Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2005.

03/03/2005

La palabra

Aquel niño vivía serenamente
en su rincón de sombra provinciana, A la orilla
del mar, había aceptado la realidad y, bajo las estrellas,
la noche era solemne, dura y sola.
No recordaba ya sino navíos,
sino cansancio y faros a lo lejos. Tendido,
el mar se confundía con el hombre: bastaba
un soplo,
cerrar los ojos un instante, y perezosamente
todo el paisaje se desmoronaba,
daba lugar a sombras sucediéndose, o mejor,
era la muerte lo que sucedía.

¿Cómo salvarse entonces, vigilante
entre el terror y la serenidad?
¿Qué respuesta entregar a la noche, a lo desvanecido,
sino el relato privado de un proceso, efímero
como la misma infancia insolidaria?

A solas, juez y parte de la historia extinguida,
buscó en sí mismo la noticia exacta
de lo desconocido.
Y nació la palabra. Sólo entonces,
con negación y sin remordimientos,
halló una certidumbre verdadera.

Carlos Sahagún
03/03/2005 11:17 Permalink. Tema: Versos actuales

El otro lado de la línea

bot 23.gifAl otro lado de esta línea estás tú, aunque yo no te vea: un renglón es un horizonte. Nada termina ahí. Extiendo mi brazo delante de mí y, con una uña afilada, abro la línea donde termina el mar y rasgo el azul. Sigue el mar.

Algunas palabras son tatuajes en los ojos. No terminan al dejar de leer. Yo sé que estás ahí. Gracias J. Nada hay tan pretencioso como un punto y final. Éste que viene ahora, por ejemplo, cree que con él terminará todo. Tu y yo sabemos que no será así.

Ergaster
03/03/2005 11:21 Permalink. Tema: Prosa actual

La mujer a la moda

bot 24.gifBettini está en la escena; ha comenzado un andante, el andante de Martha, en que cada nota es un melancólico suspiro de amor o un sollozo de amargura. El público, sin embargo, no escucha a Bettini, inmóvil, silencioso, conmovido como de costumbre. En las butacas, en los palcos, en las plateas, en todo el círculo de luz que ocupa el dorado mundo de la corte, se percibe un murmullo ligero, semejante a ese rumor que producen las hojas de los árboles cuando pasa el viento por una alameda. Las mujeres, impulsadas por la curiosidad, se inclinan sobre el antepecho de terciopelo rojo las unas, mientras las otras, afectando interés por el espectáculo, fijan sus ojos en la escena, o pasean una mirada de fingida distracción por el paraíso. Todas las cabezas se han vuelto hacia un sitio, todos los gemelos están clavados en un punto. Se ha visto oscilar un instante el portier de terciopelo de su platea; ya se divisa, por debajo de los anchos pliegues de carmín que cierran el fondo de la concha de seda y oro que ha de ocupar, el extremo de su falda de tul, blanca y vaporosa. Ella va a aparecer al fin. Va a aparecer el ídolo de la sociedad elegante; la heroína de las fiestas aristocráticas; el encanto de sus amigos; la desesperación de sus rivales; la mujer a la moda.

¡Cuántas otras mujeres han ahogado un suspiro de envidia o una exclamación de despecho, al notar el movimiento, al percibir el lisonjero murmullo de impaciencia o admiración con que los cortesanos del buen tono saludan a su soberana! ¡Cuántas trocarían su existencia feliz, aunque oscura, por aquella existencia brillante, rica de vanidades satisfechas, ebria de adulaciones y desdeñosa de fáciles triunfos! La grandeza de la mujer a la moda, como todas las grandezas del mundo, tiene, sin embargo, escondida en su seno la silenciosa compensación de amargura que equilibra con el dolor las mayores felicidades.

Como esos cometas luminosos que brillan una noche en el cielo y se pierden después en las tinieblas, la multitud ve pasar a la mujer a la moda, y ni sabe por dónde ha venido, ni a dónde va después que ha pasado.

¡Por dónde ha venido! Casi siempre por un camino lleno de abrojos, de tropiezos y de ansiedades. La mujer a la moda, como esas grandes ambiciones que llegan a elevarse, luchan en silencio y entre las sombras con una tenacidad increíble, y no son vistas hasta que tocan a la cúspide. Las gentes dicen entonces de ella como del ambicioso sublimado: «Ved los milagros de la fortuna». Y es porque ignoran que aquello que parece deparado por el azar a una persona cualquiera, ha sido tal vez el sueño de toda su vida, su anhelo constante, el objeto que siempre ha deseado tocar como término de sus aspiraciones. La mujer a la moda es una verdadera reina; tiene su corte y sus vasallos, pero antes de ceñirse la corona debe conquistarla. Como a los primeros reyes electivos, la hueste aristocrática le confiere casi siempre esta dignidad, levantándola sobre el pavés en el campo de batalla después de una victoria.

Hubo un tiempo, cuando el gusto no se había aún refinado, cuando no se conocían las exquisiteces del buen tono, en que ocupaban ese solio las más hermosas. De éstas puede decirse que eran reinas de derecho divino, o lo que es igual, por gracia y merced del Supremo Hacedor, que de antemano les había ceñido la corona al darles la incomparable belleza. Hoy las cosas han variado completamente. La revolución se ha hecho en todos los terrenos y el camino al poder se ha abierto para todas las mujeres. El reinado de la elegancia en el mundo femenino equivale al del talento en la sociedad moderna.

Es un adelanto como cualquiera otro.

No obstante, al abrirse ese ancho camino a todas las legítimas ambiciones, ¡cuánto no se ha dificultado el acceso al tan deseado trono! Antes la hermosura era la ungida del Señor, y le bastaba su belleza para ser acatada, le bastaba mostrarse para vencer y colocarse en su rango debido. Ahora, no; ahora son necesarias mil y mil condiciones. La hermosura se siente la elegancia se discute.

Adivinar el gusto de todos y cada uno; sorprender el secreto de la fascinación; asimilarse todas las bellezas del mundo del arte y de la industria para hacer de su belleza una cosa especial e indefinible; crear una atmósfera de encanto, y envolver en ella y arrastrar en pos de sí una multitud frívola; ganar, en fin, a fuerza de previsión, de originalidad y talento, los sufragios individuales; cautivar a los unos, imponerse a los otros, romper la barrera de las envidias, arrollar los obstáculos de las rivalidades, luchar en todas las ocasiones, no abandonar la brecha un instante, siempre con la obligación de ser bella, de ser agradable, de estar en escena pronta a sonreír, pronta a conquistar una voluntad perezosa, o una admiración difícil, o un corazón rebelde. He aquí la inmensa tarea que se impone la mujer que aspira a esa soberanía de un momento. He aquí los trabajos, para los cuales son una bicoca los doce famosos de Hércules, que acomete y lleva a feliz término la mujer que desea sentarse en el escabel del trono de la elegancia.

Para lanzarse con algún éxito en este áspero y dificultoso camino, ya hemos dicho que se necesitan muchas y no vulgares condiciones. Condiciones físicas, condiciones sociales y de alma.

La mujer a la moda, la frase misma lo dice, no ha de ser una niña, sino una mujer; una mujer que flota alrededor de los treinta años, esa edad misteriosa de las mujeres, edad que nunca se confiesa etapa de la vida, que corre desde la juventud a la madurez, sin más tropiezo que un cero, que salta y del que siempre está un poco más allá o más acá y nunca en el punto fijo.

No necesita ser hermosa: serlo no es seguramente un inconveniente, pero le basta que parezca agradable. Rica... Es opinión corriente que la elegancia le revela en todas las condiciones, pero también es seguro que, aunque don especial de la criatura, se parece en un todo a esas flores que brotan sencillas en los campos y, trasplantadas a un jardín y cuidadas con esmero, se coronan de dobles hojas, se hacen mayores, más hermosas, y exhalan más exquisito y suave perfume.

Alaben los poetas cuanto gusten la simplicidad de la naturaleza, las florecitas del campo y los frutos sin cultivo; pero la verdad es que la intemperie quema el cutis más aristocrático, que las rosas de los rosales apenas tienen cinco hojas y las manzanas silvestres amargan que rabian. Es probado que la mujer a la moda, la mujer elegante, debe ser rica: rica hasta el punto que sus caprichos de toilette no encuentren nunca a su paso la barrera prosaica de la economía que cierre el camino o les corte las alas para volar por el mundo de las costosas fantasías.

También debe ser libre. Libre como lo es la mujer joven y viuda o la casada que no tiene que sujetarse a vulgares ocupaciones y vive en el gran mundo, donde la tradición ha cortado con el cuchillo del ridículo ciertos lazos pequeños que sujetan a otras mujeres a la voluntad ajena.

El talento, entendámonos bien, el talento femenino, ese talento múltiple, ese talento que aguijonea la vanidad, que es frívolo y profundo a la vez, pronto en la percepción, más rápido aún en la síntesis, brillante y fugaz, que siente aunque no razona, que comprende aunque no define, ese talento es condición tan indispensable que puede decirse que en ella estriban todas las demás condiciones, las cuales completa y utiliza como medios de obra y armas para un combate.

Una vez fuerte con la convicción profunda de sus méritos, la mujer que aspira a conquistar esa posición envidiada levanta un día sus ojos hasta la otra mujer que la ocupa, la mide con la vista de pies a cabeza, la reta a singular combate y comienza uno de esos duelos de elegancia, duelo a muerte, duelo sin compasión ni misericordia, a que asisten de gozosos testigos todo un círculo dorado de gentes commÕilfaut, en que se lucha con sonrisas, flores, gasas y perlas, del que salen al fin una con el alma desgarrada, las lágrimas del despecho en los ojos y la ira y la amargura en el corazón, a ocultarse en el fondo de sus ya desiertos salones, mientras la otra pasea por el mundo elegante los adoradores de su rival atados como despojos a su carro de victoria. ¡Triunfa! ¡Cuántas ansiedades, cuántos temores, cuántos prodigios de buen gusto, cuántos padecimientos físicos cuántas angustias, cuántos insomnios quizá no le ha costado su triunfo! Y no ha concluido aún. Reina de un pueblo veleidoso, reina que se impone por la fascinación, tiene que espiar a su pueblo y adivinar sus fantasías y adelantarse a sus deseos.

Un descuido, una falta, una torpeza de un día, de un instante, puede deshacer su obra de un año. Un traje de escasa novedad, un adorno de mal gusto, una flor torpemente puesta, un peinado desfavorable, una acción cualquiera, un movimiento, un gesto, una palabra inconveniente, pueden ponerla en ridículo y perderla para siempre. ¡Cuántas veces la mujer a la moda tiembla antes de presentarse en un salón, y teme, y duda, y cree que acaso habrá alguna que la supere a ella, que tiene necesidad, que esté en la obligación imprescindible de ser la más elegante! Entonces envidian a las que pueden pasar desapercibidas y sentarse en un extremo, lejos de las cien miradas que espían una falta o un ridículo cualquiera para ponerlo de relieve y mofarse y desgarrar su perfume real. Envidia a la mujer que al colocarse una flor entre el cabello piensa en si estará bien a los ojos del que sólo desea hallar en su persona algo que admirar, a los ojos de su amante; mientras ella piensa qué ha de parecerle a sus rivales, a sus enemigas, a sus envidiosas y después a su pueblo, tal vez cansado de un antiguo yugo y ansioso de novedad.

¿Y para qué toda esta lucha? ¿Para qué todo este afán? Para recoger al paso frases de ese amor galante, sin consecuencia, que llegan al fin a embotar los oídos, para aspirar un poco de humo de los lisonjeros, contestar con el desdén a algunas miradas de ira de envidiosas, para decir yo no vivo en la cabeza, sino en el corazón de cuantos me conocen, y después un día caer del altar donde va a colocarse un nuevo ídolo o tener forzosamente que bajar una a una sus gradas, a medida que pasan los años, para abdicar por último una corona que ya no puede sostener.

No; no suspiréis ahogando un deseo; no envidiéis su fortuna; no ambicionéis ser mujer a la moda. Es un poder que pesa como todos los poderes; es una felicidad de un día que se paga con muchas lágrimas, un orgullo que se expía con muchos despechos, una vanidad que se compra con muchas humillaciones.

Gustavo Adolfo Bécquer. Artículo publicado en El Contemporáneo el 8 de marzo de 1863.
03/03/2005 11:30 Permalink. Tema: Artículos

De profundis, o la ética de la redención

bot 25.jpgQuerido Bosie.

"Tras una espera larga e infructuosa he decidido ser yo quien te escriba, tanto por ti como por mí mismo, ya que me disgustaría pensar que he tenido que soportar dos penosos años de prisión sin haber recibido ni una sola línea tuya, ni noticias, ni siquiera un mensaje, como no sean los que tanto me apenaron. Nuestra amistad, tan infortunada y lamentable, ha acabado para mí en la ruina y la infamia pública: pero a pesar de todo no me abandona el frecuente recuerdo de nuestro viejo afecto, y además el pensamiento de que el odio, la amargura y el desprecio tengan que ocupar para siempre el lugar que una vez ocupó el amor me resulta demasiado triste. Tú también sentirás, supongo, en tu corazón, que escribirme ahora que debo permanecer en la soledad de la vida de prisión es mejor que publicar mis cartas sin obtener antes permiso o dedicarme poemas no solicitados, aunque el mundo desconozca cuáles son las palabras de dolor o de pasión, de remordimiento o indiferencia que elijas para responderme o para llamar mi atención".

Quizás éste sea el relato más impactante y vigoroso con el que Oscar Wilde hace posible la redención de sus fantasmas del pasado puestos en Lord Alfred Douglas. En De Profundis, única obra escrita en la cárcel, y la última de sus obras en prosa, también figura la redención de los sentimientos más profundos, esa dicotomía casi subyacente que en determinado momento ni el propio Wilde había de sentir como dos instantes indelebles; la figuración casi inevitable del odio más impotente y del amor menos satisfecho. Wilde siempre supo que su relación con Alfred no era fácil de asociar con la libertad y con el juicio equilibrados, la constante presión que sentía de parte de los que prejuzgaban, entre los que sobresalía el padre de Alfred, el marqués de Queensberry, lo sitiaba en ese tránsito tan tormentoso que por momentos hacían de la vida de Wilde una insoportable manera de existir. Por supuesto que la cárcel no sólo fue una penitencia brutal y oscura para enmendar esa forma tan distinta de sentir afecto por otro ser de su mismo sexo, sino que también fue una inmolación a contrapelo para matar de una sola vez esas vitalidades que generan la energía para seguir creyendo que el camino de la existencia siempre puede ser halagüeño.

Oscar Wilde, primero que nada fue un ser humano, luego estuvo esa genialidad que pocos poseen para recrear esas sensibilidades de la vida y retransmitirlas en escritos tan exquisitos que para leerlos parece hacerse necesario una reconciliación con la naturaleza, con la realidad, con la vida misma. Paradójicamente, el autor de "El retrato de Dorian Gray" ajustó a su cotidiana existencia el revés de esa reconciliación, convenciéndose de que el sufrimiento es un momento larguísimo, que es imposible dividirlo en estaciones y que tan sólo somos capaces de situar sus talantes y de narrar su regreso. "El tiempo no progresa, dice Wilde: gira".

Parece dar vueltas y más vueltas alrededor de un núcleo de dolor", de ese mismo que sintió cuando la sentencia de dos años debía ser cumplida enteramente, de ese cuando el marqués de Queensberry lo acusó públicamente de ser un pervertido, que seducía con la palabra a jóvenes como al estúpido y caprichoso de su hijo, Lord Alfred Douglas, de ése que sintió cuando le llegó la quiebra y la ruina total, y el administrador incautó su biblioteca y la hizo vender para saldar un regalo suntuoso que el exigente Douglas había pedido sin reparo alguno, motivo por el cual también la casa de Wilde tuvo que ser subastada. De Profundis es un libro provisto de eternas muertes, de deseos incontrolables y de aniquilamiento forzados de las esperanzas. Wilde relata dos insoslayables maneras de existir, la pasión por la felicidad o la lacerante forma de compartir con el dolor. La primera lo había vivido sin estar junto a Alfred, lejos del tormentoso espacio de la desesperación y la degradación, como él mismo lo llama. Provisto de esa tranquilidad fecunda que sentía cuando se hallaba solo, y entonces podía producir arte, ser un creador de obras que lo enaltecían como ser humano y por supuesto como escritor. El segundo lo sentía a flor de piel cuando las ventosas succionadoras de Alfred se asomaban hasta el aura de Wilde, cuando el joven le exigía almorzar o cenar en lugares suntuosos, o cuando su caprichosa imaginación pedía regalos carísimos o viajes de placer que saciaran el ego del imberbe papanatas. El dolor también se quedó a habitar en la existencia de Wilde cuando por sobre el hombro sintió que alguien le apretaba fuerte y lo trasladaba hasta una celda inhóspita, donde todos lo días eran idénticos, dónde nada se sabía de la siembra ni de la cosecha, ni de los segadores que doblaban el espinazo sobre el grano, ni de los recolectores de uva que se abren paso entre los viñedos, ni de la yerba del huerto que se ha tornado blanca con la floración rota o ha quedado bajo el peso del fruto caído, ni de los rojos tulipanes que dejaron prendidos en sus tallos los rastros de vida que la pasada primavera fue cómplice de su vitalidad, ni de los nidos de los pájaros ya abandonados por sus polluelos que inevitablemente se preparan para emprender el vuelo y ser ellos mismos, tan sueltos de cuerpo, tan llanos, tan libres.

Luego de permanecer tres meses en prisión, su madre fallece, fue un hecho que agudizó mucho más el sufrimiento del autor de "Salomé" que, al tiempo de acongojarlo, también hizo que cayera en las entrañas oscuras de la vergüenza y la deshonra, pensando en el nombre que le habían legado sus padres, y que ellos se encargaron de enaltecerlo, no sólo en la literatura, el arte, sino en la historia pública de su país, y que en ese instante se veía mancillado y estropeado para toda la vida por las circunstancias más viles en las que el padre de Alfred había publicado una versión repugnante sobre la relación entre el joven Douglas y Wilde y que los predicadores utilizaban como texto y los moralistas como tema estéril.

"La prosperidad, el placer y el éxito pueden hacernos burdos en la semilla y vulgares en la fibra, y de hecho suele ser así; pero el sufrimiento nos vuelve más sensibles que ninguna otra cosa", dice Wilde refiriéndose a ese instante tan fatal en el que se debe hacer un alto para recoger los sentimientos esparcidos al aire por el dolor y las desilusiones, los sentimientos de amistad que suelen ser los más vitales del ser humano y que tienen que sufrir una ruptura total, ésa que experimentó Oscar al presenciar el alejamiento de sus amigos cuando éstos supieron de su relación con Alfred. En el exilio del dolor, se hizo posible que los escasos amigos se acercaran poco o casi nada, en cambio permitió a los enemigos respirar de sus pulmones y conspirar en contra de su inexistente felicidad.

De Profundis también es un libro donde confluyen los reproches y los perdones. En los hechos, se manifiesta claramente el perdón hacia Douglas, quien durante su relación con Wilde conspiró en contra del vigor espiritual y de la paz interior. La carta en De Profundis no fue escrita para llenar de amargura el corazón del joven Alfred, sino para vaciar el de Wilde.

Tal vez ese perdón que Douglas recibió, haya sido también la liberación de los demonios inclementes y de los sentimientos tormentosos que deshicieron la integridad del Autor de "La importancia de llamarse Ernesto" por el hecho de sentir afecto hacia un ser del mismo sexo. Como el mismo Wilde dice: "No puede uno mantener una serpiente viva devorándole las entrañas ni levantarse todas las noches a plantar espinas en el jardín del alma". Eurípides decía que la mar es una de las Ifigenias, lava todas las manchas y heridas del mundo, también esas que con seguridad Wilde supo racionalizarlas, no como manchas, sino como algo que brota de la naturaleza y rebrota en el corazón. Quizás al escribir De Profundis, Wilde encomendó su más elevada añoranza hacia la naturaleza de la cual venimos, a la que le pertenecemos y a la que ineludiblemente nos entregaremos, más bien obligados por ese raudo círculo vital que es la existencia.

Oscar Wilde fue juzgado tres veces. La primera tuvo que abandonar el banquillo para ser arrestado, la segunda para ser conducido a la prisión preventiva y la tercera para ser recluido en una prisión durante dos años, tiempo en el que sólo convivió con el dolor, la desolación y las penumbras crueles de la culpa, tan similares a las que se siente cuando el ocaso se tiñe de rojo y los brazos incesantes de la noche viene a danzar su baile cadencioso de la traición, pues de noche descansa y se adormece el contento y se aviva el sufrimiento.

"Hasta que punto me encuentro aún lejos del equilibrio espiritual lo atestigua esta carta con sus talantes cambiantes e inseguros, su desprecio y su amargura, sus aspiraciones y su incapacidad para colmarlas. Pero no olvides en qué terrible escuela estoy realizando mi tarea. Y aunque sé que soy incompleto e imperfecto, puedes aprender mucho de mí. Viniste a mí para adiestrarte en los placeres de la vida y el arte. Quizá haya sido elegido para enseñarte algo más maravilloso: el significado del dolor, y su belleza".

Tu afectísimo amigo,

Oscar Wilde.

El final de De Profundis también es el final de la condena, el final de la oscuridad, del terreno cenagoso y por supuesto el final de la existencia de Oscar Fingall O'Flahertie Wills Wilde.

Ruddy Orellana
03/03/2005 11:39 Permalink. Tema: Artículos

La noche de perversión

El caracol del ansia, ansiosamente
se adhirió a las pupilas, y una especie de muerte
a latigazos creó lo inesperado.
A pausas de veneno, la desdichada flor de la miseria
nos penetró en el alma, dulcemente,
con esa lenta furia de quien sabe lo que hace.

Flor de la perversión, noche perfecta,
tantas veces deseable maravilla y tormenta.
Noche de una piedad que helaba nuestros labios.
Noche de a ciencia cierta saber por qué se ama.
Noche de ahogarme siempre en tu ola de miedo.
Noche de ahogarte siempre en mi sordo desvelo.

Noche de una lujuria de torpes niños locos.
Noche de asesinatos y sólo suave sangre.
Noche de uñas y dientes, mentes de calorfrío.
Noches de no oír nada y ser todo, imperfectos.
Hermosa y santa noche de crueles bestezuelas.

Y el caracol del ansia, obsesionante,
mataba las pupilas, y mil odiosas muertes
a golpes de milagro crearon lo más sagrado.
Fue una noche de espanto, la noche de los diablos.
Noche de corazones pobres y enloquecidos,
de espinas en los dedos y agua hirviendo en los labios.
Noche de fango y miel, de alcohol y de belleza,
de sudor como llanto y llanto como espejos.
Noche de ser dos frutos en su plena amargura:
frutos que, estremecidos, se exprimían a sí mismos.

Yo no recuerdo, amada, en qué instante de fuego
la noche fue muriendo en tus brazos de oro.
La tibia sombra huyó de tu aplastado pecho,
y eras una guitarra bellamente marchita.
Los cuchillos de frío segaron las penumbras
Y en tu vientre de plata se hizo la luz del alba.

Efraín Huerta
03/03/2005 11:44 Permalink. Tema: Versos clásicos

Continuidad de los parques

bot 26.jpgHabía empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otro vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi enseguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


Julio Cortázar
03/03/2005 11:46 Permalink. Tema: Prosa clásicos




"Si quieres ser escritor, escribe". Epicteto

Temas

Archivos

Enlaces


Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras, y Evento Blog España. Vota en los Premios Bitacoras.com [Blog Oficial en LaInformacion.com]