiciero, sin echar mano de la moderación justa –intuida, desde luego, la incuestionable victoria de antemano-, puede convertir el merecido rapapolvo en una lamentable exhibición de dominación y afrenta.


No me gusta que "grafitee" su cuerpo con todo tipo de signos "anti" o "pro", que dé lecciones de moral desde su púlpito durante tres horas cada jueves, que busque aparentar juventudes perdidas, que trate a los invitados y a los espectadores como levemente idiotas… Ni que se arrogue el derecho a salvar vidas o a condenarlas. Pero eso es lo de menos; el hecho, digo, de que a mí me guste o no. Qué importa. Hubo un tiempo en que la admiré. Pero pasó. Eso es lo que importa.
 
Quizás, no sé, dejara huella imborrable en mi ética, aquella noche, hace ya casi veinte años, en la que un tal Umbral, con aires déspotas y exigencias de niñato caprichoso y altivo, hiciera de la inquebrantable Milá poco menos que un despojo humano. Pura lapidación verbal que aún hoy me encogería el alma si lo viera.
 
Y yo que creía que el tiempo enseña… Pero no. Compruebo, con infinito dolor –y hasta rubor-, que el escritor, aquella noche, había creado escuela, una gran discípula. Al menos en las formas.
 
 
Claudio Rizo Aldeguer

 

 

01/01/2007 10:45 pro-scrito Permalink. Artículos

Vivir la literatura

Hay una frase capital que moldeó, de alguna manera, mi condición de lector. Pertenece a Marguarite Youcenar y se encuentra en la exquisita novela "Memorias de Adriano": "La vida me enseñó los libros".

Leer libros sin vivir es sin duda un acto en extremo vacío y carente, como es lógico, de alguna significación. A medida que se vive se percata uno de las diferencias notables que se establecen en la realidad literaria y en la realidad cotidiana. Quizá buena porción de aquello a lo que denominamos literatura fantástica surge a raíz de experiencias vivenciales sumidas en la noche del alma. Allí están los cuentos de Poe, Horacio Quiroga, Cortázar, que son material ilustrativo de primera mano, donde un hecho real pone en marcha todo el engranaje fantástico camuflajeado en la cotidianidad. El realismo mágico, instaurado en la literatura por Gabriel García Marquez, con discípulas más o menos falaces como Laura Esquivel e Isabel Allende, no es más que la constatación metafórica de una realidad que esta en el ambiente cotidiano. Un ejemplo clásico es ese cuento del ángel que viene a buscar al niño enfermo. Hasta ahí lo real. Luego viene García Márquez y patentiza a ese ángel, que es una superstición religiosa en boca de nuestros abuelos, y lo convierte en un anciano con alas al que encierran en un gallinero.

Nuestra vida esta conectada con "algo" que sobrepasa los razonamientos lógicos.  A ese "algo" lo llamamos magia, azar y otros conjunto de nombres que designan lo innombrable.  Si muchos autores utilizan la materia prima de esa realidad (que se escapa a las miradas atentas, que ablanda los objetos, que materializa ángeles y demonios, que metaforiza el amor y los sueños) para escribir sus novelas, es necesario como lector vivir las vicisitudes propias de esa realidad fantasmagórica, para comprender muchos personajes como el Quijote, Enma Bovary, los tres mosqueteros, el monstruo creado por Frankenstein.

Este juego de espejos entre lo real y lo fantástico tiene muchas variantes y forma parte tanto de la literatura como de nuestra vida diaria. Por esa razón Borges se pregunta y se responde: "¿En Qué reside el encanto de los cuentos fantásticos? Reside, creo, en el hecho de que no son invenciones arbitrarias, porque si fueran invenciones arbitrarias su número sería infinito; reside en el hecho de que, siendo fantástico, son símbolos de nosotros, de nuestra vida, del universo, de lo inevitable y misterioso de nuestra vida y todo esto nos lleva de la literatura a la filosofía.  Pensemos en las hipótesis de la filosofía, harto más extrañas que la literatura fantástica; en la idea platónica, por ejemplo, de cada uno de nosotros existe porque es un hombre arquetípico que esta en los cielos. Pensemos en la doctrina de Berkeley, según la cual toda nuestra vida es un sueño y lo único que existe son apariencias".

La literatura, en sus más variados géneros, intenta darle cuerpo a todo ese conjunto de dudas que desde hace bastante tiempo carcome el universo reflexivo del hombre. Trata, si se quiere, en darle una significación más honda y trascendentes a todo eso que parece deslizarse sobre la superficie de nuestra piel y que nos hiere sutilmente. El hombre más que hecho de piel, alma y huesos esta confeccionado de memoria, palabras e imaginación y es a través de ese inagotable invento, conocido como libro, es que ha podido desdoblarse para leerse y escribirse. Paulo Freire ha escrito: "La lectura del universo antecede a la lectura de la palabra y por eso la anterior lectura de ésta no puede `prescindir de la continua lectura de aquel. Lenguaje y realidad están unidos dinámicamente. La compresión del texto que se obtiene por la lectura crítica implica la percepción de las relaciones entre el texto y el contexto". Todo esto nos lleva a pensar que la escritura no es un acto fortuito, muchos menos es una actividad para domesticar el ocio de fin de semana. Ningún texto es inocente debido a que implícito tiene una lectura del mundo, una observación escrita de esos momentos cruciales (o insignificantes) que a cualquiera le toca vivir.

El peregrinaje personal que se realiza, para leer una buena porción de libros, responde a motivaciones muy particulares de cada cual; no obstante el acto de leer posee un rasgo característico: leer es un acto solitario, sin pautas ni parámetros preestablecidos.

La lectura de libros más que empujarte hacia la vileza te empuja hacia la alegría, dicha alegría se comparte con otros lectores de la especie. La comunidad lectora constituye una especie de gremio abierto, democrático, crítico, ilustrado y humanista. Entre las distintas comunidades lectoras se intercambian títulos, impresiones sobre determinados libros, críticas a escritores concretos. Es un trueque sustancioso que tiene como eje común la lectura de libros a conciencia y en libertad.

Se vive para comprender lo leído, para sentir en carne propia lo que sintió Don Quijote cuando armado de caballero, se dispuso cristalizar en la realidad el mundo virtual de caballeros, damas en peligro, magia y gigantes de las novelas de caballería. El gesto de Alonso Quijano desechaba por completo esa idea idílica de la literatura como ornamento intelectual, para devenir en actividad desgarrada que se traspapela con los sueños y la vida de los lectores.

Mayo 13, 2001

Carlos Yusti

01/11/2006 12:26 pro-scrito Permalink. Artículos

Mujer y literatura

La mujer... La mujer... Siempre la mujer. Desde la prehistoria, hemos venido siendo sometidas a desempeñarnos como dueñas de casa. Pero a través del tiempo, nos hemos abierto paso en el sendero universal, caminado tan sólo por hombres, ocupando diversas labores que éste mismo suele cumplir en la sociedad. Otra bandera de antaño, que nos identifica, es el oficio de ser escritora, es aquí donde se descubre que también el sexo denominado "débil" cuenta con poder de imaginación y creación. Oficio que en muchas ocasiones se ve desplazado para continuar las labores de casa. Si al menos las mujeres contáramos con más tiempo, serían muchas más las que escribirían. Escribiríamos más novelas y/o poesía.

 

En cuanto al esfuerzo y lucha en honor a este oficio, tenemos a Sor Juana Inés de la Cruz, quien como escritora llenó un siglo, siendo toda una revolucionaria y feminista. La Iglesia la, rechazó, tratándola de hereje, censurado además sus escritos de todo orden. Muere después de esta dictaminación, cuatro años más tarde, víctima de una epidemia en el Convento de San Jerónimo, lugar donde se refugió al verse desposeída de sus libros e imposibilita de escribir.

 

Pero las escritoras de hoy en día, no tenemos tan trágico destino, podemos escribir todo cuanto a nuestra mente se asome y publicar todo lo que el presupuesto alcance.

 

Continuando por la vereda femenina, tenemos a Teresa Calderón, ganadora del "Premio Pablo Neruda", a través de sus poemas comunica lo que a ella le inquieta: el amor, la pareja y los conflictos de la sociedad.

 

En otros aspectos tenemos a Rosanna Byrne, a quien la sensibilidad tocó hondo, ya que al ver tanto desamparo en el psiquiátrico del hospital, la impulso a realizar un Taller Literario con 16 pacientes. Aquí se nutrió de diversos elementos para su creación literaria, donde existen muchos temas relacionados con la obsesión. Gracias a la poesía logró que los pacientes pudieran comunicarse, cosa que los psiquiatras no habían podido lograr. Para Rosanna la poesía es una palabra sanadora, y el ejercicio poético es un conjuro, algo así como un exorcismo, por lo que no se imagina su vida sin este arte. En su último libro "Jerónimo enloqueció otra vez", da a conocer un conjunto de microcuentos, que tienen una profunda prosa.

 

En el campo de la novela, tenemos a Ana María del Río, con su libro "Los siete días de la señora K.", la novela gira en torno a una dueña de casa sumisa, descalificada en opinión, y desmerecida en el aspecto sexual. Con una narración erótica, se va descubriendo una metamorfosis de esta mujer, que tiene a los hijos de vacaciones y al esposo en un viaje de negocios. Todos se encuentran fuera de la ciudad, pero ella, ella está dentro de su gris existencia. En esta soledad, la Sra. K. alcanza a despertar una aguda sensibilidad, sobre todo cuando esta mujer logra el clímax en la autosatisfacción sexual, aquí el relato lleva una descripción erótica. Después ocurren hechos sucesivos, que la trasladan a fronteras desconocidas, a ese relieve peligroso y lleno de misterios que es el adulterio. Lo hace con un adolescente, rompiendo los esquemas de lo permitido para realizar su culminación sexual. Todo está centrado en la liberación del feminismo, existiendo un enfrentamiento de hombre y de mujer, de lo bueno y lo malo, de lo permitido y lo prohibido.

 Así como estas mujeres tienen en su currículum existencial, el oficio de ser escritora, existen muchas más, quienes son merecedoras de una lectura y crítica sin discriminación de sexo, ya que hemos demostrado una vez más, contar con aptitudes y condiciones suficientes para desarrollar en forma paralela diversas funciones, aunque ello implique reorganizar el esquema costumbrista de ser el núcleo de la familia. Quizás sea este el gran temor, el miedo de ver y saber que la mayoría de las mujeres podemos optar por la autonomía y sean otros quienes tengan que hacerse cargo de las responsabilidades que nosotras hemos dejado de asumir.

Silvia Rodríguez

01/10/2006 10:41 pro-scrito Permalink. Artículos

La organización de mi trabajo

Hace unos años yo tenía un amigo alemán que se había empeñado en organizar mi trabajo.

-Usted -me decía- debe alquilar un despacho, comprar unos libros de consulta cuanto más grandes mejor y señalarse unas horas de oficina. Debe usted levantarse todos los días a la misma hora, leer a la misma hora, pensar a la misma hora, escribir a la misma hora.
 

Es posible: pero yo no podría trabajar nunca en una forma metódica. Yo no puedo leer en una biblioteca, que es, sin embargo, un establecimiento organizado para la lectura. Leo en la cama, que es un mueble hecho para dormir; pero en una biblioteca no leo. Eso de llegar allí y verme ante un libro entre cien personas que están ante otros cien libros me produce un sopor invencible y me transporta inmediatamente al mundo de los sueños. Por eso poseo tan poca erudición. Y así como no puedo leer en la biblioteca donde me entran ganas de fumar, no puedo fumar en un smooking-room, donde me entran ganas de leer, así no puedo tampoco escribir en un escritorio. Mi trabajo, una vez organizado perdería toda espontaneidad. ¡Qué quiere usted! Yo soy un escritor fácil.       

Julio Camba

 

01/09/2006 12:32 pro-scrito Permalink. Artículos

Carta de una mujer chilena a sí misma

Me da un poco de temor, tristeza e incertidumbre ver tantas esperanzas cifradas en Michelle Bachelet, la cual ha ganado en esta segunda vuelta eleccionaria. La gente que por ella votó, ha volcado toda su fe en esta persona. Las mismas esperanzas que teníamos millones de chilenos el año 1989 y que trabajamos arduamente para que todo cambiara. Que volviera a instalarse la democracia en nuestro abatido y humillado país. Pero luego sufrimos las mismas humillaciones y marginación que en la dictadura pinochetista. Como entonces, se nos negó la sal y el agua. ¿Cambiarán las cosas? Espero, con cierta desconfianza, que sí. Tal vez que no cambien sólo para sus partidarios, los que tienen cargos a su haber, y se enquistan en ellos pensando que éstos son eternos, lo mismo que sus vidas. 

Miro con rabia el pasado. Tantas puertas y ventanas cerradas como si estuviera vedado ser un poco feliz en el país que se habita. Nacemos con derechos y obligaciones es cierto, pero también por el camino vamos sumando esperanzas e ideales. 

La vida y las personas que la disfrutan se van encargando, con su egoísmo y prepotencia, que todo ruede por el piso como cosas sin valor. 

Si las personas eligen no ser parásitos de la sociedad si no aportar a ella en forma positiva y creativa ¿es justo entonces no lograr el objetivo; no tener oportunidades sólo por que no se tiene un partido que te avale? 

En casi diecisiete años de dictadura fuimos pavimentando el camino para que las nuevas generaciones tuvieran más libertad, hicieran oír sus voces, sus sueños y esperanzas. No fue fácil. Mucha agua turbulenta corrió por los ríos. Queríamos el cambio y para ello luchamos tantos años con fe y solidaridad. No importaba el sufrimiento si iba en beneficio de los otros, de los hijos, de los que estaban, de los que venían. 

No he votado ni en 1ª ni 2ª vuelta. El motivo es claro: desilusión, frustración unidas a cierto resentimiento, cosa normal en el ser humano. 

A los cincuenta y dos años veo la misma injusticia de antaño (tenía diecinueve cuando ocurrió el golpe militar estando en clase en la Universidad Católica de Temuco, donde estudiaba Pedagogía en Castellano). Soy una de las muchas personas que no tuvo acceso al trabajo. Por tanto, nada de sueldo, nada de previsión, nada de jubilación, nada de vacaciones pagadas, nada de nada. 

Veo que sigue existiendo una especie de crueldad, indiferencia e indolencia, sólo que están disfrazadas con ropajes más modernos. Sin embargo sigo siendo creyente al mismo tiempo que lunática y estrellística pues me siguen provocando admiración la luna y las estrellas y cada noche las observo. 

Hay unos versos de Amado Nervo con los cuales no estoy muy de acuerdo: “Vida, nada me debes. Vida estamos en paz.” Siento que la vida me negó muchas cosas, me las debe, y tan en paz con ella no estoy. Pero, a pesar de todo, Non! Je ne regrette rien, como cantaba la Piaf. 

Quizás si la única democracia verdadera consista en que todos envejecemos y morimos. A todos nos llega la hora final. A los ricos, a los pobres, a los poderosos y a los débiles. Al cruzar el umbral hacia el más allá no hay lugares escogidos con antelación para unos y otros. Ahí todos llegamos sólo con un atado que contiene lo que hemos hecho y lo que queríamos hacer. 

Tal vez se quedan a medio camino aquellos seres que usaron su vida para actuar con excesiva maldad. ¿Se quedarán sentados en medio de la nada meditando en lo que hicieron? ¿Delante de ellos habrá un letrero que diga “no pasar”? 

Estos son caldos de cabeza que estaba tomando en un momento de ira, como haciendo una carta para mí misma. Lo que pasa es que cuando escucho por radio o TV las bondades de esta coja democracia, me da urticaria, como si en este país la mayoría de sus habitantes fuéramos estultos o sufriéramos de ataxia. O como si estuviéramos conformados de tal manera que sólo nos resta ser mártires de por vida. Pero resulta que llega un momento en que la paciencia sufre de agotamiento silencioso. 

Mary Cruz Jara Urrutia

 

01/08/2006 08:17 pro-scrito Permalink. Artículos

La discapacidad en la literatura

"-Quiero encontrar a alguno de estos chicos que demuestre al menos lo contrario -siguió él-, que por retrasados que puedan parecer para la vida normal, poseen una mente musical más que práctica. Mozart fue un genio, pero...yo creo que fue un genio entre ellos, entre los Williams.(......) Mi padre se equivocaba, no era Mozart quien tenía el síndrome de Williams, sino ellos los que tienen el síndrome de Mozart." ( El síndrome de Mozart. Gonzalo Moure).

En una buena parte de la producción literaria en la que se aborda una característica de la condición humana como es la discapacidad, suele encontrarse el mismo tipo de contradicciones que percibimos y sentimos cuando, de manera habitual o fortuita, nos relacionamos con aquellas personas cuyas diferencias se deben a las consecuencias socioculturales que se generan de un déficit sensorial, motriz, psíquico y o mental. Estas contradicciones son de orden ideológico y contribuyen, en cierta medida, a construir una identidad ambigua de la discapacidad, tanto desde el mundo real como desde el mundo ficticio de la literatura. Las creencias dominantes que se han mantenido en nuestro entorno cultural, sobre las personas con discapacidad, han sido aquellas en las que el déficit se ha enfatizado subrayando las carencias, lo que les "falta". Este modo de concebir la discapacidad lleva parejo un elenco de actitudes ambivalentes que van desde el rechazo y el aislamiento y, en el otro extremo, a la protección y provisión de unos medios especiales, siendo el punto común que comparten ambas actitudes la valoración negativa de las diferencias.

En la literatura, estas creencias y actitudes se encuentran dramatizadas en diferentes personajes y, debido a la mayor consistencia que adquieren mediante la palabra escrita u oral y la imagen, han llegado a crear verdaderos arquetipos formando parte del imaginario de nuestra sociedad. Así, nos encontramos con que las distintas discapacidades han sido representadas unas veces por personas que simbolizan la maldad, el horror, la fealdad o, contrariamente, la bondad, la nobleza, y la belleza espiritual, provocando el rechazo y la burla, o bien, la sobreprotección y la piedad o un rancio sentimentalismo. Este modo de acercarnos a la discapacidad, desde la literatura, refuerza los prejuicios que tenemos sobre las diferencias y entorpece el que podamos ampliar lo que acostumbramos a entender por normalidad.

Un artículo del escritor Vargas Llosa, publicado recientemente en un periódico nacional, puede servir de ejemplo o reflexión sobre el modo en que solemos percibir y describir la discapacidad. En este artículo se disculpaba ante las personas tartamudas que se habían sentido ofendidas por haber utilizado, en una conferencia, una metáfora en la que hacia referencia a sus anomalías en la capacidad expresiva. La metáfora en cuestión era esta: " Una humanidad sin novelas, no contaminada de literatura, se parecería mucho a una comunidad de tartamudos y afásicos, aquejada de tremendos problemas de comunicación debido a lo basto y rudimentario de su lenguaje". No cabe duda alguna que estas personas debieron sentirse más que ofendidas al verse calificadas exclusivamente por las características de su habla y de manera tan peyorativa; e incluso erróneamente, pues sin negar las dificultades que tienen para emplear con fluidez el habla, ni mucho menos su lenguaje, por su disfunción expresiva, es "basto y rudimentario" y si lo fuera sería otra la razón. Además, las personas tartamudas no forman una "comunidad" y, en el supuesto que así fuera, muy posiblemente no tendrían "tremendos problemas de comunicación" porque crearían los instrumentos culturales más adecuados a sus particularidades para lograr una buena comunicación, como ocurre con la comunidad sorda que ha creado la Lengua signada.

Es cierto que estamos viviendo un tiempo en el que la solidaridad y el respeto hacia las personas diferentes, así como el reconocimiento de sus derechos son valores que están presentes en las políticas educativas y sociales, por lo que es de esperar se produzcan algunos cambios en la ideología acerca de la discapacidad. Estos cambios, aunque lentos, se están dando en nuestra vida cotidiana y en la literatura desde una nueva sensibilidad: tratar y representar la discapacidad teniendo en cuenta los contextos culturales en los que vive la persona discapacitada. La discapacidad, percibida desde ese ángulo, pasa a ser una cuestión social que nos incumbe a todos. Actualmente, en la literatura, la discapacidad está muy presente y a veces da la impresión de que la razón es porque "vende"; el cine es un ejemplo. Sin embargo su presencia es importante, si las historias en las que se narran cómo son y viven las personas sordas, ciegas, paralíticos cerebrales, deficientes mentales, autistas, y otras disfunciones o enfermedades que conllevan una discapacidad, son contadas teniendo en cuenta cómo estas personas compensan las singularidades de su personalidad y el modo de estar en el mundo es considerado, no como una desviación de la "norma" sino como una manera diferente tan válida como aquella perteneciente a la " norma" aunque ésta sea más general. Es esta concepción de la discapacidad la que puede tener el poder que se le otorga a la literatura de provocar cambios en nuestro imaginario. Pero desde esta perspectiva no hay tanta literatura que trate la discapacidad y es que, tal vez, el escritor debería de salir de su mundo y documentarse sobre la discapacidad para que la dosis de ficción, creatividad, imaginación y utopía que pone en la historia no reproduzca los estereotipos ambivalentes que se tienen sobre estas personas.

De entre algunas fuentes documentales que contienen las herramientas imprescindibles para hacer esta literatura sobre la discapacidad, una de ellas es la que puede encontrarse en las obras de Oliver Sacks. Neurólogo y "contador de historias" como él se define, es en sus neurorrelatos, en los que cuenta historias apasionantes de sus pacientes, donde encontramos que la discapacidad es considerada como una diferencia en sentido positivo: "se trata de lanzar una mirada hacia lo humano, no hacia lo inhumano". Efectivamente, para hablar de las personas que padecen un déficit, no se limita a hacer una descripción clínica sino que tiene en cuenta las condiciones en las que viven para comprender cómo son estas personas y de los recursos disponibles con los que han construido una personalidad singular.

Para conocer la singularidad de algunas de estas personas, Sacks estudió su cultura desde un enfoque multidisciplinar riguroso y visitó algunas de estas comunidades, como en el caso de las personas sordas y el de cierta forma de ceguera, la acromatópsia; en los casos en los que las personas no forman una comunidad nos relata la historia de cada caso, como el de la doctora Temple Grandin, autista, o el de Jimmi G., amnésico, entre otros. Además, es importante señalar que cada uno de estos relatos está impregnado de una filosofía humanista y vitalista cuya lectura nos hace percibir y sentir la diversidad de la condición humana como menos "diferente" o, como lo expresa Sacks al referirse a lo que le aportó el contacto con el mundo de los sordos: "...me hizo considerar extraño lo familiar y familiar lo extraño". Sentimiento éste que nos recuerda que cuanto más conocemos lo diferente más llegamos a conocernos.

La literatura de Oliver Sacks pertenece a aquella literatura en la que, desde personajes aparentemente tan diferentes de nosotros, la lectura de sus historias nos desvela nuestras discapacidades y nos permite reconocer que son más las semejanzas que las diferencias lo que compartimos como seres humanos. Es esta filosofía la que tendría que incorporarse en la literatura sobre la discapacidad. Un buen ejemplo de ello son los dos autores de las citas con las que he introducido esta breve reflexión. 

Consuelo Taurá Reverter

01/07/2006 10:28 pro-scrito Permalink. Artículos

Plagio y reescritura

El viernes 7 marzo, en una entrevista telefónica hecha por la periodista Angélica Leal y publicada por el suplemento La Guía del diario La Tercera, el poeta Sergio Parra expresa como propia la siguiente frase: "En la actualidad hay dos tipos de poesía y narrativa que se están escribiendo, la Cocida y la Cruda. La primera magníficamente experta, parece a veces que haya sido concebida para su consumo y digestión en un seminario de doctorado. La segunda, enormes pedazos sangrantes de experiencias sin condimentar, que se preparan y sirven a los lectores de media noche".

Hace más de cuarenta años, tras recibir el National Book Award por su libro Life Studies, Robert Lowell describe el panorama poético norteamericano declarando: "En la actualidad dos tipos de poesía están compitiendo, la "cocida" y la "cruda". La primera, magníficamente experta, parece a veces que haya sido concebida para su consumo y digestión en un seminario de doctorado. La segunda, enormes pedazos sangrantes de experiencia sin condimentar, que se preparan y sirven a oyentes de media noche". Esta frase -debo su pesquisa al poeta Guillermo Valenzuela- está tomada de la página 15 del libro Por los muertos de la Unión y otros poemas de Lowell, publicado por Cátedra en 1990.

El plagio es un tema que por estos días (después del caso de Paulina Wendt) bate lenguas en nuestro pequeño mundillo literario. Y cómo no. La sospecha de plagio es siempre un territorio en disputa, en el cual la frontera que sanciona el delito es desplazada y ubicada según del lado en que se milite. Rara vez hay conclusiones tajantes, y nunca es esperable ni siquiera un asomo de reconocimiento por parte del acusado.

Según la RAE, plagiar significa "copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias". Por su parte, la palabra obra tiene aquí el sentido que le da su segunda acepción, esto es "cualquier producción del entendimiento". Puede ser objeto de plagio, entonces, no sólo un libro o un poema, sino también un texto breve o incluso una idea. Eso dice la RAE, pero otra cosa es la literatura, y ese es el problema.

Que la historia de la literatura es en verdad una constante reescritura de sí misma, es un viejo cliché que se trae a colación como si tuviera el poder de iluminar por sí solo el cuarto oscuro de la polémica ("sin reescritura no hubiera habido Hamlet", escribió recientemente Nicanor Parra en defensa de Paulina Wendt). Bueno, ese cliché lo que tiene de cierto, también lo tiene de confuso. Plagiar no es reescribir. Lo primero supone un acto de viveza y vileza y un ocultamiento alevoso de la fuente. Lo segundo es un acto creativo legítimo, cuyo producto debería soportar (incluso exigir) una lectura con el original en perspectiva. Por otra parte, reescribir no es clonar. El resultado de una reescritura creativa son dos obras distintas que, aunque emparentadas, cada una debería inscribirse con toda propiedad en el universo estético particular de sus respectivos autores. Lo dijo Wilde alguna vez mejor que yo: "en el arte el robo está permitido, siempre y cuando vaya acompañado de asesinato".

El texto El Cazador de Paulina Wendt, premiado en primera instancia por el jurado del Concurso de Cuentos Paula, es hasta con las luces apagadas un plagio. Está "emparentado" sin duda con el relato El fin del viaje de Piglia, pero nadie podría legitimar una lectura seria del primer cuento teniendo el segundo como antecedente. Es imposible lisa y llanamente porque son ambos el mismo cuento.


El caso de Sergio Parra, apuntado al comienzo de esta nota, tendrá para algunos una lectura simple: una omisión involuntaria de la cita de autoridad que, en el contexto de una entrevista, tampoco es imprescindible consignar. Lo primero lo puedo creer, lo segundo es un absurdo que nos daría carta blanca a todos para posar de inteligentes.

Afirmo lo que me parece evidente: Parra primero expresa como propia una idea que no es de él (la poesía cruda versus la poesía cocida), que muy probablemente comparte, pero que por alguna razón omite acompañarla de los créditos al autor original; y segundo, en un acto de pereza intelectual (o de mala digestión) copia textual la formulación que de esa idea hizo Lowell hace más de cuarenta años. A la luz de lo discutido más arriba, eso es un plagio. Claro, no hay una intención de lucro como cuando se clona una obra para un premio o un concurso. Pero sí existe la ganancia de la apariencia que da -permítaseme la cursilería- poner en el ojal una flor que no se tiene.

Como en otros ámbitos de la vida -cuál puede eximirse- la deshonestidad en la actividad literaria existe. Probablemente una acusación de plagio ventilada en la prensa sea apenas una punta de lanza: siempre late sorda la sospecha detrás de las bambalinas de los premios y los concursos. Vaya a saber uno. 

M. A. Coloma 

01/06/2006 08:44 pro-scrito Permalink. Artículos

Leer juntos

La lectura es un acto uterino, que no se ubica en la visión, ni en la mano, ni en los impulsos nerviosos; tampoco en el cerebro, ni en el corazón. ¿Dónde entonces se encuentra y se centra?

Leer es una actividad de la entraña humana, del manantial de donde venimos, allí donde la vida nace. Se vincula, entonces, al regazo, a las faldas maternas, a los dolores y retorcijones de parto y a la casa, a la morada del ser. Se une con todo aquello ligado al dormir y al despertar, al permanecer o cambiar, al pasar de un reino a otro reino.

Como todo aquello que nace entonces la lectura está asociada a capricho, arbitrio y libertad, pero no externa sino íntima. De allí que un preso puede ser más libre, incluso, que cualquier persona que camina por la calle, siempre y cuando sea consumado lector.

De allí que leer tenga también su natural ubicación en la familia, en la habitación bajo una ventana, donde estamos aparentemente recluidos pero en viaje astral, tocándonos maravillados para saber si es cierto que estamos vivos, con los ojos llorosos por el milagro de sabernos presentes, bendiciendo el hecho de sobrevolar por todos los tejados del mundo.

De allí que un hogar sin libros y sin lectura es una casa vacía, sin sentido y sin alma. Será como un cuerpo inerte, sin corazón, mente ni espíritu; en suma yerto aunque se mueva, sin aliento aunque respire.; será un lugar hueco y precario así haya lujo y ostentación exterior en sus aposentos, porque carecerá del arrobamiento del enigma que nos brinda la lectura. Una casa donde no se lee es desolada; porque en ella no aletean las luminosidades bienhechoras de los seres alados. Porque no es matriz y en ella nada ha nacido de a verdad.

Una casa donde no se habla de libros, donde no hay varios rincones de lectura, donde no se recrean pasajes hermosos de la literatura ni se rememora y extasía con la evocación el arte de todos los tiempos, ¿de qué sirve? No tendrá esa casa presencias defensoras de la vida verdadera. Y, siendo así, no estará ungida.

En una casa hay que leer juntos, toda la familia reunida. Leer juntos es oír nuestras voces asociadas al afecto, a la confidencia y al arcano de nuestro ser, que es bueno que esté cerca para no arrepentirnos al momento del morir de no saber siquiera dónde y cómo aparecen y se posan los ángeles en los aleros, coronando nuestras sienes; porque cada evocación que surge de un libro es un ángel.

Leer es convocar a los manes, a los espíritus protectores. Leer todos juntos es una actitud que nos consagra cara a la eternidad, como si lleváramos hasta las desoladas orillas de la finitud un escudo cifrado, que es una muestra de comunión suprema, porque es acoplar las mentes en un crisol de esperanza e ilusión.

Leer juntos en casa es hacernos confidentes; lo cual es, quizá, la mejor entrega que podríamos hacer, estando en esta vida y en este mundo, porque es leer nuestra intimidad y compartir algo del misterio que nos habita.

Leer juntos ha de ser una consigna, porque se ha vinculado mucho leer a soledad, extrañamiento y misantropía. Por eso, frente a la lectura solitaria, silenciosa y apartada, reivindicar la lectura colectiva y de comunión con los demás, es decir el leer juntos los seres que nos amamos y también los que aparentemente no nos amamos para que esa luz alumbre, se avive y fulgure; porque leer es amar y para siempre.

Danilo Sánchez Lihón

01/05/2006 09:14 pro-scrito Permalink. Artículos

Locura y creatividad

Los límites que circundan la conducta de un enfermo mental pueden verse con claridad. Pero a veces esa línea comienza a hacerse difusa y en nuestros intentos por determinar dónde empieza y dónde termina la "normalidad" se diluye. Y esta situación se ha dado varias veces, cuando nos plantamos frente a una creación artística. Hasta qué punto un creador puede pisar los umbrales de la demencia o, por el contrario, si pasa el límite, deja de ser un artista para convertirse en un loco delirante?

El hombre es comunicación. Permanentemente se siente llevado a decir cosas. Por un lado este movimiento imperioso surge de una necesidad interior, por otro de un contexto histórico que lo impulsa. Esta facultad "en potencia", sin embargo, se canalizará por diferentes vías. No todos eligen el camino del arte. Un camino abierto para aquellas personalidades dotadas de un toque especial para juguetear con la realidad, con la magia.

El artista vive inmerso en un mundo complejo que lo atrae y apasiona. Quiere mostrar lo que ve, lo que él ve. En su interior se forman presiones que lo impulsan (por ejemplo) a escribir. Y en ese choque de realidad exterior y carga subjetiva se mueve el escritor. Entonces con el manejo de la imaginación, sueños, ideas, la realidad se fragmenta se recompone, aleja o acerca. La obra le permite descargar esa presión que, como un sentimiento de angustia, lo oprimía. ¿Qué ha logrado el escritor? En cierta medida evadirse, irse en sus letras de algo que lastima. Sin embargo algo puede notarse: él es el que domina. Fragmenta sus personajes, es consciente o no (aunque lo maneja) de que desciende hasta los abismos más profundos. ¿Pero si se ve lanzado a límites tan extremos no será extrañamente minado su equilibrio mental?

El escritor que termina una obra siente placer y busca el reconocimiento de los demás o de sí mismo. El fin existe. En el psicótico la acción de escribir es un acto más, no puede identificarse con su obra ni es conciente de su creación. Su actitud puede compararse a la de un chico que se mira en el espejo y no se identifica con la imagen, no hay manejo de la realidad. No puede volver atrás para recomponer, no tiene una visión global; falta unidad, soporte, todo se presenta fragmentado y, hecho muy notorio, estático. Escritos en los que falta el motor que insufla vida. En un cuadro, falta de dinamismo miradas vacías.

Se habló de la evasión del artista: el arte era el camino para soportar el dolor. Pero a veces un sufrimiento demasiado agobiante puede terminar por despedazar. Y es, precisamente, aquella "raza dentro de una raza" la que está más cerca de romper el equilibrio. Los artistas, poseedores de ese toque especial, que ven lo que late un poco más abajo de la realidad. Tienen una capacidad: volver. Dejarse llevar por el delirio, caer en pozos de alucinación, pero siempre regresar.

Está comprobado que un escritor puede tener en los momentos de inspiración, lapsos de desvaríos mentales. ¿Acaso los surrealistas no ponían en juego toda una suerte de mecanismos destinados tan sólo, a permitir que aflorara el inconsciente con toda su carga de sueños, sin ni siquiera un elemento coherente u organizado? Quizás muchos se sientan tentados a esbozar una sonrisa entre irónica y malévola, al leer las palabras de Isidoro Ducease, el conde de Lautremont, luz elevada del surrealismo: ". . . bello como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas". Pero él era un artista y como tal, podía "volver".

Es innegable que arte y locura. Presentan un nexo común: la búsqueda de evasión. Pero si en el artista se encauza, en el loco se dispersa. La falta de visión globalizadora y unitaria del psic6tico lo hacen perderse en fragmentos que nunca antes pudieron existir unidos. Introducir el concepto de unidad obliga a hacer un apartado. El ejemplo de un cuadro puede servir: Guernica, de Picasso. Aquí la realidad aparece desmembrada. Pero esos trozos dispersos tuvieron que ser un todo antes de presentarse así. La imagen astillada de brazos, piernas, cabezas da mayor fuerza vital, produce una sensación de destrucción e impacta nuestra sensibilidad. El artista fue capaz de vencer la presión de su inconsciente, descendió, partió la realidad, encontró en esa visión el vehículo exacto para expresarse. Se ha salvado a través de su obra.

La gama que va de lo normal a lo anormal presenta grados, distintas estaciones que pueden merodear la locura. El error existe cuando, al no entender determinadas actitudes o creaciones, reñidas por nuestra supuesta normalidad, tendemos a considerar como "locos" a aquellos que las realizan. Sólo cuando se agota la posibilidad de "retorno", cuando no es posible salir del abismo al que puede recurrirse en busca de inspiración, sólo entonces nos enfrentamos a ese "loco" que no pudo tolerar tanta presión. Lo supera la carga y el peso termina con el artista.

Adriana Lauro

02/04/2006 10:46 pro-scrito Permalink. Artículos

Notas sobre la derivación en castellano

Escuché en una plática: ¡Pobres costarricenses...! En otra ocasión, alguien habló de la logicidad de un suceso. Otro más habló de la historicidad de un hecho.

 

Estas derivaciones: costarricense, logicidad e historicidad me hicieron reflexionar sobra algunos principios fundamentales de la derivación de en la lengua castellana.

 

Derivar, en morfología, es formar una nueva palabra añadiendo un sufijo a un lexema. Es muy oportuno indicar que el lexema es el principal elemento con semántica dependiente que entraña el significado esencial de la palabra. Poseer semántica dependiente significa que el lexema, en cuanto tal, tiene significado sólo considerando toda la voz o lexía.

 

El sufijo sólo significa algo considerando la unidad léxica; v.gr.: La voz manita la integran dos elementos morfológicos: el lexema man- que manifiesta el conjunto de propiedades esenciales de la mano y el sufijo: -ita que ostenta la disminución del sustantivo mano.

 

Helos aquí esos principios básicos para derivar con éxito:

 

1- La derivación, en lengua castellana, se verifica en el habla; esto es, al emitir los sonidos y no al escribir.

 

2- En la derivación de una voz, intervienen dos morfemas: el lexema y un gramema facultativo que, en este caso, son los sufijos. Algunas veces, en su derivación, además del lexema y el sufijo, requieren de un infijo eufonizante o precisador semántico.

 

Por definición, morfema es cada uno de los elementos, con semántica dependiente, que intervienen en la formación de una palabra.

 

Lexema es el morfema con significado dependiente, que manifiesta la semántica esencial y que aptifica una palabra para derivar de ella.

 

Sufijo es el morfema, con significado dependiente que precisa la semántica del lexema.

 

Si alguien se apoya en estos principios, podrá lograr la derivación sin tropiezos, siempre y cuando, en su inteligencia, los vea claros.

 

He aquí la ejemplificación:

 

Se tiene la voz: "lógico" en la cual la c de lógico suena como k; por lo tanto, el lexema de lógico suena lógik-. A este lexema, se le añade el sufijo -idad y ya se tiene la palabra logikidad, pues, el sonido logik- más el sonido -idad, da logikidad y no logicidad. Al hacer las correcciones ortográficas necesarias, se escribirá logiquidad.

 

Veamos este mismo proceso en la palabra costarricense para detectar lo equivocado de la derivación: Tenemos el nombre propio Costa Rica en la cual la c tiene sonido fuerte; esto es, sonido de k; para derivar el gentilicio, se unen las dos voces Costa y Rica y así formar el lexema de la palabra compuesta cuyo sonido es costarrik-; a este lexema se añade el sufijo -ense para que, a la postre, dé la voz costarrikense y no costarricense, la cual escribiéndola con la ortografía correcta, queda así: costarriquense y no costarricense, como algunos creen. De la voz "histórico" se deriva historiquidad cuyo lexema suena historik- y al agregar el sufijo: -idad, sonará historikidad y no historicidad. Adaptando la correcta ortografía se escribirá: historiquidad.

 

Con los principios antes mencionados, es fácil derivar de benéfico benefiquidad y no beneficidad, pues, el lexema de benéfico suena benefik- más el sufijo -idad se tiene el sonido: benefikidad. haciendo las adecuaciones ortográficas, se tiene: benefiquidad en la escritura; de católico, con el mismo proceso, se deriva catoliquidad y no catolicidad; de específico se tiene el lexema especifik- al cual se añade el sufijo -idad cuya voz suena especifikidad que, en la escritura, haciendo las adecuaciones requeridas, se tiene; especifiquidad y no especificidad, etc., etc.

 

De lo anterior, se colige que siempre que el lexema termine en c con sonido fuerte, éste se conservará en la derivación. Ésta es una regla fundamental de la Lingüística Derivativa.

 

Ya se dijo: Se deriva del HABLA y no de la escritura.

 

He aquí algunos ejemplos correctamente derivados:

 

El diminutivo de puerco es puerquito y no puercito. De vaca se deriva vaquería y no vacería: el lexema suena vak- y los sufijos -ero e -ía que sumados dan vakería. Adecuando la ortografía, da vaquería. Muñeco da muñequico y no muñecito; lumínico da luminiquidad y no luminicidad; esférico, esferiquidad y no esfericidad.

 

Si se siguen estas sencillas reglas en la derivación, se está coadyuvando en el mantenimiento casto y puro de la lengua.

 

Eusebio Padilla Gutiérrez

 

02/03/2006 21:32 pro-scrito Permalink. Artículos

La soledad de los escritores

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En una entrevista realizada al escritor Edmundo Concha, uno de los pocos que "trabajan el estilo", éste hablaba sobre la soledad, específìcamente, su soledad. Decía:" soy solitario, no por voluntad, sino por naturaleza. Yo no lo he decidido. Esos solitarios que deciden por su voluntad, son falsos".

Y agregaba:" la soledad en ciertos intelectuales es una pose".

Su planteamiento puede resultar inclasificable para la mayoría: ¿Cómo una persona se desliga del mundo exterior y lo pasa mejor en el silencio de su casa?, ¿y la tele, los malls, la política, los préstamos financieros, la gimnasia bancaria, los negocios, las radiofusoras, el copucheo, etc.?

Cuesta pensar que existan personas que se aíslan y sólo cultivan su espiritualidad, en este caso leer y escribir (como Alone).

Sin duda son personas hipersensibles, con gran riqueza interior, y eso los hace capaces de no importarle las cosas que al común le interesa, sino abocarse a la lectura y a escribir.

Existen y han existido siempre. Y siempre han chocado con el exterior, vulgo masa, porque a ésta no le cabe el desligamiento de alguna de sus partes, ya que constantemente lucubra que el mundo está inmerso en la mayoría.

Distinto es el caso de los que "posan" de intelectuales, escritores o artistas, vistiéndose ex profeso de maneras informarles, adoptando modos de expresarse que suponen originales y buscando una soledad que es falsa, porque no la sienten ni va con ellos, sino es solamente una forma de parecer antes que ser.

El espectáculo de tanto artista extraño en su formar de vestir y que sólo busca destacarse para llenar el vacío que transportan, es común en todas partes, y, al observarlos, sólo cabe la sonrisa.

Ciertamente los artistas en general necesitan de algún sosiego para realizar su trabajo y esa quietud, obviamente, importa la soledad. Es imprescindible. Sólo las personas inteligentes y cultas entienden esto y lo respetan. Los tontos, los huecos, los mediocres, no pueden y le saben a "rareza", a cuestión de locura.

Por eso los verdaderos artistas se rodean de seres que los comprenden y se amoldan a sus costumbres. De lo contrario, pierden.

Interesante el tema de la soledumbre en los escritores, en especial porque toca un punto exclusivo que conviene tener en cuenta.

En nuestra vida, hemos percibido la diferencia que marca la clausura interior.

No ha sido fácil, porque se tiene que lidiar a diario con las obligaciones, los deberes, "las cosas simples de la vida".

En el fondo, nadie entiende.

Arturo Flores

 

04/02/2006 16:33 pro-scrito Permalink. Artículos

Literatura, amor, erotismo

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Relacionar literatura con erotismo me surge como un tema muy natural, porque desde siempre he visto en la primera los indicios del segundo, incluso desde antes de aprender a descifrar los signos escritos del lenguaje, cuando la relación con el libro era un mero hecho táctil, sensual, curioso, excitante, un roce de los dedos contra las tapas finas de los libros empastados que atraían mis dedos infantiles a la zona más prohibida de la biblioteca de mis padres. Una oportunidad de acariciarlos como forma de preparación a torturas inocentes: unas rayas de colores, unos ideogramas que puedo apreciar después de los años sobre aquellas páginas enigmáticas e indescifrables. Sin embargo operaba un magnetismo, una necesidad de contacto con los libros que era el anuncio de una pasión más salvaje y más racional que iba a devorar buena parte de mi infancia y mi adolescencia: la lectura.

Sin asomo de duda, declaro que la lectura fue mi primer amante, o digo mejor los libros, cientos miles de ellos, en un desfile de diversidad insondable, pleno de perversiones e infidelidades atroces. Saltaba de un amor a otro, sin remordimientos, con una ansia creciente, con un fervor inagotable. Quería poseer a cuanto libro se me cruzaba en el camino, me erigí en macho cabrío de la lectura. Mi madre había de ofrecer excusas a los amigos que osaban venir a buscarme para jugar, porque yo prefería quedarme botado en el lecho, enredado en las sábanas y en las piernas del amor de turno, embebido de lujuria, interrumpiendo las sesiones eróticas para la visita al colegio y para comer y beber, tareas imprescindibles que pronto aprendí a hacer mientras leía, mezclando tales goces en un solo acto mixturado, dionisíaco.

El inevitable camino del crecimiento fue poniéndome ante ciertos textos que me ofrecían misterios suculentos que estaban vedados para mis coetáneos, quienes apenas podían enarbolar groserías cuyo significado les era de verdad incomprensible. La coprolalia hacía de lo sublime un acto grosero, casi despreciable, simplificado, aberrante. El significado de lo sexual se transmite en susurros en los recreos, pleno de distorsiones, como una práctica más del rito machista de los colegios de varones, como un código de honor de caballeros brutales que poseen doncellas con arietes indomables para adormecer las avideces femeninas insaciables.

Mas en los libros yo encontré información confidencial que contradecía de manera profunda ese universo simplificado y pedestre del cual tenía que formar parte por conveniencia social. No me excluía de los juicios duros, no me restaba al lenguaje soez, por el contrario, aunque con cierta vergüenza me adherí al ejército escatológico, a la adoración de divinidades obscenas, a los propugnadores del coito bestial. En silencio, dudaba de estas prácticas, en soledad la lectura me redimía de tales pecados. La literatura me ofrecía la redención y me hacía saber de un mundo más complejo, más excitante, donde la piel podía arder al compás de la imaginación en el campo de batalla de Eros y Thanatos.

Por fin llegó a mis manos temblorosas una buena edición - quiero decir una edición no pacata - de Las Mil y una Noches, frente a cuyos encantos caí embelesado, embrujado por la fábula de un mundo donde convivían magos, princesas de formas opulentas, ogros brutales, aves gigantescas y demonios carniceros, héroes indomables y hermosos. Soñé dormido y despierto - perturbado por esta lectura prohibida - con Scherazade narrando la trama interminable a Schahriar, domeñando su sed de sangre, derrotando su convicción sangrienta de desposar cada noche una mujer que no veía la luz del amanecer siguiente, para vengar la afrenta de una infidelidad pasada, pero vigente por el dolor engendrado. Me prosterné tempranamente ante ese libro maravilloso donde la sensualidad emergía a cada paso, en una mezcla extraña de realidad y fantasía, magia y materialidad, lucha por la supervivencia y goce carnal. Me sedujo a morir esa historia con otras historias que a su vez contienen otras, es como la metáfora de la posesión inteligente.

La lucha de Schahriar contra su curiosidad insaciable se opone a la venganza implacable y eterna, y abre espacio a Scherazade a la vida a lo largo de las mil y una noches, como metáfora del amor donde la inteligencia tiene un rol que desmiente el simple culto al sexo físicoculturista. El erotismo es por esencia inteligencia aplicada al cuerpo, y no simple carnalidad desatada; el erotismo sobre todo reside en la imaginación, en la búsqueda de lo nuevo, en la sorpresa más que en el rito. Eso me enseñó ese libro, antes de tiempo en opinión de mis padres que lo requisaron sin explicaciones, obligándome a desarrollar mi primera rebelión y a adoptar mi primer clandestinaje. Mis primeros sueños sexuales fueron con Scherazade, a quien imaginaba como una morena de ojos almendrados, senos despampanantes de aguzados pezones, labios eternamente húmedos, piernas largas y bien formadas, piel suave y tibia, y vulva ansiosa de recibirme a mí y a mis propias historias. Y en mi propia imaginación, potenciada por aquellas lecturas prohibidas, eyaculé mil y una veces adornando mis sábanas de manchas sospechosas y vergonzantes.

Con el tiempo llegaron las otras lecturas obligadas: el Decamerón, los Cuentos de Canterbury, las novelas de Henry Miller, las historias de Bukowski el boca sucia, la fantasía inquietante de Norman Mailer, el frenesí intelectual de la poesía de Gonzalo Rojas, la sensualidad telúrica de Neruda, la lujuria mágica de García Márquez, el desborde de Jorge Amado… Todas ellas lecturas deliciosas, plenas de placer, donde el lenguaje juega un rol descollante como gatillador de la emoción amorosa, detonándola y desatando los engranajes de la imaginación, porque más que descripción pormenorizada lo que puede ser realmente incitante es la sugerencia.

Mi propia experiencia literaria con el erotismo y con el amor se materializan en diversas formas, desde algunos cuentos con momentos intensos donde más que arrastrar al lector por un sendero explícito prefiero optar por empujarlo a un vórtice de seducción imaginaria, hasta la novela que llamé precisamente Todo el amor en sus ojos, reuniendo bajo ese título un significante de amor por los demás, de entrega, al tiempo que de sensualidad un poco a ritmo de locura, que es como de verdad siento que debe ser la vida. Difícil me resulta distinguir entre las distintas formas del amor: la ternura, la solidaridad, el compañerismo, el encuentro de los cuerpos que se desean, todos forman parte de la diversidad que integra al ser humano en su dimensión maravillosa.

El lenguaje literario nos pone en contacto con otras épocas para descubrir que los problemas del ser humano son eternos y permanentes. El amor siempre seguirá siendo un protagonista permanente de la escritura, imperecedero como Penélope que hace y deshace su tejido sin perder la esperanza de reencontrarse con el esperado Ulises, sin desfallecer ante la insistencia ni ante la desesperanza. El amor que es también el erotismo, pero que no se reduce a éste, que asume mil formas que se encarnan en la literatura.

Una obra literaria asume corporeidad cuando un lector abre un libro y se pone en contacto con la sensibilidad del autor y recrea las imágenes y los significantes, los filtra a través de sus propias sensaciones y experiencias, interpreta, imagina y completa a partir de la sugerencia, conducido por las palabras de ese guía invisible y omnipresente que es el escritor. El texto es revivido y convocado cada vez que un lector abre el libro, en el intertanto no existe, es apenas un objeto cuya existencia material no determina nada. La lectura otorga nueva vida, por un instante se produce una suerte de encarnación a través del vínculo autor-lector, un espacio donde ambos crean e imaginan unidos por enlaces tan tenues como firmes, tan sutiles como vigorosos, y generan algo nuevo, único, irrepetible, que además puede establecer hondas raíces en una persona. Así es como uno va recogiendo frases, sensaciones, imágenes de esas historias y esos personajes de ficción que adquieren una realidad incluso más real que aquella en que vivimos.

En la lectura y en la escritura está implícito el amor en el sentido de ser otros, de vivir otras vidas con profundidad, no con la mera mirada superficial. Está implícito el respeto ante los demás, el hecho de maravillarse ante cada existencia particular como resultado de una experiencia original, construida a partir de miles, millones de hechos, sensaciones, momentos. Al leer y al escribir uno invade otros campos, otras personas, tenemos por un instante la capacidad de mirar a otros, incluso hasta la posibilidad de aproximarse tanto que se llegue a sentir ser ellos, es el voyeurismo más pleno en acción, una suma de todas las formas de amor juntas: erotismo, solidaridad, amistad, compañerismo, ternura, caricia, fraternidad, devoción, sensualidad.

Chejov, maravilloso autor de atmósferas subyugantes, expresó que "la literatura era su amante". Me adhiero a ese concepto, fue mi primera amante y adivino también que será la última. Sin olvidarse que el tramo entre la primera y la última ha de ser alimentado de otras pasiones. Schahriar nos escucha, Scherazade nos narra. Somos el uno o el otro, unidos en el eterno círculo que nos separa de la muerte postergada con cada historia, somos el sueño de alguien que nos relata o somos los constructores del sueño. Termino con el cuento de veinticuatro siglos de Chuang Tzu, que viene a ser la mejor representación de lo dicho: Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

Diego Muñoz Valenzuela

05/01/2006 18:10 pro-scrito Permalink. Artículos

El diablo es musulmán

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Ya el Dante sabía que Mahoma era terrorista. Por algo lo ubicó en uno de los círculos del infierno, condenado a pena de taladro perpetuo. "Lo vi rajado", celebró el poeta en La divina comedia, "desde la barba hasta la parte inferior del vientre…"

 

Más de un Papa había comprobado que las hordas musulmanas, que atormentaban a la Cristiandad, no estaban formadas por seres de carne y hueso, sino que eran un gran ejército de demonios que más crecía cuanto más sufría los golpes de las lanzas, las espadas y los arcabuces.

 

En tiempos actuales, los misiles fabrican muchos más enemigos que los enemigos que destripan. Pero, ¿qué sería de Dios, al fin y al cabo, sin enemigos? El miedo manda, las guerras comen miedo. La experiencia prueba que la amenaza del infierno es siempre más eficaz que la promesa del Cielo. Bienvenidos sean los enemigos. En la Edad Media, cada vez que tambaleaba el trono, por bancarrota o furia popular, los reyes cristianos denunciaban el peligro musulmán, desataban el pánico, lanzaban una nueva Cruzada y santo remedio. Ahora, hace un ratito nomás, George W. Bush ha sido reelecto presidente del planeta gracias a la oportuna aparición de Bin Laden, el Satán mayor del reino, que en vísperas de la elección anunció, desde la tele, que iba a comerse a todos los niños crudos.

 

Allá por el año 1564, el demonólogo Johann Wier había contado los diablos que estaban trabajando en la tierra, a tiempo completo, por la perdición de las almas cristianas. Había siete millones cuatrocientos nueve mil ciento veintisiete, que actuaban divididos en setenta y nueve legiones.

 

Muchas aguas hirvientes han pasado, desde aquel censo, bajo los puentes del infierno. ¿Cuántos suman, hoy día, los enviados del reino de las tinieblas? Las artes de teatro dificultan el conteo. Estos engañeros siguen usando turbantes, para ocultar sus cuernos, y largas túnicas tapan sus colas de dragón, sus alas de murciélago y la bomba que llevan bajo el brazo.

 

El Diablo es judío

 

Hitler no inventó nada. Desde hace dos mil años, los judíos son los imperdonables asesinos de Jesús y los culpables de todas las culpas.

 

¿Cómo? ¿Que Jesús era judío? ¿Y judíos eran también los doce apóstoles y los cuatro evangelistas? ¿Cómo dice? No puede ser. Las verdades reveladas están más allá de la duda y no exigen más evidencia que su propia existencia. Las cosas son como se dice que son, y se dice porque se sabe: en las sinagogas el Diablo dicta clase, y los judíos están desde siempre dedicados a profanar hostias y a envenenar aguas benditas. Por ellos han ocurrido las bancarrotas económicas, las crisis financieras y las derrotas militares; son ellos quienes han traído la fiebre amarilla y la peste negra y todas las pestes.

 

Inglaterra los expulsó, sin dejar ni uno, en el año 1290, pero eso no impidió que Chaucer, Marlowe y Shakespeare, que nunca habían visto un judío, fueran obedientes a la caricatura tradicional y reprodujeran personajes judíos según el molde satanísimo del parásito chupasangre y el avaro usurero.

 

Acusados de servir al Maligno, estos malditos anduvieron los siglos de expulsión en expulsión y de matanza en matanza. Después de Inglaterra, fueron sucesivamente echados de Francia, Austria, España, Portugal y numerosas ciudades suizas, alemanas e italianas. Los reyes católicos, Isabel y Fernando, expulsaron a los judíos, y también a los musulmanes, porque ensuciaban la sangre. Los judíos habían vivido en España durante trece siglos. Se llevaron las llaves de sus casas. Hay quienes las tienen todavía. Nunca más volvieron.

 

La colosal carnicería organizada por Hitler culminó una larga historia de persecución y humillación. La caza de judíos ha sido siempre un deporte europeo. Ahora los palestinos, que jamás lo practicaron, pagan la cuenta.

 

El Diablo es mujer

 

El libro Malleus Maleficarum, también llamado El martillo de las brujas, recomendaba el más despiadado exorcismo contra el demonio que lleva tetas y pelo largo. Dos inquisidores alemanes, Heinrich Kramer y Jakob Sprenger, lo escribieron, por encargo del Papa Inocencio VIII, para hacer frente a las conspiraciones demoníacas contra la Cristiandad. Se publicó por primera vez en 1486, y hasta fines del siglo dieciocho fue el fundamento jurídico y teológico de los tribunales de la Inquisición en varios países.

Los autores sostenían que las brujas, harén de Satán, representaban a las mujeres en estado natural: "Toda brujería proviene de la lujuria carnal, que en las mujeres es insaciable." Y demostraban que "esos seres de aspecto bello, contacto fétido y mortal compañía" encantaban a los hombres y los atraían, silbidos de serpiente, colas de escorpión, para aniquilarlos. Y advertían a los incautos, citando a la Biblia: "La mujer es más amarga que la muerte. Es una trampa. Su corazón, una red, y cadenas sus brazos."

Este tratado de Criminología, que envió a miles de mujeres a las piras de la Inquisición, aconsejaba someter a tormento a todas las sospechosas de brujería. Si confesaban, merecían el fuego. Si no confesaban, también, porque sólo una bruja, fortalecida por su amante el Diablo en los aquelarres, podía resistir semejante suplicio sin soltar la lengua.

 

El Papa Honorio III había sentenciado que el sacerdocio era cosa de machos:

 

- Las mujeres no deben hablar. Sus labios llevan el estigma de Eva, que perdió a los hombres. Ocho siglos después, la Iglesia católica sigue negando el púlpito a las hijas de Eva.

 

El mismo pánico hace que los fundamentalistas musulmanes les mutilen el sexo y les tapen la cara. Y el alivio por el peligro conjurado mueve a los judíos muy ortodoxos a empezar el día susurrando:

 

- Gracias, Señor, por no haberme hecho mujer.

 

El Diablo es homosexual

Desde 1446, los homosexuales marchaban a la hoguera en Portugal. Desde 1497, los quemaban vivos en España. El fuego era el destino que merecían estos hijos del infierno, que del fuego venían. En América, en cambio, los conquistadores preferían arrojarlos a los perros. Vasco Núñez de Balboa, que a muchos emperró, creía que la homosexualidad era contagiosa. Cinco siglos después, escuché decir lo mismo al arzobispo de Montevideo.

Cuando los conquistadores asomaron en el horizonte, sólo los aztecas y los incas, en sus imperios teocráticos, castigaban la homosexualidad -y con pena de muerte. Los demás americanos la toleraban, y en algunos lugares la celebraban, sin prohibición ni castigo.

Esta provocación insoportable debía desatar la cólera divina. Desde el punto de vista de los invasores, la viruela, el sarampión y la gripe, pestes desconocidas que mataban indios como moscas, no venían de Europa sino del Cielo. Así Dios castigaba el libertinaje de los indios, que practicaban la anormalidad con toda naturalidad. Ni en Europa, ni en América, ni en ningún lugar del mundo se ha llevado la cuenta de los muchos homosexuales condenados al suplicio o a la muerte por el delito de ser. Nada sabemos de los tiempos lejanos, y poco o nada sabemos del ahora nomás.

 

En la Alemania nazi, estos "degenerados culpables de aberrante delito contra la naturaleza" estaban obligados a portar un triángulo rosado. ¿Cuántos fueron a parar a los campos de concentración? ¿Cuántos murieron allí? ¿Diez mil, cincuenta mil? Nunca se supo. Nadie los contó, casi nadie los mencionó. Tampoco se supo nunca cuántos fueron los gitanos exterminados.

 

El 18 de septiembre del año 2001, el gobierno alemán y los bancos suizos resolvieron "rectificar la exclusión de los homosexuales entre las víctimas del Holocausto". Más de medio siglo demoraron en corregir la omisión. A partir de esa fecha, pudieron reclamar indemnización los homosexuales que habían sobrevivido en Auschwitz y otros campos, si es que alguno quedaba todavía vivo.

 

Eduardo Galeano

 

02/11/2005 16:44 Permalink. Artículos

La imagen poética: algunas consideraciones

bot 55.gifEl lenguaje es el gran motor de esa extraña máquina que envejece con el tiempo, máquina que, como en Valéry, fabrica poesía, y añade inquietud y misterio a la imagen poética; donde hombre y naturaleza constituyen un todo común, un cuerpo completo que ratifica los enunciados de la imaginería hiperbólica del poeta y nos sitúa en la frontera dialéctica donde el “saber amanece”. Un esfuerzo por desvelar ese orden que el poeta intuye y le envuelve en sus ensueños, que le atrapa en sus versos y le conmociona haciéndose reconocible mediante el propio lenguaje, que desbarata sus sentidos más íntimos y le sumerge en la extraña fascinación de un mundo de incertezas lingüísticas que denota un sentir casi olvidado; un impulso revelador e insospechado donde el ritmo y los acentos de la voz del poeta rememoran las latencias de un pasado que se presencia en la fugacidad de sus imágenes.

El poeta prescinde del modelo de razonamiento de la ciencia por estar éste sometido a una infinitud de hipótesis materialistas que no pueden dar cuenta de sus intuiciones; que no pueden llegar a racionalizar sus emociones con unas pautas que sólo atienden a las relaciones visionadas en los fragmentos de una realidad que ha sido armonizada por los distintos usos a los que se ha adherido, La sistemática reducción lingüística de todo cuanto le acontece y rodea ha precisado de una metodología discursiva que está implícita en todos los procesos de decodificación del mundo; donde el hombre no puede desvelar un territorio de incertezas lingüísticas que le habían hechizado. El discurso informador y comunicativo que se desprende de las estrategias utilitaristas del hombre queda adormecido en la superficie desbordante de los acontecimientos, en aquellos límites cerrados y excluyentes que la ciencia del hombre ha considerado aceptables para la comprensión del mundo. El discurso poético quiere acercarnos a un ciclo vital que ha estado siempre latente, a una obra destinada a ser entendida en su total dimensión que el poeta reafirma y distingue en un impulso primigenio que desordena sus experiencias más íntimas, que se expande alrededor de una estructura lingüística que existe independientemente como una entidad que no siempre reconoce la disfunción de las estructuras más emblemáticas de su psiquismo.

La comprensión de la poesía necesita de un conocimiento que libere al hombre de sus experiencias cotidianas y de sus asociaciones instrumentalistas, que requiera de toda su atención para que sea posible la figuración de las imágenes que ella genera y que su mirada propicia. La poesía no pretende alterar el orden que el lenguaje ha impuesto sobre el mundo, ni tan siquiera ha de ser considerada como un imperativo al que hay que atender. No obstante, es ajena a ese orden que ha encerrado al lenguaje en un complicado sistema de equivalencias que nos encadena y que fuerza a entender la realidad con unos esquemas contemplativos previamente concebidos.

La poesía, en todo caso, encamina, contornea un territorio extraordinariamente diverso que atrapa el sentir del poeta haciendo de él un ser aparentemente enajenado, que irrumpe en su vida atendiendo la violenta indefinición de unas presencias que le atrapan por entero y lo sumergen en un mundo de fascinación insospechado. La poesía también necesita de la conversación, de un discurso vivencial y dinámico que recoja el difuso saber que el lenguaje cotidiano conlleva, que nos inmerse con sus nostalgias e incertezas en unos territorios aún velados que el poeta nos quiere mostrar y que nos descubre en cada verso con sus constantes analogías. La poesía desborda el significado de los valores adheridos a las palabras utilizadas en el uso cotidiano del lenguaje. Porque estos usos no pueden dar cuenta de un lenguaje que sumerge al poeta en unos territorios todavía no descritos por las estrategias contemplativas de la percepción. La poesía necesita llegar a decir lo intuido, a precisar en un lenguaje singular lo que el lenguaje cotidiano no precisa; quiere concebir un nuevo orden de significación que sobrepase el sentido material del texto para lograr su realización efectiva.

La imagen poética nos da acceso a una realidad escindida de lo “irreal”, a un territorio hasta ahora velado a los sentidos del hombre que permanecen ocultos por el constante desafío a los que están sometidos; que trasciende los límites desmedidos de la realidad rebasando normas y convenciones lingüísticas en un esfuerzo por desvelar un lugar originario donde los “ecos del pasado” y las “primitivas palabras” encuentran un nuevo sentir que vaga en la infinitud del nuevo mundo. El poeta redescubre el mundo con la palabra y ya no puede observarlo con las mismas particularidades que el lenguaje cotidiano le ofrecía. Pero es en esa relación de dependencia con el lenguaje donde el poeta, en el acontecer de sus imágenes, imprime nuevas inquietudes y diversos referentes que le sitúan en el origen mismo del lenguaje; en un orden de libertad lingüística que le capta por entero y pone al lenguaje en un estado de emergencia que desborda todos sus sentidos. El poeta, en el acontecer de sus imágenes, imprime nuevas inquietudes y diversos referentes que le sitúan en el origen mismo del lenguaje; en un orden de libertad lingüística que le capta por entero y pone al lenguaje en un estado de emergencia que desborda todos sus sentidos. En la simplicidad con la que se muestra la imagen poética resuenan voces que quieren mostrar un universo de absoluta indefinición que el poeta intuye, que no sabe cómo emergen en su pensamiento pero que en su devenir desvelan un mundo de primigenia trascendencia que le atrapa en la errática involución de sus sentidos; un fugaz y desfigurado universo donde las imágenes del mundo lingüístico son violentadas por un sentir innovador que muestra un dinamismo propio, un dinamismo embriagador y penetrante que nos conduce a la ingenuidad originaria del hombre que reposa letargada en los recónditos parajes de su espacio onírico.

La imagen poética es acto y no objeto y, por ello, siempre novedad, siempre renovación y tensión en el poeta que se manifiesta con una desbordante actividad lingüística que le arrastra a los confines de sus sentidos. La novedad de la imagen poética es la actualidad misma del lenguaje; su irreductible fascinación y misterio hacen que la palabra reencuentre aquellos sonidos que anteriormente habían hablado al hombre, aquella entonación ancestral con la que transmitían enigmas y fenómenos que ahora reposan letargados en los laberintos indescifrables de su memoria colectiva. La imagen poética dota al hombre de nuevos modos de indagación para el desvelamiento de esos otros territorios que aguardan impacientes en un proceder radicalmente intuitivo y esencialmente alejado de los modos de aceptación de la realidad. Pero ese nuevo orden en el que nos sumerge la imagen poética es un territorio que todavía no ha sido calificado por las estrategias que sobre el mundo impone el lenguaje. Así el poema es una región intermedia donde todo está permitido, donde se mezcla ensoñación y realidad para iniciar un viaje hacia la profundidad inestable de los sentidos; donde la perseverancia de los recuerdos se encuentra atrapada en el interior de uno mismo, en la tortuosa sinrazón de un mundo que muestra su indiferencia a la diversidad enigmática de las imágenes que nos ofrecen los poetas. La imagen del poeta transgrede la realidad expresada por el lenguaje de la vigilia y nos sumerge en un mundo lleno de referencias y caracterizaciones diferenciadas de las empleadas en nuestros usos convencionales. La imagen poética tiene que ser contemplada en la fulguración de su acontecer, en el instante mismo de su generación, “en el minuto de la imagen”, en ese instante de espontánea simplicidad y armonía que posibilita la apertura de los sentidos a un mundo de permanencia insospechado. En la imagen poética el tiempo rompe su linealidad y posibilita la visión de un universo rebosante de nuevas caracterizaciones, un universo de extrema ingenuidad donde la palabra poética registra el acontecer de un mundo que nos capta por entero y desoye los enunciados oportunistas del lenguaje cotidiano. La imagen poética no es un producto de convención, ni tan siquiera trae a nuestro pensamiento los mismos objetos de representación que las palabras utilizadas designan; su vivacidad nos sumerge en un territorio donde los objetos y los fenómenos del mundo se manifiestan en un estado de libertad originaria que nos atrapa por entero.

El poeta percibe en la imagen poética la fundamentación de su existencia: la realidad supuestamente conocida deja de ser la medida de un mundo de trascendencia que ahora descubre, que ahora acontece ante su mirada de un modo simple y espontáneo que revive gracias a la imprecisión del lenguaje. La imagen poética no es un simple correlato de la realidad; en su vivacidad, en las distintas apreciaciones existenciarias en la que nos sumerge, la apariencia del mundo deja de ser el objeto acerca del cual el hombre puede justificar su existencia.

Jordi Royo
02/10/2005 10:42 Permalink. Artículos

La otra sentimentalidad

bot 51.gifEl viejo oficio de la literatura se ha basado siempre en la fascinación. Muchos son sus recursos. La poesía quizá, su mejor truco; ese que nunca falla. Algo así como la última copa en una de esas noches en las que uno no acaba de irse. Poeta y lector se reconfortan llorando la resaca de sus propias lágrimas, sin atreverse a poner en duda los poemas, evidentes y fieles, como hermosos actos de complicidad. Y eso siempre da resultado (o al menos así nos lo enseñaron), porque cuando alguien hace referencia a la poesía, alguien se pone a hablar de sí mismo.

¿Y tú me lo preguntas? Poesía soy yo. Es la verdadera respuesta que ha permanecido latente en la historia de nuestra literatura; lo demás nos lo han repetido con demasiada frecuencia: la poesía es confesión directa de los agobiados sentimientos, expresión literal de las esencias más ocultas del sujeto. Por ello todas las afirmaciones se hacen rápidamente generales y se citan con la seguridad del que se sabe en un género donde nos es posible la mentira. Es ésta una verdad familiar, aprendida en las mesas camilla, que se nos presenta franca y aleccionadora como el sentido común. Será por eso por lo que debemos empezar a sospechar: todos los estafadores traen consigo la dulce sonrisa de la caridad.
Dentro de la literatura española fue Garcilaso el primero que hizo de su intimidad una aventura definitiva. Frente a la servidumbre feudal de la Edad Media, la burguesía incipiente ofreció una subjetividad desacralizada, capaz de autodefinirse, dependientemente sólo de sus propios sentimientos. Más allá de la interpretación teológica, más allá del vasallaje aparecía una moral distinta, con sus propias necesidades. Y la poesía jugó un papel decisivo en la delimitación de esa nueva humanidad laica: de ahí su primer carácter revolucionario y la definición que posteriormente ha mantenido en cuanto género.

Pero las cosas cambian, ya se sabe, al ritmo de la historia. En una sociedad fuertemente industrializada no existe un lugar cómodo para los asuntos gratuitos, es decir, para las prácticas que no tienen una utilidad inmediata. Dentro de las ciudades modernas los poetas se han visto abocados al ruidoso carnaval de la marginación, construyendo con su propia miseria su grandeza. Gentes extrañas, ciudadanos al margen del utilitarismo social del lenguaje, los poetas apostaron por sus peculiaridades, haciendo de la literatura un ideal de vida, y en consecuencia, del vitalismo, una de las características fundamentales de la poesía moderna.
Así, respetando la mitología tradicional del género (lo poético como el lenguaje de la sinceridad), surgieron dos caminos aparentemente muy diferenciados, pero que son en realidad las dos cabezas de un mismo dragón: la intimidad y la experiencia, la estilización de la vida o la cotidianización de la poesía. Unas veces el sagrado pozo del poeta sale a la luz en sílabas contadas; otras, es la vida diaria -esta inquilina embarazosa- la que se hace poema. Y siempre como telón de fondo la vieja sensibilidad, que se ofrece a la literatura o que recibe su visita, abandonada a la azarosa fortuna de la inspiración.

Pero si olvidamos los encantos de la ingenuidad como base de la actitud crítica, si escogemos una postura inquisidora que levante la cabeza por encima de los mitos, del sentido común y de sus falsas evidencias, comprenderemos que el poema es también una puesta en escena, un pequeño teatro para un solo espectador que necesita de sus propias reglas, de sus propios trucos en las representaciones. La fundación mítica del yo sensible, cimiento de la moral burguesa, utiliza la poesía para reproducirse precisamente por su irrealidad.

En un poema siempre hay muchas más cosas que la originalidad de un poeta, aunque éste no sea consciente de ello. Nunca una mentira se ha repetido tanto y con tanta sinceridad.

Sin embargo, cuando se acepta el distanciamiento como método de trabajo el poema deja de ser la respuesta sensible a una motivación empírica (o al menos deja de ser sólo eso). Para darse totalmente a un discurso, para imprimirle un sentido nuevo hay que verlo primero desde lejos. Y esto es importante, casi definitivo, puesto que sólo cuando uno descubre que la poesía es mentira -en el sentido más teatral del término-, puede empezar a escribirla de verdad. Mientras tanto es excesiva la servidumbre que nos impone.

Veamos pues: en principio es preciso aceptar que la literatura es una actividad deformante, y el arte de hacer versos, un hermoso simulacro. Lo dijo Diderot: "Detrás de cada poesía hay un embuste". Más recientemente lo poetizó Gil de Biedma en un texto imprescindible, El juego de hacer versos. No nos preexiste ninguna verdad pura (o impura) que expresar. Es necesaria inventarla, volverla a conformar en la memoria.

Y de ahí su importancia histórica, su nueva importancia. Cuando la poesía olvida el fantasma de los sentimientos propios se convierte en un instrumento objetivo para analizarlos (quiero decir, para empezar a conocerlos). Entonces es posible romper con los afectos, volver sobre los lugares sagrados como si fueran simples escenarios, utilizar sus símbolos hasta convertirlos en metáforas de nuestra historia.

Pero no simplemente eso. Romper la identificación con la sensibilidad que hemos heredado significa también participar en el intento de construir una sentimentalidad distinta, libre de prejuicios, exterior a la disciplina burguesa de la vida. Como decía Machado, es imposible que exista una poesía nueva sin que exprese definitivamente una nueva moral, ya sin provisionalidad ninguna. Y no importa que los poemas sean de tema político, personal o erótico, si la política, la subjetividad o el erotismo se piensan de forma diferente. Porque el futuro no está en los trajes espaciales ni en los milagros mágicos de la ficción científica, sino en la fórmula que acabe con nuestras propias miserias. Este cansado mundo finisecular necesita otra sentimentalidad distinta con la que abordar la vida. Y en este sentido la ternura puede ser también una forma de rebeldía.

Luis García Montero
02/09/2005 09:10 Permalink. Artículos

Literatura prehispánica en el Perú

bot 45.gifClasificamos dentro de "Literatura prehispánica en el Perú" a toda aquella obra literaria creada antes de la llegada de los españoles al Perú (1492). A pesar de que el Imperio Incaico no tuvo escritura sí se cultivó la literatura oral. Todas las obras eran contadas de padres a hijos como una tradición de la misma manera que se aprendía a trabajar la tierra y otros oficios.

En líneas generales podemos decir que los temas principales estuvieron relacionados con los dioses, la agricultura y la vida en sus comunidades o ayllus. Además, los autores de las obras no son, ni fueron conocidos y toda la obra que conocemos fue recopilada por los cronistas de la época colonial.

1.- Literatura épica: una de las características principales de los Incas era que conservaban algunas tradiciones de las culturas antiguas. En sus obras narran recuerdos de algún hecho histórico pero "adornado" con hechos imaginarios, y es ahí donde está el valor literario.

a) Cantares serranos: El mito de Pacaritamu, Leyenda de Manco Cápac y Las hazanas de los Incas.
b) Cantares costeño-serranos: El mito de la creación o de la Illa- Tici- Viracocha y La leyenda de Tumbe.
c) Cantares costeños: El mito de Kon, El mito de Vichama y La leyenda de Naylamp.

2.- Lírica quechua: no es una poesía singular sino de comunidad cuyos temas principales son el culto a la tierra, celebración del éxito militar, el culto a los dioses. En los tiempos más antiguos se solía acompañar de música.

Ejemplo:

"Kayllallapi
puñanki
chaupi tutan
hamurayki"

Al cantito
dormirás
media noche
yo vendré

a) Lírica coral, el "Haylli": eran expresiones alegres que presidían festejos religiosos, militares o campesinos. Se o recitan en coro.

-Tema religioso:

"Yo soy rico en plata,
yo soy rico en oro;
de Viracocha, el creador,
yo soy su adorador".

-Tema militar:

"Beberemos del cráneo del traidor;
de sus huesos haremos flautas;
de sus piel haremos un tambor;
usaremos sus dientes en un collar;
después bailaremos".

b) Lírica íntima, el "Harawi": es la poesía popular. Tiene los siguientes subgéneros:

-Aymoray: canto de las siembras y de las cosechas. Ambiente campesino.

-Huacataqui: composición pastoral. Figuras de animales domésticos.

-Urpis: amor a la familia, tierra y hogar; es nostálgica, lamentosa por el sentimiento de los indígenas que tenían que marcharse de su pueblo para ir a trabajar a otro, pero con esperanza de volver al hogar:

"Con el fuego sagrado
llegará el día de reunirnos
entonces con nuestros amigos
tendremos fiesta y alegría".

-Elegías: se distinguen dos tipos de composiciones, el "ayataqui" que es el canto de la muerte y el "wanka" que es la expresión del dolor ante la muerte. Ejemplo de wanka:

"¿Qué arbol me prestará ahora su sombra?
¿Qué cascada me dará su canción?
¿Cómo he de poder quedarme tan solo?
El mundo será un desierto para mí".

-Aranway: composición sarcástica, irónica, burlesca.

-Wawaki: se recitaban en las festividades de la Luna, se aprecia un refinamiento poético dentro de las expresiones campesinas.

3.- Literatura dramática: algunas obras se representaron en rituales ofrecidos a dioses. Los argumentos variaron según el tipo de obra:

-Tragedias: hazañas militares, sus batallas y victorias; proezas y glorias de soberanos y héroes pasados.

-Comedias: agricultura, labores del campo, cosas del hogar y de la vida de familia.

Una de las obras más famosas se llama "Ollantay".

Paula Budge
31/07/2005 12:28 Permalink. Artículos

El papel tenía un precio

bot 41.gifEs curioso que nos quieran colar que los periódicos en Internet deberían ser de pago cuando a nadie se le ocurriría poner una radio online sintonizable a través de una suscripción anual. El argumento "lo que se cobra offline hay que cobrarlo online" es tan estúpido como su enunciado opuesto. En la Red no hay papel, ni habrá periódicos. Es otro medio, otro canal, otra cosa... con unas reglas de juego que están por inventar. Pero hay quien insiste en cobrar por el papel en Internet, aunque en la Red no haya papel.

A las personas que se muestran escépticas con las posibilidades de éxito de los modelos de negocio basados en el cobra-hoy-lo-que-reagalaste-ayer-y-que-se-encuentra-por-todas-partes se las tacha de 'ilusas', 'utópicas', 'hippies', 'imbéciles' e incluso de 'gurús'. Un argumento habitual a utilizar contra el 'visionario' de Internet que asegura que es complicado vender agua salada en medio del mar es preguntarle si sus hijos no gastan pañales, si no paga alquiler o si, en fin, vive del aire. Lo curioso es que los que se llenan la boca con un "¡no regales tu trabajo, leñes!", jamás se lo espetarían al locutor de radio o al productor de televisión. Nadie imagina a una horda de financieros/inversores/empresarios/consultores acorralando a Gabilondo contra la pared, preguntándole, mientras castigan su iris con una bombilla de 300W, por qué diantres no hace pagar a todos sus radioyentes.

La tele, mayormente, no cobra (y nadie se queja); no se conoce un oyente abonado a un programa de radio; la gente paga al quiosquero a cambio de un puñado de hojas manchadas con tinta. Eso es la ley de la calle... En esto que llega Internet y la gente se despista, pierde el norte y, cuando se quiere dar cuenta, ya nada es lo que era. Las ondas de radio y la señal de TV no cuestan nada (directamente) al consumidor de medios; el papel de los diarios, sí. Si lo que se quiere es trasladar a la Red de una forma un tanto simplista el negocio tradicional, los defensores del cobro por contenidos deberían repensar sus argumentos.

Si el diario pasa factura al lector porque necesita talar árboles y alquilar grandes imprentas para elaborarse, y sigue recibiendo una buena cantidad de dinero de la publicidad, quizá no encuentre justificación para ponerse precio en Internet. Digamos que se trata de dar la vuelta al argumento de 'paga on lo que siempre has pagado off' —si la tele no se paga en el salón, tampoco se paga en Internet; y si el periódico se paga en la calle, hay pagarlo siempre—, por el de... Internet todo lo cambia, quieras o no. Y ahora empezamos a hablar de información, no de medios. No es un periódico/TV/radio accesible a través del ordenador. Se trata de un nuevo canal (medio), situado en el mismo plano —al menos desde el punto de vista del consumidor de información— que los demás.

Los dinosaurios de los medios (o los medios dinosaurios) tratan de implantar un chip al personal en el que han grabado "en la Red te informarás en un periódico" (en el de siempre, si puede ser) y "pagarás por él como siempre has hecho". Pues sí: leerás las noticias en la edición digital de un periódico, pero también en la de una revista, o en un portal, un weblog, un grupo de noticias, una cadena de televisión, un boletín electrónico... o a través de un robot que clasifica automáticamente 4.000 fuentes de información.

Pero siempre hay que volver a lo básico: las empresas son entes que necesitan ganar dinero para subsistir. Pues bien les valdría a esas empresas de medios decirle a sus 'fieles' que necesitan su dinero para salir adelante en vez de utilizar falaces argumentos tales como que el lector de papel no puede cargar a su espalda con el de pantalla.

Si cobran su producto informativo en la Red con éxito es porque el lector lo aprecia, lo quiere tener, no lo encuentra en otro lugar y está dispuesto a pagar por él. Pero quizá no sea una buena forma de empezar cobrar dos veces por el mismo producto: es injusto que el suscriptor que recibe el ejemplar en casa no pague en la web, pero sí el que lector fiel que hace el esfuerzo de acercarse cada mañana al quiosco.

En estos dimes y diretes que irán enfocando el modelo de negocio de los medios online del futuro, tenemos, gracias a Dios, de todo. El País (¡bendito sea!) ha tenido los redaños de lanzarse a una piscina vacía; de echar la caña con un gusano en el anzuelo en un mar en el que no hay sitio para tanto cebo. Bienvenido sea su previsible batacazo, porque será él el que se lo pegue (y no nosotros). O su éxito, que nos hará reconocer humildes que estábamos equivocados, y que la Red es suya (y no nuestra).

Cuatro puntos más razonable, su competidor El Mundo se adelantó a cobrar por sus contenidos, pero sólo por el 'papel': la copia electrónica de los contenidos del diario y el archivo histórico serán de pago, pero no el 85% de la web, que es todo lo que no es papel volcado: Internet.

Y luego quedan los de free for ever, que nacen, crecen, se reproducen y, mayor y lastimeramente, mueren. Entre ellos están los modelos de negocio del trabuco: págueme usted por este banner o verá lo que cuento en mi edición de mañana. Los hay que viven sin vivir en ellos, en los que la fe y el tiempo libre suplen a las nóminas de fin de mes. Y están también, digamos en el extremo opuesto a gente como la de El País, los que quieren ofrecer al pueblo información libre y gratuita, siempre que no sea suya, o sea, que no tengan que desembolsar un duro para producirla. Así cualquiera regala.

Iñaki I. Rojo
02/07/2005 11:18 Permalink. Artículos

Tres principios para hombres

bot 37.gifPro-masculino. Pro-feminista. Pro-homosexual. Estos tres términos se han convertido en principios orientadores para un sector significativo del movimiento de hombres, incluyendo la revista australiana XY y los grupos de Hombres contra el Asalto Sexual en Australia. ¿Qué significa cada uno de ellos y cómo deben ser aplicados en la práctica?

Pero, primordialmente, ¿de dónde vienen estas tres frases? El hecho es que han sido tomadas del extranjero. En 1991, cuando fundé la revista XY, quería definir, de alguna manera, lo que XY significaba. La solución fue simple: Tomé la idea de afirmar una "masculinidad sana, amante de la vida y no opresiva" de la revista estadounidense Changing Men (Hombres en Cambio).

Durante un largo tiempo, éstos han sido los principios orientadores de la Organización Nacional de Hombres contra el Sexismo (MASA, por sus siglas en inglés) en los Estados Unidos. Cuando los grupos MASA nos reunimos a nivel nacional por primera vez, en Melbourne en 1992, adoptamos los tres principios como parte de las metas y los objetivos de MASA.

He creído, desde hace mucho tiempo, que para cambiar el mundo se requiere de buenas estrategias y buenas teorías. Se necesitan estrategias que sean efectivas y empoderizantes, y teoría que sea verosímil, coherente y aplicable. Más aún, las estrategias y las teorías deberían reflejarse entre sí y construirse mutuamente.

Todos los movimientos que persiguen cambios sociales adoptan ideologías y creencias como parte de sus luchas. Creo, con pasión, que estos tres principios deberían guiar el movimiento de hombres. Deberían guiar lo que decimos, las clases de estrategias que perseguimos, y lo que publican los boletines y las revistas tales como XY.

Los tres principios tienen, sin embargo, una aplicación mucho más amplia en el desarrollo de una masculinidad alternativa y de una cultura masculina alternativa. Individualmente, los hombres que tratamos de descubrir qué clase de hombres queremos ser, necesitamos términos de referencia, "ganchos" en los que podamos colgar nuestros deseos y esperanzas. Los tres principios pueden proporcionar precisamente esos términos de referencia, formando un marco de trabajo de las filosofías y visiones personales de los hombres, así como la textura de una nueva cultura.

Dado lo anterior, parece una buena idea el intentar definir cada principio. A continuación describo lo que veo como la médula de cada principio, su base, y luego comento sobre las dificultades implicadas en cada uno. Mi deseo es que esto motivará un mayor desarrollo de nuestras políticas.

-Pro-masculino

Ser pro-masculino significa ser positivo respecto a los hombres; creer que los hombres podemos cambiar; apoyar los esfuerzos de cada hombre por lograr un cambio positivo. Significa construir relaciones íntimas y alianzas de apoyo entre hombres. Es reconocer los muchos actos de compasión y nobleza de los hombres. Es resistirnos a sentir desesperanza respecto a los hombres y a descalificarnos, y es rechazar la idea de que los hombres somos intrínsecamente malos, opresivos o sexistas.

Ser pro-masculino es darnos cuenta de que los hombres individuales no son responsables ni pueden ser culpados por las estructuras y valores sociales tales como la construcción social de la masculinidad o la historia de la opresión de las mujeres. Esto debe ser equilibrado con el reconocimiento de que cada hombres es responsable de su conducta opresiva (como la violencia) y puede escoger cambiarla. Si un hombre es sexista u homofóbico, una respuesta positivamente masculina sería ayudarlo y motivarlo a tratar de cambiar esto, y desafiar la conducta, en lugar de atacarlo.

Ser pro-masculino también tiene que ver con el reconocimiento y la apreciación de los aspectos positivos de la masculinidad. La fortaleza, la determinación y el valor son todos aspectos de la masculinidad tradicional y, sin embargo, son características útiles para la habilidad de los hombres para cambiar la sociedad.

El ser pro-masculino está equilibrado por el pro-feminismo. Ser positivamente masculino no significa, por supuesto, apoyar cualquier cosa que los hombres hacen. Debemos mantener un código de ética o valores, y evaluar a los hombres y las masculinidades de acuerdo a éste. Para dar un simple ejemplo, una masculinidad violenta es inaceptable porque la violencia es éticamente inaceptable.

Finalmente, ser pro-masculino es compatible con criticar los aspectos opresivos o destructivos de los grupos o los movimientos de hombres.

-Pro-feminista

Ser pro-feminista significa, fundamentalmente, comprometernos a desafiar la opresión de las mujeres, el sexismo y la injusticia por razón de género. Es estar conscientes de las experiencias de las mujeres y dejarnos informar por los análisis que las feministas hacen de la sociedad. Para los hombres en particular, ser pro-feministas significa tratar de desarrollar formas de masculinidad no opresivas y relaciones no sexistas con las mujeres.

Si los hombres nos comprometemos a ser pro-feministas, desafiaremos las actitudes y conductas sexistas de los hombres y trataremos de cambiar nuestro propio sexismo. Los activistas pro-feministas también podemos apoyar las campañas de las mujeres o trabajar con feministas, así como consultar a grupos feministas y estar disponibles para éstos.

El término "pro-feminista" es casi equivalente a "anti-sexista", y a menudo utilizo los dos términos indistintamente. Pero me gusta el término pro-feminismo pues sugiere un compromiso explícito y continuo a apoyar el feminismo. Sin esto, los hombres podríamos caer en una comprensión del sexismo que desvirtúa el poder de los hombres sobre las mujeres.

Uno de los verdaderos placeres de estar en estrecho contacto con el feminismo es el poder disfrutar la cultura de las mujeres -- la literatura, las películas e ideas fantásticas, inspiradoras y a menudo desafiantes que han florecido en las últimas tres décadas. Mi propio sentido de la sociedad que anhelo -mi utopía- ha sido inspirado, por ejemplo, por el libro La mujer al borde del tiempo, de Marge Piercy, y mi sentido de pasión ha sido formado, en parte, por las películas feministas y, por supuesto, por las mujeres mismas.

Ser pro-feminista no significa sentirnos culpables o avergonzados de ser hombres. (Pero sentir vergüenza, por ejemplo, de haber lastimado a alguien es una parte saludable del proceso de cambio.)

El pro-feminismo no debería significar que los hombres creamos saberlo todo acerca del feminismo o hacer ciertas cosas que recibirán la aprobación de las feministas. Y no creo que los hombres deberíamos, o de hecho necesitaríamos, llamarnos "feministas". Los términos tales como "pro-feminista" y "antisexista" son claros y pueden ser utilizados con orgullo.

-Pro-homosexual

Ser pro-homosexual significa comprometernos a desafiar la homofobia y el prejuicio y la opresión contra las personas homosexuales. Significa estar conscientes de las experiencias de los homosexuales y las lesbianas, y dejarnos informar por los análisis que ellos y ellas hacen de la sociedad. Para los hombres en particular, ser pro-homosexual significa reconocer el papel de la homofobia en las operaciones de la masculinidad, y formar relaciones íntimas y de apoyo con los hombres, heterosexuales y demás.

Los hombres pro-homosexuales no asumiremos que todas las personas son heterosexuales y aceptaremos y acogeremos a (otros) hombres homosexuales. Trabajaremos en nuestra propia homofobia o heterosexismo y los desafiaremos en otros hombres e instituciones. Ser pro-homosexual significa apoyar la expresión de la sexualidad homosexual y de otras sexualidades no heterosexuales.

Los hombres pro-homosexuales en el movimiento de hombres podemos apoyar la lucha contra la opresión sexual o trabajar con (otros) hombres homosexuales. Y deberíamos estar conscientes de cómo nuestras campañas en asuntos relacionados con los hombres pueden afectar a los hombres homosexuales y a la cultura homosexual en particular. (Por ejemplo, las campañas contra la pornografía podrían conducir a la prohibición de literatura sobre el sexo más seguro o de la pornografía homosexual.) Los hombres heterosexuales pueden formar amistades y alianzas con hombres homosexuales o bisexuales, así como explorar las posibilidades del deseo y el sexo con personas de su mismo sexo.

Al igual que ocurre con los otros dos principios, se debe evitar algunas trampas. Los hombres homosexuales pueden enseñarles mucho a los heterosexuales acerca de la intimidad entre hombres y de las posibilidades para una masculinidad sensual, expresiva e igualitaria. Pero los hombres homosexuales y la cultura homosexual también pueden ser sexistas y aun misóginos (o sea, que odian a las mujeres) y esto no debe ser tolerado.

Los hombres heterosexuales que son pro-homosexuales no debemos aceptar la idea de que la heterosexualidad es, de alguna manera, fundamentalmente poco sólida u opresiva. Podemos criticar algunos aspectos de la cultura y la conducta sexual heterosexuales (tales como coaccionar a las mujeres a tener relaciones sexuales), pero también podemos practicar la autoaceptación y explorar una heterosexualidad positiva y no opresiva.

-Dificultades

Cada uno de los tres principios presenta complejidades y contradicciones, y su intersección en sí provoca aún más tensiones. Y aunque sería interesante evaluar el grado al cual el movimiento de hombres en Australia ha adoptado cada principio, dejaré eso para otra ocasión.

La dificultad de ser pro-masculino radica en la tensión entre, por un lado, un análisis crítico de los hombres y la masculinidad y, por el otro, la necesidad de ser positivos hacia los hombres y las posibilidades de cambio.

En el movimiento de hombres, debería ser una cuestión de fe el que los hombres no somos esencialmente opresivos y que somos perfectamente capaces de ser personas amorosas y tiernas. La idea de que la conducta de los hombres es determinada biológicamente no puede ser intelectualmente justificada, y este tipo de esencialismo o determinismo biológico ha sido ampliamente desacreditado en los círculos académicos. Pero para nosotros, como hombres, también es pragmática o estratégicamente necesario rechazar tal idea.

Hace algunos días charlé en el Café Tilleys con un bello hombre del grupo MASA de Canberra. Como trabajador social, él se enfrenta cada día al horror de la violencia de los hombres hacia las mujeres, los niños y las niñas, y me hizo pensar en lo fácil que es perder la fe en los hombres. Aun así, conozco a muchas feministas que también ven esta aniquilante situación y, sin embargo, escogen amar hombres y compartir su vida con ellos. Si las mujeres pueden hacerlo, también nosotros podemos -- y muchos lo hacemos.

-Hombres buenos

Si vamos a construir una cultura alternativa y antisexista, necesitaremos una expresión mucho más fuerte de las clases de masculinidades que nos gustaría ver. Esto es, debemos definir las cualidades que hacen bueno a un hombre, un hombre que encarne una "masculinidad sana, amante de la vida y no opresiva", según los lineamientos de XY. Imagino que estas cualidades incluyen: orgullo, sensibilidad, cuidado, coraje, pasión, generosidad, fortaleza y humildad.

No puedo pensar en muchos modelos positivos e inspiradores de una masculinidad alternativa. ¿A quién podríamos nominar? ¿Billy Bragg, Dustin Hoffman, Julian Cleary, Gandhi, Sting, Bart Simpson? Quién sabe. Pero estoy seguro de que se me puede ocurrir un mejor modelo que ese molesto estereotipo del tipo sensible de "new age", a quien típicamente se le ve como alcahuete, plagado de culpa y levemente patético.

A fin de construir una cultura alternativa, necesitaremos motivar nuevos héroes, nuevos modelos y nuevas imágenes de los hombres y de la masculinidad.

-El feminismo y los hombres

La mayoría de hombres se resiste a los mensajes pro-feministas o antisexistas. Crecimos en una cultura patriarcal, se nos ha inculcado una visión patriarcal del mundo, y no es tarea fácil deshacer lo construido.

Más aún, el feminismo es una "mala palabra" para muchos hombres, especialmente debido a la tergiversada presentación que los medios han hecho del feminismo. A menudo, el feminismo es presentado como marginal, desactualizado, hostil y puritano. No es extraño que tantos hombres no quieran escuchar a las feministas.

¿En pro de qué feminismo estamos? La variedad de perspectivas teóricas dentro del pensamiento feminista presenta una mayor complicación para que los hombres practiquen el pro-feminismo. Pero creo que éste no es un problema tan grande, mientras los hombres adopten algún tipo de feminismo.

Seguirá siendo una batalla continua el mantener y diseminar una perspectiva pro-feminista entre hombres del movimiento de hombres y en la sociedad en general. Muchas secciones del movimiento de hombres no se dejan informar por los análisis realizados por las feministas, mientras que otras son explícitamente hostiles al feminismo.

-Problemas de ser pro-homosexual

La mayor dificultad de declararnos pro-homosexuales es que nos enfrentamos al grueso muro del prejuicio social. Tal como expliqué en mi artículo "Camisa de fuerza" (Straighjacket, XY, Invierno de 1993), la homofobia es un factor clave para mantener a los hombres "en su lugar", es decir, dentro de los límites de la masculinidad convencional.

Para ser pro-homosexuales, los hombres tendremos que superar nuestras profundamente arraigadas actitudes homofóbicas y respuestas emocionales. Esto requerir de más que la tolerancia liberal y la falsa intimidad que a veces ha caracterizado a las reacciones de los hombres heterosexuales a los homosexuales.

La combinación de ser pro-masculino y pro-feminista presenta algunos conflictos. Existen importantes desacuerdos en las teorías feminista y lésbica/homosexual sobre la pornografía, el sadomasoquismo, la prostitución y el sexo intergeneracional.

No hay una regla dorada sobre cómo proceder ante estos conflictos entre diferentes perspectivas sobre la sexualidad y el género. Supongo que lo más que se puede pedir es que procedamos en una forma inteligente y respetuosa.

Hay problemas con el término "pro-homosexual" en sí. Éste sugiere una simple dicotomía de heterosexual versus homosexual, mientras que la realidad es que los deseos, prácticas e identidades sexuales de las personas ocupan un vasto y diverso continuo. Creo que también deberíamos cuestionar todo el sistema que categoriza rígidamente la sexualidad en heterosexual y homosexual.

El ser pro-homosexual, como expuse anteriormente, es una opción disponible tanto para hombres no homosexuales como para aquellos que se identifican como homosexuales. Pero el trabajo necesario y la acción emprendida podrían ser muy distintos para esos hombres diferentes.

Hasta aquí he descrito los tres principios, argumentando que éstos deben orientar el activismo de los hombres y el desarrollo de vidas personales y culturas alternativas. Pero no creo que esto sea suficiente. También creo que deberíamos comprometernos contra el racismo y, me atrevo a sugerir, con una perspectiva socialista. No soy muy conocedor de ninguna de estas políticas, pero siento que ambas son muy relevantes para los hombres.

-En la práctica

Cada uno de los tres principios, además de sugerir lo que se debe hacer, también recomienda lo que no se debe hacer. Cada principio prohibe y convierte en ilegítimas las creencias y acciones contra los hombres, contra el feminismo y contra los homosexuales y las lesbianas. Lo que se está forjando aquí es un grupo de criterios para evaluar lo que hacemos y la forma en que pensamos. Cada uno de los tres principios sugiere un compromiso político, una actitud personal y una serie de estrategias que deberíamos tener, así como actitudes y estrategias que no deberíamos tener.

Más allá de los tres principios se encuentra un sentido más profundo de ética o justicia. Ya sea que estemos considerando las relaciones entre mujeres y hombres o entre hombres y hombres, estamos evaluándolas y dándoles forma en términos de valores tales como justicia, igualdad y liberación.

Los tres principios son una potente e inspiradora declaración de convicción e intención. Espero haber ofrecido un bosquejo de lo que cada principio significa y no significa, como parte de un proyecto más amplio del desarrollo de buenas teorías y buenas estrategias.

Michael Flood
01/06/2005 09:58 Permalink. Artículos

¿Qué es esa cosa llamada "libro"?

bot 32.gifAhora, más que nunca, sabemos que un libro no consiste en 500 gramos de papel y 50 gramos de tinta. El papel y la tinta pueden ser reemplazados por marcas magnéticas en un disco, o por elementos aun más evanescentes, tales como las cargas eléctricas que representan ceros y unos en la memoria RAM de una computadora de mano o un e-book reader (aparato para leer libros electrónicos).

El libro no es el papel ni la tinta, ni consiste en el disco rígido de una PC o en la memoria RAM de una Palm. El libro es la información almacenada en esos dispositivos; es el orden de las oraciones, las palabras y las letras dictadas y dispuestas por un autor. Y, sobre todo, el libro es LA OBRA, el resultado del trabajo del escritor. El libro es ese contenido inscripto en algún lugar de la nueva atmósfera que respiramos, hecha de información almacenada en diversos soportes. Pero aunque el soporte y la forma de presentación sean sustituibles, siguen siendo muy importantes.

Las características de los diversos formatos y soportes están determinadas por todo tipo de consideraciones tecnológicas, económicas, prácticas, y culturales. Y, por supuesto, el sentido común nos indica que el soporte debe ser agradable y cómodo, como lo es en el caso de un buen libro en papel de edición cuidada.

En esa cosa llamada libro interactúan forma y contenido, esencia y apariencia. No solamente el contenido debe presentarse en el formato mas adecuado, sino que también el formato afecta al contenido, cambia su naturaleza.

El formato "canción de tres minutos", una mera necesidad comercial de las emisoras de radio, ha impactado en el modo en que la música pop se compone y se produce, y en el largo plazo ha afectado nuestra sensibilidad musical misma, en tal medida que actualmente los oyentes demandamos canciones que duren tres minutos, como si ese fuera el tiempo de vida natural de toda obra musical. Entendemos el lenguaje y los momentos internos de las canciones de tres minutos, con sus introducciones, estrofas, estribillos, coros, solos, y finales.

También el formato paper científico, gracias al aval institucional de las agencias de financiamiento y los órganos de difusión (los journals) de la ciencia contemporánea, ha modificado el modo de trabajo de los científicos, quienes ya no componen monumentales tratados en los que se revise los fundamentos filosóficos y la literatura existente, y se desbrocen largas argumentaciones en torno a un tema dado. Por el contrario, en las modernas revistas científicas y en las presentaciones en congresos (de 15 o 20 minutos) los científicos citan solamente los últimos resultados obtenidos en su área de trabajo y publicados en journals especializados, y exponen el problema abordado, la metodología, y los resultados. Quien no se atiene a este protocolo, quien no respeta estrictamente las reglas de citado y los formatos de exposición, es excluido, pierde su voz y voto en la discusión académica. El formato paper ha transformado la forma de hacer ciencia, y el contenido del pensamiento científico.

Estas consideraciones sobre el formato podrían hacerse a propósito de muchos fenómenos de nuestra vida cotidiana, tales como los flashes informativos de la televisión, o los banners publicitarios de los sitios web. La conclusión será, en cada caso, que la forma y el contenido se modifican el uno al otro; que los formatos impactan en nuestro modo de pensar (de paso: eso es lo que hace a Microsoft Corporation tan poderosa, y a su monopolio tan amenazador).

Vivimos en la era de la información desperdigada en millones de canales y codificada en los lenguajes naturales y artificiales más diversos. Las imágenes se multiplican, los textos se fragmentan, los mensajes se reproducen viralmente. Tras tanto copiar y pegar, ya no se sabe dónde está la voz del autor. No es fácil determinar el responsable de lo que usted lee ahora, quién sabe en qué soporte, en qué formato, en qué protocolo.

Regresando a la pregunta del título, advertimos ahora que, en plena posmodernidad, el libro (en papel o electrónico) nos conecta con una experiencia de la (supuestamente) ya superada era moderna. Al leer un libro, nos sometemos, por un período de tiempo más o menos prolongado, a la letra y la voz de un escritor.

Alguien firma, alguien con la autoridad del autor se hace responsable de la obra. Ponemos nuestra realidad entre paréntesis y nos sumergimos en el mundo de su ficción, en la música de su poesía, o en los argumentos de su ensayo, según sea el caso. La mayoría de los buenos libros se presenta de este modo, como una unidad de sentido, como una textura con coherencia interna, que exige nuestro tiempo y nuestro trabajo para cosechar lo que alberga (razonamientos, emociones, belleza, conocimiento).

Y se obtiene así un efecto mágico. Esta magia es incluso muy anterior a la modernidad, puesto que ya caracterizaba a los libros de la antigüedad, como por ejemplo la Ilíada o los libros del Antiguo Testamento. Esas palabras, esas marcas que han vencido al tiempo y la distancia, que han viajado desde el autor hasta nosotros, nos afectan, nos hacen sentir y producen sentido.

Eso es un libro.

Gustavo Faigenbaum
01/05/2005 11:02 Permalink. Artículos

Pensamientos de tendencia educativa

bot 29.gifSi hay algo en nosotros verdaderamente divino, es la voluntad. Por ella afirmamos la personalidad, templamos el carácter, desafiamos la adversidad, reconstruimos el cerebro y nos superamos diariamente.

Te quejas de las censuras de tus maestros, émulos y adversarios, cuando debieras agradecerlas. Sus golpes no te hieren; te esculpen. Con pocas excepciones, todo joven dotado de acusada y fuerte personalidad reacciona contra las exageraciones doctrinales o sentimentales de padres y maestros adoptando el tono o colorido moral complementario.

El tumulto de la vida social suele obrar sobre las cabezas humanas débiles como el río sobre un cristal de cuarzo. Arrastrado y golpeado por la corriente, conviértese al fin en vulgar canto rodado. Quien desee conservar incólumes las brillantes facetas de su espíritu, recójase prontamente en el remanso de la soledad, tan propicio a la actividad creadora.

Natural y loable es el ansia de reputación. Importa empero que el maestro discierna los dos principales tipos de ambiciosos: los que codician la fama como fin y los que la persiguen como medio. Cultívese de preferencia a los primeros.

Misión trascendental del educador es desarrollar alas en los que tienen manos y manos en los que tienen alas. Sólo trabajando se enseña a trabajar. Como decía Cisneros, Fray Ejemplo es el mejor predicador.

Nos gustan los libros que relatan las hazañas que hubiéramos deseado realizar, es decir: un programa de vida noble y bella, frustrado por el aciago destino.

Suele crecer la planta según la dimensión de maceta. El talento aldeano confinado en su rincón difícilmente alcanzará su pleno florecimiento.

La naturaleza nos ha otorgado dotación limitada de células cerebrales. He aquí un capital, grande o pequeño, que nadie puede aumentar, ya que la neurona es incapaz de multiplicarse. Pero si se nos ha negado la posibilidad de acrecentar el caudal celular, se nos ha otorgado en cambio el inestimable privilegio de modelar, ramificar y complicar las expansiones de esos elementos, como si dijéramos, de los hilos telegráficos del pensamiento, para combinar casi hasta el infinito las asociaciones reflejas y las creaciones ideales. Aprovechémonos de esta preciosa prerrogativa durante la juventud y la edad viril, porque el protoplasma neuronal parece endurecerse como el mortero con el transcurso del tiempo y no hay nada más infecundo y aun nocivo que una cabeza incapaz de aprender y corregirse.

Existen dos variedades humanas de valor harto desigual: el hombre rebañego, modelado por la tradición y la rutina y el hombre nuevo, forjado por autorreflexión. Esta variable mental merece exclusivamente el nombre de individuo, porque sólo él es capaz de aportar algo al acervo común del progreso. Las cabezas sencillas y sugestionables reproducen el tipo humano ancestral; orientadas al pasado, desdeñan el futuro. Son empero necesarias, ya que forman la reserva evolutiva de la raza, donde laten en potencia, aguardando su hora, los genios del porvenir.

Santiago Ramón y Cajal. Alocución en 1931 para el "Archivo de la palabra", del Centro de Estudios Históricos
01/04/2005 08:57 Permalink. Artículos

De profundis, o la ética de la redención

bot 25.jpgQuerido Bosie.

"Tras una espera larga e infructuosa he decidido ser yo quien te escriba, tanto por ti como por mí mismo, ya que me disgustaría pensar que he tenido que soportar dos penosos años de prisión sin haber recibido ni una sola línea tuya, ni noticias, ni siquiera un mensaje, como no sean los que tanto me apenaron. Nuestra amistad, tan infortunada y lamentable, ha acabado para mí en la ruina y la infamia pública: pero a pesar de todo no me abandona el frecuente recuerdo de nuestro viejo afecto, y además el pensamiento de que el odio, la amargura y el desprecio tengan que ocupar para siempre el lugar que una vez ocupó el amor me resulta demasiado triste. Tú también sentirás, supongo, en tu corazón, que escribirme ahora que debo permanecer en la soledad de la vida de prisión es mejor que publicar mis cartas sin obtener antes permiso o dedicarme poemas no solicitados, aunque el mundo desconozca cuáles son las palabras de dolor o de pasión, de remordimiento o indiferencia que elijas para responderme o para llamar mi atención".

Quizás éste sea el relato más impactante y vigoroso con el que Oscar Wilde hace posible la redención de sus fantasmas del pasado puestos en Lord Alfred Douglas. En De Profundis, única obra escrita en la cárcel, y la última de sus obras en prosa, también figura la redención de los sentimientos más profundos, esa dicotomía casi subyacente que en determinado momento ni el propio Wilde había de sentir como dos instantes indelebles; la figuración casi inevitable del odio más impotente y del amor menos satisfecho. Wilde siempre supo que su relación con Alfred no era fácil de asociar con la libertad y con el juicio equilibrados, la constante presión que sentía de parte de los que prejuzgaban, entre los que sobresalía el padre de Alfred, el marqués de Queensberry, lo sitiaba en ese tránsito tan tormentoso que por momentos hacían de la vida de Wilde una insoportable manera de existir. Por supuesto que la cárcel no sólo fue una penitencia brutal y oscura para enmendar esa forma tan distinta de sentir afecto por otro ser de su mismo sexo, sino que también fue una inmolación a contrapelo para matar de una sola vez esas vitalidades que generan la energía para seguir creyendo que el camino de la existencia siempre puede ser halagüeño.

Oscar Wilde, primero que nada fue un ser humano, luego estuvo esa genialidad que pocos poseen para recrear esas sensibilidades de la vida y retransmitirlas en escritos tan exquisitos que para leerlos parece hacerse necesario una reconciliación con la naturaleza, con la realidad, con la vida misma. Paradójicamente, el autor de "El retrato de Dorian Gray" ajustó a su cotidiana existencia el revés de esa reconciliación, convenciéndose de que el sufrimiento es un momento larguísimo, que es imposible dividirlo en estaciones y que tan sólo somos capaces de situar sus talantes y de narrar su regreso. "El tiempo no progresa, dice Wilde: gira".

Parece dar vueltas y más vueltas alrededor de un núcleo de dolor", de ese mismo que sintió cuando la sentencia de dos años debía ser cumplida enteramente, de ese cuando el marqués de Queensberry lo acusó públicamente de ser un pervertido, que seducía con la palabra a jóvenes como al estúpido y caprichoso de su hijo, Lord Alfred Douglas, de ése que sintió cuando le llegó la quiebra y la ruina total, y el administrador incautó su biblioteca y la hizo vender para saldar un regalo suntuoso que el exigente Douglas había pedido sin reparo alguno, motivo por el cual también la casa de Wilde tuvo que ser subastada. De Profundis es un libro provisto de eternas muertes, de deseos incontrolables y de aniquilamiento forzados de las esperanzas. Wilde relata dos insoslayables maneras de existir, la pasión por la felicidad o la lacerante forma de compartir con el dolor. La primera lo había vivido sin estar junto a Alfred, lejos del tormentoso espacio de la desesperación y la degradación, como él mismo lo llama. Provisto de esa tranquilidad fecunda que sentía cuando se hallaba solo, y entonces podía producir arte, ser un creador de obras que lo enaltecían como ser humano y por supuesto como escritor. El segundo lo sentía a flor de piel cuando las ventosas succionadoras de Alfred se asomaban hasta el aura de Wilde, cuando el joven le exigía almorzar o cenar en lugares suntuosos, o cuando su caprichosa imaginación pedía regalos carísimos o viajes de placer que saciaran el ego del imberbe papanatas. El dolor también se quedó a habitar en la existencia de Wilde cuando por sobre el hombro sintió que alguien le apretaba fuerte y lo trasladaba hasta una celda inhóspita, donde todos lo días eran idénticos, dónde nada se sabía de la siembra ni de la cosecha, ni de los segadores que doblaban el espinazo sobre el grano, ni de los recolectores de uva que se abren paso entre los viñedos, ni de la yerba del huerto que se ha tornado blanca con la floración rota o ha quedado bajo el peso del fruto caído, ni de los rojos tulipanes que dejaron prendidos en sus tallos los rastros de vida que la pasada primavera fue cómplice de su vitalidad, ni de los nidos de los pájaros ya abandonados por sus polluelos que inevitablemente se preparan para emprender el vuelo y ser ellos mismos, tan sueltos de cuerpo, tan llanos, tan libres.

Luego de permanecer tres meses en prisión, su madre fallece, fue un hecho que agudizó mucho más el sufrimiento del autor de "Salomé" que, al tiempo de acongojarlo, también hizo que cayera en las entrañas oscuras de la vergüenza y la deshonra, pensando en el nombre que le habían legado sus padres, y que ellos se encargaron de enaltecerlo, no sólo en la literatura, el arte, sino en la historia pública de su país, y que en ese instante se veía mancillado y estropeado para toda la vida por las circunstancias más viles en las que el padre de Alfred había publicado una versión repugnante sobre la relación entre el joven Douglas y Wilde y que los predicadores utilizaban como texto y los moralistas como tema estéril.

"La prosperidad, el placer y el éxito pueden hacernos burdos en la semilla y vulgares en la fibra, y de hecho suele ser así; pero el sufrimiento nos vuelve más sensibles que ninguna otra cosa", dice Wilde refiriéndose a ese instante tan fatal en el que se debe hacer un alto para recoger los sentimientos esparcidos al aire por el dolor y las desilusiones, los sentimientos de amistad que suelen ser los más vitales del ser humano y que tienen que sufrir una ruptura total, ésa que experimentó Oscar al presenciar el alejamiento de sus amigos cuando éstos supieron de su relación con Alfred. En el exilio del dolor, se hizo posible que los escasos amigos se acercaran poco o casi nada, en cambio permitió a los enemigos respirar de sus pulmones y conspirar en contra de su inexistente felicidad.

De Profundis también es un libro donde confluyen los reproches y los perdones. En los hechos, se manifiesta claramente el perdón hacia Douglas, quien durante su relación con Wilde conspiró en contra del vigor espiritual y de la paz interior. La carta en De Profundis no fue escrita para llenar de amargura el corazón del joven Alfred, sino para vaciar el de Wilde.

Tal vez ese perdón que Douglas recibió, haya sido también la liberación de los demonios inclementes y de los sentimientos tormentosos que deshicieron la integridad del Autor de "La importancia de llamarse Ernesto" por el hecho de sentir afecto hacia un ser del mismo sexo. Como el mismo Wilde dice: "No puede uno mantener una serpiente viva devorándole las entrañas ni levantarse todas las noches a plantar espinas en el jardín del alma". Eurípides decía que la mar es una de las Ifigenias, lava todas las manchas y heridas del mundo, también esas que con seguridad Wilde supo racionalizarlas, no como manchas, sino como algo que brota de la naturaleza y rebrota en el corazón. Quizás al escribir De Profundis, Wilde encomendó su más elevada añoranza hacia la naturaleza de la cual venimos, a la que le pertenecemos y a la que ineludiblemente nos entregaremos, más bien obligados por ese raudo círculo vital que es la existencia.

Oscar Wilde fue juzgado tres veces. La primera tuvo que abandonar el banquillo para ser arrestado, la segunda para ser conducido a la prisión preventiva y la tercera para ser recluido en una prisión durante dos años, tiempo en el que sólo convivió con el dolor, la desolación y las penumbras crueles de la culpa, tan similares a las que se siente cuando el ocaso se tiñe de rojo y los brazos incesantes de la noche viene a danzar su baile cadencioso de la traición, pues de noche descansa y se adormece el contento y se aviva el sufrimiento.

"Hasta que punto me encuentro aún lejos del equilibrio espiritual lo atestigua esta carta con sus talantes cambiantes e inseguros, su desprecio y su amargura, sus aspiraciones y su incapacidad para colmarlas. Pero no olvides en qué terrible escuela estoy realizando mi tarea. Y aunque sé que soy incompleto e imperfecto, puedes aprender mucho de mí. Viniste a mí para adiestrarte en los placeres de la vida y el arte. Quizá haya sido elegido para enseñarte algo más maravilloso: el significado del dolor, y su belleza".

Tu afectísimo amigo,

Oscar Wilde.

El final de De Profundis también es el final de la condena, el final de la oscuridad, del terreno cenagoso y por supuesto el final de la existencia de Oscar Fingall O'Flahertie Wills Wilde.

Ruddy Orellana
03/03/2005 11:39 Permalink. Artículos

La mujer a la moda

bot 24.gifBettini está en la escena; ha comenzado un andante, el andante de Martha, en que cada nota es un melancólico suspiro de amor o un sollozo de amargura. El público, sin embargo, no escucha a Bettini, inmóvil, silencioso, conmovido como de costumbre. En las butacas, en los palcos, en las plateas, en todo el círculo de luz que ocupa el dorado mundo de la corte, se percibe un murmullo ligero, semejante a ese rumor que producen las hojas de los árboles cuando pasa el viento por una alameda. Las mujeres, impulsadas por la curiosidad, se inclinan sobre el antepecho de terciopelo rojo las unas, mientras las otras, afectando interés por el espectáculo, fijan sus ojos en la escena, o pasean una mirada de fingida distracción por el paraíso. Todas las cabezas se han vuelto hacia un sitio, todos los gemelos están clavados en un punto. Se ha visto oscilar un instante el portier de terciopelo de su platea; ya se divisa, por debajo de los anchos pliegues de carmín que cierran el fondo de la concha de seda y oro que ha de ocupar, el extremo de su falda de tul, blanca y vaporosa. Ella va a aparecer al fin. Va a aparecer el ídolo de la sociedad elegante; la heroína de las fiestas aristocráticas; el encanto de sus amigos; la desesperación de sus rivales; la mujer a la moda.

¡Cuántas otras mujeres han ahogado un suspiro de envidia o una exclamación de despecho, al notar el movimiento, al percibir el lisonjero murmullo de impaciencia o admiración con que los cortesanos del buen tono saludan a su soberana! ¡Cuántas trocarían su existencia feliz, aunque oscura, por aquella existencia brillante, rica de vanidades satisfechas, ebria de adulaciones y desdeñosa de fáciles triunfos! La grandeza de la mujer a la moda, como todas las grandezas del mundo, tiene, sin embargo, escondida en su seno la silenciosa compensación de amargura que equilibra con el dolor las mayores felicidades.

Como esos cometas luminosos que brillan una noche en el cielo y se pierden después en las tinieblas, la multitud ve pasar a la mujer a la moda, y ni sabe por dónde ha venido, ni a dónde va después que ha pasado.

¡Por dónde ha venido! Casi siempre por un camino lleno de abrojos, de tropiezos y de ansiedades. La mujer a la moda, como esas grandes ambiciones que llegan a elevarse, luchan en silencio y entre las sombras con una tenacidad increíble, y no son vistas hasta que tocan a la cúspide. Las gentes dicen entonces de ella como del ambicioso sublimado: «Ved los milagros de la fortuna». Y es porque ignoran que aquello que parece deparado por el azar a una persona cualquiera, ha sido tal vez el sueño de toda su vida, su anhelo constante, el objeto que siempre ha deseado tocar como término de sus aspiraciones. La mujer a la moda es una verdadera reina; tiene su corte y sus vasallos, pero antes de ceñirse la corona debe conquistarla. Como a los primeros reyes electivos, la hueste aristocrática le confiere casi siempre esta dignidad, levantándola sobre el pavés en el campo de batalla después de una victoria.

Hubo un tiempo, cuando el gusto no se había aún refinado, cuando no se conocían las exquisiteces del buen tono, en que ocupaban ese solio las más hermosas. De éstas puede decirse que eran reinas de derecho divino, o lo que es igual, por gracia y merced del Supremo Hacedor, que de antemano les había ceñido la corona al darles la incomparable belleza. Hoy las cosas han variado completamente. La revolución se ha hecho en todos los terrenos y el camino al poder se ha abierto para todas las mujeres. El reinado de la elegancia en el mundo femenino equivale al del talento en la sociedad moderna.

Es un adelanto como cualquiera otro.

No obstante, al abrirse ese ancho camino a todas las legítimas ambiciones, ¡cuánto no se ha dificultado el acceso al tan deseado trono! Antes la hermosura era la ungida del Señor, y le bastaba su belleza para ser acatada, le bastaba mostrarse para vencer y colocarse en su rango debido. Ahora, no; ahora son necesarias mil y mil condiciones. La hermosura se siente la elegancia se discute.

Adivinar el gusto de todos y cada uno; sorprender el secreto de la fascinación; asimilarse todas las bellezas del mundo del arte y de la industria para hacer de su belleza una cosa especial e indefinible; crear una atmósfera de encanto, y envolver en ella y arrastrar en pos de sí una multitud frívola; ganar, en fin, a fuerza de previsión, de originalidad y talento, los sufragios individuales; cautivar a los unos, imponerse a los otros, romper la barrera de las envidias, arrollar los obstáculos de las rivalidades, luchar en todas las ocasiones, no abandonar la brecha un instante, siempre con la obligación de ser bella, de ser agradable, de estar en escena pronta a sonreír, pronta a conquistar una voluntad perezosa, o una admiración difícil, o un corazón rebelde. He aquí la inmensa tarea que se impone la mujer que aspira a esa soberanía de un momento. He aquí los trabajos, para los cuales son una bicoca los doce famosos de Hércules, que acomete y lleva a feliz término la mujer que desea sentarse en el escabel del trono de la elegancia.

Para lanzarse con algún éxito en este áspero y dificultoso camino, ya hemos dicho que se necesitan muchas y no vulgares condiciones. Condiciones físicas, condiciones sociales y de alma.

La mujer a la moda, la frase misma lo dice, no ha de ser una niña, sino una mujer; una mujer que flota alrededor de los treinta años, esa edad misteriosa de las mujeres, edad que nunca se confiesa etapa de la vida, que corre desde la juventud a la madurez, sin más tropiezo que un cero, que salta y del que siempre está un poco más allá o más acá y nunca en el punto fijo.

No necesita ser hermosa: serlo no es seguramente un inconveniente, pero le basta que parezca agradable. Rica... Es opinión corriente que la elegancia le revela en todas las condiciones, pero también es seguro que, aunque don especial de la criatura, se parece en un todo a esas flores que brotan sencillas en los campos y, trasplantadas a un jardín y cuidadas con esmero, se coronan de dobles hojas, se hacen mayores, más hermosas, y exhalan más exquisito y suave perfume.

Alaben los poetas cuanto gusten la simplicidad de la naturaleza, las florecitas del campo y los frutos sin cultivo; pero la verdad es que la intemperie quema el cutis más aristocrático, que las rosas de los rosales apenas tienen cinco hojas y las manzanas silvestres amargan que rabian. Es probado que la mujer a la moda, la mujer elegante, debe ser rica: rica hasta el punto que sus caprichos de toilette no encuentren nunca a su paso la barrera prosaica de la economía que cierre el camino o les corte las alas para volar por el mundo de las costosas fantasías.

También debe ser libre. Libre como lo es la mujer joven y viuda o la casada que no tiene que sujetarse a vulgares ocupaciones y vive en el gran mundo, donde la tradición ha cortado con el cuchillo del ridículo ciertos lazos pequeños que sujetan a otras mujeres a la voluntad ajena.

El talento, entendámonos bien, el talento femenino, ese talento múltiple, ese talento que aguijonea la vanidad, que es frívolo y profundo a la vez, pronto en la percepción, más rápido aún en la síntesis, brillante y fugaz, que siente aunque no razona, que comprende aunque no define, ese talento es condición tan indispensable que puede decirse que en ella estriban todas las demás condiciones, las cuales completa y utiliza como medios de obra y armas para un combate.

Una vez fuerte con la convicción profunda de sus méritos, la mujer que aspira a conquistar esa posición envidiada levanta un día sus ojos hasta la otra mujer que la ocupa, la mide con la vista de pies a cabeza, la reta a singular combate y comienza uno de esos duelos de elegancia, duelo a muerte, duelo sin compasión ni misericordia, a que asisten de gozosos testigos todo un círculo dorado de gentes commÕilfaut, en que se lucha con sonrisas, flores, gasas y perlas, del que salen al fin una con el alma desgarrada, las lágrimas del despecho en los ojos y la ira y la amargura en el corazón, a ocultarse en el fondo de sus ya desiertos salones, mientras la otra pasea por el mundo elegante los adoradores de su rival atados como despojos a su carro de victoria. ¡Triunfa! ¡Cuántas ansiedades, cuántos temores, cuántos prodigios de buen gusto, cuántos padecimientos físicos cuántas angustias, cuántos insomnios quizá no le ha costado su triunfo! Y no ha concluido aún. Reina de un pueblo veleidoso, reina que se impone por la fascinación, tiene que espiar a su pueblo y adivinar sus fantasías y adelantarse a sus deseos.

Un descuido, una falta, una torpeza de un día, de un instante, puede deshacer su obra de un año. Un traje de escasa novedad, un adorno de mal gusto, una flor torpemente puesta, un peinado desfavorable, una acción cualquiera, un movimiento, un gesto, una palabra inconveniente, pueden ponerla en ridículo y perderla para siempre. ¡Cuántas veces la mujer a la moda tiembla antes de presentarse en un salón, y teme, y duda, y cree que acaso habrá alguna que la supere a ella, que tiene necesidad, que esté en la obligación imprescindible de ser la más elegante! Entonces envidian a las que pueden pasar desapercibidas y sentarse en un extremo, lejos de las cien miradas que espían una falta o un ridículo cualquiera para ponerlo de relieve y mofarse y desgarrar su perfume real. Envidia a la mujer que al colocarse una flor entre el cabello piensa en si estará bien a los ojos del que sólo desea hallar en su persona algo que admirar, a los ojos de su amante; mientras ella piensa qué ha de parecerle a sus rivales, a sus enemigas, a sus envidiosas y después a su pueblo, tal vez cansado de un antiguo yugo y ansioso de novedad.

¿Y para qué toda esta lucha? ¿Para qué todo este afán? Para recoger al paso frases de ese amor galante, sin consecuencia, que llegan al fin a embotar los oídos, para aspirar un poco de humo de los lisonjeros, contestar con el desdén a algunas miradas de ira de envidiosas, para decir yo no vivo en la cabeza, sino en el corazón de cuantos me conocen, y después un día caer del altar donde va a colocarse un nuevo ídolo o tener forzosamente que bajar una a una sus gradas, a medida que pasan los años, para abdicar por último una corona que ya no puede sostener.

No; no suspiréis ahogando un deseo; no envidiéis su fortuna; no ambicionéis ser mujer a la moda. Es un poder que pesa como todos los poderes; es una felicidad de un día que se paga con muchas lágrimas, un orgullo que se expía con muchos despechos, una vanidad que se compra con muchas humillaciones.

Gustavo Adolfo Bécquer. Artículo publicado en El Contemporáneo el 8 de marzo de 1863.
03/03/2005 11:30 Permalink. Artículos

Recomendaciones para escoger un libro antes de quemarlo

bot 20.gif1.- Contar el número de palabras del título. A mayor cantidad, peor calidad.

2.- No leer nada sin antes ver la foto del autor. Seleccionar libros según el espesor de cejas del que lo ha escrito. La nariz también es buena guía. Aguileña, por ejemplo, puede equivaler a un libro inteligente pero demasiado erudito. Deseche a los autores que exhiben una dentadura demasiado cuidada. Esta recomendación es especialmente saludable para los que gustan de autores anteriores a la invención de la fotografía. Explica también por qué se lee menos a ese género de escritores.

3.- La presentación del texto es fundamental. Guíese especialmente por los volúmenes forrados en piel y con las rúbricas en letra pequeña. La ausencia de prólogos, garabateos biográficos y lisonjeos de portada anuncian por lo general una buena obra.

4.- Cuídese de autores con apellidos compuestos, pegados por un guión. Sirven sólo para subrayar que quien los lee es un plebeyo con sueños de grandeza.

5.- Descarte de entrada los libros en cuya tipografía abundan las negritas y los subrayados. La letra flaca y pequeña equivale siempre a un gran acierto.

6.- Por ningún motivo acepte páginas a dos columnas. La lectura de estas obras tiende a confundirse habitualmente con la Biblia.

7.- No olvide quemar todo una vez que haya leído. Esta es la única manera de asegurar que cada nueva lectura parezca la primera e invitar a que el lenguaje sea un hallazgo reciente. Este deseo puede leerse con mejor claridad en las palabras de Elías Canetti, publicadas en forma póstuma y rescatadas de sus últimas anotaciones:
..... "Aprender otra vez a hablar -dice-. A los cincuenta y siete años aprender no un idioma nuevo, sino aprender de nuevo a hablar. Tirar por la borda los prejuicios, aunque al final no nos quede nada. Leer otra vez los grandes libros, no importa si los leímos o nunca los leímos. Escuchar a la gente sin dar consejos, sobre todo a la que nada tiene que enseñarnos. No reconocer jamás a la angustia como un medio para la realización. Combatir a la muerte sin proclamar el combate. En una palabra: valor y honradez".

Pedro Galindo, del artículo "Un elogio a la ignorancia"
03/02/2005 10:15 Permalink. Artículos

Lo escrito se lo lleva el viento

bot 16.gifEl raso de las páginas de los libros que se hojean modela una mujer tan hermosa que cuando no se lee se contempla esa mujer con tristeza, sin osar hablarle, sin osar decirle que es tan hermosa que cuando uno está por saber no tiene precio. Esa mujer pasa imperceptiblemente entre un murmullo de flores, a veces se da vuelta en las temporadas impresas para preguntar la hora o, mejor quizás, finge contemplar atentamente las joyas de un modo insólito en criaturas humanas y el mundo muere una ruptura que se produce en los anillos de aire, una herida a nivel corazón.

Los diarios matutinos traen cantantes cuyas voces tienen el color de la arena en orillas tiernas y peligrosas y a veces los vespertinos dejan paso libre a cumplidas muchachitas que conducen fieras encadenadas, pero lo mejor está en el intervalo de ciertas letras donde manos más blancas que el cuerno de las estrellas a mediodía saquean un nido de golondrinas blancas a fin de que llueva para siempre, tan bajo tan bajo que las alas no puedan entremezclarse. Manos por las que se asciende hasta brazos tan leves que el vapor de los prados en sus graciosas volutas sobre las charcas es un espejo imperfecto, brazos que sólo se articulan al peligro excepcional de un cuerpo creado para el amor, cuyo vientre llama a los suspiros desprendidos de las zarzas llenas de velos y que sólo tiene de terrestre la inmensa verdad de hielo de los trineos de miradas sobre la extensión absolutamente blanca de lo que no veré nunca más a causa de una venda maravillosa, que es la que utilizo al jugar al gallo ciego de las heridas.

André Bretón
04/01/2005 21:28 Permalink. Artículos

Navidad sin culpa

mini Navidad.gifLa Navidad ha perdido su espíritu gracias al desenfrenado consumismo que la ha convertido en una fiesta comercial antes que en una celebración religiosa, no se cansan de repetir sacerdotes y algunos voceros del catolicismo.

Felizmente la población no hace caso a sus admoniciones y reivindica el sentido ancestral que posee el intercambio de regalos en todas las culturas. La expresión de afectos a través de objetos forma parte del lecho rocoso de la psicología social humana, y sólo el afán de extender el sentimiento de culpa a cuanto resquicio se pueda por parte de cierto sector de la Iglesia católica puede llevar a que se pretenda desvirtuar esta práctica como si ella ensuciara una festividad religiosa.

En el fondo, lo que se halla detrás de esta monserga es -parafraseando el título de un libro del pensador liberal, Ludwig von Mises- la secular mentalidad anticapitalista que se expresa a través de un ritual verbal repetido siempre en estos días del año, como parte de la operación psicosocial de más antigua data que se tenga noticia.

La Navidad es, sin lugar a dudas, una fiesta religiosa, pero también es la fiesta de los niños, de la familia, de Papá Noel, de la nostalgia, de la euforia y de la melancolía. Es un hecho sagrado descifrado por los códigos humanos y como tal también legítimamente profano.

Es tal la importancia de la fiesta navideña que hemos creído válido dejar por un día el análisis de la actualidad para reflexionar sobre ella y reivindicar su naturaleza humana.

Desde esta columna deseamos que hoy en la noche se cene y se beba, se abrace y se bese, se ría y se llore, se cante y se regale en la medida de las posibilidades de cada quien. Así somos y debemos resistirnos a que este maravilloso espacio vital sea sembrado de angustia por los predicadores de la culpa.

Juan Carlos Tafur
04/12/2004 17:11 Permalink. Artículos

La terrible sinceridad

bot 12.gifMe escribe un lector: "Le ruego me conteste, muy seriamente, de qué forma debe uno vivir para ser feliz".
Estimado señor: Si yo pudiera contestarle, seria o humorísticamente, de qué modo debe vivirse para ser feliz, en vez de estar pergueñando notas, sería, quizá, el hombre más rico de la tierra, vendiendo, únicamente a diez centavos, la fórmula para vivir dichoso. Ya ve qué disparate me pregunta.

Creo que hay una forma de vivir en relación con los semejantes y consigo mismo, que si no concede la felicidad, le proporciona al individuo que la practica una especie de poder mágico de dominio sobre sus semejantes: es la sinceridad.

Ser sincero con todos , y más todavía consigo mismo, aunque se perjudique. Aunque se rompa el alma contra el obstáculo. Aunque se quede sólo, aislado y sangrando. Esta no es una fórmula para vivir feliz; creo que no pero sí lo es para tener fuerzas y examinar el contenido de la vida, cuyas apariencias nos marean y engañan de continuo.

No mire lo que hacen los demás. No se le importe un pepino de lo que opine el prójimo. Sea usted, usted mismo sobre todas las cosas, sobre el bien y el mal, sobre el placer y sobre el dolor, sobre la vida y la muerte. Usted y usted. Nada más. Y será fuerte como un demonio entonces. Fuerte a pesar de todos y contra todos. No importe que la pena lo haga dar de cabeza contra la pared. Interróguese siempre, en el peor minuto de su vida, lo siguiente:

-¿Soy sincero conmigo mismo?

Y si el corazón le dice que sí, y tiene que tirarse a un pozo, tírese con confianza. Siendo sincero no se va a matar. Esté segurísimo de eso. No se va a matar, porque no se puede matar. La vida, la misteriosa vida que rige nuestra existencia, impedirá que usted se mate tirándose al pozo. La vida, providencialmente, colocará, un metro antes de que usted llegue al fondo, un clavo donde se engancharán sus ropas, y ... usted se salvará.

Me dirá usted: "¿Y si los otros no comprenden que soy sincero?" ¡Qué se le importa a usted de los otros! La tierra y la vida tienen tantos caminos con alturas distintas, que nadie puede ver a más distancia de la que dan sus ojos. Aunque se suba a una montaña, no verá un centímetro más lejos de lo que le permita su vista. Pero, escúcheme bien: el día que los que lo rodean se den cuenta de que usted va por un camino no trillado, pero que marcha guiado por la sinceridad, ese día lo mirarán con asombro, luego con curiosidad. Y ese día en que usted, con la fuerza de su sinceridad, les demuestre cuántos poderes tiene entre sus manos, ese día serán sus esclavos espiritualmente, créalo.

Me dirá usted: "¿Y si me equivoco?". No tiene importancia. Uno se equivoca cuando tiene que equivocarse. Ni un minuto antes ni un minuto después. ¿Por qué? Porque así lo ha dispuesta la vida, que es esa fuerza misteriosa. Si usted se ha equivocado sinceramente, lo perdonarán. O no lo perdonarán. Interesa poco. Usted sigue su camino. Contra viento y marea. Contra todos, si es necesario ir contra todos. Y créame llegará un momento en que usted se sentirá más fuerte, que la vida y la muerte se convertirán en dos juguetes entre sus manos. Así, como suena. Vida. Muerte. Usted va a mirar esa taba que tiene tal reverso, y de una patada la va a tirar lejos de usted. ¿Qué se le importan los nombres, si usted, con su fuerza, está más allá de los nombres?

La sinceridad tiene un doble fondo curioso. No modifica la naturaleza intrínseca del que la practica, y sí le concede una especie de doble vista, sensibilidad curiosa, y que le permite percibir la mentira, y no sólo la mentira, sino los sentimientos del que está a su lado.

Hay una frase de Goethe, respecto de este estado, que vale un Perú. Dice:

"Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás de él"

Es lo que anteriormente le decía.

La sinceridad provoca en el que la practica lealmente, una serie de fuerzas violentas. estas fuerzas sólo se muestran cuando tiene que producirse eso de: "Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás". Y si usted es sincero, va a percibir la voz de estas fuerzas. Ellas lo arrastrarán, quizá, a ejecutar actos absurdos. No importa. Usted los realiza. ¿Que se quedará sangrando? ¡Y es claro! Todo cuesta en esta tierra. La vida no regala nada, absolutamente. Todo hay que comprarlo con libras de carne y sangre.

Y de pronto, descubrirá algo que no es la felicidad, sino un equivalente a ella. La emoción. La terrible emoción de jugarse la piel y la felicidad. No en el naipe, sino convirtiéndose usted en una especie de emocionado naipe humano que busca la felicidad, desesperadamente, mediante las combinaciones más extraordinarias, más inesperadas. ¿O qué se cree usted? ¿Que es uno de esos multimillonarios norteamericanos, ayer vendedores de diarios, más tarde carboneros, luego dueños de circo, y sucesivamente periodistas, vendedores de automóviles, hasta que un golpe de fortuna los sitúa en el lugar en que inevitablemente debía estar?

Esos hombres se convirtieron en multimillonarios porque querían ser eso. Con eso sabían que realizaban la felicidad de su vida. Pero piense usted en todo lo que se jugaron para ser felices. Y mientras no se producía lo efectivo, la emoción, que derivaba de cada jugada, los hacía más fuertes. ¿Se da cuenta?

Vea amigo: hágase una base de sinceridad, y sobre esa cuerda floja o tensa, cruce el abismo de la vida, con su verdad en la mano, y va a triunfar. No hay nadie, absolutamente nadie, que pueda hacerlo caer. Y hasta los que hoy le tiran piedras, se acercarán mañana a usted para sonreírle tímidamente. Créalo, amigo: un hombre sincero es tan fuerte que sólo él puede reírse y apiadarse de todo.

Roberto Arlt
21/11/2004 20:25 Permalink. Artículos

Para la cátedra de historia

bot 8.gifHace unos quince mil millones de años, según dicen los entendidos, un huevo incandescente estalló en medio de la nada y dio nacimiento a los cielos y a las estrellas y a los mundos.

Hace unos cuatro mil o cuatro mil quinientos millones de años, año más, año menos, la primera célula bebió el caldo del mar, y le gustó, y se duplicó para tener a quien convidar el trago.

Hace unos dos millones de años, la mujer y el hombre, casi monos, se irguieron sobre sus patas y alzaron los brazos y se abrazaron y se entraron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse cara a cara, mientras estaban en eso.

Hace unos cuatrocientos cincuenta mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los ayudó a defenderse del invierno.

Hace unos trescientos mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras y creyeron que podían entenderse.

Y en eso estamos, todavía queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frio, buscando palabras.


Eduardo Galeano
09/11/2004 08:43 Permalink. Artículos

Para una reflexión sobre nuestra poesía

bot 4.gifUn pasatiempo intelectual, que debo suponer apasionante aunque inútil, puesto de moda hacia la conmemoración del Quinto Centenario, consistía en imaginar cómo seríamos si hubiésemos sido diferentes, ya conquistados por otra cultura –lo que parece históricamente inevitable-, ya por haber seguido un desarrollo solitario, aislado, vueltos hacia nosotros mismos, lo que parece imposible.

Más, en cualquier caso, no habríamos tenido la lengua que tenemos. En cualquier otra, que no fuera exclusivamente oral –lo que excluye a las europeas- , habríamos llegado también, tarde o temprano, a las grandes religiones, filosofías, civilizaciones, poesía escrita: la historia de la cultura, a la que de golpe entramos, como un diario en el que la humanidad hubiera consignado, más que sus certidumbres, sus consoladoras vacilaciones. Cualquier otro idioma habría servido también –y yo me alegro de que fuera el castellano- para que nos comunicáramos entre nosotros mismos; porque siendo la historia como ha sido, no han aparecido aún los intérpretes y traductores de una lengua indígena a otra. Y, dondequiera que nos encontremos en nuestra América, en castellano conocimos el Popol Vuh, el Libro de los Libros de Chilam Balam, los cantos de Huexotzingo, Los Anales de los Cakchiqueles, la mitología cogí, la filosofía náhuatl, la poesía quechua... disminuidos, evidentemente, en el camino de la traducción, su fuerza imaginativa y el hechizo sonoro de las lenguas aborígenes.

"Se llevaron el oro y nos dejaron las palabras", decía Neruda hablando de los Conquistadores. Quiero entender que nos dejaron las lenguas que no pudieron llevarse, y a trueque de otras riquezas, su lengua batida por los pueblos ibéricos, purificada por los poetas –Garcilaso, San Juan de la Cruz, Cervantes, Góngora, Lope, Quevedo, Calderón... - y, no por azar, precisamente en los primeros años de esa conquista que hizo posible, al otro lado del mar, el Siglo de Oro. De ahí que esa lengua nos pertenezca, porque nos fue dada a cambio de lo que nos quitaron. De ahí, también, que los más altos creadores de la lengua española en España sean, en cierto modo, nuestros.

Más, por una jugada de la dialéctica, el habla dominadora –de la ilustración, la justicia, la educación- fue martillada y moldeada aquí, en las siembras y en la almohada, entre dos latigazos y dos rezos. A diferencia de lo que ocurre con el proceso, a veces empobrecedor, de la aculturación, y con el otro, no siempre terminado, del sincretismo. América le devolvió a España un habla diferente, mestizada, enriquecida con todos los aportes que fueron a parar en su cauce. Y tuvo orgullo de esa lengua suya, porque por ella pudo ser original, único, el canto de los más altos: Daría, Vallejo, Huidobro, Neruda, Pellicer, Borges, Girondo, Gelman... Y no es casual el hecho de que cuatro de los cinco premios Nóbel de Literatura que Latinoamérica le ha dado al mundo en menos de cincuenta años, sean poetas.

No sé si el joven Octavio Paz recibió con sobresalto o alegría -¿tratábase de un reproche o de un elogio?- la opinión de Gabriela Mistral en el sentido de que su poesía "no era telúrica". Porque la de la propia Gabriela lo era: exaltación constante y acrítica de lo americano, testimoniaba un deslumbramiento por la conciencia de ser, según la geografía, un mundo nuevo y, según Bolívar, "un pequeño género humano aparte". Y porque toda la poesía de nuestro continente era telúrica, en su doble vertiente de tierra y poblador: sello imborrable, marca ineludible, seña de identidad sin la cual, al parecer, el poeta no encontraba justificación para su canto o no era latinoamericano.

Los acentos modernistas de Rubén Darío cambiaron la visión cosmopolita del modernismo que se proponía "servir de testimonio hispánico del simbolismo", trastocando la poesía hispánica; López Velarde emprendió una interpretación de México, injertando en la tradición poética castiza el habla provinciana; Gonzalo Escudero veía desde el Ecuador la geografía indómita de América, cabalgada por montañas de fuego, mientras que en los poemas de Jorge Carrera Andrade el trópico se reflejaba como en los grandes ríos apacibles de las elva; en la etapa superior de su poesía, Leopoldo Lugones dio cuenta de una visión regionalista del terruño, con un tono nacional tan fuerte que suscitó en Jorge Luis Borges, admirador suyo, un "nacionalismo literario" que le llevaría a proclamar la "independencia idiomática" de Argentina en textos que, aunque tempranos, anunciaban poemas de sus últimos libros: escenas costumbristas del campo, tangos y milongas de gauchos y compadritos del suburbio, incorporados a una mitología dispar en la que, entreverados con los "héroes homéricos, los teólogos mediavales y los piratas del mar de China" son las únicas figuras reales en medio de las otras, hechas de palabras. ¿Se asombraría Paz, ya maduro, cuando Alain Bosquet encontró en su poesía un "surrealismo telúrico"? Y todo esto sin hablar de Neruda, exacerbación poética de lo americano, para la cual elaboró su estética de una poesía impura, en medio de "las furias y las penas" causadas por la guerra de España.

Así, la creación poética latinoamericana correspondía a un continente en el segundo día dela creación y, escrita por poetas modelados con el barro de la geografía, expresaba, sin siquiera proponérselo, su originalidad: ni indio ni blanco, a duras penas mestizo, provinciano frente al cosmos que se le escapaba de las manos porque más cercano y doloroso era el mundo; en un intermedio de su poesía desolada y hermética, César Dávila Andrade cantó, primero, la Catedral Salvaje de América y, luego, a sus antepasados aborígenes cuatrocientos años después de su muerte, y difícilmente se encontrará memorial más completo de la historia lacerada de nuestro continente que en el Cántico cósmico de Ernesto Cardenal. Y habría de venir, juego y juguete al fin y al cabo y negación de la epopeya, la reconstrucción irónica de la hazaña con cierta sonrisa que desnuda a los héroes.

La aldea, el país, el continente. También la lengua, lugar de origen de la poesía, pero agrandada, rehecha, trajinada en la calle. De su Santiago de Chuco natal a su París mortal, Vallejo, el más alto y por más alto el más solo, encabezaría la rebelión poética de América, en un sacudimiento del lenguaje en el que iban a asentarse el léxico poético y la sintaxis del "cholo" de la América Latina; León de Greiff concibió la poesía como un género fagocitario, apropiándose de arcaísmos y neologismos, americanismos y voces de otras lenguas, términos de la mitología, la historia, la literatura y la música; Nicolás Guillén le dio al castellano más puro no sólo voces negras sino incluso el ritmo de sus sones; Nicanor Parra proclamaba orgulloso, más de su actitud que de sus logros, una antipoesía que sólo podpia concebirse en el continente díscolo; Atahualpa Yupanqui y Violeta Parra hicieron de la canción el modo lógico de expresarse la más alta poesía; Carlos Germán Belli puso el lenguaje del hombre contemporáneo en metros y formas del Siglo de Oro español; Juan Gelman hizo, en habla de Buenos Aires, el inventario de todas las preguntas que el hombre de este continente puede plantearle a su destino. Así recrearon el discurso poético aprendido de memoria, elevaron audazmente a poesía la lengua cotidiana para cantar el hecho cotidiano o incorporar la historia, trizada o heroica, en el poema y hasta en la profecía. Y todos –ejemplo de lo que de esponja cultural tiene la América Latina- con el oído atento al rumor del mundo.

¿Quién en la poesía latinoamericana, no gritó "España, aparta de mí este cáliz"? ¿En qué continente la poesía llevó, más que en el nuestro, a "España en el corazón"? ¿Quién no sintió con ella "cuatro angustias y una esperanza"? Fue, tal vez, la experiencia más dolorosa de la poesía contemporánea... Y aunque la había atraído, desde antes, como un anuncio luminoso, gran parte de la poesía de América predijo el socialismo como sistema del futuro, una vez que –paradoja mayor de la historia- salvara al mundo capitalista en los últimos estertores del fascismo. Luego de la victoria, volvió la mirada a su propio entorno, a su realidad minúscula, a sus dolores terribles. Y nos dedicamos a vender de puerta en puerta la profecía: el futuro iba a ser mejor, la justicia iba a ser social, los pueblos iban a ser soberanos, los países iban a ser independientes. Por la esperanza apostaron Vallejo, Neruda, Huidobro, Guillén, Alberto Hidalgo, Benedetti, Cardenal, José Emilio Pacheco, Cisneros, Fernández Retamar, Gelman... Y perdieron en la apuesta, la vida, sin perder la esperanza, Roque Dalton, Francisco Urondo, Otto René Castillo, Javier Heraud, Víctor Jara...

Hace algún tiempo, en un encuentro de escritores celebrado en México para conmemorar los quinientos años del último Congreso de Poetas precolombinos (ignoraban que iba a ser el último y que siempre fueron precolombinos), decía yo que, para fines del siglo, tal vez habremos dejado de soñar. Y, hablando, sin que me lo encomendaran, en nombre de los vivos y de los muertos, recordaba que en la década de los años 60 todo parecía fácil y cercano: la profecía estaba a la vuelta de la esquina y era para mañana; al fin y al cabo, el decenio comenzó con la Revolución Cubana y terminaba con los últimos ramalazos de ese temblor poético de la realidad que, desde mayo de 1968, se produjeron, con diferentes fortunas, en París y México. Y fue en busca de la reunificación del país del lenguaje que la poesía se puso entonces a hablar, más que nunca, como el pueblo.

Pero, en el decenio siguiente, las dictaduras antropomorfas le dieron tantos puntapiés al pobrecito sudamericano y alejaron tanto la posibilidad de la utopía que, al combatirlas debido a una inaplazable exigencia de la dignidad humana, por pura nostalgia confundimos el país perdido bajo la sangre de las torturas con el país aborrecible, como si los regímenes militares hubieran brotado por generación sin germen o venido de otra estrella y no fueran excremento de ese mismo sistema.

En los años 80 se produjo la vuelta institucional al país que, visto desde la distancia, era, de golpe, casi el paraíso recobrado. Y por habernos olvidado de cómo era la patria anochecida, antes la noche de América, toda una generación que al momento de nacer ya está endeudada, que formada en un Estado autoritario no sabe adónde volver los ojos para encontrar trabajo y a la que ya nadie le habla de la esperanza, desconfía de los principios, convierte el lenguaje popular de la poesía en erudición de la palabrota como manifiesto de su desconcierto, y pregunta, leyendo los textos de la melancolía: "¿Es éste el país que ustedes nos dejaron, peor aún, el que ustedes echaban de menos?" Debido a ese viraje que reclamó la prioridad en el continental combate, la salida del último dictador parecía constituir el último programa de una izquierda a la que mutaciones históricas distantes, en las que no tuvo participación alguna, habían dejado sin programa. Porque, ¿qué íbamos a hacernos sin los dictadores que habían llegado a ser casi una justificación? O sea, que en treinta años, pasamos de una visión clarísima del futuro a una nostalgia del pretérito perdido y, de allí, a la actual aceptación de "lo posible": aspiración módica, cómoda, pragmática, que no requiere ni imaginación poética ni valor militante. Y, como en compensación consoladora, la incorporación del arte a la realidad, el descubrimiento de la poesía como tema de la poesía: centenares de versos sobre Van Goch, Cavafis, Kafka o la Maga de Cortazar...

Es verdad que muchos poetas se habían sentado al borde de la acera "a ver pasar el cadáver del imperialismo", mientras otros, mártires a su manera, quisieron ser quienes le daban el tiro de gracia y acompañarlo, gozosos, a su entierro. Ahora, cuando parece gozar de mejor salud que nunca –lo han demostrado sus lentas ocupaciones de territorios, el manejo a su antojo de nuestras economías, su actitud imperial en nuestras repúblicas y en otras, con bombardeos que coinciden con sus campañas electorales o sus escándalos de alcoba o de oficina-, lo único que hemos enterrado es el término que designaba ese fenómeno que durante casi un siglo movió la historia.

El fantasma que recorría Europa, y que inició una gira por América, ya no asusta a nadie gracias a ello, el capitalismo –que era lo que habíamos combatido y que parecía ser ahora, bajo otro nombre, la meta máxima a que debe llegar, obligatoriamente, la humanidad- habrá superado a fines del nuestro siglo XX. Y, como si nada, resulta que nos encarcelaron y desterraron, nos torturaron y nos mataron a muchos de los mejores. Y un día de golpe, nos dijeron que no había sido por ahí la cosa, que el socialismo reconoció haberse equivocado y se había suicidado. Que ni siquiera dejó, dirigida a quienes salían de la cárcel o de la tumba adonde entraron por su espejismo, la consabida carta en la que habría podido decirles que, cuando la leyera, ya no sería de este mundo y que no les reprochaba su error. Pero, a sabiendas de que tardaremos mucho en reponernos de esa jugada de la historia, hay quienes nos negamos a renegar de nuestro pasado, porque con ello nos quitaron la poesía y el futuro: la mejor comprobación de ello es la triste mirada hacía atrás de quienes creyeron haber llegado al fin de la historia.

Pese a ello, asistimos a una escritura de obras que obtienen grandes tiradas por el favor de un público local manipulado por la publicidad del sistema, o porque le dan al lector europeo la falsa imagen de la América latina que él mismo se ha forjado en la distancia y la ignorancia. Sus autores y algunos críticos nuevos hablan contra los "escritores nostálgicos" o que "tienen los ojos en la nuca". Y quienes han confundido el lenguaje popular con menosprecio del lenguaje y de los hechos de cada día con asunto trivial, consideran a quienes emplean "temáticas de años atrás", sin saber bien cual es la temática de hoy, si existe una diferente. Quisieran que los escritores dejaran de hablar del pasado –"sin memoria no hay literatura", había dicho Hemingway-, que no recuerden las dictaduras, puesto que podrían volver a ser necesarias para apuntalar el sistema que las engendra. Y con una clara conciencia de cierta mediocridad generalizada, gracias a la fácil teoría y práctica de la balanza, en lugar de aumentar el peso en el propio platillo, tratan de restarlo del ajeno: así, para ellos, nuestros más grandes poetas vivos tienen un "discurso trasnochado que ya no convoca", pese a ser los autores que mayor público atraen, igual que nuestros novelistas mayores son acusados de "tendencias sociologizantes". Pero, como dijo el argentino Fito Páez, ídolo de los adolescentes amantes del rock: "la música popular de la América Latina o es historia y memoria i simplemente no es" Igual sucede, digo yo, con la poesía.

Porque así como, durante los años 70, los novelistas y poetas, exiliados en el extranjero o en su propio país, fueron quienes escribieron la historia de América que los dictadores pretendían mutilar, hoy tienen que hacerlo otra vez, precisamente, porque no ha llegado aún el fin de la historia. La historia terminará cuando todos estemos obligados a pensar de la misma manera. O sea, cuando haya terminado la poesía, por innecesaria. Y aún antes de que se hubieran resuelto los antiguos problemas viscerales –Chiapas puede ser el ejemplo más elocuente- a la América Latina le han nacido otros, entre ellos el cuestionamiento de ese ser formado, malformado o deformado por el sistema, que sufre las consecuencias de decisiones ajenas para cuya adopción nadie le ha consultado, sumido por la metrópolis en lo que alguien ha llamado "la putrefacción de la historia", y cuya indagación por medio de la poesía es tan honesta y necesaria como la indagación de la historia, e indispensable cuando ya ni siquiera esperamos la llegada del hombre nuevo.

Al neoliberalismo le fastidia una literatura insolente que insiste en el descrédito de la realidad y en su denuncia de la crisis moral y económica, política y estética del sistema, o en la posibilidad de un futuro que no sea la continuación del pasado. De ahí que, en pocos años, concientes o no de la trampa en que caían, los jóvenes, y otros que no lo son tanto, han ido alineándose en las filas de quienes, consecuentes con el "nuevo orden", propugnan, como desembocadura de la modernidad, una literatura light, la llaman así, en la lengua de donde proviene la ideología, para no decirlo, por vergüenza, en castellano: ligera, liviana, leve, fácil, frívola, superficial. Si, antes de ahora, hubiéramos calificado como tal a un autor o una obra, habría sido insultarlos. Hoy, porque es moda ideológica, parece constituir razón de vanagloria. Como si esa fuera la manera de ser contemporáneos de nosotros mismos. Como si, de golpe, nos hubiéramos vuelto superficiales, frívolos. Como si la poesía pudiera serlo jamás.

De ahí que sea dable pensar que acaso les haya ido y les vaya mejor a los poetas que, no habiéndose metido a profetas ni a redentores, se conformaron con una "instantánea de la realidad" (puesto que en nuestros países no cambia ni se mueve), sin pretender explicarla ni transformarla; o que, frente a un sistema corrompido, tratan de restaurar hoy en día la estatua del héroe rota al tropezar con un patriotismo de escuela primaria. O a los que persisten en una búsqueda de Dios con el que tienen, a veces, relaciones de vecinos, sin que en sus rencillas intervengan los hechos de la historia. En cambio, ninguno de los poetas que apostaron a la esperanza está "de regreso" ni, resentido, contra ella: o la habitan como Lezama, Guillén y Retamar; Eliseo Diego y Cintio Vitier; o la avivan, candelita sin la cual no pueden vivir, como Cardenal, Gelman, Benedetti...

Pienso entonces en la función salvadora de la poesía, esencia del conocimiento y el lenguaje humanos. Si para el siglo XXI los poetas –y entre ellos incluyo a los indígenas que, tras haberles tapado la boca durante quinientos años, parecen decididos, en algunos países, a alzar la voz de su reclamo y de su canto- no son capaces de crear una poesía que sea a la vez ideología y utopía diferentes, paradójicamente factible, su papel en la sociedad será más marginal que nunca. Hasta hace algún tiempo, por lo menos para los jóvenes, la poesía era guía de caminantes, libro de horas, manual de amantes o del guerrillero; hoy ni siquiera se plantean dudas sobre el hombre ni sobre la poesía y quizás tenga razón de preferir ocupaciones lúdicas a los quehaceres lúcidos ante el espectáculo desolado del mundo que les dimos.

Porque el destino, más que la historia, nos ha puesto frente a una realidad en la que el lenguaje político va perdiendo significado y la concepción misma del país, degradada en nuestros países, los lleva de tumbo en tumbo a su disgregación, sea por la vejez de sus instituciones o por la fuerza de su corrupción. Entonces volvemos nuevamente los ojos a la poesía tal como fue al comienzo: forma de conocimiento para la indagación del individuo y la transformación de la realidad que conduce al poeta –ya no lírico desencantado sino ciudadano disidente-, de la mano de los lectores que aún le quedan, a desempeñar en la sociedad una función cívica: la de portador de una utopía, que no sea, como quería Lamartine, un sueño irrealizable sino una verdad prematura, que ha de bastarnos para sobrevivir, puesto que ya no anuncia la felicidad.

Y si, como ha dicho Luis Cardozo y Aragón, la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre, la América Latina está probando, pues necesita probárselo a si misma, que existe pese a todo cuanto le han hecho, pese a todo cuanto se lastima a si misma. Testimonio de una tentativa humilde de contribuir a ello a lo largo de una vida son estas páginas, llenas de dudas y fracasos. Llenas de certeza en el ser humano y en el porvenir de la poesía también.

Jorge Enrique Adoum
29/10/2004 18:11 Permalink. Artículos

Lo íntimo y lo público en literatura

bot 106.gif" Todo se entreteje para formar un todo, unas cosas actúan y viven en las otras, suben y bajan como fuerzas celestes y se entrecruzan con sus cubos de oro, oscilan de un lado a otro, con benéfico impulso, bajan del cielo y atraviesan la tierra y resuenan armónicamente en todo el universo. Grandioso espectáculo " Goethe - Fausto -



Con la facilidad, y a veces con la extrañeza que regresamos del sueño a la vigilia, viajamos a través de la literatura y en especial de la poesía, de lo interior a lo exterior, del adentro al afuera, de lo íntimo y lo personal a lo colectivo y universal; y suceptible todo lo anterior de suceder a la inversa.

En ésta tarea alquímica y transfiguradora, de ver inscrita nuestra pequeñéz en el mundo macro y colectivo; nuestro norte, nuestro hilo de Ariadna es el símbolo. Solo él como herramienta mágica permite que lo íntimo adquiera un carácter universal. El símbolo, bella sustancia, por la cual todos los seres , por diversos que parezcan, logran una lectura próxima a lo divino.

El símbolo es el puente que nos admite el diálogo con lo invisible, lo innombrable que se hace promesa de lo posible a través de la palabra, lo numinoso como agua donde fluímos hacia el origen.

Lo acaecido en nuestra realidad tangible es recogido por el pensamiento , transformado por el verbo y vertido en el poema. En ésta faena de lo íntimo, en ésta batalla con la forma, estriba el logro último de develar esa realidad, a veces pequeña y doméstica, a veces simple y aparentemente fútil, en lo sagrado que le subyace, en lo grande, en lo universal de que participa toda cosa de la naturaleza.

Detrás de la experiencia cotidiana existe un orden superior de la realidad. A la literatura le corresponde asir ese orden, hablar su lengua, traer de su cielo la luz infinita que ilumina las cosas de la tierra, la vida de los seres. Es en ese instante donde lo íntimo, lo particular , lo único, pasa a ser universal , vasto , plural y diverso , y todo en virtud de ese tránsito por el símbolo testimoniado desde la metáfora y la comparación; he ahí la función poética.

Una verdadera literatura cuenta con la mirada del ser primordial, con la analogía perpetua , natural y espontánea , entre el afuera y el adentro, entre lo público y lo íntimo. Ese afuera cargado de paisajes itinerantes y de formas, de actos, y de la cosa realizada; y ese adentro cargado de onirismo, de la realidad del pensamiento y de la cosa por realizarse.

Entre éstas dos instancias, el hilaje que mantiene el tránsito vivo, vigente, pletórico de fuerzas en tensión, el viento que hace posible un lugar común, es el verbo que se hace carne, disolviendo el alma de un solo hombre, su sentimiento singular, en la gran alma de todas las cosas, en lo indiferenciado.

Así, lo arquetipal y lo simbólico son el gran fuego común que convocan éstas dos polaridades. Con ellas como puente, se hace posible que el inmenso y palpitante ojo del universo, habite con su escritura secreta en el latido diminuto de los pájaros, que el más tenue de los silencios o la más breve gota de lluvia, contenga toda el agua del océano y su canto rugiente.

En la poesía se viaja de manera inmediata desde el corazón a los asuntos. Mientras los ojos vierten la mirada en la piedra, las manos se ocupan de su talla divina y de su origen; o del viento azaroso y constelado que la trajo frente a sí.

El símbolo, hace que el barquito de papel, evoque el niño que duerme en todas las almas; o la rosa, evoque el enamorado que yace en todos los hombres; o la estrella, evoque la belleza toda que nos habita y nos circunda.

En la literatura como en la naturaleza, todo es rito. La nieve y el desierto en un poema, hablan de la soledad de un hombre, el verano y el fuego, de su pasión y su fuerza, el río es todos sus caminos o el tiempo infinito que fluye, el festejo de una melancolía es la desdicha entera de todos los espíritus, el cielo es el único cielo posible y el viento es todas las músicas y todas las flautas, un diminuto lugar de la tarde es todas las tardes y todos los lugares, y así el sol que brilla para uno solo , brilla para todos.

Todo lo que nos rodea es un verbo infinito, una correspondencia permanente e inmaterial con la belleza o con su ausencia, un aprendizaje del amor por el árbol y la piedra o una negación dolida por nuestra ceguera a su existencia. Todo viene y vá de nuestra pequeña madriguera del corazón hasta palpar la respiración del universo. Siempre en tensión de repetida creación, siempre el adentro un molde sagrado del afuera, siempre la distancia la suma de cercanías repetidas, el plan divino reiterado y multiplicado en el azar.

En la literatura , como en la naturaleza , un hombre es todos los hombres, cuando sueña o cuando vela, y una palabra contiene todas las lenguas y todos los poemas.

El mundo, inescrutable símbolo, vaso sagrado que todo lo contiene. Piadosa y misteriosa cifra que nos repite, que divulga nuestro secreto, nuestra intimidad a una eternidad permanente, para que el gran oído generoso nos albergue en su inmensidad, y nos devuelva en un regreso dulce, a morar el sencillo corazón de las cosas. Así será por siempre.


Claudia Cecilia Trujillo Barrera
16/10/2004 16:09 Permalink. Artículos

Leer en voz alta

bot 102.gifMuchas noches, antes de dormir, nos leíamos en voz alta la una a la otra. Me lo propuso ella. Decía que era una forma más de compartir. Yo siempre había concebido la lectura como un acto íntimo, pero ambas amábamos los libros y yo la amaba a ella, y no encontré ninguna razón para negarme.
A mí no me gusta leer en voz alta. El sonido de mi voz y el esfuerzo de leer despacio, pronunciando bien y entonando las frases, me distraen, y termino pensando en otra cosa mientras leo. Tampoco me gusta que me lean en voz alta. Si quien lee no consigue engancharme con un ritmo constante y una buena voz, se me va el santo al cielo enseguida.

Aun así, desde entonces, muchas noches, antes de dormir, nos leíamos en voz alta la una a la otra.

El primer libro lo eligió ella. No recuerdo el título, pero sí que el texto estaba lleno de términos franceses que yo no sabía pronunciar. No lo acabamos nunca porque nos aburrimos mucho antes.

Abandonamos aquel libro y escogimos una novela italiana que sólo nos duró una noche porque nos gustó tanto que leímos sin parar, turnándonos. Bueno, en realidad a quien le gustó mucho fue a mí, y era yo la que no podía dejar de leer. Así que leí y leí sin parar.

Seguramente aquella noche leí muy mal. Hacía horas que ya no estaba en ese apartamento caluroso y minúsculo de Madrid, sino en otra ciudad inventada. Y había dejado de preocuparme por la vocalización, la entonación o el ritmo: sólo quería conocer la suerte de los personajes. Sobre todo la de aquella mujer que abandonaba su vida entera para que se cumpliese su destino desconocido.

Así, leyendo sin parar, llegué al penúltimo capítulo. Y leí. Y lloré. Y lloré. Y leí. Y cuando llegué a la página siguiente, al final del capítulo, me detuve.

Ella se había quedado dormida.

Berna Wang
03/10/2004 10:11 Permalink. Artículos

La quiebra del feminismo

bot 98.gifCuando el pensamiento único, versión Fukuyama, emergía como una palmera en el desierto de las ideas; cuando la globalización neoliberal iba vaciando de contenido los antiguos atributos del Estado y todo se privatizaba al grito de laissez faire, laissez passer, que el mercado lo regula todo; cuando el país más poderoso de la Tierra se estrenaba en el gobierno del Forrest Gump de la política... hete aquí que unos árabes desarrapados, sin otras armas que unos cuchillos de plástico, nos brindan la puesta en escena de una crisis mundial apocalíptica en medio de decorados evanescentes que pretendían hacerse pasar por la sólida realidad que nos cobijaba.

La demanda angustiosa de seguridad convierte en prioritarios a los servicios públicos tan denostados por el nuevo orden, y los valores que pretendían fundar una era de más y más riqueza se desploman con las torres. La sobrecogida sociedad americana clama venganza y se declara finalmente una guerra contra el Mal como si de una cruzada se tratase. Toda la confusión mental y política se ponen de manifiesto.

A falta de un pensamiento político coherente, comienza el otro bombardeo, el bombardeo mediático de los eufemismos: que si “defensa propia”, que si “justicia infinita”, “libertad duradera”, “solidaridad internacional”..., en fin. Europa, sin voces disidentes, se suma a la liturgia de la confusión con un timorato “amen” sin saber hacia dónde mirar. Y el antiguo Imperio británico toma el bastón de mando de los “aliados” con un pueril entusiasmo que evoca aventuras pretéritas a lo Lawrence de Arabia. Tras siglos de civilización, sólo queda en pie el valor de la guerra para confirmar la brillante lógica del bombero pirómano que ataja el fuego con gasolina.

Posiblemente no contemos con el diferido necesario para tener una visión clara de lo que “nos” ha sucedido. Mientras los políticos confían en que se recupere el consumo como una brillante salida de la crisis y otros brujulean por los dígitos del “parqué” a ver qué pueden embolsarse en el río revuelto, algunos comienzan a aventurar la necesidad de un cambio de paradigma, aunque nadie señale qué tipo de modelo es el que ha periclitado. ¿El capitalismo salvaje globalizado? ¿La partitocracia como sistema pseudo-representativo? ¿El concepto mismo de desarrollo frente al de calidad de vida? ¿La visión masculina del mundo como reincidencia en el atolladero de lo Mismo? Tal vez todo esto y por su orden, pero lo más claro para mí es el fracaso del pensamiento político y de los políticos. La guerra como solución y el consumo como esperanza evidencian esta hipótesis. Las guerras, jalones de una historia de la política entendida como dominio, nos alejan de cualquier ilusión evolutiva de progreso.

Esta obligada síntesis un tanto esquemática del momento actual me sirve de introducción al tema propuesto, simplemente porque, como escribía Hannah Arendt, “el pensamiento surge de los acontecimientos de la experiencia vivida y debe mantenerse vinculado a ellos como a los únicos indicadores para poder orientarse”.

Considerando que el Feminismo constituye un pensamiento y una práctica política, me pregunto si la quiebra actual no le afecta del mismo modo que a otras posiciones políticas para las que el mundo actual se ha tornado demasiado complejo en contraste con las soluciones tan simplistas que se le pretenden aplicar.

Los seguidores de Kuhn prevén un cambio de paradigma que siempre acaba por imponerse cuando el desfase entre problemas y soluciones se hace irreversible. Lo que sucede es que nos pilla con el paso cambiado después de dos décadas de aplicación de una política económica de hechos consumados y un vacío desolador en lo que a teoría se refiere. Esta conjunción promete decadencia total o imaginativas respuestas de última hora. Sea lo que sea, no valen regodeos, repeticiones ni autocomplacencias en lo ya conseguido a fin de “salvar los muebles” en un naufragio en el que lo que se debate es la supervivencia. Seguir pensando y actuando de la misma forma augura el desconcierto en el mundo que viene.

En cuanto a lo que nos ocupa, qué duda cabe de que el feminismo se ha ido consolidando en el último medio siglo pasado como un movimiento eficaz en cuanto a su expansión, interculturalidad e interclasismo, lo que ha supuesto para las mujeres del mundo un claro avance en relación a su emancipación. Un duro camino de reformas cualitativamente importantes que han mejorado la situación de muchas mujeres y que políticamente ha profundizado la democracia, pero que se ha revelado tremendamente débil frente a otras prioridades políticas que lo desbordan en lo que realmente importa.

Las feministas podemos crear un estado de opinión para que a las mujeres afganas les sea permitido quitarse la burka o volver a la escuela, pero somos impotentes ante una declaración de guerra. Podemos lanzar una campaña eficaz contra la ablación del clítoris en ciertas regiones, pero nada podemos hacer para modificar las exigencias de los créditos estructurales que hunden en la miseria a esos mismos países. Esto indica que el feminismo se ha centrado demasiado en “cuestiones femeninas” dejando el resto de los asuntos en manos de la incompetente competencia masculina. ¿Significa esto que el feminismo per se sólo puede aspirar a ser un movimiento reformista cuyos límites acaban donde comienzan las grandes cuestiones de Estado y los destinos del mundo? ¿Tendremos que refugiarnos en el intimismo de lo personal como reducto al margen del sistema? ¿O bien una crítica radical a ese sistema patriarcal nos legitima para crear una política propia como alternativa global? Veamos el estado de la cuestión.

- Del Sujeto fantasmagórico a la ética de rebajas

Un cierto feminismo igualitarista alimentado en los principios de la Ilustración renuncia de entrada, en aras de esa igualdad, a la libertad de acción y de creación que propicie un paradigma que dé cabida a un pensamiento feminista con alternativas propias.
Este feminismo de la igualdad se ocupa de hacer progresar en la marcha del mundo, en la política institucional y en la sociedad los principios ilustrados, pero incluyendo en ellos a las mujeres. Como si la Historia se hubiera parado dos siglos, se intenta recomenzar lo que se inició con una carencia fundamental. Por eso su tema estrella es el del Sujeto, cuya crisis les produce pavor al pulverizar sus cimientos argumentales, ya que como declara su principal mentora en España, Celia Amorós, “El feminismo apuesta por una sociedad de sujetos –por supuesto, de lo que hemos llamado sujetos verosímiles y no iniciáticos– en el orden del deber ser”. Y espera que esta homologación de las mujeres en dicha categoría nos libere de la jerarquía oprimente de los géneros, dotándonos de una mayor autonomía en lugar de la heteronomía del papel asignado. Lo cual queda muy bien salvo el pequeño detalle de que los sujetos femeninos acabarán siendo meros fantasmas, libres ¡al fin! de su propio sexo.

Intentando huir de cualquier esencialismo que sirva de coartada para marginar a las mujeres, el feminismo igualitarista se arroba con el desencarnado cogito cartesiano que, libre de particularidades, se universaliza, independiente ya de su sexo, de su género y de otras nimiedades para volar por la estratosfera del discurso. Para Descartes, el ser humano está escindido en cuerpo y alma, perteneciendo el cuerpo al universo material cuya esencia es la “extensión”, pero lo que define al alma, lo que constituye su esencia, es la “razón” que nos equipara a todos los seres humanos. ¡Eureka! Huimos de una esencia para caer en otra, pero, eso sí, universal ¡qué alivio! Ahora, las mujeres universalizadas ya sólo somos razón, una especie de seres fantasmales y desencarnados, pero “no diferenciadas” dentro de lo humano. Y el arrobo llega al éxtasis cuando descubren que Poulain de la Barre utiliza el dualismo cartesiano cuerpo-mente para fundamentar, en la mente pensante, la igualdad de derechos de las mujeres. De mujeres sin cuerpo, claro.

Sentadas las bases de una universalidad tan atractiva, sólo resta fundamentar la individualidad como el otro polo necesario del ser Sujeto. Muy fácil: Desde el nominalista “principio de individuación”, que viene nada menos que de la Baja Edad Media, también se combate el esencialismo porque únicamente existen las realidades individuales, que en los seres humanos no se reducen a la sustancia (el cuerpo), sino que esa sustancia se vuelve Sujeto sin adscripción a una esencia. Más alquimias para huir de la realidad mostrenca de un cuerpo que nos pueda diferenciar un ápice de los varones. En pos del sujeto universal llegamos a la esfera angélica de espíritus puros en viaje hacia su forma.

La apuesta por una sociedad de sujetos queda así argumentada, pero este feminismo, que también es una ética, postula la ética sartriana como la más convincente “en el orden del deber ser”, cuyo valor definitorio es la trascendencia, es decir, el ir más allá de lo “dado”, que son nuestras circunstancias, entre las que se encuentra, casualmente, la de ser mujer. Esta insistencia comienza a ser tan preocupante que se me antoja tema de diván.
Ahora bien, sin esencia sin cuerpo sin nada que nos identifique como mujeres, tan universales y tan individuas ¿cómo conjugar este proyecto con la necesidad de acción colectiva propia de cualquier movimiento político? Amelia Valcárcel recoge el guante para apuntar la primera dificultad, pues el estatuto de individuas no nos viene así como así: “La individualidad han de concederla los iguales que atribuyan fundamento a la voluntad que reconocen”. O sea, que antes de ser individuas hemos de hacer méritos para que el poder masculino nos otorgue el estatuto de tales ¡vaya por dios! En cuanto a la necesidad política de un “nosotras” en la lucha por la emancipación, las feministas hemos de huir como de la peste de dos tentaciones en las que podríamos caer: el esencialismo y el naturalismo. Para evitar tales peligros, Valcárcel plantea que las mujeres compartimos una gama infinita de formas de estar en el mundo, una fenomenología, pero nunca una esencia, lo que también me resulta paradójico, ya que la fenomenología nos remite a esa situación de género que tan opresiva les resulta. Sigue discurriendo que, partiendo del principio ilustrado de que la universalidad abstracta y formal es de suyo un valor, lo mejor que podemos hacer como individuas y como “nosotras” es actuar como lo haría un hombre, ya que “hoy por hoy, es el único poseedor de la universalidad”, que es lo mismo que decir que no hay que aspirar a ningún tipo de excelencia ni de cambio por el mero hecho de ser mujer o de ser feminista, pues el igualar, aunque sea por abajo, supone ya una superación del estadio anterior de la desigualdad. Y a esta fantástica conclusión le llama ingeniosamente “el derecho al mal”. O sea, una ética de rebajas para andar por casa.

Pues bien, si la individualidad sólo se adquiere por el reconocimiento masculino y el modelo de universalidad también radica en los variopintos comportamientos varoniles, me pregunto si en lugar de tanta reflexión metafísica y de tantas servidumbres en la mediación no sería más fácil un cambio de sexo, que simplificaría muchísimo las cosas.

Resulta finalmente que la excitante aventura de ser Sujeto se traduce en la triste renuncia a ser mujeres. Con semejantes presupuestos igualitarios no me extraña que nos sintamos desarmadas cuando es el rumbo de la humanidad el que está en cuestión. Y lo que pongo en duda es que con esos lastres de pensamiento se pueda plantear siquiera un cambio de paradigma que, para empezar, no significa pensar cosas nuevas, sino de modo diferente. Tanta metafísica me temo que ya no nos sirve.

Victoria Sendón de León
25/09/2004 11:36 Permalink. Artículos

Yo, el libro

bot 93.gifSoy muy especial. Mi tecnología es insuperable. Funciono sin hilos, baterías, pilas o circuitos electrónicos. Soy útil incluso donde no hay energía eléctrica. Y puedo ser usado incluso por un niño: basta con abrirme.

Nunca fallo, no necesito manual de instrucciones, ni de técnicos que me reparen. Paso de oficinas y herramientas. Estoy exento de virus, aunque figure en el menú de los proyectos. Si hay algo que el lector no entienda en mí, hay otro colega que explica todos mis vocablos.

A través mío las personas viajan sin salir del lugar. ¿No es fantástico? Basta con abrirme y puedo llevarlas a la Roma de los Césares o a la India de los brahmanes, a los estudios de Hollywood o al Egipto de los Faraones, al modo como las ballenas cuidan de sus hijos o a los misterios de los agujeros negros.

Estoy hecho de papiro, pergamino, papel, plástico y, hoy, existo hasta como material virtual. Domino todas las ramas del conocimiento humano. Y, al contrario de los seres humanos, nunca olvido. Si me consultan, aclaro dudas, respondo preguntas, estimulo la reflexión, despierto emociones e ideas.

Pudo enseñar cualquier idioma: tupí, griego, chino o ruso. Incluso lenguas muertas, como el latín. Introduzco a las personas en la meditación zen-budista y en los secretos de la culinaria, en las partículas subatómicas y en la historia del automóvil, en las maravillas de los jardines colgantes de Babilonia y en las costumbres de los escorpiones.

Para utilizarme, la persona puede escoger el lugar más confortable: la cama, el sofá de la sala, una silla en la cocina, una grada de escalera o el asiento del bus. Le traigo los poemas de Fernando Pessoa y los salmos de la Biblia, las instrucciones para arreglar un monitor de televisión y la biografía de John Lennon, los viajes de marco Polo y los cálculos de la propulsión de las naves espaciales.

Trabajo en silencio y nunca incomodo a nadie, pues no insisto. Es mi lector el que se cansa y, en este caso, puede cerrarme y continuar la lectura horas o días después. No huyo, ni escapo del lugar, ni abandono a quien cuida de mí. Quedo allí a la espera, sobre una mesa o en un anaquel, sin alterar mi humor. Excepto cuando soy blanco de la codicia de algunas personas sin escrúpulos, que me roban a mis legítimos dueños.

Revelo a quien me busca lo que es de su interés: cómo cuidar el jardín o detalles de la guerra de Paraguay, la increíble pasión entre Romeo y Julieta o la atribulada vida amorosa de Elvis Presley, los secretos de la fabricación de un buen vino o las mil y una interpretaciones de Las mil y una noches.

Se puede estar conmigo y, al mismo tiempo, oír música o viajar en tren, barco o avión, sin necesidad de pagar mi pasaje. Soy transportable, manipulable y hasta descartable. Pero acostumbro a engañar a quien confía en las apariencias: no siempre mi rostro revela el contenido.

Sin mí la humanidad habría perdido la memoria. Y, posiblemente, no acabaría sabiendo que Dios se reveló a ella. Soy portador de epifanías y de sueños, de tragedias y esperanzas, de dolores y utopías. Y soy también una obra de arte, dependiendo de cómo mis autores tejen y bordan las letras que llenan mis páginas.

Libre y leído, soy libro.

Frei Betto
15/09/2004 21:26 Permalink. Artículos

Abogados y escritores

bot 72.gifEn la casa de mi infancia había un cartelito colgado por mi madre que decía: “Dios mío, ojalá que en esta casa no entren ni médicos ni abogados”.

Sin embargo, un abogado entraba y salía todos los días de la casa. Era mi padre. Además, mamá tenía dos hermanos y un cuñado, médicos y dos hermanos abogados, Y por fin, muchos años después, yo recibiría el título que me recomienda defender “las mejores causas” y también lo haría en su momento mi hija Anabelí. Todo lo cual por un lado revela el excelente sentido del humor de mi madre y por el otro ofrece la evidencia de que existen ciertas enfermedades de familia.

Como es normal entre los abogados latinoamericanos, escribí poemas durante toda la adolescencia, y acudía con interés vehemente a las audiencias penales y a las clases de derecho de familia, pero tan sólo para inspirarme en ellas y escribir los que serían mis primeros relatos. Tiempo después colgaría en mi estudio el doctorado en literatura junto a mi poco usado título profesional de abogado, pero nunca olvidaría ciertas nociones jurídicas que han sido y son fundamentales en mi tarea de escritor y en mi pretensión de ser un hombre decente.

Ello se debe a un consejo que me dio mi padre cuando advirtió que, pese a mi afición por el derecho romano y por los teóricos alemanes, mis pasos avanzaban por el descarriado sendero de la literatura.“Es evidente que vas a ser escritor”- me dijo y añadió: “Por lo tanto, es preciso que leas con amor y atención el Código Civil. Fíjate bien cómo está escrito: no hay un solo adjetivo en sus páginas. No hay una sola palabra que sobre… y no hay ninguna que falte. Solamente cuando escribas así, serás de verdad un escritor”.

Y eso es justamente lo que he estado tratando de hacer toda la vida y lo que me ayuda a saber si mi prosa es limpia y si mi texto convence, deleita o inspira. Tal es también la madera de la que están contruidos los recursos del litigante cuando tratan de ser eficaces y los mandatos del juez cuando son completos, en ambos casos cuando los textos se escriben por apetito de justicia y no por gula de palabras.

En el Perú han estudiado Derecho, entre otros escritores, César Vallejo, Enrique López Albújar, Ciro Alegría, Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro, y eso se puede notar en sus obras. De la misma forma, excelentes abogados me han confesado que siempre quisieron ser escritores. Ocurre que, en países como los nuestros, quien nace escritor tiene que escoger una vocación para vivir junto a la desastrosa vocación para soñar, y generalmente aquella termina devorándose sus sueños.

Hay algo que mi padre añadió entonces: “Si de todas maneras también quieres ser abogado, estudia y aprende bien la noción del acto jurídico, y lo serás. De paso, eso te servirá para saber si eres un hombre correcto”. Para los profanos, al decir “acto jurídico”, mi padre se refería a las relaciones consensuales en mérito de las cuales dos o más partes se ponen de acuerdo para establecer un contrato, armar una empresa, casarse, arrendar una casa, comprar un bien u ofrecer un servicio, vale decir para que los hombres hagan el milagro cotidiano de edificar una sociedad y de vivir en armonía.

Cuatro son sus elementos: sujeto legal, objeto posible, fin lícito y observancia de la forma prescrita por la ley, y aunque este correo no pretende ser un artículo jurídico, creo que todos ellos se sintetizan en el respeto a la voluntad de las partes que es la expresión del primer bien existente en el universo, la libertad; y ella, la libertad, es la que nos junta incansablemente y la nos hace más humanos y mejores integrantes de un mundo en el que nuestra misión es obrar con amor y crear una sociedad realmente justa.

Poco tiempo he ejercido la profesión de abogado, pero todo el tiempo vuelvo a los principios jurídicos que me hacen saber si mis acciones son correctas, y siempre trato de escribir como lo aprendí en Código Civil, y por todo eso, esta tarde, vuelve a mi recuerdo la imagen de mi padre levantándose de la mesa del almuerzo para atender a un cliente. “Discúlpame- le dice a mi madre- pero debes entender que un abogado es como un sacerdote, y debe llevar la paz a quienes la necesitan”.

Eduardo González Viaña
01/09/2004 21:37 Permalink. Artículos

De la máquina de escribir a la computadora

bot 53.gifLa computadora es un instrumento que se ha tornado imprescindible para la sociedad moderna. Tiene, con respecto a la vieja máquina de escribir, ventajas que muchos no acabamos de descubrir y que cada vez la tecnología las incrementa.
La computadora, una especie de objeto inteligente incorpora los usos y técnicas de otros medios como el correo, el teléfono, fax, libro, periódico, biblioteca, radio, televisión, cine y por supuesto es un campo de comunión y encuentro, comunicación y ligue entre ciudadanos de países tan remotos.

Lejos han quedado aquellos temores de que la computadora se convierta en amo de los humanos, tal como la planteara hace unas dos décadas la película Proteo, amén de otros filmes que ha creado Hollywood. Las computadoras y sus componentes cada vez se hacen más accesibles a los ciudadanos, además de fáciles de transportar. Atrás quedaron las primeras imágenes de computadoras que ocupaban sendos espacios y hasta varios pisos.

Hay quienes añoran su antigua máquina de teclazos. Incluso periodistas y escritores se niegan a dejar su vieja máquina y a sustituirla por una computadora u ordenador, en el léxico de los españoles.
El escritor Martín Luis Guzmán, en un ensayo titulado Mi amiga la incredulidad, nos narra los efectos que la primera Rémington generó en el escritor norteamericano Henry James, a principios del siglo pasado. Según las crónicas de entonces, el ruido de la máquina era su fuente de inspiración. Motivado por esas historias, Martín Luis Guzmán se vio impelido a cambiar su Underwood, preciosa máquina de escribir de colección ahora, por una Remington. Y como Henry James, para Martín Luis Guzmán, el ticlititla de su Remington generaba una sinfonía mecánica, despertando la curiosidad y los comentarios de sus vecinos y su familia. Hasta le servía para calmar al travieso de su hijuelo y le permitió, por supuesto, escribir obras tan connotadas como El Águila y la serpiente y La sombra del caudillo, entre otras.
Después de las máquinas de escribir mecánicas, vinieron las eléctricas, cuyos sonidos son, como se dice ahora, lighs. Y de estas apenas sobreviven algunas en viejos despachos de contadores, notarios o, principalmente, en las oficinas de burócratas que se niegan al cambio y a la modernización.

El antecedente más antiguo de la computadora es el Ábaco, cuya historia se remonta a la antigua civilización griega y romana. Pero es en el siglo XIX cuando Charles Babbage, profesor matemático de la Universidad de Cambridge coloca los cimientos de la primera computadora, denominada la máquina analítica, un dispositivo mecánico para efectuar sumas repetidas. Sólo hasta 1944, en plena guerra mundial, el equipo encabezado por Howard Aiken construyó la MARK1, en la Universidad de Harvard. Considerada como computadora electrónica, su funcionamiento estaba basado en dispositivos electrónicos llamados relevadores. En 1947, en la Universidad de Pennsylvania, se construyó la ENIAC (Electronical Numerical Integrator and Calculador) y ocupaba todo el sótano de esa universidad. Más tarde, el ingeniero matemático húngaro John Von Newman proporcionó ideas que resultaron fundamentales para el desarrollo posterior de estas máquinas, a tal grado que es considerado el padre de las computadoras modernas.

Desde entonces se vino una revolución en este instrumento, de tal suerte que han pasado varias generaciones y hoy vamos por la quinta generación de computadoras y sus ingenieros y la tecnología sorprenden a cada rato.

Las computadoras ya no hacen ruido. Son tan silenciosas y delicadas. Pueden hablar, indicarnos al momento cuando hemos escrito mal una palabra, nos dicen cómo arreglar el desajuste del vocabulario. Si queremos oír una sinfonía de Mozzart, basta con insertar un CD. Si el deseo es ligar o enviar una carta se conecta a la línea telefónica y se aprieta un botón. Inclusive sustituye algunas “cualidades” de las secretarias como archivar documentos, llevar la agenda, los directorios telefónicos, tiene machotes para cartas, calculadora y más linduras que mis pocos conocimientos no acaban de descifrar.

Y si añora los ticlititla de las antiguas máquinas de escribir, los ingenieros de sistemas han incorporado sonidos de teclas, si eso es lo que le inspira a escribir. Pronto, si no es que ya, habrá computadoras de bolsillo y, como en las películas de ciencia ficción, también computadoras que se acomoden en un reloj de mano. La inventiva del hombre es infinita, a grado tal que un personaje listo ha proporcionado un correo electrónico para comunicarse con Dios.

Prócoro Hernández Oropeza
14/08/2004 15:15 Permalink. Artículos

¿Por qué nos dejamos manejar?

bot 43.gifNo hay movimiento. Somos corderitos controlados por un Gran Pastor. No nos rebelamos. Seguimos las reglas que nos dictan. Nada nos conmueve. La opulencia ha asesinado a la rebeldía. Solo nos quejamos de la mierda que nos rodea pero no actuamos contra ella sino que percutimos nuestras frustraciones contra el lado débil de nuestras vidas: algún amigo pusilánime, una mujer dependiente, un hijo aterido, un inocente aficionado que pasea los colores del equipo contrario. Para esto si valemos pero para insistir en la lucha contra la opresión disimulada (cada día menos) parece que no: nos falta constancia y unión. Nos importa muy poco lo que le pase al vecino mientras nosotros no nos veamos afectados. Lo grave del asunto es que este virus he infectado también a los privilegiados que poseen la capacidad para voltear la situación, esto es, a los que tienen las ideas válidas. Éstos, acomodados, tan solo disparan balas de fogueo con sus críticas en periódicos de tirada más o menos elevada, en reuniones elitistas de eruditos o en algún libro donde denuncian la situación sin darle nombres y apellidos: nada de mojarse. Solo palabras.

Y las palabras ya no bastan para hacer reaccionar al pueblo. Hay que desenchufarlo del televisor: se ha convertido en un electrodoméstico más, solo que no consume luz sino toda la batería de productos superfluos que la propia caja tonta tiene a bien ofrecerle. El pueblo, por su parte, piensa, equívocamente, que la culpa la tienen los mandamases actuales (en todas las épocas pasa lo mismo), a los que hay que sustituir por otros de valía superior (sic). Pero la verdadera revolución parte de lo personal y se consolida externamente y no al revés, como quieren hacernos creer los interesados en el cambio del collar al perro del Poder. Nos han convencido de que existe tan solo la posibilidad de estar a un lado de la balanza ideológica, o en el lado contrario. Exponen, convencidos, que no existe alternativa a la carne o al pescado que ellos ofrecen. Y los que ostentan el poder se encargan de recordárnoslo con implacable insistencia por si acaso se nos pasa por la cabeza la idea de olvidarlo.

“Eres un ‘sociata’ de mierda”
“Menudo ‘facha’ cabrón estás hecho”

Si permutamos ‘sociata’ por ‘culé’ y ‘facha’ por ‘merengón’ (o al contrario) las frases no pierden nada de su sentido bipolar.

La ironía del mensaje bipartidista radica en que te lo venden como una ‘opción libre’. ¿Cómo puede decirse que es libre una opción política cuando no se le puede criticar sus ‘flecos’, sus ideas equívocas, que las tiene, como cualquier ente controlado por humanos? Es como querer vendernos un disco porque alguien dice que es genial. “Bueno, señor, permítame valorar todas y cada una de las canciones a ver si es tan genial como usted dice”. No, no nos permiten la crítica a ninguna canción, nos endilgan todo el disco al completo y con esas lentejas hemos de tragar. Y ay Iluso si tienes la indecencia de contradecirles.

Hablamos tanto y tan ligeramente de Libertad que la hemos logrado encerrar en una suntuosa urna, en un recinto cerrado donde no la dejamos respirar, vivir y crecer por sus propios medios, donde le damos la forma que nos interesa sin contemplar la posibilidad de errar en nuestra concepción de la misma. Y allí, confinada, va deteriorando su esencia hasta pudrirse, hasta resultar insoportable su hedor. Queremos ponerle puertas al campo sin advertir que es una quimera.

Muchos aseguran, con la boca henchida de orgullo, que eligen su destino... y se quedan tan anchos: se creen su propia mentira. Están convencidos de ser muy diferentes al resto de los mortales por discrepar de la media, por no andar por el sendero trazado para la mayoría. Pero no analizan con detenimiento lo que significa vivir en sociedad: ceder parcelas de nuestra libertad individual en aras de la convivencia. La queremos toda, sin parar a pensar que los demás también pueden tener la misma aspiración.

Nadie puede asegurar que cuando realiza una acción ésta no esté condicionada por algo o alguien a su vez. Actos tan cotidianos como fumar, comer, leer, ver una película o comprarse ropa son imposibles de realizar (aun eligiendo sin presiones externas) con independencia absoluta; fumamos los cigarrillos que existen en el mercado, no plantamos y recolectamos el producto con nuestro esfuerzo; comemos lo que alguien nos prepara (o nos vende, o nos entrega), no prendemos de la Madre Naturaleza los alimentos que consumimos; leemos lo que se publica, lo que alguien quiere que leamos; vamos a ver las películas que hay en cartelera (incluso las independientes), o las que alguna persona nos enseña, porque hay un tipo que nos la prepara y sirve a su gusto; compramos la chaqueta que mejor nos sienta de entre el muestrario que una serie de diseñadores ha creado, no la creamos con nuestras propias manos y, aunque así sea, es con los tejidos que existen en el mercado. Siempre hay alguien detrás de cada acto optativo.

En toda elección subyacen componentes coercitivos, incluso si lo que se escoge es una pareja, que se podría pensar realizada con absoluta libertad. Seleccionamos de entre las personas que pertenecen a nuestro círculo vital (trabajo, ocio, amigos, familia), no perseguimos por todo el universo el prototipo de persona ideal que cada uno lleva impreso en su interior. La casualidad nos lleva por sus propios derroteros a la hora de coincidir con esa persona a la que consideramos tan especial. Y casualidad no es voluntad, por mucho que la vistamos con esos ropajes mediante frases del tenor de “es mi media naranja”.

Solo los pensamientos son libres (o deberían serlo) y por esa razón se cotiza tanto intentar manipularlos, adecuarlos a lo que a unos pocos interesa. Y contra esa domesticación de las ideas a la que nos quieren someter hay que luchar, cada cual con sus capacidades: nos va el futuro (y el orgullo) en ello. Y el futuro, nuestro o de quien de verdad nos importa, llega, y deseamos que sea el mejor. Pero para que ello sea posible hemos de sembrar una semilla: la planta del bienestar no crece sola. No podemos pretender que el edificio de la bonanza se construya solo, hemos de colocar ladrillo a ladrillo con tesón, sin desfallecer ante las adversidades, para que algún día luzca esplendoroso y no se derrumbe ante la mínima contrariedad.

Jose Luis Sánchez Piñero
31/07/2004 12:02 Permalink. Artículos

El fin último: el lector

bot 4.gifOlvidan muchos eruditos de las letras que el fin último de toda obra literaria es el lector y no los amigos ni los críticos oficiales ni el grupo literario que los acoge con aplausos ni los analistas que gustan disecar el texto como una cosa, quitándole toda humanidad.

Como lo olvidan, se llevan sorpresas.

Entre algunas, las que ciertos libros que ellos miran con desdén, son fácilmente cogidos por el mundo lector, y las obras que éstos mismos elevaron a las nubes en medio de ditirambos y loas pretenciosas, duermen el sueño de los justos en los anaqueles de las librerías, siendo adquiridos únicamente por amigos del autor, algunos parientes y ciertos sabihondos que gustan de las oscuridades.

Sobre este punto ciertamente hay posiciones contrarias.

Hay quienes se interesan en algo tan añoso como el nudo narrativo, la tensión dramática, el desenlace, etc. Algo así como la configuración principio, medio y fin. Si eso lo atrapa, no dejan el libro y se sumergen en un cosmos admirable y maravilloso, haciéndolos soñar, haciéndolos pensar. ¡Qué mejor!.

En cambio, los doctores que toman el texto y comienzan una vivisección de él, apartando, cortando, analizándolo por partes, buscando causas y analogías, encasillándolos en escuelas y modas, investigando cada detalle, cada palabra, cada asociación, ¡qué placer encontrarán! Ciertamente lo hallan en su tarea, pero ¿dónde está el brillo de los ojos de alguien que lee ensimismado, dónde el éxtasis de quien se arrebata por el interés de un libro, donde está la mística, el gozo, la alegría de leer?. Sí, seguramente también podrían tenerlo, pero nos mostramos escépticos con su naturalidad.

Esto, porque el lector es natural, recibe los embates de la lectura en forma normal. En cambio ellos, los eruditos, los académicos, los estudiosos, los investigadores...

El tema es complicado y admite matices. Evidentemente. Pero sostenemos que el fin último de toda creación literaria es el lector y hacia debe caminar el escritor, no desviarse. Los que encuentran placer, si lo encuentran, asesinando, perdón, auscultando fríamente el texto, allá ellos. Respetable posición. Nos alineamos, sin duda alguna, en el bando de los que gozan, sufren, lloran, ríen, se emocionan con los libros.

Jorge Arturo Flores
14/07/2004 21:08 Permalink. Artículos

Una maravilla

bot 25.jpgCuando leemos, alguien habla dentro de nuestra mente.
Siempre nos sucede. Alguien, que no somos nosotros, resuena en nuestra cabeza
al ritmo que avanzamos en la lectura.
En este mismo momento, ¿No estás escuchándome?
Si, estoy hablándote.
Es como si me hubiera instalado en tu cerebro y allí oyeras mi voz.
Pero, físicamente, estoy en el papel. Soy el fruto de tu conocimiento del
valor fonético de cada letra combinada en cada palabra hasta integrar las
oraciones que conformarán todo el texto.
Quizá, tomar conciencia de esta particularidad maravillosa -que yo hable
dentro de ti mientras lees-, te ayude a entender porqué la palabra tiene un
poder mágico.
Ahora mismo, puedo gritar muy fuerte: “¡Socorro!, ¡Ayúdenme!, ¡Estoy aquí!”
Puedo susurrar en tu oído: “¡Por favor, que nadie se entere de nuestro
secreto!”
Me escuchas recordarte: “¡Nunca bajes los brazos!”
Tan mágico es el poder de la palabra que, cuando termines de leer, ya no
escucharás mi voz.

Daniel Adrián Madeiro
25/06/2004 19:48 Permalink. Artículos

El analfabeto político

bot 2.gifEl peor analfabeto es el analfabeto político. Él no ve, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. Él no sabe que el costo de la vida, el precio del frijol, del pescado, de la harina, del alquiler, del calzado o de los medicamentos, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que odia la política. No sabe el imbécil, que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, el asaltante y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.

Bertolt Brecht
15/06/2004 22:06 Permalink. Artículos

Paradojas

bot 11.gifLa mitad de los brasileños es pobre o muy pobre, pero el país de Lula es el segundo mercado mundial de las lapiceras Montblanc y el noveno comprador de autos Ferrari, y las tiendas Armani de Sao Paulo venden más que las de Nueva York.

Pinochet, el verdugo de Allende, rendía homenaje a su víctima cada vez que hablaba del "milagro chileno". El nunca lo confesó, ni tampoco lo han dicho los gobernantes democráticos que vinieron después, cuando el "milagro" se convirtió en "modelo": ¿qué sería de Chile si no fuera chileno el cobre, la viga maestra de la economía, que Allende nacionalizó y que nunca fue privatizado?

En América nacieron, no en la India, nuestros indios. También el pavo y el maíz nacieron en América, y no en Turquía, pero la lengua inglesa llama turkey al pavo y la lengua italiana llama granturco al maíz.

El Banco Mundial elogia la privatización de la salud pública en Zambia: "Es un modelo para el Africa. Ya no hay colas en los hospitales". El diario The Zambian Post completa la idea: "Ya no hay colas en los hospitales, porque la gente se muere en la casa".

Hace cuatro años, el periodista Richard Swift llegó a los campos del oeste de Ghana, donde se produce cacao barato para Suiza. En la mochila, el periodista llevaba unas barras de chocolate. Los cultivadores de cacao nunca habían probado el chocolate. Les encantó.

Los países ricos, que subsidian su agricultura a un ritmo de mil millones de dólares por día, prohíben los subsidios a la agricultura en los países pobres. Cosecha récord a orillas del río Mississippi: el algodón estadunidense inunda el mercado mundial y derrumba el precio. Cosecha récord a orillas del río Níger: el algodón africano paga tan poco que ni vale la pena recogerlo.

Las vacas del norte ganan el doble que los campesinos del sur. Los subsidios que recibe cada vaca en Europa y en Estados Unidos duplican la cantidad de dinero que en promedio gana, por un año entero de trabajo, cada granjero de los países pobres.

Los productores del sur acuden desunidos al mercado mundial. Los compradores del norte imponen precios de monopolio. Desde que en 1989 murió la Organización Internacional del Café y se acabó el sistema de cuotas de producción, el precio del café anda por los suelos. En estos últimos tiempos, peor que nunca: en América Central, quien siembra café cosecha hambre. Pero no se ha rebajado ni un poquito, que yo sepa, lo que uno paga por beberlo.

Carlomagno, creador de la primera gran biblioteca de Europa, era analfabeto.

Joshua Slocum, el primer hombre que dio la vuelta al mundo navegando en solitario, no sabía nadar.

Hay en el mundo tantos hambrientos como gordos. Los hambrientos comen basura en los basurales; los gordos comen basura en McDonald's.

El progreso infla. Rarotonga es la más próspera de las islas Cook, en el Pacífico sur, con asombrosos índices de crecimiento económico. Pero más asombroso es el crecimiento de la obesidad entre sus hombres jóvenes. Hace 40 años eran gordos 11 de cada 100. Ahora, son gordos todos.

Desde que China se abrió a esta cosa que llaman "economía de mercado", el menú tradicional de arroz con verduras ha sido velozmente desplazado por las hamburguesas. El gobierno chino no ha tenido más remedio que declarar la guerra contra la obesidad, convertida en epidemia nacional. La campaña de propaganda difunde el ejemplo del joven Liang Shun, que adelgazó 115 kilos el año pasado.

La frase más famosa atribuida a Don Quijote ("Ladran, Sancho, señal que cabalgamos") no aparece en la novela de Cervantes; y Humphrey Bogart no dice la frase más famosa atribuida a la película Casablanca (Play it again, Sam).

Contra lo que se cree, Alí Babá no era el jefe de los 40 ladrones, sino su enemigo; y Frankenstein no era el monstruo, sino su involuntario inventor.

A primera vista, parece incomprensible, y a segunda vista, también: donde más progresa el progreso, más horas trabaja la gente. La enfermedad por exceso de trabajo conduce a la muerte. En japonés se llama karoshi. Ahora los japoneses están incorporando otra palabra al diccionario de la civilización tecnológica: karojsatsu es el nombre de los suicidios por hiperactividad, cada vez más frecuentes.

En mayo de 1998, Francia redujo la semana laboral de 39 a 35 horas. Esa ley no sólo resultó eficaz contra la desocupación, sino que además dio un ejemplo de rara cordura en este mundo que ha perdido un tornillo, o varios, o todos: ¿para qué sirven las máquinas, si no reducen el tiempo humano de trabajo? Pero los socialistas perdieron las elecciones y Francia retornó a la anormal normalidad de nuestro tiempo. Ya se está evaporando la ley que había sido dictada por el sentido común.

La tecnología produce sandías cuadradas, pollos sin plumas y mano de obra sin carne ni hueso. En unos cuantos hospitales de Estados Unidos los robots cumplen tareas de enfermería. Según el diario The Washington Post, los robots trabajan 24 horas por día, pero no pueden tomar decisiones, porque carecen de sentido común: un involuntario retrato del obrero ejemplar en el mundo que viene.

Según los evangelios, Cristo nació cuando Herodes era rey. Como Herodes murió cuatro años antes de la era cristiana, Cristo nació por lo menos cuatro años antes de Cristo.

Con truenos de guerra se celebra, en muchos países, la Nochebuena. Noche de paz, noche de amor: la cohetería enloquece a los perros y deja sordos a las mujeres y los hombres de buena voluntad.

La cruz esvástica, que los nazis identificaron con la guerra y la muerte, había sido un símbolo de la vida en la Mesopotamia, la India y América.

Cuando George W. Bush propuso talar los bosques para acabar con los incendios forestales, no fue comprendido. El presidente parecía un poco más incoherente que de costumbre. Pero él estaba siendo consecuente con sus ideas. Son sus santos remedios: para acabar con el dolor de cabeza, hay que decapitar al sufriente; para salvar al pueblo de Irak, vamos a bombardearlo hasta hacerlo puré.

El mundo es una gran paradoja que gira en el universo. A este paso, de aquí a poco los propietarios del planeta prohibirán el hambre y la sed, para que no falten el pan ni el agua.

Eduardo Galeano
28/05/2004 22:01 Permalink. Artículos

Quiero pedirles que lean

bot 1.gifQueridos chicos: he venido hasta acá porque quiero hablarles de la educación, de los libros, de la importancia decisiva que tienen en la vida de los pueblos y de las personas, y de la que han tenido en mi vida.

Han pasado tantos años y sin embargo aún conservo el recuerdo de mi escuela de Rojas y de aquel colegio de mi adolescencia donde, igual que ustedes, fui conducido a los umbrales del pensamiento y de la imaginación. Con una mezcla de rigor y de ternura nuestras maestras y nuestros profesores nos enseñaron a buscar la verdad, a la vez que se iba formando nuestro espíritu con valores esenciales. Junto a los saberes que integran la educación básica, ellos nos transmitieron algo de la heroica epopeya del hombre. A menudo nos sentíamos extraviados ante aquellos acontecimientos cuyos motivos últimos, sin duda, sobrepasaban lo que podíamos comprender. Por esos relatos, llenos de peligro y de pasión, lograban suscitar nuestro asombro, que es la piedra angular de la verdadera enseñanza. En aquel tiempo, se forjaron las ideas esenciales que me acompañaron a lo largo de la vida, y se echaron las raíces de todo lo que tuvo que ser.

Por eso he venido hoy, especialmente, para hacerles un pedido: les quiero pedir a los chicos y a los jóvenes, con la autoridad que me dan los años, que lean. Yo también he leído de chico, y fueron los libros quienes me ayudaron a comprender y a querer la grandeza de la vida. Quienes sembraron en mi alma lo que luego los años pudieron expandir. Leía cuanto llegaba a aquellas bibliotecas de barrio, donde primero a través de libros de aventuras, y luego, porque un libro lleva, inexorablemente, a otro libro, a través de los más grandes de todos los tiempos, esos que nos entregan los abismos del corazón humano, y la belleza y el sentido de la existencia.

Leer les agrandará, chicos, el deseo, y el horizonte de la vida.

Leer les dará una mirada más abierta sobre los hombres y sobre el mundo, y los ayudará a rechazar la realidad como un hecho irrevocable. Esa negación, esa sagrada rebeldía, es la grieta que abrimos sobre la opacidad del mundo. A través de ella puede filtrarse una novedad que aliente nuestro compromiso.

Privar a un niño de su derecho a la educación es amputarlo de esa primera comunidad donde los pueblos van madurando sus utopías.

Créanme, es necesario que nos dejemos todos empapar por la utópica búsqueda de una gran educación para nuestros chicos.

Lo he dicho en otras oportunidades y lo reafirmo: la búsqueda de una vida más humana debe comenzar por la educación. Como supo señalar Simone Weil, su tarea es "preparar para la vida real, formar al ser humano para que él mismo pueda entretejer, con este universo que es su herencia, y con sus hermanos cuya condición es idéntica a la suya, relaciones dignas de la grandeza humana".

Ernesto Sabato, discurso pronunciado durante la presentación del Plan Nacional de lectura (Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de Argentina).
20/05/2004 21:19 Permalink. Artículos

El drama del armario

Icono 17.gif'Salir del armario' es la equivalencia en español a la expresión inglesa 'outing' que designa el acto de ser descubierto o descubrirse públicamente como homosexual.

Salir del armario es algo que hoy difícilmente sorprende a alguien. ¿Kevin Spacey? ¿A quién le importa? ¿Rosie O'Donnell? ¡Por favor!

Y sin embargo, cuando recientemente el National Enquirer informó en primera plana sobre Mohamed Atta, el cerebro encargado de los atentados terroristas del 11 de setiembre ("Mohamed Atta y varios de sus sanguinarios secuaces llevaban una vida secreta como homosexuales -y el 'amigo' de Atta murió junto a él en la misión suicida del 11 de setiembre"), fue imposible no acusar recibo. Especialmente considerando que la revelación sobre Atta sucede a la publicación de Lothar Machtan The Hidden Hitler (ed. Basic Books), en el que se afirma que el Führer fue homosexual.

Hay una ironía bizarra en estos 'descubrimientos': desde hace 50 años el movimiento por los derechos de los homosexuales realiza campañas de promoción insistiendo ante la opinión pública de Estados Unidos que los homosexuales son personas iguales a cualquier otra. Que ellos, de hecho, han existido siempre e ininterrumpidamente a lo largo de la historia. Evidencias a favor de esa postura se encuentran en historiadores homosexuales, tanto populares como académicos, que argumentan que figuras como Platón, Juana de Arco, Abraham Lincoln, Emily Dickinson, Walt Whitman, Willa Cather, John Singer Sargent y Eleonora Roosevelt se sintieron atraídos o estuvieron envueltos en relaciones sexuales con personas de su mismo sexo. Lo interesante de observar, ahora que Atta y Hitler han sido agregados a la lista, es la facilidad con que la opinión pública en general (en el caso de Atta), y la élite de los medios de comunicación (en el de Hitler), han aceptado la versión de que ambos hombres fueron homosexuales. Durante una entrevista reciente con Machtan, Matt Lauer de la NBC aceptó sin crítica la premisa de que Hitler había sido homosexual y formuló preguntas de carácter anti-histórico, tales como: "En el minuto de tiempo que todavía nos queda -y yo sé que es muy dificil pedirle esto- ¿por qué cree usted que su homosexualidad, y tal vez su intento de ocultarla, fueron la raíz de su anti-semitismo?". Aparentemente, la idea de que la supuesta homosexualidad oculta de Hitler contribuyó a modelar su aversión por los judíos más que los 2000 años precedentes de virulento anti-semitismo católico/cristiano europeo no ofrece ningún problema lógico para los medios masivos de comunicación.

Hay una gran diferencia en la forma en que fueron recibidas, por ejemplo, las afirmaciones de que Roosevelt y Whitman fueron homosexuales. A pesar de que existen pruebas en abundancia, aún cuando a veces sean conjeturales, que esas personas sentían deseos sexuales por individuos de su propio género, los historiadores académicos utilizan estándares de demostración muchos más exigentes para 'dar por probada' la desviación sexual de estos, que los que utilizarían en caso de deseos heterosexuales o acciones heterosexuales. Se comportan así, inclusive, cuando esas 'pruebas' existen. Whitman, por ejemplo, dejó cartas y poemas expresando sus sentimientos homoeróticos, y los papeles de Roosevelt están llenos con expresiones de deseos lesbianos. Sin embargo, estos historiadores realizan enormes esfuerzos por 'explicarlos' como imágenes poéticas, en el caso de Whitman, o como conversaciones románticas entre mujeres, en el de Roosevelt.

¿A qué se debe, entonces, esa facilidad para aceptar que asesinos de masas como Atta y Hitler fueron homosexuales y esa resistencia a creer que figuras como Roosevelt, Whitman y Lincoln puedan haberlo sido?

Machtan y el National Enquirer, al exponer sus argumentos, utilizan las mismas técnicas y metodologías históricas introducidas por Havelock Ellis y John Addington Symonds, quienes construyeron en su obra Sexual Inversion (1897), probablemente el primer listado de homosexuales famosos de la historia. Dichas técnicas y metodologías se pueden resumir de la siguiente manera: en su búsqueda de homosexuales en la historia, los investigadores han aprendido a leer entrelíneas. A veces eso implica mirar el trabajo de un artista de una forma novedosa: ¿porqué son los desnudos masculinos de Miguel Ángel mucho más realistas que los desnudos femeninos? ¿Sobre qué habla exactamente Gertrude Stein en su abstruso poema Tender Buttons? Algunas veces significa reconocer lo obvio: con seguridad no fue la pobreza que obligó a Abraham Lincoln y Joshua Speed a dormir cuatro años en la misma cama cuando uno se estaba convirtiendo en un abogado de éxito y el otro en un próspero tendero de clase media.

En El secreto de Hitler, Machtan reinterpreta mucho de lo que ya se sabía acerca de Hitler para asumir que los hombres le atraían; que probablemente tuvo relaciones sexuales con hombres antes de 1930; que esas relaciones le ayudaron a obtener poder social y político; y que su temor a ser descubierto lo llevó a implementar una política brutal anti-homosexual e inflamó su ya profundo antisemitismo llevándolo a alcanzar niveles nuevos, definitivamente mucho más letales. Por ejemplo, a pesar de que la homosexualidad de Ernst Rohm, jefe del Sturmabteilung (más conocido como SA o Camisas Pardas), y de algunos miembros de la SA se la considera desde hace mucho como un hecho histórico confirmado, Machtan reinterpreta el golpe de Hitler contra ellos -conocido como La Noche de los Cuchillos Largos- como un golpe preventivo contra individuos que sabían demasiado sobre su pasado homosexual. Al hacer esta reinterpretación cuestiona la arraigada creencia general que la destrucción del grupo fue el resultado normal de una lucha interna por el poder dentro del nazismo.

En su teatralización barata sobre Atta, el Enquirer se basa en el hecho que Atta y Abdulazis afeitaron sus cuerpos y los perfumaron la noche anterior al ataque. Eso puede interpretarse fácilmente como un acto religioso. El islam, al igual que el cristianismo y el judaísmo, vincula leyes religiosas y sociales con ideales de pulcritud y estética que regulan los cuidados del cuerpo y el tratamiento del vello. Pero ubicado en un contexto malintencionado, el acto adquiere un sentido vicioso: "En la noche anterior al asalto asesino, (Atta) y su 'amigo' Alomari realizaron un rápido, misterioso viaje a Portland, Maine, donde pasaron la noche en la habitación 233 de un Comfort Inn. Pagaron 9 por las lujosas habitaciones con colchas doradas".

Atta y Alomari siguieron concienzudamente las instrucciones contenidas en un documento descubierto en un equipaje que dejaron abandonado... este les decía que prestaran un "juramento para morir" y "se rasuraran los vellos del cuerpo y se aplicaran agua de colonia". Al mismo tiempo que el Enquirer plantea algunos puntos válidos -como que la actividad sexual entre hombres siempre ha sido tácitamente tolerada en culturas del Mediterráneo y del Medio Oriente (aunque nunca haya sido aceptada como una identidad sexual)- la revista distorsiona esto al señalar que "algunos elementos extremistas entre los árabes se ven socialmente tan segregados de las mujeres, que adquieren conductas homosexuales".

De lo que no hay duda es que al investigar la homosexualidad en la historia, como en el caso de Hitler, o en la vida contemporánea, como en el de Atta, los 'indicios' deben ser interpretados con responsabilidad. Si no es así, se termina extrayendo conclusiones académicas inconsistentes como las de Noel I. Garde en From Jonathan to Gide: The Homosexual in History,(New York: Vantage Press, 1964), que a partir de evidencias minúsculas construye una madeja de insinuaciones malintencionadas. Los estándares deben estar cercanos a los de aquellos autores que muestran capacidad de percepción histórica y sensibilidad académica, como Blanche Wiesen Cook, cuya biografía de Eleonor Roosevelt es un modelo de cómo entender la sexualidad de una figura histórica en el contexto de su vida y de su tiempo. El segundo tomo (de los cuatro previstos), de su obra sobre ella, por ejemplo, explica con gran detalle cómo sus intensos vínculos con mujeres, a menudo eróticos, constituían la base de su vida diaria y de su trabajo sobre derechos humanos, así como le ayudaron a delinear el New Deal. Es indiscutible que Machtan no satisface estos estándares.

En contraste con la biografía de Cook, la obra de Machtan está llena de vacíos. No cuenta con ninguna prueba contundente que demuestre que Hitler haya sido homosexual. No hay ningún hombre que afirme haber dormido con Hitler, y no hay ninguna carta, diario o comunicación de cualquier tipo que lo mencione explícitamente, con lo cual se apoya en la retórica interminable de las conjeturas. El texto de Machtan está impregnado de "podría", "tal vez" y "posiblemente". A veces, inclusive, va más allá con expresiones tales como "a la luz de esto tiene sentido suponer..." y "puede ser que existan documentos guardados en cajas de seguridad Suizas que podrían echar luz sobre estos años", o inclusive la más atrevida de todas " sería irresponsable descartar que Hitler no haya hecho insinuaciones (sexuales) a hombres con dinero". A menudo sus suposiciones dejan al lector sin aliento. El 'hecho' de que la mundialmente famosa opera Bayreuth donde se presentan las obras de Wagner "haya sido un reconocido rendezvous internacional de homosexuales famosos" -la teoría de la historia conocida como la Opera Reina- no prueba nada.

Al terminar las 434 páginas nos encontramos frente a un castillo de naipes especulativos que difícilmente puede mantenerse en pie por sí mismo. Cualquier historia demanda una cierta buena disposición a creer, pero Machtan, como un mago, pretende que el lector suspenda su capacidad de crítica casi permanentemente. Es un maestro de la prueba circunstancial. Un problema grave es que evita colocar su material dentro de un contexto más amplio: prácticamente no toma en cuenta a Magnus Hirschfeld (que fuera comunista, investigador sexual y militante homosexual pionero) y su Instituto de Investigación Sexual; la complejidad de los movimientos naturalistas alemanes (que solían fomentar una forma desexualizada de homoerotismo); o el movimiento Wandervogel, que integraba naturaleza con nacionalismo. Machtan parecería no estar enterado que la mayoría de los historiadores rechazan la etiqueta de gay u homosexual para figuras no contemporáneas y su uso de estas dos palabras para describir la identidad de Hitler va en contra de la historiografía sólida y del uso correcto.

Es más, no reconoce que la actividad sexual con el mismo género no implica necesariamente que el implicado se identifique así mismo como homosexual. La ideología extremadamente conservadora de Hitler, su profunda homofobia, su fuertísimo deseo de pertenecer a las mayorías hace casi imposible que él se haya visto a sí mismo como un 'invertido', el término utilizado en aquellos tiempos (definido como un espíritu femenino en un cuerpo masculino y considerado por la opinión pública como una condición patológica). Por lo tanto, incluso si Hitler se hubiera sentido atraído por hombres o hubiera tenido sexo con ellos, casi con seguridad que él no se hubiera identificado a sí mismo como 'gay' u 'homosexual'. La estrechez de la visión histórica de Machtan -él se centra en buscar los más mínimos indicios homoeróticos en la vida de Hitler y su círculo de amistades- mina permanentemente cualquier información interesante que haya descubierto, como el rumor provocativo que Rudolf Hess era conocido entre algunos supuestos homosexuales masculinos como Fraulein Hess o Black Emma (señorita Hess o Emma negra). Peor aún es la permanente afirmación de Machtan que Hitler (y Hess, entre otros), fueron personas "casi enfermizamente sensibles, débiles e impresionables" con "rasgos marcadamente femeninos". Esa identificación de 'feminidad' con homosexualidad masculina es una señal incontrovertible que Machtan se inclina demasiado fácilmente hacia el género de estereotipos homófobos que hablan de características típicas 'masculinas' y 'femeninas'. Al terminar de leer el libro se tiene la impresión que el Tercer Reich fue dirigido por muchachos afeminados, gritones e histéricos.

No obstante, el libro ha sido presentado en el mercado como una obra seria de investigación histórica e, interesantemente, fue recibido como tal. Fue publicado simultáneamente en 15 idiomas y es un bestseller en Alemania. La incapacidad de Machtan de tratar el tema de los géneros sexuales en forma elaborada no está divorciada de la forma como históricamente la homofobia y los estereotipos 'gay' se han ido conformando. Una de las razones por las que El secreto de Hitler e incluso la historia sobre Atta en el National Enquirer es tan aceptada y aceptable reside en que las dos satisfacen los estereotipos homófobos más usuales. La obra de Machtan está plagada de casos dramáticos de desviación y duplicidades, y la historia del Enquirer se fundamenta tanto en relaciones sofocantes madre-padre distante que podría haber sido sacada de un libro de texto de psicoanálisis de los años '50. Atta es retratado al mismo tiempo como demasiado masculino y demasiado femenino, aparentemente para cubrir con seguridad todas las posibilidades. Cualquier núcleo de verdad que pueda existir en el libro de Machtan o en el artículo del Enquirer es únicamente subsidiario de sus métodos, intenciones y conclusiones.

Es irónico darse cuenta que, para bien o para mal, la biografía escrita por Machtan y el artículo del National Enquirer son creaciones modeladas por la influencia del movimiento gay y el feminista. En su libro The Hitler of History (Alfred A. Knopf, 1997), el historiador John Lukacs observa que "la historia significa el interminable re-pensar del pasado, re-escribiéndolo y re-visitándolo" y que el pasado es creado tan rápidamente como creamos el presente y el futuro. Cualquier historia nueva que se escriba hoy en día debe considerar el pasado y la política gay y lesbiana creada y llevada a cabo durante décadas. Machtan lo intenta con cierto restringimiento y seriedad; el artículo del National Enquirer es parte del contraataque a los avances sociales y políticos alcanzados por el movimiento homosexual durante este tiempo.

En cierto sentido cualquier historia -y cualquier escrito- tiene una dimensión política, y sería increíblemente inocente creer que el 'salir del armario' de figuras históricas no tiene una base política. Partiendo de la lista construida por Ellis y Symonds en 1897 hasta el artículo sobre Atta en el National Enquirer, dichos trabajos promueven claros objetivos políticos. La idea de que Hitler era homosexual no es nueva. Fue usada por los comunistas después de la Segunda Guerra Mundial para atacar al fascismo y uno de los libros más populares y peligrosamente lunáticos de la extrema derecha cristiana en los últimos años, es el de Scott Lively y Kevin Abram The Pink Swastika : Homosexuality in the Nazi Party -La esvástica rosa: homosexualidad en el partido Nazi- (Founders Publishing Corporation, 1995), que responsabiliza maliciosamente a los homosexuales por el Tercer Reich y el Holocausto. El advenimiento de los movimientos gay ha complicado en gran medida la relación del mundo heterosexual con la homosexualidad. Lo que alguna vez fue una forma de depravación innombrable, ocupa hoy un lugar claro y presente en el mundo. Pero a pesar del trabajo realizado por los activistas gay y las activistas lesbianas para promover una imagen positiva de la homosexualidad, el espectro del 'demonio homosexual' mantiene una enorme fascinación en la cultura occidental. En muchos aspectos, la homosexualidad funciona a un nivel básico primario, como el gran símbolo del diablo. Los homosexuales se han convertido en el mundo moderno, lo que los judíos fueron en el mundo medieval: corrompen niños, diseminan epidemias, se ubican afuera de los límites seguros y santificados del nacionalismo, y procuran la destrucción del estado.

No es sorprendente, por lo tanto, que tanto Adolf Hitler y Mohamed Atta -a pesar de (más que debido a), cualquier evidencia histórica que pueda haber o no- hayan conseguido ser identificados tan rápidamente como 'gay'. Los actos de Hitler y Atta son impensables, de la misma forma como la homosexualidad ha sido siempre impronunciable (como dijera Lord Alfred Douglas, "el amor que no se atreve a pronunciar su nombre"). En cierto sentido es perfectamente entendible que lo que una vez fue impronunciable -y ahora ya no lo es más- pueda transformarse en la primera forma de expresión para lo impensable.

No obstante, eso nos lleva a una pregunta: ¿Qué tipo de persona piensa hoy en día que Hitler y Atta son de alguna manera más diabólicos porque puedan haber sido homosexuales?

Michael Bronski
16/05/2004 12:10 Permalink. Artículos

Literatura

icono 1.gif¿Tú te imaginas a Franz Kafka ganando cualquier premio literario, explicando en público, ante mil personas importantes, con el trofeo del premio en una mano y en la otra su pequeño sombrero, la trama de "El Castillo"? ¿Y te imaginas a James Joyce presentando el "Ulises" en la Fnac acompañado de un famoso? ¿Te imaginas a Cernuda ganando el Loewe? ¿Y a Borges alargando un relato para que su agente lo venda como una novela? ¿Ves acaso a Céline firmando dedicatorias amables en la Feria del Libro? ¿Y a Pessoa de gira por los almacenes de Portugal promocionando su desasosiego? Parecía que la literatura era irreductible, y que los escritores también eran irreductibles, y eso estaba bien, tenía su gracia, su punto de fuerza, su humanidad pura. Pero ya la literatura es esto: una mesa de novedades, las mafias, una feria, un premio, la televisión y la pasta, y ni siquiera mucha pasta. O sea, el éxito. Pero para eso ya estaba la política y el mundo de los negocios, las cenas de sociedad y los discursos de los pedantes. ¿Dónde está la literatura entonces? Se está muriendo. Casi ni queda. Casi ni existe. No, chaval, la literatura nunca fueron libros de éxito. Era otra cosa. Era lo inesperado, lo gratuito. Y no me hables de calidad, como si los libros fuesen electrodomésticos o coches. ¿Acaso el "Ulises" tiene calidad común, la tiene "El Castillo"? No, la calidad común, de la que hablan los listos del negocio, es cosa de consumidores lelos. La calidad sirve para los electrodomésticos y los coches, para los televisores y las tostadoras, para las neveras y los vídeos. La literatura era otra cosa. Era valor, valor personal. Si quieres calidad en serie, cómprate los libros de los premios literarios o cómprate un Volvo, pero si quieres literatura personal tendrás que ir a buscarla tú solito: ya no está en las tiendas. Tendrás que ir a buscarla al matadero y a los hospitales. Y ni siquiera allí la ibas a encontrar. Lo mismo tienes que ir a buscarla al cementerio, tú sabrás.

Manuel Vilas
02/05/2004 21:57 Permalink. Artículos




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