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09/11/2004

Los accesorios de tu cuerpo

Tu pelo es un arbusto incendiado
Tu frente es una hoja de papel antes de ser escrita
Tus ojos son dos botes de remos en una competencia
Tus orejas son dos caracoles hablando entre ellos
Tu nariz es la línea recta en el croquis del mundo
Tus mejillas son dos panecillos dorándose en el horno
Tu boca es un espejo herido (perdona que lo repita)
Tus dientes son pedacitos de tiza escribiendo un
teorema
Tu cuello es el mástil de una bandera negra
Tus hombros son dos paracaídas cayendo en la noche
Tus brazos son el minutero y el secundero del no-tiempo
Tus senos son las dos mitades de una naranja congelada
Tu cintura es un dedo haciendo un círculo en la arena
Tu vientre es un "compact disc" de J.S. Bach
Tu vagina es la cueva en el mito de Platón (quizás más
honesta)
Tus manos son dos gavetas repletas de pañuelos
Tus dedos son diez soldaditos de plomo marchando
hacia la tarde
Tus muslos son dos boas buscando víctimas y
aventureros
Tus pies son dos raíces tiernas regresando del tiempo
Tu cuerpo es un libro con fotografías de pirámides y
planetas.

Carlos Roberto Gómez
09/11/2004 08:38 Permalink. Tema: Versos actuales

Colón

bot 7.gifLas cosas están tan malas en Colón que las iglesias se quedan abiertas las veinticuatro horas. Dan las misas por altoparlantes. Por si llega el milagro, por si llega de todos modos lo que tenga que llegar, por si las moscas. Los colonenses esperan un mesías, un mesías que los lleve de la mano o con sogas y cadenas a través de compuertas para llegar de un lado a otro milagrosamente, como quizás en atávica madrugada les enseñaron que tenía que ser. Porque en Colón no se empequeñece con andas, y si la canal maestra de la esperanza, la canal maestra de la fe. No se cierran las puertas de nada ni de nadie en la desdichada capital del tránsito y la visitación, la más estratégicamente colocada en de los que se cuentan condados más ricos de la gran República del Norte. Está abarrotada de ángeles que mean, como quieren decir, las llantas de carros, taxis y autobuses, para hacerlos correr, vaya a saberse, sin percances, pero quién sino este arriesgado observador y atrevido afirmador puede con certeza observar y afirmar sobre el urinario atrevido y arriesgado objetivo de los colombinos ángeles.

No podemos culpar a Dios por no haberse quedado más en Colón. Si por mejor decirlo mejor lo hizo. Me dejó en Colón sin saberlo con Zeus, sí, como se lee, porque en la del canal después que se hundió la Atlántida flotan al más de nombre los olímpicos. Un Zeus particular que las lectoras y los que leen y no leen se verán felices de que se lo describa aunque a la enjuta. Sencillo de hacer, pues, si se piensa en la piedra de toque de Hollywood, no en James Dean dominando la Quinta avenida sino en más modestos y menos eróticos emplanajes y por ello más como el del viejo Bogart o el del joven Keitel ambos bien planchados y en forma. Zeus Miguel se llamaba y estaba dotado de lo necesario para llevarte a donde hubiera que llevarte a ti y al piano en carro nuevo y con pistola. Alas de Mercedes de algodón y plata con que levantar vuelo y sostenerse planeando en las alturas. La pistola, de largo, afilado y resplandeciente acero para matar y que te maten. Zeus Miguel, el que se parece a Dios con muslos dorados y defundadas faltriqueras, te lleva a donde haya que llevarte, como dije, y te ofrece lo habido y por haber en materia de orientación turística sobre la base derelicta y la ciudad sitiada.

-Vamos al canal -sugiere.

Y lo dejas llevarte a ver lo que quiere que veas desde su ángulo particular, mejor que cualquier otro, ángulo que se tiene estudiado a la saciedad para sorprender al viajero con originalidad que nunca conocieron free-lancers. Esta vez me conduce a las escalerillas más a propósito para ver a Dios viendo lo que yo veía pero desde otro ángulo. Desde el ángulo de Ciudad de Panamá al que lo habían guiado unos amigos judíos que conociera el viernes en la sinagoga y de los que se sabrá que dedicaban los hebraicos esfuerzos a la industria de la lavandería. Esto último me lo confesó con reparos en la intimidad del dormitorio Dios al que también llevaron y trajeron los lavanderos, y este servidor lo repite sin ningún reparo en casta pública alcoba en que el lector está invitado a reposar del sobresalto y el trajín de su vida extratexto, y con no menos prueba que la palabra y el genio del esencial y amado compañero de viaje.

No hablamos particularmente de este asunto Zeus y yo sino de parte de él harto detersiva. Sin encomiendas ni peticiones de excusas, como se suele hacer en casos similares, Zeus disertó más bien sobre el oro el que igual pero no igual porque excusa el lavado más por limpio que por sucio.

-El oro -decía- movió a Colón.

Y citaba del diario de viaje del otro descubrimiento donde se expresaba llanamente en delicada oración lo que al Gran Almirante motivaba, ya que lo que le pedía a Dios y a la Virgen su patrona se reducía al favor de poder encontrar oro.

No abandonada la ciudad por los mismos colonenses ni por los ángeles ni por los dioses sino por los amos del canal que se fueron yendo poco a poco dejando vidrios rotos y tejas caídas y encajes que amarillean en el maniquí de una novia diqueniana. Rosas de piedra sobre los caminos de piedra y los carteles desteñidos. Señor Dios, Señor Oro, te necesitamos en Colón para poder brindar. Porque a quién se le va a entregar el canal al final de la centuria milenaria. ¿Al alcalde de Colón? Zeus se penetra en las rendijas de cuero curtido de los asientos y se desvía más hacia adentro para que yo tome fotos cruciales y recuerde experiencias infantiles, de más lejos, de más adentro. Un originario baño azul de porcelana como un barril para indisponer al Niágara. Mejor olvidar esas cosas sentidas ahora que Dios no está y que en Colón debutan, según Zeus, Monroe y James, o James y Monroe con su que el Señor nos dirija en su misericordia para que encontremos oro, y el casto evadir de doctrinas puras que indican que a Colón el oro como a los americanos América.

Al otro día, Zeus Miguel quiere llevarme a misa con su mujer y sus hijos. Viene a buscarme y toma el desayuno conmigo. Quiere que vaya para luego enseñarme una playa del Pacífico. Vacilo, no sé qué me hace quedar viendo los barcos que se mueven tan lentos en el puerto. Quizás porque Dios puede llegar en cualquier momento. Quizás porque quedarme solo en Colón se archiva entre mis más celadas fantasías en las quinancias de mi niño interior. No se complace pero se va tranquilo y promete volver. En el rostro me deja ver que hay algo que me estoy perdiendo que no quiere que me pierda y que pues no me voy a perder aunque me quede.

Por mejor hacerlo cuando se va me voy al lobby decadente del Hotel Wáshington a ver pinturas que ya he visto antes sin verlas mucho. Ahora un supuesto guardia de seguridad de nombre Leandro, fino como bacalao y largo como camino, armado también hasta el tuétano y con voz de narrador de documentales me lleva sin apartarse un brazo cuadro por cuadro. Los veo ahora con la astucia de la flor que me comunica el próximo paseante, a las obvias no free-lancer y a las claras más artista que crítico que se sabe las obras como si las pariera en su propio estudio y las amamantara con sus límites puestos allí al acaso como fronteras en el continente. Nunca recibí mejor orientación sobre apreciación de arte. Una vez comprendidas y en justicia apreciadas las pinturas, me hace señas la señorita de recepción porque Zeus ha regresado. Leandro discreto desaparece no sin antes haberme dejado una tarjeta con el nombre del pintor, sus señas y su teléfono.

Zeus, que me esperaba, se cruza con Dios que llega. No se miran porque no se conocen. Los veo desde lejos como a dos barcos del puerto. Se mueven lentamente cada cual en su ruta. Se diría que uno imita y sigue los pasos del otro a la inversa. Se escucha ronca sirena de un buque que llega al Atlántico. Que salió de esos mares de la Cruz del Sur, mares también frenéticos y cautivadores. Las cosas están tan malas en Colón, en la última gran ciudad de la América joven. La ciudad más nueva del nuevo mundo que aprisiona al istmo dando paso a las flotas del oro, barcos cargados de especias y no esperanzas, barcos llenos de guano y pedernales, naves de puerto libre, naves sin fe en el porvenir. Angeles como inescrupulosos efebos mean los engranajes, para que todo corra. Zeus y Dios danzan la alevosa danza de las naves perdidas, como sombras de náufragos ignorantes del genio de Colón.

Antonio Bou
09/11/2004 08:41 Permalink. Tema: Versos actuales

Para la cátedra de historia

bot 8.gifHace unos quince mil millones de años, según dicen los entendidos, un huevo incandescente estalló en medio de la nada y dio nacimiento a los cielos y a las estrellas y a los mundos.

Hace unos cuatro mil o cuatro mil quinientos millones de años, año más, año menos, la primera célula bebió el caldo del mar, y le gustó, y se duplicó para tener a quien convidar el trago.

Hace unos dos millones de años, la mujer y el hombre, casi monos, se irguieron sobre sus patas y alzaron los brazos y se abrazaron y se entraron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse cara a cara, mientras estaban en eso.

Hace unos cuatrocientos cincuenta mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los ayudó a defenderse del invierno.

Hace unos trescientos mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras y creyeron que podían entenderse.

Y en eso estamos, todavía queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frio, buscando palabras.


Eduardo Galeano
09/11/2004 08:43 Permalink. Tema: Artículos

El elogio del silencio

bot 9.gifSilencio es recordar que toda palabra tiene un hoy y un mañana; es decir; un valor de momento y un alcance futuro incalculable.

Silencio es recordar que el valor de la palabra que pronunció no tanto viene de su propia significación ni de la intención que yo le imprimo, cuánto de la manera con que la comprende quién la oye.

Silencio es reconocer que los conflictos se resuelven mejor callando que hablando, y que el tiempo influye más en ellos que las palabras.

Silencio es reprimir la injuria que iba a escapársenos, y olvidar la que nos infirieron.

Silencio es recordar que si hubiera diferido una hora sola mi juicio sobre tal persona o suceso, en esa hora pudo llegar un dato nuevo, que hiciera variar aquél juicio temerario y cruel.

Silencio es recordar que el simple hecho de repetir lo que otros dicen, es formar la avalancha que luego arrastra la reputación y la tranquilidad de los demás.

Silencio es no quejarse, para no aumentar las penas de los otros.

Silencio es decir HICE, en vez de HARÉ.

Silencio es recordar que la palabra al pronunciarla, se lleva una parte de la energía necesaria para realizar la idea que aquélla encarna.

Silencio es no exponer la idea o el plan a medio concebir, ni leer la obra en borrador, ni dar como criatura viviente lo que es apenas un anhelo.

Silencio es la raíz y por eso sostiene.

Silencio es la savia, y por eso alimenta.

Silencio es recordar que si para nuestras cuitas y esperanzas es nuestro corazón un relicario, el corazón ajeno puede ser una plaza de feria y hasta un muladar.

Silencio es el capullo donde la oruga se cambia en mariposa y silencio es la nube donde se forma el rayo.

Silencio es concrentarse, seguir la propia órbita, hacer la propia obra, cumplir el propio designio.

Silencio es meditar, medir, pesar, aquilatar y acrisolar.

Silencio es la palabra justa, la intención recta, la promesa clara, el entusiasmo refrenado, la devoción que sabe a donde va.

Silencio es SER UNO MISMO, y no tambor que resuene bajo los dedos de la muchedumbre.

Silencio es tener un corazón de uno, un cerebro de uno, y no cambiar de sentimientos o de opinión porque así lo quieren los demás.

Silencio es hablar con DIOS antes que con los hombres, para no arrepentirse después de haber hablado.

Silencio es hablar uno calladamente con su propio dolor, y contenerlo hasta que se convierta en sonrisa, en plegaria, o en canto.

Silencio es, en fin, el reposo del sueño y el reposo de la muerte, donde todo se purifica y restaura, donde todo se iguala y perdona.


Alberto Masferrer
09/11/2004 08:44 Permalink. Tema: Ensayos

El perro y el gato

La Señora Política tenía
un Perrillo faldero,
y un gato zalamero,
a los que acariciaba todo el día.

Por razones que ignoro hasta la fecha,
cambia de domicilio
y busca en el exilio
una senda de luz menos estrecha.

Al compañero Gato dijo el Perro
antes de la partida:
-Nuestra suerte está unida
a la que tenga el ama en el destierro.

El Gato le contesta: -Yo no puedo
seguirla, caro amigo,
porque en verdad te digo
que soy fiel a la Casa. Aquí me quedo.

El mismo cuento exactamente pasa
en cuestiones morales
donde hay Perros leales
y Gatos que se quedan en su casa.

¿Cambia Doña Política de puesto?
El Perro no la deja
y con ella se aleja;
pero el Gato es leal al Presupuesto.

León Sigüenza
09/11/2004 20:30 Permalink. Tema: Versos clásicos

Historia de una mariposa y una araña

bot 10.gifDespués de tanto escribir para los demás, permitidme que un día escriba para mí.

En el discurso de mi vida me han pasado una multitud de cosas sin importancia que, sin que yo sepa el porqué, las tengo siempre en la memoria.

Yo, que olvido con la facilidad del mundo las fechas más memorables, y apenas si guardo un recuerdo confuso y semejante al de un sueño desvanecido de los acontecimientos que, por decirlo así, han cambiado mi suerte, puedo referir con los detalles más minuciosos lo que me sucedió tal o cual día, paseándome por esta o la otra parte, cuanto se dijo en una conversación sin interés ninguno tenida hace seis o siete años, o el traje, las señas y la fisonomía de una persona desconocida que mientras yo hacía esto o lo de más allá, se puso a mi lado, o me miró o le dirigí la palabra. En algunas ocasiones, y por lo regular cuando quisiera tener el pensamiento más distante de tales majaderías, porque una ocupación seria reclama mi atención y el empleo de todas mis facultades, acontece que comienzan a agolparse a mi memoria estos recuerdos importunos y la imaginación, saltando de idea en idea, se entretiene en reunirlas como en un mosaico disparatado y extravagante.

A veces creo que entre tal mujer que vi en un sitio cualquiera, entre otras ciento que he olvidado, y tal canción que oí mucho tiempo después y recuerdo mejor que otras canciones que no he podido recordar nunca, hay alguna afinidad secreta, porque a mi imaginación se ofrecen al par y siempre van unidas en mi memoria, sin que en apariencia halle entre las dos ningún punto de contacto. También me sucede dar por seguro que un hombre determinado, a quien apenas conozco, y que sin saber por qué, lo tengo a todas horas presente, ha de ejercer algún influjo en mi porvenir, y me espera en el camino de mi vida para salirme al encuentro.

De estas fútiles preocupaciones, de estos hechos aislados y sin importancia, me esfuerzo en vano cuando asaltan mi memoria en sacar alguna deducción positiva; y digo en vano, porque si bien en ciertos momentos se me figura hallar su escondida relación, y como oculto tras la forma de mi vida prosaica y material, me parece que he sorprendido algo misterioso que se encadena entre sí y con apariencias extrañas, o reproduce lo pasado o previene lo futuro, otros, y éstos son los más frecuentes, después de algunas horas de atonía de la inteligencia práctica, vuelvo al mundo de los hechos materiales y me convenzo de que, cuando menos en ocasiones, soy un completísimo mentecato.

No obstante, como tengo en la cabeza una multitud de ideas absurdas que siempre me andan dando tormento mezclándose y sobreponiéndose a las pocas negociables en el mercado del sentido común, y como he observado que una vez escrita una y arrojada al público, la olvido por completo y nunca más torna a fatigarme, voy a ir poco a poco deshaciéndome de las más rebeldes.

Yo prometo solemnemente que si a mi enferma imaginación le aprovechan estas sangrías y mañana o pasado puedo disponer de mí mismo, he de aplicar todas mis facultades a algo más que enjaretar majaderías, y tal vez mi nombre pase a las futuras generaciones, unido al de un nuevo betún, unos polvos dentífricos o algún otro descubrimiento o invención útil a la humanidad.

Entre tanto, sufrid como tantas otras impertinencias se sufren en este mundo, el relato de dos recuerdos insignificantes: la doliente historia de una mariposa blanca y una araña negra.

Un día de primavera, un día rico de luz y de colores, de esos en que, viéndolo todo envejecerse a nuestro alrededor, nos admira que nunca se envejezca el mundo, estaba yo sentado en una piedra a la entrada de un pueblecito. Me ocupaba, al parecer, en copiar una fuente muy pintoresca, a la que daban sombra algunos álamos; pero, en realidad, lo que hacía era tomar el sol con este pretexto, pues en más de tres horas que estuve allí, embobado con el ruidito del agua y de las hojas de los árboles, apenas si tracé cuatro rayas en el papel del dibujo.

Sentado estaba, como digo, pensando, según vulgarmente se dice, en las musarañas, cuando pasaron por delante de mis ojos dos mariposas blancas como la nieve. Las dos iban revoloteando, tan juntas, que al verlas me pareció una sola. Tal vez habían roto ambas a un mismo tiempo la momia de larva que las contenía y, animándose con un templado rayo de sol, se habían lanzado a la vez, en su segunda y misteriosa vida, a vagar por el espacio.

Esto pensaba yo, cuando las mariposas volvieron a pasar delante de mí y fueron a posarse en una mata de campanillas azules, entre las que se detuvieron algunos segundos, sin que dejasen de palpitar sus alas. Después tornaron a levantar el vuelo y a dar vueltas a mi alrededor. Yo no sé qué querían de mí. Sin duda en el instinto de las mariposas hay algo de fatal que las lleva a la muerte. Ellas se agitan, como en un vértigo, alrededor de la llama que no las busca; ellas parece como que nos provocan, estrechando los círculos que describen en el aire en torno a nuestras cabezas, y las ahuyentamos, y vienen de nuevo.

Yo no sé qué querían de mí aquellas mariposas, aquéllas precisamente, y no otras muchas que andaban también por allí revoloteando; yo no lo sé ni me lo he podido explicar nunca, pero lo cierto es que yo debía matar a una, y maquinalmente, no queriendo, no esperando cogerla, tendí la mano al pasar por la centésima vez junto a mi rostro, y la cogí y la maté. Sentí matarla, como sentiría que una noche se me cayeran los gemelos de teatro desde el antepecho de un palco y matasen a un infeliz de las butacas, lo cual no me ha sucedido nunca, aunque muchas veces he pensado que podría sucederme.

Esta es la historia de la mariposa; vamos a la de la araña.

La araña vivía en el claustro de un monasterio ya ruinoso y casi abandonado. Allí se había hecho una casa, tejida con un hilo oscuro, entre los huecos de un bajorrelieve.

Yo entré un día en el claustro y desperté el eco de aquellas ruinas con el ruido de mis tacones. Y se me ocurrió, lo primero, que los claustros se habían hecho para los religiosos que llevaban sandalias, y comencé a pisar quedito, porque hasta mí me escandalizaba el ruido que hacía, siendo tan pequeño, en aquel edificio tan grande.

El cielo estaba encapotado, y el claustro recibía la luz por unas ojivas altas y estrechas que lo dejaban en penumbra de modo que, aunque todo me hacía ojos, no podía ver bien los detalles del bajorrelieve que había empezado a copiar.

El bajorrelieve representaba una procesión de monjes con el abad a la cabeza y servía de ornamento a los capiteles de un haz de columnas que formaban uno de los ángulos. No sé en dónde encontré una escalera que apoyé en el muro para subir por ella y ver los detalles; el caso es que subí, y cuando estaba más abstraído en mi ocupación, como me estorbase para examinar a mi gusto la mitra del abad una tela oscura y polvorienta que la envolvía casi toda, extendí la mano y la arranqué, y de debajo de aquella cosa sin nombre, que era su habitación, salió la araña.

Una araña horrible, negra, velluda, con las patas cortas y el cuello abultado y glutinoso.

No sé qué fue más pronto, si salir el animalucho aquel de su escondrijo, o tirarme yo al suelo desde lo alto de la escalera, con peligro de romperme un brazo, todo asustado, todo conmovido, como si hubiese visto animarse uno de aquellos vestigios de piedra que se enroscan entre las hojas de trébol de la cornisa y abrir la boca para comerme crudo.

La pobre araña, y digo la pobre, porque ahora que la recuerdo me causa compasión, la pobre araña, digo, andaba aturdida, corriendo de acá para allá, por cima de aquellos graves personajes del bajorrelieve, buscando un refugio. Yo, repuesto del susto y queriendo vengarme en ella de mi debilidad, comencé a coger cantos de los que había allí caídos, y tantos le arrojé que al fin le acerté con uno.

Después que hubo muerto la araña, dije: «¡Bien muerta está! ¿Para qué era tan fea?». Y recogí mi cartera de dibujo, guardé mis lápices y me marché tan satisfecho.

Todo esto es una majadería, yo lo conozco perfectamente; pero ello es que andando algún tiempo, decía yo, apretándome la cabeza con las manos y como queriendo sujetar la razón que se me escapaba: «¿Por qué da vueltas esa mujer alrededor de mí? Yo no soy una llama y, sin embargo, puede abrasarse. Yo no la quiero matar y, a pesar de todo, puedo matarla». Y después que hubo pasado todavía más tiempo, pensé y creo que pensé bien: «Si yo no hubiera muerto la mariposa, la hubiera matado a ella».

En cuanto a la araña..., he aquí que comienzo a perder el hilo invisible de las misteriosas relaciones de las cosas, y que al volver a la razón empieza a faltarme la extraña lógica del absurdo, que también la tiene para mí en ciertos momentos.

No obstante, antes de terminar diré una cosa que se me ha ocurrido muchas veces, recordando este episodio de mi vida. ¿Por qué han de ser tan feas las arañas y bonitas las mariposas? ¿Por qué nos ha de remorder el llanto de unos ojos hermosos, mientras decimos de otros: «Que lloren, que para llorar se han hecho»?

Cuando pienso en todas estas cosas, me dan ganas de creer en la metempsicosis.

Todo sería creer en una simpleza más de las muchas que creo en este mundo.

*El Contemporáneo, 28 de enero, 1863

Gustavo Adolfo Bécquer
09/11/2004 20:31 Permalink. Tema: Prosa clásicos

21/11/2004

La vida

Los caminos de la vida no tienen principio ni final.

Lo que algunos llaman vida, otros llaman sueño;
lo que aquellos llaman muerte,
estos lo llaman el despertar de ese dulce sueño
o quizás, de aquella terrible pesadilla.

Todo depende de como construyamos esos caminos
que no tienen principio ni final...
Pero que algún día terminaran,
en las ilusiones de aquel ser que lleva una estrella en el corazón.
Esa estrella que nunca nació y nunca morirá.

Esa misma estrella que dará luz
hasta el mismo instante en que las demás dejen de percibirla.

El día del juicio final,
la raza humana dejara de existir,
en el mismo momento,
en ese mismo instante que el hombre pierda su objetivo de lucha
y la capacidad de sentir amor al prójimo.

Eleonora Borgoglio
21/11/2004 20:15 Permalink. Tema: Versos actuales

Un camino al poniente

bot 11.gifCarlos Rivera conducía por la Ruta 11 hacia el norte, aquella calurosa tarde de diciembre de 1980, y su ansiedad corría más que su coche, viajando hacia Asunción. Por cuestiones de trabajo, en el otoño pasado había estado unos días en la capital paraguaya... y allí conoció a María Teresa.

Le agradaban las mujeres que tenían resabios de raza india en la sangre ardiente, en la piel morena, en el cabello lacio muy negro, y en el corazón noble. Y la paraguayita de Villa Rica que estudiaba en Asunción, tenía esos atributos.

Desde chico, Carlos decía que se casaría con una mujer que cantara... y María Teresa cantaba; por eso, mirando el camino que la luna dibujaba sobre el río Paraguay, escuchó guaranias que junto a la emoción de un beso inolvidable, le llenaron el alma. Pero tuvo que volver a Rosario, y al despedirse, dejó temblando en el corazón de su enamorada, la solemne promesa del regreso.

Se escribieron frecuentemente. Carlos sabía que el romance epistolar no podía durar indefinidamente, de manera que en la última carta, le contó su intención de casarse para fin de año; María Teresa le contestó que sí, que fuera a buscarla. Y ahora, Carlos Rivera iba para Asunción, llevando en los labios la polca que ella le enseñó, una sonrisa, y un dulce recuerdo...

Habiendo dejado atrás Las Toscas, un camino pavimentado que nacía a la izquierda de la Ruta 11, y un pequeño cartel indicador, llamaron su atención: VILLA GUILLERMINA 22 K, decía el humilde señalador. ¡Villa Guillermina!, la de la canción, lo invitaba con rara elocuencia... No queriendo ignorar el llamado, tomó decidido ese camino que llevaba al poniente...

Talas, algunos algarrobos y antiguos quebrachos sobrevivientes de un conocido ayer, seguían hablando el idioma común del agreste panorama de la "cuña boscosa". En cualquier momento debía aparecer el arroyo Los Amores, y así fue... El sol se incendiaba en el oeste dorando el apacible curso, y con las palmeras de la ribera, inventaba un paisaje tropical en ese paraje del norte de Santa Fe.

Despues de unos instantes de contemplación, prosiguió la marcha y enseguida llegó: Ahí estaba... esa era Villa Guillermina; testigo del pasado casi legendario de la tristemente célebre "Forestal". Como un signo distintivo, apareció a la derecha la postal inconfundible de la "maderera". Fue andando y desandando las tranquilas calles del pueblo. Por su acogedora quietud, por el techo rojo de sus típicas construcciones de estilo europeo, por el pausado andar de quienes transitaban las veredas, el tiempo parecía detenido en ese rincón del Chaco Santafecino.

Ya dispuesto a regresar, vio a dos mujeres en la puerta de una casa. La chica que hablaba con una señora mayor, lo impresionó inesperadamente... Detuvo el auto, se bajó resueltamente, y utilizó su condición de forastero como pretexto para entablar un amable diálogo.

-¡Viste Cristina!, -comentó la mujer de más edad-, no siempre una persona de "afuera" se interesa por nuestras cosas.

-Es verdad, ¿de dónde es usted señor?

-Yo soy de Rosario.

-¿Y vuelve para allá?

-No Cristina, voy... a Formosa... por negocios -mintió.

¿Por qué no dijo la verdad? ¿Por qué pronunció su nombre con sensualidad? ¿Qué estaba sucediendo? Sí, Cristina era hermosa, tenía el cabello azabache muy largo; era delgada, de piel tersa y morena, pero... ¿y María Teresa?

Siguieron conversando unos minutos más, hasta que Cristina explicó su necesidad de irse.

-Hasta mañana Inés; que tenga usted buen viaje señor -dijo ceremoniosamente. El le contestó con un sugestivo "hasta luego", y se despidió apresuradamente de la señora; es que ya el impulso, dominaba a la razón...

Cristina caminaba despacio; el vestido blanco se balanceaba graciosamente y su pelo lacio, incomparablemente sedoso, jugaba con la brisa que llegaba del sur prometiendo frescura. Carlos la siguió sabiendo que no iba tras un juego inocente o una aventura fugaz; llevaba una determinación sustentada en un sentimiento nacido insólitamente. La alcanzó y siguió caminando junto a ella, que no pareció sorprenderse...

-Decime Cristina, ¿cómo hacés para ser tan linda?

-Yo no hago nada señor... ¡me hicieron linda!

La inmodesta contestación, dicha con un candor conmovedor como nunca había percibido en otras mujeres, lo dejó sin palabras por unos segundos; las reemplazó por su mejor sonrisa y la tomó de la mano. Fue el contacto elemental; el primer encuentro de dos manos ansiosas. Después de unos segundos él reinició la charla.

-Podés tutearme Cristina.

-De acuerdo, ¿cómo te llamás?

-Carlos... -dijo él, y a su vez preguntó- ¿Vivís aquí?

-No, mi casa queda como a un kilómetro del puente, para el lado de "la 11".

Así, hablando de cosas propias de dos personas que recién se conocen, llegaron al puente sobre "Los Amores".

-Bueno Carlos, me voy, espero que tengas buen...

La interrumpió abrazándola tiernamente; la agonizante claridad le bastaba para contemplar su mirada cautivante. Sus labios se aproximaron tanto, que el beso aleteaba dispuesto a volar... pero ella le cortó las alas con una sonrisa encantadora.

-Se te hace tarde y tenés que seguir para Formosa -le recordó con angelical picardía.

-No Cristina, no voy a viajar; pasaré la noche en el pueblo y mañana quiero que estemos juntos -dijo con tono imperativo y ansioso. La bella desconocida se desprendió suavemente y respondió con naturalidad.

-Está bien, ¿nos vemos aquí al medio día?

-Cómo no -asintió con fingida serenidad.

La lugareña bajó ágilmente hasta la costa. Alcanzó a verla corriendo como una chiquilla contenta, saltando los charcos y piedras de la orilla.

Volvió a la villa y alquiló una pieza. Luego cenó, y se acostó con su cansancio, su confusión, y sus sueños nuevos, porque un anhelo creciente desterraba a cualquier otro...

Se levantó inquieto... se arregló prolijamente y sin siquiera desayunar, se dirigió al puente presintiendo un día imborrable...

LLegó, bajó hasta el arroyo y entonces la vio. Estaba descalza, con una pollera corta y la blusa suelta; una cinta celeste le sujetaba el pelo. "Como una diosa escapada de una leyenda guaraní", se dijo, y repitió la pregunta secretamente, para sí: "¡Cómo hacés para ser tan linda!".

-¡Hola!, qué puntual -saludó la chica.

-Qué tal Cristina, vení, vamos a la sombra.

La tomó de la cintura y así fueron caminando hasta un frondoso algarrobo; una gruesa rama desgajada les sirvió de asiento.

En ese ámbito montaraz, Carlos le confesó lo que sentía. Cristina, con la mirada encendida y la boca entreabierta, lo incitaba a besarla. Respondiendo a ese ruego callado y sublime, fue acercando sus labios para anidar en los de ella un beso primoroso... que se iría transformando hasta alcanzar la intensidad de todos los besos de amor.

Cristina parecía subyugada pero súbitamente, se separó y dijo angustiada.

-¡No por favor!... ¡No es posible!

-Pero... ¡por qué Cristina! ¡qué pasa! ¿Acaso no sos libre?

-Yo sí Carlos, pero vos no.

Sintió que un temor indescifrable lo cercaba; que se desvanecía esa ilusión modelada en pocas horas, tan grande, como impensable hasta el día anterior.

-¡Qué estás diciendo!, si yo soy absolutamente li...

-No... no sos libre -lo contradijo ella interrumpiéndolo-, María Teresa te está esperando en Asunción -agregó con desconcertante seguridad.

El se estremeció. ¡Qué era eso! ¿De dónde sacaba esas precisiones?

"Mi princesa india, ¿quién sos en realidad?", se preguntó; y se aferró a la única explicación posible: estaba soñando, ¡eso era una pesadilla!, y para despertar, se lastimó la mano con la rama de un espinillo; pero fue en vano; el arroyo, el puente, la sombra del algarrobo y ella... seguían allí.

Mareado y confuso, pudo ver que Cristina se hallaba extrañamente serena, mirándolo desde la belleza de sus ojos oscuros con inmensa ternura. Y le oyó agregar.

-Además hay otra cosa.

Pretendió preguntarle quién era, qué hacía, de dónde venía, pero sólo atinó a decir.

-¡Qué otra cosa!

-Que yo no sé cantar Carlos...

No fue una afirmación; no fue un detalle; fue la puñalada final que hizo girar el monte ante su vista.

Qué significaba esa impiadosa y certera adivinación; ¿era una mensajera diabólica?, o bajo su aspecto se ocultaba un duende de la selva que conocía hasta lo más recóndito de su vida. Aferrado a esa hipótesis fantasiosa, siguió escuchándola.

-Yo sé que van a ser felices.-aseguró apoyada en el viejo árbol.

La insondable muchacha tenía una expresión de infinita tristeza, y dos arroyitos tibios le mojaban la cara.

"Van a ser felices": Esa afirmación se parecía a una profecía. Entonces, supuso que se trataba de una gitana, vidente, y de extraordinaria percepción. Pero por fin, recuperada su lucidez, con profunda amargura y alivio descubrió que no le importaba quién era realmente. La pollera insinuante, el cabello largo, la boca prometedora, y esas lágrimas que le dejaban dos caminos húmedos en el rostro, ya nada representaban... ¡se había roto el hechizo!; se derrumbó con la rapidez conque comenzara; no la quería ni la odiaba.

Cristina seguía allí; síntesis silenciosa de pena y misterio. Por eso, en una actitud final de romanticismo, cortó unas berbenas rojas y levantándose con desaliento se las dio.

En tu pelo van a estar mejor -le dijo sin nombrarla. Cuando las recibió agradecida se rozaron las manos, y él no se conmovió... todo había terminado.

Retornó al camino y al llegar a la Ruta 11, no supo para donde ir. Unas garzas que levantaron vuelo como flechas blancas en el aire, le señalaron el rumbo: el del norte, el que llevaba a Asunción. Y comenzó a andar, acelerando instintivamente... Estaba confundido y arrepentido, pero fundamentalmente, avergonzado. Encendió el "stereo", y escuchó la frase de la canción que tendría eterna significación para él:

"¡Cómo olvidarte, Villa Guillermina!"

Ni el tiempo, ni la distancia, ni María Teresa, podrían borrar la turbadora recordación de ese acontecer inescrutable, ocurrido por haber tomado... un camino al poniente.

Edgardo Urraco
21/11/2004 20:20 Permalink. Tema: Prosa actual

La terrible sinceridad

bot 12.gifMe escribe un lector: "Le ruego me conteste, muy seriamente, de qué forma debe uno vivir para ser feliz".
Estimado señor: Si yo pudiera contestarle, seria o humorísticamente, de qué modo debe vivirse para ser feliz, en vez de estar pergueñando notas, sería, quizá, el hombre más rico de la tierra, vendiendo, únicamente a diez centavos, la fórmula para vivir dichoso. Ya ve qué disparate me pregunta.

Creo que hay una forma de vivir en relación con los semejantes y consigo mismo, que si no concede la felicidad, le proporciona al individuo que la practica una especie de poder mágico de dominio sobre sus semejantes: es la sinceridad.

Ser sincero con todos , y más todavía consigo mismo, aunque se perjudique. Aunque se rompa el alma contra el obstáculo. Aunque se quede sólo, aislado y sangrando. Esta no es una fórmula para vivir feliz; creo que no pero sí lo es para tener fuerzas y examinar el contenido de la vida, cuyas apariencias nos marean y engañan de continuo.

No mire lo que hacen los demás. No se le importe un pepino de lo que opine el prójimo. Sea usted, usted mismo sobre todas las cosas, sobre el bien y el mal, sobre el placer y sobre el dolor, sobre la vida y la muerte. Usted y usted. Nada más. Y será fuerte como un demonio entonces. Fuerte a pesar de todos y contra todos. No importe que la pena lo haga dar de cabeza contra la pared. Interróguese siempre, en el peor minuto de su vida, lo siguiente:

-¿Soy sincero conmigo mismo?

Y si el corazón le dice que sí, y tiene que tirarse a un pozo, tírese con confianza. Siendo sincero no se va a matar. Esté segurísimo de eso. No se va a matar, porque no se puede matar. La vida, la misteriosa vida que rige nuestra existencia, impedirá que usted se mate tirándose al pozo. La vida, providencialmente, colocará, un metro antes de que usted llegue al fondo, un clavo donde se engancharán sus ropas, y ... usted se salvará.

Me dirá usted: "¿Y si los otros no comprenden que soy sincero?" ¡Qué se le importa a usted de los otros! La tierra y la vida tienen tantos caminos con alturas distintas, que nadie puede ver a más distancia de la que dan sus ojos. Aunque se suba a una montaña, no verá un centímetro más lejos de lo que le permita su vista. Pero, escúcheme bien: el día que los que lo rodean se den cuenta de que usted va por un camino no trillado, pero que marcha guiado por la sinceridad, ese día lo mirarán con asombro, luego con curiosidad. Y ese día en que usted, con la fuerza de su sinceridad, les demuestre cuántos poderes tiene entre sus manos, ese día serán sus esclavos espiritualmente, créalo.

Me dirá usted: "¿Y si me equivoco?". No tiene importancia. Uno se equivoca cuando tiene que equivocarse. Ni un minuto antes ni un minuto después. ¿Por qué? Porque así lo ha dispuesta la vida, que es esa fuerza misteriosa. Si usted se ha equivocado sinceramente, lo perdonarán. O no lo perdonarán. Interesa poco. Usted sigue su camino. Contra viento y marea. Contra todos, si es necesario ir contra todos. Y créame llegará un momento en que usted se sentirá más fuerte, que la vida y la muerte se convertirán en dos juguetes entre sus manos. Así, como suena. Vida. Muerte. Usted va a mirar esa taba que tiene tal reverso, y de una patada la va a tirar lejos de usted. ¿Qué se le importan los nombres, si usted, con su fuerza, está más allá de los nombres?

La sinceridad tiene un doble fondo curioso. No modifica la naturaleza intrínseca del que la practica, y sí le concede una especie de doble vista, sensibilidad curiosa, y que le permite percibir la mentira, y no sólo la mentira, sino los sentimientos del que está a su lado.

Hay una frase de Goethe, respecto de este estado, que vale un Perú. Dice:

"Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás de él"

Es lo que anteriormente le decía.

La sinceridad provoca en el que la practica lealmente, una serie de fuerzas violentas. estas fuerzas sólo se muestran cuando tiene que producirse eso de: "Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás". Y si usted es sincero, va a percibir la voz de estas fuerzas. Ellas lo arrastrarán, quizá, a ejecutar actos absurdos. No importa. Usted los realiza. ¿Que se quedará sangrando? ¡Y es claro! Todo cuesta en esta tierra. La vida no regala nada, absolutamente. Todo hay que comprarlo con libras de carne y sangre.

Y de pronto, descubrirá algo que no es la felicidad, sino un equivalente a ella. La emoción. La terrible emoción de jugarse la piel y la felicidad. No en el naipe, sino convirtiéndose usted en una especie de emocionado naipe humano que busca la felicidad, desesperadamente, mediante las combinaciones más extraordinarias, más inesperadas. ¿O qué se cree usted? ¿Que es uno de esos multimillonarios norteamericanos, ayer vendedores de diarios, más tarde carboneros, luego dueños de circo, y sucesivamente periodistas, vendedores de automóviles, hasta que un golpe de fortuna los sitúa en el lugar en que inevitablemente debía estar?

Esos hombres se convirtieron en multimillonarios porque querían ser eso. Con eso sabían que realizaban la felicidad de su vida. Pero piense usted en todo lo que se jugaron para ser felices. Y mientras no se producía lo efectivo, la emoción, que derivaba de cada jugada, los hacía más fuertes. ¿Se da cuenta?

Vea amigo: hágase una base de sinceridad, y sobre esa cuerda floja o tensa, cruce el abismo de la vida, con su verdad en la mano, y va a triunfar. No hay nadie, absolutamente nadie, que pueda hacerlo caer. Y hasta los que hoy le tiran piedras, se acercarán mañana a usted para sonreírle tímidamente. Créalo, amigo: un hombre sincero es tan fuerte que sólo él puede reírse y apiadarse de todo.

Roberto Arlt
21/11/2004 20:25 Permalink. Tema: Artículos

Carta de amor a Federico Nietzsche

bot 13.gifHe leído en el diario El Tiempo, en su sección dominical del 2 de abril de 2000, de la pluma de Rubén Jaramillo Vélez, como el 25 de agosto del presente, se cumplen 100 años de tu muerte, y discrepo con Rubén Jaramillo del titular de su articulo referido a ti: "colapso y muerte".

Se requiere el amor para comprender en su verdadera dimensión aquello que han llamado tu colapso, yo estoy lleno de amor por la inteligencia del hombre, por tanto no puedo menos que declarar en esta celebración centenaria, como es la semilla de inteligencia que puede haber en mi, quien redime en tu inteligencia este amor hacia ti.

Ya habrá quien pervierta mi idea pretendiendo poner esta declaración sobre tu cuerpo. No tiene importancia. Quien no esta presto a reconocer la grandeza de la inteligencia del hombre como una expresión genérica del ser humano, solo puede ver corrupción en lo que el mismo no comprende. Contra esto fue tu arrebata furia. Luchaste febrilmente contra la ignorancia; y fue tan grande tu lucha y tus palabras, que muchos desde todos los extremos reivindican tu derrota o tu triunfo, mas cabe decir que estas reivindicaciones de derrotas o triunfos no logran ver como en aquello que llaman tu colapso, se encuentra el periodo donde llegas a discernir una luz de la plenitud que afanosamente buscaste toda tu vida.

Dicen que en la clínica psiquiátrica de Basilea te diagnosticaron una "parálisis atípica", "que probablemente tenía origen en un envenenamiento sifilítico contraído unos veinte años atrás en un burdel de Leipzig", que la espiroqueta portadora del mismo había penetrado tu cerebro. Nuestro cuerpo que esta destinado a la putrefacción y a volver a reintegrarse en sus elementos al mundo, no puede contener la grandeza del espíritu del hombre, y tu espíritu empezó a partir del momento en que erróneamente llaman tu colapso, a aposentarse en si mismo y a crecer dejando atrás aquello que forjaba por lo temporal, para comprenderse a si mismo intemporal, y dentro de la temporalidad de nuestro cuerpo anclado nuestro espíritu a esa grandeza .

Cuenta tu antiguo colega Frank Overbeck, profesor de historia de la iglesia en la universidad de Basilea, (que en este hecho muestra la convergencia a que estamos destinados los hombres) y quien acudió a rescatarte de ser trasladado al manicomio de Turín, nos dice como tu llamado colapso se produjo el 3 de enero de 1889 cuando en un incidente callejero en la plaza Carlo Alberto ante un cochero que golpeaba brutalmente con su látigo a su caballo, estupefacto contemplando la escena, no pudiste contenerte y estallando en sollozos te lanzaste a abrazar el cuello del animal para después caer de bruces al pavimento.

A partir de este momento tu destino estaba marcado para ir de paciente a las clínicas psiquiátricas y al cuidado sucesivo de tu madre y de tu hermana hasta tu muerte once años después, pero mas aún, estabas destinado a unos momentos de lucidez y de grandeza incomprendida la cual lograda escapar por instantes de este periplo de locura que atrapo tu cuerpo, pero que en estos instantes de radiante lucidez quedaba demostrado, no pudo atrapar tu espíritu. A partir de entonces incomprendido, por que nosotros los hombres en nuestra pequeñez, no buscamos otra cosa diferente a ponerle traspiés a la grandeza que en su generosidad se nos abre y buscamos marchitarla a fuerza del abrazante sol de nuestra desesperanza.

Me impactó aquel que Overbeck llamara tu ultimo poema el cual cantabas según él acompañado de una melodía extraña en tu viaje a Basilea para iniciar tu periplo de psiquiátricos y el cual dice:

Me encontraba hace poco
acodado sobre el puente
en la noche sombría.

De lejos se oía venir un canto,
gotas doradas se deslizaban
por la superficie trémula.

Góndolas, luces, música
flotaban en la embriagues
del crepúsculo.

Mi alma, un acorde de lira,
cantaba para sí, invisiblemente
pulsada, una canción de gondolero
temblorosa de felicidad.
Pero ¿la escuchará alguien?

Yo he escuchado tu canción, es esta tu canción la que me mueve a escribirte. Sé que hay dos formas de mirar la misma, la primera y la cual ha incidido sobre el mundo es como una manifestación de tu locura, y la segunda la cual es como yo la tomo, como una manifestación de tu postrer lucidez.

Una carta de tu madre a Overbeck del 7 de junio de 1890 muestra durante este primer periodo cómo tu enfermedad no fue causa de abatimiento, y registra una opinión de su domestica: "el señor profesor ya no me produce la impresión de un enfermo, él se muestra tan natural y se ríe como antes", y mas disiente aún, otra anécdota donde al conversar con un antiguo amigo mirando un álbum fotográfico y reconocer a un pariente ya fallecido dices: "bienaventurados los que mueren en la paz del señor".

No es para mí esta ultima afirmación tuya motivo de asombro, ni que el afecto religioso fuera frecuente para ti en este periodo. Es que en el incidente del caballo, y en tu poema, veías cómo de lejos llegaban sobre ti gotas doradas de impertinente lucidez, como cuando en algunas cartas decías: "y cada instante le agradezco al cielo por el viejo mundo por el cual los hombres no has sido ni lo bastante simples ni lo bastante silenciosos. Puesto que estoy condenado a entretener con malos chistes a la próxima eternidad", y te pronunciabas :"Guillermo, Bismarck, y todos los antisemitas liquidados" y también decías: "Quiero encerrar al "imperio" en una camisa de acero y provocarlo a una guerra desesperada", por que ya presentías que tus palabras servirían para atizar los odios, por eso hablabas de ellas como malos chistes, y no es por que estuvieras en modo alguno arrepentido de tus palabras, sino por que sabias como ellas serían descontextualizadas de esta nueva lucidez de tus últimos años cuando la enfermedad te impediría redondear tu obra, pero no te impidieron estas escasas manifestaciones de lucidez casi sobrehumana que te hicieron sentirte y reconocerte parte de algo mas grande, lo cual le manifestaste al profesor Jacobo Burckhardt en carta fechada el nueve de enero de 1889 así: "Esta fue la pequeña broma con la que me justifica el tedio de haber creado un mundo. Ahora es usted – eres tú- nuestro gran maestro, pues yo he de ser con Ariadna, sólo el equilibrio dorado de todas las cosas, en todas las cosas tenemos a alguien que está por encima de nosotros…", y sin impudicia firmaste Dionisios.

Esta que pareciera la más clara manifestación de tu locura, es para mi la más clara manifestación de tu lucidez, por que después de tu periplo en el cual luchaste por buscar en el hombre un superhombre, y mostraste en tu anticristo como la iglesia le impide al hombre crecer, y en Zaratustra bajaste de tu colina para encontrarte con pinceladas de grandeza, al final de tu periplo vital de creación llegas a entenderte como el gran pensador que tu eras y como tal un equilibrio dorado de todas las cosas, por que muchos desde muchos extremos echan mano de ti para mostrar en algunas de tus palabras su propia pequeñez, sin ver como cada gran hombre va recorriendo en su vida un periplo vital de creación.

Esta expresión tuya de haber creado un mundo es el reencuentro del hombre con la grandeza que le precede y le contiene. Tienen plena razón en haber firmado tu carta "Dionisios" por que todos somos "Dionisios" o sea, partes vitales en nuestra individualidad de un todo conformante de Dios.

Esta carta no la podré depositar sobre tu tumba, me lo impide la carencia de recursos y la distancia, pero se como tú estuviste a mi lado al momento de escribirla, y tal vez más aún, antes de escribirla ya la conocías, pero queda ella para que otros logren ver como tras la locura de tus últimos días lograste reconciliarte con tu alma, y cantabas tu canción de gondolero, por que todos en esta vida somos gondoleros de sí mismos y hemos de decir como tú parodiándote:

Mi alma, un acorde de lira,
canta para si,
invisiblemente pulsando,
una canción de gondolero
temblorosa de felicidad.

Tú te preguntadas si alguien había escuchado tu canción. Déjame decirte Federico Nietzsche, yo, con amor, he escuchado tu canción.

Irmuz
21/11/2004 20:27 Permalink. Tema: Ensayos

El almohadón de plumas

bot 14.gifSu luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió enseguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...

—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados dél hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Horacio Quiroga
21/11/2004 20:30 Permalink. Tema: Prosa clásicos

Tú, que hieres

Arrebatadamente te persigo.
Arrebatadamente, desgarrando
mi soledad mortal, te voy llamando
a golpes de silencio. Ven, te digo

como un muerto furioso. Ven. Conmigo
has de morir. Contigo estoy creando
mi eternidad. (De qué. De quién). De cuando
arrebatadamente esté contigo.

Y sigo, muerto, en pie. Pero te llamo
a golpes de agonía. Ven. No quieres.
Y sigo, muerto, en pie. Pero te amo

a besos de ansiedad y de agonía.
No quieres. Tú, que vives. Tú, que hieres
arrebatadamente el ansia mía.

Blas de Otero
21/11/2004 20:32 Permalink. Tema: Versos clásicos




"Si quieres ser escritor, escribe". Epicteto

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