Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2005.

02/10/2005

Ángel negro

Eres el ángel que surge del mar
Ave que se posa en la concha de una tortuga
Alas de piedra talladas por el viento

Eres el misterio que mueve los telares de la vida
Sonido que abre la boca del cielo

Eres la inmortalidad del canto
Vela del saber
Cascabeles del tiempo.

Eres de cabeza dura, hija de cisne negro
La raza cósmica de los últimos días
Catedral inacabada del deseo.

Eres música de antigua tierra
Fuego de mi conciencia
La eternidad del misterio.

Prócoro Hernández Oropeza
02/10/2005 10:24 Permalink. Tema: Versos actuales

El muerto ajeno

bot 54.gifNo es fácil deshacerse de un muerto, mucho menos de un muerto ajeno. Tal vez si comienzo desde el principio, comprenderán que no había otro remedio y entonces lo de la carrera en el andén a media noche tendrá sentido. Íbamos en el tren a Zacatecas cuando la conocimos, cuando los conocimos para ser preciso, porque esa noche a la hora de la cena en el carro comedor éramos cuatro: mi mujer, Gonzalo, Silvia y yo. Nosotros íbamos por el aniversario de bodas de los padrinos de mi mujer y de paso a recorrer la ciudad, Gonzalo y Silvia viajaban desde Mérida y parecían estrenar noviazgo. De hecho la conversación empezó cuando en el salón fumador, mientras mi mujer y yo bebíamos una cerveza, y con la cercanía inevitable que dan esos vagones estrechos -que si alguno tuvo la fortuna de ser viajante de nuestros carros pullman me seguirá-, miré las piernas de Silvia. Entonces las mujeres usaban medias y faldas estrechas justo a la rodilla, la informal apariencia del pantalón de mezclilla no era hábito del viaje. Gonzalo sintió mi intromisión visual pues de golpe colocó su mano sobre el pedazo de muslo entre dobladillo y rodilla para signar su propiedad. Con la intención de evitar toda ofensa -y ahora que lo pienso por tener a Silvia a la vista, quién iba a suponer lo que luego vendría- les pregunté qué querían beber y ordené al camarero copas para todos. La tarde se había vuelto noche; no sólo disfrutamos del aperitivo juntos si no que en el comedor compartimos la mesa. Gonzalo era un empresario yucateco visiblemente mayor que Silvia quien no tendría más de 35 años y a quien ese pelo oscuro y recogido le daba una elegancia despreocupada. Mi mujer estaba entretenida con las anécdotas de Gonzalo que era un tipo divertido y yo con la belleza de Silvia quien se sabía portadora de una suave sensualidad. Nos despedimos pensando que seguramente aún tendríamos la oportunidad de compartir el café de la mañana y nos refugiamos en nuestros compartimentos. Mi mujer me dijo que le parecía que no eran casados, tal vez sean recién casados agregué yo, por salvar de alguna manera la reputación de Silvia. Ella no usa anillo, advirtió con su sagacidad habitual. Ni siquiera habíamos llegado a Zacatecas cuando tocaron a la puerta quien creímos sería el porter para anticipar nuestro arribo. Era Silvia, con el pelo suelto, y literalmente en bata frente a nuestra alcoba. Es Gonzalo -dijo entrecortada- no respira. Mi mujer se puso el saco encima del camisón y salió tras ella, yo me enfundé los pantalones y las alcancé. Hubo que cruzar al vagón siguiente sin hablar y con prisa. Lo único que se metía en nuestra impaciencia era el ruido metálico del bamboleo del tren entre las puertas. Por suerte Gonzalo estaba en la cama de abajo; alguna consideración de la edad por parte de Silvia, supuse. Estaba muy pálido. Le tomé la muñeca, como había visto hacer en las películas. Silvia lo miró llorando. Mi mujer tocó su frente como si fuera la de un niño. Frío, lívido y sin pulso. Llamamos al porter mientras mi mujer abrazaba a Silvia. Yo miré a Silvia contra el paisaje seco tras la ventana; se veía tan desprotegida con su bata de seda azul marino. La imaginé en el trajín de la noche anterior. No pude evitarlo, el escote, el pelo revuelto. Profanaba a un muerto pensando la causa.

Tuvimos que esperar mucho tiempo sentados en el vagón. Las afanadoras subían para hacer el aseo, ya habíamos colocado las maletas en el corredor, hasta la de Gonzalo. Silvia lloró mientras le ponía los zapatos. Ninguno nos atrevimos a cubrirlo con esas sábanas estrechas de litera de tren. Vino alguien del Registro Civil, también un doctor y allí se firmó el acta de defunción que Silvia no quería cargar. Afortunadamente todo el papeleo fue a bordo porque Silvia sostuvo que era su mujer y así no hubo que avisarle a nadie mientras cremaban a Gonzalo y ella pagaba con el dinero que le había sacado del bolsillo del pantalón. Nosotros no tuvimos corazón para dejarla sola en todos esos trámite por demás engorrosos. Mi mujer, que es buena y solidaria, le dijo que se hospedara en nuestro hotel cuando salimos del crematorio. Silvia llevaba con parsimonia la urna metálica en la que Gonzalo persistía entre nosotros. ¿Le habrá hecho mal la cena?- pregunté con torpeza. Es que después discutimos- se atrevió Silvia y comenzó a sollozar. Mi mujer consignó con la mirada mi desatino. Y si viene con nosotros al festejo por la noche- le dije para animarla. Mi mujer de nuevo reprobó mi sugerencia. Tal vez quiera volverse con los suyos a Mérida, dijo. Silvia me miró buscando protección. No, no puedo volver con los suyos ni con los míos. Nos quedó claro que nadie sabía que Gonzalo La Puente no sólo viajaba acompañado sino que había muerto y ahora era un montón de cenizas en el regazo de su amante.

Así que Silvia fue a la cena y la presentamos como vieja amiga de mi mujer y no contamos a nadie lo sucedido, mientras mis cuñados, primos políticos y una parentela desconocida me daba codazos y me insinuaba que tenía suerte de acompañar a mujer tan guapa. Yo -aunque con razón desaprueben- en ese momento me sentía afortunado, le veía las piernas y me sonreía de que nadie pudiese poseerlas más que mi mirada. Si hubiese sabido el alcance de lo que entonces me parecía fortuna. Era una mujer simpática, mi esposa la adoptó satisfecha de ese acto caritativo que su conciencia católica aplaudía. Regresamos los tres en el tren, digo los cuatro, pues Gonzalo viajaba en el neceser de Silvia junto a sus cremas, perfumes y el spray de pelo. Imaginaba que esa noche debía ser dolorosa para quien había iniciado un trayecto en pareja y ahora volvía con un hombre vuelto recipiente de bronce. Seguramente lo pondría a dormir en la cama baja y ella se recostaría en la alta para aligerar el recuerdo del trayecto mortal. Debía estar acostumbrada a lo pasajero, a la relación de a pedazos, en fragmentos pues mi mujer esa noche me contó que desde hacía ocho años era pareja de Gonzalo quien efectivamente estaba casado. Habrá que informar a la señora La Puente- dije con lo propio en esos casos. No es nuestro asunto- contestó mi mujer. ¿Y qué hará Silvia?- le pregunté con la certeza de que ellas dos ya lo habían hablado. Se quedará en casa unos días, mientras lo piensa, mientras resuelve qué hace con Gonzalo.

Mi mujer me sabía inofensivo pues sino habría ideado otra solución así que al llegar a Buenavista partimos a casa en taxi donde instalamos a Silvia en la habitación de Mariela, nuestra hija, que no tuvo más remedio que aceptar cuando escuchó la historia. A la semana, Silvia mudó su vestuario negro por tonos más claros y empezó a salir con mi mujer a misa, al mercado, a jugar a las cartas. Descubrimos que cantaba boleritos yucatecos y que se ponía simpática cuando bebía dos cubas. Un domingo hasta nos cocinó cochinita pibil. Yo dormía con dificultad, tenía unas ganas irresistibles de espiar su sueño, de mirar su cuerpo desparpajado sobre las sábanas. Mariela le dijo a su madre que ya llevaba dos semanas pernoctando en el sofá cama del estudio. Que cuándo se iba esa señora. Mi mujer le dijo que se sentía incapaz de echarla después de tan grande desgracia y que era una caprichosa. El caso es que para complacer a Mariela le dijimos a la sirvienta que la queríamos de entrada por salida aunque resultara más costoso y adaptamos la habitación para Silvia. Luego nadie nos atrevimos a decirle a Silvia que se mudara, ni la propia Mariela que la veía rezarle a la urna que ahora estaba en su tocador, junto a un french poodle de peluche rosa que le dio Javier. Así que una mañana en que Silvia estaba en el salón, nuestra hija entró por sus cosas más queridas para hacerse un nicho agradable en el cuarto de servicio. Al mes mi mujer empezó a perder su espíritu caritativo. Vete a La Villa por un nicho para la dichosa urna, me dijo con total irreverencia.

Toqué en la habitación de Silvia una tarde en que los dos nos habíamos quedado solos, pues mi mujer ya no la invitaba ni a las tiendas ni con sus amigas y mi hija evitaba estar en su nueva habitación con vista al patio de servicio. Silvia, encontré un nicho para Gonzalo. Me miró con los ojos acuosos y volteó hacia el amante pulverizado. No sé si puedo vivir sin él. Sé que estoy siendo una carga para ustedes que han sido tan amables. Me voy a ir pronto. Estoy esperando una carta de mi tía de Campeche. Me sentí tan afligido por su destino que le insistí que no se preocupara. Mientras le hablaba le miraba los labios temblorosos que mudaban a sonrisa en el irresistible carmín que siempre lucía. Pero es usted tan hermosa que hará pronto otra vida, le dije para animarla. Entonces me dio un beso en la mejilla, un beso de hija mala.

Le dijiste lo de la urna, me preguntó mi mujer esa noche caminando por la acera después de la cena. No había manera de hablar a solas dentro de casa. No se quiere separar de él, di por respuesta. Me miró incisiva. Sabía que me tocaba demoler la caridad que ella había ostentado. Esa noche Mariela antes de irse a su habitación preguntó también. Le habrás dicho lo del nicho ¿verdad?

No pude dormir, me quedé mirando el foco apagado del techo pensando que no había comprado la lámpara para ocultarlo desde que nos mudamos a esa casa quince años atrás. De pronto, animado por el ultraje, encontré la solución. Así que entré a su habitación girando el picaporte con toda mesura y la contemplé con el pelo oscuro revuelto y el mismo camisón que asomaba por el escote de la bata azul marino con que nos informó de su infortunio hacía dos meses. Las rodillas estaban al descubierto y sus pies que parecían tersos me incitaban a acariciarlos, que digo a acariciarlos, a pasar mi lengua por entre sus dedos. Se movió un poco y recordé el motivo, la misión a la que me orillaba mi papel de padre y jefe de familia. Así que la tomé del tocador, observé mi reflejo en el espejo mientras desprendía a su amante de la intimidad de la alcoba. Perdón, susurré al muerto y después me hinqué a los pies de la cama, para mirar de cerca aquel arco y los tobillos rosados y estirar mi mano en la falsa pretensión de la caricia. Salí deprisa sin cerrar la puerta de nuevo. La ciudad estaba vacía así que no me tomó mucho tiempo llegar a la estación, correr al andén como si se me fuera a escapar un tren y dejarlo allí en la escalinata de uno de los vagones del Tapatío. Volví deprisa pero en casa ya habían notado la ausencia de Gonzalo. Mi mujer abrazaba a Silvia que lloraba sobre su cama y Mariela colocaba al french poodle rosa sutilmente en el tocador. Me podrían haber dicho que me fuera, espetaba Silvia entre sollozos. Esas no son maneras. Ustedes que habían sido tan gentiles. No pude más y me hinqué frente a ella, frente a sus gloriosos pies y sus rodillas sin importar la presencia de mi mujer, ni su compasión de última hora. Lo tuve que llevar a la estación, tuve que desprenderme de él. Sabe Silvia me dolía Gonzalo, yo también lo quise en esos kilómetros de conocerlo. Nos dolía a todos en casa. Fue un acto de amor por no condenar a Gonzalo al oscuro espacio de un nicho. Necesitamos su alegría Silvia. Y mientras mi mujer soltaba los hombros que antes sostuviera con fervor maternal, miré los pies de Silvia con la certeza de que bien valían un muerto.

Mónica Lavín
02/10/2005 10:34 Permalink. Tema: Prosa actual

La imagen poética: algunas consideraciones

bot 55.gifEl lenguaje es el gran motor de esa extraña máquina que envejece con el tiempo, máquina que, como en Valéry, fabrica poesía, y añade inquietud y misterio a la imagen poética; donde hombre y naturaleza constituyen un todo común, un cuerpo completo que ratifica los enunciados de la imaginería hiperbólica del poeta y nos sitúa en la frontera dialéctica donde el “saber amanece”. Un esfuerzo por desvelar ese orden que el poeta intuye y le envuelve en sus ensueños, que le atrapa en sus versos y le conmociona haciéndose reconocible mediante el propio lenguaje, que desbarata sus sentidos más íntimos y le sumerge en la extraña fascinación de un mundo de incertezas lingüísticas que denota un sentir casi olvidado; un impulso revelador e insospechado donde el ritmo y los acentos de la voz del poeta rememoran las latencias de un pasado que se presencia en la fugacidad de sus imágenes.

El poeta prescinde del modelo de razonamiento de la ciencia por estar éste sometido a una infinitud de hipótesis materialistas que no pueden dar cuenta de sus intuiciones; que no pueden llegar a racionalizar sus emociones con unas pautas que sólo atienden a las relaciones visionadas en los fragmentos de una realidad que ha sido armonizada por los distintos usos a los que se ha adherido, La sistemática reducción lingüística de todo cuanto le acontece y rodea ha precisado de una metodología discursiva que está implícita en todos los procesos de decodificación del mundo; donde el hombre no puede desvelar un territorio de incertezas lingüísticas que le habían hechizado. El discurso informador y comunicativo que se desprende de las estrategias utilitaristas del hombre queda adormecido en la superficie desbordante de los acontecimientos, en aquellos límites cerrados y excluyentes que la ciencia del hombre ha considerado aceptables para la comprensión del mundo. El discurso poético quiere acercarnos a un ciclo vital que ha estado siempre latente, a una obra destinada a ser entendida en su total dimensión que el poeta reafirma y distingue en un impulso primigenio que desordena sus experiencias más íntimas, que se expande alrededor de una estructura lingüística que existe independientemente como una entidad que no siempre reconoce la disfunción de las estructuras más emblemáticas de su psiquismo.

La comprensión de la poesía necesita de un conocimiento que libere al hombre de sus experiencias cotidianas y de sus asociaciones instrumentalistas, que requiera de toda su atención para que sea posible la figuración de las imágenes que ella genera y que su mirada propicia. La poesía no pretende alterar el orden que el lenguaje ha impuesto sobre el mundo, ni tan siquiera ha de ser considerada como un imperativo al que hay que atender. No obstante, es ajena a ese orden que ha encerrado al lenguaje en un complicado sistema de equivalencias que nos encadena y que fuerza a entender la realidad con unos esquemas contemplativos previamente concebidos.

La poesía, en todo caso, encamina, contornea un territorio extraordinariamente diverso que atrapa el sentir del poeta haciendo de él un ser aparentemente enajenado, que irrumpe en su vida atendiendo la violenta indefinición de unas presencias que le atrapan por entero y lo sumergen en un mundo de fascinación insospechado. La poesía también necesita de la conversación, de un discurso vivencial y dinámico que recoja el difuso saber que el lenguaje cotidiano conlleva, que nos inmerse con sus nostalgias e incertezas en unos territorios aún velados que el poeta nos quiere mostrar y que nos descubre en cada verso con sus constantes analogías. La poesía desborda el significado de los valores adheridos a las palabras utilizadas en el uso cotidiano del lenguaje. Porque estos usos no pueden dar cuenta de un lenguaje que sumerge al poeta en unos territorios todavía no descritos por las estrategias contemplativas de la percepción. La poesía necesita llegar a decir lo intuido, a precisar en un lenguaje singular lo que el lenguaje cotidiano no precisa; quiere concebir un nuevo orden de significación que sobrepase el sentido material del texto para lograr su realización efectiva.

La imagen poética nos da acceso a una realidad escindida de lo “irreal”, a un territorio hasta ahora velado a los sentidos del hombre que permanecen ocultos por el constante desafío a los que están sometidos; que trasciende los límites desmedidos de la realidad rebasando normas y convenciones lingüísticas en un esfuerzo por desvelar un lugar originario donde los “ecos del pasado” y las “primitivas palabras” encuentran un nuevo sentir que vaga en la infinitud del nuevo mundo. El poeta redescubre el mundo con la palabra y ya no puede observarlo con las mismas particularidades que el lenguaje cotidiano le ofrecía. Pero es en esa relación de dependencia con el lenguaje donde el poeta, en el acontecer de sus imágenes, imprime nuevas inquietudes y diversos referentes que le sitúan en el origen mismo del lenguaje; en un orden de libertad lingüística que le capta por entero y pone al lenguaje en un estado de emergencia que desborda todos sus sentidos. El poeta, en el acontecer de sus imágenes, imprime nuevas inquietudes y diversos referentes que le sitúan en el origen mismo del lenguaje; en un orden de libertad lingüística que le capta por entero y pone al lenguaje en un estado de emergencia que desborda todos sus sentidos. En la simplicidad con la que se muestra la imagen poética resuenan voces que quieren mostrar un universo de absoluta indefinición que el poeta intuye, que no sabe cómo emergen en su pensamiento pero que en su devenir desvelan un mundo de primigenia trascendencia que le atrapa en la errática involución de sus sentidos; un fugaz y desfigurado universo donde las imágenes del mundo lingüístico son violentadas por un sentir innovador que muestra un dinamismo propio, un dinamismo embriagador y penetrante que nos conduce a la ingenuidad originaria del hombre que reposa letargada en los recónditos parajes de su espacio onírico.

La imagen poética es acto y no objeto y, por ello, siempre novedad, siempre renovación y tensión en el poeta que se manifiesta con una desbordante actividad lingüística que le arrastra a los confines de sus sentidos. La novedad de la imagen poética es la actualidad misma del lenguaje; su irreductible fascinación y misterio hacen que la palabra reencuentre aquellos sonidos que anteriormente habían hablado al hombre, aquella entonación ancestral con la que transmitían enigmas y fenómenos que ahora reposan letargados en los laberintos indescifrables de su memoria colectiva. La imagen poética dota al hombre de nuevos modos de indagación para el desvelamiento de esos otros territorios que aguardan impacientes en un proceder radicalmente intuitivo y esencialmente alejado de los modos de aceptación de la realidad. Pero ese nuevo orden en el que nos sumerge la imagen poética es un territorio que todavía no ha sido calificado por las estrategias que sobre el mundo impone el lenguaje. Así el poema es una región intermedia donde todo está permitido, donde se mezcla ensoñación y realidad para iniciar un viaje hacia la profundidad inestable de los sentidos; donde la perseverancia de los recuerdos se encuentra atrapada en el interior de uno mismo, en la tortuosa sinrazón de un mundo que muestra su indiferencia a la diversidad enigmática de las imágenes que nos ofrecen los poetas. La imagen del poeta transgrede la realidad expresada por el lenguaje de la vigilia y nos sumerge en un mundo lleno de referencias y caracterizaciones diferenciadas de las empleadas en nuestros usos convencionales. La imagen poética tiene que ser contemplada en la fulguración de su acontecer, en el instante mismo de su generación, “en el minuto de la imagen”, en ese instante de espontánea simplicidad y armonía que posibilita la apertura de los sentidos a un mundo de permanencia insospechado. En la imagen poética el tiempo rompe su linealidad y posibilita la visión de un universo rebosante de nuevas caracterizaciones, un universo de extrema ingenuidad donde la palabra poética registra el acontecer de un mundo que nos capta por entero y desoye los enunciados oportunistas del lenguaje cotidiano. La imagen poética no es un producto de convención, ni tan siquiera trae a nuestro pensamiento los mismos objetos de representación que las palabras utilizadas designan; su vivacidad nos sumerge en un territorio donde los objetos y los fenómenos del mundo se manifiestan en un estado de libertad originaria que nos atrapa por entero.

El poeta percibe en la imagen poética la fundamentación de su existencia: la realidad supuestamente conocida deja de ser la medida de un mundo de trascendencia que ahora descubre, que ahora acontece ante su mirada de un modo simple y espontáneo que revive gracias a la imprecisión del lenguaje. La imagen poética no es un simple correlato de la realidad; en su vivacidad, en las distintas apreciaciones existenciarias en la que nos sumerge, la apariencia del mundo deja de ser el objeto acerca del cual el hombre puede justificar su existencia.

Jordi Royo
02/10/2005 10:42 Permalink. Tema: Artículos

La última cena del ensayo: Trece comensales

bot 56.gif1.- Está escrito que escribe (o habla) ensayísticamente el que compone experimentando, el que vuelve, interroga, palpa, examina y atraviesa el objeto de su reflexión. Por ser así, la escritura ensayística está presente en novelas, cuentos, poemas y en mayor grado en los ensayos. El parecido de la escritura ensayística con el "pensar" es evidente. Exceptuando al monologo interior –hallazgo de la narrativa– no hay ninguna escritura que se asemeje más al fluir del pensamiento.

2.- Espejo sin azogue que refleja y deja pasar. Al inicio, en la escritura ensayística, el objeto de reflexión no tiene foco, ni forma predeterminada; antes del final, la reflexión reflejará al mismo espejo: Simmel es el asa; pero para mí Simmel es sencillamente la firma, en ese ensayo que apareció en el número IX de la Revista de Occidente y que bien pudo publicarse en forma anónima, seudónima o heterónima.

3.- Candileja. Si lo visible por todos es lo público y lo oscuro corresponde a lo privado, la escritura ensayística ensaya en el claroscuro; teatralmente alumbra el detalle o experimentando con el láser corta, quema. Probablemente por ese hacer público a lo privado y viceversa, llamarían a Freud, el Montaigne de nuestro tiempo.

4.- Una zoología de los géneros literarios mostraría a la novela como a una perra sentimental, un ave enjaulada la poesía, el cuento como astuto ratón y al ensayo curioso como un gato. Eso que mata siete veces al gato, alimenta al lector de ensayos. La curiosidad es la misma que le costaría la vida a Bacon, mientras experimentaba con la refrigeración de la carne.

5.- Se dice que el ensayo debe leerse en una sentada; pero además de nalgas el lector, hará uso de su cerebro. Y es sólo en esta postura como podrá concentrar su atención (que se dispersaría caminando, o acostado llamaría al sueño). Por necesitar tanto de cerebro como de buenas nalgas, el ensayo no es apto para ser leído por cucarachas.

6.- El ensayo es travesti: no olvidó el viejo sus dolosos artificios; transfigurose sucesivamente en melenudo león, en dragón, en pantera y en corpulento jabalí; después se nos convirtió en agua líquida y hasta en árbol de excelsa copa. El alomorfismo, como ustedes saben, consiste en el cambio de formas según el medio y sin abandonar la escritura "ensayística". Hay algo más importante: el ensayo lleva ropas del otro género con el objeto principal de obtener excitación sexual.

7.- El ensayo y la critica, el agua y el aceite. El travesti se disfraza de mujer, no de mona. Es un contrasentido el ensayo "crítico", no así la crítica sobre el ensayo. El investigador habita en la rama de su saber, el ensayista profesa lo inverso: ni siquiera cuando el objeto de reflexión sea la obra literaria, podrán ambos confundirse. Hay un segundo deslinde: el ensayo trabaja con el arte, pero también puede abordar directamente las cosas, sin la mediación de este. Él es con respecto a las cosas del mundo, como el vino es a la sangre.

8 .- El descubridor del ensayo, no su inventor, fue Francis Bacon, al publicar algo "diferente" a lo que escribía Montaigne y titularle de la misma manera. Él desenmascaró al ensayo pese a su alomorfismo. En verdad estos textos en nada se parecían a los del Novum organum o a la Nueva Atlántida; pero los "ensayos" estaban hermanados por un vínculo orgánico, gemelar, con los anteriores escritos del pensador francés. Luego de la modestia fundacional del lord inglés, nuestro idioma tardaría tres siglos en llamar ensayo a los ensayos.

9.- Sin notariar. Ya sea porque se cita sin mencionar las fuentes, o porque se trabaja con ideas prestadas, es imposible plagiar un ensayo. Un ensayo puede generar otro, en otro autor; y así sucesivamente entre espejos de barbería y donde la firma es lo menos importante.

10.- La escritura ensayística como seudo-holograma. A pesar de lo que usualmente aseveran los especialistas, todo ensayo agota el tema que trata. En verdad lo agota sin proponérselo. El todo está en la parte; la realidad no se confina a la "ensayística" de un autor en particular, o a los tratados y las monografías, porque nuestra percepción de lo real —y de lo irreal— es fragmentaria, breve o larga, dudosa.

11.- El ensayo y el desquite científico en el arte. Está escrito que el ensayo es la ciencia sin la prueba explícita; pero él es prueba de las búsquedas ametódicas que emprenden los científicos al final de su carrera. En estos ensayos evitan la divulgación de las teorías que les proporcionaron reconocimiento. Al contrario, se interesan por temas "nuevos", es decir, los viejos temas de la tradición ensayística: la muerte, la simulación y la disimulación, la belleza, la deformidad, los viajes, los jardines.

12. Nada más ridículo que el ensayista hablando o escribiendo acerca del ensayo. En todo ensayo el autor trata de sí mismo, hablar además de su escritura sería un exceso. Por eso los mejores ensayistas no son ensayistas, es decir, no lo parecen.

13 .- Judas como Mesías. Salir con blancas o con negras; elogiar a los caníbales, ironía por delante; la escritura ensayística nada contra la corriente o no es nada. Ese esfuerzo necesario, adicional, lo aporta un lector particular, el lector de ensayos. En la lectura ensayística se da un paso mas allá del sentido común; o como en el ajedrez, se trata de ver una jugada más que el adversario.

Pedro Téllez
02/10/2005 11:04 Permalink. Tema: Ensayos

Te quiero

Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena
o iracundo como órgano impetuoso;

Te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;

Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;

Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino;

Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.

Luis Cernuda
02/10/2005 11:08 Permalink. Tema: Versos clásicos

El silencio de las sirenas

bot 58.gifExisten métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:

Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción.

Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

Franz Kafka
02/10/2005 11:16 Permalink. Tema: Prosa clásicos




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