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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2004. 04/12/2004Poema de Navidad¿No tenés un juguete para mí? dijo el gurí zambullido en la basura desde un tacho que hace años parece fue carmesí. Y no supe que decir dije no y dije sí. Como una aguja en el pecho me dio pena y me escurrí. Entre las sombras se van nadando por la piscina de mi ciudad. Cada avenida una zambullida buscando un sueño que haga jugar. Es que un juguete es como reír. Los niños pobres van a pedir. Los Reyes Magos duermen en shoppings ellos lo saben, no son de aquí. Los niños pobres van a pedir y el mundo rico le pone rejas y los juguetes quieren venir pero están presos, no pueden ir. ¿No tenés un juguete? Y Él dirá: "Por cada juguete que des a cada uno de estos niños y niñas, me lo estás dando a Mí" Mt. 25, 31 y ss. Y yo le pregunté al gurí - ¿Cómo te llamas?- Y me contestó - "Jesús de Uruguay, hijo de María". Y cuando los sabios vieron la estrella se alegraron mucho. Luego entraron en la casa y vieron al niño con María. Abrieron sus cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra". Mt. 2,10-11 Nosotros, los cristianos hoy, abriremos nuestros cofres. ¿Qué tienen los cofres? ¿Serán paquetes que trajimos del shopping? ¿Qué nos daremos? Jesús se hizo casi basura para reciclar la vida entonces: una reciclada Navidad. Juan Damián 04/12/2004 11:39 Permalink. Tema: Versos actuales Navidad en los Territorios Ocupados La aldea estaba ocupada, las tiendas cerradas, las oficinas de asistencia social bombardeadas, su propio hogar en ruinas y José sin trabajo. Nadie tenía suficiente dinero para contratar a un carpintero. Y aunque lo hubieran tenido, los ocupantes no permitían ni nuevas construcciones ni reparaciones, ni siquiera poseer materiales de construcción. Cuando María salió al alba, el aire gélido le mordió la piel y se envolvió estrechamente el cuello y las mejillas con su chal. Fue al pozo y llenó su cubo con agua. Le costó agacharse, su voluminoso abdomen era un obstáculo. Toda la noche había tenido espasmos y sabía que el momento decisivo se acercaba. Habían tratado de encontrar un sitio donde estar, pero sus parientes vivían en la aldea vecina, en un sitio llamado Belén. Los caminos principales estaban bloqueados por tanques y vehículos blindados, con soldados armados de fusiles automáticos. José se lavó la cara y le ayudó a acostarse sobre la frazada que cubría el piso de tierra de su tienda de campaña improvisada. Le pasó su mano callosa por los cabellos y le dio unas cariñosas palmaditas en el estómago. María sonrió, a pesar de su malestar. Era sólo una muchacha, de unos dieciocho o diecinueve años, más joven que el barbudo José. -Hablé con Sami, el pastor. Acepta llevarnos por los senderos a Belén esta noche. José empaquetó sus pocas pertenencias. A medianoche, María montó el burro, José cargó sus cosas y Sami los guió por los campos. Cada paso por el rocoso sendero por el que ascendían, era una cuchillada en las entrañas y piernas de María. Al aproximarse a Belén vieron una potente luz que escudriñaba las afueras de la ciudad. Sami les señaló una reja en el perímetro: -Hay un espacio entre la reja y las rocas y pueden irse por ahí, pero tienen que abandonar el burro. -¿Abandonar el burro...? ¡Jamás! -José lo miró con desconfianza. Sami se sintió ofendido por las sospechas de José: -¡Entonces van a tener que pasar por el puesto de control israelí! Yo los dejo aquí. Que Dios los acompañe. José miró a su alrededor. María dormitaba. Condujo el burro por la ladera del cerro hasta la ruta principal. La luz los encandiló. Una voz fuerte, áspera resonó por un altavoz: -¡Deténganse o disparamos! ¡Ahora mismo! -¡Desmonten, tiren su bolsa y levanten las manos! ¡Rápido, o disparamos! -ladró la voz invisible. José colocó su bolsa en el suelo y ayudó a desmontar a María. Sus movimientos eran torpes. Estaba semidormida y muy asustada. -¡Avancen con las manos en alto, especialmente tú, el árabe gordo! María, con sus brazos bien arriba, sintió de repente que tenía que orinar, mitigar la presión en su pesada barriga. Cuando un soldado le ordenó a José que avanzara, gritando, "Ponte las manos arriba de la cabeza!," María se sintió abandonada. Le ordenaron que avanzara, lentamente. Los soldados acariciaban los gatillos de sus Uzis, apuntando a su cabeza y su abdomen. -¡Abre tu abrigo y levántate el vestido! -gritó una voz oculta por la oscuridad. Hubo una pausa. Sólo José la había visto desnuda. Alzó su vestido. Un soldado apuntó sus binoculares hacia su abdomen. -No hay bombas... sólo grasa o una barriga cargada de bebé. Pasó los binoculares a su jefe. Éste miró y gritó furioso: -¡Levántate esa enagua, no te vengas a hacer la virgen con nosotros! María estaba confundida, su cara enrojecida. Levantó su enagua y una linterna alumbró su inmenso abdomen que colgaba por sobre sus bragas. -¡Quiero verlo todo, puta árabe de mierda, podrías esconder algo entre tus piernas fuera del pijo de tu marido! María hubiera preferido morir al bajarse los calzones. La luz alumbró su oscuro púbico. -¡Date vuelta! Se dio vuelta, -¡Ahora vístete! ¡Y tú, el de la barba, levántate! Dos soldados se le acercaron e hicieron señas a María para que avanzara. María y José fueron interrogados durante varias horas. Que de dónde venían, que por qué se habían ido, que por qué su casa había sido destruida. -¡Tienen que haber hecho algo! -lanzó el oficial israelí -dónde iban, por qué viajaban de noche y por senderos perdidos, con quién se iban a quedar, por cuánto tiempo, y sobre todo su relación con la Autoridad Palestina, Hamás, Yihád, el FPLP. Cada respuesta directa y simple provocaba muecas sospechosas. María sentía que las contracciones se hacían más y más frecuentes. Sus pies estaban entumecidos de frío. José, un carpintero con poca educación que jamás había pertenecido a alguna organización, y María, que nunca había expresado una opinión política, estaban totalmente confundidos. El oficial apuntó con su pulgar al abdomen de María: -Otro subversivo. Ustedes los terroristas se reproducen como conejos. María apretó los dientes. Una contracción violenta y prolongada atravesó su cuerpo. Los oficiales israelíes se consultaron. -Está claro que son agentes. Soltémoslos y los seguimos hasta llegar a sus jefes. El oficial superior les dijo que pasaran. Aún era oscuro cuando entraron a Belén y María apenas podía continuar por las contracciones. José estaba desorientado. No podía encontrar ni la calle ni la casa. No había nadie en la calle, por el toque de queda. El burro sacudió su hocico y los llevó a un establo en el que algunas cabras y ovejas yacían en el heno. José ayudó a acostarse a María y ella se recostó con la cabeza apoyada en un fardo de heno. El burro comenzó a mordisquear la paja. María estaba en pleno trabajo de parto y se le escapó un grito por entre sus dientes apretados. José le ayudó lo mejor que podía. Milagrosamente, un bebé nació y comenzó a gritar de inmediato. Se encendió una luz, los dueños salieron. Una pareja palestina. La mujer limpió el bebé y cubrió a María con unas mantas. La casa estaba repleta de parientes que habían huido de Nablus y Ramala para evitar los mísiles israelíes. Se encontraban entre palestinos cristianos de Belén, seguramente sería más seguro. A la noche siguiente, una resplandeciente estrella brilló en el firmamento y los Tres Reyes, que venían de ultramar, pasaron los puestos de control israelíes sin que los vieran, protegidos por el Señor -pensaban. Y llegaron al establo que albergaba al recién nacido, llamado Jesús, y le llevaron regalos y se arrodillaron ante su Salvador que dormía en un pesebre improvisado hecho por José. De repente hubo gritos y culatas de fusiles que destrozaban las puertas y rompían los cristales. Un helicóptero pasó rugiente y de pronto hubo una explosión, y el establo estalló. Brazos, piernas, cabezas de ovejas, piernas de cabras, torsos humanos y la cabeza de un bebé, volaron hacia el oscuro cielo aterciopelado. La radio israelí anunció que tres terroristas árabes sospechosos, huyendo de Afganistán, habían sido muertos en un escondite en Belén, después de cruzar la frontera. El gobierno israelí se disculpó por toda muerte de civiles. Los medios estadounidenses repitieron la historia, mientras Washington felicitaba al gobierno israelí por su papel en la lucha contra el terrorismo internacional. Jesús vivió un solo día. James Petras 04/12/2004 17:13 Permalink. Tema: Prosa actual Navidad sin culpa La Navidad ha perdido su espíritu gracias al desenfrenado consumismo que la ha convertido en una fiesta comercial antes que en una celebración religiosa, no se cansan de repetir sacerdotes y algunos voceros del catolicismo. Felizmente la población no hace caso a sus admoniciones y reivindica el sentido ancestral que posee el intercambio de regalos en todas las culturas. La expresión de afectos a través de objetos forma parte del lecho rocoso de la psicología social humana, y sólo el afán de extender el sentimiento de culpa a cuanto resquicio se pueda por parte de cierto sector de la Iglesia católica puede llevar a que se pretenda desvirtuar esta práctica como si ella ensuciara una festividad religiosa. En el fondo, lo que se halla detrás de esta monserga es -parafraseando el título de un libro del pensador liberal, Ludwig von Mises- la secular mentalidad anticapitalista que se expresa a través de un ritual verbal repetido siempre en estos días del año, como parte de la operación psicosocial de más antigua data que se tenga noticia. La Navidad es, sin lugar a dudas, una fiesta religiosa, pero también es la fiesta de los niños, de la familia, de Papá Noel, de la nostalgia, de la euforia y de la melancolía. Es un hecho sagrado descifrado por los códigos humanos y como tal también legítimamente profano. Es tal la importancia de la fiesta navideña que hemos creído válido dejar por un día el análisis de la actualidad para reflexionar sobre ella y reivindicar su naturaleza humana. Desde esta columna deseamos que hoy en la noche se cene y se beba, se abrace y se bese, se ría y se llore, se cante y se regale en la medida de las posibilidades de cada quien. Así somos y debemos resistirnos a que este maravilloso espacio vital sea sembrado de angustia por los predicadores de la culpa. Juan Carlos Tafur La Navidad en Noruega A finales de diciembre, en los siete mares y en los puertos de todo el mundo, los barcos noruegos colocan un árbol de Navidad en sus mástiles. Y a bordo, igual que en los hogares de noruegos repartidos por todo el planeta, se celebra la Navidad al estilo noruego, lo cual quiere decir que se celebra de una manera un tanto diferente de lo habitual en otros pueblos.Pero esas diferencias son menores ahora que hace unos cuantos años. La mejora de las comunicaciones y el aumento de las relaciones entre los países han provocado una mezcla de tradiciones. Y a un visitante extranjero las similitudes entre las Navidades en Oslo, en Londres o en Nueva York pueden parecerle más obvias que las diferencias.Hay la misma fiebre de las agitadas compras navideñas, los grandes abetos iluminados en las plazas, las calles engalanadas con guirnaldas y bombillas, los adornos curiosos en las ventanas y las miradas deslumbradas de los niños que se ponen de puntillas para verlo todo mejor. Igual que en cualquier otra ciudad, los adultos recuerdan las maravillosas Navidades de hacer años, a la antigua, y la forma que tenía la abuela de celebrar las fiestas. Pero en Noruega esto es un sueño que puede hacerse realidad... para los afortunados que consigan una invitación a unas Navidades de verdad en el campo. La Navidad en el campo En las enormes cocinas de las granjas y de las casas de pueblos alejados de las rutas habituales, los emocionantes preparativos empiezan con varias semanas de antelación. Se elabora la cerveza especial de la Navidad, la "Juleøl", se preparan los numerosos platos tradicionales a base de cerdo, centenares de dulces (galletas, tortas), de los que como mínimo se sirven siete clases distintas, además del "julekake", un pan dulce propio de estas fechas que está relleno de pasas, frutas escarchadas y cardamomo. El olor de la Navidad invade las casas y el nerviosismo de los niños es cada vez mayor. Y también es típica, a medida que se aproximan las fiestas, hacer una limpieza completa de la casa, además de preparar leña suficiente para mantener el fuego encendido por lo menos los tres primeros días de las Navidades.En la actualidad se ha añadido la costumbre de ir al bosque a buscar un abeto. Es algo que a los abuelos seguramente les resultará extraño, porque la tradición del árbol de Navidad no llegó a Noruega, procedente de Alemania, hasta la segunda mitad del siglo XIX, y a las zonas rurales tardó aún más en llegar.Y cuando por fin llega la Nochebuena hay que adornar el árbol, tarea que normalmente corresponde a los padres, que se encierran en el salón, mientras que los niños, fuera, están a punto de reventar de la emoción. En Nochebuena también es tradicional llevar a los establos un gran cuenco de gachas para el "nisse", el gnomo que, según la tradición, se encarga de proteger la granja. Es una ceremonia que hoy se hace por los niños, aunque seguramente su abuela alguna vez tuvo un escalofrío al pensar que de verdad existía semejante ser. El "nisse" no es el único que recibe atenciones: Sobre un poste se coloca el "julenek", un montón de avena para los pájaros, y los animales de la granja también tienen su comida especial de Navidad. Y luego, ya en la tarde de Nochebuena, empiezan a repicar las campanas de la iglesia recordando la fiesta. En esta ocasión, igual que en otras fechas muy señaladas, no se tocan de la forma habitual, con el perezoso "ding dong", sino que hay un repiqueteo insistente y prolongado mientras el badajo golpea rápidamente las campanas. Cuando ya se pierde el sonido de las campanas, la paz de la Navidad se extiende sobre las granjas y sobre los pueblos. Los rezagados que aún no han llegado a su destino se apresuran a reunirse con sus familiares y amigos, mientras que en los patios la nieve cruje bajo las pisadas y la luz de las ventanas alcanza con su tibieza la oscura noche invernal. Las celebraciones de Navidad propiamente dichas empiezan con la solemne lectura de los Evangelios del día 25 de diciembre, tal vez en la Biblia familiar de hace varios siglos que luce en sus primeras páginas el recuerdo de nacimientos y bautismo, confirmaciones, bodas y fallecimientos de varias generaciones. Después la familia se sienta a la mesa para la tradicional cena, que para un extranjero tal vez sea un tanto extraña para una ocasión tan festiva. Lo normal es que el plato principal sean unas gachas o, si se encuentra, bacalao fresco, o tal vez "lutefisk", que es bacalao tratado con un poco de lejía y hervido. Es probable que esta comida tradicional naciera en los tiempos anteriores a la Reforma, cuando la Nochebuena era día de ayuno y abstinencia. Pero hoy se completa con una serie de platos que ni mucho menos tienen que ver con la abstinencia. Es una comida de la que los niños no suelen disfrutar demasiado. Miran una y otra vez las puertas del salón que siguen cerradas y su impaciencia va aumentando ante la insoportable lentitud con que los mayores saborean la cena. Les parece que ha pasado una eternidad cuando por fin llega el gran momento y se abren las puertas de par en par. Los niños entran a la carrera, pero se quedan inmóviles y atónitos al ver el árbol brillante con la luz de velas de verdad y los regalos cuidadosamente envueltos amontonados en su base. Luego llega un ritual noruego que consiste en rodear el árbol de Navidad. Todo el mundo se da la mano y forma un corro alrededor del abeto, gira en torno y mientras se cantan villancicos. Por último se reparten los regalos y los niños empiezan a tranquilizarse. El resto de la velada transcurre entre risas y juegos, comiendo pasteles y muchas otras cosas deliciosas. La mañana de Navidad la familia va a la iglesia. En otras épocas había un servicio religioso a primeras horas de la mañana y después se desayunaba a lo grande en la casa. En la actualidad ese servicio es un poco más tarde y la comida tradicional es el almuerzo, en el que el cerdo suele ser el plato principal.Pero en algunos lugares la iglesia será la misma que hace siglos, tal vez una pequeña construcción de madera a la que han acudido los fieles desde la Edad Media. A lo mejor hay algunas inscripciones rúnicas en las paredes oscurecidas por los años o pinturas y tallas que nos llegan de aquellos tiempos y puede que también, para quienes saben escuchar, se deje oír el débil eco de ese mismo servicio navideño celebrado tantas veces. Pero Nochebuena y Navidad son sólo el principio de una época de celebraciones que duran por lo menos hasta la Epifanía, y en algunos sitios incluso hasta el 13 de enero, vigésimo día después de Navidad y día de San Canuto. Hay una frase popular según la cual el día de San Canuto marca el fin de las Navidades.Son unos días para estar con los demás. En algunos lugares, aunque sólo por pura nostalgia, la gente sigue usando el trineo y los caballos, y el tintineo de sus campanas puede oírse entre los árboles cubiertos de nieve. Son unos días de reuniones, de luz cálida que escapa por las puertas abiertas para recibir a los invitados. Son días de juegos y alegría en los que nadie se acuerda de que los niños ya deberían estar en la cama. Son también los días en que los pequeños se disfrazan y van de casa en casa para que les den pasteles y otros dulces. Esta costumbre se llama "ir de julebukk" (cabra de Navidad) y su origen es desconocido, aunque los historiadores coinciden en que data de la Edad Media. Ésta es la clase de Navidad que aún puede vivirse en el campo, una Navidad muy parecida a las que vivieron nuestras abuelas, aunque también es posible que a las abuelas sólo les apeteciera invernar una semana cuando por fin San Canuto terminaba con las fiestas, porque para ellas era un trabajo enorme. Las tradiciones más antiguas En general la gente acepta las tradiciones navideñas sin dudar. No se paran a pensar que estas costumbres forman un museo especial en el que ver retazos de la forma de vivir y de las creencias de sus antepasados, de cultos paganos y de antiquísimas tradiciones cristianas. Pero la Navidad, la gran festividad de la Navidad reúne costumbres de muchas religiones y cada país ha ido creando sus propias tradiciones navideñas uniendo los cabos de hilos distintos que nos llegan a través de los siglos.El abeto verde de la Navidad es un símbolo de vida y de crecimiento, a pesar del invierno y de su oscuridad, y mezcla ideas paganas y cristianas. El muérdago nos viene de los celtas, el acebo de los sajones y la costumbre de hacernos regalos se tomó de las fiestas con que los romanos celebraban el Año Nuevo. Las gentes de Noruega tienen entre sus usos navideños algunos que se remontan a las ofrendas y los sacrificios paganos de sus antecesores vikingos. Incluso la Navidad, "Jul" en noruego, que es el nombre de estas fiestas, se remonta a los tiempos pre-cristianos. Joulu o Lol era el nombre de una celebración pagana que tenía lugar en todo el norte de Europa.Los historiadores no saben a ciencia cierta qué tipo de fiesta era el "Joulu" ni en qué momento preciso del año se celebraba, aunque en general se acepta que sería a finales de otoño o principios de invierno. La mayoría cree que no era sólo una fiesta de la fertilidad, sino que era además una ofrenda de sacrificios a los muertos o que de algún modo llegó a relacionarse con esto. Esta combinación nos puede parecer extraña ahora, pero en una sociedad agrícola vinculada al ciclo anual de la primavera, el verano, el otoño y el invierno y al ciclo del nacimiento, la reproducción y la muerte habría sido natural relacionar la fertilidad y la muerte, la vida que nos llega de lo desconocido y la vuelta a lo desconocido.Las más antiguas de nuestras costumbres parecen ser retazos de esta fiesta. Están relacionadas con los sacrificios a los dioses, que por lo general consistían en comida y bebida. Un poeta noruego que vivió hacia el año 900 de nuestra era, unos cien años antes de que Noruega se convirtiera al cristianismo, dice en un poema dedicado a su rey: Brinda por "Jul" junto al mar, si puede hacer su voluntad, nuestro jefe sin igual. En este mismo contexto el poeta menciona a Frøy, dios de la fertilidad, de modo que en sus versos se recoge el antiguo origen de una o dos de las tradiciones antes mencionadas.Una de estas tradiciones es la especial "juleøl", la cerveza navideña que se elabora en las granjas o, más modernamente, en las fábricas de cerveza. La costumbre de preparar esta cerveza particular se remonta a través de los siglos hasta los tiempos en que los vikingos levantaban sus cuernos llenos de cerveza durante las celebraciones de Joulu dedicadas a los antiguos dioses noruegos Odín, Frøy y Njord. Pero cuando los noruegos del siglo XX levantan sus copas en el tradicional "skål" (se pronuncia scol), apenas recordarán, si es que lo hacen, a sus antepasados vikingos que bebían de los cuernos la cerveza de los sacrificios para pedir paz y un año venturoso. La tradición de la cerveza juleøl sobrevivió a la conversión del país al cristianismo sencillamente porque la gente se negó a abandonarla. Y los gobernantes, prudentemente, prefirieron dar a la antigua tradición un nuevo significado simbólico en vez de prohibirla. La cerveza dejó de considerarse como bebida de sacrificios: se llamaría sencillamente cerveza de las fiestas. Según una de las antiquísimas leyes del lugar, debía "bendecirse la noche de Navidad en los nombres de Jesús y de la Virgen María. El hecho de que en el poema se mencione al dios Frøy indica el origen de otra tradición: se cree que en algún momento de las celebraciones de Joulu se sacrificaba un cerdo a Frøy, y que luego el animal servía de plato principal de las fiestas posteriores.Puede que ésta sea la razón de que incluso hoy en los hogares noruegos se coma cerdo, aunque los platos de cerdo de las Navidades se elaboran de formas muy diversas. Puede ser el cerdo entero asado o puede servirse en tajadas, asado con repollo amargo, jamón ahumado o bien las manitas encurtidas. La creencia en el "nisse" también se remonta a los tiempos del paganismo. La idea del duende protector de la granja puede tener su origen en el primer hombre que en épocas remotas comenzó a cultivar sus tierras. A veces se decía que este hombre está enterrado en alguno de los túmulos funerarios que hay cerca de las casas. En las fiestas de "Jul", en recuerdo de los muertos, se le llevaba hasta allí comida y bebida, y se creía que salía para comer y beber. Con el paso de los siglos la imagen popular de este fantasma respetado y temido fue transformándose en un ser no tan peligroso, aunque en ocasiones aún destructivo y con características de duende: es el "nisse" de los cuentos de hadas noruegos. Pero el "nisse" no ha sobrevivido hasta hoy sólo en la tradición noruega. Se ha producido una curiosa mezcolanza entre el "nisse" nórdico y San Nicolás de la Europa central. El resultado es la curiosa combinación de gnomo y obispo que los niños americanos conocen gracias al poema "La noche de la víspera de Navidad": es el alegre Santa Claus con su traje rojo, su barrigota y los ojos brillantes. También en el "nisse" noruego encontramos elementos muy similares a los del Santa Claus importado. Sin embargo, el antepasado del "nisse" no es el único ser fantástico que hay al llegar las Navidades: se creía que los muertos, durante esas fechas, vagaban en grandes grupos. Por eso se les dejaba comida en las mesas la noche de Navidad y, en algunos sitios, incluso había comida durante todas las fiestas. Resulta extraño pensar, mientras elegimos entre la abundancia de alimentos navideños de los restaurantes noruegos, que la tradición de estas comidas probablemente se remonte a los fantasmales banquetes de la superstición. Pero es posible que la abundancia y la variedad de platos tenga su origen en otra tradición. La gente creía que de la cantidad de alimentos preparados para la Navidad dependía la pobreza o la riqueza durante el año siguiente, así que todo el mundo hacía cuanto podía para asegurarse un año sin privaciones.Hay también otras tradiciones navideñas que pueden rastrearse hasta la Edad Media: los adornos de paja y la avena que se ofrece a los pájaros, por ejemplo, y también el pan de Navidad. Pero el origen de estas costumbres no está tan claro. Algunos historiadores afirman que tienen una cierta relación con las antiguas fiestas de la fertilidad, mientras otros insisten en que no es así. La Navidad en las ciudades En las ciudades actuales la gente tiende a simplificar las celebraciones tradicionales. A pesar de ello, aún se conservan muchas de las antiguas tradiciones. Aún siguen abriéndose los regalos en Nochebuena y cantándose villancicos alrededor del árbol. Los alimentos tradicionales, como las gachas, el "lutefisk" o el bacalao normal, los distintos platos de cerdo y el "julekake" siguen presentes en las mesas, pero lo más probable es que los platos de cerdo, tan elaborados, se hayan comprado ya hechos, y no sería nada raro que los dulces sean de una pastelería. Pero la costumbre de visitar a los amigos y a los familiares durante la semana de vacaciones aún se conserva, y es también tradicional ofrecer la hospitalidad navideña incluso a los extraños, porque todo el mundo tiene la idea de que en Nochebuena nadie debería estar solo ni sentirse infeliz. Además, el visitante extranjero que sabe lo que quiere encontrar pronto descubrirá que sigue habiendo un toque noruego especial, incluso en los agitados preparativos de la Navidad en las calles de la ciudad. Tenemos, por ejemplo, la blancura: no sólo la blancura de la nieve, sino también la de las bombillas blancas que se utilizan para decorar, que resultan tan distintas de las de colores habituales en muchos otros países. Y tenemos los platos y los dulces tradicionales de la Navidad, los adornos de paja y los muñequitos "nisse" que destacan en todos los escaparates. El visitante descubrirá también que algunas tiendas han preparado una decoración con temas típicamente noruegos: el "nisse" sentado en el granero comiendo su tazón de gachas, o una bandada de pájaros de alegres colores disfrutando de la abundante avena. Hay por supuesto muchas otras cosas que pueden verse en otros sitios: el Santa Claus de los grandes almacenes con su barba y su traje rojo, los árboles y los adornos de Navidad, la gente feliz e ilusionada. Además, si se presenta la ocasión, quienes lleguen a una ciudad noruega en tiempo de Navidad pueden darse el capricho de probar el bufé de Navidad en alguno de sus excelentes restaurantes. Y si encuentra algo que le agrade, tal vez lo más apropiado fuese recordar con agradecimiento a aquellos fantasmas medievales que tal vez fueron protagonistas de la primera fiesta de Navidad. Vera Henriksen Navidad en el Hudson¡Esa esponja gris! Ese marinero recién degollado. Ese río grande. Esa brisa de límites oscuros. Ese filo, amor, ese filo. Estaban los cuatro marineros luchando con el mundo. con el mundo de aristas que ven todos los ojos, con el mundo que no se puede recorrer sin caballos. Estaban uno, cien, mil marineros luchando con el mundo de las agudas velocidades, sin enterarse de que el mundo estaba solo por el cielo. El mundo solo por el cielo solo. Son las colinas de martillos y el triunfo de la hierba espesa. Son los vivísimos hormigueros y las monedas en el fango. El mundo solo por el cielo solo y el aire a la salida de todas las aldeas. Cantaba la lombriz el terror de la rueda y el marinero degollado cantaba al oso de agua que lo había de estrechar; y todos cantaban aleluya, aleluya. Cielo desierto. Es lo mismo, ¡lo mismo!, aleluya. He pasado toda la noche en los andamios de los arrabales dejándome la sangre por la escayola de los proyectos, ayudando a los marineros a recoger las velas desgarradas. Y estoy con las manos vacías en el rumor de la desembocadura. No importa que cada minuto un niño nuevo agite sus ramitos de venas, ni que el parto de la víbora, desatado bajo las ramas, calme la sed de sangre de los que miran el desnudo. Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura. Alba no. Fábula inerte. Sólo esto: desembocadura. ¡Oh esponja mía gris! ¡Oh cuello mío recién degollado! ¡Oh río grande mío! ¡Oh brisa mía de límites que no son míos! ¡Oh filo de mi amor, oh hiriente filo! * New York, 27 de diciembre de 1929 Federico García Lorca 04/12/2004 11:57 Permalink. Tema: Versos clásicos Cuento de Navidad El doctor Bonenfantes forzaba su memoria, murmurando:-¿Un recuerdo de Navidad?... ¿Un recuerdo de Navidad?... Y, de pronto, exclamó: -Sí, tengo uno, y por cierto muy extraño. Es una historia fantástica, ¡un milagro! Sí, señoras, un milagro de Nochebuena. Comprendo que admire oír hablar así a un incrédulo como yo. ¡Y es indudable que presencié un milagro! Lo he visto, lo que se llama verlo, con mis propios ojos. ¿Que si me sorprendió mucho? No; porque sin profesar creencias religiosas, creo que la fe lo puede todo, que la fe levanta las montañas. Pudiera citar muchos ejemplos, y no lo hago para no indignar a la concurrencia, por no disminuir el efecto de mi extraña historia. Confesaré, por lo pronto, que si lo que voy a contarles no fue bastante para convertirme, fue suficiente para emocionarme; procuraré narrar el suceso con la mayor sencillez posible, aparentando la credulidad propia de un campesino. Entonces era yo médico rural y habitaba en plena Normandía, en un pueblecillo que se llama Rolleville. Aquel invierno fue terrible. Después de continuas heladas comenzó a nevar a fines de noviembre. Amontonábanse al norte densas nubes, y caían blandamente los copos de nieve tenue y blanca. En una sola noche se cubrió toda la llanura. Las masías, aisladas, parecían dormir en sus corralones cuadrados como en un lecho, entre sábanas de ligera y tenaz espuma, y los árboles gigantescos del fondo, también revestidos, parecían cortinajes blancos. Ningún ruido turbaba la campiña inmóvil. Solamente los cuervos, a bandadas, describían largos festones en el cielo, buscando la subsistencia, sin encontrarla, lanzándose todos a la vez sobre los campos lívidos y picoteando la nieve. Sólo se oía el roce tenue y vago al caer los copos de nieve. Nevó continuamente durante ocho días; luego, de pronto, aclaró. La tierra se cubría con una capa blanca de cinco pies de grueso. Y, durante cerca de un mes, el cielo estuvo, de día, claro como un cristal azul y, por la noche, tan estrellado como si lo cubriera una escarcha luminosa. Helaba de tal modo que la sábana de nieve, compacta y fría, parecía un espejo. La llanura, los cercados, las hileras de olmos, todo parecía muerto de frío. Ni hombres ni animales asomaban; solamente las chimeneas de las chozas en camisa daban indicios de la vida interior, oculta, con las delgadas columnas de humo que se remontaban en el aire glacial. De cuando en cuando se oían crujir los árboles, como si el hielo hiciera más quebradizas las ramas, y a veces desgajábase una, cayendo como un brazo cortado a cercén. Las viviendas campesinas parecían mucho más alejadas unas de otras. Vivíase malamente; cada uno en su encierro. Sólo yo salía para visitar a mis pacientes más próximos, y expuesto a morir enterrado en la nieve de una hondonada. Comprendí al punto que un pánico terrible se cernía sobre la comarca. Semejante azote parecía sobrenatural. Algunos creyeron oír de noche silbidos agudos, voces pasajeras. Aquellas voces y aquellos silbidos los daban, sin duda, las aves migratorias que viajaban al anochecer y que huían sin cesar hacia el sur. Pero es imposible que razonen gentes desesperadas. El espanto invadía las conciencias y se aguardaban sucesos extraordinarios. La fragua de Vatinel hallábase a un extremo del caserío de Epívent, junto a la carretera intransitada y desaparecida. Como carecían de pan, el herrero decidió ir a buscarlo. Entretúvose algunas horas hablando con los vecinos de las seis casas que formaban el núcleo principal del caserío; recogió el pan, varias noticias, algo del temor esparcido por la comarca, y se puso en camino antes de que anocheciera. De pronto, bordeando un seto, creyó ver un huevo sobre la nieve, un huevo muy blanco; inclinose para cerciorarse; no cabía duda; era un huevo. ¿Cómo sé hallaba en tan apartado lugar? ¿Qué gallina salió de su corral para ponerlo allí? El herrero, absorto, no se lo explicaba, pero cogió el huevo para llevárselo a su mujer. -Toma este huevo que encontré en el camino. La mujer bajó la cabeza, recelosa: -¿Un huevo en el camino con el tiempo que hace? ¿No te has emborrachado? -No, mujer, no; te aseguro que no he bebido. Y el huevo estaba junto a un seto, caliente aún. Ahí lo tienes; me lo metí en el pecho para que no se enfriase. Cómetelo esta noche. Lo echaron en la cazuela donde se hacía la sopa, y el herrero comenzó a referir lo que se decía en la comarca. La mujer escuchaba, palideciendo. -Es cierto; yo también oí silbidos la pasada noche, y entraban por la chimenea. Sentáronse y tomaron la sopa; luego, mientras el marido untaba un pedazo de pan con manteca, la mujer cogió el huevo, examinándolo con desconfianza. -¿Y si tuviese algún maleficio? -¿Qué maleficio puede tener? -¡Toma! ¡Si yo supiera! -¡Vaya! Cómetelo y no digas bestialidades. La mujer abrió el huevo; era como todos, y se dispuso a tomárselo con prevención, cogiéndolo, dejándolo, volviendo a cogerlo. El hombre decía: -¿Qué haces? ¿No te gusta? ¿No es bueno? Ella, sin responder, acabó de tragárselo. Y de pronto fijó en su marido los ojos, feroces, inquietos, levantó los brazos y, convulsa de pies a cabeza, cayó al suelo, retorciéndose, dando gritos horribles. Toda la noche tuvo convulsiones violentas y un temblor espantoso la sacudía, la transformaba. El herrero, falto de fuerza para contenerla, tuvo que atarla. Y la mujer, sin reposo, vociferaba: -¡Se me ha metido en el cuerpo! ¡Se me ha metido en el cuerpo! Por la mañana me avisaron. Apliqué todos los calmantes conocidos; ninguno me dio resultado. Estaba loca. Y, con una increíble rapidez, a pesar del obstáculo que ofrecían a las comunicaciones las altas nieves heladas, la noticia corrió de finca en finca: 'La mujer de la fragua tiene los diablos en el cuerpo. Acudían los curiosos de todas partes; pero sin atreverse a entrar en la casa, oían desde fuera los horribles gritos, lanzados por una voz tan potente que no parecían propios de un ser humano. Advirtieron al cura. Era un viejo incauto. Acudió con sobrepelliz, como si se tratara de auxiliar a un moribundo, y pronunció las fórmulas del exorcismo, extendiendo las manos, rociando con el hisopo a la mujer, que se retorcía soltando espumarajos, mal sujeta por cuatro mocetones. Los diablos no quisieron salir. Y llegaba la Nochebuena, sin mejorar el tiempo. La víspera, por la mañana, el cura fue a visitarme: -Deseo -me dijo- que asista la infeliz a la misa de gallo. Tal vez Nuestro Señor Jesucristo la salve, a la hora en que nació de una mujer. Yo respondí: -Me parece bien, señor cura. Es posible que se impresione con la ceremonia, muy a propósito para conmover, y que sin otra medicina pueda salvarse. El viejo cura insinuó: -Usted es un incrédulo, doctor, y, sin embargo, confío mucho en su ayuda. ¿Quiere usted encargarse de que la lleven a la iglesia? Prometí hacer para servirle cuanto estuviese a mi alcance. De noche comenzó a repicar la campana, lanzando sus quejumbrosas vibraciones a través de la sombría llanura, sobre la superficie tersa y blanca de la nieve. Bultos negros llegaban agrupados lentamente, sumisos a la voz de bronce del campanario. La luna llena iluminaba con su tibia claridad todo el horizonte, haciendo más notoria la pálida desolación de los campos. Fui a la fragua con cuatro mocetones robustos. La endemoniada seguía rugiendo y aullando, sujeta con sogas a la cama. La vistieron, venciendo con dificultad su resistencia, y la llevaron. A pesar de hallarse ya la iglesia llena de gente y encendidas todas las luces, hacía frío; los cantores aturdían con sus voces monótonas; roncaba el serpentón; la campanilla del monaguillo advertía con su agudo tintineo a los devotos los cambios de postura. Detuve a la mujer y a sus cuatro portadores en la cocina de la casa parroquial, aguardando el instante oportuno. Juzgué que éste sería el que sigue a la comunión. Todos los campesinos, hombres y mujeres, habían comulgado pidiendo a Dios que los perdonase. Un silencio profundo invadía la iglesia, mientras el cura terminaba el misterio divino. Obedeciéndome, los cuatro mozos abrieron la puerta y acercáronse a la endemoniada. Cuando ella vio a los fieles de rodillas, las luces y el tabernáculo resplandeciente, hizo esfuerzos tan vigorosos para soltarse que a duras penas conseguimos retenerla; sus agudos clamores trocaron de pronto en dolorosa inquietud la tranquilidad y el recogimiento de la muchedumbre; algunos huyeron. Crispada, retorcida, con las facciones descompuestas y los ojos encendidos, apenas parecía una mujer. La llevaron a las gradas del presbiterio, sosteniéndola fuertemente, agazapada. Cuando el cura la vio allí, sujeta, se acercó cogiendo la custodia, entre cuyas irradiaciones de oro aparecía una hostia blanca, y alzando por encima de su cabeza la sagrada forma, la presentó con toda solemnidad a la vista de la endemoniada. La mujer seguía vociferando y aullando, con los ojos fijos en aquel objeto brillante; y el cura estaba inquieto, inmóvil, hasta el punto de parecer una estatua. La mujer mostrábase temerosa, fascinada, contemplando fijamente la custodia; presa de terribles angustias, vociferaba todavía; pero sus voces eran menos desgarradoras. Aquello duró bastante. Hubiérase dicho que su voluntad era impotente para separar la vista de la hostia; gemía, sollozaba; su cuerpo, abatido, perdía la rigidez, recobraba su blandura. La muchedumbre se había prosternado con la frente en el suelo; y la endemoniada, parpadeando, como si no pudiera resistir la presencia de Dios ni sustraerse a contemplarlo, callaba. Luego advertí que se habían cerrado sus ojos definitivamente. Dormía el sueño del sonámbulo, hipnotizada..., ¡no, no!, vencida por la contemplación de las fulgurantes irradiaciones de la custodia de oro; humillada por Cristo Nuestro Señor triunfante. Se la llevaron, inerte, y el cura volvió al altar. La muchedumbre, desconcertada, entonó un tedeum. Y la mujer del herrero durmió cuarenta y ocho horas seguidas. Al despertar, no conservaba ni la más insignificante memoria de la posesión ni del exorcismo. Ahí tienen, señoras, el milagro que yo presencié. Hubo un corto silencio y, luego, añadió: -No pude negarme a dar mi testimonio por escrito. Guy de Maupassant 04/12/2004 12:05 Permalink. Tema: Prosa clásicos |
"Si quieres ser escritor, escribe". Epicteto
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