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El acecho

El acecho

Se detuvo junto a la ventana, con el rostro descompuesto por el miedo y un brazo tendido de manera sentenciosa, mientras gritaba es él, está otra vez allí, en la calle, mirá. Tiré con violencia la revista que tenía en las manos y corrí en un impulso casi desesperado hacia la puerta. Ya eso resultaba un hábito más en el desarrollo diario, algo completamente mecánico que realizaba con pasmosa rapidez, como bajo el imperativo de una orden perentoria, cada vez que Marina denunciaba la presencia del hombre que se había convertido en una tenaz amenaza. Recorrí la calle con la furtiva esperanza de poder atraparlo y acabar por fin con esa pesadilla; divisé algunos familiares habitantes del barrio que regresaban del trabajo o procuraban gozar el fresco aire de la noche, pero ningún rastro de quien despertaba toda mi rabia no sólo por su constante acecho sino también porque parecía tener la rara cualidad de esfumarse repentinamente, con el sigilo de un ladrón consumado, como si pretendiera rehuir cualquier enfrentamiento o, peor aún, fuera una hábil maniobra para atacar en el momento oportuno. La búsqueda resultó inútil y de nuevo me sentí con las manos atadas, impotente para destruir la trampa que se iba tornando cada vez más opresiva, aunque me esforcé por reflejar un aspecto sereno, casi despreocupado, cuando regresé a la casa y Marina me abrazó con el cuerpo agitado. Repetí las palabras acostumbradas, calmate, ya se fue, no estaba en la calle. Ella no pareció oírme o ya ninguna razón conseguía tranquilizarla, conferirle la fuerza necesaria para desalojar el obsesivo terror que la dominaba, se habrá escondido, estoy segura, jamás aceptará que lo haya abandonado, volverá para matarnos. El silencio fue un tácito asentimiento, la pasiva conformidad de que ese ominoso presagio nos sumiría en un estado de permanente desasosiego, hasta producirse la catarsis que significara la liberación o el derrumbe total. La certeza de una espada suspendida sobre nosotros, que nos aplastaría de modo sorpresivo, comenzó a prevalecer tres meses atrás, cuando ella se presentó solicitando un empleo en la compañía de seguros donde yo trabajaba. Advertí enseguida su extrema tensión, que la incitaba a mirar en torno con una alarma apenas disimulada, y luego, a través de la tarea diaria que fuimos compartiendo, me sentí sorprendentemente atraído por ella. Quise indagar en su mundo que de pronto presentí arduo y enigmático. Así, me impuse casi la obligación de explorarlo, de averiguar la causa del pavor y la ansiedad que le hacían considerar como un fatal enemigo a cualquier persona que se le acercaba. Quizás me aceptó no tanto por mi asedio sino por la irrefrenable necesidad de sentirse protegida, de tener a su lado alguien que le brindara un sólido apoyo; pero en el curso de aquellos días en que nos dedicamos a ir al cine, comer en un club o pasear por un parque, eligiendo siempre los lugares más discretos y apartados, como dos fugitivos que buscaban con avidez un refugio seguro, no quiso o no se atrevió a confesarme abiertamente el peligro que la agobiaba. Cuando decidió mudarse a mi departamento, la primera noche de absoluta intimidad se vio perturbada por una cuota de duda e inquietud, porque mi anhelo de posesión significaba tal vez una especie de ataque o sometimiento que ella no estaba dispuesta a consentir, como si eso llevara implícito exponer su debilidad, dejarla sola y sin defensa. Comprendí que debía vencer ese último baluarte para descubrirla en su completa sinceridad, para que ya no hubiera ningún secreto ni subterfugio entre nosotros. No me equivoqué; le costó ceder, llegar a la entrega total. Después que el placer compartido fue transformándose en agradable ternura a través de inéditas caricias, Marina habló en tono suave, pareciendo que cada palabra la aliviaba de una carga bochornosa. Es por él, Eduardo Márquez, íbamos a casarnos pero lo abandoné y prometió matarme, tengo mucho miedo. Entonces la mantuve fuertemente abrazada, similar a un pájaro que necesitaba calor para volar de nuevo, expresándole mi protección, la seguridad de que nada malo habría de ocurrirle mientras estuviéramos juntos. No tardé en comprobar que esa aspiración era completamente estéril ante el poder avasallador de aquel hombre que fue ocupando entre nosotros el lugar de un intruso despiadado; ningún medio resultó adecuado para librarnos del excluyente dominio impuesto por su ambigua presencia. Apresados en la maraña creada por el acecho de él, llegué a pensar que no teníamos otra alternativa que vivir así: ella obsedida por el miedo de reconocerlo entre la gente que cruzaba por la calle y yo, por el contrario, deseando que sucediera eso, que al fin resolviera dar la cara para tener la oportunidad de aplacar mi acumulado furor. Debido a ese estado de progresiva nerviosidad, Marina decidió no sólo abandonar el trabajo, sino también rechazar las invitaciones para presenciar cualquier espectáculo o simplemente pasear por la ciudad, pues ya no tuvo otro propósito que permanecer encerrada en la casa. Respeté su voluntad, abrigando la esperanza de que eso tal vez la ayudaría a sobreponerse; mientras me encontraba en la oficina no lograba relegar un instintivo temor porque quedaba sola y sin resguardo, pero, al estar de nuevo juntos, disfrutábamos plenamente una dosis de dicha y alivio. El aparente sosiego que predominó durante algún tiempo me hizo olvidar que había un enemigo asediando implacablemente, hasta aquélla tarde en que, al regresar al departamento, descubrí a un grupo de personas en la vereda, hablando casi a gritos y con gestos de manifiesta sorpresa y confusión. De inmediato creí recibir un brutal puñetazo en pleno rostro y, con la certeza de que se había concretado lo presentido tantas veces, me abrí paso a empujones y por fin quedé inmóvil, petrificado, únicamente absorto en el cuerpo de ella desplomado en el suelo con la ridícula postura de un muñeco cuyos miembros han sido destrozados. Permanecí un largo rato así, ajeno a la presencia y el bullicio de los demás, luchando en vano por convencerme de que era cierto, que él había consumado su venganza, que ya resultaba absoluta mi impotencia para modificar ese hecho; después, con extrema lentitud, levanté la cabeza y clavé la mirada en la ventana del tercer piso, completamente abierta, que me pareció un hueco odioso y siniestro a través del cual Marina había encontrado un atroz castigo o una definitiva liberación. Como una verdadera tortura soporté los extensos interrogatorios de la policía, aunque pude aportar muy pocos datos sobre la única persona que consideraba responsable de lo sucedido, excepto decirles que se llamaba Eduardo Márquez y darles las someras referencias físicas que ella me había confiado; no contaba con fotos para ayudar a identificarlo y eso tornaba muy remota la posibilidad de atraparlo. Sin embargo, deseé que no lo hicieran; la muerte de Marina resultaba algo demasiado personal, que me propuse vengar de manera exclusiva, impulsado por un voraz resentimiento, por el peso de una imprevista soledad. Poco a poco me fui hundiendo en un estado febril, casi de enloquecida exaltación, mientras estaba en la casa o realizaba mecánicamente las tareas diarias, o caminaba sin rumbo por las calles, consumido por la espera semejante a una cruel e interminable agonía. Procuré convertirme en un blanco perfecto, sumamente tentador, para que él repitiera su ataque, pues comprendí que no tenía otro modo para enfrentarlo; luego de sobrellevar durante varias semanas una angustiosa expectativa, el desaliento me hizo creer que nunca podría castigarlo, que él tal vez tuvo el único objetivo de matar a Marina. El hecho de su brusca y total desaparición me fue dejando el sabor de un agrio fracaso, la certidumbre de que jamás me recobraría de esa derrota. Me invadió con mayor fuerza el recuerdo de ella, acuciando mi remordimiento pero transformándose también en la única forma de recuperarla. Comencé a quedarme todo el tiempo libre recluido en el departamento que de repente pareció tener la cualidad de un refugio acogedor, de una ignorada belleza, donde ella fue surgiendo como una presencia tangible a través de cualquier objeto, de cada rincón en que vivimos un acto de amor, de la ropa que distribuí con afectuoso cuidado en el ropero. Fue mientras realizaba la tarea de revisar y arreglar todas las cosas de Marina cuando un día, sorpresivamente, descubrí en el fondo de un cajón la página de un diario, vieja y arrugada, a la que tal vez no le habría prestado la menor atención si no hubiera reparado que estaba celosamente guardada. Entre curioso e intrigado por el grueso título que hacía referencia a un drama pasional, observé la foto que mostraba el cuerpo de un hombre caído en un cuarto donde el mobiliario desordenado reflejaba la huella de una furiosa pelea, y luego, cuando leí el artículo, todo a mi alrededor comenzó a girar en un absurdo torbellino. No pude evitar un grito de protesta o de completo desconcierto ante la súbita, increíble revelación que me sacudió como una certera puñalada, mientras releía la noticia hasta que las letras se tornaron indefinidas frente a mi ojos cansados: "Mendoza, 19. A raíz de un violento altercado, que se presume de índole pasional de acuerdo con el testimonio suministrado por algunos vecinos, fue víctima de tres balazos el empleado Eduardo Márquez, de veintiséis años. Todas las sospechas del crimen recaen sobre su prometida, Marina Velasco, quien actualmente se encuentra prófuga".

Ángel Balzarino

La madre del monstruo

La madre del monstruo

Día tórrido. Silencio. La vida está como cristalizada en un luminoso remanso. El cielo contempla a la tierra con mirada límpida y azul por la pupila resplandeciente del sol.

El mar diríase forjado en metal liso y azuloso. En su inmovilidad, las barcas policromas de los pescadores parecen soldadas al hemiciclo tan esplendoroso como el cielo... Moviendo apenas las alas, pasa una gaviota, y en el agua palpita otra más blanca y más bella que la que hiende al aire.

El horizonte aparece confuso. Entre la bruma, se vislumbra un islote violáceo, del que no se sabe si flota dulcemente o si se derrite bajo el calor. Es una roca solitaria en medio del mar, espléndida gema del collar que forma la bahía de Nápoles.

El pétreo islote, erizado de cresta y aristas, va descendiendo hasta el agua. Su aspecto es imponente, y tiene la cima coronada por la marca verdeoscura de un viñedo, de los naranjos, de los limoneros y de las higueras, y por las menudas hojas de color de plata oxidada de los olivos. Entre este torrente de verdor que se desborda hacia el mar sonríen unas flores blancas, áureas y rojas, y los frutos anaranjados y amarillos hacen pensar en las noches sin luna y de firmamento sombrío.

El silencio reina en el cielo, en el mar y en el alma.

Entre los jardines serpentea un angosto sendero, por el que una mujer se dirige hacia la orilla. Es alta. Su vestido negro y remendado está descolorido por el uso. Su pelo brillante forma como una diadema de ricitos sobre la frente y las sienes, y es tan encrespado que no es posible alisarlo. De su rostro enjuto impresiona la mezcla de rudeza y austeridad. Hay en estas facciones algo profundamente arcaico, al tropezar con la mirada fija y sombría de sus ojos, se piensa sin querer en los ardientes orientales, en Débora y en Judit.

Anda con la cabeza agachada, haciendo calceta; el acero de las agujas brilla entre sus dedos. El ovillo de lana está oculto en una de su faltriqueras, pero diríase que el hilo rojo sale de su pecho. El camino es sinuoso y los pedruscos crujen y resbalan a su paso. Sin embargo, la vieja sigue bajando con la misma seguridad que si sus pies viesen el sendero.

He aquí la historia de esta mujer.

Poco después de su matrimonio con un pescador, su marido salió un día a la faena y no regresó. La mujer estaba grávida.

Apenas nació el niño, ella procuró mantenerlo siempre oculto de la gente. Nunca la vieron con él en la calle, al sol, para glorificarse con su hijo, como suelen hacer todas las madres; antes al contrario, lo tenía envuelto en harapos, en un rincón de su choza.

Durante mucho tiempo, ningún vecino pudo ver del niño más que la cabezota y los inmensos ojos inmóviles en la cara amarillenta. Advirtieron asimismo que la madre, que antaño había luchado a brazo partido contra la miseria, llena de alegría, infatigablemente, que sabía comunicar valor a los demás, se mostraba ahora taciturna y parecía estar siempre meditando, con el ceño fruncido, como si contemplase el mundo a través de un velo de dolor, con mirada extraña e interrogadora.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo sin que todos se enterasen de su desgracia. El niño había nacido contrahecho, y eso era la causa de la pesadumbre de la madre y el motivo de que lo ocultase de la gente.

Entonces, los vecinos, condolidos, le dijeron que comprendían el dolor de una madre que da a luz a un hijo anormal, pero que nadie, salvo la Madona, sabía si aquella prueba era un castigo, y que el niño, de todos modos, no debía ser privado de la luz del sol.

Ella prestaba oídos a la gente y les mostraba a su hijo. Tenía éste unas piernas y unos bracitos en extremo cortos, como aletas de pez; la cabeza hinchada como una bola, se sostenía a duras penas sobre el cuello delgaducho y endeble; el rostro estaba todo surcado de arrugas; tenía los ojos turbios y la boca hendida por una sonrisa inexpresiva.

Al mirarlo, las mujeres lloraban, y los hombre se retiraban mohínos, con una mueca de desdén. La madre del monstruo se sentaba en el suelo, y ora bajaba la cabeza, ora la levantaba y miraba a todos, como preguntando algo que nadie podía comprender.

Los vecinos construyeron para el engendro una caja semejante a un ataúd; lo llenaron de vellones de lana, colocaron en ella al pequeño monstruo y los pusieron en un rincón del patio. Tenías la esperanza de que el sol, hacedor de milagros, haría uno más.

Pero fue transcurriendo el tiempo, y el monstruo seguía siéndolo: una cabezota enorme, un largo tronco y unos atrofiados muñones. Únicamente su sonrisa iba adquiriendo una expresión más y más definida se insaciable glotonería. En la boca surgieron dos hileras de agudos dientes, y los cortos y deformes brazos se adiestraron en coger los trozos de pan y llevarlos, sin equivocarse nunca, a la ávida bocaza.

Era mudo, pero cuando alguien comía cerca o cuando olía alimento, abría el hocico y empezaba a dar unos mugidos roncos y a menear como un loco la cabezota, mientras el blanco mate de los ojos se le cubría de venillas sanguinolentas.

Comía mucho, cada día más; su mugido se hizo persistente. La madre trabajaba sin cesar, pero su ganancia era exigua y a veces nula. No se quejaba de su suerte, y si aceptaba alguna ayuda, era de mala gana y sin despegar los labios. Cuando estaba fuera, los vecinos, cansados del constante mugir del monstruo, corrían a meterle en la boca mendrugos, frutas, legumbres y cuanto comestible tenían a mano.

-¡Te va a comer viva! –decían a la madre-. ¿Por qué no lo llevas a un asilo?

-No quiero oír hablar de eso- contestaba la pobre mujer-. Soy su madre. Yo le traje al mundo, y yo he de ganar el sustento para él.

Como aún era hermosa, más de uno quiso hacerse amar por la desdichada, pero no obtuvo el menor éxito. A uno, precisamente a aquel hacia quien se sentía más inclinada, le dijo un día:

-No puedo ser tu esposa. Tengo miedo de engendrar otro monstruo. Tú mismo te avergonzarías. ¡No, vete!

El hombre insistió, recordándole que la Madona hacía justicia a las madres y las consideraba como hermanas suyas. Pero ella exclamó:

-¡Ay! No sé de qué puedo ser culpable, pero se me castiga con crueldad.

El pretendiente suplicó, lloró, enfurecióse; pero loa mujer no cedió.

-Me da miedo –decía-. He perdido la fe en mi destino...

El hombre se marchó muy lejos, y no regresó nunca.

Durante muchos años, la pobre madre estuvo llenando aquella boca sin fondo que engullía sin cesar. El monstruo comía todo el fruto del trabajo materno, la sangre, la vida de la desgraciada mujer. La cabeza, cada vez más desarrollada, era horrible. Semejaba un globo a punto de desprenderse del atrofiado cuello para elevarse por el aire, tras haber topado contra las esquinas de las casas.

Todos los que pasaban por la calle y miraban hacia el patio, se detenían estupefactos, estremecidos, sin atinar a comprender qué era aquello. La caja estaba adosada a un muro por el que se enredaba una parra, y de su interior surgía la cabeza del monstruo.

El amarillento rostro estaba surcado de arrugas; los pómulos eran salientes; los ojos mates, desencajados, casi salían de las órbitas.

Aquella horrenda imagen se quedaba fija largo tiempo en la memoria. La gran nariz, achatada, vibraba y se estremecía; los labios, al moverse, dejaba al descubierto unos dientes carniceros, y a cada lado del globo surgían dos desmesuradas orejas que parecían tener vida propia e independiente... Aquel horripilante mascarón estaba rematado por un manojo de pelos negros y rizados como los de un africano.

Casi siempre se le veía con un pedazo de cualquier cosa comestible en la mano diminuta y breve como la patita de una lagartija.

Entonces inclinaba la cabeza y mascaba con gran ruido, sorbiéndose los mocos, y los ojos se le movían hasta fundirse en una mancha turbia y sin fondo sobre la pálida faz, cuyas contracciones semejaban las de la agonía. Cuando tenía hambre, alargaba el cuello y abría la boca enrojecido, de lo que salía una delgada lengua de víbora, para mugir con acento imperativo.

La gente se marchaba santiguándose y musitando una oración.

Aquello les recordaba todos los dolores y desgracias que les había deparado la vida.

Un herrero, hombre viejo y de carácter melancólico, repetía a menudo:

-Cuando veo esa bocaza que se lo traga todo, se me ocurre que mi fuerza ha sido también devorada por algo, no sé qué, pero que se le parece mucho. Y pienso que todos nosotros vivimos y morimos para mantener parásitos.

Aquella cara enmudecida suscitaba en todas las conciencias ideas tristes y sentimientos de espanto.

La madre escuchaba los comentarios de sus vecinos sin despegar los labios. Sus cabellos encanecieron prematuramente y las arrugas se fueron extendiendo por su rostro. Hacía ya tiempo que había perdido el hábito de reír. No ignoraban los vecinos que la infeliz se pasaba las noches enteras a la puerta mirando al cielo, como si esperase que de allí pudiera llegar el socorro. Y decíanse unos a otros, encogiéndose de hombros:

-¿Qué debe estar esperando?

Terminaron por aconsejarle:

-¡Llévalo a la plaza, junto a la iglesia! Por allí pasan los extranjeros y le echarán limosna.

-Sería horrible que lo vieran los extranjeros –contestó la madre, horrorizada-. ¿Qué pensarían de nosotros?

-La desgracia existe en todos los países –le contestaron-, cosa que nadie ignora.

La madre negó con un movimiento de cabeza.

Cierto día, ocurrió que unos extranjeros visitaban el pueblo y lo husmeaban todo, entraron en el patio y se fijaron en el monstruo, que estaba metido en su caja. La madre fue testigo de sus gestos de repugnancia y comprendió que hablaban con repulsión de su hijo. Pero lo que más la sorprendió fueron ciertas palabras pronunciadas con acento de desprecio y animosidad y, también, de triunfo.

La desgraciada mujer conservó en la memoria el sonido de aquellas palabras extranjeras, que repetía insistentemente y en las que su corazón de italiana y de madre adivinaba un significado insultante. Aquel mismo día fue a casa de un adivino conocido suyo y le preguntó qué significaban las palabras que había oído.

-Convendría saber quién las ha pronunciado –contestó el hombre, frunciendo el ceño-. Pues significan: "Italia muere antes que las demás naciones italianas". ¿Quién forja semejantes mentiras?

La pobre mujer se marchó silenciosa.

Al día siguiente, a consecuencia de un hartazgo, su murió entre convulsiones.

La madre sentóse en el patio, junto a la caja, con las manos cruzadas sobre aquella cabeza inerte. Permanecía quieta, inmóvil, y parecía más que nunca esperar algo. Fijaba la mirada interrogante en cada uno de los que desfilaban ante el cadáver.

Todos guardaron silencio. Nadie le preguntó nada, aunque muchos se sentían inclinados a felicitarla por haberse liberado de aquella esclavitud, o tal vez hubieran deseado consolarla por haber perdido al que, después de todo, era su hijo. Pero nadie despegó los labios. Hay momentos en que todos comprenden que ciertas cosas no pueden expresarse sin que parezcan reticencias.

Mucho tiempo después de la muerte del monstruo, la madre seguía mirando a la gente a la cara, como si preguntase no se sabe qué. Pero luego, poco a poco pareció ir olvidándolo todo...

Máximo Gorki

No decía palabras

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne;
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Aunque sólo sea una esperanza,
porque el deseo es pregunta cuya respuesta
nadie sabe.


Luis Cernuda

George Orwell en Barbastro

George Orwell en Barbastro

Al igual que otros intelectuales extranjeros, George Orwell (seudónimo de Eric Arthur Blair) se involucró activamente en la guerra civil española, luchando en el frente de Huesca donde incluso fue herido. Estas experiencias fueron plasmadas en el extraordinario libro "Homenaje a Cataluña" (Homage to Catalonia) publicado en 1938, documento imprescindible para poder analizar el siglo XX y en particular nuestra guerra civil. En esta ocasión no hablaremos de la guerra civil ni por supuesto realizaremos una crítica literaria sino que nos limitaremos a contar las referencias que hace Orwell a nuestra ciudad que nos servirán para conocer el Barbastro de los primeros años de la guerra.

En diciembre de 1936 llega Orwell a España con la "vaga idea de escribir artículos para los periódicos" pero se alista en las milicias del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, partido revolucionario de carácter troskista con gran implantación en Cataluña) según sus palabras " porque en aquella época y en aquella atmósfera era lo único concebible".

Una vez realizada la instrucción en el Cuartel Lenin de Barcelona), es enviado al frente de Huesca concretamente a Alcubierre, llega a Barbastro en nuestra entrañable "burreta" (tren que cubría el trayecto Barbastro-Selgua y que por el apodo podéis deducir sus prestaciones) y lo describe así: "Barbastro, aunque quedaba muy lejos del frente, ofrecía un aspecto desolado y maltrecho. Enjambres de milicianos con andrajosos uniformes vagaban por las calles tratando de protegerse contra el frío, En una tapia medio en ruinas vi un cartel del año anterior que anunciaba que seis hermosos toros serían lidiados en la plaza el día tantos de tantos. ¡Qué tristeza daban aquellos colores deslucidos! ¿Dónde estaban ahora los hermosos toros y los arrogantes toreros? Al parecer, ni siquiera en Barcelona había corridas de toros; por un motivo u otro los mejores matadores eran franquistas".

Los pueblos aragoneses causaron una profunda impresión a Orwell, esos míseros pueblos aragoneses de los años treinta tan bien descritos por Ramón J. Sender "Me parece que incluso en tiempos de paz no hubiese sido posible recorrer esta parte de España sin quedar impresionado por la peculiar y extremada miseria de los pueblos aragoneses. Son como fortalezas, un amontonamiento de endebles casuchas de barro y piedra apiñadas en torno a la iglesia, y ni siquiera en primavera es fácil ver una flor en aquellos alrededores. Las casas no tienen jardines, sólo corrales en la parte trasera, donde unas escuálidas gallinas patinan sobre una alfombra de estiércol de mula"

Al ser herido en un brazo en el frente fue trasladado primero al "hospital" (mas bien barracones) de Siétamo y posteriormente al hospital de Barbastro (además de San Julián se habilitaron como hospitales la Casa Amparo y San Vicente) tal como nos cuenta: "Al anochecer habían llegado suficientes enfermos y heridos como para llenar unas cuantas ambulancias y nos llevaron a Barbastro. ¡Que viaje! Solía decirse que en aquélla guerra se sobrevivía si solo se era herido en las extremidades, pero que siempre se moría de una herida en el abdomen. Entonces comprendí por qué. Nadie que pudiese sufrir hemorragias internas podía sobrevivir al traqueteo de tantos kilómetros por unas carreteras tan malas, destrozadas por los pesados camiones y que no habían sido reparadas desde que empezó la guerra... El hospital de Barbastro estaba completamente lleno, las camas estaban tan juntas que casi se tocaban. A la mañana siguiente unos cuantos de nosotros nos metieron en un tren especial y nos mandaron a Lérida".

Recuperándose de sus heridas en Barcelona es testigo de los sucesos de Mayo de 1937 donde los comunistas estalinistas provocaron una guerra civil interna aplastando al POUM al que acusaban infundadamente de fascista en vista de los acontecimientos se traslada nuevamente al frente para sellar la licencia y conseguir el certificado que le declarara inútil para la guerra y así poder regresar a Inglaterra y nuevamente en Barbastro realiza la siguiente reflexión: "Los detalles de aquel viaje final perduran en mi memoria con una extraña claridad. Mi estado de ánimo era distinto, estaba más predispuesto a la observación que meses atrás. Había obtenido la licencia, con un sello de la división número 29, y el certificado médico en el cual se me declaraba «inútil». Era libre de regresar a Inglaterra. Por lo tanto, me sentía capaz, casi por vez primera, de contemplar España. Tenía que pasar un día en Barbastro, porque sólo había un tren diario. Antes había visto Barbastro en rápidas visiones y me había parecido simplemente una parte de la guerra: un lugar frío, gris y enfangado, lleno de rugientes camiones y de tropas andrajosas. Ahora me parecía extrañamente distinto. Paseando por la ciudad, descubrí el encanto de las tortuosas callejas, de los viejos puentes de piedra, de las tabernas con grandes barriles rezumantes tan altos como un hombre, de misteriosas tiendas semisubterráneas donde se hacían ruedas de carro, puñales, cucharas de madera y botas de piel de cabra. Estuve viendo cómo un hombre hacía una bota y descubrí con gran interés algo que hasta entonces ignoraba, que las hacen con el pelo hacia dentro y sin quitarlo, de modo que uno bebe en realidad pelo de cabra destilado. Me había pasado meses bebiendo de las botas sin saberlo. En la parte baja de la ciudad había un río poco profundo de color verde jade, y junto a él un escarpado risco con casas construidas sobre el peñasco, de modo que desde la ventana de las alcobas se podía escupir dentro del agua que corría a treinta metros más abajo). En los huecos del risco vivían innumerables palomas. Y en Lérida había viejos edificios ruinosos en cuyas cornisas habían construido sus nidos millares y millares de golondrinas, de manera que a corta distancia el dibujo que formaban aquellos nidos incrustados parecía una florida moldura rococó. Era curioso que en casi seis meses no hubiera tenido ojos para semejantes cosas. Con la licencia en el bolsillo, me sentía otra vez como un ser humano y también un poco como un turista. Casi por primera vez era consciente de que estaba realmente en España, en un país que durante toda mi vida había deseado tanto visitar. En las tranquilas callejuelas de Lérida y de Barbastro tenía la sensación de captar un atisbo momentáneo, un lejano rumor de la España que vive en la imaginación de todos. Blancas sierras, cabreros, mazmorras de la Inquisición, palacios morunos, oscuras y ondulantes reatas de mulas, olivos grises y limoneros, muchachas con negras mantillas, los vinos de Málaga y Alicante, catedrales, cardenales, corridas de toros, gitanos, serenatas... en resumen España. El país de Europa que más había cautivado mi imaginación. Qué lástima que cuando por fin conseguía visitar aquella tierra hubiese tenido que conformarme con aquel rincón del nordeste, en medio de una confusa guerra y casi siempre en invierno".

Además de este libro George Orwell escribió cartas, críticas y ensayos sobre la guerra civil que fueron recopilados y publicados póstumamente en Londres en 1968 bajo el título de "Mi guerra civil española" en los que también se hace alguna alusión a Barbastro, si bien en ninguna ocasión tan extensa como en "Homenaje a Cataluña".

Toni Soláns Brandi

Tres principios para hombres

Tres principios para hombres

Pro-masculino. Pro-feminista. Pro-homosexual. Estos tres términos se han convertido en principios orientadores para un sector significativo del movimiento de hombres, incluyendo la revista australiana XY y los grupos de Hombres contra el Asalto Sexual en Australia. ¿Qué significa cada uno de ellos y cómo deben ser aplicados en la práctica?

Pero, primordialmente, ¿de dónde vienen estas tres frases? El hecho es que han sido tomadas del extranjero. En 1991, cuando fundé la revista XY, quería definir, de alguna manera, lo que XY significaba. La solución fue simple: Tomé la idea de afirmar una "masculinidad sana, amante de la vida y no opresiva" de la revista estadounidense Changing Men (Hombres en Cambio).

Durante un largo tiempo, éstos han sido los principios orientadores de la Organización Nacional de Hombres contra el Sexismo (MASA, por sus siglas en inglés) en los Estados Unidos. Cuando los grupos MASA nos reunimos a nivel nacional por primera vez, en Melbourne en 1992, adoptamos los tres principios como parte de las metas y los objetivos de MASA.

He creído, desde hace mucho tiempo, que para cambiar el mundo se requiere de buenas estrategias y buenas teorías. Se necesitan estrategias que sean efectivas y empoderizantes, y teoría que sea verosímil, coherente y aplicable. Más aún, las estrategias y las teorías deberían reflejarse entre sí y construirse mutuamente.

Todos los movimientos que persiguen cambios sociales adoptan ideologías y creencias como parte de sus luchas. Creo, con pasión, que estos tres principios deberían guiar el movimiento de hombres. Deberían guiar lo que decimos, las clases de estrategias que perseguimos, y lo que publican los boletines y las revistas tales como XY.

Los tres principios tienen, sin embargo, una aplicación mucho más amplia en el desarrollo de una masculinidad alternativa y de una cultura masculina alternativa. Individualmente, los hombres que tratamos de descubrir qué clase de hombres queremos ser, necesitamos términos de referencia, "ganchos" en los que podamos colgar nuestros deseos y esperanzas. Los tres principios pueden proporcionar precisamente esos términos de referencia, formando un marco de trabajo de las filosofías y visiones personales de los hombres, así como la textura de una nueva cultura.

Dado lo anterior, parece una buena idea el intentar definir cada principio. A continuación describo lo que veo como la médula de cada principio, su base, y luego comento sobre las dificultades implicadas en cada uno. Mi deseo es que esto motivará un mayor desarrollo de nuestras políticas.

-Pro-masculino

Ser pro-masculino significa ser positivo respecto a los hombres; creer que los hombres podemos cambiar; apoyar los esfuerzos de cada hombre por lograr un cambio positivo. Significa construir relaciones íntimas y alianzas de apoyo entre hombres. Es reconocer los muchos actos de compasión y nobleza de los hombres. Es resistirnos a sentir desesperanza respecto a los hombres y a descalificarnos, y es rechazar la idea de que los hombres somos intrínsecamente malos, opresivos o sexistas.

Ser pro-masculino es darnos cuenta de que los hombres individuales no son responsables ni pueden ser culpados por las estructuras y valores sociales tales como la construcción social de la masculinidad o la historia de la opresión de las mujeres. Esto debe ser equilibrado con el reconocimiento de que cada hombres es responsable de su conducta opresiva (como la violencia) y puede escoger cambiarla. Si un hombre es sexista u homofóbico, una respuesta positivamente masculina sería ayudarlo y motivarlo a tratar de cambiar esto, y desafiar la conducta, en lugar de atacarlo.

Ser pro-masculino también tiene que ver con el reconocimiento y la apreciación de los aspectos positivos de la masculinidad. La fortaleza, la determinación y el valor son todos aspectos de la masculinidad tradicional y, sin embargo, son características útiles para la habilidad de los hombres para cambiar la sociedad.

El ser pro-masculino está equilibrado por el pro-feminismo. Ser positivamente masculino no significa, por supuesto, apoyar cualquier cosa que los hombres hacen. Debemos mantener un código de ética o valores, y evaluar a los hombres y las masculinidades de acuerdo a éste. Para dar un simple ejemplo, una masculinidad violenta es inaceptable porque la violencia es éticamente inaceptable.

Finalmente, ser pro-masculino es compatible con criticar los aspectos opresivos o destructivos de los grupos o los movimientos de hombres.

-Pro-feminista

Ser pro-feminista significa, fundamentalmente, comprometernos a desafiar la opresión de las mujeres, el sexismo y la injusticia por razón de género. Es estar conscientes de las experiencias de las mujeres y dejarnos informar por los análisis que las feministas hacen de la sociedad. Para los hombres en particular, ser pro-feministas significa tratar de desarrollar formas de masculinidad no opresivas y relaciones no sexistas con las mujeres.

Si los hombres nos comprometemos a ser pro-feministas, desafiaremos las actitudes y conductas sexistas de los hombres y trataremos de cambiar nuestro propio sexismo. Los activistas pro-feministas también podemos apoyar las campañas de las mujeres o trabajar con feministas, así como consultar a grupos feministas y estar disponibles para éstos.

El término "pro-feminista" es casi equivalente a "anti-sexista", y a menudo utilizo los dos términos indistintamente. Pero me gusta el término pro-feminismo pues sugiere un compromiso explícito y continuo a apoyar el feminismo. Sin esto, los hombres podríamos caer en una comprensión del sexismo que desvirtúa el poder de los hombres sobre las mujeres.

Uno de los verdaderos placeres de estar en estrecho contacto con el feminismo es el poder disfrutar la cultura de las mujeres -- la literatura, las películas e ideas fantásticas, inspiradoras y a menudo desafiantes que han florecido en las últimas tres décadas. Mi propio sentido de la sociedad que anhelo -mi utopía- ha sido inspirado, por ejemplo, por el libro La mujer al borde del tiempo, de Marge Piercy, y mi sentido de pasión ha sido formado, en parte, por las películas feministas y, por supuesto, por las mujeres mismas.

Ser pro-feminista no significa sentirnos culpables o avergonzados de ser hombres. (Pero sentir vergüenza, por ejemplo, de haber lastimado a alguien es una parte saludable del proceso de cambio.)

El pro-feminismo no debería significar que los hombres creamos saberlo todo acerca del feminismo o hacer ciertas cosas que recibirán la aprobación de las feministas. Y no creo que los hombres deberíamos, o de hecho necesitaríamos, llamarnos "feministas". Los términos tales como "pro-feminista" y "antisexista" son claros y pueden ser utilizados con orgullo.

-Pro-homosexual

Ser pro-homosexual significa comprometernos a desafiar la homofobia y el prejuicio y la opresión contra las personas homosexuales. Significa estar conscientes de las experiencias de los homosexuales y las lesbianas, y dejarnos informar por los análisis que ellos y ellas hacen de la sociedad. Para los hombres en particular, ser pro-homosexual significa reconocer el papel de la homofobia en las operaciones de la masculinidad, y formar relaciones íntimas y de apoyo con los hombres, heterosexuales y demás.

Los hombres pro-homosexuales no asumiremos que todas las personas son heterosexuales y aceptaremos y acogeremos a (otros) hombres homosexuales. Trabajaremos en nuestra propia homofobia o heterosexismo y los desafiaremos en otros hombres e instituciones. Ser pro-homosexual significa apoyar la expresión de la sexualidad homosexual y de otras sexualidades no heterosexuales.

Los hombres pro-homosexuales en el movimiento de hombres podemos apoyar la lucha contra la opresión sexual o trabajar con (otros) hombres homosexuales. Y deberíamos estar conscientes de cómo nuestras campañas en asuntos relacionados con los hombres pueden afectar a los hombres homosexuales y a la cultura homosexual en particular. (Por ejemplo, las campañas contra la pornografía podrían conducir a la prohibición de literatura sobre el sexo más seguro o de la pornografía homosexual.) Los hombres heterosexuales pueden formar amistades y alianzas con hombres homosexuales o bisexuales, así como explorar las posibilidades del deseo y el sexo con personas de su mismo sexo.

Al igual que ocurre con los otros dos principios, se debe evitar algunas trampas. Los hombres homosexuales pueden enseñarles mucho a los heterosexuales acerca de la intimidad entre hombres y de las posibilidades para una masculinidad sensual, expresiva e igualitaria. Pero los hombres homosexuales y la cultura homosexual también pueden ser sexistas y aun misóginos (o sea, que odian a las mujeres) y esto no debe ser tolerado.

Los hombres heterosexuales que son pro-homosexuales no debemos aceptar la idea de que la heterosexualidad es, de alguna manera, fundamentalmente poco sólida u opresiva. Podemos criticar algunos aspectos de la cultura y la conducta sexual heterosexuales (tales como coaccionar a las mujeres a tener relaciones sexuales), pero también podemos practicar la autoaceptación y explorar una heterosexualidad positiva y no opresiva.

-Dificultades

Cada uno de los tres principios presenta complejidades y contradicciones, y su intersección en sí provoca aún más tensiones. Y aunque sería interesante evaluar el grado al cual el movimiento de hombres en Australia ha adoptado cada principio, dejaré eso para otra ocasión.

La dificultad de ser pro-masculino radica en la tensión entre, por un lado, un análisis crítico de los hombres y la masculinidad y, por el otro, la necesidad de ser positivos hacia los hombres y las posibilidades de cambio.

En el movimiento de hombres, debería ser una cuestión de fe el que los hombres no somos esencialmente opresivos y que somos perfectamente capaces de ser personas amorosas y tiernas. La idea de que la conducta de los hombres es determinada biológicamente no puede ser intelectualmente justificada, y este tipo de esencialismo o determinismo biológico ha sido ampliamente desacreditado en los círculos académicos. Pero para nosotros, como hombres, también es pragmática o estratégicamente necesario rechazar tal idea.

Hace algunos días charlé en el Café Tilleys con un bello hombre del grupo MASA de Canberra. Como trabajador social, él se enfrenta cada día al horror de la violencia de los hombres hacia las mujeres, los niños y las niñas, y me hizo pensar en lo fácil que es perder la fe en los hombres. Aun así, conozco a muchas feministas que también ven esta aniquilante situación y, sin embargo, escogen amar hombres y compartir su vida con ellos. Si las mujeres pueden hacerlo, también nosotros podemos -- y muchos lo hacemos.

-Hombres buenos

Si vamos a construir una cultura alternativa y antisexista, necesitaremos una expresión mucho más fuerte de las clases de masculinidades que nos gustaría ver. Esto es, debemos definir las cualidades que hacen bueno a un hombre, un hombre que encarne una "masculinidad sana, amante de la vida y no opresiva", según los lineamientos de XY. Imagino que estas cualidades incluyen: orgullo, sensibilidad, cuidado, coraje, pasión, generosidad, fortaleza y humildad.

No puedo pensar en muchos modelos positivos e inspiradores de una masculinidad alternativa. ¿A quién podríamos nominar? ¿Billy Bragg, Dustin Hoffman, Julian Cleary, Gandhi, Sting, Bart Simpson? Quién sabe. Pero estoy seguro de que se me puede ocurrir un mejor modelo que ese molesto estereotipo del tipo sensible de "new age", a quien típicamente se le ve como alcahuete, plagado de culpa y levemente patético.

A fin de construir una cultura alternativa, necesitaremos motivar nuevos héroes, nuevos modelos y nuevas imágenes de los hombres y de la masculinidad.

-El feminismo y los hombres

La mayoría de hombres se resiste a los mensajes pro-feministas o antisexistas. Crecimos en una cultura patriarcal, se nos ha inculcado una visión patriarcal del mundo, y no es tarea fácil deshacer lo construido.

Más aún, el feminismo es una "mala palabra" para muchos hombres, especialmente debido a la tergiversada presentación que los medios han hecho del feminismo. A menudo, el feminismo es presentado como marginal, desactualizado, hostil y puritano. No es extraño que tantos hombres no quieran escuchar a las feministas.

¿En pro de qué feminismo estamos? La variedad de perspectivas teóricas dentro del pensamiento feminista presenta una mayor complicación para que los hombres practiquen el pro-feminismo. Pero creo que éste no es un problema tan grande, mientras los hombres adopten algún tipo de feminismo.

Seguirá siendo una batalla continua el mantener y diseminar una perspectiva pro-feminista entre hombres del movimiento de hombres y en la sociedad en general. Muchas secciones del movimiento de hombres no se dejan informar por los análisis realizados por las feministas, mientras que otras son explícitamente hostiles al feminismo.

-Problemas de ser pro-homosexual

La mayor dificultad de declararnos pro-homosexuales es que nos enfrentamos al grueso muro del prejuicio social. Tal como expliqué en mi artículo "Camisa de fuerza" (Straighjacket, XY, Invierno de 1993), la homofobia es un factor clave para mantener a los hombres "en su lugar", es decir, dentro de los límites de la masculinidad convencional.

Para ser pro-homosexuales, los hombres tendremos que superar nuestras profundamente arraigadas actitudes homofóbicas y respuestas emocionales. Esto requerir de más que la tolerancia liberal y la falsa intimidad que a veces ha caracterizado a las reacciones de los hombres heterosexuales a los homosexuales.

La combinación de ser pro-masculino y pro-feminista presenta algunos conflictos. Existen importantes desacuerdos en las teorías feminista y lésbica/homosexual sobre la pornografía, el sadomasoquismo, la prostitución y el sexo intergeneracional.

No hay una regla dorada sobre cómo proceder ante estos conflictos entre diferentes perspectivas sobre la sexualidad y el género. Supongo que lo más que se puede pedir es que procedamos en una forma inteligente y respetuosa.

Hay problemas con el término "pro-homosexual" en sí. Éste sugiere una simple dicotomía de heterosexual versus homosexual, mientras que la realidad es que los deseos, prácticas e identidades sexuales de las personas ocupan un vasto y diverso continuo. Creo que también deberíamos cuestionar todo el sistema que categoriza rígidamente la sexualidad en heterosexual y homosexual.

El ser pro-homosexual, como expuse anteriormente, es una opción disponible tanto para hombres no homosexuales como para aquellos que se identifican como homosexuales. Pero el trabajo necesario y la acción emprendida podrían ser muy distintos para esos hombres diferentes.

Hasta aquí he descrito los tres principios, argumentando que éstos deben orientar el activismo de los hombres y el desarrollo de vidas personales y culturas alternativas. Pero no creo que esto sea suficiente. También creo que deberíamos comprometernos contra el racismo y, me atrevo a sugerir, con una perspectiva socialista. No soy muy conocedor de ninguna de estas políticas, pero siento que ambas son muy relevantes para los hombres.

-En la práctica

Cada uno de los tres principios, además de sugerir lo que se debe hacer, también recomienda lo que no se debe hacer. Cada principio prohibe y convierte en ilegítimas las creencias y acciones contra los hombres, contra el feminismo y contra los homosexuales y las lesbianas. Lo que se está forjando aquí es un grupo de criterios para evaluar lo que hacemos y la forma en que pensamos. Cada uno de los tres principios sugiere un compromiso político, una actitud personal y una serie de estrategias que deberíamos tener, así como actitudes y estrategias que no deberíamos tener.

Más allá de los tres principios se encuentra un sentido más profundo de ética o justicia. Ya sea que estemos considerando las relaciones entre mujeres y hombres o entre hombres y hombres, estamos evaluándolas y dándoles forma en términos de valores tales como justicia, igualdad y liberación.

Los tres principios son una potente e inspiradora declaración de convicción e intención. Espero haber ofrecido un bosquejo de lo que cada principio significa y no significa, como parte de un proyecto más amplio del desarrollo de buenas teorías y buenas estrategias.

Michael Flood

La víctima

La víctima

Juró asesinar a toda anciana que se cruzara en su vida. Y así lo hizo hasta aquel día en que siendo tan vieja como el objeto de su desprecio, al mirarse al espejo, primero con odio y luego con absurda ternura, perdonó a su última víctima.

Marcial Fernández

Y

¿Y qué hiciste del amor que me juraste,
y qué has hecho de los besos que te di,
y qué excusa puedes darme si faltaste
y mataste la esperanza que hubo en mí?

¡Y qué ingrato es el destino que me hiere,
y qué absurda es la razón de mi pasión,
y qué necio es este amor que no se muere
y prefiere perdonarte tu traición!

Mario de Jesús

Hágase como se ordena

Hágase como se ordena

Hija mía -dice la baronesa de Fréval a la mayor de sus hijas, que iba a casarse al día siguiente-, sois hermosa como un ángel; apenas habéis cumplido vuestro decimotercer año y es imposible ser más tierna y más encantadora; parece como si el mismísimo amor se hubiera recreado en dibujar vuestras facciones, y sin embargo os veis obligada a convertiros mañana en esposa de un viejo picapleitos cuyas manías son de lo más sospechosas... Es un compromiso que me desagrada extraordinariamente, pero vuestro padre lo quiere. Yo deseaba hacer de vos una mujer de elevada posición, pero ya no es posible; estáis destinada a cargar toda vuestra vida con el ingrato título de presidenta... Lo que más me desespera es que no llegaréis a serlo más que a medias... El pudor me impide explicaros esto, hija mía..., pero es que esos viejos tunantes, que acostumbran a juzgar al prójimo sin saber juzgarse a si mismos, tienen caprichos tan barrocos, habituados a una vida en el seno de la indolencia... Esos bribones se corrompen desde que nacen, se hunden en el libertinaje, y arrastrándose en el impuro fango de las leyes de Justiniano y de las obscenidades de la capital, como la culebra que no levanta la cabeza más que de cuando en cuando para devorar insectos, sólo se les ve salir de él a base de reprimendas o de alguna detención. Así, pues, escuchadme, hija mía, y manteneos erguida..., porque si inclináis la cabeza de esa forma complaceréis extraordinariamente al señor presidente, y no me extrañaría que os la pusiera a menudo mirando a la pared... En una palabra, hija mía, se trata de lo siguiente: negad rotundamente a vuestro marido lo primero que os proponga; estamos convencidos de que esa primera proposición será, sin la menor duda, de lo más indecente e intolerable... Conocemos sus gustos; hace ya cuarenta años que, llevado de convicciones totalmente ridículas, ese maldito pícaro afeminado tiene la costumbre de tomarlo todo única y exclusivamente por detrás. Así, pues, hija mía, vos os negaréis, ¿me oís?, y le contestaréis: «No, señor, por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí, de ninguna manera.»

Dicho esto, se ponen a engalanar a la señorita De Fréval; la arreglan, la bañan, la perfuman. Llega el presidente con el pelo ensortijado como un querubín, empolvado hasta los hombros, gangoso, chillón, balbuciendo leyes y diciendo cómo tiene que ser el Estado. Gracias al arreglo de su peluca, de su traje ajus­tado, de sus carnes prietas y restallantes, apenas se le calcularían cuarenta años, aunque tenía cerca de sesenta. Aparece la novia, él le hace unas carantoñas y en los ojos del leguleyo se puede ya leer toda la depravación de su alma. Al fin llega el momento... la desnuda, se acuestan y por una vez en su vida, el presidente, bien por tomarse un poco más de tiempo para educar a su discípula o bien por temor a los sarcasmos que podrían ser fruto de las indiscreciones de su mujer, no piensa más que en cosechar placeres legítimos. Pero la señorita De Fréval ha sido bien educada. La señorita De Fréval, que se acuerda de que su mamá le ha aconsejado que rechazara con toda firmeza las primeras proposiciones que le fueran a hacer, no desperdicia la ocasión y le dice al presidente:

-No, señor por mucho que queráis no ha de ser así; por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí, de ninguna manera.

-Señora -contesta el presidente estupefacto-, debo protestar... estoy haciendo un esfuerzo... en realidad es una virtud.

-No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.

-Muy bien, señora, hay que teneros contenta -responde el picapleitos, tomando posesión de su enclave predilecto-. Mucho sentiría disgustaros y más en vuestra noche de bodas, pero tened cuidado, señora, pues en el futuro, por mucho que me lo roguéis, ya no podréis hacer que varíe mi rumbo.

-Me parece muy bien, señor -contesta la joven, buscando la postura-, no temáis que no os lo he de pedir.

-Entonces, ya que así lo queréis, adelante -contesta el hombre de bien, mientras se acomoda-. En nombre de Ganímedes y de Sócrates, hágase como se ordena.

Donatien Alphonse François -Marqués De Sade-

Mi olor a ti

Toda mi ropa huele a cuando estabas.
Sería al abrazarte -no lo entiendo-
o que estuviste cerca y se quedó prendido.
Si arrimo mi nariz al hombro o a la manga,
te respiro.
Al ponerme la chaqueta, en la solapa,
y en el cuello de un jersey que no abriga.
Aroma de placer, de feromonas,
de recostarme en ti mientras dormías.
Por mucho que la lave, mi ropa lo conserva:
es un perfume dulce que me alivia
como vestir mi carne con tu piel.
Y está durando más que mi recuerdo.
Tu rostro en mi memoria se disipa,
casi puedo decir que he olvidado tu cuerpo
y sigo respirándote en las prendas
que, al tiempo que me visten, te desnudan.
Pero la ropa es mía.
De tanto olerte en mí, tu olor es mío.

Tu olor era mi olor desde el principio,
fue siempre de mi cuerpo, no del tuyo,
de un cuerpo que lo tengo a todas horas
para quererlo entero como jamás te quise
y olerlo de los pies a la cabeza.
Es el olor de todas mis edades,
del niño absorto y puro,
del claro adolescente eléctrico y espeso,
de un joven con insomnio que soñaba
fantasmas del amor, y es también el olor
que al transpirar mis sueños
dejaron en las sábanas.

Quién sabe tú a qué aspiras sin este efluvio mío,
sin mi esencial fragancia.
Estando en compañía, serás siempre la ausente
igual que si te fueras o no hubieras llegado.
Pues no olerás a nada, no dejarás recuerdo
ni podrás despertar auténtico deseo
ni embalsamar las yemas de los dedos
que un día te acaricien
con un perfume físico y concreto.
Serás para el olfato de los otros
como un espejo para los vampiros.
Y yo atesoraré con más fe que codicia
este perfume dulce de mi cuerpo
que descubrí contigo.
Si quieres existir, respíralo de nuevo.

Leopoldo Alas

El velo de la preinterpretación en llamas

El velo de la preinterpretación en llamas

Cuando John escribió su novela, debía de haber un coche por cada cien praguenses o tal vez, quién sabe, por cada mil. Precisamente en esa época en que la sonoridad ambiental era todavía incipiente es cuando el fenómeno del ruido pudo captarse en toda su sorprendente novedad. Tal vez podamos deducir de ello una regla general: un fenómeno social no se percibe mejor en el momento de su máxima expansión, sino cuando se halla en sus inicios, casi inocente aún, tímido, incomparablemente más débil de lo que lo será el día de mañana.

Fue Kafka quien, por primera vez en la historia, escribió una novela que se desarrollaba exclusivamente en el marco de las oficinas, bajo su poder absoluto, como si el mundo no fuera sino una única e inmensa administración. Ello podría inducirnos a pensar que la burocracia del imperio austrohúngaro, que inspirara a Kafka, debió de ser excepcionalmente espantosa y alcanzar el más alto grado de locura burocrática en la historia de la humanidad. Pues bien, no es así. Al igual que el estruendo de los motores de explosión en la época de Jaromir John, el poder burocrático en la época de Kafka era mucho más débil que el actual. Para quien fuera capaz de distinguirlo, de verlo, era aún algo sorprendente. Y la sorpresa no es sólo fuente de conocimiento, sino fuente de poesía. Kafka escribió a Milena Jesenska que las oficinas le fascinaban sobre todo por su aspecto fantástico: lo cual significa: las decisiones diferidas, inapropiadas, confusas y que, sin embargo, pesan como una fatalidad sobre el destino del hombre, crean situaciones hasta tal punto irreales, que se asemejan a escenas de un sueño.

A Engelbert aún le sorprendía el ruido. La generación siguiente ya nació en el mundo del ruido: era su propio mundo, su mundo natural (en el sentido: el que se encontró al nacer); sin que por ello fuera menos perjudicial, la omnipresencia del ruido había dejado de ser chocante. La esencia del hombre había quedado alterada, modificada; el hombre era ya otro hombre: el hombre inmerso en el ruido.

Hoy en día, la omnipresencia burocrática se ha hecho tan evidente que no da pie a que nos sorprendamos. Es nuestra naturaleza, hemos nacido en ella. Cuanto más omnipotente se vuelve, menos visible es. Llamamos "kafkiano" a lo que nos parece aberrante, absurdo, anormal, cuando el mundo kafkiano es el mundo en el que vivimos todos normalmente, sin que nos produzca sorpresa alguna. Pero nada se le escapa tanto al hombre como, precisamente, el carácter concreto de su propia vida. De hecho, nos lo demuestra la lectura de las novelas de Kafka: a un lector le resulta más fácil comprender la historia de K. como una alegoría religiosa, o como una confesión íntima disimulada, que ver en ella la realidad (fantásticamente transformada), esa misma realidad a la que todo lector debe enfrentarse durante su propia vida.

Con Cervantes, esa ceguera se convierte por primera vez en la historia en el tema fundamental de una gran obra de arte. Don Quijote es un caballero fielmente consagrado a la belleza de la preinterpretación, la cual era entonces poética, hermosa, llena de fantasía, por haberse alimentado de mitos y leyendas: mágico velo suspendido ante el mundo concreto. Con Cervantes, ese velo apareció por primera vez en llamas. Eso me mueve a pensar que el nacimiento de la novela arranca con la quema del velo de la preinterpretación que cubre el rostro de lo concreto; y que ese gesto incendiario constituye el acto fundacional del arte de la novela.

Comparados con el fascinante personaje de don Quijote, los guardianes de la preinterpretación contemporánea son seres apoéticos, convencionales y aburridos. La fuente de la preinterpretación moderna no es ya una literatura fantástica, poética, sino el discurso político, moralizante, ideológico. Hay escritores que, inspirados por mejores intenciones, se apresuran a investir de carne novelesca la preinterpretación momentánea del mundo. Ignoran que, al hacerlo, se sitúan en el polo opuesto de Cervantes o de Kafka; que se sitúan al otro lado de la historia de la novela.

Milan Kundera

¿Qué es esa cosa llamada "libro"?

¿Qué es esa cosa llamada "libro"?

Ahora, más que nunca, sabemos que un libro no consiste en 500 gramos de papel y 50 gramos de tinta. El papel y la tinta pueden ser reemplazados por marcas magnéticas en un disco, o por elementos aun más evanescentes, tales como las cargas eléctricas que representan ceros y unos en la memoria RAM de una computadora de mano o un e-book reader (aparato para leer libros electrónicos).

El libro no es el papel ni la tinta, ni consiste en el disco rígido de una PC o en la memoria RAM de una Palm. El libro es la información almacenada en esos dispositivos; es el orden de las oraciones, las palabras y las letras dictadas y dispuestas por un autor. Y, sobre todo, el libro es LA OBRA, el resultado del trabajo del escritor. El libro es ese contenido inscripto en algún lugar de la nueva atmósfera que respiramos, hecha de información almacenada en diversos soportes. Pero aunque el soporte y la forma de presentación sean sustituibles, siguen siendo muy importantes.

Las características de los diversos formatos y soportes están determinadas por todo tipo de consideraciones tecnológicas, económicas, prácticas, y culturales. Y, por supuesto, el sentido común nos indica que el soporte debe ser agradable y cómodo, como lo es en el caso de un buen libro en papel de edición cuidada.

En esa cosa llamada libro interactúan forma y contenido, esencia y apariencia. No solamente el contenido debe presentarse en el formato mas adecuado, sino que también el formato afecta al contenido, cambia su naturaleza.

El formato "canción de tres minutos", una mera necesidad comercial de las emisoras de radio, ha impactado en el modo en que la música pop se compone y se produce, y en el largo plazo ha afectado nuestra sensibilidad musical misma, en tal medida que actualmente los oyentes demandamos canciones que duren tres minutos, como si ese fuera el tiempo de vida natural de toda obra musical. Entendemos el lenguaje y los momentos internos de las canciones de tres minutos, con sus introducciones, estrofas, estribillos, coros, solos, y finales.

También el formato paper científico, gracias al aval institucional de las agencias de financiamiento y los órganos de difusión (los journals) de la ciencia contemporánea, ha modificado el modo de trabajo de los científicos, quienes ya no componen monumentales tratados en los que se revise los fundamentos filosóficos y la literatura existente, y se desbrocen largas argumentaciones en torno a un tema dado. Por el contrario, en las modernas revistas científicas y en las presentaciones en congresos (de 15 o 20 minutos) los científicos citan solamente los últimos resultados obtenidos en su área de trabajo y publicados en journals especializados, y exponen el problema abordado, la metodología, y los resultados. Quien no se atiene a este protocolo, quien no respeta estrictamente las reglas de citado y los formatos de exposición, es excluido, pierde su voz y voto en la discusión académica. El formato paper ha transformado la forma de hacer ciencia, y el contenido del pensamiento científico.

Estas consideraciones sobre el formato podrían hacerse a propósito de muchos fenómenos de nuestra vida cotidiana, tales como los flashes informativos de la televisión, o los banners publicitarios de los sitios web. La conclusión será, en cada caso, que la forma y el contenido se modifican el uno al otro; que los formatos impactan en nuestro modo de pensar (de paso: eso es lo que hace a Microsoft Corporation tan poderosa, y a su monopolio tan amenazador).

Vivimos en la era de la información desperdigada en millones de canales y codificada en los lenguajes naturales y artificiales más diversos. Las imágenes se multiplican, los textos se fragmentan, los mensajes se reproducen viralmente. Tras tanto copiar y pegar, ya no se sabe dónde está la voz del autor. No es fácil determinar el responsable de lo que usted lee ahora, quién sabe en qué soporte, en qué formato, en qué protocolo.

Regresando a la pregunta del título, advertimos ahora que, en plena posmodernidad, el libro (en papel o electrónico) nos conecta con una experiencia de la (supuestamente) ya superada era moderna. Al leer un libro, nos sometemos, por un período de tiempo más o menos prolongado, a la letra y la voz de un escritor.

Alguien firma, alguien con la autoridad del autor se hace responsable de la obra. Ponemos nuestra realidad entre paréntesis y nos sumergimos en el mundo de su ficción, en la música de su poesía, o en los argumentos de su ensayo, según sea el caso. La mayoría de los buenos libros se presenta de este modo, como una unidad de sentido, como una textura con coherencia interna, que exige nuestro tiempo y nuestro trabajo para cosechar lo que alberga (razonamientos, emociones, belleza, conocimiento).

Y se obtiene así un efecto mágico. Esta magia es incluso muy anterior a la modernidad, puesto que ya caracterizaba a los libros de la antigüedad, como por ejemplo la Ilíada o los libros del Antiguo Testamento. Esas palabras, esas marcas que han vencido al tiempo y la distancia, que han viajado desde el autor hasta nosotros, nos afectan, nos hacen sentir y producen sentido.

Eso es un libro.

Gustavo Faigenbaum

Aparentemente solo

Aparentemente solo

Cada mañana cogía su libro y se descolgaba hasta el mismo sótano de la imaginación: entonces le crecían alas en la espalda y muelles en los pies, aunque fuera por unos instantes de absorta escapatoria.

Hacía tiempo que nadie venía a verle, que no encendía el televisor; ni siquiera la radio compartía con él las conjeturas de una sociedad excesivamente absorbida por la idea de éxito. Vivía en el centro, en el mismo corazón de una ciudad despersonalizada, fría y acústica, cuyos afanes observaba, desde una pequeña ventanita que daba a la calle, con la misma curiosidad, pero también con idéntica lejanía, con que el preso otea la libertad entre unas rejas separadoras de dos mundos demasiado distintos. Se erguía una imagen babélica, con sus avenidas, sus coches en procesión acompasada, sus personas con gestos de urgencia, sus papeles arremolinados en esquinas ocupadas por olvidados -o marginados- del progreso social y que suplicaban con cara de condena eterna una caridad que la vida le había negado, o puestos ambulantes en donde parejas de enamorados y niños con mofletes de vida hecha, saboreaban churros o se quemaban las yemas de los dedos desnudando una ración de castañas humeantes al abrigo de una farola tenue.

No le gustaba ese mundo de contrastes y formas contrahechas. Sí, en cambio, sentía un perverso placer al zambullirse en los libros, con sus lomos ya ajados por el manoseo diario con que dulcemente los trataba. Al reanudar el contacto con cualquiera de ellos, notaba que su pequeña habitación se agrandaba, se trasmutaba en una isla espaciosa y liviana de aguas dormidas, como bebés distraídos de la realidad que caminan sus primeros pasitos torpes en sueños irrepetibles.

Deseaba saber si aquella niña trufada de sonrisas e ilusiones, haría por fin las maletas con el pobre truhán que embrujó su corazón con su meliflua voz de zalamero profesional; o si aquel puñal que llevaba impreso el sino de la venganza, de la traición, del abandono, segaría los primeros abrazos clandestinos de nuevos pálpitos; o si el candor fraguado en las aulas de la universidad, entre humos de cafés y tertulias literarias, de un profesor bohemio y una alumna de mirada angelical, terminaría convirtiéndose en un cadalso para ambos, o simplemente en una quijotesca aventura en violación de los moldes establecidos. Era así: él y sus libros. Nadie más interfería en esa singular sintonía.

Está tumbado en la cama. Boca arriba, brazos ligeramente derrotados y párpados cerrados. Se ha dormido con la ropa puesta, como siempre... Una leve mueca de placidez se dibuja con recato en las comisuras de aquel hombre aparentemente solo.
Aparentemente...

Claudio Rizo

La portadora

Ella sacó a pasear las palabras
y las palabras mordieron a los niños
y los niños le contaron a sus padres
y los padres cargaron sus pistolas
y abrieron fuego sobre las palabras
y las palabras gimieron, aullaron
lamieron lentamente sus ciegas heridas
hasta que al fin cayeron de bruces
sobre la tierra desangrada
Y vino la muerte entonces
vestida con su mejor atuendo
y detúvose en la casa del poeta
para llamarlo con gritos desesperados
y abrió la puerta el poeta
sin sospechar de qué se trataba
y vio a la muerte colgada de su sombra
y sollozando
"Acompáñame", le dijo aquella
"porque esta noche estamos de duelo"
"Y quién ha muerto", preguntó el poeta
"Pues tú", respondió la muerte
y le extendió los brazos
para darle el pésame

Mario Meléndez

En el crepúsculo

En el crepúsculo

La esclusa estaba atestada de botes cuando zozobramos. Me hundí unos pocos pies antes de que me pusiera a nadar y luego ascendí confundido hacia la luz; pero, en lugar de alcanzar la superficie, di con la cabeza contra la quilla de un bote y volví a hundirme, Tomé impulso casi de inmediato y ascendí, pero antes de alcanzar la superficie, mi cabeza chocó contra un bote por segunda vez y me hundí hasta el fondo. Estaba aturdido y totalmente atemorizado. Tenía una desesperada necesidad de aire y sabía que si chocaba con un bote por tercera vez, nunca volvería a ver la superficie. La muerte por ahogo es horrible por más que se haya dicho lo contrario. No se me hizo presente mi vida pasada, pero pensé en cambio en muchas cosas triviales que nunca volvería a hacer o ver si me ahogaba. Nadé hacia lo alto siguiendo una dirección oblicua en la esperanza de evitar el bote con el que me había golpeado. De pronto vi con toda claridad todos los botes en la esclusa por encima de mí y cada una de sus tablas curvadas y barnizadas y los rasguños y las melladuras de sus quillas. Vi varios espacios abiertos entre los botes por los que podría haber alcanzado la superficie, pero no parecía valer la pena intentarlo y llegar allí; me había olvidado del motivo por el que había querido hacerlo. Entonces toda la gente se inclinó por sobre sus botes: vi los trajes de franela clara de los hombres y las coloridas flores de los sombreros de las mujeres; pude observar con toda distinción los detalles de sus vestidos. Todo el mundo en los botes me miraba; entonces todos se dijeron los unos a los otros:

—Ahora debemos dejarlo.

Y partieron en sus botes y nada más había sobre mí salvo el río y el cielo; a cada uno de mis lados había algas verdes que crecían en el limo, porque, de algún modo, había vuelto a hundirme hasta el fondo. El río, al fluir junto a mí, murmuraba en mis oídos de un modo que no me desagradaba y los juncos parecían musitar muy quedo entre sí. De pronto el murmullo del río adquirió la forma de palabras y lo oí decir:

—Debemos ir al mar; ahora tenemos que dejarlo.

Entonces el río partió y ambas sus orillas; y los juncos musitaron:

—Sí, ahora tenemos que dejarlo.

Y también ellos partieron y quedé en un gran vacío mirando fijamente al cielo azul en lo alto. Entonces el cielo inmenso se inclinó hacia mí y habló muy dulcemente, como una bondadosa nodriza que consuela a un pequeño tontuelo diciendo:

—Adiós. Todo estará bien. Adiós.

Y sentí pena de perder al cielo azul, pero el cielo se fue. Entonces me encontré solo, con nada alrededor de mí; no veía luz alguna, pero no estaba oscuro: no había absolutamente nada, ni sobre mí ni por debajo ni a los lados. Pensé que quizá habría muerto y esto fuera la eternidad; cuando de pronto, algunas altas colinas australes surgieron alrededor de mí y estaba tendido sobre la cálida ladera de una colina cubierta de hierba en Inglaterra. Era el valle que había conocido en la niñez, pero no lo había vuelto a ver en años. Junto a mí crecía alto la flor de la hierbabuena; vi la flor del tomillo de dulce aroma y una o dos fresas silvestres. Desde los campos a mis pies me llegaba el hermoso olor del heno y había paz en la voz del cuclillo. Se tenía sensación de verano, de atardecer, de demora y de sabat en el aire; el cielo estaba sereno y un extraño color lo iluminaba; el sol estaba bajo; las campanas de la iglesia de la aldea tocaban todas a duelo y el eco de los tañidos iba errante ascendiendo por el valle hacia el sol, y dondequiera un eco moría, un nuevo tañido nacía. Y toda la gente de la aldea caminaba por un sendero pavimentado de piedras bajo una galería de encina negra y entraba en la iglesia; y los tañidos cesaron y la gente de la aldea empezó a cantar; la serena luz del sol brilló sobre las lápidas blancas que rodeaban a la iglesia. Entonces la aldea se sumió en el silencio y ya no llegaban gritos ni risas del valle, sólo el ocasional sonido del órgano o del canto. Y las mariposas azules, esas que aman la greda, vinieron y se posaron en las altas hojas de hierba, de a cinco o de a seis, a veces, en una sola de ellas, y cerraban sus alas y se dormían, y la hierba se inclinaba un tanto bajo su peso. Y desde los bosques que crecían en lo alto de las colinas, venían conejos saltando y mordisqueando la hierba; y se alejaban saltando un poco más y volvían a mordisquear la hierba; las grandes margaritas cerraban sus pétalos y los pájaros empezaron a cantar.

Entonces las colinas hablaron, todas las altas colinas de greda que yo amaba, y con profunda voz solemne dijeron:

—Nos llegamos a ti para decirte Adiós.

Luego partieron y otra vez no hubo nada alrededor de mí. Miré en todas direcciones en busca de algo sobre lo que pudiera reposar la mirada. Nada. De pronto un bajo cielo gris me cubrió y un aire húmedo me bañó la cara; desde el borde de las nubes una gran llanura se precipitó hacia mí; sobre dos lados tocaba el cielo y sobre dos lados, entre él y las nubes, se tendía una línea de colinas bajas. Una línea de colinas reflexionaba gris a la distancia; la otra se cubría de retazos formados de pequeños campos verdes y cuadrados con unas pocas cabañas alrededor de sí. La llanura era un archipiélago de un millón de islas, cada una de las cuales de una yarda aproximadamente o menos aún, y todas estaban enrojecidas de brazos. Volvía a estar en el Pantano de Allen al cabo de muchos años y nada había cambiado en él, aunque había oído decir que lo estaban drenando. Estaba con un viejo amigo al que me alegraba ver nuevamente, porque, según me habían dicho, había muerto ya desde hacía años. Su aspecto era extrañamente juvenil, pero lo que más me sorprendió es que estaba de pie sobre un brillante musgo verde que, de acuerdo con lo que se me había enseñado, jamás podría haber soportado su peso. También me alegraba volver a ver el viejo pantano y todas las hermosas criaturas que crecían en él: los musgos escarlatas, los musgos verdes, los brazos firmes y amistosos y el agua profunda y silenciosa. Vi una pequeña corriente que serpenteaba errante en medio del pantano y pequeñas conchillas blancas en sus claras profundidades; algo más lejos vi uno de los grandes estanques en los que no hay islas, con juncos alrededor, donde los patos gustan reposarse. Contemplé ese imperturbable mundo de brazos y luego miré las blancas cabañas de la colina y vi que el humo subía rizado desde sus chimeneas; sabía que allí quemaban turba y sentí deseos de volver a olerla. Y a lo lejos se oyó el extraño grito de voces salvajes y felices de una bandada de gansos que venía acercándose hasta que los vi aparecer del Norte. Entonces sus gritos se unieron en una gran voz de exultación, la voz de la libertad, la voz de Irlanda, la voz del Descampado; y esa voz decía:

—¡Adiós! ¡Adiós!

Y se perdió en la distancia; y cuando desaparecieron, los gansos domesticados de las granjas llamaron a sus hermanos libres en lo alto. Entonces las colinas partieron, y el pantano y el cielo se fueron con ellas y me quedé solo otra vez como se quedan solas las almas perdidas.

Entonces junto a mí se elevaron los edificios de ladrillo rojo de mi primera escuela y la capilla vecina. Los campos del derredor estaban llenos de niños vestidos de franela blanca que jugaban al cricket. En el terreno de juego de cemento, junto a las ventanas de las aulas, estaban Agamenón, Aquiles y Odiseo con los argivos armados detrás; pero Héctor bajó de la ventana de la planta baja, y en el aula se encontraban los hijos de Príamo, los aqueos y la rubia Helena; y algo más lejos los Diez Mil se trasladaban por el campo de juego desde el corazón de Persia para poner a Ciro en el trono de su hermano. Y los niños que yo conocía me llamaban desde el campo y me decían:

—¡Adiós!

Y ellos y el campo partían; y los Diez Mil iban diciéndome fila por fila a medida que pasaban a mi lado marchando deprisa y desaparecían:

—¡Adiós!

Y Héctor y Agamenón decían:

—¡Adiós!

Y también el ejército de los argivos y de los aqueos; y todos ellos partieron al igual que la vieja escuela; y de nuevo me encontré solo.

La escena siguiente que llenó el vacío resultó más bien confusa: mi nodriza me conducía por un senderito de un terreno comunal en Surrey. Era muy joven. Muy cerca una tribu de gitanos había encendido una fogata; junto a ellos estaba su romántica caravana y el caballo desuncido pastaba en las cercanías. Era la hora del atardecer y los gitanos hablaban en voz baja en torno al fuego en una lengua desconocida y extraña. Luego todos dijeron en inglés:

—¡Adiós!

Y la tarde, el terreno comunal y el campamento partieron. Y en su reemplazo apareció un camino real blanco con oscuridad y estrellas por debajo, que conducía a la oscuridad y a las estrellas, pero en el extremo cercano del camino había campos comunales y jardines, y allí estaba yo, junto a mucha gente, hombres y mujeres. Y vi a un hombre que se alejaba solo de mí por el camino, al encuentro de la oscuridad y las estrellas, y toda la gente lo llamaba por su nombre, pero el hombre no la escuchaba, sino que seguía avanzando por el camino y la gente seguía llamándolo por su nombre.

Pero yo me enfadé con el hombre pues no se detenía ni se volvía cuando tanta gente lo llamaba por su nombre; y era el suyo un nombre muy extraño. Y yo me cansé de oír ese nombre extraño tan frecuentemente repetido, de modo que hice un gran esfuerzo por llamarlo, para que él escuchara y la gente dejara de repetir ese nombre tan extraño. Y con el esfuerzo abrí grandes los ojos, y el nombre que la gente gritaba era mi propio nombre, y yo yacía a orillas del río rodeado por hombres y mujeres que se inclinaban sobre mí. Tenía los cabellos mojados.

Lord Dunsay

Pulso de amor

Iba convaleciente
de una herida de amor en el costado;
iba casi inconsciente
cuando te vi a mi lado
y hasta el pulso por ti se me ha parado...

Buscaba mi cintura
un brazo que de noche la ciñera,
ansiaba con locura,
un labio que se uniera
a mi boca cansada por la espera...

Buscaba un hombro amigo
en dónde reposar la madrugada
y un tibio olor a trigo,
una mano apretada
y el divino calor de una mirada.

Estaba tan vacía,
tan harta de soñar y tan sin sueño,
tan lejana y tan fría,
tan libre y tan sin dueño,
que tan sólo morir era mi empeño...

Por lo cual, asombrada,
me quedé contemplando al mediodía
tu figura delgada,
tu süave armonía
y tu casi perfecta geometría.

Alegres nos miramos
en la tarde morada de violetas
y después caminamos
por plazas recoletas
salpicadas de rejas y macetas.

Y de noche temblando,
perdida entre la niebla de tu viento,
me bebí suspirando
la menta de tu aliento,
en un beso apretado, dulce y lento...

¡Qué espesa la saliva!...
¡Qué lejano el rüido de la calle!...
Y el labio cómo iba
-mariposa en el valle
de la espalda- ...buscando el fino talle...

Se desbocó en mi frente
el pulso como un perro malherido
y paralelamente,
te sentí, en un gemido,
doblarte en mi garganta sin rüido.

Y después... la almohada,
pesarosa del rizo y la postura
y la sábana helada,
-mortaja de blancura-
plisándose sin voz a mi cintura.

Rafael de León

Pensamientos de tendencia educativa

Pensamientos de tendencia educativa

Si hay algo en nosotros verdaderamente divino, es la voluntad. Por ella afirmamos la personalidad, templamos el carácter, desafiamos la adversidad, reconstruimos el cerebro y nos superamos diariamente.

Te quejas de las censuras de tus maestros, émulos y adversarios, cuando debieras agradecerlas. Sus golpes no te hieren; te esculpen. Con pocas excepciones, todo joven dotado de acusada y fuerte personalidad reacciona contra las exageraciones doctrinales o sentimentales de padres y maestros adoptando el tono o colorido moral complementario.

El tumulto de la vida social suele obrar sobre las cabezas humanas débiles como el río sobre un cristal de cuarzo. Arrastrado y golpeado por la corriente, conviértese al fin en vulgar canto rodado. Quien desee conservar incólumes las brillantes facetas de su espíritu, recójase prontamente en el remanso de la soledad, tan propicio a la actividad creadora.

Natural y loable es el ansia de reputación. Importa empero que el maestro discierna los dos principales tipos de ambiciosos: los que codician la fama como fin y los que la persiguen como medio. Cultívese de preferencia a los primeros.

Misión trascendental del educador es desarrollar alas en los que tienen manos y manos en los que tienen alas. Sólo trabajando se enseña a trabajar. Como decía Cisneros, Fray Ejemplo es el mejor predicador.

Nos gustan los libros que relatan las hazañas que hubiéramos deseado realizar, es decir: un programa de vida noble y bella, frustrado por el aciago destino.

Suele crecer la planta según la dimensión de maceta. El talento aldeano confinado en su rincón difícilmente alcanzará su pleno florecimiento.

La naturaleza nos ha otorgado dotación limitada de células cerebrales. He aquí un capital, grande o pequeño, que nadie puede aumentar, ya que la neurona es incapaz de multiplicarse. Pero si se nos ha negado la posibilidad de acrecentar el caudal celular, se nos ha otorgado en cambio el inestimable privilegio de modelar, ramificar y complicar las expansiones de esos elementos, como si dijéramos, de los hilos telegráficos del pensamiento, para combinar casi hasta el infinito las asociaciones reflejas y las creaciones ideales. Aprovechémonos de esta preciosa prerrogativa durante la juventud y la edad viril, porque el protoplasma neuronal parece endurecerse como el mortero con el transcurso del tiempo y no hay nada más infecundo y aun nocivo que una cabeza incapaz de aprender y corregirse.

Existen dos variedades humanas de valor harto desigual: el hombre rebañego, modelado por la tradición y la rutina y el hombre nuevo, forjado por autorreflexión. Esta variable mental merece exclusivamente el nombre de individuo, porque sólo él es capaz de aportar algo al acervo común del progreso. Las cabezas sencillas y sugestionables reproducen el tipo humano ancestral; orientadas al pasado, desdeñan el futuro. Son empero necesarias, ya que forman la reserva evolutiva de la raza, donde laten en potencia, aguardando su hora, los genios del porvenir.

Santiago Ramón y Cajal. Alocución en 1931 para el "Archivo de la palabra", del Centro de Estudios Históricos

Algunas notas sobre algo que no existe

Algunas notas sobre algo que no existe

Para mí, la principal dificultad al escribir una autobiografía es encontrar algo importante que contar. Mi existencia ha sido reservada, poco agitada y nada sobresaliente; y en el mejor de los casos sonaría tristemente monótona y aburrida sobre el papel.

Nací en Providence, R.I. -donde he vivido siempre, excepto por dos pequeñas interrupciones- el 20 de agosto de 1890; de vieja estirpe de Rhode Island por parte de mi madre, y de una línea paterna de Devonshire domiciliada en el estado de Nueva York desde 1827.

Los intereses que me llevaron a la literatura fantástica aparecieron muy temprano, pues hasta donde puedo recordar claramente me encantaban las ideas e historias extrañas, y los escenarios y objetos antiguos. Nada ha parecido fascinarme tanto como el pensamiento de alguna curiosa interrupción de las prosaicas leyes de la Naturaleza, o alguna intrusión monstruosa en nuestro mundo familiar por parte de cosas desconocidas de los ilimitados abismos exteriores.

Cuando tenía tres años o menos escuchaba ávidamente los típicos cuentos de hadas, y los cuentos de los hermanos Grimm están entre las primeras cosas que leí, a la edad de cuatro años. A los cinco me reclamaron Las mil y una noches, y pasé horas jugando a los árabes, llamándome «Abdul Alhazred», lo que algún amable anciano me había sugerido como típico nombre sarraceno. Fue muchos años más tarde, sin embargo, cuando pensé en darle a Abdul un puesto en el siglo VIII ¡y atribuirle el temido e inmencionable Necronomicon!

Pero para mí los libros y las leyendas no detentaron el monopolio de la fantasía. En las pintorescas calles y colinas de mi ciudad nativa, donde los tragaluces de las puertas coloniales, los pequeños ventanales y los graciosos campanarios georgianos todavía mantienen vivo el encanto del siglo XVIII, sentía una magia entonces y ahora difícil de explicar. Los atardeceres sobre los tejados extendidos por la ciudad, tal como se ven desde ciertos miradores de la gran colina, me conmovían con un patetismo especial. Antes de darme cuenta, el siglo XVIII me había capturado más completamente que al héroe de Berkeley Square; de manera que pasaba horas en el ático abismado en los grandes libros desterrados de la biblioteca de abajo y absorbiendo inconscientemente el estilo de Pope y del Dr. Johnson como un modo de expresión natural. Esta absorción era doblemente fuerte debido a mi frágil salud, que provocó que mi asistencia a la escuela fuera poco frecuente e irregular. Uno de sus efectos fue hacerme sentir sutilmente fuera de lugar en el período moderno, y pensar por lo tanto en el tiempo como algo místico y portentoso donde todo tipo de maravillas inesperadas podrían ser descubiertas.

También la naturaleza tocó intensamente mi sentido de lo fantástico. Mi hogar no estaba lejos de lo que por entonces era el límite del distrito residencial, de manera que estaba tan acostumbrado a los prados ondulantes, a las paredes de piedra, a los olmos gigantes, a las granjas abandonadas y a los espesos bosques de la Nueva Inglaterra rural como al antiguo escenario urbano. Este paisaje melancólico y primitivo me parecía que encerraba algún significado vasto pero desconocido, y ciertas hondonadas selváticas y oscuras cerca del río Seekonk adquirieron una aureola de irrealidad no sin mezcla de un vago horror. Aparecían en mis sueños, especialmente en aquellas pesadillas que contenían las entidades negras, aladas y gomosas que denominé «night-gaunts» [espectros nocturnos o «alimañas descarnadas»].

Cuando tenía seis años conocí la mitología griega y romana a través de varias publicaciones populares juveniles, y fui profundamente influido por ella. Dejé de ser un árabe y me transformé en romano, adquiriendo de paso una rara sensación de familiaridad y de identificación con la antigua Roma sólo menos poderosa que la sensación correspondiente hacia el siglo XVIII. En un sentido, las dos sensaciones trabajaron juntas; pues cuando busqué los clásicos originales de los cuales se tomaron los cuentos infantiles, los encontré en su mayoría en traducciones de finales del siglo XVII y del XVIII. El estímulo imaginativo fue inmenso, y durante una temporada creí realmente haber vislumbrado faunos y dríadas en ciertas arboledas venerables. Solía construir altares y ofrecer sacrificios a Pan, Diana, Apolo y Minerva.

En este período, las extrañas ilustraciones de Gustave Doré -que conocí en ediciones de Dante, Milton y La balada del Antiguo Marinero- me afectaron poderosamente. Por primera vez empecé a intentar escribir: la primera pieza que puedo recordar fue un cuento sobre una cueva horrible perpetrado a la edad de siete años y titulado «The Noble Eavesdropper» [El noble fisgón]. Este no ha sobrevivido, aunque todavía poseo dos hilarantes esfuerzos infantiles que datan del año siguiente: «The Mysterious Ship» [La nave misteriosa] y «The Secret of the Grave [El secreto de la tumba], cuyos títulos exhiben suficientemente la orientación de mi gusto.

A la edad de casi ocho años adquirí un fuerte interés por las ciencias, que surgió sin duda de las ilustraciones de aspecto misterioso de «Instrumentos filosóficos y científicos» al final del Webster's Unabrigded Dictionary. Primero vino la química, y pronto tuve un pequeño laboratorio muy atractivo en el sótano de mi casa. A continuación vino la geografía, con una extraña fascinación centrada en el continente antártico y otros reinos inexplorados de remotas maravillas. Finalmente amaneció en mí la astronomía; y el señuelo de otros mundos e inconcebibles abismos cósmicos eclipsó todos mis otros intereses durante un largo período hasta después de mi duodécimo cumpleaños. Publicaba un pequeño periódico hectografiado titulado The Rhode Island Journal of Astronomy, y finalmente -a los dieciséis- irrumpí en la publicación real en la prensa local con temas de astronomía, colaborando con artículos mensuales sobre fenómenos de actualidad para un periódico local, y alimentando la prensa rural semanal con misceláneas más expansivas.

Fue durante la secundaria -a la que pude asistir con cierta regularidad- cuando produje por primera vez historias fantásticas con algún grado de coherencia y seriedad. Eran en gran parte basura, y destruí la mayoría a los dieciocho, pero una o dos probablemente alcanzaron el nivel medio del «pulp». De todas ellas he conservado solamente «The Beast in the Cave» [La bestia de la cueva] (1905) y «The Alchemist» [El alquimista] (1908). En esta etapa la mayor parte de mis escritos, incesantes y voluminosos, eran científicos y clásicos, ocupando el material fantástico un lugar relativamente menor. La ciencia había eliminado mi creencia en lo sobrenatural, y la verdad por el momento me cautivaba más que los sueños. Soy todavía materialista mecanicista en filosofía. En cuanto a la lectura: mezclaba ciencia, historia, literatura general, literatura fantástica, y basura juvenil con la más completa falta de convencionalismo.

Paralelamente a todos estos intereses en la lectura y la escritura, tuve una niñez muy agradable; los primeros años muy animados con juguetes y con diversiones al aire libre, y el estirón después de mi décimo cumpleaños dominado por persistentes pero forzosamente cortos paseos en bicicleta que me familiarizaron con todas las etapas pintorescas y excitadoras de la imaginación del paisaje rural y los pueblos de Nueva Inglaterra. No era de ningún modo un ermitaño: más de una banda de la muchachada local me contaba en sus filas.

Mi salud me impidió asistir a la universidad; pero los estudios informales en mi hogar, y la influencia de un tío médico notablemente erudito, me ayudaron a evitar algunos de los peores efectos de esta carencia. En los años en que debería haber sido universitario viré de la ciencia a la literatura, especializándome en los productos de aquel siglo XVIII del cual tan extrañamente me sentía parte. La escritura fantástica estaba entonces en suspenso, aunque leía todo lo espectral que podía encontrar -incluyendo los frecuentes sueltos extraños en revistas baratas tales como All-Story y The Black Cat-. Mis propios productos fueron mayoritariamente versos y ensayos: uniformemente despreciables y relegados ahora al olvido eterno.

En 1914 descubrí la United Amateur Press Association y me uní a ella, una de las organizaciones epistolares de alcance nacional de literatos noveles que publican trabajos por su cuenta y forman, colectivamente, un mundo en miniatura de crítica y aliento mutuos y provechosos. El beneficio recibido de esta afiliación apenas puede sobrestimarse, pues el contacto con los variados miembros y críticos me ayudó infinitamente a rebajar los peores arcaísmos y las pesadeces de mi estilo. Este mundo del «periodismo aficionado» está ahora mejor representado por la National Amateur Press Association, una sociedad que puedo recomendar fuerte y conscientemente a cualquier principiante en la creación. Fue en las filas del amateurismo organizado donde me aconsejaron por primera vez retomar la escritura fantástica; paso que di en julio de 1917 con la producción de «La tumba» y «Dagon» (ambos publicados después en Weird Tales) en rápida sucesión-. También por medio del amateurismo se establecieron los contactos que llevaron a la primera publicación profesional de mi ficción: en 1922, cuando Home Brew publicó un horroroso serial titulado «Herbert West - Reanimator». El mismo círculo, además, me llevó a tratar con Clark Ashton Smith, Frank Belknap Long, Wilfred B. Talman y otros después celebrados en el campo de las historias extraordinarias.

Hacia 1919 el descubrimiento de Lord Dunsany -de quien tomé la idea del panteón artificial y el fondo mítico representado por «Cthulhu», «Yog-Sothoth», «Yuggoth», etc.- dio un enorme impulso a mi escritura fantástica; y saqué material en mayor cantidad que nunca antes o después. En aquella época no me formaba ninguna idea o esperanza de publicar profesionalmente; pero el hallazgo de Weird Tales en 1923 abrió una válvula de escape de considerable regularidad. Mis historias del período de 1920 reflejan mucho de mis dos modelos principales, Poe y Dunsany, y están en general demasiado fuertemente inclinadas a la extravagancia y un colorismo excesivo como para ser de un valor literario muy serio.

Mientras tanto mi salud había mejorado radicalmente desde 1920, de manera que una existencia bastante estática comenzó a diversificarse con modestos viajes, dando a mis intereses de anticuario un ejercicio más libre. Mi principal placer fuera de la literatura pasó a ser la búsqueda evocadora del pasado de antiguas impresiones arquitectónicas y paisajísticas en las viejas ciudades coloniales y caminos apartados de las regiones más largamente habitadas de América, y gradualmente me las he arreglado para cubrir un territorio considerable desde la glamorosa Quebec en el norte hasta el tropical Key West en el sur y el colorido Natchez y New Orleans por el oeste. Entre mis ciudades favoritas, aparte de Providence, están Quebec; Portsmouth, New Hampshire; Salem y Marblehead en Massachusetts; Newport en mi propio estado; Philadelphia; Annapolis; Richmond con su abundancia de recuerdos de Poe; la Charleston del siglo XVIII, St. Augustine del XVI y la soñolienta Natchez en su peñasco vertiginoso y con su interior subtropical magnífico. Las «Arkham» y «Kingsport» que salen en algunos de mis cuentos son versiones más o menos adaptadas de Salem y Marblehead. Mi Nueva Inglaterra nativa y su tradición antigua y persistente se han hundido profundamente en mi imaginación y aparecen frecuentemente en lo que escribo. Vivo actualmente en una casa de 130 años de antigüedad en la cresta de la antigua colina de Providence, con una vista arrobadora de ramas y tejados venerables desde la ventana encima de mi escritorio.

Ahora está claro para mí que cualquier mérito literario real que posea está confinado a los cuentos oníricos, de sombras extrañas, y «exterioridad» cósmica a pesar de un profundo interés en muchos otros aspectos de la vida y de la práctica profesional de la revisión general de prosa y verso. Por qué es así, no tengo la menor idea. No me hago ilusiones con respecto al precario status de mis cuentos, y no espero llegar a ser un competidor serio de mis autores fantásticos favoritos: Poe, Arthur Machen, Dunsany, Algernon Blackwood, Walter de la Mare, y Montague Rhodes James. La única cosa que puedo decir en favor de mi trabajo es su sinceridad. Rechazo seguir las convenciones mecánicas de la literatura popular o llenar mis cuentos con personajes y situaciones comunes, pero insisto en la reproducción de impresiones y sentimientos verdaderos de la mejor manera que pueda lograrlo. El resultado puede ser pobre, pero prefiero seguir aspirando a una expresión literaria seria antes que aceptar los estándares artificiales del romance barato.

He intentado mejorar y hacer más sutiles mis cuentos con el paso de los años, pero no logré el progreso deseado. Algunos de mis esfuerzos han sido mencionados en los anuarios de O'Brien y O. Henry, y unos pocos tuvieron el honor de ser reimpresos en antologías; pero todas las propuestas para publicar una colección han quedado en nada. Es posible que uno o dos cuentos cortos puedan salir como separatas dentro de poco. Nunca escribo si no puedo ser espontáneo: expresando un sentimiento ya existente y que exige cristalización. Algunos de mis cuentos involucran sueños reales que he experimentado. Mi ritmo y manera de escribir varían bastante en diferentes casos, pero siempre trabajo mejor de noche. De mis producciones, mis favoritos son «The Colour Out of Space» [El color que cayó del cielo] y «The Music of Erich Zann» [La música de Erich Zann], en el orden citado. Dudo si podría tener algún éxito en el tipo ordinario de ciencia ficción.

Creo que la escritura fantástica ofrece un campo de trabajo serio nada indigno de los mejores artistas literarios; aunque uno muy limitado, ya que refleja solamente una pequeña sección de los infinitamente complejos sentimientos humanos. La ficción espectral debe ser realista y centrarse en la atmósfera; confinar su salida de la Naturaleza al único canal sobrenatural elegido, y recordar que el escenario, el tono y los fenómenos son más importantes para comunicar lo que hay que comunicar que los personajes y la trama. La «gracia» de un cuento verdaderamente extraño es simplemente alguna violación o superación de una ley cósmica fija, una escapada imaginativa de la tediosa realidad; por lo tanto son los fenómenos más que las personas los «héroes» lógicos. Los horrores, creo, deben ser originales: el uso de mitos y leyendas comunes es una influencia debilitadora. La ficción publicada actualmente en las revistas, con su orientación incurable hacia los puntos de vista sentimentales convencionales, estilo enérgico y alegre, y artificiales tramas de «acción», no puntúan alto. El mejor cuento fantástico jamás escrito es probablemente «The Willows» [Los sauces] de Algernon Blackwood.

23 de noviembre de 1933.

Howard Phillips Lovecraft

Piezas

Piezas

Se trata de una cajita de madera que es al mismo tiempo un tablero de ajedrez. Por esa época, antes de conocerla, las niñas eran para mí seres inverosímiles que tenían una rayita de alcancía entre las piernas y con quienes no podía jugar bien a nada.

Mi prima grande, que ya me había enseñado los nombres de insectos como escarabajo y luciérnaga, la abrió. Me mostró las piezas que se guardaban dentro; me reveló sus movimientos. Aprendí a jugar.

Fue durante una madrugada hace muy poco. Me desperté y oí un persistente golpeteo, se oía cómo un escarabajo rinoceronte entre una caja de cigarrillos. Sin respirar y con la mirada fija en penumbras intenté ubicar el origen del ruidito. Encendí la luz, me levanté y sondeé cada rincón del cuarto. Venía de un estante de la biblioteca ¡Salía de la cajita! La cogí y la puse sobre las sábanas. De rodillas frente a ella me acerqué hasta rozarla con la oreja y, alejando la cara, comencé a abrirla.

Entre varios peones aferraban al rey que, desesperado por liberarse, veía como su dama, en medio de sollozos, era penetrada con desenfreno brutal por lampiños alfiles. En una montaña de sangre, junto a las torres, estaban degollados los caballos.

Cerré la caja, apilé varios libros encima. Ya era demasiado tarde.

Pablo Espinel

Estoy harta

Estoy harta.

Harta de buscarte en cada lugar
y de sentirme mal por no haberte encontrado.

Harta de soñarte,
de sentir tu presencia con sólo imaginarte;
harta de pensar en ti, en tu olor,
en tu cuerpo, en tu sonrisa.

Estoy harta de echarte de menos,
de valorar tanto esas pocas horas que pasamos juntos
y de considerar que son toda mi vida.

Estoy harta de engañarme,
de hacerme la fuerte,
de fingir indiferencia.

Estoy harta de que no pase el dolor.

Estoy harta de tu silencio, de tu olvido, de tu crueldad...
No deberías ser feliz sin mí, y estoy harta de que lo seas.

Estoy harta de esperar una llamada tuya, una disculpa, un gesto,
de fundirme con cada beso que no me das,
con cada caricia que no recibo.

Y, sobretodo, estoy harta del peso de tu ausencia.

Lucy Fher

Continuidad de los parques

Continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otro vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi enseguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


Julio Cortázar