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pro-scrito

La noche de perversión

El caracol del ansia, ansiosamente
se adhirió a las pupilas, y una especie de muerte
a latigazos creó lo inesperado.
A pausas de veneno, la desdichada flor de la miseria
nos penetró en el alma, dulcemente,
con esa lenta furia de quien sabe lo que hace.

Flor de la perversión, noche perfecta,
tantas veces deseable maravilla y tormenta.
Noche de una piedad que helaba nuestros labios.
Noche de a ciencia cierta saber por qué se ama.
Noche de ahogarme siempre en tu ola de miedo.
Noche de ahogarte siempre en mi sordo desvelo.

Noche de una lujuria de torpes niños locos.
Noche de asesinatos y sólo suave sangre.
Noche de uñas y dientes, mentes de calorfrío.
Noches de no oír nada y ser todo, imperfectos.
Hermosa y santa noche de crueles bestezuelas.

Y el caracol del ansia, obsesionante,
mataba las pupilas, y mil odiosas muertes
a golpes de milagro crearon lo más sagrado.
Fue una noche de espanto, la noche de los diablos.
Noche de corazones pobres y enloquecidos,
de espinas en los dedos y agua hirviendo en los labios.
Noche de fango y miel, de alcohol y de belleza,
de sudor como llanto y llanto como espejos.
Noche de ser dos frutos en su plena amargura:
frutos que, estremecidos, se exprimían a sí mismos.

Yo no recuerdo, amada, en qué instante de fuego
la noche fue muriendo en tus brazos de oro.
La tibia sombra huyó de tu aplastado pecho,
y eras una guitarra bellamente marchita.
Los cuchillos de frío segaron las penumbras
Y en tu vientre de plata se hizo la luz del alba.

Efraín Huerta

De profundis, o la ética de la redención

De profundis, o la ética de la redención

Querido Bosie.

"Tras una espera larga e infructuosa he decidido ser yo quien te escriba, tanto por ti como por mí mismo, ya que me disgustaría pensar que he tenido que soportar dos penosos años de prisión sin haber recibido ni una sola línea tuya, ni noticias, ni siquiera un mensaje, como no sean los que tanto me apenaron. Nuestra amistad, tan infortunada y lamentable, ha acabado para mí en la ruina y la infamia pública: pero a pesar de todo no me abandona el frecuente recuerdo de nuestro viejo afecto, y además el pensamiento de que el odio, la amargura y el desprecio tengan que ocupar para siempre el lugar que una vez ocupó el amor me resulta demasiado triste. Tú también sentirás, supongo, en tu corazón, que escribirme ahora que debo permanecer en la soledad de la vida de prisión es mejor que publicar mis cartas sin obtener antes permiso o dedicarme poemas no solicitados, aunque el mundo desconozca cuáles son las palabras de dolor o de pasión, de remordimiento o indiferencia que elijas para responderme o para llamar mi atención".

Quizás éste sea el relato más impactante y vigoroso con el que Oscar Wilde hace posible la redención de sus fantasmas del pasado puestos en Lord Alfred Douglas. En De Profundis, única obra escrita en la cárcel, y la última de sus obras en prosa, también figura la redención de los sentimientos más profundos, esa dicotomía casi subyacente que en determinado momento ni el propio Wilde había de sentir como dos instantes indelebles; la figuración casi inevitable del odio más impotente y del amor menos satisfecho. Wilde siempre supo que su relación con Alfred no era fácil de asociar con la libertad y con el juicio equilibrados, la constante presión que sentía de parte de los que prejuzgaban, entre los que sobresalía el padre de Alfred, el marqués de Queensberry, lo sitiaba en ese tránsito tan tormentoso que por momentos hacían de la vida de Wilde una insoportable manera de existir. Por supuesto que la cárcel no sólo fue una penitencia brutal y oscura para enmendar esa forma tan distinta de sentir afecto por otro ser de su mismo sexo, sino que también fue una inmolación a contrapelo para matar de una sola vez esas vitalidades que generan la energía para seguir creyendo que el camino de la existencia siempre puede ser halagüeño.

Oscar Wilde, primero que nada fue un ser humano, luego estuvo esa genialidad que pocos poseen para recrear esas sensibilidades de la vida y retransmitirlas en escritos tan exquisitos que para leerlos parece hacerse necesario una reconciliación con la naturaleza, con la realidad, con la vida misma. Paradójicamente, el autor de "El retrato de Dorian Gray" ajustó a su cotidiana existencia el revés de esa reconciliación, convenciéndose de que el sufrimiento es un momento larguísimo, que es imposible dividirlo en estaciones y que tan sólo somos capaces de situar sus talantes y de narrar su regreso. "El tiempo no progresa, dice Wilde: gira".

Parece dar vueltas y más vueltas alrededor de un núcleo de dolor", de ese mismo que sintió cuando la sentencia de dos años debía ser cumplida enteramente, de ese cuando el marqués de Queensberry lo acusó públicamente de ser un pervertido, que seducía con la palabra a jóvenes como al estúpido y caprichoso de su hijo, Lord Alfred Douglas, de ése que sintió cuando le llegó la quiebra y la ruina total, y el administrador incautó su biblioteca y la hizo vender para saldar un regalo suntuoso que el exigente Douglas había pedido sin reparo alguno, motivo por el cual también la casa de Wilde tuvo que ser subastada. De Profundis es un libro provisto de eternas muertes, de deseos incontrolables y de aniquilamiento forzados de las esperanzas. Wilde relata dos insoslayables maneras de existir, la pasión por la felicidad o la lacerante forma de compartir con el dolor. La primera lo había vivido sin estar junto a Alfred, lejos del tormentoso espacio de la desesperación y la degradación, como él mismo lo llama. Provisto de esa tranquilidad fecunda que sentía cuando se hallaba solo, y entonces podía producir arte, ser un creador de obras que lo enaltecían como ser humano y por supuesto como escritor. El segundo lo sentía a flor de piel cuando las ventosas succionadoras de Alfred se asomaban hasta el aura de Wilde, cuando el joven le exigía almorzar o cenar en lugares suntuosos, o cuando su caprichosa imaginación pedía regalos carísimos o viajes de placer que saciaran el ego del imberbe papanatas. El dolor también se quedó a habitar en la existencia de Wilde cuando por sobre el hombro sintió que alguien le apretaba fuerte y lo trasladaba hasta una celda inhóspita, donde todos lo días eran idénticos, dónde nada se sabía de la siembra ni de la cosecha, ni de los segadores que doblaban el espinazo sobre el grano, ni de los recolectores de uva que se abren paso entre los viñedos, ni de la yerba del huerto que se ha tornado blanca con la floración rota o ha quedado bajo el peso del fruto caído, ni de los rojos tulipanes que dejaron prendidos en sus tallos los rastros de vida que la pasada primavera fue cómplice de su vitalidad, ni de los nidos de los pájaros ya abandonados por sus polluelos que inevitablemente se preparan para emprender el vuelo y ser ellos mismos, tan sueltos de cuerpo, tan llanos, tan libres.

Luego de permanecer tres meses en prisión, su madre fallece, fue un hecho que agudizó mucho más el sufrimiento del autor de "Salomé" que, al tiempo de acongojarlo, también hizo que cayera en las entrañas oscuras de la vergüenza y la deshonra, pensando en el nombre que le habían legado sus padres, y que ellos se encargaron de enaltecerlo, no sólo en la literatura, el arte, sino en la historia pública de su país, y que en ese instante se veía mancillado y estropeado para toda la vida por las circunstancias más viles en las que el padre de Alfred había publicado una versión repugnante sobre la relación entre el joven Douglas y Wilde y que los predicadores utilizaban como texto y los moralistas como tema estéril.

"La prosperidad, el placer y el éxito pueden hacernos burdos en la semilla y vulgares en la fibra, y de hecho suele ser así; pero el sufrimiento nos vuelve más sensibles que ninguna otra cosa", dice Wilde refiriéndose a ese instante tan fatal en el que se debe hacer un alto para recoger los sentimientos esparcidos al aire por el dolor y las desilusiones, los sentimientos de amistad que suelen ser los más vitales del ser humano y que tienen que sufrir una ruptura total, ésa que experimentó Oscar al presenciar el alejamiento de sus amigos cuando éstos supieron de su relación con Alfred. En el exilio del dolor, se hizo posible que los escasos amigos se acercaran poco o casi nada, en cambio permitió a los enemigos respirar de sus pulmones y conspirar en contra de su inexistente felicidad.

De Profundis también es un libro donde confluyen los reproches y los perdones. En los hechos, se manifiesta claramente el perdón hacia Douglas, quien durante su relación con Wilde conspiró en contra del vigor espiritual y de la paz interior. La carta en De Profundis no fue escrita para llenar de amargura el corazón del joven Alfred, sino para vaciar el de Wilde.

Tal vez ese perdón que Douglas recibió, haya sido también la liberación de los demonios inclementes y de los sentimientos tormentosos que deshicieron la integridad del Autor de "La importancia de llamarse Ernesto" por el hecho de sentir afecto hacia un ser del mismo sexo. Como el mismo Wilde dice: "No puede uno mantener una serpiente viva devorándole las entrañas ni levantarse todas las noches a plantar espinas en el jardín del alma". Eurípides decía que la mar es una de las Ifigenias, lava todas las manchas y heridas del mundo, también esas que con seguridad Wilde supo racionalizarlas, no como manchas, sino como algo que brota de la naturaleza y rebrota en el corazón. Quizás al escribir De Profundis, Wilde encomendó su más elevada añoranza hacia la naturaleza de la cual venimos, a la que le pertenecemos y a la que ineludiblemente nos entregaremos, más bien obligados por ese raudo círculo vital que es la existencia.

Oscar Wilde fue juzgado tres veces. La primera tuvo que abandonar el banquillo para ser arrestado, la segunda para ser conducido a la prisión preventiva y la tercera para ser recluido en una prisión durante dos años, tiempo en el que sólo convivió con el dolor, la desolación y las penumbras crueles de la culpa, tan similares a las que se siente cuando el ocaso se tiñe de rojo y los brazos incesantes de la noche viene a danzar su baile cadencioso de la traición, pues de noche descansa y se adormece el contento y se aviva el sufrimiento.

"Hasta que punto me encuentro aún lejos del equilibrio espiritual lo atestigua esta carta con sus talantes cambiantes e inseguros, su desprecio y su amargura, sus aspiraciones y su incapacidad para colmarlas. Pero no olvides en qué terrible escuela estoy realizando mi tarea. Y aunque sé que soy incompleto e imperfecto, puedes aprender mucho de mí. Viniste a mí para adiestrarte en los placeres de la vida y el arte. Quizá haya sido elegido para enseñarte algo más maravilloso: el significado del dolor, y su belleza".

Tu afectísimo amigo,

Oscar Wilde.

El final de De Profundis también es el final de la condena, el final de la oscuridad, del terreno cenagoso y por supuesto el final de la existencia de Oscar Fingall O'Flahertie Wills Wilde.

Ruddy Orellana

La mujer a la moda

La mujer a la moda

Bettini está en la escena; ha comenzado un andante, el andante de Martha, en que cada nota es un melancólico suspiro de amor o un sollozo de amargura. El público, sin embargo, no escucha a Bettini, inmóvil, silencioso, conmovido como de costumbre. En las butacas, en los palcos, en las plateas, en todo el círculo de luz que ocupa el dorado mundo de la corte, se percibe un murmullo ligero, semejante a ese rumor que producen las hojas de los árboles cuando pasa el viento por una alameda. Las mujeres, impulsadas por la curiosidad, se inclinan sobre el antepecho de terciopelo rojo las unas, mientras las otras, afectando interés por el espectáculo, fijan sus ojos en la escena, o pasean una mirada de fingida distracción por el paraíso. Todas las cabezas se han vuelto hacia un sitio, todos los gemelos están clavados en un punto. Se ha visto oscilar un instante el portier de terciopelo de su platea; ya se divisa, por debajo de los anchos pliegues de carmín que cierran el fondo de la concha de seda y oro que ha de ocupar, el extremo de su falda de tul, blanca y vaporosa. Ella va a aparecer al fin. Va a aparecer el ídolo de la sociedad elegante; la heroína de las fiestas aristocráticas; el encanto de sus amigos; la desesperación de sus rivales; la mujer a la moda.

¡Cuántas otras mujeres han ahogado un suspiro de envidia o una exclamación de despecho, al notar el movimiento, al percibir el lisonjero murmullo de impaciencia o admiración con que los cortesanos del buen tono saludan a su soberana! ¡Cuántas trocarían su existencia feliz, aunque oscura, por aquella existencia brillante, rica de vanidades satisfechas, ebria de adulaciones y desdeñosa de fáciles triunfos! La grandeza de la mujer a la moda, como todas las grandezas del mundo, tiene, sin embargo, escondida en su seno la silenciosa compensación de amargura que equilibra con el dolor las mayores felicidades.

Como esos cometas luminosos que brillan una noche en el cielo y se pierden después en las tinieblas, la multitud ve pasar a la mujer a la moda, y ni sabe por dónde ha venido, ni a dónde va después que ha pasado.

¡Por dónde ha venido! Casi siempre por un camino lleno de abrojos, de tropiezos y de ansiedades. La mujer a la moda, como esas grandes ambiciones que llegan a elevarse, luchan en silencio y entre las sombras con una tenacidad increíble, y no son vistas hasta que tocan a la cúspide. Las gentes dicen entonces de ella como del ambicioso sublimado: «Ved los milagros de la fortuna». Y es porque ignoran que aquello que parece deparado por el azar a una persona cualquiera, ha sido tal vez el sueño de toda su vida, su anhelo constante, el objeto que siempre ha deseado tocar como término de sus aspiraciones. La mujer a la moda es una verdadera reina; tiene su corte y sus vasallos, pero antes de ceñirse la corona debe conquistarla. Como a los primeros reyes electivos, la hueste aristocrática le confiere casi siempre esta dignidad, levantándola sobre el pavés en el campo de batalla después de una victoria.

Hubo un tiempo, cuando el gusto no se había aún refinado, cuando no se conocían las exquisiteces del buen tono, en que ocupaban ese solio las más hermosas. De éstas puede decirse que eran reinas de derecho divino, o lo que es igual, por gracia y merced del Supremo Hacedor, que de antemano les había ceñido la corona al darles la incomparable belleza. Hoy las cosas han variado completamente. La revolución se ha hecho en todos los terrenos y el camino al poder se ha abierto para todas las mujeres. El reinado de la elegancia en el mundo femenino equivale al del talento en la sociedad moderna.

Es un adelanto como cualquiera otro.

No obstante, al abrirse ese ancho camino a todas las legítimas ambiciones, ¡cuánto no se ha dificultado el acceso al tan deseado trono! Antes la hermosura era la ungida del Señor, y le bastaba su belleza para ser acatada, le bastaba mostrarse para vencer y colocarse en su rango debido. Ahora, no; ahora son necesarias mil y mil condiciones. La hermosura se siente la elegancia se discute.

Adivinar el gusto de todos y cada uno; sorprender el secreto de la fascinación; asimilarse todas las bellezas del mundo del arte y de la industria para hacer de su belleza una cosa especial e indefinible; crear una atmósfera de encanto, y envolver en ella y arrastrar en pos de sí una multitud frívola; ganar, en fin, a fuerza de previsión, de originalidad y talento, los sufragios individuales; cautivar a los unos, imponerse a los otros, romper la barrera de las envidias, arrollar los obstáculos de las rivalidades, luchar en todas las ocasiones, no abandonar la brecha un instante, siempre con la obligación de ser bella, de ser agradable, de estar en escena pronta a sonreír, pronta a conquistar una voluntad perezosa, o una admiración difícil, o un corazón rebelde. He aquí la inmensa tarea que se impone la mujer que aspira a esa soberanía de un momento. He aquí los trabajos, para los cuales son una bicoca los doce famosos de Hércules, que acomete y lleva a feliz término la mujer que desea sentarse en el escabel del trono de la elegancia.

Para lanzarse con algún éxito en este áspero y dificultoso camino, ya hemos dicho que se necesitan muchas y no vulgares condiciones. Condiciones físicas, condiciones sociales y de alma.

La mujer a la moda, la frase misma lo dice, no ha de ser una niña, sino una mujer; una mujer que flota alrededor de los treinta años, esa edad misteriosa de las mujeres, edad que nunca se confiesa etapa de la vida, que corre desde la juventud a la madurez, sin más tropiezo que un cero, que salta y del que siempre está un poco más allá o más acá y nunca en el punto fijo.

No necesita ser hermosa: serlo no es seguramente un inconveniente, pero le basta que parezca agradable. Rica... Es opinión corriente que la elegancia le revela en todas las condiciones, pero también es seguro que, aunque don especial de la criatura, se parece en un todo a esas flores que brotan sencillas en los campos y, trasplantadas a un jardín y cuidadas con esmero, se coronan de dobles hojas, se hacen mayores, más hermosas, y exhalan más exquisito y suave perfume.

Alaben los poetas cuanto gusten la simplicidad de la naturaleza, las florecitas del campo y los frutos sin cultivo; pero la verdad es que la intemperie quema el cutis más aristocrático, que las rosas de los rosales apenas tienen cinco hojas y las manzanas silvestres amargan que rabian. Es probado que la mujer a la moda, la mujer elegante, debe ser rica: rica hasta el punto que sus caprichos de toilette no encuentren nunca a su paso la barrera prosaica de la economía que cierre el camino o les corte las alas para volar por el mundo de las costosas fantasías.

También debe ser libre. Libre como lo es la mujer joven y viuda o la casada que no tiene que sujetarse a vulgares ocupaciones y vive en el gran mundo, donde la tradición ha cortado con el cuchillo del ridículo ciertos lazos pequeños que sujetan a otras mujeres a la voluntad ajena.

El talento, entendámonos bien, el talento femenino, ese talento múltiple, ese talento que aguijonea la vanidad, que es frívolo y profundo a la vez, pronto en la percepción, más rápido aún en la síntesis, brillante y fugaz, que siente aunque no razona, que comprende aunque no define, ese talento es condición tan indispensable que puede decirse que en ella estriban todas las demás condiciones, las cuales completa y utiliza como medios de obra y armas para un combate.

Una vez fuerte con la convicción profunda de sus méritos, la mujer que aspira a conquistar esa posición envidiada levanta un día sus ojos hasta la otra mujer que la ocupa, la mide con la vista de pies a cabeza, la reta a singular combate y comienza uno de esos duelos de elegancia, duelo a muerte, duelo sin compasión ni misericordia, a que asisten de gozosos testigos todo un círculo dorado de gentes commÕilfaut, en que se lucha con sonrisas, flores, gasas y perlas, del que salen al fin una con el alma desgarrada, las lágrimas del despecho en los ojos y la ira y la amargura en el corazón, a ocultarse en el fondo de sus ya desiertos salones, mientras la otra pasea por el mundo elegante los adoradores de su rival atados como despojos a su carro de victoria. ¡Triunfa! ¡Cuántas ansiedades, cuántos temores, cuántos prodigios de buen gusto, cuántos padecimientos físicos cuántas angustias, cuántos insomnios quizá no le ha costado su triunfo! Y no ha concluido aún. Reina de un pueblo veleidoso, reina que se impone por la fascinación, tiene que espiar a su pueblo y adivinar sus fantasías y adelantarse a sus deseos.

Un descuido, una falta, una torpeza de un día, de un instante, puede deshacer su obra de un año. Un traje de escasa novedad, un adorno de mal gusto, una flor torpemente puesta, un peinado desfavorable, una acción cualquiera, un movimiento, un gesto, una palabra inconveniente, pueden ponerla en ridículo y perderla para siempre. ¡Cuántas veces la mujer a la moda tiembla antes de presentarse en un salón, y teme, y duda, y cree que acaso habrá alguna que la supere a ella, que tiene necesidad, que esté en la obligación imprescindible de ser la más elegante! Entonces envidian a las que pueden pasar desapercibidas y sentarse en un extremo, lejos de las cien miradas que espían una falta o un ridículo cualquiera para ponerlo de relieve y mofarse y desgarrar su perfume real. Envidia a la mujer que al colocarse una flor entre el cabello piensa en si estará bien a los ojos del que sólo desea hallar en su persona algo que admirar, a los ojos de su amante; mientras ella piensa qué ha de parecerle a sus rivales, a sus enemigas, a sus envidiosas y después a su pueblo, tal vez cansado de un antiguo yugo y ansioso de novedad.

¿Y para qué toda esta lucha? ¿Para qué todo este afán? Para recoger al paso frases de ese amor galante, sin consecuencia, que llegan al fin a embotar los oídos, para aspirar un poco de humo de los lisonjeros, contestar con el desdén a algunas miradas de ira de envidiosas, para decir yo no vivo en la cabeza, sino en el corazón de cuantos me conocen, y después un día caer del altar donde va a colocarse un nuevo ídolo o tener forzosamente que bajar una a una sus gradas, a medida que pasan los años, para abdicar por último una corona que ya no puede sostener.

No; no suspiréis ahogando un deseo; no envidiéis su fortuna; no ambicionéis ser mujer a la moda. Es un poder que pesa como todos los poderes; es una felicidad de un día que se paga con muchas lágrimas, un orgullo que se expía con muchos despechos, una vanidad que se compra con muchas humillaciones.

Gustavo Adolfo Bécquer. Artículo publicado en El Contemporáneo el 8 de marzo de 1863.

El otro lado de la línea

El otro lado de la línea

Al otro lado de esta línea estás tú, aunque yo no te vea: un renglón es un horizonte. Nada termina ahí. Extiendo mi brazo delante de mí y, con una uña afilada, abro la línea donde termina el mar y rasgo el azul. Sigue el mar.

Algunas palabras son tatuajes en los ojos. No terminan al dejar de leer. Yo sé que estás ahí. Gracias J. Nada hay tan pretencioso como un punto y final. Éste que viene ahora, por ejemplo, cree que con él terminará todo. Tu y yo sabemos que no será así.

Ergaster

La palabra

Aquel niño vivía serenamente
en su rincón de sombra provinciana, A la orilla
del mar, había aceptado la realidad y, bajo las estrellas,
la noche era solemne, dura y sola.
No recordaba ya sino navíos,
sino cansancio y faros a lo lejos. Tendido,
el mar se confundía con el hombre: bastaba
un soplo,
cerrar los ojos un instante, y perezosamente
todo el paisaje se desmoronaba,
daba lugar a sombras sucediéndose, o mejor,
era la muerte lo que sucedía.

¿Cómo salvarse entonces, vigilante
entre el terror y la serenidad?
¿Qué respuesta entregar a la noche, a lo desvanecido,
sino el relato privado de un proceso, efímero
como la misma infancia insolidaria?

A solas, juez y parte de la historia extinguida,
buscó en sí mismo la noticia exacta
de lo desconocido.
Y nació la palabra. Sólo entonces,
con negación y sin remordimientos,
halló una certidumbre verdadera.

Carlos Sahagún

Nezhits

Nezhits

Yo, pensativamente, delineaba con la pluma el contorno de la sombra circular y temblorosa del tintero. En un cuarto lejano sonaba un reloj, y a mí, el soñador, me pareció que alguien tocaba la puerta -primero suavemente, después más fuerte-; tocó doce veces seguidas y se detuvo expectante.

-Sí, aquí estoy, pase...

La manija de la puerta chirrió tímidamente, la llama de la lagrimosa vela se movió, y él emergió de la sombra rectangular -encorvado, gris, cubierto del polvo de la noche helada y estrellada...

Yo conocía su rostro. ¡Ay, hace tanto que lo conocía!

El ojo derecho permanecía todavía en la penumbra, el izquierdo me miraba temerosamente, alargado, verde-humo; la pupila era roja como un punto de herrumbre... Y ese mechón gris musgo en la sien, la ceja pálidamente plateada, apenas perceptible, y el ridículo pliegue de la boca sin bigote, ¡cómo excitaban y lastimaban vagamente mi memoria!

Me levanté -él dio un paso adelante.

El ralo abrigo estaba abrochado de una manera rara, como si fuera de mujer; en la mano sostenía un gorro -no, no era un gorro, sino un hatillo oscuro, mal hecho...

Sí, claro que lo conocía, quizá hasta lo había amado, sólo que no me podía acordar dónde y cuándo nos conocimos, y seguramente nos vimos a menudo, pues de otra manera no hubiera recordado tan bien esos labios rojos, las orejas puntiagudas, la graciosa nuez.

Con un amistoso susurro estreché su mano ligera y fría, toqué el respaldo del desvencijado sillón. Se sentó en la orilla y dijo de pronto:

-En la calle está horrible. Y decidí pasar. Pasé a verte. ¿Me reconoces? Tú y yo solíamos hacer travesuras juntos, gritábamos... Allá, en la patria... ¿Acaso lo olvidaste?

Su voz me cegó literalmente, mis ojos se llenaron de colores, la cabeza me dio vueltas; recordé la felicidad, la sonora, infinita, irrecuperable felicidad...

¡No, no puede ser! Estoy solo... ¡Todo esto no es sino un absurdo delirio! Sin embargo, lo cierto es que alguien estaba sentado junto a mí, huesudo, ridículo, con botas alemanas; su voz tintineaba, musitaba, áurea, de un verde vivo, conocida, y las palabras eran tan simples, humanas...

-Bueno- recordó. Sí, soy el viejo Leshii, el espíritu impetuoso... Y he aquí que tuve que huir...

Suspiró profundamente. Y me pareció que volvía a ver nubes meciéndose, el oleaje enorme del follaje, los destellos de los abedules como pizcas de espuma, y el eterno, dulce rumor… El se inclinó hacia mí, mirándome dulcemente a los ojos.

¿Recuerdas nuestro bosque, los pinos oscuros, los blancos abedules? Los talaron… La pena fue insoportable para mí; veo cómo crujen los abedules, cómo caen ¿y qué puedo hacer? Me echaron al pantano, lloré, aullé, hui a saltos al bosque más cercano.

Allí sufría, no podía dejar de sollozar… Apenas empezaba a acostumbrarme cuando miré y ya no había bosque, sólo cenizas grises. De nuevo tuve que errar. Buscaba un bosquecillo para mí, había un bosquecillo bueno, espeso, oscuro, fresco… y sin embargo no era igual… A veces jugaba de sol a sol, silbaba con frenesí, aplaudía y asustaba a los viandantes… Tú lo recuerdas, porque una vez te perdiste en mi espesura; tú y un vestido blanco, y yo anudé los senderos, hice girar los troncos, guiñaba en la hojarasca, toda la noche te turbé… Pero sólo fue por jugar, en vano me calumniaron... Y allí me apacigüé; la mudanza había sido triste… Día y noche algo hacía crujir todo alrededor. Primero pensé que era mi hermano, un leshii que se divertía; lo llamé y presté oídos. Hace estrépito, retumba -no, no parece nuestro. Una vez, al caer la noche, salté a un claro y vi gente tendida, unos boca abajo, otros boca arriba. Me digo: ¡los despertaré, los moveré! Comienzo a sacudirlos con las ramas, les arrojo piñas, susurro, grito… Una hora entera estuve atareado, pero todo fue inútil. Y cuando miré más de cerca me quedé sin aliento. La cabeza de uno pendía como de un hilo rojo, otro en lugar de vientre tenía un montón de gusanos gordos… No pude soportarlo. Comencé a aullar, pegué un salto y salí huyendo…

-Mucho tiempo erré por los bosques sin encontrar albergue. O era el silencio, el desierto, el hastío mortal, ¡o era tal el horror que mejor ni recordar! Finalmente me decidí; me convertí en hombrecillo, un vagabundo con su talega y me fui para siempre: ¡adiós, Rusia! Bueno, y en aquel lugar me echó la mano mi hermano Vodianoy. El pobre también se salvó. De todo se asombraba: "qué tiempos vivimos -decía- sólo desgracias". Y tenía razón, y aunque antaño se divertía y seducía a la gente (porque era excelente anfitrión), ¡cómo los mimaba y regalaba en su cueva dorada, con qué canciones los cautivaba! Y ahora solamente nadan los muertos, por cientos; el agua de los ríos parece pétrea, espesa, caliente, viscosa, no se puede respirar… Me llevó consigo. Él siguió su errar hacia mares lejanos, y por el camino me dejó en una brumosa ribera: "Sigue, hermano, búscate un matorral". No encontré nada y llegué a esta ciudad de piedra, terrible, ajena… Me convertí en hombre, con cuello, botas, como se debe; incluso aprendí su idioma…

Calló. Sus ojos brillaban como dos hojas húmedas, tenía los brazos cruzados y en el reverbero vacilante de la chorreante vela, sus pálidos cabellos, peinados hacia la izquierda, brillaban extrañamente.

-Yo sé que tú también sientes nostalgia -resonó de nuevo su cristalina voz-, pero en comparación con mi tristeza vehemente, de viento, la tuya es apenas como la respiración monótona de quien duerme. Pero nada más piensa que de nuestra tribu nadie quedó en Rusia. Unos ascendieron con la niebla, otros se dispersaron por el mundo. Los ríos de nuestra tierra están tristes, pues ninguna mano viviente derrama el brillo de la luna, se quedan huérfanos, las campanas callan si alguien no las mueve casualmente -los viejos gusli azules de mi rival, el ágil Poleboi. El dulce e hirsuto Posten abandonó, llorando, tu agraviado y vilipendiado hogar, y se marchitaron los bosques, los claros y conmovedores, los sombríos y mágicos bosques…

Y nosotros, Rusia, tu inspiración, tu inalcanzable belleza, tu hechizo milenario… Y nosotros, todos huimos, arrojados por un agrimensor desquiciado.

-Amigo, pronto moriré, dime algo, dime que amas al fantasma sin hogar, siéntate más cerca, dame la mano…

La vela comenzó a chisporrotear y se apagó. Los helados dedos tocaron mi palma, la triste y familiar risa resonó y enmudeció.

Cuando encendí la vela ya no había nadie en el sillón… nadie… pero en la habitación se percibía, maravilloso y suave, un aroma de abedul y de musgo húmedo…

* Notas:

- Este cuento se publicó por primera vez en la revista Rul, Berlín, el 7 de enero de 1921. La palabra Nezhits designa a los personajes fantásticos de la literatura rusa, como sirenas, duendes, brujas, etcétera.

- En 1999 se celebra el centenario del nacimiento del escritor Vladimir Nabokov. El célebre autor de Lolita es originario de San Petersburgo, y comenzó su vida literaria escribiendo poesía. En 1919 abandonó Rusia y vivió en Europa hasta 1940, cuando se trasladó a los Estados Unidos. A partir de entonces comenzó a escribir en inglés. El cuento que presentamos, escrito en ruso, manifiesta sin duda la añoranza.

- Leshii, según las antiguas creencias eslavas, era el espíritu del bosque, hostil con las personas.

- Vodianoy, espíritu de las aguas.

Vladimir Nabokov

El querer

En tu boca roja y fresca
beso, y mi sed no se apaga,
que en cada beso quisiera
beber entera tu alma.

Me he enamorado de ti
y es enfermedad tan mala,
que ni la muerte la cura,
¡bien lo saben los que aman!

Loco me pongo si escucho
el ruido de tu charla,
y el contacto de tu mano
me da la vida y me mata.

Yo quisiera ser el aire
que toda entera te abraza,
yo quisiera ser la sangre
que corre por tus entrañas.

Son las líneas de tu cuerpo
el modelo de mis ansias,
el camino de mis besos
y el imán de mis miradas.

Siento al ceñir tu cintura
una duda que me mata
que quisiera en un abrazo
todo tu cuerpo y tu alma.

Estoy enfermo de tí,
de curar no hay esperanza,
que en la sed de este amor loco
tu eres mi sed y mi agua.

Maldita sea la hora
en que contemplé tu cara,
en que vi tus ojos negros
y besé tus labios grana.

Maldita sea la sed
y maldita sea el agua,
maldito sea el veneno
que envenena y que no mata.

En tu boca roja y fresca
beso, y mi sed no se apaga,
que en cada beso quisiera
beber entera tu alma.

Manuel Machado

Vida de Pedro Saputo

Vida de Pedro Saputo

"Vida de Pedro Saputo" la escribe Braulio Foz en 1844. En este año se editan cincuenta y una novelas en toda España, lo que constituye un récord hasta entonces. En estos años el romanticismo va cediendo a una nueva corriente realista. Los orígenes de nuestro personaje no están claramente definidos y andan entre una fuerte tradición oral viva y una figura literaria de héroe aragonés. La situación temporal de los hechos narrados no está determinada, aunque es clara una distancia en el tiempo entre la narración y los sucesos contados. Los pensamientos anticlericales de Braulio Foz los deja traslucir a lo largo de la obra, censurando la condición del clero y religiosos de ambos sexos de una manera persistente. La lengua usada tiene recuerdos de la narrativa del Siglo de Oro ("hablades", "estábades", "hacello", "e" en lugar de "y",...). Por otra parte, Braulio Foz utiliza un estilo ágil, directo, lleno de formas coloquiales que resulta eficaz para presentar y caracterizar a los personajes. También utiliza muchas voces con marcado carácter regional aragonés, empleando frecuentemente rasgos dialectales del habla local.

La gracia atrevida, traviesa y burlesca tiene amplia cabida en su narrativa. Es muy popular la retahíla de improperios que dedica a una anciana indiscreta que interrumpe la actuación de la tuna estudiantil a la que acaba de unirse nuestro personaje Pedro Saputo: "¡Vaya con Dios la elle, piltrafa, pringada, zurrapa vomitada, albarda arrastrada, tía cortona, tía cachinga, tía juruga, tía chamusca, pingajo, estropajo, zarandajo, trapajo, renacuajo, zancajo, espantajo, escobajo, escarabajo, gargajo, mocajo, piel de zorra, fuina, cagarruche, ...., sapo revolcado, jimia escaldada, cantonera, mocholera, cerrera, capagallos,...Y cesó tan alto perenne temporal de vituperios, porque la infeliz despareció de la vista" (lib.2,cap.X).

Nuestro personaje ama profundamente a su tierra, la quiere conocer directamente, visita lugares que la historia ha dejado recuerdos gloriosos (San Juan de la Peña, San Victorián, Sigena, Montearagón, El Pilar,...). El amor que Pedro profesa a su tierra queda patente en numerosas ocasiones en el fuerte sentimiento con el que describe sus paisajes: "¡Oh, montes de mi lugar! ¡Oh, peñas y fuentes, valles y ríos, ambiente, cielos, nubes y celajes conocidos...! ... ;pero halló el mismo amado cielo, el mismo amado suelo, la misma amada campiña, los mismos caminos, avenidas y ejidos que de niño recorrí; y era en fin, su lugar, era su pueblo, era su patria; y allí estaba su cuna y su casa donde se crió dulcemente" (lib2capXV).

La inteligencia del héroe es algo que si empieza en lo fabuloso, se atempera pronto a modos razonables, y si hubo un conato de mitificación inicial, sin entrar en el dominio de lo fantástico, Saputo puede convivir pese a la superioridad de sus grandes dotes, con los demás convecinos, de los que gana la admiración y comparte la vida. De lo que tampoco anda carente nuestro personaje es de sensibilidad, de amor a su tierra, a su paisaje, a su madre, a sus gentes, a sus recuerdos de niño. El final de la obra con la misteriosa desaparición del héroe deja la historia en los límites de lo mítico, la grandeza de Saputo no le permitía tener un final corriente al uso de los mortales.

Chusé

Recomendaciones para escoger un libro antes de quemarlo

Recomendaciones para escoger un libro antes de quemarlo

1.- Contar el número de palabras del título. A mayor cantidad, peor calidad.

2.- No leer nada sin antes ver la foto del autor. Seleccionar libros según el espesor de cejas del que lo ha escrito. La nariz también es buena guía. Aguileña, por ejemplo, puede equivaler a un libro inteligente pero demasiado erudito. Deseche a los autores que exhiben una dentadura demasiado cuidada. Esta recomendación es especialmente saludable para los que gustan de autores anteriores a la invención de la fotografía. Explica también por qué se lee menos a ese género de escritores.

3.- La presentación del texto es fundamental. Guíese especialmente por los volúmenes forrados en piel y con las rúbricas en letra pequeña. La ausencia de prólogos, garabateos biográficos y lisonjeos de portada anuncian por lo general una buena obra.

4.- Cuídese de autores con apellidos compuestos, pegados por un guión. Sirven sólo para subrayar que quien los lee es un plebeyo con sueños de grandeza.

5.- Descarte de entrada los libros en cuya tipografía abundan las negritas y los subrayados. La letra flaca y pequeña equivale siempre a un gran acierto.

6.- Por ningún motivo acepte páginas a dos columnas. La lectura de estas obras tiende a confundirse habitualmente con la Biblia.

7.- No olvide quemar todo una vez que haya leído. Esta es la única manera de asegurar que cada nueva lectura parezca la primera e invitar a que el lenguaje sea un hallazgo reciente. Este deseo puede leerse con mejor claridad en las palabras de Elías Canetti, publicadas en forma póstuma y rescatadas de sus últimas anotaciones:
..... "Aprender otra vez a hablar -dice-. A los cincuenta y siete años aprender no un idioma nuevo, sino aprender de nuevo a hablar. Tirar por la borda los prejuicios, aunque al final no nos quede nada. Leer otra vez los grandes libros, no importa si los leímos o nunca los leímos. Escuchar a la gente sin dar consejos, sobre todo a la que nada tiene que enseñarnos. No reconocer jamás a la angustia como un medio para la realización. Combatir a la muerte sin proclamar el combate. En una palabra: valor y honradez".

Pedro Galindo, del artículo "Un elogio a la ignorancia"

Carta imposible a Adolfo

Carta imposible a Adolfo

Adolfo:

Más de media vida llevamos juntos y, sin embargo, atendiendo a los últimos tiempos en que la apatía ha degradado aquel sentimiento eterno a un contrato vitalicio que tú y yo decoramos con buenos modales, podríamos concluir en que cada día que transcurre es un témpano de hielo que se incorpora al ya grueso muro de nuestro recíproco distanciamiento, tan espeso que no sólo nos ha arrebatado las ganas de atravesarlo para de nuevo encontrarnos uno en el otro, sino que incluso nos ha secuestrado el coraje para referirnos a él.

No es hora ya de buscar culpabilidades en este desaguisado, pues si lo hiciéramos seguro que nos encontraríamos enfrentados uno al otro con la mano en forma de pistola apuntando al contrario y, además, estoy convencida de que ninguno de los dos sentimos odio, rencor o afán de revancha por cuestiones que ahora, conforme pardean los colores del arco iris de cada cual, se tornan más y más irrelevantes. No es hora de atormentarnos en todo lo que pudo haber sido y no fue, o en lo que fue y no debió haber sucedido, ni de buscar en el fondo de nuestro desgastado baúl de las segundas oportunidades una nueva esperanza para esta convivencia de muerta paz que nos niega el derecho a volver a tomar parte en la ruleta del amor.

Adolfo, hemos de ser valientes para el dolor de escapar de este cloroformo que nos aisla de la esperanza, que en cada vuelta de reloj nos estrangula contra el silencio, contra la rutina, contra la mortaja que tenemos que abrir para, dignamente, enterrar este cadáver de incomunicación que nos está devorando a los dos, que en su imparable avanzar por los arabescos de la melancolía, terminará por hacernos olvidar los hermosos momentos en que tú y yo fuimos todo aquello que bien merecimos vivir y cuya memoria no podemos profanar cubriéndola de sucia hojarasca embarrada. Porque eso, Adolfo, sería negar que estuvimos vivos, que engendramos raudales de pasión y ternura para intercambiar sin fecha ni horario, para alimentar nuestra complicidad, para amortiguar los fracasos, para celebrar los triunfos, para creer y crecer uno en el otro...

Te escribo desde el amor Adolfo, aunque no puedo garantizarte por cuántas semanas más me será posible hacerlo. Te escribo antes de que la amargazón me gane la partida, antes de que me visite el pesimismo, antes de que los caprichos de la menopausia y los tópicos adheridos a este vocablo vengan a hincarme la espuela de su bandera. Te escribo porque el papel ha de ser el mensajero que hable por mí, el mediador que te plantee en mi nombre todo esto que tantas veces, apenas he esbozado una insinuación, me has obligado a callar, refugiándote en tu elegido silencio -y yo en el mío impuesto por tí-, como exquisito y cortés final a una conversación que, repetitivamente, no llegaba ni a nacer.

Vegetamos como si estuviéramos condenados a una perpetuidad que nos lastra los impulsos, como si fuéramos cangilones de la dictadura de un destino donde todo hubiera sido fijado de antemano. Pero la libertad hace ya mucho que golpea a nuestra puerta, Adolfo, y cuanto más sordos nos fingimos, con más calor redobla su latido multiplicándolo en una espiral que puede enloquecernos, que nos está aislando de participar plenamente de todo lo que nos rodea, de las páginas de nuestra historia que nos corresponden, de las sensaciones, de las sorpresas que en el amplio abanico que se extiende entre lo positivo y lo negativo, aguardan para tí y para mí.

Te quiero Adolfo, te quiero por lo que fuiste, por lo que ya no eres, por lo que puedes volver a ser en esta etapa que comenzamos por separado. Te quiero en esta carta de amor ya imposible, te quiero desde el respeto a las circunstancias que a partir de ahora decoren tu alma, desde lo que ya no se repetirá entre nosotros, desde la última ocasión ya olvidada en que nos amamos, desde aquella juventud que no renacerá hasta que no soltemos amarras, hasta que no recuperemos la valentía para luchar por la felicidad.

Se acabó el amor, Adolfo y para ninguno de los dos resultará fácil llenar el vacío que su ausencia deja en la trastienda, pero nada es tan letal como este morir sin fin en esta agonía de respiración asistida e interminable encefalograma plano. Sonriamos a la verdad, Adolfo, pongamos pie en el estribo y preservemos inmaculado el bagaje de lo mucho que nos quisimos y que ahora, cuando se baja el telón, cuando ya no restan más escenas en común para nosotros, yo deseo culminar con un apretado abrazo, como colofón de todo aquello tan grande y tan hermoso que un día ya bastante lejano existió entre los dos.

Francisca

Mª Victoria Trigo

Alas de mariposa

De su cadáver
salían gusanos luminosos
y crecían sendos tulipanes negros.

Sólo un recorte de un viejo periódico sensacionalista
hacía recordar que años atrás
un desconocido poeta
se había suicidado
cortando sus venas con alas de mariposa
luego de inhalar por horas
el suave polvo de sus alas.

Esteban Gómez

El tren de Burdeos

El tren de Burdeos

Una vez, tuve dieciséis años. A esta edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigon, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1.930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarles. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.

Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.

El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.

Volvió.

Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.

Marguerite Duras

Caricias

Madre, madre, tu me besas,
pero yo te beso mas.
Como el agua en los cristales,
caen mis besos en tu faz.

Te he besado tanto, tanto
que de mi cubierta estas
y el enjambre de mis besos
no te deja ni mirar.

Si la abeja se entra al lirio,
no se siente su aletear:
Cuando tu, a tu hijito escondes
no se le oye el respirar.

Yo te miro, yo te miro
sin cansarme de mirar,
y que lindo niño veo
a tus ojos asomar.

El estanque copia todo
lo que tu mirando estás;
Pero tu en los ojos copias
a tu niño y nada más.

Los ojitos que me diste
yo los tengo que gastar
en seguirte por los valles,
por el cielo y por el mar.

Gabriela Mistral

La vida de Pedro Saputo

La vida de Pedro Saputo

"Vida de Pedro Saputo" la escribe Braulio Foz en 1844. En este año se editan cincuenta y una novelas en toda España, lo que constituye un récord hasta entonces. En estos años el romanticismo va cediendo a una nueva corriente realista. Los orígenes de nuestro personaje no están claramente definidos y andan entre una fuerte tradición oral viva y una figura literaria de héroe aragonés. La situación temporal de los hechos narrados no está determinada, aunque es clara una distancia en el tiempo entre la narración y los sucesos contados. Los pensamientos anticlericales de Braulio Foz los deja traslucir a lo largo de la obra, censurando la condición del clero y religiosos de ambos sexos de una manera persistente. La lengua usada tiene recuerdos de la narrativa del Siglo de Oro ("hablades", "estábades", "hacello", "e" en lugar de "y",...). Por otra parte, Braulio Foz utiliza un estilo ágil, directo, lleno de formas coloquiales que resulta eficaz para presentar y caracterizar a los personajes. También utiliza muchas voces con marcado carácter regional aragonés, empleando frecuentemente rasgos dialectales del habla local.

La gracia atrevida, traviesa y burlesca tiene amplia cabida en su narrativa. Es muy popular la retahíla de improperios que dedica a una anciana indiscreta que interrumpe la actuación de la tuna estudiantil a la que acaba de unirse nuestro personaje Pedro Saputo: "¡Vaya con Dios la elle, piltrafa, pringada, zurrapa vomitada, albarda arrastrada, tía cortona, tía cachinga, tía juruga, tía chamusca, pingajo, estropajo, zarandajo, trapajo, renacuajo, zancajo, espantajo, escobajo, escarabajo, gargajo, mocajo, piel de zorra, fuina, cagarruche, ...., sapo revolcado, jimia escaldada, cantonera, mocholera, cerrera, capagallos,...Y cesó tan alto perenne temporal de vituperios, porque la infeliz despareció de la vista" (lib.2,cap.X).

Nuestro personaje ama profundamente a su tierra, la quiere conocer directamente, visita lugares que la historia ha dejado recuerdos gloriosos (San Juan de la Peña, San Victorián, Sigena, Montearagón, El Pilar,...). El amor que Pedro profesa a su tierra queda patente en numerosas ocasiones en el fuerte sentimiento con el que describe sus paisajes: "¡Oh, montes de mi lugar! ¡Oh, peñas y fuentes, valles y ríos, ambiente, cielos, nubes y celajes conocidos...! ... ;pero halló el mismo amado cielo, el mismo amado suelo, la misma amada campiña, los mismos caminos, avenidas y ejidos que de niño recorrí; y era en fin, su lugar, era su pueblo, era su patria; y allí estaba su cuna y su casa donde se crió dulcemente" (lib2capXV).

La inteligencia del héroe es algo que si empieza en lo fabuloso, se atempera pronto a modos razonables, y si hubo un conato de mitificación inicial, sin entrar en el dominio de lo fantástico, Saputo puede convivir pese a la superioridad de sus grandes dotes, con los demás convecinos, de los que gana la admiración y comparte la vida. De lo que tampoco anda carente nuestro personaje es de sensibilidad, de amor a su tierra, a su paisaje, a su madre, a sus gentes, a sus recuerdos de niño. El final de la obra con la misteriosa desaparición del héroe deja la historia en los límites de lo mítico, la grandeza de Saputo no le permitía tener un final corriente al uso de los mortales.

Chusé Garcés

Lo escrito se lo lleva el viento

Lo escrito se lo lleva el viento

El raso de las páginas de los libros que se hojean modela una mujer tan hermosa que cuando no se lee se contempla esa mujer con tristeza, sin osar hablarle, sin osar decirle que es tan hermosa que cuando uno está por saber no tiene precio. Esa mujer pasa imperceptiblemente entre un murmullo de flores, a veces se da vuelta en las temporadas impresas para preguntar la hora o, mejor quizás, finge contemplar atentamente las joyas de un modo insólito en criaturas humanas y el mundo muere una ruptura que se produce en los anillos de aire, una herida a nivel corazón.

Los diarios matutinos traen cantantes cuyas voces tienen el color de la arena en orillas tiernas y peligrosas y a veces los vespertinos dejan paso libre a cumplidas muchachitas que conducen fieras encadenadas, pero lo mejor está en el intervalo de ciertas letras donde manos más blancas que el cuerno de las estrellas a mediodía saquean un nido de golondrinas blancas a fin de que llueva para siempre, tan bajo tan bajo que las alas no puedan entremezclarse. Manos por las que se asciende hasta brazos tan leves que el vapor de los prados en sus graciosas volutas sobre las charcas es un espejo imperfecto, brazos que sólo se articulan al peligro excepcional de un cuerpo creado para el amor, cuyo vientre llama a los suspiros desprendidos de las zarzas llenas de velos y que sólo tiene de terrestre la inmensa verdad de hielo de los trineos de miradas sobre la extensión absolutamente blanca de lo que no veré nunca más a causa de una venda maravillosa, que es la que utilizo al jugar al gallo ciego de las heridas.

André Bretón

Un cuento de amor

Un cuento de amor

Rudolf, con la cabeza levantada y reclinado en su cadencioso cuerpo la miraba con sus profundos ojos verdes. Ella, esbelta y apetitosa, bailaba enfrente y en torno a Rudolf apenas sin tocar el suelo. Él -es de suponerse- estaba en posición de ataque, con esa nerviosidad serena que siempre le fue tan característica. Ella, seductora, como si no se diera cuenta de la situación, seguía exhibiéndose alegre y provocativa. Rudolf, entonces, de un sólo movimiento atrapó entre sus fauces gatunas a la mariposa, y, de dos mordidas, se la comió.

Marcial Fernández

Nocturno con conciencia de vuelta

Sucede sin previo aviso
encontrar a alguien con quien dormir una noche,
para despertar después de amor incumplido
frente a un rostro
al que no terminamos por acostumbrarnos.

De vuelta a casa nos acogen presagios de mucha realidad
o de muerte amenazada con fatiga de seguir expresándola
poco a poco.
Me irrita saber si fue todo inútil o necesario,
si tuvo que pasar porque quise que pasara,
me irritan los lazos que revisan la trama, la manera, la culpa,
la pura vergüenza.

Y afirmo y borro que en esas redes,
en estas redes, he contado lo inexorable del fruto
y del mar que es mucho más amplio.
Afirmo y borro que en ellas caeré, quizá ilusión o nuevo lecho,
o simple error en la misma historia pareciéndonos nueva.
He aquí la voluntad del hijo: equivocarse, quererse sobremanera
y darse cuenta de que no todo tiene un modo de sentido.

En la leve inclinación del cuerpo,
con la suave laxitud del reposo,
hoy me inclino al lado del comienzo,
cuando de amor se tuvo un rostro,
cuando se sabe lo poco que sirve en estos casos.

José Teruel

Navidad en los Territorios Ocupados

Navidad en los Territorios Ocupados

La aldea estaba ocupada, las tiendas cerradas, las oficinas de asistencia social bombardeadas, su propio hogar en ruinas y José sin trabajo. Nadie tenía suficiente dinero para contratar a un carpintero. Y aunque lo hubieran tenido, los ocupantes no permitían ni nuevas construcciones ni reparaciones, ni siquiera poseer materiales de construcción.

Cuando María salió al alba, el aire gélido le mordió la piel y se envolvió estrechamente el cuello y las mejillas con su chal. Fue al pozo y llenó su cubo con agua. Le costó agacharse, su voluminoso abdomen era un obstáculo. Toda la noche había tenido espasmos y sabía que el momento decisivo se acercaba. Habían tratado de encontrar un sitio donde estar, pero sus parientes vivían en la aldea vecina, en un sitio llamado Belén. Los caminos principales estaban bloqueados por tanques y vehículos blindados, con soldados armados de fusiles automáticos.

José se lavó la cara y le ayudó a acostarse sobre la frazada que cubría el piso de tierra de su tienda de campaña improvisada. Le pasó su mano callosa por los cabellos y le dio unas cariñosas palmaditas en el estómago. María sonrió, a pesar de su malestar. Era sólo una muchacha, de unos dieciocho o diecinueve años, más joven que el barbudo José.

-Hablé con Sami, el pastor. Acepta llevarnos por los senderos a Belén esta noche. José empaquetó sus pocas pertenencias. A medianoche, María montó el burro, José cargó sus cosas y Sami los guió por los campos. Cada paso por el rocoso sendero por el que ascendían, era una cuchillada en las entrañas y piernas de María.

Al aproximarse a Belén vieron una potente luz que escudriñaba las afueras de la ciudad. Sami les señaló una reja en el perímetro:

-Hay un espacio entre la reja y las rocas y pueden irse por ahí, pero tienen que abandonar el burro.

-¿Abandonar el burro...? ¡Jamás! -José lo miró con desconfianza.

Sami se sintió ofendido por las sospechas de José:

-¡Entonces van a tener que pasar por el puesto de control israelí! Yo los dejo aquí. Que Dios los acompañe.

José miró a su alrededor. María dormitaba. Condujo el burro por la ladera del cerro hasta la ruta principal. La luz los encandiló. Una voz fuerte, áspera resonó por un altavoz:

-¡Deténganse o disparamos! ¡Ahora mismo!

-¡Desmonten, tiren su bolsa y levanten las manos! ¡Rápido, o disparamos! -ladró la voz invisible.

José colocó su bolsa en el suelo y ayudó a desmontar a María. Sus movimientos eran torpes. Estaba semidormida y muy asustada.

-¡Avancen con las manos en alto, especialmente tú, el árabe gordo!

María, con sus brazos bien arriba, sintió de repente que tenía que orinar, mitigar la presión en su pesada barriga.

Cuando un soldado le ordenó a José que avanzara, gritando, "Ponte las manos arriba de la cabeza!," María se sintió abandonada.

Le ordenaron que avanzara, lentamente. Los soldados acariciaban los gatillos de sus Uzis, apuntando a su cabeza y su abdomen.

-¡Abre tu abrigo y levántate el vestido! -gritó una voz oculta por la oscuridad. Hubo una pausa. Sólo José la había visto desnuda. Alzó su vestido.

Un soldado apuntó sus binoculares hacia su abdomen.

-No hay bombas... sólo grasa o una barriga cargada de bebé.

Pasó los binoculares a su jefe. Éste miró y gritó furioso:

-¡Levántate esa enagua, no te vengas a hacer la virgen con nosotros!

María estaba confundida, su cara enrojecida. Levantó su enagua y una linterna alumbró su inmenso abdomen que colgaba por sobre sus bragas.

-¡Quiero verlo todo, puta árabe de mierda, podrías esconder algo entre tus piernas fuera del pijo de tu marido!

María hubiera preferido morir al bajarse los calzones. La luz alumbró su oscuro púbico.

-¡Date vuelta!

Se dio vuelta,

-¡Ahora vístete! ¡Y tú, el de la barba, levántate!

Dos soldados se le acercaron e hicieron señas a María para que avanzara.

María y José fueron interrogados durante varias horas. Que de dónde venían, que por qué se habían ido, que por qué su casa había sido destruida.

-¡Tienen que haber hecho algo! -lanzó el oficial israelí -dónde iban, por qué viajaban de noche y por senderos perdidos, con quién se iban a quedar, por cuánto tiempo, y sobre todo su relación con la Autoridad Palestina, Hamás, Yihád, el FPLP. Cada respuesta directa y simple provocaba muecas sospechosas.

María sentía que las contracciones se hacían más y más frecuentes. Sus pies estaban entumecidos de frío. José, un carpintero con poca educación que jamás había pertenecido a alguna organización, y María, que nunca había expresado una opinión política, estaban totalmente confundidos.

El oficial apuntó con su pulgar al abdomen de María:

-Otro subversivo. Ustedes los terroristas se reproducen como conejos.

María apretó los dientes. Una contracción violenta y prolongada atravesó su cuerpo. Los oficiales israelíes se consultaron.

-Está claro que son agentes. Soltémoslos y los seguimos hasta llegar a sus jefes.

El oficial superior les dijo que pasaran.

Aún era oscuro cuando entraron a Belén y María apenas podía continuar por las contracciones. José estaba desorientado. No podía encontrar ni la calle ni la casa. No había nadie en la calle, por el toque de queda. El burro sacudió su hocico y los llevó a un establo en el que algunas cabras y ovejas yacían en el heno. José ayudó a acostarse a María y ella se recostó con la cabeza apoyada en un fardo de heno. El burro comenzó a mordisquear la paja.

María estaba en pleno trabajo de parto y se le escapó un grito por entre sus dientes apretados. José le ayudó lo mejor que podía. Milagrosamente, un bebé nació y comenzó a gritar de inmediato. Se encendió una luz, los dueños salieron. Una pareja palestina. La mujer limpió el bebé y cubrió a María con unas mantas.

La casa estaba repleta de parientes que habían huido de Nablus y Ramala para evitar los mísiles israelíes. Se encontraban entre palestinos cristianos de Belén, seguramente sería más seguro.

A la noche siguiente, una resplandeciente estrella brilló en el firmamento y los Tres Reyes, que venían de ultramar, pasaron los puestos de control israelíes sin que los vieran, protegidos por el Señor -pensaban. Y llegaron al establo que albergaba al recién nacido, llamado Jesús, y le llevaron regalos y se arrodillaron ante su Salvador que dormía en un pesebre improvisado hecho por José.

De repente hubo gritos y culatas de fusiles que destrozaban las puertas y rompían los cristales. Un helicóptero pasó rugiente y de pronto hubo una explosión, y el establo estalló. Brazos, piernas, cabezas de ovejas, piernas de cabras, torsos humanos y la cabeza de un bebé, volaron hacia el oscuro cielo aterciopelado.

La radio israelí anunció que tres terroristas árabes sospechosos, huyendo de Afganistán, habían sido muertos en un escondite en Belén, después de cruzar la frontera. El gobierno israelí se disculpó por toda muerte de civiles. Los medios estadounidenses repitieron la historia, mientras Washington felicitaba al gobierno israelí por su papel en la lucha contra el terrorismo internacional. Jesús vivió un solo día.

James Petras

Navidad sin culpa

Navidad sin culpa

La Navidad ha perdido su espíritu gracias al desenfrenado consumismo que la ha convertido en una fiesta comercial antes que en una celebración religiosa, no se cansan de repetir sacerdotes y algunos voceros del catolicismo.

Felizmente la población no hace caso a sus admoniciones y reivindica el sentido ancestral que posee el intercambio de regalos en todas las culturas. La expresión de afectos a través de objetos forma parte del lecho rocoso de la psicología social humana, y sólo el afán de extender el sentimiento de culpa a cuanto resquicio se pueda por parte de cierto sector de la Iglesia católica puede llevar a que se pretenda desvirtuar esta práctica como si ella ensuciara una festividad religiosa.

En el fondo, lo que se halla detrás de esta monserga es -parafraseando el título de un libro del pensador liberal, Ludwig von Mises- la secular mentalidad anticapitalista que se expresa a través de un ritual verbal repetido siempre en estos días del año, como parte de la operación psicosocial de más antigua data que se tenga noticia.

La Navidad es, sin lugar a dudas, una fiesta religiosa, pero también es la fiesta de los niños, de la familia, de Papá Noel, de la nostalgia, de la euforia y de la melancolía. Es un hecho sagrado descifrado por los códigos humanos y como tal también legítimamente profano.

Es tal la importancia de la fiesta navideña que hemos creído válido dejar por un día el análisis de la actualidad para reflexionar sobre ella y reivindicar su naturaleza humana.

Desde esta columna deseamos que hoy en la noche se cene y se beba, se abrace y se bese, se ría y se llore, se cante y se regale en la medida de las posibilidades de cada quien. Así somos y debemos resistirnos a que este maravilloso espacio vital sea sembrado de angustia por los predicadores de la culpa.

Juan Carlos Tafur

Cuento de Navidad

Cuento de Navidad

El doctor Bonenfantes forzaba su memoria, murmurando:

-¿Un recuerdo de Navidad?... ¿Un recuerdo de Navidad?...

Y, de pronto, exclamó:

-Sí, tengo uno, y por cierto muy extraño. Es una historia fantástica, ¡un milagro! Sí, señoras, un milagro de Nochebuena.

Comprendo que admire oír hablar así a un incrédulo como yo. ¡Y es indudable que presencié un milagro! Lo he visto, lo que se llama verlo, con mis propios ojos.

¿Que si me sorprendió mucho? No; porque sin profesar creencias religiosas, creo que la fe lo puede todo, que la fe levanta las montañas. Pudiera citar muchos ejemplos, y no lo hago para no indignar a la concurrencia, por no disminuir el efecto de mi extraña historia.

Confesaré, por lo pronto, que si lo que voy a contarles no fue bastante para convertirme, fue suficiente para emocionarme; procuraré narrar el suceso con la mayor sencillez posible, aparentando la credulidad propia de un campesino.

Entonces era yo médico rural y habitaba en plena Normandía, en un pueblecillo que se llama Rolleville.

Aquel invierno fue terrible. Después de continuas heladas comenzó a nevar a fines de noviembre. Amontonábanse al norte densas nubes, y caían blandamente los copos de nieve tenue y blanca.

En una sola noche se cubrió toda la llanura.

Las masías, aisladas, parecían dormir en sus corralones cuadrados como en un lecho, entre sábanas de ligera y tenaz espuma, y los árboles gigantescos del fondo, también revestidos, parecían cortinajes blancos.

Ningún ruido turbaba la campiña inmóvil. Solamente los cuervos, a bandadas, describían largos festones en el cielo, buscando la subsistencia, sin encontrarla, lanzándose todos a la vez sobre los campos lívidos y picoteando la nieve.

Sólo se oía el roce tenue y vago al caer los copos de nieve.

Nevó continuamente durante ocho días; luego, de pronto, aclaró. La tierra se cubría con una capa blanca de cinco pies de grueso.

Y, durante cerca de un mes, el cielo estuvo, de día, claro como un cristal azul y, por la noche, tan estrellado como si lo cubriera una escarcha luminosa. Helaba de tal modo que la sábana de nieve, compacta y fría, parecía un espejo.

La llanura, los cercados, las hileras de olmos, todo parecía muerto de frío. Ni hombres ni animales asomaban; solamente las chimeneas de las chozas en camisa daban indicios de la vida interior, oculta, con las delgadas columnas de humo que se remontaban en el aire glacial.

De cuando en cuando se oían crujir los árboles, como si el hielo hiciera más quebradizas las ramas, y a veces desgajábase una, cayendo como un brazo cortado a cercén.

Las viviendas campesinas parecían mucho más alejadas unas de otras. Vivíase malamente; cada uno en su encierro. Sólo yo salía para visitar a mis pacientes más próximos, y expuesto a morir enterrado en la nieve de una hondonada.

Comprendí al punto que un pánico terrible se cernía sobre la comarca. Semejante azote parecía sobrenatural. Algunos creyeron oír de noche silbidos agudos, voces pasajeras.

Aquellas voces y aquellos silbidos los daban, sin duda, las aves migratorias que viajaban al anochecer y que huían sin cesar hacia el sur. Pero es imposible que razonen gentes desesperadas. El espanto invadía las conciencias y se aguardaban sucesos extraordinarios.

La fragua de Vatinel hallábase a un extremo del caserío de Epívent, junto a la carretera intransitada y desaparecida. Como carecían de pan, el herrero decidió ir a buscarlo.

Entretúvose algunas horas hablando con los vecinos de las seis casas que formaban el núcleo principal del caserío; recogió el pan, varias noticias, algo del temor esparcido por la comarca, y se puso en camino antes de que anocheciera.

De pronto, bordeando un seto, creyó ver un huevo sobre la nieve, un huevo muy blanco; inclinose para cerciorarse; no cabía duda; era un huevo. ¿Cómo sé hallaba en tan apartado lugar? ¿Qué gallina salió de su corral para ponerlo allí? El herrero, absorto, no se lo explicaba, pero cogió el huevo para llevárselo a su mujer.

-Toma este huevo que encontré en el camino.

La mujer bajó la cabeza, recelosa:

-¿Un huevo en el camino con el tiempo que hace? ¿No te has emborrachado?

-No, mujer, no; te aseguro que no he bebido. Y el huevo estaba junto a un seto, caliente aún. Ahí lo tienes; me lo metí en el pecho para que no se enfriase. Cómetelo esta noche.

Lo echaron en la cazuela donde se hacía la sopa, y el herrero comenzó a referir lo que se decía en la comarca.

La mujer escuchaba, palideciendo.

-Es cierto; yo también oí silbidos la pasada noche, y entraban por la chimenea.

Sentáronse y tomaron la sopa; luego, mientras el marido untaba un pedazo de pan con manteca, la mujer cogió el huevo, examinándolo con desconfianza.

-¿Y si tuviese algún maleficio?

-¿Qué maleficio puede tener?

-¡Toma! ¡Si yo supiera!

-¡Vaya! Cómetelo y no digas bestialidades.

La mujer abrió el huevo; era como todos, y se dispuso a tomárselo con prevención, cogiéndolo, dejándolo, volviendo a cogerlo. El hombre decía:

-¿Qué haces? ¿No te gusta? ¿No es bueno?

Ella, sin responder, acabó de tragárselo. Y de pronto fijó en su marido los ojos, feroces, inquietos, levantó los brazos y, convulsa de pies a cabeza, cayó al suelo, retorciéndose, dando gritos horribles.

Toda la noche tuvo convulsiones violentas y un temblor espantoso la sacudía, la transformaba. El herrero, falto de fuerza para contenerla, tuvo que atarla.

Y la mujer, sin reposo, vociferaba:

-¡Se me ha metido en el cuerpo! ¡Se me ha metido en el cuerpo!

Por la mañana me avisaron. Apliqué todos los calmantes conocidos; ninguno me dio resultado. Estaba loca.

Y, con una increíble rapidez, a pesar del obstáculo que ofrecían a las comunicaciones las altas nieves heladas, la noticia corrió de finca en finca: 'La mujer de la fragua tiene los diablos en el cuerpo.

Acudían los curiosos de todas partes; pero sin atreverse a entrar en la casa, oían desde fuera los horribles gritos, lanzados por una voz tan potente que no parecían propios de un ser humano.

Advirtieron al cura. Era un viejo incauto. Acudió con sobrepelliz, como si se tratara de auxiliar a un moribundo, y pronunció las fórmulas del exorcismo, extendiendo las manos, rociando con el hisopo a la mujer, que se retorcía soltando espumarajos, mal sujeta por cuatro mocetones.

Los diablos no quisieron salir.

Y llegaba la Nochebuena, sin mejorar el tiempo.

La víspera, por la mañana, el cura fue a visitarme:

-Deseo -me dijo- que asista la infeliz a la misa de gallo. Tal vez Nuestro Señor Jesucristo la salve, a la hora en que nació de una mujer.

Yo respondí:

-Me parece bien, señor cura. Es posible que se impresione con la ceremonia, muy a propósito para conmover, y que sin otra medicina pueda salvarse.

El viejo cura insinuó:

-Usted es un incrédulo, doctor, y, sin embargo, confío mucho en su ayuda. ¿Quiere usted encargarse de que la lleven a la iglesia?

Prometí hacer para servirle cuanto estuviese a mi alcance.

De noche comenzó a repicar la campana, lanzando sus quejumbrosas vibraciones a través de la sombría llanura, sobre la superficie tersa y blanca de la nieve.

Bultos negros llegaban agrupados lentamente, sumisos a la voz de bronce del campanario. La luna llena iluminaba con su tibia claridad todo el horizonte, haciendo más notoria la pálida desolación de los campos.

Fui a la fragua con cuatro mocetones robustos.

La endemoniada seguía rugiendo y aullando, sujeta con sogas a la cama. La vistieron, venciendo con dificultad su resistencia, y la llevaron.

A pesar de hallarse ya la iglesia llena de gente y encendidas todas las luces, hacía frío; los cantores aturdían con sus voces monótonas; roncaba el serpentón; la campanilla del monaguillo advertía con su agudo tintineo a los devotos los cambios de postura.

Detuve a la mujer y a sus cuatro portadores en la cocina de la casa parroquial, aguardando el instante oportuno. Juzgué que éste sería el que sigue a la comunión.

Todos los campesinos, hombres y mujeres, habían comulgado pidiendo a Dios que los perdonase. Un silencio profundo invadía la iglesia, mientras el cura terminaba el misterio divino.

Obedeciéndome, los cuatro mozos abrieron la puerta y acercáronse a la endemoniada.

Cuando ella vio a los fieles de rodillas, las luces y el tabernáculo resplandeciente, hizo esfuerzos tan vigorosos para soltarse que a duras penas conseguimos retenerla; sus agudos clamores trocaron de pronto en dolorosa inquietud la tranquilidad y el recogimiento de la muchedumbre; algunos huyeron.

Crispada, retorcida, con las facciones descompuestas y los ojos encendidos, apenas parecía una mujer.

La llevaron a las gradas del presbiterio, sosteniéndola fuertemente, agazapada.

Cuando el cura la vio allí, sujeta, se acercó cogiendo la custodia, entre cuyas irradiaciones de oro aparecía una hostia blanca, y alzando por encima de su cabeza la sagrada forma, la presentó con toda solemnidad a la vista de la endemoniada.

La mujer seguía vociferando y aullando, con los ojos fijos en aquel objeto brillante; y el cura estaba inquieto, inmóvil, hasta el punto de parecer una estatua.

La mujer mostrábase temerosa, fascinada, contemplando fijamente la custodia; presa de terribles angustias, vociferaba todavía; pero sus voces eran menos desgarradoras.

Aquello duró bastante.

Hubiérase dicho que su voluntad era impotente para separar la vista de la hostia; gemía, sollozaba; su cuerpo, abatido, perdía la rigidez, recobraba su blandura.

La muchedumbre se había prosternado con la frente en el suelo; y la endemoniada, parpadeando, como si no pudiera resistir la presencia de Dios ni sustraerse a contemplarlo, callaba. Luego advertí que se habían cerrado sus ojos definitivamente.

Dormía el sueño del sonámbulo, hipnotizada..., ¡no, no!, vencida por la contemplación de las fulgurantes irradiaciones de la custodia de oro; humillada por Cristo Nuestro Señor triunfante.

Se la llevaron, inerte, y el cura volvió al altar.

La muchedumbre, desconcertada, entonó un tedeum.

Y la mujer del herrero durmió cuarenta y ocho horas seguidas. Al despertar, no conservaba ni la más insignificante memoria de la posesión ni del exorcismo.

Ahí tienen, señoras, el milagro que yo presencié.

Hubo un corto silencio y, luego, añadió:

-No pude negarme a dar mi testimonio por escrito.

Guy de Maupassant