Blogia

pro-scrito

Hacíamos el amor en una silla

Hacíamos el amor en una silla.
El tenía el pelo largo que me gustaba echar hacia atrás
el pelo largo que me gustaba oler
que me gustaba enredar.
Mientras me apretaba firme, sin movernos casi
en la silla -es difícil explicarlo-
fue algo más que sexo
era una silla y dos personas estando
sintiéndose
el uno entrando algo que se dejaba entrar en la una
y una simple silla de madera despintada
aguantando todo el peso de dos vidas de dos culpas, de dos grietas.
Un hombre que no poseía nada pero que tampoco servía a nadie.
Una criatura miserable y libre.
Fue difícil desenredar su pelo de mi vida
su pelo largo, salvaje
el velo que le cubría la mitad de la cara
y me gustaba echarlo hacia atrás
para contar las astillas que le rozaban la frente.
Un hombre de pelo largo, salvaje
una parte de mi pasado muerto.
A veces, mientras hago el amor legal,
actuando en el teatro íntimo de mi cuarto
miro la silla
y pienso en la delicia que se sienta en ella
y siento que es en esta cama donde soy infiel.

Mairym Cruz-Bernal

A San Miguel

No que el Señor Luis de Moscoso
En San Miguel de la Frontera,
Entre los pueblos cave un foso,
Y haga sólo, del nuevo tan afanoso,
Gente guerrera.

Ha ido rescripto real por todo
Lugar -hasta ambos virreinatos,
Para que los Mestra den modo
De que el ganado de sus hatos
Venga a romper todo mal ocio,
Al intercambio y al negocio
A San Miguel de la Frontera.

Plazuelas, calles, solas antes,
Todo lo llenan los feriantes,
Y todo atrae sus miradas:
En sus jaulas doradas.

Los colorines;
Desde un jardín de cal y canto,
Sobre la parra de jazmines,
Raucisono da su canto,
El pavo real que la esponjada
Cauda, a la luz, como áureos tules-,
Abre, flabel de los azules
Ojos de Argos constelada.

Todo lo ven los forasteros.
Llenan los patios y apeaderos
Los añileros,
Los especieros,
Los ganaderos,
Y los mineros,
Y en medio al corro ganancieros,
Los marimberos.

Un remanso, de gentes en la corriente
Han hecho los maceros que llevan banderolas:
-!El Alcalde Mayor y la Alcaldesa!
Ella contrata con los frailes bulas;

Ella contrata
Cristos de yeso y pitos de Esquipulas
Y paga con monedas españolas
y con tejos de plata.

El habla gentilhombre con los guayaquileños,
Los chipanecos,
Los quetzaltecos,
Y oaxaqueños.
Y encomian los señores la fiesta proque vino
Un filipino,
Y un rico ameca
De Ameca-Ameca.

Causan otros remansos como extienden las manos,
O pidiendo limosnas o vendiendo rosarios,
Los franciscanos,
Dominicanos
Y mercenarios.

La plazuela del teatro en aquél tiempo era
Liza y empalizada para desafiados;
Vienen a combatirse desde tierras lejanas
Los bisoños y zurdos con sables de madera;
Los hidalgos y avezada
Con espadas toledanas.

No es lo de menos de la fiesta
El tiangue, en el momento
En que le prestan lucimiento
Bien los señores de la Mesta,
O el hacendado henequenero,
Cochinillero, o añilero...
Llegan a ver éstos y otros,
Y hacen en fin cosa de risa,
Cómo en la plaza, cuatro potros

Descuartizaban al cuatrero
Ladrón Ceniza.

Antes los perdidosos y malos negociantes
Al volver a su tierra, viendo el arcángel fiel,
Que abría sobre el templo sus alas rutilantes,
esde un alto recodo del camino, decía, antes:
De San Miguel,
Sólo El.

Ahora, al sol temprano quer las techumbres dora,
Cuando los ojos yertos vuelve al arcángel fiel,
Del pórtico del templo que derribara otrora
El rayo -el feriante maltrecho, dice ahora:
-De San Miguel
Ni Él.

Que pase breve tiempo y al lado de su esposa,
Tendrá él mismo un recuerdo dulce, sereno y tierno,
Al oír por la tarde bajo el dintel paterno;
A sus hijos que exaltan a la ciudad famosa:
Sexta, mayesta,
Martín de la Cuesta,
Dijo mi padre
Que pícara en ésta:
-A comer pan con miel
A la puerta de San Miguel!

Francisco Gavidia

Lo íntimo y lo público en literatura

Lo íntimo y lo público en literatura

" Todo se entreteje para formar un todo, unas cosas actúan y viven en las otras, suben y bajan como fuerzas celestes y se entrecruzan con sus cubos de oro, oscilan de un lado a otro, con benéfico impulso, bajan del cielo y atraviesan la tierra y resuenan armónicamente en todo el universo. Grandioso espectáculo " Goethe - Fausto -



Con la facilidad, y a veces con la extrañeza que regresamos del sueño a la vigilia, viajamos a través de la literatura y en especial de la poesía, de lo interior a lo exterior, del adentro al afuera, de lo íntimo y lo personal a lo colectivo y universal; y suceptible todo lo anterior de suceder a la inversa.

En ésta tarea alquímica y transfiguradora, de ver inscrita nuestra pequeñéz en el mundo macro y colectivo; nuestro norte, nuestro hilo de Ariadna es el símbolo. Solo él como herramienta mágica permite que lo íntimo adquiera un carácter universal. El símbolo, bella sustancia, por la cual todos los seres , por diversos que parezcan, logran una lectura próxima a lo divino.

El símbolo es el puente que nos admite el diálogo con lo invisible, lo innombrable que se hace promesa de lo posible a través de la palabra, lo numinoso como agua donde fluímos hacia el origen.

Lo acaecido en nuestra realidad tangible es recogido por el pensamiento , transformado por el verbo y vertido en el poema. En ésta faena de lo íntimo, en ésta batalla con la forma, estriba el logro último de develar esa realidad, a veces pequeña y doméstica, a veces simple y aparentemente fútil, en lo sagrado que le subyace, en lo grande, en lo universal de que participa toda cosa de la naturaleza.

Detrás de la experiencia cotidiana existe un orden superior de la realidad. A la literatura le corresponde asir ese orden, hablar su lengua, traer de su cielo la luz infinita que ilumina las cosas de la tierra, la vida de los seres. Es en ese instante donde lo íntimo, lo particular , lo único, pasa a ser universal , vasto , plural y diverso , y todo en virtud de ese tránsito por el símbolo testimoniado desde la metáfora y la comparación; he ahí la función poética.

Una verdadera literatura cuenta con la mirada del ser primordial, con la analogía perpetua , natural y espontánea , entre el afuera y el adentro, entre lo público y lo íntimo. Ese afuera cargado de paisajes itinerantes y de formas, de actos, y de la cosa realizada; y ese adentro cargado de onirismo, de la realidad del pensamiento y de la cosa por realizarse.

Entre éstas dos instancias, el hilaje que mantiene el tránsito vivo, vigente, pletórico de fuerzas en tensión, el viento que hace posible un lugar común, es el verbo que se hace carne, disolviendo el alma de un solo hombre, su sentimiento singular, en la gran alma de todas las cosas, en lo indiferenciado.

Así, lo arquetipal y lo simbólico son el gran fuego común que convocan éstas dos polaridades. Con ellas como puente, se hace posible que el inmenso y palpitante ojo del universo, habite con su escritura secreta en el latido diminuto de los pájaros, que el más tenue de los silencios o la más breve gota de lluvia, contenga toda el agua del océano y su canto rugiente.

En la poesía se viaja de manera inmediata desde el corazón a los asuntos. Mientras los ojos vierten la mirada en la piedra, las manos se ocupan de su talla divina y de su origen; o del viento azaroso y constelado que la trajo frente a sí.

El símbolo, hace que el barquito de papel, evoque el niño que duerme en todas las almas; o la rosa, evoque el enamorado que yace en todos los hombres; o la estrella, evoque la belleza toda que nos habita y nos circunda.

En la literatura como en la naturaleza, todo es rito. La nieve y el desierto en un poema, hablan de la soledad de un hombre, el verano y el fuego, de su pasión y su fuerza, el río es todos sus caminos o el tiempo infinito que fluye, el festejo de una melancolía es la desdicha entera de todos los espíritus, el cielo es el único cielo posible y el viento es todas las músicas y todas las flautas, un diminuto lugar de la tarde es todas las tardes y todos los lugares, y así el sol que brilla para uno solo , brilla para todos.

Todo lo que nos rodea es un verbo infinito, una correspondencia permanente e inmaterial con la belleza o con su ausencia, un aprendizaje del amor por el árbol y la piedra o una negación dolida por nuestra ceguera a su existencia. Todo viene y vá de nuestra pequeña madriguera del corazón hasta palpar la respiración del universo. Siempre en tensión de repetida creación, siempre el adentro un molde sagrado del afuera, siempre la distancia la suma de cercanías repetidas, el plan divino reiterado y multiplicado en el azar.

En la literatura , como en la naturaleza , un hombre es todos los hombres, cuando sueña o cuando vela, y una palabra contiene todas las lenguas y todos los poemas.

El mundo, inescrutable símbolo, vaso sagrado que todo lo contiene. Piadosa y misteriosa cifra que nos repite, que divulga nuestro secreto, nuestra intimidad a una eternidad permanente, para que el gran oído generoso nos albergue en su inmensidad, y nos devuelva en un regreso dulce, a morar el sencillo corazón de las cosas. Así será por siempre.


Claudia Cecilia Trujillo Barrera

Versión publicable

Versión publicable

Empezaba a sentir la inquietante sensación de que se trataba de una broma cuando por fin me hicieron pasar al escritorio. El personaje me saludó sin levantarse de su silla y me clavó una mirada penetrante que fue suficiente para derrumbar mi escepticismo. Su actitud bastó para convencerme de que si lo que tenía para decir no era inmediatamente verificable, era para él una verdad absoluta.

En esa primera entrevista, que ni siquiera fue publicada, lo mencionó como al pasar y cuando la desgrabé no me pareció importante. Por suerte acostumbro a conservar todas las cintas y el documento original no se perdió.

La segunda vez fue bien diferente: no paraba de hablar de Intimahuida. Todo lo que le quedaba por saber que, según sus propias palabras, era tanto como lo que ya sabía, lo encontraría en ese lugar. Tenía todo listo para el viaje y se mostraba eufórico. De eso se publicaron unas líneas dentro de un recuadro que no sabían en que sección incluir. Tuve que discutir arduamente para que le dieran un lugar junto a la ciencia.

Cuando me enteré que había vuelto de Intimahuida fui a entrevistarlo por mi cuenta, nadie en el diario pensó que valiera la pena molestarse por conseguir esa nota. Realmente había cambiado. Su mirada era huidiza y hablaba muy lentamente. De su viaje apenas dijo tres o cuatro cosas. Elegía cada palabra con mucho cuidado y parecía interesado en ser comprendido de la manera mas exacta posible. Yo, por mi parte, lo escuchaba con toda atención pero no fui capaz de entender cabalmente de que me estaba hablando ni mucho menos armar un texto que se pudiera publicar. Decidi olvidarme del asunto pero de todos modos, tal mi costumbre, conservé aquella cinta donde se decía aquello de los animales fantásticos, de Intimahuida y de la causa incausada.

No sé cómo vino a mis manos aquella revista de poesía. Lo notable fue que inesperadamente vi mencionado al alquimista y me enteré de su internación en el manicomio. A pesar de que no me interesa la poesía se me ocurrió leer algunas. La última, que firmaba un tal Mosquera, se titulaba "Viaje a Intimahida".

No sé cómo pude ir a verlo al manicomio. Un simple hospital me deprime terriblemente. Además, no tenía nada que ver con mi profesión, del diario ya me habían echado.

Aquella tarde me contó todo lo que no se había atrevido a decir en la entrevista anterior y me atreví a escucharlo. No había cerca ningún cuerdo que pudiera censurarnos y yo ya estaba libre de la obligación de extraer de su discurso una versión publicable. Su relato fue verdaderamente impresionante, pero no puedo decir que cambiase mi vida, tal mi secreta esperanza. Lo que sí la cambió fue un gesto que tuvo cuando nos despedíamos: me entregó un cuaderno que guardaba debajo de su cama y me pidió que lo conservara porque -según dijo- no escribiría más.

La publicación de sus poesías con un prólogo mio no me reportó ningún dinero pero si una cierta notoriedad en el ambiente literario y editorial que se acrecentó cuando alguien pretendió hablar directamente con el autor. Sólo lograban que contestara frases sueltas e incoherentes. Esto me convirtió en una suerte de heredero de su obra e incluso se llego a sospechar que en realidad la había escrito yo. Así fue como volvieron a ofrecerme interesantes trabajos como periodista y hasta conseguí publicar también unos cuentos que había escrito durante unas vacaciones.

Desde entonces paso mis días sin sobresaltos, aunque de las noches no puedo decir lo mismo. Nunca dejo de sonar que unos animales extraños y enormes me persiguen por un bosque o una selva. Ni siquiera pude salvarme esta mañana de vuelta de los festejos por el casamiento de mi hija: los monstruos me estaban esperando.

Por la tarde, mientras tomaba mate en silencio con mi mujer, terminé de decidirme: el lunes sin falta emprendo el viaje a Intimahuida. Después de todo ya pasé mucho tiempo siendo un hombre responsable y ahora tengo una hija convenientemente casada y un hijo con un buen empleo. Mi mujer tendrá que perdonarme y seguramente se va a consolar pensando que podrá traer a casa a alguna de sus tías indigentes.

A quien desee saber algo acerca de ese territorio misterioso llamado Intimahida lo remito al volumen de poesías del alquimista que me enorgullezco de haber prologado en su primera edición. Para el buen entendedor allí está todo. Yo saldré caminando por la vía, sin apuro. No esperen que les cuente el final de mi historia porque no pienso volver.

Ángel del Canto

Sobre las altas yerbas

Ese árbol hembra siempre ha estado ahí,
con su corteza limpia,
con su copa tendida a ras del aire,
con sus caderas curvas saltando sobre el suelo.

Porque no es un árbol más, fíjese bien,
no hay falda de montaña
ni tejado ni seto que la cubra
y además, trae un aire sereno y circunspecto
como si siempre hubiera estado ahí,
por encima del hombro, por encima del viento.

Dicen que es la mansión de Atabey,
que en su tronco, en su fronda,
hay casa para todos,
el lagarto, la hormiga, la araña, la bromelia,
el breve colibrí...,
y cuentan que al principio de los tiempos
de su cuerpo pendía la faz del firmamento.

Esa inmensa, magnífica montura
donde los niños sin caballo juegan,
esas monumentales coyunturas
donde el anciano halla reposo
y el cansado hila un rezo,
es la ceiba que vive desde siempre
en el umbral vidrioso de este pueblo.

La ceiba americana, la prodigiosa ceiba
que, como un acto de misericordia,
supera las fatigas de la noche,
conversa con las islas de la sombra
y en el vaso sureño del recuerdo
desborda los cuadernos de mi infancia.
La ceiba que se yergue como sombra liviana
sobre las altas yerbas...

Magaly Quiñones

Deber

Deber

La gloria no, pero sí el deber. La gloria no, ¿hay, por ventura, algo perdurable sobre la tierra? El mundo que rodaba entre Marte y Júpiter, del cual no quedan sino los restos, bogando ciegamente en el vacío, ese mundo ¿no fue morada de almas? Allí hubo lucha, allí hubo el hervidero de las pasiones; allí la ciencia, el arte, el derecho, se abrieron paso por entre lágrimas y sangre. Allí hubo calvarios y hogueras para los mártires; allí también ridículos y horribles tiranos se bebieron la sangre de los oprimidos. ¿Dónde está hoy la historia de ese mundo?, ¿dónde las estatuas que inmortalizaban las grandes victorias?, ¿dónde las maravillas de la música y de la poesía?, ¿dónde el culto tributado a los insignes bienhechores?

El deber sí. Obrar conforme a nuestra ley interior, no romper el concierto de las fuerzas, no ser la nota disonante en la eterna sinfonía de Dios.

Esta idea es el gran móvil. Por esta idea marchamos al par de todas las criaturas; va la espiga, y presenta su grano; va el pájaro, y ofrenda su canto; la abeja, y ofrece su miel; el huracán, y da sus alas para llevar los gérmenes; la tierra, y presta su savia; el hombre y tributa su pensamiento.

Esta obediencia es nuestro vasallaje al gran Rey, el único libre entre los seres.

Alberto Masferrer

Capiatá

Capiatá

José dejó el pueblo al salir el sol, no volvió la mirada porque la desesperanza tiene un horizonte mas amplio y lejano, la tierra roja hecha barro por la lluvia, agregó una suela más a las plantas descalzas y fue lo único que trató de pegarlo a su tierra.

Se fue porque pensaba que Capiatá (1) no tenía porvenir, ni pasado ni destino... no era más que una “escoba mal hecha”, “un puñado de paja”, una improvisación; tal como Capiatá significa en su lengua materna.

En el puerto de la ciudad, José esperó largo rato a ser llamado; otro obrero venido del Chaco, torpe como él fue increpado por el capataz: ¡Por lo lerdo que eres, tienes un atado de paja en vez de sesos!¡Pareces capiatá!¿Vos, de donde sos? le ladró el capataz: José en su nerviosismo sólo dijo: ¡De más allasito de San Lorenzo!

Julia llegó a la ciudad en la primera y única micro del día, sólo llevaba hambre, ignorancia y deseos de hacer algo, menos volver a Capiatá.

En el boliche, le indicaron donde necesitaban sirviente... La señora después de mirarla de arriba abajo, le ordenó servir el mate, labor maquinal que Julia había hecho desde niña a su madre y a la abuela, sin embargo, deslumbrada por los lujos de la casa, el vestido y los modales de Ña Serafina, la puso torpe y botó el agua, salpicando los pies de su patrona...¡Torpe! ¡Pareces capiatá! Ni siquiera alcanzas para typychá. (2) ¿De dónde vienes?, por instinto Julia dijo: De más acasito de San Bernardino.

El padre “pa’í” José María, más cansado que viejo, más decepcionado que enfermo, llevaba en su joroba el desencanto de muchos años, mirando cómo en las misas las goteras del techo, aumentaban en proporción inversa la asistencia de feligreses jóvenes.

Del pórtico miraba languidecer el día, entre los árboles descuidados de la plaza, donde pastaban mas vacas que paseantes. Y las casas de los costados, con puertas desvencijadas, sin pintar desde muchos años, ni siquiera ya para celebrar el día del patrono de la ciudad.

Cuando caminaba por los corredores de la pequeña iglesia, leyendo el breviario, repasaba más las desconchaduras de la cal de los muros, le sorprendían más las crecientes manchas del ladrillo rojizo que las páginas del breviario mil veces leídas. Pensaba que también crecían como tumores malignos los Comité de Adelanto de Capiatá. El uno presidido por el escribano y su esposa Emilia, al que convenía no hacer nada que significara delimitar sitios o desempolvar escrituras de propiedades, pues habría perdido un tercio de las quintas del pueblo.

El otro Comité, presidido por el cacique político, sólo favorecía con trabajos en la estancia, según los votos que aportaran por familia.

Doña Silvia, esposa del hacendado, se rodeaba de otras damas “benefactoras”, que ayudaban sólo a aquellas mujeres modestas que podían aportar hijas a las cocinas o a las camas de sus hijos. El único acuerdo entre los Comité era mantener las cosas como estaban para tener mano de obra barata y al pueblo controlado...

Y siguieron huyendo. Josefa dijo que era “de cerquita de Itauguá”. Raúl, “venía de el ladito de Areguá”, Rosa, “de Itá, más para el lado de Ypacaraí”, Pedro, apareció venido de “entre Itauguá y Aregúa”. Todos tenían en común la torpeza pueblerina, el ser comparados con unos “atados de paja”,¡un capiatá! Un dicho común y despectivo de los asunceños, que les empezó a doler como bofetada en las entrañas y les hizo ver por primera vez a su pueblo en la perspectiva de algo descarnado, sucio, despreciado.

Así, a los emigrantes, sin saberlo claramente, se les fue desarrollando el instinto de decir: “soy saliendo de”, “de más allasito de...” y Capiatá se fue transformando en un ombligo impreciso, rodeado de pueblos que, curiosamente, producían sólo en sus cercanías obreros y empleadas.

El padre “pa’í” José María murió una tarde tan muerta como todas las anteriores, junto con el último repique carraspiento de la campana, rota por la bala del cañón, allá por los tiempos de la Gran Guerra.

Capiatá sólo despertó por unos días de su letargo, tanto por los funerales del Pa’í, como por la interrogante sobre el nuevo cura que llegaría un ¿cuándo? Interés que se fue diluyendo en las copas de caña, las siestas, el tereré de las mañanas y de las tardes, el sueño nocturno, las siestas y los pocos quehaceres del día, a cargo de las mujeres. Y así, sólo el calor y el tedio siguieron lenta y laboriosamente cultivando la carcoma del pueblo.

Un sábado, junto con besar el anillo de Monseñor, el padre Renato, embotado por el calor y el viaje en barco, escuchó un saludo, y entre sorbos de tereré un discurso sobre los designios del Señor, que había llamado al santo padre José María a su lado y le enviaba al padre Renato a hacerse cargo de la parroquia de Capiatá, cuya primera misa, por la gracia de Dios, ofrecería mañana mismo, domingo, y con un “Ve con Dios hijo mío”; otra estirada de mano en un entre recibir el beso ritual al anillo y coger el tereré y el padre Renato se encontró esa misma tarde caminando con su maleta mas liviana que los recuerdos de su país vasco, desde la carretera hacia la iglesia, abriéndose paso entre el plomo fundido del aire y el sudor mercurial, cruzando un pueblo silencioso y vacío pero vigilante tras los visillos...

Ramiro, el sacristán, que sólo era un amasijo andante de despojos liados por trapos y caña, saldo de la Guerra del Chaco, no había terminado de repicar la campana, cuando el pueblo en masa ya llenaba la iglesia e incluso la vereda y parte de la plaza.

El padre “pa’í” Renato, en la prédica, con voz dura, les dio la bienvenida, les hizo notar que así como se presentaban bien arreglados para recibir al Señor, así debían presentarle su Casa, su Iglesia y que él, como pastor, se encargaría de arreglar el corral de sus ovejas... Y esa misma tarde, el pueblo sorprendido vio al pa’í Renato, sin sotana , arremangado y con la camisa abierta, encaramado en una escala, pintando con cal la fachada de la iglesia.

Unas mujeres se fueron acercando; la una, trajo más agua para la cal, la otra, una escoba y todas miraron de reojo y sin pecado la piel blanquecina y la musculatura del joven pa’í.

Llegaron dos viejos con brochas, otro con una bolsa de yeso y esa tarde no hubo misa, pero los muros empezaron a cobrar vida. El pueblo se acostó tarde, los comentarios pasaron del boliche a la calle, de la calle por los patios y, en la semana, la iglesia lucía como orquídea en un basural.

La epidemia de arreglos empezó por los contornos de la plaza, el escribano hizo repintar su puerta y fachada, pulió el bronce de su plancha el dueño del Copetín Flores, repintó el letrero, y Ña Sofía pintó de azul la fachada del almacén

El uno sacó sus vacas de la plaza, el otro, arregló los árboles, el de más allá puso tablones en las bancas y la mancha de aseo y adornos fue invadiendo el pueblo, los Presidentes de Juntas de Adelanto hicieron su parte, diciendo en voz alta que ellos habían pedido a Monseñor que enviara al cura “pa’í” Renato y en él habían delegado las funciones de coordinar el ornato de Capiatá, fuera de eso, dieron gracias a Dios que el padre fuera cosechador de almas y no de votos.

Ña Silvia, esposa del hacendado, invitó por primera vez a sus amigas de Asunción, a celebrar su cumpleaños en su casa quinta, a una cuadra de la iglesia...

En Asunción se supo que Capiatá era un pueblo muy acogedor, muy limpio, muy “de moda”, lo escuchó Julia, se lo contó a José y así el rumor se difundió y, cosa curiosa, las fábricas se fueron quedando sin obreros, las señoras sin empleadas.

Empezó un éxodo sin más explicaciones que una frase preñada de orgullo, lanzada al despedirse: ¡Me voy a mi pueblo! ¡Soy de Capiatá !


-Notas:
(1) Capiatá: Manojo, atado de ramas o de paja del guaraní: Capi: ramas, paja; Atá : manojo, atado.
(2) Typychá: escoba, en guaraní

Sergio Gacitúa Montecinos

La flor de la enredadera

La flor de la enredadera

Se revolvía en el lecho en un sueño atormentado.
¿Por qué los patrones ricos se marchan al extranjero y dejan deliberando solo a un pobre anciano que nunca ha dado un paso que no vaya fundado en una orden?
-¿Debo arrancarla? -se preguntaba el viejo con los ojos abiertos a la noche. El mayordomo dice que destruye los muros, que daña el edificio. Lupe, el maestro del jardín vecino, asegura que es una enredadera sin valor ni belleza, que es una planta inútil… Y acostumbrado a realizar el pensamiento de otros, cogía entre sus manos el hachón para arrancar las guías que se pegaban al frente de la casa. Una vez desprendida, aflojaría la tierra y sacaría la enredadera de raíz.
Hacía tres noches que se revolvía en la cama con este pensamiento. El año anterior, en esta época, le había sucedido igual cosa.
Diez días luchó atormentado sin saber si debía o no arrancarla. Y la dejó. Esta vez sería igual y el año siguiente sucedería lo mismo, y así, año tras año.
-El patrón te enrostrará que por flojera o descuido habrás destruido el muro de la casa y será preciso hacer una reparación costosa -oía la voz del mayordomo-. Planta allí un arbolillo que se tenga en pie solo, que dé flores o fruto.
Pero el mayordomo nada sabía de plantas. Su arte era darles lustre a los pisos, a los metales, a los vidrios de la casa. Conocía los trucos para dejar relucientes y nuevos todos los artículos sin vida, y no apreciaba las ramas ni las flores en las matas, sino puestas en los jarrones, bien escogidas, con tallos del mismo largo y repartidas equilibradamente.
Y sin embargo… acaso tenía razón.
Cogía el viejo jardinero el hachón y, arrastrando sus pies que no podían ya desprenderse del suelo, se encaminaba hacia la enredadera.
-Es cierto -se decía, sintiendo flaquear entre sus dedos la herramienta-, no da ninguna flor. Nadie se detiene a mirarla ni me ha pedido jamás un brote de ella para reproducirla, y sus brazos cansados parecían advertirle que no podría levantar el hacha para derribarla.
Era de noche. No había luz ni estrellas, y sin embargo la noche estaba clara. Con una claridad incomprensible, como la del agua.
La trepadora se extendía sobre el muro como un prado de hierba que crece vertical y le ocultaba de la vista, dañándolo por cierto.
Hizo un esfuerzo: alzó en alto el hachón para dejarlo caer entre las ramas sin vacilar, y de pronto se detuvo.
Una golondrina había ido a posarse en el filo de la herramienta.
-¡Eh! ¡Vete! -le dijo el viejo-. ¿No ves que puedo partirte en dos…? -Pero la golondrina no se movió.
-No es mi intención matarte, pero si insistes en mantenerte sobre el filo del hacha vas a morir, porque he venido a derribar esta enredadera…
-Si es así -dijo la golondrina- no me importa morir si he de amortiguar el golpe. Entre sus ramas está el nido de mis pequeños, y al arrancarla del muro morirán todos.
-Mi deber es cuidar que mis plantas no estropeen la morada del patrón, no la tuya -dijo el jardinero.
-El año pasado era yo quien estaba en ese nido, y si hubieras venido con el hacha, mi madre habría hecho por mí lo que yo hago por mis hijos. Y una ño antes mi abuela… Y así año tras año. No la arranques, viejecito; en ella está la semilla de veinte generaciones de golondrinas -suplicó.
Con un gesto violento hizo perder su equilibrio al pájaro y libró el filo de él. Una vez más levantó en alto el hachón, y, en el preciso instante de dejarlo caer, sintió un cosquilleo en el cuello.
Bajó la herramienta, y buscó con la mano al inoportuno bicho.
Entre los gruesos dedos del jardinero, un grillo se retorcía angustiado.
-Bicho odioso -dijo el viejo, haciendo un gesto para lanzarlo lejos; pero el grillo permaneció pegado a su dedo como una verruga.
-No arranques la enredadera -suplicó el insecto-; en ella nos ocultamos para cantar, y escalamos el muro entonando los himnos más alegres y optimistas de la noche.
Con la otra mano cogió el viejo al grillo y lo desprendió de su dedo sin responder.
Todavía otra vez alzó en el aire su herramienta, pero su mango se había cogido, enredado en los hilos de una telaraña.
-No te dejaremos derribar la trepadora -dijeron las arañitas verdes pintadas de amarillo y rojo-. A esta enredadera debemos tantos favores que seríamos ingratas en dejarla morir sin defenderla. Si la destruyes, te envenenaremos la sangre.
-Eso no importa -dijo el jardinero-, el deber es uno -y cortó las hebras pegajosas de la tela.
En ese instante asomaron de entre las hierbas unas cuantas cabecitas impertinentes y de ojos inquietos. Eran las lagartijas y los lagartos.
-¿Es posible que vayan a destruir nuestro refugio? -preguntaron incrédulos-. ¿Es posible que vayan a robarle todo su atractivo al sol, dejándonos sin sombra todo el día?
-!Ea! -exclamó el jardinero con una terquedad que no le era habitual-. Sería lo último que entrara yo en consideraciones con los bichos y pájaros, y que por proteger sus costumbres descuidase el interés de mis patrones -y cerrando los ojos, para no ver más opositores a su resolución, alzó de un gesto el hacha y la dejó caer de un solo golpe.
Con verdadero terror sintió rodar una avalancha de arenilla.
-He destruido el muro -dijo atemorizado, poniéndose frío.
-Yo te he obligado a ello -habló la casa-.
Tú no sabes lo que haces al querer derribar esta trepadora. Ella cubre mi enlucido descascarado y sucio, ella protege mis muros contra la humedad y los cálidos rayos del sol, ella me abraza y sostiene, se extiende como un águila grande con sus alas abiertas para amparar mi vejez, y me refresca en verano y me entibia en invierno. No sabes comprenderla. Ella disfraza su generosidad: bajo la apariencia de que se apoya en mí, egoístamente, bajo un aspecto absorbente y acaparador, es ella quien se desvive por nosotros. Parece buscar apoyo, y entretanto es ella quien nos lo da. Tú no la comprendes. Pero ahora que ya has destruido el muro, le salvarás la vida.¿Verdad?
El jardinero dio un paso atrás. El hacha había caído a sus pies y las gotas de transpiración asomaban a su frente. Había estado a punto de cometer una torpeza tan grande, que aún no se recobraba del horror de lo que pudo hacer.
Con sus rodillas temblorosas, volvió sobre sus pasos.
Cuando se hubo marchado, la golondrina, el grillo, las arañitas y los lagartos se agruparon en torno de la herida del muro de la casa.
-A ti debemos nuestra felicidad -dijeron en coro, con lágrimas en los ojos-. Tú eres la que en verdad te has sacrificado por nosotros -lloraron de emoción y reconocimiento.
A la mañana siguiente, al despuntar el alba, despertó el jardinero con esta preocupación: Debo cavar un poco la tierra en torno a la enredadera. Acaso cuidándola, llegue algún día a florecer -y se encaminó hacia ella a remover la mala hierba que entorpecía sus raíces.
Cuando a mediodía alzó los ojos para suspender su trabajo e irse a merendar, quedóse perplejo: entre las hojas verdes de la enredadera, en el punto preciso donde en su sueño dejara caer el hacha, había surgido como un milagro una hermosa flor. Una florecilla blanca y transparente como una lágrima.
Y cuando los vecinos se detuvieron sorprendidos a admirarla, el viejo sonreía misteriosamente.
-Es una flor muy distinguida y elegante -dijo el mayordomo-. Es preciso cultivar esta enredadera, porque pienso decorar con sus flores la mesa de los patrones el día de su regreso.
Y el corazón del viejo se llenó de contento y de satisfacción, aun cuando a nadie reveló el secreto de esa flor.
¿Quién comprendería jamás que había nacido de unas cuantas lágrimas de reconocimiento derramadas por una golondrina, un grillo, una arañita y algunos lagartos, y que había brotado en la herida del muro de la casa?

Marcela Paz

Agua sexual

Rodando a goterones solos,
a gotas como dientes,
a espesos goterones de mermelada y sangre,
rodando a goterones,
cae el agua,
como una espada en gotas,
como un desgarrador río de vidrio,
cae mordiendo,
golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del alma,
rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.

Solamente es un soplo, mas húmedo que el llanto,
un liquido, un sudor, un aceite sin nombre,
sin movimiento agudo,
haciéndose, espesándose,
cae el agua,
a goterones lentos,
hacia su mar, hacia su seco océano
hacia su ola sin agua.

Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero
bodegas, cigarras,
poblaciones, estímulos,
habitaciones, niñas
durmiendo con las manos en el corazón,
soñando con bandidos, con incendios,
veo barcos,
veo árboles de médula,
erizados como gatos rabiosos,
veo sangre, puñales y piernas de mujer,
y pelos de hombre,
veo camas, veo corredores donde grita una virgen,
veo frazadas y órganos y hoteles.

Veo los sueños sigilosos,
admito los postreros días,
y también los orígenes, y también los recuerdos,
como un párpado atrozmente levantado a la fuerza
estoy mirándo.

Y entonces hay este sonido:
Un ruido rojo de huesos,
un pegarse de carne,
y piernas amarillas como espigas juntándose.
Yo escucho entre el disparo de los besos,
escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos.
Estoy mirando, oyendo,
con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma en la tierra,
y con las dos mitades del alma miro al mundo.

Y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente
veo caer un agua sorda,
a goterones sordos.
Es como un huracán de gelatina,
como una catarata de espumas y medusas.
Veo correr un arco de iris turbio.
Veo pasar sus aguas a través de los huesos.

Pablo Neruda

De la ficción

De la ficción

En la “Declaración: testimonio sobre una Enfermedad” que precede a El almuerzo desnudo, William Burroughs anotó: “La mayoría de los supervivientes (de la drogadicción) no recuerdan su delirio con detalle. Al parecer, yo tomé notas detalladas sobre la Enfermedad y el delirio. No tengo un recuerdo preciso de haber escrito las notas que ahora se publican con el título El almuerzo desnudo sugerido por Jack Kerouac”. El ídolo de los beats salía de 15 años de fumar, comer, aspirar, inyectarse y/o introducirse en forma de supositorio todo tipo de droga y no pocos lectores y críticos sostienen que, en efecto, la escritura de ese texto fue dictada por los demonios de la morfina, el opio o el demerol. El propio autor dice no recordar que lo había escrito.

El cineasta canadiense David Cronenberg no se apartó de ese paisaje en su película de 1991 basada en El almuerzo desnudo: en vez de dimanar del texto, el argumento versa sobre el proceso de escribirlo y se deduce entonces que Burroughs creó la novela fuera de sí, drogado, y no como recuerdo de un delirio, sin duda alimentado por su imaginación y por los restos o la sombra del delirio. En carta a Jack Kerouac del 4 de diciembre de 1957, Burroughs lo felicita por el éxito de En el camino y describe su jornada: “Estuve trabajando hasta diez horas por día... Mucho mejor así... Te lo iré mandando (el manuscrito de El almuerzo...) a medida que lo pase a máquina. Una tremenda cantidad de trabajo, pero no hago ninguna otra cosa. Ni sexo, nada de trago, no veo a nadie. Sólo trabajo y fumo un poco de kif”. O quif, ese cáñamo indio muy alejado de la droga dura. Del mismo modo produjo Kerouac En el camino. El mito quiere que lo hizo en tres semanas con benzedrina como combustible de su pluma. En cambio, escribió y reescribió la novela durante largos meses y en perfecto estado de abstención.

El concepto de la droga como detonante de la creación literaria conoce antecedentes fabricados en ocasiones por el propio autor. Un ejemplo ilustre: Wilkie Collins y La piedra lunar. En opinión de Borges, esa novela extraordinaria “no sólo es inolvidable por su argumento: también lo es por sus vívidos y humanos personajes”. En la de T.S. Eliot, “no hay novelista de nuestra época que no pueda aprender algo de Collins sobre el arte de interesar al lector”. Y bien: el desarrollo de la composición de La piedra lunar –afirma Alethea Hayter en “Opium and the Romantic Imagination”– es una de las demostraciones “más terminantes de cómo un escritor concibe una obra maestra bajo el imperio del opio”. Este aserto se basa en conversaciones de Collins recogidas por amigos y en lo que él afirma en el prólogo de la obra, es decir: durante la escritura de la novela sufría fuertes dolores por su gota reumática y los aliviaba con mucho láudano, ese extracto de opio ingerible en vino blanco y especias.

Collins dictaba su invención a un secretario –prosigue Hayter– que terminó renunciando al empleo porque no soportaba el espectáculo del escritor acuñando personajes y episodios entre gritos y gemidos. Lo mismo sucedió con el secretario siguiente, hasta que una mujer tomó el relevo y llevó a buen puerto la tarea. Según esta versión, Collins, una vez repuesto, no reconoció el manuscrito y se mostró asombrado por el final, que en verdad es asombroso. El hecho de que “esta novela, rigurosamente construida y controlada, pudo ser escrita en tales condiciones destruye la teoría de que el opio impide necesariamente que un escritor haga su trabajo”, concluye Alethea, palabra que curiosamente en griego antiguo significa “verdad”.

La verdad sería más bien otra: hace unos 20 años la investigadora estadounidense Sue Lonoff revisó el manuscrito de La piedra lunar y encontró que sólo siete de sus 413 páginas no pertenecen a la mano de Collins. El resto, con excepción de 11 páginas a lápiz, recoge la nítida escritura en tinta del autor y registra sus correcciones, agregados y tachaduras. Se disipa la leyenda de los amanuenses espantados. Y si, como parece Collins mismo fabricó la versión, no hizo más que repetir la especie de Walter Scott dictando La novia de Lammermoor desde la cama, apagando sus graves dolores de estómago con la ingestión de cantidades industriales de láudano. Así lo contaba Walter Scott. Pero las cuatro quintas partes del manuscrito de esa novela están fijadas por la mano del autor.

¿Por qué Scott, Collins, Burroughs, otros novelistas drogadictos que escribían después de la experiencia de la droga, no durante, practicaron además esa ficción? ¿Enaltecían su adicción pretendiéndola al servicio del arte? ¿Quisieron robustecer la idea al uso de ciertos lectores, ciertos críticos, de que escribir es una suerte de acto mágico? ¿Disimular las dificultades, angustias, vacíos y padecimientos de tan duro oficio, para llamarlo de algún modo? El opio y la morfina no saben escribir.


Juan Gelman

Leer en voz alta

Leer en voz alta

Muchas noches, antes de dormir, nos leíamos en voz alta la una a la otra. Me lo propuso ella. Decía que era una forma más de compartir. Yo siempre había concebido la lectura como un acto íntimo, pero ambas amábamos los libros y yo la amaba a ella, y no encontré ninguna razón para negarme.
A mí no me gusta leer en voz alta. El sonido de mi voz y el esfuerzo de leer despacio, pronunciando bien y entonando las frases, me distraen, y termino pensando en otra cosa mientras leo. Tampoco me gusta que me lean en voz alta. Si quien lee no consigue engancharme con un ritmo constante y una buena voz, se me va el santo al cielo enseguida.

Aun así, desde entonces, muchas noches, antes de dormir, nos leíamos en voz alta la una a la otra.

El primer libro lo eligió ella. No recuerdo el título, pero sí que el texto estaba lleno de términos franceses que yo no sabía pronunciar. No lo acabamos nunca porque nos aburrimos mucho antes.

Abandonamos aquel libro y escogimos una novela italiana que sólo nos duró una noche porque nos gustó tanto que leímos sin parar, turnándonos. Bueno, en realidad a quien le gustó mucho fue a mí, y era yo la que no podía dejar de leer. Así que leí y leí sin parar.

Seguramente aquella noche leí muy mal. Hacía horas que ya no estaba en ese apartamento caluroso y minúsculo de Madrid, sino en otra ciudad inventada. Y había dejado de preocuparme por la vocalización, la entonación o el ritmo: sólo quería conocer la suerte de los personajes. Sobre todo la de aquella mujer que abandonaba su vida entera para que se cumpliese su destino desconocido.

Así, leyendo sin parar, llegué al penúltimo capítulo. Y leí. Y lloré. Y lloré. Y leí. Y cuando llegué a la página siguiente, al final del capítulo, me detuve.

Ella se había quedado dormida.

Berna Wang

Pesadilla

Pesadilla

Cada diez días es el mismo sueño. No sé dónde sucede; creo que es un hotel de Amiens, o de Colonia, o de Tetuán. Una mujer muy joven y muy hermosa, desnuda, sentada en una cama cubierta con una sábana roja, lee frente a mí, en una hoja de papel A-3, uno de mis poemas (no sé cuál). Tiene los ojos empañados y me dice: "Es precioso, Elías, es precioso..." Repite esta frase continuamente, con una pausa de algunos segundos, y sin decir ninguna otra cosa.

Yo no me canso de oírla ni de mirarla, pero pasados diez años tengo que admitir algo de lo que me di cuenta al poco tiempo: dos o tres centímetros por debajo de la rodilla, sus bellísimas y largas piernas se transforman en patas que terminan en pezuñas de un marrón oscuro casi negro.

Entonces tengo miedo y quiero salir de la habitación, pero la habitación no tiene puertas ni ventanas. Me doy vuelta para no mirarla; quiero estar en mi casa, con mi gente, escribiendo en la vieja mesa; busco mi bolígrafo y mi libreta, pero cuando miro mi mano veo que no está, que el brazo termina en la articulación de la muñeca. La muchacha no ha parado de repetir la misma frase. La miro de nuevo y veo que sigue igual, pero su cabeza está invertida, y las lágrimas caen por la frente y por el largo cabello rubio que se derrama sobre los senos.

Me despierto físicamente enfermo, y con deseos de que mis compañeras falten al trabajo y esté yo solo y haya mucho quehacer, y me doy una ducha helada y recorro todos los canales de televisión y me acuerdo de mi infancia, cuando rezaba.

Elías Gómez García

Desgarro

Esa sencilla mirada
Invadida por el incansable despliegue
de las piezas de ajedrez de los dueños del poder...
Mis ojos sin sorpresa alguna observan la segunda conquista
que sufre mi tierra.
Desgarro.
Y sin embargo, en ciertas ocasiones
esa mirada, se desvía de la senda impuesta
soberanamente por mi alma.
Busca colores por entre el mar.
El de tus ojos.
Los sabe brillantes, eso sí, interminables y solidarios.
La muerte de un compañero laburante...
La sencilla mirada se detiene nuevamente.
Impotencia y rabia crecientes.
Malditos adoradores del dinero, destronadores de fe.
Pagarán.
Y la mirada continúa su búsqueda o su destino
que pertenece al orden de la realidad, del amor
y descubre que el mar termina
allí,
en ese exacto lugar,
donde la lucha comienza.

Sandra Mariel Lavallen

Internet

Internet

Si decidís publicar vuestra obra literaria en alguna de las cientos de páginas que ofrecen este simulacro de edición, tened en cuenta que vuestros derechos no cambian, son los mismos que en formato libro. Pese a ello, la publicación en una página web presenta varias peculiaridades:

• Al permitir que vuestra obra sea publicada en una página web, también estáis permitiendo la copia privada del visitante, y la posibilidad de que este la imprima. La ilegalidad comienza con la posible venta o distribución de estas copias, no con su uso privado. Lo mismo ocurre con la transformación de la obra, no está permitida para el dueño de la página web pero si para el visitante, siempre que mantenga la privacidad.
• Por la gran movilidad de las páginas de Internet, y por su carácter transnacional, la competencia de los Tribunales en caso de litigio presenta grandes problemas prácticos. Conviene que al realizar el contrato quede clara la sumisión de las dos partes a los Tribunales de una localidad determinada o a un órgano de arbitraje. Así os ahorráis futuros problemas.

Recaredo Veredas Rojo, del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid

El fisco

El fisco

Lo dividimos en dos apartados:

• Premios literarios: Los premios tienen las retenciones habituales de cualquier ingreso profesional. Algunos están libres de tan insidiosa carga, pero lo suelen especificar en las bases. Si estás dado de alta como asalariado se imputarán como ingresos profesionales en la declaración de la renta anual. Si has conseguido darte de alta como autónomo, lo imputarás en las declaraciones trimestrales de IRPF.
• Adelantos, derechos: Si no trabajas para una radio o televisión, todos los trabajos literarios o periodísticos están exentos de IVA. Al igual que ocurre con los premios, el profesional autónomo deberá hacer constar sus ingresos en la declaración del IRPF. El autor que no esté dado de alta como autónomo, los imputará como ingresos profesionales en la declaración anual.

Recaredo Veredas Rojo, del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid

Seguridad Social

Seguridad Social

La mejor solución si te consideras un profesional de la escritura es darte de alta como autónomo, pero antes deberás superar una dura prueba:

• Publicar cinco libros por cuenta ajena en ediciones españolas, con tirada no inferior a 2.000 ejemplares y percepción no inferior a 900 euros en concepto de premios o derechos de autor (se sobreentiende que por cada libro).
• Los colaboradores de prensa deben justificar el alta con dos o más publicaciones.

Recaredo Veredas Rojo, del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid

El registro

El registro

Si vas a editar en cualquier medio o si va a ser leída por amigos poco fiables, regístrala. No aporta una seguridad absoluta (hay otros medios de registro como el notarial), pero en caso de pleito con un plagiario, es el único medio que te da presunción de certeza. Es decir, son los otros, los que no han registrado la obra en litigio, quienes deben probar que el libro es suyo.

En cualquier caso podéis utilizar el signo © (copyright) con independencia de si la obra está registrada o no.

En España, el Registro General de la Propiedad Intelectual, que además dispone de sedes provinciales, está en: C/ Zurbarán, 1. 28010 - Madrid. Tf.: 915930870

- La inscripción

La inscripción puede ser realizada por:

• El autor o autores de la obra a inscribir.
• El titular o los titulares de los derechos de propiedad intelectual de esa obra (se refiere a los titulares de los derechos de explotación, ya hemos visto que los derechos morales sólo pertenecen al autor y, en determinadas circunstancias, a los herederos).
• Representante suficientemente acreditado que actúe en lugar del autor o autores o del titular de los derechos de explotación. Lógicamente, deberá presentar la documentación que demuestre su apoderamiento.

- La obra a registrar

Debe estar encuadernada, con las páginas numeradas, debe constar el título y nombre del autor en la portada.

Recaredo Veredas Rojo, del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid

La edición

La edición

- Contrato de edición

Al firmar el contrato de edición, el autor cede el derecho de reproducción y distribución de la obra contratada. El editor queda obligado a realizar estas actividades por su cuenta y riesgo. O sea, que es responsabilidad suya.

Cláusulas imprescindibles. Son las siguientes:

• Si la cesión del autor al editor es exclusiva.
• Su ámbito territorial.
• El número máximo y mínimo de ejemplares que alcanzará la edición. Si esta cláusula no se incluye, el contrato es nulo.
• La forma de distribución de los ejemplares y los que se reserven al autor, a la crítica y a la promoción de la obra.
• La remuneración del autor. Si no se especifica, el contrato es nulo.
• El plazo para la puesta en circulación de los ejemplares de la única o primera edición, que no podrá exceder de dos años contados desde que el autor entregue al editor la obra en condiciones adecuadas para realizar la reproducción de la misma.
• El plazo en que el autor deberá entregar el original de su obra al editor.

- Claúsulas imprescindibles (sólo en formato libro). Son las siguientes:

• La lengua o lenguas en que será publicada la obra. A falta de mención, la cesión sólo comprende la lengua original.
• El anticipo a conceder, en su caso, por el editor al autor a cuenta de sus derechos.
• La modalidad o modalidades de edición y, en su caso, la colección de la que formarán parte.

- El encargo

El dinero recibido por una obra encargada, puede considerarse un anticipo de lo que el autor cobrará por la edición, si esta se produce.

- Dinero

La renumeración al autor puede realizarse de dos modos, a tanto alzado y proporcional a las ventas. La más normal es la segunda. Si, llevado por la desesperanza, aceptas publicar tu obra por un precio irrisorio e, inesperadamente, se convierte en el éxito de la temporada, puedes exigir una revisión de la cantidad pagada.

- Obligaciones del editor. Son las siguientes:

• Reproducir la obra en la forma convenida, sin introducir ninguna modificación que el autor no haya consentido y haciendo constar en los ejemplares el nombre, firma o signo que lo identifique.
• Someter las pruebas de la tirada al autor, salvo acuerdo en contrario.
• Distribuir la obra en el plazo y condiciones estipulados.
• Asegurar a la obra una explotación continua y una difusión comercial conforme a los usos habituales en el sector de la edición.
• Satisfacer al autor la remuneración estipulada y, cuando se haya optado por el sistema proporcional a las ventas, al menos una vez cada año, la oportuna liquidación.
• Restituir al autor el original de la obra, objeto de la edición, una vez finalizadas las operaciones de impresión y tirada.

- Obligaciones del autor. El autor también tiene obligaciones, no va a ser todo llegar y cobrar:

• Entregar al editor la obra dentro del plazo convenido, y en una forma adecuada para su reproducción.
• Responder ante el editor de la autoría y originalidad de la obra y del ejercicio de los derechos que le hubiese cedido.
• Corregir las pruebas de la tirada, salvo pacto en contrario.

- Modificaciones en el contenido de la obra

Durante el período de corrección de pruebas, el autor podrá corregir su obra tanto como quiera, siempre que las modificaciones no la alteren sustancialmente, ni eleve el coste de la edición hasta límites excesivos. El contrato de edición podrá prever un porcentaje máximo de correcciones sobre la totalidad de la obra.

- Saldo y destrucción de la obra

Introducimos este apartado a título simplemente informativo. Sabemos que ninguno de los escritores que acuden a esta página saldarán sus libros, ni contemplarán como desaparece su obra bajo el peso de una trituradora.

• El editor no podrá, sin consentimiento del autor, vender como saldo la edición antes de dos años de la primera puesta en circulación de los ejemplares.
• Transcurrido dicho plazo, si el editor decide vender como saldo los que le resten, lo notificará al autor, quien podrá adquirirlos igualando el precio de saldo o, en el caso de remuneración proporcional, percibir el 10 por 100 de la facturación del editor. La opción deberá ejercerla dentro de los treinta días siguientes al recibo.
• Si, en vistas del absoluto fracaso, el editor decide destruir el resto de los ejemplares de una edición, deberá también notificarlo al autor, que podrá exigir que se le entreguen gratuitamente todos o parte de los ejemplares. El autor, en cualquier caso, no podrá intentar mejor suerte revendiendo los ejemplares.
Resolución del contrato por el autor
• El escritor podrá resolver su contrato de edición, sin perder derecho a las indemnizaciones que le correspondan, en los siguientes casos:
• Si el editor no edita la obra en el plazo y condiciones convenidos.
• Si el editor no somete las pruebas al autor, no asegura a la obra la necesaria explotación y difusión, si no paga la necesaria liquidación anual de sus derechos o se niega a dar datos de las ventas.
• Si el editor procede a la venta en saldo o a destruir los ejemplares que le resten de la edición, sin cumplir los requisitos que antes mencionamos.
• Si el editor cede sus derechos a un tercero.
• Cuando haya previstas varias ediciones y, agotada la última, el editor no haga la siguiente edición en el plazo de un año desde que el autor le requiera. Una edición se considerará agotada cuando el número de ejemplares sin vender sea inferior al 5 % del total de la edición y, en todo caso, inferior a 100.
• En los supuestos de liquidación o de cambio de titularidad de la editorial, siempre que no se haya iniciado la reproducción de la obra, devolviendo el autor, en este caso, las cantidades percibidas como anticipo.

Recaredo Veredas Rojo, del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid

Tus derechos

Tus derechos

- Derechos morales:

Aparte de los derechos evaluables en dinero (Derechos de explotación), el autor posee derechos morales, irrenunciables, sobre su obra. Son los siguientes:

• Decidir si su obra ha de ser divulgada y en qué forma.
• Determinar si tal divulgación ha de hacerse con su nombre, bajo seudónimo o signo, o anónimamente.
• Exigir el reconocimiento de su condición de autor de la obra.
• Exigir el respeto a la integridad de la obra e impedir cualquier deformación, modificación, alteración o atentado contra ella que suponga perjuicio a sus legítimos intereses o daño a su reputación.
• Modificar la obra, respetando los derechos adquiridos por terceros y las exigencias de protección de bienes de interés cultural.
• Retirar la obra del comercio, por cambio de sus convicciones intelectuales o morales, previa indemnización de daños y perjuicios a los titulares de derechos de explotación (normalmente, el editor).
• Acceder al ejemplar único o raro de la obra, cuando se halle en poder de otro.
Transmisión por fallecimiento de los derechos morales:
Tras el fallecimiento del autor, el derecho al reconocimiento de la obra y el respeto a la integridad de ésta pasan a sus herederos durante 60 años.

- Derechos de explotación:

Aparte de estos bonitos, pero poco lucrativos, derechos, el autor tiene la lejana posibilidad de conseguir algo de dinero mediante la cesión de los derechos de explotación. Es decir, editando la obra. Son los siguientes:

• Reproducción: Fijación de la obra en un medio que permita su comunicación y la obtención de copias. Se refiere a la edición, tanto por en papel, como en Internet, CD Rom, o en cualquier modo imaginable. Nadie puede editar tu obra sin que lo autorices.
• Distribución: Es la puesta a disposición del público del original, o copias de la obra mediante su venta, alquiler o préstamo. La distribución es el paso siguiente a la edición, nadie edita por amor al arte.
• Comunicación pública: Es el acto por el que una persona o pluralidad de personas (lo que depende, básicamente, de la habilidad para las relaciones públicas del convocador) puede acceder a una obra sin distribución previa. Este concepto incluye las lecturas, las representaciones... Vulnera la ley cualquier comunicación pública realizada sin permiso del autor.
• Transformación: Comprende su traducción, adaptación o cualquier otra modificación de la que se derive una obra diferente. El autor puede permitirlas o denegarlas.

- Transmisión por fallecimiento de los derechos de explotación:

Los derechos de explotación duran toda la vida del autor y, para los afortunados herederos, 60 años después de su muerte. Después pasan al dominio público. Si el autor fallece sin herederos, ahí está el Estado para quedarse con ellos.

- Transmisión de los derechos de explotación en vida del autor. Tened en cuenta las siguientes peculiaridades:

• La falta de mención de plazo limita la transmisión a cinco años.
• Si el ámbito territorial de la cesión no se concreta, se limita al país donde se realiza el contrato.
• Son ilícitas las estipulaciones por las que el autor se compromete a no crear obra alguna en el futuro y aquellas por las que cede los derechos del conjunto de su obra aún no escrita. Los contratos eternos son ilegales.
• La transmisión se limita a medios de comunicación conocidos en el momento de la firma del contrato. Esto es importante, por ejemplo, periodistas del New York Times demandaron al periódico cuando publicaron sus artículos en formato CD ROM, por que consideraban que no habían cedido sus derechos para ese formato, desconocido en el momento de la contratación. Perdieron, en España habrían ganado.

Recaredo Veredas Rojo, del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid

Autor

Autor

En España la propiedad intelectual está regulada, básicamente, en la Ley de 12 de abril de 1996, es un texto bastante sencillo. Por si no queréis enfrentaros a ella directamente, os ofrecemos esta breve explicación de sus aspectos más importantes.

La propiedad de una obra corresponde al autor. Parece una perogrullada pero, como veremos más adelante, sólo lo parece.

¿Qué es un autor? La Ley de Propiedad Intelectual lo define como la persona que crea una obra literaria, artística o científica. Salvo que se demuestre lo contrario, la autoría se demuestra mediante la firma o signo equivalente. La equivalencia con otros signos adquiere gran relieve ante la gran difusión de Internet y la firma electrónica. Si no hay firma, o sea, si la obra es anónima, los derechos corresponden a quien saca la obra a la luz, siempre que el autor o sus legítimos herederos otorguen su consentimiento y no decidan romper su secreto.

Si participas en un libro en colaboración, los derechos corresponden a todos los autores. También serán todos los autores quienes tendrán que dar su consentimiento para divulgar o modificar la obra. Si no perjudica a la obra conjunta, cada uno puede explotar por su cuenta la colaboración.

Recaredo Veredas Rojo, del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid