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Castigo

Su intención no será romper la cristalería. Simplemente, el rústico avión de madera que su progenitor fabricara (burdo como todos los juguetes que le confecciona en la soledad del bosque que rodea a la cabaña) habrá sufrido un desperfecto y se estrellará en los escarpados montes que, formados por los altos anaqueles que guardan platos y vasos, constituyen el paisaje que rodea cotidianamente sus cuatro años recién cumplidos. Pero aquello no parecerá claro a su padre quien, con el característico aroma a madera que siempre impregna su ropa, su piel, su barba hirsuta, lo tomará de la mano y lo conducirá, junto con su madre, al sitio donde el puente se levanta, impresionante, más de veinte metros por encima del implacable río que termina en el lejano océano, previo paso por una rompiente rocosa.

Al llegar, y ante la apática mirada de la mujer que lo engendró y tiene el rostro cansado, lleno de arrugas minúsculas rodeándole los ojos, su padre lo tomará por el pequeño suéter y, levantándolo violentamente con una sola de sus inmensas manos, lo pasará por sobre el borde del puente sosteniéndolo en el vacío. La corriente se esforzará por alcanzarlo desde abajo.

De nada le servirá sollozar, ni dar desesperadas patadas mientras intenta, infructuosamente, pisar de nuevo el suelo. Ante sus espasmódicos movimientos su padre, con una voz estentórea aún más profunda que la del río, aún más amenazadora, dirá, mientras lo sacude con furia:

-¡Te voy a soltar! ¡Te voy a soltar por romper los vasos de tu madre, maldito desobediente!

Su llanto surgirá, incontenible. Quiere a su padre, pero el terror que le provocará en aquel momento será más fuerte. ¿Es que no se da cuenta de que lo ama, de que está arrepentido, de que no los rompió con intención? No querrá que su padre lo arroje al río, no querrá que lo sacuda así, no querrá sentirse tan humillado ni que lo embargue el terror, mientras su madre ve la escena, desatenta a lo que ocurre, dándose cuenta de sus lágrimas y de su desesperación.

En medio del forcejeo, el suéter se deslizará por sobre sus brazos y su cabeza, y él se precipitará al abismo. Caerá hacia el río, directo al monstruo acuoso que aguarda para devorarlo, y su padre, con el asombro reflejado en la mirada, con el suéter rojo aún aferrado en la mano derecha, lo verá caer. Al mirar durante un instante la expresión de su rostro, junto con el horror habrá alivio: su padre no lo soltó intencionalmente, se trató de un accidente; esa certeza le dará tranquilidad.

Tras el primer golpe, la implacable corriente arrastrará el pequeño cuerpo hasta las rocas, donde una breve llovizna escarlata será el indicador de que todo habrá terminado. Después lo conducirá al mar, donde se perderá para siempre. Aún con el suéter en la mano, el hombre mirará a su compañera.

-Se me cayó -dirá. La mujer va a asentir. Es comprensiva. Seguirán mirando el cadáver hasta que el río lo transporte más allá de su vista.

-Supongo que tendremos que enterrar sus juguetes -comentará ella.

Él mostrará su acuerdo. Y se irán a la cabaña.

Carlos Manuel Cruz Meza

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