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Lord Byron

Lord Byron

Se dice que una de las fantasías del poeta británico Lord Byron (1788-1824) era la de disfrazar a sus amantes con ropas de hombre para hacerlas pasar por sus primos en los hoteles donde se daban cita.

 

Sífilis

Sífilis

La palabra sífilis procede de una poesía escrita por Girolamo Fracastoro titulada Syphilis sive Morbus Gallicus, en la que Apolo castigaba al pastor Sífilo con esa terrible enfermedad.

 

Lester del Rey

Lester del Rey

En 1954, el escritor Lester del Rey comenzó una novela con la frase: "La primera nave espacial aterrizó en la Luna y el comandante Armstrong salió de ella...". Quince años más tarde, esa predicción se cumplió hasta en el apellido del primer hombre que pisó la Luna.

 

Precursores

Precursores

Una fantasía futurista publicada en 1896 por el inglés M.P. Shiel, hablaba de un grupo de asesinos crueles que asolaban Europa exterminando a los que impedían progresar a la humanidad y quemando luego sus cuerpos. El título del libro era Las S.S. (The S.S.).

Otro caso sorprendente es el de Jonathan Swift, autor de Los viajes de Gulliver, escritos en 1726. En estas obras se describen con precisión los satélites de Marte, Fobos y Deimos, 150 años antes de que los descubriera el astrónomo Asaph Hall. En la aventura que transcurre en el país de los liliputienses, éstos hacen un cálculo matemático para alimentar al gigantón Gulliver. Los enanos establecen que la cantidad de alimentos requerida por un animal es proporcional a tres cuartos del peso de su cuerpo. Una ley que no fue descrita científicamente hasta el año 1932.

Wherner von Braun confesó que para el diseño de los cohetes de tres fases utilizados por EE.UU. en la conquista espacial, se inspiró en El viaje a la Luna de Cyrano de Bergerac, escrita en 1633. En ella, el escritor también describe la gravedad 50 años antes que Newton, y la radio dos siglos antes que Marconi.

Julio Verne, a finales del XIX, describió en Veinte mil leguas de viaje submarino un vehículo para surcar el fondo del mar con tanto detalle que, cuando se presentaron las primeras patentes de algunos componentes de los submarinos, éstas fueron denegadas porque el escritor ya las había hecho del dominio público.

Libro sellado

Libro sellado

Cuando en 1738 murió el célebre físico y químico holandés Herman Boerhaave, dejó un libro sellado con el título El Único y Más Profundo Secreto del Arte Médico. Muchos años más tarde, la obra fue vendida por 20.000 dólares en oro a un terrateniente americano que, al romper el sello, se encontró con que 99 de las 100 páginas estaban en blanco. Al final, había una nota manuscrita: "Conservad la cabeza fría, los pies calientes y convertiréis en pobre al mejor médico".

 

De mal gusto

De mal gusto

Durante la época victoriana, en Gran Bretaña era de mal gusto situar juntos en las bibliotecas a autores masculinos y femeninos, a no ser que ambos autores estuvieran casados.

 

Moritz von Arndt

Moritz von Arndt

El poeta alemán Moritz von Arndt (1769-1860) tuvo un sueño profético en 1826. En él veía su tumba con una inscripción: "Muerto a los noventa y un años de edad". Murió treinta y cuatro años después, el día de su 91 cumpleaños.

 

García Lorca

García Lorca

Cuentan de Federico García Lorca que, oyendo recitar el verso de Rubén Darío: "... que púberes canéforas te ofrenden el acanto", el poeta granadino se levantó y dijo: "A ver, otra vez, por favor, que yo sólo he entendido el que".

 

Dylan-Thomas

Dylan-Thomas

Las rosas resfriadas mueren en la destornillada tarde

del beso hierático de un adiós azul, luengo y uniforme

torpe yo que bebo abrazos de cartón.

El poeta Dylan-Thomas, autor de estos versos, decía de sus poemas que "no los entiende ni mi madre".

 

 

Remedios la bella

Remedios la bella

Uno de los personajes más fascinantes de Macondo. Remedios es una mujer bellísima y extraña, elemental y pura, que vive como ajena a la vida ordinaria. Su belleza enciende el deseo de los hombres, pero aquellos que intentan consumarlo mueren de forma inesperada. Veamos el poético final de la historia de tan insólita mujer.


La suposición de que Remedios, la bella, poseía poderes de muerte, estaba entonces sustentada por cuatro hechos irrebatibles. Aunque algunos hombres ligeros de palabra se complacían en decir que bien valía sacrificar la vida por una noche de amor con tan conturbadora mujer, la verdad fue que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo. Tal vez, no sólo para rendirla sino también para conjurar sus peligros, habría bastado con un sentimiento tan primitivo, y simple como el amor, pero eso fue lo único que no se le ocurrió a nadie. Úrsula no volvió a ocuparse de ella. En otra época, cuando todavía no renunciaba al propósito de salvarla para el mundo, procuró que se interesara por los asuntos elementales de la casa. "Los hombres piden más de lo que tú crees", le decía enigmáticamente. "Hay mucho que cocinar, mucho que barrer, mucho que sufrir por pequeñeces, además de lo que crees." En el fondo se engañaba a sí misma tratando de adiestrarla para la felicidad doméstica,, porque estaba convencida de que, una vez satisfecha la pasión, no había un hombre sobre la tierra capaz de soportar así fuera por un día una negligencia que estaba más allá de toda comprensión. El nacimiento del último José Arcadio, y su inquebrantable voluntad de educarlo para Papa, terminaron por hacerla desistir de sus preocupaciones por la bisnieta. La abandonó a su suerte, confiando que tarde o temprano ocurriera un milagro, y que en este mundo donde había de todo hubiera también un hombre con suficiente cachaza para cargar con ella. Ya desde mucho antes, Amaranta había renunciado a toda tentativa de convertirla en una mujer útil. Desde las tardes olvidadas del costurero, cuando la sobrina apenas se interesaba por darle vuelta a la manivela de la máquina de coser, llegó a la conclusión simple de que era boba. "Vamos a tener que rifarte", le decía, perpleja ante su impermeabilidad a la palabra de los hombres. Más tarde, cuando Úrsula se empeñó en que Remedios, la bella, asistiera a misa con la cara cubierta con una mantilla, Amaranta pensó que aquel recurso misterioso resultaría tan provocador, que muy pronto habría un hombre lo bastante intrigado como para buscar con paciencia el punto débil de su corazón. Pero cuando vio la forma insensata en que despreció a un pretendiente que por muchos motivos era más apetecible que un príncipe, renunció a toda esperanza. Fernanda no hizo siquiera la tentativa de comprenderla. Cuando vio a Remedios, la bella, vestida de reina en el carnaval sangriento, pensó que era una criatura extraordinaria. Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta que no fuera un prodigio de simplicidad, lo único que lamentó fue que los bobos de familia tuvieran una vida tan larga. A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.

-¿Te sientes mal? -le preguntó.

Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.

-Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.

Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerones y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.

 

Gabriel García Márquez

El amor

¿Por qué, Amor, cuando expiro desarmado,
de mí te burlas? Llévate esa hermosa
doncella tan ardiente y tan graciosa
que por mi oscuro asilo has asomado.


En tiempo más feliz, yo supe osado
extender mi palabra artificiosa
como una red, y en ella, temblorosa,
más de una de tus aves he cazado.


Hoy de mí mis rivales hacen juego,
cobardes atacándome en gavilla,
y libre yo mi presa al aire entrego;
al inerme león el asno humilla...


Vuélveme, Amor, mi juventud, y luego
tú mismo a mis rivales acaudilla.

 

Ignacio Ramírez

Ignacio Ramírez Calzada, El Nicromante

Ignacio Ramírez Calzada, El Nicromante

"¿Cómo arrancar del pecho de un padre la patria, cuando se tiene entre sus brazos a quién dejarla por herencia?"

 

 

Ignacio Ramírez Mejor conocido como El Nigromante. Nació en San Miguel el Grande, Hoy San Miguel de Allende, Guanajuato, el 23 de junio de 1818. Hijo de padres indígenas, don Lino Ramírez y de doña Sinforoza Calzada.

Inicio sus estudios en Querétaro, estado natal de su padre. Estudio artes en el Colegio de San Gregorio, en la ciudad de México. En 1841 obtuvo el grado en la Universidad Pontificia Nacional, y a los 19 años de edad ingresó a la Academia Literaria de San Juan de Letrán, integrada por los hombres más ilustrados de la época. La celebre presentación de Ramírez en dicha academia, que esta citada en los anales literarios de México. Donde leyó un discurso sobre un tema muy controversial. Ahí expresó: No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos. Fue aceptado no obstante las protestas que causó su tesis tan revolucionaria y el discurso que petrificó de estupor la asamblea. Sin embargo sería exaltado como primer orador y poco tiempo después el mejor escritor de su tiempo.

En 1845, funda con Guillermo Prieto y Vicente Segura la publicación periódica Don Simplicio, firmando sus artículos con el seudónimo El Nigromante, iniciándose así como periodista. Sus colaboraciones distinguidas con un contenido flameante, versos agudos y satíricos, donde hacia terribles censuras a los actos del gobierno conservador, provocó que el periódico fuera suprimido, así mismo el fuera encarcelado.

En el año de 1846, funda el club popular, donde divulga sus ideas liberales avanzadas en materia de reforma política, económica y religiosa, motivo por el que nuevamente regresa a prisión. Al retornar a la libertad, el gobernador del estado de México, admirador de sus talentos, lo invita para organizar su gobierno. Ramírez corresponde trabajando día y noche, en la reconstrucción administrativa y defensa del territorio nacional invadido por los norteamericanos.

Asistió con el gobernador Olaguíbel a la batalla de Padierna, restableció el Instituto Literario de de Toluca, donde fue catedrático de derecho y de literatura, sin embargo y a pesar de su irreprochable conducta, los padres de familia alarmados por sus ideas liberales lo intrigaron hasta lograr su separación del Instituto.

En 1852, el gobernador de Sinaloa Plácido Vega promueve su candidatura a diputado federal por esa entidad, defendiendo el liberalismo en el Congreso de la Unión. A su regreso a Sinaloa, fue secretario del general Plácido Vega, sostuvo enérgicamente la extinción de las alcabalas propuestas durante el gobierno de Pomposo Verdugo. Posteriormente Ramírez viajó a Baja California donde descubrió la existencia de zonas perlíferas y canteras de mármol, sobre las que escribió brillantes artículos que revelaron aquella riqueza.

En 1853 por sus críticas a Antonio López de Santa Anna permaneció once meses en prisión, la mayor parte del tiempo encadenado. Al triunfar la Revolución de Ayutla fue liberado y fungió como secretario personal de don Ignacio Comonfort; al advertir que Comonfort falseaba sus principios liberales, renunció a su puesto para afiliarse con Benito Juárez, Melchor Ocampo y Guillermo Prieto en el partido liberal y combatir con su pluma al renegado.

El Nigromante participó en la elaboración de las Leyes de Reforma, siendo uno de los liberales más puros. Al ser derrotados los conservadores, el presidente Benito Juárez lo nombró Secretario de Justicia e Instrucción Pública en el periodo 21 de enero al 9 de mayo de 1861. Durante su gestión creó la Biblioteca Nacional y unificó la educación primaria en el Distrito Federal y territorios federales. Del 19 de marzo al 3 de abril de 1861 ocupó la Secretaría de Fomento. Asumió la responsabilidad de la exclaustración de las monjas; reformó la ley de hipotecas; hizo efectiva la independencia del Estado de la Iglesia; reformó el plan general de estudios; dotó con equipo los gabinetes del Colegio de Minería; seleccionó un excelente cuadro de profesores de la Academia de San Carlos; salvó cuadros de pintura que existían en los conventos, con los cuales formó una rica colección y formó una galería completa de pintores mexicanos; designó a los pintores Clavé, Cavalari y Sojo para que salvaran del Colegio de Tepozotlán los tesoros de arte en arquitectura, pintura, tallado e incrustaciones que contenía aquel magnífico Museo. La honradez de Ramírez fue acrisolada, pues cuando fue Ministro pasaron por sus manos millones de pesos y nadie osó decir que se hubiera apropiado lo más mínimo de los tesoros que manejó. No tomó jamás ni un solo libro de los millares de volúmenes sacados de las bibliotecas de los conventos, ni una pieza de los centenares de cuadros extraídos de los claustros. No insinuó ni aceptó la menor recompensa por sus persecuciones y miserias que pasó por largos años, ni se adjudicó la más pequeña propiedad para pasar holgadamente el resto de sus días.

Se desempeño magistrado en la suprema corte de justicia, desde el año de 1868, hasta su muerte que aconteció el 15 de junio de 1879 en la capital de la República. El 5 de octubre de 1934 sus restos fueron exhumados y trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres.

Nació en San Miguel de Allende, Guanajuato, el 23 de junio de 1818. Inició sus estudios en Querétaro y posteriormente en la Ciudad de México. Estudió abogacía en el colegio de San Gregorio. Ingresó en la academia de San Juan de Letrán, para su admisión presentó la tesis: "Dios no existe: los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos", con la cual ganó el respeto y admiración de los académicos.

En 1846 perteneció al club Popular, publicó el periódico Don Simplicio en el cual promulgaba en tono humorístico una reforma política y social. Participó en la guerra contra los norteamericanos. Fue secretario de gobierno de Sinaloa, regresó a la Ciudad de México y por medio de la prensa luchó en contra de de Junio de la dictadura de Santa Anna y por ello fue encarcelado.

Fue secretario del general Comonfort durante la Revolución de Ayutla, pero debido a que Ramírez defendía las ideas liberales, se separaron. En 1856 fue electo diputado, como orador destacado, luchó por dejar sus pensamientos en la Constitución.

Juez del Registro Civil en Puebla ayudó al pronunciamiento en contra de Comonfort. Luchó por la Reforma. Durante la Intervención Francesa defendió el régimen republicano en Sinaloa y Sonora. Al obtener Maximiliano el poder, fue desterrado a California y al tratar de regresar fue encarcelado en San Juan de Ulúa.

En 1868 fue electo magistrado de la Suprema Corte de Justicia, puesto que desempeñó por 12 años hasta su muerte, que aconteció el 15 de junio de 1879 en la capital. El 5 de octubre de 1934 sus restos fueron exhumados y trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres.

De sus obras literarias, tenemos: Cartas a Fidel y Lecciones de literatura.

De sus escritos sobre historia, economía, política, fisiología, geología, paleontología, química, botánica, literatura, etcétera, que se considera apenas cabrían en veinte volúmenes, la Secretaría de Fomento editó dos tomos.

 

Pancho López

El diablo es musulmán

El diablo es musulmán

Ya el Dante sabía que Mahoma era terrorista. Por algo lo ubicó en uno de los círculos del infierno, condenado a pena de taladro perpetuo. "Lo vi rajado", celebró el poeta en La divina comedia, "desde la barba hasta la parte inferior del vientre…"

 

Más de un Papa había comprobado que las hordas musulmanas, que atormentaban a la Cristiandad, no estaban formadas por seres de carne y hueso, sino que eran un gran ejército de demonios que más crecía cuanto más sufría los golpes de las lanzas, las espadas y los arcabuces.

 

En tiempos actuales, los misiles fabrican muchos más enemigos que los enemigos que destripan. Pero, ¿qué sería de Dios, al fin y al cabo, sin enemigos? El miedo manda, las guerras comen miedo. La experiencia prueba que la amenaza del infierno es siempre más eficaz que la promesa del Cielo. Bienvenidos sean los enemigos. En la Edad Media, cada vez que tambaleaba el trono, por bancarrota o furia popular, los reyes cristianos denunciaban el peligro musulmán, desataban el pánico, lanzaban una nueva Cruzada y santo remedio. Ahora, hace un ratito nomás, George W. Bush ha sido reelecto presidente del planeta gracias a la oportuna aparición de Bin Laden, el Satán mayor del reino, que en vísperas de la elección anunció, desde la tele, que iba a comerse a todos los niños crudos.

 

Allá por el año 1564, el demonólogo Johann Wier había contado los diablos que estaban trabajando en la tierra, a tiempo completo, por la perdición de las almas cristianas. Había siete millones cuatrocientos nueve mil ciento veintisiete, que actuaban divididos en setenta y nueve legiones.

 

Muchas aguas hirvientes han pasado, desde aquel censo, bajo los puentes del infierno. ¿Cuántos suman, hoy día, los enviados del reino de las tinieblas? Las artes de teatro dificultan el conteo. Estos engañeros siguen usando turbantes, para ocultar sus cuernos, y largas túnicas tapan sus colas de dragón, sus alas de murciélago y la bomba que llevan bajo el brazo.

 

El Diablo es judío

 

Hitler no inventó nada. Desde hace dos mil años, los judíos son los imperdonables asesinos de Jesús y los culpables de todas las culpas.

 

¿Cómo? ¿Que Jesús era judío? ¿Y judíos eran también los doce apóstoles y los cuatro evangelistas? ¿Cómo dice? No puede ser. Las verdades reveladas están más allá de la duda y no exigen más evidencia que su propia existencia. Las cosas son como se dice que son, y se dice porque se sabe: en las sinagogas el Diablo dicta clase, y los judíos están desde siempre dedicados a profanar hostias y a envenenar aguas benditas. Por ellos han ocurrido las bancarrotas económicas, las crisis financieras y las derrotas militares; son ellos quienes han traído la fiebre amarilla y la peste negra y todas las pestes.

 

Inglaterra los expulsó, sin dejar ni uno, en el año 1290, pero eso no impidió que Chaucer, Marlowe y Shakespeare, que nunca habían visto un judío, fueran obedientes a la caricatura tradicional y reprodujeran personajes judíos según el molde satanísimo del parásito chupasangre y el avaro usurero.

 

Acusados de servir al Maligno, estos malditos anduvieron los siglos de expulsión en expulsión y de matanza en matanza. Después de Inglaterra, fueron sucesivamente echados de Francia, Austria, España, Portugal y numerosas ciudades suizas, alemanas e italianas. Los reyes católicos, Isabel y Fernando, expulsaron a los judíos, y también a los musulmanes, porque ensuciaban la sangre. Los judíos habían vivido en España durante trece siglos. Se llevaron las llaves de sus casas. Hay quienes las tienen todavía. Nunca más volvieron.

 

La colosal carnicería organizada por Hitler culminó una larga historia de persecución y humillación. La caza de judíos ha sido siempre un deporte europeo. Ahora los palestinos, que jamás lo practicaron, pagan la cuenta.

 

El Diablo es mujer

 

El libro Malleus Maleficarum, también llamado El martillo de las brujas, recomendaba el más despiadado exorcismo contra el demonio que lleva tetas y pelo largo. Dos inquisidores alemanes, Heinrich Kramer y Jakob Sprenger, lo escribieron, por encargo del Papa Inocencio VIII, para hacer frente a las conspiraciones demoníacas contra la Cristiandad. Se publicó por primera vez en 1486, y hasta fines del siglo dieciocho fue el fundamento jurídico y teológico de los tribunales de la Inquisición en varios países.

Los autores sostenían que las brujas, harén de Satán, representaban a las mujeres en estado natural: "Toda brujería proviene de la lujuria carnal, que en las mujeres es insaciable." Y demostraban que "esos seres de aspecto bello, contacto fétido y mortal compañía" encantaban a los hombres y los atraían, silbidos de serpiente, colas de escorpión, para aniquilarlos. Y advertían a los incautos, citando a la Biblia: "La mujer es más amarga que la muerte. Es una trampa. Su corazón, una red, y cadenas sus brazos."

Este tratado de Criminología, que envió a miles de mujeres a las piras de la Inquisición, aconsejaba someter a tormento a todas las sospechosas de brujería. Si confesaban, merecían el fuego. Si no confesaban, también, porque sólo una bruja, fortalecida por su amante el Diablo en los aquelarres, podía resistir semejante suplicio sin soltar la lengua.

 

El Papa Honorio III había sentenciado que el sacerdocio era cosa de machos:

 

- Las mujeres no deben hablar. Sus labios llevan el estigma de Eva, que perdió a los hombres. Ocho siglos después, la Iglesia católica sigue negando el púlpito a las hijas de Eva.

 

El mismo pánico hace que los fundamentalistas musulmanes les mutilen el sexo y les tapen la cara. Y el alivio por el peligro conjurado mueve a los judíos muy ortodoxos a empezar el día susurrando:

 

- Gracias, Señor, por no haberme hecho mujer.

 

El Diablo es homosexual

Desde 1446, los homosexuales marchaban a la hoguera en Portugal. Desde 1497, los quemaban vivos en España. El fuego era el destino que merecían estos hijos del infierno, que del fuego venían. En América, en cambio, los conquistadores preferían arrojarlos a los perros. Vasco Núñez de Balboa, que a muchos emperró, creía que la homosexualidad era contagiosa. Cinco siglos después, escuché decir lo mismo al arzobispo de Montevideo.

Cuando los conquistadores asomaron en el horizonte, sólo los aztecas y los incas, en sus imperios teocráticos, castigaban la homosexualidad -y con pena de muerte. Los demás americanos la toleraban, y en algunos lugares la celebraban, sin prohibición ni castigo.

Esta provocación insoportable debía desatar la cólera divina. Desde el punto de vista de los invasores, la viruela, el sarampión y la gripe, pestes desconocidas que mataban indios como moscas, no venían de Europa sino del Cielo. Así Dios castigaba el libertinaje de los indios, que practicaban la anormalidad con toda naturalidad. Ni en Europa, ni en América, ni en ningún lugar del mundo se ha llevado la cuenta de los muchos homosexuales condenados al suplicio o a la muerte por el delito de ser. Nada sabemos de los tiempos lejanos, y poco o nada sabemos del ahora nomás.

 

En la Alemania nazi, estos "degenerados culpables de aberrante delito contra la naturaleza" estaban obligados a portar un triángulo rosado. ¿Cuántos fueron a parar a los campos de concentración? ¿Cuántos murieron allí? ¿Diez mil, cincuenta mil? Nunca se supo. Nadie los contó, casi nadie los mencionó. Tampoco se supo nunca cuántos fueron los gitanos exterminados.

 

El 18 de septiembre del año 2001, el gobierno alemán y los bancos suizos resolvieron "rectificar la exclusión de los homosexuales entre las víctimas del Holocausto". Más de medio siglo demoraron en corregir la omisión. A partir de esa fecha, pudieron reclamar indemnización los homosexuales que habían sobrevivido en Auschwitz y otros campos, si es que alguno quedaba todavía vivo.

 

Eduardo Galeano

 

El olvido

El olvido

La tarde había comenzado a despojarse de sus luces, dejando que la noche se impusiera lentamente como una mancha de tinta en un papel rojizo. Douglas Ellsworth, un joven librero londinense, habría cerrado mucho antes su comercio si la Anábasis, en su versión original griega, no le hubiera acaparado tan profundamente la atención. Fue un pausado crujir de pasos sobre el piso de madera lo que le obligó a levantar la vista de las páginas de Jenofonte y traer nuevamente su atención hacia aquel ordenado imperio de repletos anaqueles.

-Quiero el libro que tan celosamente le fuera confiado -dijo el hombre que recién había entrado. En su voz había un ligero tono impersonal.

Las palabras del desconocido le sorprendieron. Le molestó la falta de cortesía de ese sujeto cuyas ropas exhalaban un vago aroma que le hizo recordar levemente los jardines donde había aprendido a caminar. Hubiera preferido un saludo, una sonrisa que le permitiera desplegar sus dotes de anfitrión. Sin poder ocultar su molestia, incluso consigo mismo porque notó que llegaría tarde a su partida de cartas de los martes, dejó sobre el escritorio el ejemplar que estaba leyendo. Señaló -en una frase llena de ironía que le hizo deleitarse íntimamente con sus dotes retóricas- que eran demasiados los libros que poblaban aquellas paredes, y a los cuales celaba por igual, como para pretender encontrar el volumen correcto con una descripción tan poco afortunada.

-Quiero el libro de Abdul Rayat -dijo el desconocido sin molestarse en responder el sarcástico comentario del librero.

El joven Ellsworth no supo si dejar que el cuerpo entero diera muestras del escalofrío que le recorrió los huesos o si ponerse a reír a carcajadas, como solía hacer cuando uno broma le parecía digna de alabanza. Hacía demasiado tiempo que no escuchaba hablar de esa obra. La rapidez con la que logró recordarla le hizo saber que nunca la había olvidado realmente. Pudo volver a sentir aquella mañana en que, siendo él aún un adolescente, su abuelo se la entregó en secreto. Estaba envuelta en un papel amarillento que el tiempo había ennegrecido. Un grueso hilo alrededor acrecentaba el misterio. Entre susurros le fue dicho que la lectura de aquel extraño texto tenía la facultad de quitar la inmortalidad a quien la poseyera, incluso a Dios, si es que existía. Su abuelo le había hecho jurar que cuidaría el libro por si alguna vez alguien pudiera necesitarlo y que por ningún motivo intentaría destruirlo o recibir dinero a cambio de él. Douglas jamás mencionó nada acerca de ese libro, ni siquiera cuando unas semanas después su abuelo fue llevado a una clínica donde eran recluidos algunos ancianos seniles. Guardó silencio no porque creyera estar en posesión de algo valioso, sino porque de esa forma se demostraba a sí mismo ser capaz de cumplir su palabra a la vez que evitaba agregar un nuevo comentario vergonzoso a los muchos que ya su familia pronunciaba acerca de su abuelo.

Todo ello volvió de manera confusa a su mente, como si de pronto adquiriese un significado que no había podido prever. Maquinalmente se dirigió hacia la puerta, caminando torpemente mientras prestaba atención a tanto recuerdo. Tras cerrar con llave la puerta, lo cual hizo no sin cierto temor, escuchó nuevamente la voz de aquel extraño sujeto que comentó algunas cosas sobre su vida, con la esperanza de ser creído.

Comenzó diciendo que el primer nombre que reconoce haber tenido fue Plubio Marcio. Estableció su nacimiento en la antigua Roma, durante el gobierno de Nerón. Eso había ocurrido el mismo día en que alguien diera el aviso de que la higuera ruminal, que mucho antes había dado sombra a Rómulo y Remo, volvía a reverdecer. Todos creyeron que esa coincidencia era el augurio de que tendría un destino sin igual. Nadie había logrado acertar la increíble forma en que eso terminaría por ser cierto.
Contó también, que como integrante de las legiones romanas fue enviado a la extraña Armenia. Allí tuvo oportunidad de escuchar comentarios de viajeros referidos a tierras llenas de enormes riquezas, las cuales eran atravesadas por un río cuyas aguas otorgaban la inmortalidad. Decían quienes contaban esas historias que los habitantes de ese lugar eran seres desgraciados, hastiados del tiempo y que todo lo despreciaban.

Movidos por la codicia, él y otros cuatro legionarios abandonaron las filas del ejército. Decidieron ir a la búsqueda de aquellos sitios esperando obtener un fácil botín y poder regresar enriquecidos a Roma. Pero a poco de andar se extraviaron en tierras agrestes y peligrosas. Vagaron sin rumbo entre el dolor y la muerte. La muerte logró vencer a sus compañeros, no a él. Un día, resignado a que todo había sido un error, sacó su espada y la clavó justo en su corazón. Sintió en la cansada carne el ardor del acerado filo. Hubo también unas gotas de sangre, pero continuó con vida. Comprendió entonces que se había convertido en inmortal aunque en su trayecto no había encontrado río alguno. Nunca conoció la causa del aciago prodigio, pero entendió los peligros de tan sólo atender a las palabras que no hacen el centro de lo que se cuenta.

La voz de Plubio Marcio sonaba sin entonación alguna, como si no hablara de sí, sino de otro, de algo que había escuchado y repetido hasta el cansancio. Si alguna vez se había alegrado de su particular condición de inmortal, ya nada quedaba de esa alegría. Había descubierto que quien no puede morir, condenado a perderlo todo, está obligado a no amar nada para hacer menor el sufrimiento.

Poco comentó del tortuoso recorrido desde aquel día en que su espada no le quitó la vida hasta ese otro día del siglo XIX en que pedía a un joven librero londinense un texto para devolverse la muerte. Poco comentó y mucho dejó entrever.

Había conocido todos los placeres y todos los tormentos. Ejerció la vida y la muerte en todas sus dimensiones. Recordaba algunas cosas aunque había olvidado la inmensa mayoría, lo cual agradecía señalando que el olvido es una forma de la muerte. De todo cuanto existía eran los libros lo que más amaba y lo que más profundamente detestaba. Alguna vez creyó poder encontrar en ellos la sabiduría. Luego se daría cuenta que la imprenta, ese invento que él había ayudado a perfeccionar, había cometido el pecado de hacer del mundo un laberinto infinito mediante la multiplicación de lo que ni siquiera merecía ser mencionado. Confesó, no sin arrepentimiento, haber escrito un poema de amor. Sólo podía recordar un único verso que decía "soy un ciego palpándote el alma".

Nada explicó acerca de cómo descubrió el paradero de esas páginas de insólitos poderes. No importaba. Ante el fantástico e incomprobable relato de Plubio Marcio, Douglas Ellsworth sintió la misma pena que había sentido antes por su abuelo. Por eso, sin preguntar ni garantizarle nada, le pidió al inusitado visitante que lo acompañara hasta el sótano. Ese era el único sitio donde aún podía estar el texto de Abdul Rayat.

El sótano era un lugar oscuro, húmedo, repleto de volúmenes sin valor de los cuales Douglas nunca se había atrevido a deshacerse, acaso por un sentimiento de pudor o de piedad. Cuando estuvieron allí, mientras él se ensuciaba las manos apartando cajones, escuchó que Plubio Marcio dijo unas palabras, o algo que él creyó eran palabras, en un lenguaje que nunca antes había escuchado ni volvería a escuchar después. Luego, un pesado paquete cayó al piso. Douglas recordó que ese era el mismo atado que su abuelo le entregara. Al abrirlo, el joven librero vio por primera vez las tapas de tan singular libro, las cuales estaban trabajadas a mano. Plubio Marcio pidió que lo dejara a solas y el joven Ellsworth, salió cerrando la puerta tras de sí.

Durante horas Douglas permaneció inquieto, pero sin atreverse a molestar a su visitante. A medida que la hora pasaba, más fantasías distraían su pensamiento, sin acertar a decidir cómo obraría aquella obra. Ya cerca del alba, sin haber podido dormir, se animó a espiar. No vio nada. Es decir, vio tan sólo el libro abierto y colocado sobre el suelo. Abrió la puerta. No encontró ningún rastro de Plubio Marcio. El volumen estaba abierto en hojas donde no había nada escrito y en las que creyó notar una pequeñas manchas de color sangre que poco a poco se fueron borrando hasta que desaparecieron por completo.

Lo que pasó aquella noche siempre le parecería muy extraño a Douglas Ellsworth. Esto sin mencionar que, luego de haberla guardado cuidadosamente, jamás volvió a encontrar la obra de Abdul Rayat. No se animó a comentar lo ocurrido con nadie.

Muchos años después, durante una mañana de octubre, el barco en el que viajaba Douglas Ellsworth, ya casi un anciano, se hundía atrapado en una feroz tormenta. Ante el peligro de la muerte, Douglas recordó toda su vida, deteniéndose en aquel incidente con un hombre que dijo llamarse Plubio Marcio. Ya en el agua, tratando de asirse a cualquier cosa que flotara, Douglas quiso encontrar cuál era la verdadera relación de aquellos sucesos con su vida. Pensó nuevamente en su abuelo. Por primera vez reparó en que el incendio que había destruido el hospital donde estaba el anciano hizo imposible reconocer ningún cadáver. Vinieron a su mente un tropel de preguntas que no pudo contestar. La certeza le pareció algo lejano e intangible. Recordó que Plubio Marcio había señalado que el olvido era una forma de la muerte, creyó recordar que dijo también que la memoria era la única manera de comprobarnos nuestra existencia. Pero fue incapaz de recordar si todo aquello lo había soñado o vivido o leído o, acaso, se lo habían contado. Estuvo a punto de gritar un insulto por no poder determinar qué era lo que en verdad había pasado. Pero antes de que pudiera decir nada las aguas lo cubrieron para siempre.

Gonzalo Hernández Sanjorge


Tal vez adivines

Tal vez adivines…
Si no te cuento mis palabras acuñadas
En el vértice de un presagio.
Tal vez adivines que te amo aunque no te lo diga.
Y si la ley del porvenir
Se estanca entre el perfume cándido de tus fatales esperas,
Y mi destierro fugaz hacia la épica aventura de mis frases;

¿Cómo haremos para cortejar la fuente de los fantasmas?

Quizá la noche embelesada por un licor de mares púdicos
Se ha quedado bien adentro de otra noche más intensa,
Buscando las ávidas gaviotas en la luna de tus piernas,
Que van transitando los planetas de la duda y el reproche.
Invisible espera que sostiene con sus brazos de acero
La conjetura enarbolada con su filo de escudos y virtudes,
Con la sospecha en la cresta de las olas subidas al mar de tus suspiros
Y la mirada lejana y ruda, sobre los hombros de mi espalda muda.

Tal vez adivines en el silencio quieto y largo
La vida cierta de mis batallas recónditas e implacables,
La cortesía tosca del tiempo y las distancias,
La daga suave en la austeridad de mis conflictos.

Tal vez yo pretenda que adivines,
Porque tu andar de mujer exquisita y deslumbrante
Me tiene acostumbrado al amor atado al pecho de los pájaros,
Como un cristal que libera los brillos de su alma
Cuando tu mirada transita por las cumbres de mis ansias
Provocando fanfarrias con sus rotundas esmeraldas
Y me regala ensueños, estrellas y palabras.

Tal vez yo pretenda que adivines 
Mi amor urgente y oportuno,
Recorriendo el territorio sublime de tu amor magnífico y absoluto
Como si fueras una húmeda pradera abierta y dispuesta
A mis corceles desbocados por los senderos del sol y tus conjuros
Cabalgando hacia la virtud de tu sexo desnudo.

Anubyss Karoussellambra

El silencio de las sirenas

El silencio de las sirenas

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:

Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción.

Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

Franz Kafka

Te quiero

Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena
o iracundo como órgano impetuoso;

Te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;

Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;

Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino;

Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.

Luis Cernuda

La última cena del ensayo: Trece comensales

La última cena del ensayo: Trece comensales

1.- Está escrito que escribe (o habla) ensayísticamente el que compone experimentando, el que vuelve, interroga, palpa, examina y atraviesa el objeto de su reflexión. Por ser así, la escritura ensayística está presente en novelas, cuentos, poemas y en mayor grado en los ensayos. El parecido de la escritura ensayística con el "pensar" es evidente. Exceptuando al monologo interior –hallazgo de la narrativa– no hay ninguna escritura que se asemeje más al fluir del pensamiento.

2.- Espejo sin azogue que refleja y deja pasar. Al inicio, en la escritura ensayística, el objeto de reflexión no tiene foco, ni forma predeterminada; antes del final, la reflexión reflejará al mismo espejo: Simmel es el asa; pero para mí Simmel es sencillamente la firma, en ese ensayo que apareció en el número IX de la Revista de Occidente y que bien pudo publicarse en forma anónima, seudónima o heterónima.

3.- Candileja. Si lo visible por todos es lo público y lo oscuro corresponde a lo privado, la escritura ensayística ensaya en el claroscuro; teatralmente alumbra el detalle o experimentando con el láser corta, quema. Probablemente por ese hacer público a lo privado y viceversa, llamarían a Freud, el Montaigne de nuestro tiempo.

4.- Una zoología de los géneros literarios mostraría a la novela como a una perra sentimental, un ave enjaulada la poesía, el cuento como astuto ratón y al ensayo curioso como un gato. Eso que mata siete veces al gato, alimenta al lector de ensayos. La curiosidad es la misma que le costaría la vida a Bacon, mientras experimentaba con la refrigeración de la carne.

5.- Se dice que el ensayo debe leerse en una sentada; pero además de nalgas el lector, hará uso de su cerebro. Y es sólo en esta postura como podrá concentrar su atención (que se dispersaría caminando, o acostado llamaría al sueño). Por necesitar tanto de cerebro como de buenas nalgas, el ensayo no es apto para ser leído por cucarachas.

6.- El ensayo es travesti: no olvidó el viejo sus dolosos artificios; transfigurose sucesivamente en melenudo león, en dragón, en pantera y en corpulento jabalí; después se nos convirtió en agua líquida y hasta en árbol de excelsa copa. El alomorfismo, como ustedes saben, consiste en el cambio de formas según el medio y sin abandonar la escritura "ensayística". Hay algo más importante: el ensayo lleva ropas del otro género con el objeto principal de obtener excitación sexual.

7.- El ensayo y la critica, el agua y el aceite. El travesti se disfraza de mujer, no de mona. Es un contrasentido el ensayo "crítico", no así la crítica sobre el ensayo. El investigador habita en la rama de su saber, el ensayista profesa lo inverso: ni siquiera cuando el objeto de reflexión sea la obra literaria, podrán ambos confundirse. Hay un segundo deslinde: el ensayo trabaja con el arte, pero también puede abordar directamente las cosas, sin la mediación de este. Él es con respecto a las cosas del mundo, como el vino es a la sangre.

8 .- El descubridor del ensayo, no su inventor, fue Francis Bacon, al publicar algo "diferente" a lo que escribía Montaigne y titularle de la misma manera. Él desenmascaró al ensayo pese a su alomorfismo. En verdad estos textos en nada se parecían a los del Novum organum o a la Nueva Atlántida; pero los "ensayos" estaban hermanados por un vínculo orgánico, gemelar, con los anteriores escritos del pensador francés. Luego de la modestia fundacional del lord inglés, nuestro idioma tardaría tres siglos en llamar ensayo a los ensayos.

9.- Sin notariar. Ya sea porque se cita sin mencionar las fuentes, o porque se trabaja con ideas prestadas, es imposible plagiar un ensayo. Un ensayo puede generar otro, en otro autor; y así sucesivamente entre espejos de barbería y donde la firma es lo menos importante.

10.- La escritura ensayística como seudo-holograma. A pesar de lo que usualmente aseveran los especialistas, todo ensayo agota el tema que trata. En verdad lo agota sin proponérselo. El todo está en la parte; la realidad no se confina a la "ensayística" de un autor en particular, o a los tratados y las monografías, porque nuestra percepción de lo real —y de lo irreal— es fragmentaria, breve o larga, dudosa.

11.- El ensayo y el desquite científico en el arte. Está escrito que el ensayo es la ciencia sin la prueba explícita; pero él es prueba de las búsquedas ametódicas que emprenden los científicos al final de su carrera. En estos ensayos evitan la divulgación de las teorías que les proporcionaron reconocimiento. Al contrario, se interesan por temas "nuevos", es decir, los viejos temas de la tradición ensayística: la muerte, la simulación y la disimulación, la belleza, la deformidad, los viajes, los jardines.

12. Nada más ridículo que el ensayista hablando o escribiendo acerca del ensayo. En todo ensayo el autor trata de sí mismo, hablar además de su escritura sería un exceso. Por eso los mejores ensayistas no son ensayistas, es decir, no lo parecen.

13 .- Judas como Mesías. Salir con blancas o con negras; elogiar a los caníbales, ironía por delante; la escritura ensayística nada contra la corriente o no es nada. Ese esfuerzo necesario, adicional, lo aporta un lector particular, el lector de ensayos. En la lectura ensayística se da un paso mas allá del sentido común; o como en el ajedrez, se trata de ver una jugada más que el adversario.

Pedro Téllez

La imagen poética: algunas consideraciones

La imagen poética: algunas consideraciones

El lenguaje es el gran motor de esa extraña máquina que envejece con el tiempo, máquina que, como en Valéry, fabrica poesía, y añade inquietud y misterio a la imagen poética; donde hombre y naturaleza constituyen un todo común, un cuerpo completo que ratifica los enunciados de la imaginería hiperbólica del poeta y nos sitúa en la frontera dialéctica donde el “saber amanece”. Un esfuerzo por desvelar ese orden que el poeta intuye y le envuelve en sus ensueños, que le atrapa en sus versos y le conmociona haciéndose reconocible mediante el propio lenguaje, que desbarata sus sentidos más íntimos y le sumerge en la extraña fascinación de un mundo de incertezas lingüísticas que denota un sentir casi olvidado; un impulso revelador e insospechado donde el ritmo y los acentos de la voz del poeta rememoran las latencias de un pasado que se presencia en la fugacidad de sus imágenes.

El poeta prescinde del modelo de razonamiento de la ciencia por estar éste sometido a una infinitud de hipótesis materialistas que no pueden dar cuenta de sus intuiciones; que no pueden llegar a racionalizar sus emociones con unas pautas que sólo atienden a las relaciones visionadas en los fragmentos de una realidad que ha sido armonizada por los distintos usos a los que se ha adherido, La sistemática reducción lingüística de todo cuanto le acontece y rodea ha precisado de una metodología discursiva que está implícita en todos los procesos de decodificación del mundo; donde el hombre no puede desvelar un territorio de incertezas lingüísticas que le habían hechizado. El discurso informador y comunicativo que se desprende de las estrategias utilitaristas del hombre queda adormecido en la superficie desbordante de los acontecimientos, en aquellos límites cerrados y excluyentes que la ciencia del hombre ha considerado aceptables para la comprensión del mundo. El discurso poético quiere acercarnos a un ciclo vital que ha estado siempre latente, a una obra destinada a ser entendida en su total dimensión que el poeta reafirma y distingue en un impulso primigenio que desordena sus experiencias más íntimas, que se expande alrededor de una estructura lingüística que existe independientemente como una entidad que no siempre reconoce la disfunción de las estructuras más emblemáticas de su psiquismo.

La comprensión de la poesía necesita de un conocimiento que libere al hombre de sus experiencias cotidianas y de sus asociaciones instrumentalistas, que requiera de toda su atención para que sea posible la figuración de las imágenes que ella genera y que su mirada propicia. La poesía no pretende alterar el orden que el lenguaje ha impuesto sobre el mundo, ni tan siquiera ha de ser considerada como un imperativo al que hay que atender. No obstante, es ajena a ese orden que ha encerrado al lenguaje en un complicado sistema de equivalencias que nos encadena y que fuerza a entender la realidad con unos esquemas contemplativos previamente concebidos.

La poesía, en todo caso, encamina, contornea un territorio extraordinariamente diverso que atrapa el sentir del poeta haciendo de él un ser aparentemente enajenado, que irrumpe en su vida atendiendo la violenta indefinición de unas presencias que le atrapan por entero y lo sumergen en un mundo de fascinación insospechado. La poesía también necesita de la conversación, de un discurso vivencial y dinámico que recoja el difuso saber que el lenguaje cotidiano conlleva, que nos inmerse con sus nostalgias e incertezas en unos territorios aún velados que el poeta nos quiere mostrar y que nos descubre en cada verso con sus constantes analogías. La poesía desborda el significado de los valores adheridos a las palabras utilizadas en el uso cotidiano del lenguaje. Porque estos usos no pueden dar cuenta de un lenguaje que sumerge al poeta en unos territorios todavía no descritos por las estrategias contemplativas de la percepción. La poesía necesita llegar a decir lo intuido, a precisar en un lenguaje singular lo que el lenguaje cotidiano no precisa; quiere concebir un nuevo orden de significación que sobrepase el sentido material del texto para lograr su realización efectiva.

La imagen poética nos da acceso a una realidad escindida de lo “irreal”, a un territorio hasta ahora velado a los sentidos del hombre que permanecen ocultos por el constante desafío a los que están sometidos; que trasciende los límites desmedidos de la realidad rebasando normas y convenciones lingüísticas en un esfuerzo por desvelar un lugar originario donde los “ecos del pasado” y las “primitivas palabras” encuentran un nuevo sentir que vaga en la infinitud del nuevo mundo. El poeta redescubre el mundo con la palabra y ya no puede observarlo con las mismas particularidades que el lenguaje cotidiano le ofrecía. Pero es en esa relación de dependencia con el lenguaje donde el poeta, en el acontecer de sus imágenes, imprime nuevas inquietudes y diversos referentes que le sitúan en el origen mismo del lenguaje; en un orden de libertad lingüística que le capta por entero y pone al lenguaje en un estado de emergencia que desborda todos sus sentidos. El poeta, en el acontecer de sus imágenes, imprime nuevas inquietudes y diversos referentes que le sitúan en el origen mismo del lenguaje; en un orden de libertad lingüística que le capta por entero y pone al lenguaje en un estado de emergencia que desborda todos sus sentidos. En la simplicidad con la que se muestra la imagen poética resuenan voces que quieren mostrar un universo de absoluta indefinición que el poeta intuye, que no sabe cómo emergen en su pensamiento pero que en su devenir desvelan un mundo de primigenia trascendencia que le atrapa en la errática involución de sus sentidos; un fugaz y desfigurado universo donde las imágenes del mundo lingüístico son violentadas por un sentir innovador que muestra un dinamismo propio, un dinamismo embriagador y penetrante que nos conduce a la ingenuidad originaria del hombre que reposa letargada en los recónditos parajes de su espacio onírico.

La imagen poética es acto y no objeto y, por ello, siempre novedad, siempre renovación y tensión en el poeta que se manifiesta con una desbordante actividad lingüística que le arrastra a los confines de sus sentidos. La novedad de la imagen poética es la actualidad misma del lenguaje; su irreductible fascinación y misterio hacen que la palabra reencuentre aquellos sonidos que anteriormente habían hablado al hombre, aquella entonación ancestral con la que transmitían enigmas y fenómenos que ahora reposan letargados en los laberintos indescifrables de su memoria colectiva. La imagen poética dota al hombre de nuevos modos de indagación para el desvelamiento de esos otros territorios que aguardan impacientes en un proceder radicalmente intuitivo y esencialmente alejado de los modos de aceptación de la realidad. Pero ese nuevo orden en el que nos sumerge la imagen poética es un territorio que todavía no ha sido calificado por las estrategias que sobre el mundo impone el lenguaje. Así el poema es una región intermedia donde todo está permitido, donde se mezcla ensoñación y realidad para iniciar un viaje hacia la profundidad inestable de los sentidos; donde la perseverancia de los recuerdos se encuentra atrapada en el interior de uno mismo, en la tortuosa sinrazón de un mundo que muestra su indiferencia a la diversidad enigmática de las imágenes que nos ofrecen los poetas. La imagen del poeta transgrede la realidad expresada por el lenguaje de la vigilia y nos sumerge en un mundo lleno de referencias y caracterizaciones diferenciadas de las empleadas en nuestros usos convencionales. La imagen poética tiene que ser contemplada en la fulguración de su acontecer, en el instante mismo de su generación, “en el minuto de la imagen”, en ese instante de espontánea simplicidad y armonía que posibilita la apertura de los sentidos a un mundo de permanencia insospechado. En la imagen poética el tiempo rompe su linealidad y posibilita la visión de un universo rebosante de nuevas caracterizaciones, un universo de extrema ingenuidad donde la palabra poética registra el acontecer de un mundo que nos capta por entero y desoye los enunciados oportunistas del lenguaje cotidiano. La imagen poética no es un producto de convención, ni tan siquiera trae a nuestro pensamiento los mismos objetos de representación que las palabras utilizadas designan; su vivacidad nos sumerge en un territorio donde los objetos y los fenómenos del mundo se manifiestan en un estado de libertad originaria que nos atrapa por entero.

El poeta percibe en la imagen poética la fundamentación de su existencia: la realidad supuestamente conocida deja de ser la medida de un mundo de trascendencia que ahora descubre, que ahora acontece ante su mirada de un modo simple y espontáneo que revive gracias a la imprecisión del lenguaje. La imagen poética no es un simple correlato de la realidad; en su vivacidad, en las distintas apreciaciones existenciarias en la que nos sumerge, la apariencia del mundo deja de ser el objeto acerca del cual el hombre puede justificar su existencia.

Jordi Royo

El muerto ajeno

El muerto ajeno

No es fácil deshacerse de un muerto, mucho menos de un muerto ajeno. Tal vez si comienzo desde el principio, comprenderán que no había otro remedio y entonces lo de la carrera en el andén a media noche tendrá sentido. Íbamos en el tren a Zacatecas cuando la conocimos, cuando los conocimos para ser preciso, porque esa noche a la hora de la cena en el carro comedor éramos cuatro: mi mujer, Gonzalo, Silvia y yo. Nosotros íbamos por el aniversario de bodas de los padrinos de mi mujer y de paso a recorrer la ciudad, Gonzalo y Silvia viajaban desde Mérida y parecían estrenar noviazgo. De hecho la conversación empezó cuando en el salón fumador, mientras mi mujer y yo bebíamos una cerveza, y con la cercanía inevitable que dan esos vagones estrechos -que si alguno tuvo la fortuna de ser viajante de nuestros carros pullman me seguirá-, miré las piernas de Silvia. Entonces las mujeres usaban medias y faldas estrechas justo a la rodilla, la informal apariencia del pantalón de mezclilla no era hábito del viaje. Gonzalo sintió mi intromisión visual pues de golpe colocó su mano sobre el pedazo de muslo entre dobladillo y rodilla para signar su propiedad. Con la intención de evitar toda ofensa -y ahora que lo pienso por tener a Silvia a la vista, quién iba a suponer lo que luego vendría- les pregunté qué querían beber y ordené al camarero copas para todos. La tarde se había vuelto noche; no sólo disfrutamos del aperitivo juntos si no que en el comedor compartimos la mesa. Gonzalo era un empresario yucateco visiblemente mayor que Silvia quien no tendría más de 35 años y a quien ese pelo oscuro y recogido le daba una elegancia despreocupada. Mi mujer estaba entretenida con las anécdotas de Gonzalo que era un tipo divertido y yo con la belleza de Silvia quien se sabía portadora de una suave sensualidad. Nos despedimos pensando que seguramente aún tendríamos la oportunidad de compartir el café de la mañana y nos refugiamos en nuestros compartimentos. Mi mujer me dijo que le parecía que no eran casados, tal vez sean recién casados agregué yo, por salvar de alguna manera la reputación de Silvia. Ella no usa anillo, advirtió con su sagacidad habitual. Ni siquiera habíamos llegado a Zacatecas cuando tocaron a la puerta quien creímos sería el porter para anticipar nuestro arribo. Era Silvia, con el pelo suelto, y literalmente en bata frente a nuestra alcoba. Es Gonzalo -dijo entrecortada- no respira. Mi mujer se puso el saco encima del camisón y salió tras ella, yo me enfundé los pantalones y las alcancé. Hubo que cruzar al vagón siguiente sin hablar y con prisa. Lo único que se metía en nuestra impaciencia era el ruido metálico del bamboleo del tren entre las puertas. Por suerte Gonzalo estaba en la cama de abajo; alguna consideración de la edad por parte de Silvia, supuse. Estaba muy pálido. Le tomé la muñeca, como había visto hacer en las películas. Silvia lo miró llorando. Mi mujer tocó su frente como si fuera la de un niño. Frío, lívido y sin pulso. Llamamos al porter mientras mi mujer abrazaba a Silvia. Yo miré a Silvia contra el paisaje seco tras la ventana; se veía tan desprotegida con su bata de seda azul marino. La imaginé en el trajín de la noche anterior. No pude evitarlo, el escote, el pelo revuelto. Profanaba a un muerto pensando la causa.

Tuvimos que esperar mucho tiempo sentados en el vagón. Las afanadoras subían para hacer el aseo, ya habíamos colocado las maletas en el corredor, hasta la de Gonzalo. Silvia lloró mientras le ponía los zapatos. Ninguno nos atrevimos a cubrirlo con esas sábanas estrechas de litera de tren. Vino alguien del Registro Civil, también un doctor y allí se firmó el acta de defunción que Silvia no quería cargar. Afortunadamente todo el papeleo fue a bordo porque Silvia sostuvo que era su mujer y así no hubo que avisarle a nadie mientras cremaban a Gonzalo y ella pagaba con el dinero que le había sacado del bolsillo del pantalón. Nosotros no tuvimos corazón para dejarla sola en todos esos trámite por demás engorrosos. Mi mujer, que es buena y solidaria, le dijo que se hospedara en nuestro hotel cuando salimos del crematorio. Silvia llevaba con parsimonia la urna metálica en la que Gonzalo persistía entre nosotros. ¿Le habrá hecho mal la cena?- pregunté con torpeza. Es que después discutimos- se atrevió Silvia y comenzó a sollozar. Mi mujer consignó con la mirada mi desatino. Y si viene con nosotros al festejo por la noche- le dije para animarla. Mi mujer de nuevo reprobó mi sugerencia. Tal vez quiera volverse con los suyos a Mérida, dijo. Silvia me miró buscando protección. No, no puedo volver con los suyos ni con los míos. Nos quedó claro que nadie sabía que Gonzalo La Puente no sólo viajaba acompañado sino que había muerto y ahora era un montón de cenizas en el regazo de su amante.

Así que Silvia fue a la cena y la presentamos como vieja amiga de mi mujer y no contamos a nadie lo sucedido, mientras mis cuñados, primos políticos y una parentela desconocida me daba codazos y me insinuaba que tenía suerte de acompañar a mujer tan guapa. Yo -aunque con razón desaprueben- en ese momento me sentía afortunado, le veía las piernas y me sonreía de que nadie pudiese poseerlas más que mi mirada. Si hubiese sabido el alcance de lo que entonces me parecía fortuna. Era una mujer simpática, mi esposa la adoptó satisfecha de ese acto caritativo que su conciencia católica aplaudía. Regresamos los tres en el tren, digo los cuatro, pues Gonzalo viajaba en el neceser de Silvia junto a sus cremas, perfumes y el spray de pelo. Imaginaba que esa noche debía ser dolorosa para quien había iniciado un trayecto en pareja y ahora volvía con un hombre vuelto recipiente de bronce. Seguramente lo pondría a dormir en la cama baja y ella se recostaría en la alta para aligerar el recuerdo del trayecto mortal. Debía estar acostumbrada a lo pasajero, a la relación de a pedazos, en fragmentos pues mi mujer esa noche me contó que desde hacía ocho años era pareja de Gonzalo quien efectivamente estaba casado. Habrá que informar a la señora La Puente- dije con lo propio en esos casos. No es nuestro asunto- contestó mi mujer. ¿Y qué hará Silvia?- le pregunté con la certeza de que ellas dos ya lo habían hablado. Se quedará en casa unos días, mientras lo piensa, mientras resuelve qué hace con Gonzalo.

Mi mujer me sabía inofensivo pues sino habría ideado otra solución así que al llegar a Buenavista partimos a casa en taxi donde instalamos a Silvia en la habitación de Mariela, nuestra hija, que no tuvo más remedio que aceptar cuando escuchó la historia. A la semana, Silvia mudó su vestuario negro por tonos más claros y empezó a salir con mi mujer a misa, al mercado, a jugar a las cartas. Descubrimos que cantaba boleritos yucatecos y que se ponía simpática cuando bebía dos cubas. Un domingo hasta nos cocinó cochinita pibil. Yo dormía con dificultad, tenía unas ganas irresistibles de espiar su sueño, de mirar su cuerpo desparpajado sobre las sábanas. Mariela le dijo a su madre que ya llevaba dos semanas pernoctando en el sofá cama del estudio. Que cuándo se iba esa señora. Mi mujer le dijo que se sentía incapaz de echarla después de tan grande desgracia y que era una caprichosa. El caso es que para complacer a Mariela le dijimos a la sirvienta que la queríamos de entrada por salida aunque resultara más costoso y adaptamos la habitación para Silvia. Luego nadie nos atrevimos a decirle a Silvia que se mudara, ni la propia Mariela que la veía rezarle a la urna que ahora estaba en su tocador, junto a un french poodle de peluche rosa que le dio Javier. Así que una mañana en que Silvia estaba en el salón, nuestra hija entró por sus cosas más queridas para hacerse un nicho agradable en el cuarto de servicio. Al mes mi mujer empezó a perder su espíritu caritativo. Vete a La Villa por un nicho para la dichosa urna, me dijo con total irreverencia.

Toqué en la habitación de Silvia una tarde en que los dos nos habíamos quedado solos, pues mi mujer ya no la invitaba ni a las tiendas ni con sus amigas y mi hija evitaba estar en su nueva habitación con vista al patio de servicio. Silvia, encontré un nicho para Gonzalo. Me miró con los ojos acuosos y volteó hacia el amante pulverizado. No sé si puedo vivir sin él. Sé que estoy siendo una carga para ustedes que han sido tan amables. Me voy a ir pronto. Estoy esperando una carta de mi tía de Campeche. Me sentí tan afligido por su destino que le insistí que no se preocupara. Mientras le hablaba le miraba los labios temblorosos que mudaban a sonrisa en el irresistible carmín que siempre lucía. Pero es usted tan hermosa que hará pronto otra vida, le dije para animarla. Entonces me dio un beso en la mejilla, un beso de hija mala.

Le dijiste lo de la urna, me preguntó mi mujer esa noche caminando por la acera después de la cena. No había manera de hablar a solas dentro de casa. No se quiere separar de él, di por respuesta. Me miró incisiva. Sabía que me tocaba demoler la caridad que ella había ostentado. Esa noche Mariela antes de irse a su habitación preguntó también. Le habrás dicho lo del nicho ¿verdad?

No pude dormir, me quedé mirando el foco apagado del techo pensando que no había comprado la lámpara para ocultarlo desde que nos mudamos a esa casa quince años atrás. De pronto, animado por el ultraje, encontré la solución. Así que entré a su habitación girando el picaporte con toda mesura y la contemplé con el pelo oscuro revuelto y el mismo camisón que asomaba por el escote de la bata azul marino con que nos informó de su infortunio hacía dos meses. Las rodillas estaban al descubierto y sus pies que parecían tersos me incitaban a acariciarlos, que digo a acariciarlos, a pasar mi lengua por entre sus dedos. Se movió un poco y recordé el motivo, la misión a la que me orillaba mi papel de padre y jefe de familia. Así que la tomé del tocador, observé mi reflejo en el espejo mientras desprendía a su amante de la intimidad de la alcoba. Perdón, susurré al muerto y después me hinqué a los pies de la cama, para mirar de cerca aquel arco y los tobillos rosados y estirar mi mano en la falsa pretensión de la caricia. Salí deprisa sin cerrar la puerta de nuevo. La ciudad estaba vacía así que no me tomó mucho tiempo llegar a la estación, correr al andén como si se me fuera a escapar un tren y dejarlo allí en la escalinata de uno de los vagones del Tapatío. Volví deprisa pero en casa ya habían notado la ausencia de Gonzalo. Mi mujer abrazaba a Silvia que lloraba sobre su cama y Mariela colocaba al french poodle rosa sutilmente en el tocador. Me podrían haber dicho que me fuera, espetaba Silvia entre sollozos. Esas no son maneras. Ustedes que habían sido tan gentiles. No pude más y me hinqué frente a ella, frente a sus gloriosos pies y sus rodillas sin importar la presencia de mi mujer, ni su compasión de última hora. Lo tuve que llevar a la estación, tuve que desprenderme de él. Sabe Silvia me dolía Gonzalo, yo también lo quise en esos kilómetros de conocerlo. Nos dolía a todos en casa. Fue un acto de amor por no condenar a Gonzalo al oscuro espacio de un nicho. Necesitamos su alegría Silvia. Y mientras mi mujer soltaba los hombros que antes sostuviera con fervor maternal, miré los pies de Silvia con la certeza de que bien valían un muerto.

Mónica Lavín