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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2004. 05/06/2004Para contar historias Empiezo por decirles que esto de los talleres se me ha convertido en un vicio. Yo lo único que he querido hacer en mi vida -y lo único que he hecho más o menos bien- es contar historias. Pero nunca imaginé que fuera tan divertido contarlas colectivamente. Les confieso que para mí la estirpe de los griots, de los cuenteros, de esos venerables ancianos que recitan apólogos y dudosas aventuras de Las mil y una noches en los zocos marroquíes, esa estirpe, es la única que no está condenada a cien años de soledad ni a sufrir la maldición de Babel. Era una lástima que nuestro esfuerzo quedara confinado a estas cuatro paredes, a los contados participantes de uno u otro taller. Bueno, les anuncio que muy pronto romperemos el cascarón. Nuestras reflexiones y discusiones, que hemos tenido el cuidado de grabar, se transcribirán y serán publicadas en libro, el primero de los cuales se titulará Cómo se cuenta un cuento. Muchos lectores podrán compartir entonces nuestras búsquedas y además nosotros mismos, gracias a la letra impresa, podremos seguir paso a paso el proceso creador con sus saltos repentinos o sus minúsculos avances y retrocesos. Hasta ahora me había parecido difícil, por no decir imposible, observar en detalle los caprichosos vaivenes de la imaginación, sorprender el momento exacto en que surge una idea, como el cazador que descubre de pronto en la mirilla de su fusil el instante preciso en que salta la liebre. Pero con el texto delante creo que será fácil hacer eso. Uno podrá volver atrás y decir: “Aquí mismo fue”. Porque uno se dará cuenta de que a partir de ahí -de esa pregunta, ese comentario, esa inesperada sugerencia- fue cuando la historia dio un vuelco, tomó forma y se encauzó definitivamente. Una de las confusiones más frecuentes, en cuanto al propósito del taller, consiste en creer que venimos aquí a escribir guiones o proyectos de guión. Es natural. Casi todos ustedes son o quieren ser guionistas, escriben o aspiran a escribir para la televisión y el cine, y como esto es una escuela de cine y televisión, precisamente, es lógico que al llegar aquí mantengan los hábitos mentales del oficio. Siguen pensando en términos de imagen, estructuras dramáticas, escenas y secuencias, ¿no es así? Pues bien: olvídenlo. Estamos aquí para contar historias. Lo que nos interesa aprender aquí es cómo se arma un relato, cómo se cuenta un cuento. Me pregunto, sin embargo, hablando con entera franqueza, si eso es algo que se pueda aprender. No quisiera descorazonar a nadie, pero estoy convencido de que el mundo se divide entre los que saben contar historias y los que no, así como, en un sentido más amplio, se divide entre los que cagan bien y los que cagan mal, o, si la expresión les parece grosera, entre los que obran bien y los que obran mal, para usar un piadoso eufemismo mexicano. Lo que quiero decir es que el cuentero nace, no se hace. Claro que el don no basta. A quien sólo tiene la aptitud pero no el oficio, le falta mucho todavía: cultura, técnica, experiencia... Eso sí: posee lo principal. Es algo que recibió de la familia, probablemente no sé si por la vía de los genes o de las conversaciones de sobremesa. Esas personas que tienen aptitudes innatas suelen contar hasta sin proponérselo, tal vez porque no saben expresarse de otra manera. Yo mismo, para no ir más lejos, soy incapaz de pensar en términos abstractos. De pronto me preguntan en una entrevista cómo veo el problema de la capa de ozono o qué factores, a mi juicio, determinarán el curso de la política latinoamericana en los próximos años, y lo único que se me ocurre es contarles un cuento. Por suerte, ahora se me hace mucho más fácil, porque además de la vocación tengo la experiencia y cada vez logro condensarlos más y por tanto aburrir menos. La mitad de los cuentos con que inicié mi formación se los escuché a mi madre. Ella tiene ahora ochenta y siete años y nunca oyó hablar de discursos literarios, ni de técnicas narrativas, ni de nada de eso, pero sabía preparar un golpe de efecto, guardarse un as en la manga mejor que los magos que sacan pañuelitos y conejos del sombrero. Recuerdo cierta vez que estaba contándonos algo, y después de mencionar a un tipo que no tenía nada que ver con el asunto, prosiguió su cuento tan campante, sin volver a hablar de él, hasta que casi llegando al final, ¡paff!, de nuevo el tipo -ahora en primer plano, por decirlo así-, y todo el mundo boquiabierto, y yo preguntándome, ¿dónde habrá aprendido mi madre esa técnica, que a uno le toma toda una vida aprender? Para mí, las historias son como juguetes y armarlas de una forma u otra es como un juego. Creo que si a un niño lo pusieran ante un grupo de juguetes con características distintas, empezaría jugando con todos pero al final se quedaría con uno. Ese uno sería la expresión de sus aptitudes y su vocación. Si se dieran las condiciones para que el talento se desarrollara a lo largo de toda una vida, estaríamos descubriendo uno de los secretos de la felicidad y la longevidad. El día que descubrí que lo único que realmente me gustaba era contar historias, me propuse hacer todo lo necesario para satisfacer ese deseo. Me dije: esto es lo mío, nada ni nadie me obligará a dedicarme a otra cosa. No se imaginan ustedes la cantidad de trucos, marrullerías, trampas y mentiras que tuve que hacer durante mis años de estudiante para llegar a ser escritor, para poder seguir mi camino, porque lo que querían era meterme a la fuerza por otro lado. Llegué inclusive a ser un gran estudiante para que me dejaran tranquilo y poder seguir leyendo poesías y novelas, que era lo que a mí me interesaba. Al final del cuarto año de bachillerato -un poco tarde, por cierto- descubrí una cosa importantísima, y es que si uno pone atención a la clase después no tiene que estudiar ni estar con la angustia permanente de las preguntas y los exámenes. A esa edad, cuando uno se concentra lo absorbe todo como una esponja. Cuando me di cuenta de eso hice dos años -el cuarto y el quinto- con calificaciones máximas en todo. Me exhibían como un genio, el joven de 5 en todo, y a nadie le pasaba por la cabeza que eso yo lo hacía para no tener que estudiar y seguir metido en mis asuntos. Yo sabía muy bien lo que me traía entre manos. Modestamente, me considero el hombre más libre del mundo -en la medida en que no estoy atado a nada ni tengo compromisos con nadie- y eso se lo debo a haber hecho durante toda la vida única y exclusivamente lo que he querido, que es contar historias. Voy a visitar a unos amigos y seguramente les cuento una historia; vuelvo a casa y cuento otra, tal vez la de los amigos que oyeron la historia anterior; me meto en la ducha y, mientras me enjabono, me cuento a mí mismo una idea que venía dándome vueltas en la cabeza desde hacía varios días... Es decir, padezco de la bendita manía de contar. Y me pregunto: esa manía, ¿se puede trasmitir? ¿Las obsesiones se enseñan? Lo que sí puede hacer uno es compartir experiencias, mostrar problemas, hablar de las soluciones que encontró y de las decisiones que tuvo que tomar, por qué hizo esto y no aquello, por qué eliminó de la historia una determinada situación o incluyó un nuevo personaje... ¿No es eso lo que hacen también los escritores cuando leen a otros escritores? Los novelistas no leemos novelas sino para saber cómo están escritas. Uno las voltea, las desatornilla, pone las piezas en orden, aísla un párrafo, lo estudia, y llega un momento en que puede decir: “Ah, sí, lo que hizo éste fue colocar al personaje aquí y trasladar esa situación para allá, porque necesitaba que más allá...” En otras palabras, uno abre bien los ojos, no se deja hipnotizar, trata de descubrir los trucos del mago. La técnica, el oficio, los trucos son cosas que se pueden enseñar y de las que un estudiante puede sacar buen provecho. Y eso es todo lo que quiero que hagamos en el taller: intercambiar experiencias, jugar a inventar historias, y en el ínterin ir elaborando las reglas del juego. Éste es el sitio ideal para intentarlo. En una cátedra de literatura, con un señor sentado allá arriba soltando imperturbable un rollo teórico, no se aprenden los secretos del escritor. El único modo de aprenderlos es leyendo y trabajando en taller. Es aquí donde uno ve con sus propios ojos cómo crece una historia, cómo se va descartando lo superfluo, cómo se abre de pronto un camino donde sólo parecía haber un callejón sin salida... Por eso no deben traerse aquí historias muy complejas o elaboradas, porque la gracia del asunto consiste en partir de una simple propuesta, no cuajada todavía, y ver si entre todos somos capaces de convertirla en una historia que, a su vez, pueda servir de base a un guión televisivo o cinematográfico. A las historias para largometrajes hay que dedicarles un tiempo del que ahora no disponemos. La experiencia nos dice que las historias sencillas, para cortos o mediometrajes, son las que mejor funcionan en el taller. Le dan al trabajo una dinámica especial. Ayudan a conjurar uno de los mayores peligros que nos acechan, que es la fatiga y el estancamiento. Tenemos que esforzarnos para que nuestras sesiones de trabajo sean realmente productivas. A veces se habla mucho pero se produce poco. Y nuestro tiempo es demasiado escaso y por tanto demasiado valioso para malgastarlo en charlatanerías. Eso no quiere decir que vayamos a sofocar la imaginación, entre otras cosas porque aquí funciona también el principio del brain-storming hasta los disparates que se le ocurren a uno deben tomarse en cuenta porque a veces, con un simple giro, dan paso a soluciones muy imaginativas. No se concibe al participante de un taller que no sea receptivo a la crítica. Esto es una operación de toma y daca, hay que estar dispuesto a dar golpes y a recibirlos. ¿Dónde está la frontera entre lo permisible y lo inaceptable? Nadie lo sabe. Uno mismo la fija. Por lo pronto uno tiene que tener muy claro cuál es la historia que quiere contar. Partiendo de ahí, tiene que estar dispuesto a luchar por ella con uñas y dientes, o bien, llegado el caso, ser suficientemente flexible y reconocer que tal como uno la imagina, la historia no tiene posibilidades de desarrollo, por lo menos a través del lenguaje audiovisual. Esa mezcla de intransigencia y flexibilidad suele manifestarse en todo lo que uno hace, aunque a menudo adopte formas distintas. Yo, por ejemplo considero que los oficios de novelista y de guionista son radicalmente diferentes. Cuando estoy escribiendo una novela me atrinchero en mi mundo y no comparto nada con nadie. Soy de una arrogancia, una prepotencia y una vanidad absolutas. ¿Por qué? Porque creo que es la única manera que tengo de proteger al feto, de garantizar que se desarrolle como lo concebí. Ahora bien, cuando termino o considero casi terminada una primera versión, siento la necesidad de oír algunas opiniones y les paso los originales a unos pocos amigos. Son amigos de muchos años, en cuyos criterios confío y a quienes pido, por tanto, que sean los primeros lectores de mis obras. Confío en ellos no porque acostumbren a celebrarlas diciendo qué bien, qué maravilla, sino porque me dicen francamente qué encuentran mal, qué defectos les ven, y sólo con eso me prestan un enorme servicio. Los amigos que sólo ven virtudes en lo que escribo podrán leerme con más calma cuando ya el libro esté editado; los que son capaces de ver también defectos, y de señalármelos, ésos son los lectores que necesito antes. Claro que siempre me reservo el derecho de aceptar o no las críticas, pero lo cierto es que no suelo prescindir de ellas. Bueno, ese es el retrato del novelista ante sus críticos. El del guionista es muy diferente. Para nada se necesita más humildad en este mundo que para ejercer con dignidad el oficio de guionista. Se trata de un trabajo creador que es también un trabajo subalterno. Desde que uno empieza a escribir sabe que esa historia, una vez terminada, y sobre todo, una vez filmada, ya no será suya. Uno recibirá un crédito en pantalla, cierto -casi siempre mezclado con solícitos colaboradores, incluido el propio director- pero el texto que uno escribió ya se habrá diluido en un conjunto de sonidos e imágenes elaborado por otros, los miembros del equipo. El gran caníbal es siempre el director, que se apropia de la historia, se identifica con ella y le mete todo su talento y su oficio y sus huevos para que se convierta finalmente en la película que vamos a ver. Es él quien impone el punto de vista definitivo, y en ese sentido es mucho más autoritario que los guionistas y los narradores. Yo creo que quien lee una novela es más libre que quien ve una película. El lector de novelas se imagina las cosas como quiere -rostros, ambientes, paisajes...- mientras que el espectador de cine o el televidente no tiene más remedio que aceptar la imagen que le muestra la pantalla, en un tipo de comunicación tan impositiva que no deja margen a las opciones personales. ¿Saben ustedes por qué no permito que Cien años de soledad se lleve al cine? Porque quiero respetar la inventiva del lector, su soberano derecho a imaginar la cara de la tía Úrsula o del Coronel como le venga en gana. Pero, en fin, me he alejado bastante del tema, que no es ni siquiera el trabajo del guionista, sino lo que podemos hacer para seguir alimentando la manía de contar, que todos padecemos en mayor o menor grado. Por lo pronto, tenemos que concentrar nuestras energías en los debates del taller. Alguien me preguntó si no sería posible matar dos pájaros de un tiro asistiendo por las mañanas al taller de fotografía submarina que se está realizando aquí mismo, y le contesté que no me parecía una buena idea. Si uno quiere ser escritor tiene que estar dispuesto a serlo veinticuatro horas al día, los trescientos sesenta y cinco días del año. ¿Quién fue el que dijo aquello de que si me llega la inspiración me encontrará escribiendo? Ése sabía lo que decía. Los diletantes pueden darse el lujo de mariposear, de pasarse la vida saltando de una cosa a otra sin ahondar en ninguna, pero nosotros no. El nuestro es un oficio de galeotes, no de diletantes. Gabriel García Márquez 05/06/2004 15:03 Permalink. Tema: El arte de escribir Sobre la gramática El escritor Gabriel García Márquez considera «natural» la reacción de los gramáticos, lingüistas y académicos a su discurso de Zacatecas (Botella al mar para el dios de las palabras): «Sería absurdo que los que guardan la virginidad de la lengua estuvieran contra sí mismos. Pero la mayoría parece haber hablado sin conocer el texto completo de mi discurso, sino sólo fragmentos más o menos desfigurados en despachos de agencias. En todo caso es increíble que a la hora de la verdad hasta los más liberales sean tan conservadores». Estos días hemos oído en muchas ocasiones que el escritor colombiano había pedido suprimir la gramática. Su discurso no lo dice. «Dije que la gramática debería simplificarse, y este verbo, según el Diccionario de la Academia, significa 'hacer más sencilla, más fácil o menos complicada una cosa'. Pasando por alto el hecho de que esa definición dice tres veces lo mismo, es muy distinto lo que dije que lo que dicen que dije. También dije que humanicemos las leyes de la gramática. Y humanizar, según el mismo diccionario, tiene dos acepciones. La primera: 'hacer a alguien o algo humano, familiar o afable'. La segunda, en pronominal: 'Ablandarse, desenojarse, hacerse benigno'. «¿Dónde está el pecado?», se pregunta. El siguiente punto de contestación a las palabras de García Márquez es el ortográfico. Parte del supuesto de que si a él le hiciesen un examen de gramática, le reprobarían «en toda línea». «Además, mi ortografía me la corrigen los correctores de pruebas. Si fuera un hombre de mala fe diría que ésta es una demostración más de que la gramática no sirve para nada. Sin embargo la justicia es otra: si cometo pocos errores gramaticales es porque he aprendido a escribir leyendo al derecho y al revés a los autores que inventaron la literatura española y a los que siguen inventándola porque aprendieron con aquellos. No hay otra manera de aprender a escribir». En toda la conversación, el Nobel de Literatura reivindica su papel de escritor y como tal, piensa «más en el sufrimiento de la gente que en la pureza del lenguaje». «Por eso dije y repito que debería jubilarse la ortografía. Me refiero, por supuesto, a la ortografía vigente, como una consecuencia inmediata de la humanización general de la gramática. No dije que se elimine la letra hache, sino las haches rupestres. Es decir, las que nos vienen de la edad de piedra. No muchas otras, que todavía tienen algún sentido, o alguna función importante, como en la conformación del sonido che, que por fortuna desapareció como letra independiente». Quizá el mayor escándalo se ha formado con sus propuestas respecto a las bes y las uves, y con los acentos. Sobre las primeras, dice: «No faltan los cursis de salón o de radio y televisión que pronuncian la be y la ve como labiales o labidentales, al igual que en las otras letras romances. Pero nunca dije que se eliminara una de las dos, sino que señalé el caso con la esperanza de que se busque algún remedio para otro de los más grandes tormentos de la escuela. Tampoco dije que se eliminara la ge o la jota. Juan Ramón Jiménez reemplazó la ge por la jota, cuando sonaba como tal, y no sirvió de nada. Lo que sugerí es más difícil de hacer pero más necesario: que se firme un tratado de límites entre las dos para que se sepa dónde va cada una». En cuanto los acentos, irónico, explica. «Creo que lo más conservador que he dicho en mi vida fue lo que dije sobre ellos: pongamos más uso de razón en los acentos escritos. Como están hoy, con perdón de los señores puristas, no tienen ninguna lógica. Y lo único que se está logrando con estas leyes marciales es que los estudiantes odien el idioma». García Márquez opina que los gramáticos y los escritores son oficios distintos. Su diferente dialéctica es la que ha generado el debate. «La raíz de esta falsa polémica es que somos los escritores, y no los gramáticos y lingüistas, quienes tenemos el oficio feliz de enfrentarnos y embarrarnos con el lenguaje todos los días de nuestras vidas. Somos los que sufrimos con sus camisas de fuerza y cinturones de castidad. A veces nos asfixiamos, y nos salimos por la tangente con algo que parece arbitrario, o apelamos a la sabiduría callejera». «Por ejemplo: he dicho en mi discurso que la palabra condoliente no existe. Existen el verbo condoler y el sustantivo doliente , que es el que recibe las condolencias . Pero los que las dan no tienen nombre. Yo lo resolví para mí en El General en su laberinto con una palabra sin inventar: condolientes . Se me ha reprochado también que en tres libros he usado la palabra átimo, que es italiana derivada del latín, pero que no pasó al castellano. Además, en mis últimos seis libros no he usado un sólo adverbio de modo terminado en mente, porque me parecen feos, largos y fáciles, y casi siempre que se eluden se encuentran formas bellas y originales». El escritor, que está de excelente humor, concluye la conversación de un modo muy expresivo. «El deber de los escritores no es conservar el lenguaje sino abrirle camino en la historia. Los gramáticos revientan de ira con nuestros desatinos pero los del siglo siguiente los recogen como genialidades de la lengua. De modo que tranquilos todos: no hay pleito. Nos vemos en el tercer milenio». Y reitera sus palabras de Zacatecas: «Simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros». Gabriel García Márquez 05/06/2004 15:09 Permalink. Tema: El arte de escribir 06/06/2004El proceso creativo Todo proceso creativo, sea en literatura, en ingeniería, en informática o incluso en el amor, respeta siempre un mismo modelo: el ciclo de la naturaleza. A continuación, enumero las etapas de ese proceso:ARADO DEL CAMPO: en el momento en que se revuelve el suelo, el oxígeno penetra donde antes no podía. El campo gana un nuevo aspecto, la tierra que estaba encima ahora está debajo y lo que estaba debajo se ha transformado en superficie. Este proceso de revolución interior es muy importante, porque de la misma manera que el nuevo rostro de aquel campo verá la luz del sol por primera vez y se deslumbrará con ella, una revaluación de nuestros valores nos permitirá ver la vida con inocencia y sin ingenuidad. Así estaremos preparados para el milagro de la inspiración. Un buen creador tiene que estar siempre removiendo sus valores, y jamás contentarse con aquello que cree entender. LA SIEMBRA: toda obra es fruto del contacto con la vida. El hombre creador no puede encerrarse en una torre de marfil; precisa estar en contacto con el prójimo y compartir su condición humana. Nunca sabrá de antemano cuales son las cosas que serán importantes en el futuro, de modo que cuanto más intensa sea su vida, más posibilidades tiene de encontrar un lenguaje original. Le Corbusier decía que "mientras el hombre quiso volar imitando a los pájaros, nunca lo consiguió". Lo mismo pasa con el artista: aun cuando sea un traductor de emociones, no conoce completamente el lenguaje que está traduciendo, y si intenta imitar o controlar la inspiración jamás llegara a donde desea. Necesita permitir que la vida siembre el campo fértil de su inconsciente. LA MADURACIÓN: existe un tiempo en el que la obra se escribe sola, con libertad, en el fondo del alma del autor, antes de que éste se atreva a manifestarla. En el caso de la literatura, por ejemplo, el libro está influenciando al escritor y viceversa. Es a este momento que el poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade se refiere cuando dice que jamás debemos intentar recoger los versos que se pierden, pues ellos no merecían ver la luz del día. Conozco a gente que durante la maduración se pasa tomando notas compulsivamente de todo lo que le pasa por la mente, sin respetar aquello que está siendo escrito en el inconsciente. El resultado es que las notas, frutos de la memoria, terminan obstaculizando a los frutos de la inspiración. El creador necesita respetar el tiempo de gestación, aun cuando sepa - al igual que el agricultor - que él solo tiene un control parcial de su campo; está sujeto tanto a sequías como a inundaciones. Pero, si sabe esperar, la planta más fuerte, la que resistió a la intemperie, saldrá a la luz con toda su fuerza. LA COSECHA: es el momento en el que el hombre manifestará en un plano consciente aquello que sembró y dejó madurar. Si recoge antes, la fruta estará verde. Si recoge después, la fruta estará podrida. Todo artista sabe reconocer la llegada de este momento; aun cuando ciertas preguntas no hayan aún madurado lo suficiente, ciertas ideas aún no estén claras y cristalinas, ellas se irán reorganizando a medida que la obra va siendo hecha. Sin miedo y con disciplina, él entiende que es preciso trabajar de sol a sol hasta que su obra esté completa. ¿Y qué hacer con los resultados de la cosecha? De nuevo miramos a la Madre Naturaleza: ella comparte todo con todos. Un artista que quiere guardar su obra para sí mismo no está siendo justo con lo que recibió en el presente ni con la herencia y las enseñanzas de sus antepasados. Si dejamos los granos almacenados en el granero, acabarán por podrirse, aun cuando hayan sido recogidos en el momento adecuado. Cuando la cosecha termina, llega el momento en que es preciso dividir, sin miedo ni vergüenza, su propia alma. Esa es la misión del artista, por más dolorosa o gloriosa que sea. Paulo Coelho 06/06/2004 12:23 Permalink. Tema: El arte de escribir 15/06/2004El conde Drácula En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y guardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que lleva iniciales escritas en plata. Luego, llega el momento de la oscuridad, y movido por instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la sangre de sus víctimas. Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol, anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo. Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y se acerca la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres, esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. El panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El pensamiento de esa pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con meticulosidad, excita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas. De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus tentadoras víctimas. -¿Vaya, conde Drácula, que agradable sorpresa!- dice la mujer del panadero al abrir la puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana. entra en la casa ocultando, con sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.) -¿Qué le trae por aquí tan temprano?- pregunta el panadero. -Nuestro compromiso de cenar juntos- contesta el conde-. Espero no haber cometido un error. Era esta noche, ¿no? -Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas. -¿Cómo dice?- inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación. -¿O es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros? -¿Eclipse? -Así es. Hoy tenemos un eclipse total. -¿Qué dice? -Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía. -¡Vaya por Dios! ¡Qué lío! -¿Qué pasa, señor conde? -Perdóneme... debo...Debo irme...Hem...¡Oh, qué lío!...- y, con frenesí, se aferra al picaporte de la puerta. -¿Ya se va? Si acaba de llegar. -Sí, pero, creo que... -Conde Drácula, está usted muy pálido. -¿Sí? necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto... -¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos. -¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida, ya sabe, el hígado y todo eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo... Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes... -Por favor- dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de amistad- Usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo. -Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al otro lado de la ciudad y me han encargado la comida. -Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto. -Sí, tiene razón, pero ahora... -Esta noche haré pilaf de pollo- comenta la mujer del panadero- Espero que le guste. -¡Espléndido, espléndido!- dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta del armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta? -¡Ja, ja!- se ríe la mujer del panadero- ¡Qué ocurrencias tiene, señor conde! -Sabía que le divertiría- dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme pasar. Por fin, abre la puerta, pero ya no le quedaba tiempo. -¡Oh, mira, mamá!- dice el panadero-, el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a salir el sol. -Así es- dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada- He decidido quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí! -¿Qué persianas?- preguntó el panadero. -¿No hay? ¡lo que faltaba! ¡Qué para de...! ¿Tendrían al menos un sótano en este tugurio? -No- contesta amablemente la esposa- Siempre le digo a Jarslov que construya uno, pero nunca me presta atención. Ese Jarslov... -Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario? -Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro. -¡Ay... qué ocurrencia tiene! -Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media. Y, con esas palabras, el conde entra al armario y cierra la puerta. -¡Ja,ja...! ¡Qué gracioso es, Jarslov! -Señor conde, salga del armario. Deje de hacer burradas. Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula. -No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan solo permítanme quedarme aquí. Estoy muy bien. De verdad. -Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos. -Pero créanme, me encanta este armario. -Sí, pero... -Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día precisamente le decía a la señora Hess, deme un buen armario y allí puedo quedarme durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh, Ramona, la la la la, Ramona... En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían decidido hacer una visita a sus buenos amigo, el panadero y su mujer. -¡Hola, Jarslov! espero que Katia y yo no molestemos. -Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula. ¡Tenemos visita! -¿Está aquí el conde?- pregunta el alcalde, sorprendido. -Sí, y nunca adivinaría dónde está- dice la mujer del panadero. -¡Que raro es verlo a esta hora! De hacho no puedo recordar haberle visto ni una sola vez durante el día. -Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula! -¿Dónde está?- pregunta Katia sin saber si reír o no. -¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos!- La mujer del panadero se impacienta. -Está en el armario- dice el panadero con cierta vergüenza. -¡No me digas!- exclama el alcalde. -¡Vamos!- dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del armario- Ya basta. Aquí está el alcalde. -Salga de ahí conde Dracula- grita el alcalde- Tome un vaso de vino con nosotros. -No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes. -¿En el armario? -Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen: Estaré con ustedes en cuanto tenga algo que decir. Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben. -Qué bonito el eclipse de hoy- dice el alcalde tomando un buen trago. -¿Verdad?- dice el panadero- Algo increíble. -¡Díganmelo a mí! ¡Espeluznante!- dice una voz desde el armario. -¿Qué, Drácula? -Nada, nada. No tiene importancia. Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre la puerta del armario y grita: -¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de locuras! Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer del panadero pega un grito: -¡Se ha fastidiado mi cena! Woody Allen 15/06/2004 21:57 Permalink. Tema: Prosa clásicos Solitario invencibleComo canasta de amarguras Con mucho silencio y mucha luz Dormido de hielos Te vas y vuelves a ti mismo Te ríes de tu propio sueño Pero suspiras poemas temblorosos Y te convences de alguna esperanza La ausencia el hambre de callar De no emitir más tantas hipótesis De cerrar las heridas habladoras Te da una ansia especial Como de nieve y fuego Quieres volver los ojos a la vida Tragarte el universo entero Esos campos de estrellas Se te van de la mano después de la catástrofe Cuando el perfume de los claveles Gira en torno de su eje. Vicente Huidobro 15/06/2004 22:00 Permalink. Tema: Versos clásicos Para qué sirve la poesía Dicen que la poesía es un trabajo estéril y no sirve para nada. Es una pérdida de tiempo en este mundo globalizante y amorfo, un desperdicio del intelecto, una entelequia espiritual mal retribuida.La poesía se emplea para aplacar las tormentas del alma, redimir a una mujer o un hombre o llenar el corazón de ese sentimiento llamado amor. Puede, en dosis bien servidas, alimentar el espíritu, asustar una soledad y alejar una tristeza. Sirve también para reflexionar acerca de si las piedras hablan o si la luna es medicina para el mal de amores. Por medio de la poesía podemos hacer hablar a las flores y voltear el cielo de cabeza, cambiar la tarde de lugar. Es un buen recurso para transgredir la monotonía y curar el insomnio. Un simple verso trastoca el sentido de una palabra, de un enunciado. El verso es una transgresión del sentido común, un ahogado del poeta, un halo místico que impulsa los dedos, un flagelo al silencio. A través del verso el poeta reflexiona acerca de la vida de una mariposa, de la muerte de un minuto en las manos del tiempo. Por medio del trabajo refinado de la palabra se desdibuja el rostro de un recuerdo , la desventura de un te quiero en la boca del blasfemo. En fin, la poesía es útil de muchas maneras, pero sobre todo es instrumento para observarnos a nosotros mismos, como expresa el poeta y pintor chino Xingjian. Porque cuando se concentra la atención internamente surge la poesía y empieza la aventura emocional de la palabra. Octavio Paz afirma que la poesía no es una actividad mágica ni religiosa, no obstante el espíritu que la expresa, los medios de que se vale, su origen y su fin, muy bien pueden ser mágicos o religiosos. Mientras que en la religión lo sagrado cristaliza en el ruego, en la oración, en el éxtasis místico, en un diálogo o relación amorosa con el creador, el poeta lírico entabla un diálogo con el mundo; en ese diálogo hay dos situaciones extremas: una de soledad y otra de comunión. ¿Qué pretende el poeta cuando expresa su experiencia? Paz contesta: "La poesía ha dicho Rimbaud, quiere cambiar la vida. No piensa embellecerla como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, mediante la expresión de su experiencia, procura hacer sagrado al mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia. No pretende hermosear, santificar o idealizar lo que toca, sino volverlo sagrado. Por eso no es moral o inmoral; justa o injusta; falsa o verdadera, hermosa o fea. Es simplemente poesía de soledad o de comunión. Porque la poesía que es un testimonio del éxtasis, del amor dichoso, también lo es de la desesperación. Y tanto como un ruego puede ser una blasfemia". El poeta, agrega Paz, tiende a participar en lo absoluto, como el místico, y tiende a expresarlo, como la liturgia y la fiesta religiosa. Esta pretensión lo convierte en un ser peligroso, pues su actividad no beneficia a la sociedad; verdadero parásito, en lugar de atraer para ellas las fuerzas desconocidas que la religión organiza y reparte, las dispersa en una empresa estéril y antisocial. En la comunión el poeta descubre la fuerza secreta del mundo, esa fuerza que la religión intenta canalizar y utilizar, a través de la burocracia eclesiástica. Y el poeta no sólo la descubre y se hunde en ella: la muestra en toda su aterradora y violenta desnudez al resto de los hombres, latiendo en su palabra viva en ese extraño mecanismo de encantamiento que es la poesía. La poesía es la revelación de la inocencia que alienta en cada hombre en cada mujer y que todos podemos recobrar apenas el amor ilumina nuestros ojos y nos devuelve el asombro y la fertilidad. Su testimonio es la revelación de una experiencia en la que participan todos los hombres, oculta por la rutina y la diaria amargura. Los poetas han sido los primeros que han revelado que la eternidad y lo absoluto no están más allá de nuestros sentidos, sino en ellos mismos. Esta eternidad y esta reconciliación con el mundo se producen en el tiempo y dentro del tiempo, en nuestra vida mortal, porque la poesía y el amor no nos ofrecen la inmortalidad ni la salvación. Nietzsche decía: "No la vida eterna, sino la eterna vivacidad: eso es lo que importa". Luego entonces la función de la poesía, en un mundo vacío pero computarizado sirve de mucho y aunque no alivia ni corrompe, purifica. No tiene más ideología que un alma y un espíritu en confrontación con todo lo que le rodea. El periodista Braulio Peralta, en el prólogo a una larga y de las últimas entrevistas a Octavio Paz sentencia: "Heraldos de sí mismos, los poetas viven un mundo aparte: mensajeros del destino, en los tiempos modernos, pocos, muy pocos los escuchan, los leen y atienden. Vivimos con los ojos abiertos pero ciegos ante las premoniciones que nos anuncian. ¿De qué sirve pensar y sentir si todo ello no ayuda a vivir más y mejor? El ser y la nada nos arrojan al vértigo de la ignorancia. ¿Tendrá el poeta que gritar sus versos por teléfono, enviarlos por fax, a través de internet, o leerlos por televisión ? Hasta eso, en los tiempos actuales, le está vedado; nadie quiere oír verdades a fin de siglo. Eliot seguirá vivo para los mass media. En tono de queja Peralta señala: "La poesía -la palabra del poeta- ha sido menospreciada en este siglo. Pero no ha muerto. Dicen que cada 50 años nace un poeta -poeta mayor, con ideas- en cualquier país. Poetas que defienden la poesía, porque los versos son inseparables de la defensa de la libertad. Sí: la poesía no se lee en los estadios. Pero no agoniza. En medio de la turbulencia del fin de siglo, algo queda: un puñado de hombres que describen el mundo con versos y prosa poética". Y para concluir, que mejor que esta definición de poesía, vertida por David Huerta Sharp as a razor blade Los poetas suelen declarar, En algún momento exaltado y profuso, Que la poesía es O debería ser, para ellos, tal o cual otra cosa. Yo no querría asumir el estilo de mi declaración Al de aquellas. Básteme pedirle Al curioso lector Que traduzca y entienda ("filo Para cortar el tiempo en dos pedazos De espejo, de sílaba o fuego, de ropaje Caliente o de hospitalaria desnudez") La breve frase en inglés Que encabeza estas líneas. Prócoro Hernández Oropeza El analfabeto político El peor analfabeto es el analfabeto político. Él no ve, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. Él no sabe que el costo de la vida, el precio del frijol, del pescado, de la harina, del alquiler, del calzado o de los medicamentos, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que odia la política. No sabe el imbécil, que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, el asaltante y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.Bertolt Brecht El hombre invisible Hace muchos, muchísimos años, en una tarde invernal, mientras caía intensa nevada, el Hombre Visible llegó a un albergue situado en los confines septentrionales del reino de los Hombres Invisibles. Pidió una habitación y una copa de coñac al dueño del albergue. Y cuando éste la hubo traído, sentóse a descansar a la orilla de la chimenea, donde ardía un hipnótico fuego. Esa noche durmió sin sobresaltos. Pero a la mañana siguiente, cuando desde el baño vio cómo, por manos invisibles, la cama se hacía sola; y cuando, a la hora del almuerzo, bajó al comedor, y observó cómo los platos, los cubiertos, las copas y servilletas volaban por los aires, se sintió, sino sorprendido, por lo menos desconcertado. Al fin y al cabo, el Hombre Visible sabía en qué país estaba y quiénes lo habitaban. Pero fue una extraña sensación sentir que, aunque todo guardaba un orden perfecto, era imposible saber quiénes lo atendían y miraban. Pues, además, hasta ese momento, no había escuchado voces, ni siquiera murmullos. Salió a la calle. Era un pequeño pueblo que estaba cerca de un largo río, en cuyas orillas crecían abedules. Había en ese pueblo un maravilloso silencio, acentuado por la nieve que caía. El Hombre Visible entró en los almacenes, en los bares, en la iglesia, cuyos techos inclinados brillaban con la luz de la nieve, y recorrió, una tras otra, las casas. Y vio sillas que se arrastraban solas, cepillos de dientes que se movían rítmicamente de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, autos y buses que marchaban sin que nadie los condujera, periódicos que trazaban curvas en el aire, y máquinas de escribir cuyas teclas nadie pulsaba. Observó cómo, sobre la mesa de mármol de un café, había un tablero de ajedrez, sobre el cual se desplazaban caballos, peones, torres y alfiles. Y aunque sabía que detrás de todas esas cosas y movimientos había hombres y mujeres, nunca pudo verlos. Comprendió que, además, no podría hablar con ellos. Un mes después de haber llegado al pueblo, sintió que alguien le daba una bofetada. Segundos más tarde, una taza voló por el aire y cayó a dos metros de donde se hallaba. Cuando quiso entrar en su habitación, alguien le hizo una zancadilla, y rodó por el suelo. Salió a la calle: lo sujetaron invisibles brazos, y lo lanzaron sobre la nieve, después de golpearlo. Vio cómo su sangre corría sobre la nieve. Y todas las puertas se cerraron, silenciosa e invisiblemente, para él. Sentóse sobre el banco de, una plaza, y se durmió luego de ver cómo, allá lejos, envuelta por las suavísimas plumas de la nieve, se acercaba una niña cantando: una niña visible. Cuando amanecía, el Hombre Visible abrió los ojos, y miró una de sus manos: había desaparecido. Y luego se esfumaron su otra mano, sus brazos, sus piernas, sus hombros. Cogió un espejo, y trató de buscar su rostro. No lo halló. Se estaba haciendo invisible. Dos horas después, lo encontraron muerto. A su lado, aún estaba la niña. Brilló el sol otra vez. Pero ahora sobre hombres y mujeres que lentamente comenzaban a hacerse visibles. A Alfredo Jolly Monje. Miguel Arteche 15/06/2004 22:08 Permalink. Tema: Prosa actual Imagen al amanecerEl agua del aspersor cubría la escena como una niebla, como una flama blanquísima, dueña de sí misma, de su brotar cambiante, de su pulso ritual y cadencioso. Un poco más allá y más allá hasta tocar las rocas. Lienzos de sol entre la cauda humeante; lluvia de cuarzo; interno oleaje silencioso. Un mismo denso movimiento lo centra; lo ahonda en su asombrado corazón. Profundo, colmado vórtice. Renace, tenue, su palpitar. Marmóreo y lento borbollón luminoso. Un poco más allá, más allá, su tacto límpido se estremece. Son remanso las rocas a su enjambre estelar, a su incesante, encendida nieve. Por un momento se cubre con su seda el jardín. Suavemente los troncos ceden y van tendiéndose sobre el pasto; largas sendas oscuras bajo el tamiz que inunda el amanecer. Cuando su lluvia se ha expandido hacia el este pesan menos las sombras y los troncos se adensan y se levantan. Vuelve entonces el arco a resplandecer. Una llama reciente nubla la escena, un olor de magnolias y rocas húmedas. Coral Bracho 15/06/2004 22:10 Permalink. Tema: Versos actuales 22/06/2004Lecciones de estilo 1- El redactor ha de tener presente que la claridad, la precisión y la fluidez determinan la calidad de un escrito. En el lenguaje hablado, el gesto o la entonación pueden sustituir a la palabra. Cuando escribimos, cada palabra debe tener un sentido comprensible para la mayoría, debe tener una función comunicativa definida.2- Se dominarán ampliamente los principios de Ortografía y Gramática que estable la Academia. Se aprenderá a utilizar los elementos de redacción que son imprescindibles para expresarse de acuerdo con las pautas reconocidas y aceptadas por los maestros del idioma. 3- Se dispondrá de un vocabulario rico y amplio, que se ajuste al tono y el propósito del escrito. Es evidente que las expresiones permisibles en un artículo deportivo estarían fuera de lugar en un comentario editorial. 4- El palabreo inútil, el estilo pesado y retórico, los vanos alardes sintácticos revelan falta de orden, lógica y concentración. Hay que huir del rebuscamiento, los lugares comunes y la monotonía. 5- Las palabras se utilizarán con propiedad. Se les dará un orden lógico y claro en el discurso. Siempre que existan dudas respecto a su uso, se consultarán las obras que puedan aclararlas. 6- El estilo está vinculado íntimamente a la personalidad del escritor. Es posible afirmar que se desarrolla en la medida en que ella madura. Sin embargo, el estilo puede ser bueno o malo. Por eso, se requiere técnica y los conocimientos para darle la mayor perfección posible en todos los sentidos. 7- Para elaborar un estilo depurado, es necesario tener una estructura básica sólida en el discurso. Cuando se analiza un buen artículo periodístico, vemos que siempre hay una idea principal, bien definida, a la que se añaden las ideas secundarias. 8- El enlace entre la idea central y las secundarias debe ser siempre armonioso y lógico. 9- Evítese el adjetivo innecesario. La abundancia de estas palabras no siempre contribuye a la claridad. El principio debe ser la búsqueda del adjetivo preciso. 10- Se recurrirá a las palabras extranjeras o neologismos sólo cuando sea imprescindible. 11- Se pondrá el mayor cuidado posible en cuanto al uso de: adverbios terminados en –mente , el gerundio, el verbo haber, las conjunciones y preposiciones. 12- Hay que determinar el nivel de lenguaje apropiado para cada forma periodística o literaria. Siempre se tendrá presente el público al cual va dirigido el texto que redactamos. 13- No existirá ninguna tregua para los vicios del idioma. No sólo hay que prevenir los errores ortográficos o gramaticales, sino también otros a los que corrientemente se les presta menos atención: cacofonía, anfibiología, redundancia y monotonía. 14- Las imitaciones nunca son buenas. Siempre se dará preferencia al estilo propio. Si aún no ha alcanzado el nivel que deseamos, perfeccionaremos la técnica. Los grandes escritores y periodistas tienen estilos muy definidos e inconfundibles entre sí, pero todos ellos tienen algo en común: amplios conocimientos del idioma y una técnica impecable. 15- La revisión y la corrección son imprescindibles. Ellas nos permitirán depurar paulatinamente el estilo. Sin embargo, no se caerá en la manía del perfeccionismo. El idioma es algo vivo, en constante transformación, por lo que tampoco es irreprochable. Lo que ayer era todavía un error grave hoy puede ser impreso con todas las aprobaciones. 22/06/2004 21:43 Permalink. Tema: El arte de escribir ¿Todo cuento es un cuento chino? Escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir un cuento es vaciar en concreto. No sé de quién es esa frase certera. La he escuchado y repetido desde hace tanto tiempo sin que nadie la reclame, que a lo mejor termino creyendo que es mía. Hay otra comparación que es pariente pobre de la anterior: el cuento es una flecha en el centro del blanco y la novela es cazar conejos. En todo caso esta pregunta del lector ofrece una buena ocasión para dar vueltas una vez más, como siempre, sobre las diferencias de dos géneros literarios distintos y sin embargo confundibles. Una razón de eso puede ser el despiste de atribuirle las diferencias a la longitud del texto, con distinciones de géneros entre cuento corto y cuento largo. La diferencia es válida entre un cuento y otro, pero no entre cuento y novela. El cuento más corto que conozco es del guatemalteco Augusto Monterroso, reciente premio Príncipe de Asturias. Dice así: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Nada más. Hay otro de Las mil y una noches, cuyo texto no tengo a la mano, y que me produce retortijones de envidia. Es el cuento de un pescador que le pide prestado un plomo para su red a la mujer de otro pescador, con la promesa de regalarle a cambio el primer pescado que saque, y cuando ella lo recibe y lo abre para freírlo le encuentra en el estómago un diamante del tamaño de una almendra. Más que el cuento mismo, alucinante por su sencillez, éste me interesa ahora porque plantea otro de los misterios del género: si la que presta el plomo no fuera una mujer sino otro hombre, el cuento perdería su encanto: no existiría. ¿Por qué? ¡Quién sabe! Un misterio más de un género misterioso por excelencia. Las Novelas ejemplares de Cervantes son de veras ejemplares, pero algunas no son novelas. En cambio Joseph Conrad escribió Los duelistas, un cuento también ejemplar con más de ciento veinte páginas, que suele confundirse con una novela por su longitud. El director Ridley Scott lo convirtió en una película excelente sin alterar su identidad de cuento. Lo tonto a estas alturas sería preguntarnos si a Conrad le habría importado un pito que lo confundieran. La intensidad y la unidad interna son esenciales en un cuento y no tanto en la novela, que por fortuna tiene otros recursos para convencer. Por lo mismo, cuando uno acaba de leer un cuento puede imaginarse lo que se le ocurra del antes y el después, y todo eso seguirá siendo parte de la materia y la magia de lo que leyó. La novela, en cambio, debe llevar todo dentro. Podría decirse, sin tirar la toalla, que la diferencia en última instancia podría ser tan subjetiva como tantas bellezas de la vida real. Buenos ejemplos de cuentos compactos e intensos son dos joyas del género: "La pata de mono", de W.W. Jacobs, y "El hombre en la calle", de Georges Simenon. El cuento policíaco, en su mundo aparte, sobrevive sin ser invitado porque la mayoría de sus adictos se interesan más en la trama que en el misterio. Salvo en el muy antiguo y nunca superado Edipo rey, de Sófocles, un drama griego que tiene la unidad y la tensión de un cuento, en el cual el detective descubre que él mismo es el asesino de su padre. El cuento parece ser el género natural de la humanidad por su incorporación espontánea a la vida cotidiana. Tal vez lo inventó sin saberlo el primer hombre de las cavernas que salió a cazar una tarde y no regresó hasta el día siguiente con la excusa de haber librado un combate a muerte con una fiera enloquecida por el hambre. En cambio, lo que hizo su mujer cuando se dio cuenta de que el heroísmo de su hombre no era más que un cuento chino pudo ser la primera y quizás la novela más larga del siglo de piedra. No sé qué decir sobre la suposición de que el cuento sea una pausa de refresco entre dos novelas, pero podría ser una especulación teórica que nada tiene que ver con mis experiencias de escritor. Tanteando en las tinieblas me atrevería a pensar que no son pocos los escritores que han intentado los dos géneros al mismo tiempo y no muchas veces con la misma fortuna en ambos. Es el caso de William Somerset Maugham, cuyas obras -como las de Hemingway- son más conocidas por el cine. Entre sus cuentos numerosos no se puede olvidar "P&O" -siglas de la compañía de navegación Pacific and Orient- que es el drama terrible y patético de un rico colono inglés que muere de un hipo implacable en mitad del océano Índico. Ernest Hemingway es un caso similar. Tan conocido por el cine como por sus libros, podría quedarse en la historia de la literatura sólo por algunos cuentos magistrales. Estudiando su vida se piensa que su vocación y su talento verdaderos fueron para el cuento corto. Los mejores, para mi gusto, no son los más apreciados ni los más largos. Al contrario, dos de ellos son de los más cortos -"Un canario para regalo" y "Un gato bajo la lluvia"-, y el tercero, largo y consagratorio, "La breve vida feliz de Francis Macomber". Sobre la otra suposición de que el cuento puede ser un género de práctica para emprender una novela, confieso que lo hice y no me fue mal para aprender a escribir El otoño del patriarca. Tenía la mente atascada en la fórmula tradicional de Cien años de soledad, en la que había trabajado sin levantar cabeza durante dos años. Todo lo que trataba de escribir me salía igual y no lograba evolucionar para un libro distinto. Sin embargo, el mundo del dictador eterno, resuelto y escrito con el estilo juicioso de los libros anteriores, habrían sido no menos de dos mil páginas de rollos indigestos e inútiles. Así que decidí buscar a cualquier riesgo una prosa comprimida que me sacara de la trampa académica para invitar al lector a una aventura nueva. Creí haber encontrado la solución a través de una serie de apuntes e ideas de cuentos aplazados, que sometí sin el menor pudor a toda clase de arbitrariedades formales hasta encontrar la que buscaba para el nuevo libro. Son cuentos experimentales que trabajé más de un año y se publicaron después con vida propia en el libro de La cándida Eréndira: "Blacamán el bueno vendedor de milagros", "El último viaje del buque fantasma", que es una sola frase sin más puntuación que las mínimas comas para respirar, y otros que no pasaron el examen y duermen el sueño de los justos en el cajón de la basura. Así encontré el embrión de El otoño..., que es una ensalada rusa de experimentos copiados de otros escritores malos o buenos del siglo pasado. Frases que habrían exigido decenas de páginas están resueltas en dos o tres para decir lo mismo, saltando matones, mediante la violación consciente de los códigos parsimoniosos y la gramática dictatorial de las academias. El libro, de salida, fue un desastre comercial. Muchos lectores fieles de Cien años... se sintieron defraudados y pretendían que el librero les devolviera la plata. Para colmo de peras en el olmo la edición española se desbarataba en las manos por un defecto de fábrica, y un amigo me consoló con un buen chiste: "Leí el otoño hoja por hoja". Muchos persistieron en la lectura, otros la lograron a medias y con el tiempo quedaron suficientes cautivos para que no me diera pena seguir en el oficio. Hoy es mi libro más escudriñado en universidades de diversos países, y las nuevas generaciones pueden leerlo como si fuera el crepúsculo de un Tarzán de doscientos años. Si alguien protesta y lo tira por la ventana es porque no le gusta pero no porque no lo entienda. Y a veces, por fortuna, no ha faltado alguien que lo recoja del suelo. Gabriel García Márquez 22/06/2004 21:55 Permalink. Tema: El arte de escribir 25/06/2004Donde la locura te cuelga de los ojosLA mirada extraviada de los tardos pájaros Húmedos todos de locura Que aguardando solícitas plumas maternas Permanecen ausentes, solos y locos Bienaventurados los seres alados sin alas La mirada extraviada de los santos locos A los que la vida se les escapa por las muñecas Cavan hoy la estéril tierra Para extraer esa extranjera azul y opaca La locura Tapizarle de cuchillos y clavarle mil agujas En el blanco muro de su pupila La mirada extraviada de los muertos por agua Suicidas todos Con esa inquilina loca atada a sus talones Son arrastrados al fondo Les llamaban locos La mirada extraviada de los ausentes Que escrutando el mundo con torcidos ojos Sobrellevan mal sus muertes La mirada extraviada de los tardos pájaros Que haciendo nidos en mi nuca Empuñan en sus picos huesos de muerto Y una locura Mientras alarmados Ansían como locos el ala cóncava Bienaventurados los ausentes de alas y cordura Nuria Ruiz de Viñaspre Ripa 25/06/2004 19:41 Permalink. Tema: Versos actuales La cosa La cosa sucedió más o menos así:Carlos le dijo a Gustavo que el otro día había visto a Óscar platicando con una mujer más bien feíta pero simpática, que si la conocía. Gustavo respondió que no y cambió de tema, pero una hora después le dijo a Bárbara que si ya sabía que Óscar estaba saliendo con un cuero que, por supuesto, no era Lilia. Bárbara le contestó que era de esperarse, y le habló por teléfono a Martha para decirle que se había enterado de que Óscar tenía amoríos con una fulana que trabajaba con él. Apenas colgó, Martha le dijo a Rodolfo que Bárbara le había dicho que el cabrón de Óscar engañaba a Lilia, y que probablemente se divorciarían. Rodolfo, por su parte, le comentó a Martín que alguien le había dicho que Óscar mantenía relaciones con una rubia fenomenal, y que Lilia lo sabía pero que no le reclamaba nada a Óscar por temor a que la abandonara. Martín le anunció a Lorena la inminente separación de Lilia y Óscar, por lo que Lorena se apresuró a llamarle a Nuria para que viera la posibilidad de que Jacobo asesorara a Lilia ahora que, por culpa de una mujerzuela sin escrúpulos, tenía que divorciarse de Óscar. Nuria, claro, dijo que sí, que cómo no, y a continuación, y entre beso y beso, le pidió a Jacobo, quien de casualidad se encontraba de visita en su casa, que no fuera malito, que le ayudara a Lilia a divorciarse del monstruo de Óscar. Jacobo, entonces, no pudo ni quiso negarse a satisfacer la petición de Nuria y de inmediato le telefoneó a Sergio para decirle que empezara a hacerse cargo del asunto en cuestión, aunque, hemos de aclarar, no tenía la menor idea de quiénes eran Lilia y Óscar. Éstos, entretanto, no supieron que estaban en vías de divorciarse, sino una o dos semanas después. Roberto Gutiérrez Alcalá 25/06/2004 19:46 Permalink. Tema: Prosa actual Usted decide Supóngase, es en serio, que usted al nacer hubiera tenido la opción de escoger. Primero, fundamental, la fecha: ¿antes o después de Cristo? Yo le aconsejo que sea mucho después de Cristo, no sea que resulte comido por un león anticristiano en un coliseo antiguo. Pero defina el período (edad media, edad moderna, edad contemporánea, siglo XXI, siglo XXX, etc.). ¿Y el año? Mas ahora vienen otras complicaciones: raza y sexo, en cuyo último caso desestimemos a los de en medio; nos limitaremos a hombre o mujer. ¿Y el país?, usted tiene la última palabra; pero me imagino que todos, sin excepción, optarán por el primer mundo, no por el segundo y mucho menos por el tercero. Ahora bien, ¿la profesión?, mejor dicho, ¿el oficio? Considere que puede ser abogado, cura, ingeniero en esto o aquello, dentista, pandillero, narcotraficante, maestro, comerciante, etc., etc. También puede ser político, aunque en realidad éste no es un oficio; digamos, mejor, ¿diputado?, ¿ministro?, ¿presidente ejecutivo? Y, antes que el oficio, ¿sector público o privado? Finalmente, defina sus ingresos económicos, el impuesto sobre la renta, edad a la que desea morir, número de hijos y tantas etcéteras como su imaginación le sugiera. Ahora sí, ¿qué tenemos?, fácil: un hombre de raza blanca nacido en Estados Unidos de Norteamérica en el año 2.060; congresista; dos hijos; salario exorbitante; sobre impuestos ya sabemos: que otros paguen, usted no; bígamo sin riesgo alguno; querrá morir (en realidad no desea; pero escoger es obligado) a los noventa y nueve años, en plena lucidez y en perfecto estado de salud (procurará, supongo, que le caiga un rayo en verano). No quiero, en realidad no puedo, justificar el acierto; entre otras cosas, no hay que herir susceptibilidades; pero ayudaré con algo: la mujer se queja siempre de indefensión, abuso, discriminación, embarazos, menstruación, menopausia y otras cosas. Respecto del congresista, ¿quién no envidia una sinecura? Lo del año es por aquello de vivir hacia el futuro, no tan distante por la incertidumbre y, a mayor abundamiento, ¡qué de artículos electrodomésticos!, ¡qué automóvil! (posiblemente lo mueva el agua), ¡qué de viajes!, ¡qué de opciones! Y son dos hijos porque uno se nos hace muy "chineado", más de dos es un fastidio. Lo supuse blanco porque así lo quiso Michael Jackson. En todo caso, la conclusión de esta trama es algo que no imagina: si el ser humano escogiera, no habría historia ni futuro; ¿quién nació antes del año 2.060?, ¿quién nacerá después si todos seremos hombres? Y algo más evidente: nuestras madres, las de ellas, sus abuelas y hasta Eva, todas fueron hombres si al escoger escogieran, pues la opción es para todos: desde el origen del hombre hasta el final de los siglos. Tome en cuenta que, si pudiera haber nacidos después del año 2.159, desearán (pero recuerde que no hay mujeres) no nacer después pues siempre se añorará el pasado con un futuro tan triste (no hay mujeres; no hay historia; no hay "básquet" pues ya no hay negros; no habrá juegos pirotécnicos pues no habrá pólvora sin los chinos; no hay "vídeos", no habrán "fotos", ni siquiera transistores, ya que no hubo japoneses que los crearan y vendieran). Por eso, he aquí lo bueno, dejemos de preocuparnos por escoger el futuro, por estudiar a la fuerza, por trabajar con desgano, por el sueldo y el mañana, por la salud y el dinero, que si la vida depara, a todos, lo que quisieran, no habría vida en esta tierra. Adrián Rodríguez Solórzano Una maravilla Cuando leemos, alguien habla dentro de nuestra mente. Siempre nos sucede. Alguien, que no somos nosotros, resuena en nuestra cabeza al ritmo que avanzamos en la lectura. En este mismo momento, ¿No estás escuchándome? Si, estoy hablándote. Es como si me hubiera instalado en tu cerebro y allí oyeras mi voz. Pero, físicamente, estoy en el papel. Soy el fruto de tu conocimiento del valor fonético de cada letra combinada en cada palabra hasta integrar las oraciones que conformarán todo el texto. Quizá, tomar conciencia de esta particularidad maravillosa -que yo hable dentro de ti mientras lees-, te ayude a entender porqué la palabra tiene un poder mágico. Ahora mismo, puedo gritar muy fuerte: “¡Socorro!, ¡Ayúdenme!, ¡Estoy aquí!” Puedo susurrar en tu oído: “¡Por favor, que nadie se entere de nuestro secreto!” Me escuchas recordarte: “¡Nunca bajes los brazos!” Tan mágico es el poder de la palabra que, cuando termines de leer, ya no escucharás mi voz. Daniel Adrián Madeiro Elegía por nosotrosErguida en tu silencio y en tu orgullo, no sé con qué señor que te enamora, comentas a manera de murmullo: ¡Mirad ese es el hombre que me adora! Yo paso como siempre, absorto,... mudo, y tú nerviosamente te sonríes, sabiendo que detrás de mi saludo, te ahondas y después te me deslíes. Yo sé que ni te busco, ni te sigo, que nada te mendigo, ni reclamo, comento, nada más con un amigo: "Esa es la mujer que yo más amo". Yo sé que mi cariño recriminas, es claro tú no entiendes de esas cosas, qué sabe del perfume y las espinas, quien nunca estuvo al lado de las rosas. Tú sabes que jamás suplico nada, y me sabes cautivo de tus huellas, que vivo en la región de tu mirada, y comparto contigo las estrellas. Un día nos veremos nuevamente, y es lógico que bajes la cabeza, tendrás muchas arrugas en la frente, y el rostro entristecido y sin belleza. Serás menos sensual en la cadera, tus ojos no tendrán aquel hechizo, y aún murmuraré- ¡Si me quisiera! tú sólo pensarás: ¡Cuánto me quiso! José Ángel Buesa 25/06/2004 19:51 Permalink. Tema: Versos clásicos Clase No estoy muy seguro del lugar. Algún sitio al Noroeste de California. Hemingway acababa de terminar una novela, había llegado de Europa o de no sé dónde, y ahora estaba en el ring pegándose con un tipo. Había periodistas, críticos, escritores -bueno, toda esa tribu- y también algunas jóvenes damas sentadas entre las filas de butacas. Me senté en la última fila. La mayor parte de la gente no estaba mirando a Hem. Sólo hablaban entre sí y se reían.El sol estaba alto. Era a primera hora de la tarde. Yo observaba a Ernie. Tenía atrapado a su hombre, y estaba jugando con él. Se le cruzaba, bailaba, le daba vueltas, lo mareaba. Entonces lo tumbó. La gente miró. Su oponente logró levantarse al contar ocho. Hem se le acercó, se paró delante de él, escupió su protector bucal, soltó una carcajada, y volteó a su oponente de un puñetazo. Era como un asesinato. Ernie se fue hacia su rincón, se sentó. Inclinó la cabeza hacia atrás y alguien vertió agua sobre su boca. Yo me levanté de mi asiento y bajé caminando despacio por el pasillo central. Llegué al ring, extendí la mano y le di unos golpecitos a Hemingway en el hombro. -¿Señor Hemingway? -¿Sí, qué pasa? -Me gustaría cruzar los guantes con usted. -¿Tienes alguna experiencia en boxeo? -No. -Vete y vuelve cuando hayas aprendido algo. -Mire, estoy aquí para romperle el culo. Ernie se rió estrepitosamente. Le dijo al tío que estaba en el rincón. -Ponle al chico unos calzones y unos guantes. El tío saltó fuera del ring y yo le seguí hasta los vestuarios. -¿Estás loco, chico? -me preguntó. -No sé. Creo que no. -Toma. Pruébate estos calzones. -Bueno. -Oh, oh... Son demasiado grandes -A la mierda. Están bien. -Bueno, deja que te vende las manos. -Nada de vendas. -¿Nada de vendas? -Nada de vendas. -¿Y qué tal un protector para la boca? -Nada de protectores. -¿Y vas a pelear en zapatos? -Voy a pelear en zapatos. Encendí un puro y salimos afuera. Bajé tranquilamente hacia el ring fumando mi puro. Hemingway volvió a subir al ring y ellos le colocaron los guantes. No había nadie en mi rincón. Finalmente alguien vino y me puso unos guantes. Nos llamaron al centro del ring para darnos las instrucciones. -Ahora, cuando caigas a la lona -me dijo el árbitro- yo... -No me voy a caer -le dije al árbitro. Siguieron otras instrucciones. -Muy bien, volved a vuestros rincones; y cuando suene la campana, salid a pelear. Que gane el mejor. Y -se dirigió hacia mí- será mejor que te quites ese puro de la boca. Cuando sonó la campana salí al centro del ring con el puro todavía en la boca. Me chupé toda una bocanada de humo, y se la eché en la cara a Hemingway. La gente rió. Hem se vino hacia mí, me lanzó dos ganchos cortos, y falló ambos golpes. Mis pies eran rápidos. Bailaba en un continuo vaivén, me movía, entraba, salía, a pequeños saltos, tap tap tap tap tap, cinco veloces golpes de izquierda en la nariz de Papá. Divisé a una chica en la fila frontal de butacas, una cosa muy bonita, me quedé mirándola y entonces Hem me lanzó un directo de derecha que me aplastó el cigarro en la boca. Sentí cómo me quemaba los labios y la mejilla, me sacudí la ceniza, escupí los restos del puro y le pegué un gancho en el estómago a Ernie. Él respondió con un derechazo corto, y me pegó con la izquierda en la oreja. Esquivó mi derecha y con una fuerte volea me lanzó contra las cuerdas. Justo al tiempo de sonar la campana me tumbó son un sólido derechazo a la barbilla. Me levanté y me fui hasta mi rincón. Un tío vino con una toalla. -El señor Hemingway quiere saber si todavía deseas seguir otro asalto. -Dile al señor Hemingway que tuvo suerte. El humo se me metió en los ojos. Un asalto más es todo lo que necesito para finalizar el asunto. El tío con la toalla volvió al otro extremo y pude ver a Hemingway riéndose. Sonó la campana y salí derecho. Empecé a atacar, no muy fuerte, pero con buenas combinaciones. Ernie retrocedía, fallando sus golpes. Por primera vez pude ver la duda en sus ojos. ¿Quién es este chico?, estaría pensando. Mis golpes eran más rápidos, le pegué más duro. Atacaba con todo mi aliento. Cabeza y cuerpo. Una variedad mixta. Boxeaba como Sugar Ray y pegaba como Dempsey. Llevé a Hemingway contra las cuerdas. No podía caerse. Cada vez que empezaba a caerse, yo lo enderezaba con un nuevo golpe. Era un asesinato. Muerte en la tarde. Me eché hacia atrás y el señor Hemingway cayó hacia adelante, sin sentido y ya frío. Desaté mis guantes con los dientes, me los saqué, y salté fuera del ring. Caminé hacia mi vestuario; es decir, el vestuario del señor Hemingway, y me di una ducha. Bebí una botella de cerveza, encendí un puro y me senté en el borde de la mesa de masajes. Entraron a Ernie y lo tendieron en otra mesa. Seguía sin sentido. Yo estaba allí, sentado, desnudo, observando cómo se preocupaban por Ernie. Había algunas mujeres en la habitación, pero no les presté la menor atención. Entonces se me acercó un tío. -¿Quién eres? - me preguntó-. ¿Cómo te llamas? -Henry Chinaski. -Nunca he oído hablar de ti -dijo. -Ya oirás. Toda la gente se acercó. A Ernie lo abandonaron. Pobre Ernie. Todo el mundo se puso a mi alrededor. También las mujeres. Estaba rodeado de ladrillos por todas partes menos por una. Sí, una verdadera hoguera de clase me estaba mirando de arriba a abajo. Parecía una dama de la alta sociedad, rica, educada, de todo -bonito cuerpo, bonita cara, bonitas ropas, todas esas cosas-. Y clase, verdaderos rayos de clase. -¿Qué sueles hacer? -preguntó alguien. -Cojer y beber. -No, no- Quiero decir en qué trabajas. -Soy fregaplatos. -¿Fregaplatos? -Sí. -¿Tienes alguna afición? -Bueno, no sé si puede llamarse una afición. Escribo. -¿Escribes? -Sí. -¿Qué? -Relatos cortos. Son bastante buenos. -¿Has publicado algo? -No. -¿Por qué? -No lo he intentado. -¿Dónde están tus historias? -Allá arriba -señalé una vieja maleta de cartón. -Escucha, soy un crítico del New York Times. ¿Te importa si me llevo tus relatos a casa y los leo? Te los devolveré. -Por miíde acuerdo, culo sucio, sólo que no sé dónde voy a estar. La estrella de clase y alta sociedad se acercó: -El estará conmigo. -Luego me dijo-. Vamos, Henry, vístete. Es un viaje largo y tenemos cosas que... hablar. Empecé a vestirme y entonces Ernie recobró el sentido. -¿Qué coño pasó? -Se encontró con un buen tipo, señor Hemingway -le dijo alguien. Acabé de vestirme y me acerqué a su mesa. -Eres un buen tipo, Papá. Pero nadie puede vencer a todo el mundo. -Estreché su mano-. No te vueles los sesos. Me fui con mi estrella de alta sociedad y subimos a un coche amarillo descapotado, de media manzana de largo. Condujo con el acelerador pisado a fondo, tomando las curvas derrapando y chirriando, con el rostro bello e impasible. Eso era clase. Si amaba de igual modo que conducía, iba a ser un infierno de noche. El sitio estaba en lo alto de las colinas, apartado. Un mayordomo abrió la puerta. -George -le dijo-. Tómate la noche libre. O, mejor pensado, tómate la semana libre. Entramos y había un tío enorme sentado en una silla, con un vaso de alcohol en la mano. -Tommy -dijo ella- desaparece. Fuimos introduciéndonos por los distintos sectores de la casa. -¿Quién era ese grandullón? -Thomas Wolfe -dijo ella-. Un coñazo. Hizo una parada en la cocina para coger una botella de bourbon y dos vasos. Entonces dijo: -Vamos. La seguí hasta el dormitorio. A la mañana siguiente nos despertó el teléfono. Era para mí. Ella me alcanzó el auricular y yo me incorporé en la cama. -¿Señor Chinaski? -¿Sí? -Leí sus historias. Estaba tan excitado que no he podido dormir en toda la noche. ¡Es usted seguramente el mayor genio de la década! -¿Sólo de la década? -Bueno, tal vez del siglo. -Eso está mejor. -Los editores de Harperis y Atlantic están ahora aquí conmigo. Puede que no se lo crea, pero cada uno ha aceptado cinco historias para su futura publicación. -Me lo creo -dije. El crítico colgó. Me tumbé. La estrella y yo hicimos otra vez el amor. Charles Bukowski 25/06/2004 19:54 Permalink. Tema: Prosa clásicos 29/06/2004Aprendiz de poeta¿Es arte del demonio o brujería esto de escribir versos? _le decía no sé si a Campoamor o Víctor Hugo, un mozo de chirumen muy sin jugo. Enséñeme, maestro, a hacer siquiera una oda chapucera. Es preciso no estar es sus cabales para que un hombre aspire a ser poeta; pero, en fin, es sencilla la receta: forme usted líneas de medidas iguales, luego en fila las junta, poniendo consonantes en la punta. ¿Y en el medio? ¿En el medio? ¡Ése es el cuento! ¡Hay que poner talento! Ricardo Palma 29/06/2004 22:35 Permalink. Tema: El arte de escribir El oficio del poetaContemplar las palabras sobre el papel escritas, medirlas, sopesar su cuerpo en el conjunto del poema, y después, igual que un artesano, separarse a mirar cómo la luz emerge de la sutil textura. Así es el viejo oficio del poeta, que comienza en la idea, en el soplo sobre el polvo infinito de la memoria, sobre la experiencia vivida, la historia, los deseos, las pasiones del hombre. La materia del canto nos lo ha ofrecido el pueblo con su voz. Devolvamos las palabras reunidas a su auténtico dueño. José Agustín Goytisolo 29/06/2004 22:39 Permalink. Tema: El arte de escribir AutopsicografíaEl poeta es un fingidor. Finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente. Y, en el dolor que han leído, a leer sus lectores vienen, no los dos que él ha tenido sino sólo el que no tienen. Y así en la vida se mete, distrayendo a la razón, y gira, el tren de juguete que se llama corazón. Fernando Pessoa 29/06/2004 22:42 Permalink. Tema: El arte de escribir Arte poéticaQue el verso sea una llave que abra mil puertas. Una hoja cae; algo pasa volando; cuanto miren los ojos creado sea, y el alma del oyente quede temblando. Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; el adjetivo, cuando no da vida, mata. Estamos en el ciclo de los nervios. El músculo cuelga, como recuerdo, en los museos; mas no por eso tenemos menos fuerza: el vigor verdadero reside en la cabeza. Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas! Hacedla florecer en el poema; sólo para nosotros viven todas las cosas bajo el sol. El poeta es un pequeño Dios. Vicente Huidobro 29/06/2004 22:52 Permalink. Tema: El arte de escribir Porque escribíAhora que quizás, en un año de calma, piense: la poesía me sirvió para esto: no pude ser feliz, ello me fue negado, pero escribí. Escribí: fui la víctima de la mendicidad y el orgullo mezclados y ajusticié también a unos pocos lectores; tendía la mano en puertas que nunca, nunca he visto; una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies. Pero escribí: tuve esa rara certeza, la ilusión de tener el mundo entero entre las manos - ¡qué ilusión más perfecta! como un Cristo barroco con toda su crueldad innecesaria -,. Escribí, mi escritura fue como la maleza de flores ácimas pero flores en fin, el pan de cada día de las tierras eriazas: una caparazón de espinas y raíces. De la vida tomé todas estas palabras como un niño oropel, guijarros junto al río; las cosas de una magia, perfectamente inútiles pero que siempre vuelven a renovar su encanto. La especie de locura con que vuela un anciano detrás de las palomas imitándolas me fue dada en lugar de servir para algo. Me condené escribiendo a que todos dudaran de mi existencia real (días de mi escritura, solar del extranjero). Todos los que sirvieron y los que fueron servidos digo que pasarán porque escribí y hacerlo significa trabajar con la muerte codo a codo, robarle unos cuantos secretos. En su origen el río es una veta de agua - allí, por un momento, siquiera, en esa altura - luego, al final, un mar que nadie ve de los que están broncéandose la vida. Porque escribí fui un odio vergonzante, pero el mar forma parte de mi escritura misma: línea de la rompiente en que un verso se espuma yo pude reiterar la poesía. Estuve enfermo, sin lugar a dudas y no sólo de insomnio, también de ideas fijas que me hicieron leer con obscena atención a unos cuantos psicólogos, pero escribí y el crimen fue menor, lo pagué verso a verso hasta escribirlo, porque de la palabra que se ajusta al abismo surge un poco de oscura inteligencia y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados. Porque escribí no estuve en casa del verdugo ni me dejé llevar por el amor a Dios ni acepté que los hombres fueran dioses ni me hice desear como escribiente ni la pobreza me pareció atroz ni el poder una cosa deseable ni me lavé ni me ensucié las manos ni fueron vírgenes mis mejores amigas ni tuve como amigo a un fariseo ni a pesar de la cólera quise desbaratar a mi enemigo. Pero escribí y me muero por mi cuenta, porque escribí, porque escribí estoy vivo. Enrique Lihn 29/06/2004 22:57 Permalink. Tema: El arte de escribir Por qué escribimosUno hace versos y ama la extraña risa de los niños, el subsuelo del hombre que en las ciudades ácidas disfraza su leyenda, la instauración de la alegría que profetiza el humo de las fábricas. Uno tiene en las manos un pequeño país, horribles fechas, muertos como cuchillos exigentes, obispos venenosos, inmensos jóvenes de pie sin más edad que la esperanza, rebeldes panaderas con más poder que un lirio, sastres como la vida, páginas, novias, esporádico pan , hijos enfermos, abogados traidores nietos de la sentencia y lo que fueron, bodas desperdiciadas de impotente varón, madre, pupilas, puentes, rotas fotografías y programas. Uno se va a morir, mañana, un año, un mes sin pétalos dormidos; disperso va a quedar bajo la tierra y vendrán nuevos hombres pidiendo panoramas. Preguntarán qué fuimos, quienes con llamas puras les antecedieron, a quienes maldecir con el recuerdo. Bien. Eso hacemos: custodiamos para ellos el tiempo que nos toca. Roque Dalton 29/06/2004 22:58 Permalink. Tema: El arte de escribir 30/06/2004TeoríaUn instante vacío de acción puede poblarse solamente de nostalgia o de vino. Hay quien lo llena de palabras vivas, de poesía (acción de espectros, vino con remordimiento). Cuando la vida se detiene, se escribe lo pasado o lo imposible para que los demás vivan aquello que ya vivió (o que no vivió) el poeta. Él no puede dar vino, nostalgia a los demás: sólo palabras. Si les pudiese dar acción... La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar. Hace vibrar árboles, ropas, abrasa espigas, hojas secas, acuna en su oleaje los objetos que duermen en la playa. La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar: da apariencia de vida a lo inmóvil, a lo paralizado. Y el leño que arde, las conchas que las olas traen o llevan, el papel que arrebata el viento, destellan una vida momentánea entre dos inmovilidades. Pero los que están vivos, los henchidos de acción, los palpitantes de nostalgia o vino, esos... felices, bienaventurados, porque no necesitan las palabras, como el caballo corre, aunque no sople el viento, y vuela la gaviota, aunque esté seco el mar, y el hombre llora, y canta, proyecta y edifica, aun sin el fuego. José Hierro 30/06/2004 22:55 Permalink. Tema: El arte de escribir |
"Si quieres ser escritor, escribe". Epicteto
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