|
Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2006. 02/04/2006Las últimas respuestasEscribí un poema sobre la niebla y una mujer me preguntó qué quise decir. Hasta entonces sólo había pensado en la belleza de la niebla.Cómo confunde el perla y el gris, y gira y convierte los refugios iluminados al anochecer en puntos trémulos de misterio y color.Le contesté: El mundo entero era niebla una vez, hace mucho tiempo, y un día volverá a ser niebla.Nuestras calaveras y pulmones son más de agua que de huesos y tejidos y los poetas aman el polvo y la niebla porque las últimas respuestas terminarán en polvo y niebla. Carl Sanburg CastigoSu intención no será romper la cristalería. Simplemente, el rústico avión de madera que su progenitor fabricara (burdo como todos los juguetes que le confecciona en la soledad del bosque que rodea a la cabaña) habrá sufrido un desperfecto y se estrellará en los escarpados montes que, formados por los altos anaqueles que guardan platos y vasos, constituyen el paisaje que rodea cotidianamente sus cuatro años recién cumplidos. Pero aquello no parecerá claro a su padre quien, con el característico aroma a madera que siempre impregna su ropa, su piel, su barba hirsuta, lo tomará de la mano y lo conducirá, junto con su madre, al sitio donde el puente se levanta, impresionante, más de veinte metros por encima del implacable río que termina en el lejano océano, previo paso por una rompiente rocosa. Al llegar, y ante la apática mirada de la mujer que lo engendró y tiene el rostro cansado, lleno de arrugas minúsculas rodeándole los ojos, su padre lo tomará por el pequeño suéter y, levantándolo violentamente con una sola de sus inmensas manos, lo pasará por sobre el borde del puente sosteniéndolo en el vacío. La corriente se esforzará por alcanzarlo desde abajo. De nada le servirá sollozar, ni dar desesperadas patadas mientras intenta, infructuosamente, pisar de nuevo el suelo. Ante sus espasmódicos movimientos su padre, con una voz estentórea aún más profunda que la del río, aún más amenazadora, dirá, mientras lo sacude con furia: -¡Te voy a soltar! ¡Te voy a soltar por romper los vasos de tu madre, maldito desobediente! Su llanto surgirá, incontenible. Quiere a su padre, pero el terror que le provocará en aquel momento será más fuerte. ¿Es que no se da cuenta de que lo ama, de que está arrepentido, de que no los rompió con intención? No querrá que su padre lo arroje al río, no querrá que lo sacuda así, no querrá sentirse tan humillado ni que lo embargue el terror, mientras su madre ve la escena, desatenta a lo que ocurre, dándose cuenta de sus lágrimas y de su desesperación. En medio del forcejeo, el suéter se deslizará por sobre sus brazos y su cabeza, y él se precipitará al abismo. Caerá hacia el río, directo al monstruo acuoso que aguarda para devorarlo, y su padre, con el asombro reflejado en la mirada, con el suéter rojo aún aferrado en la mano derecha, lo verá caer. Al mirar durante un instante la expresión de su rostro, junto con el horror habrá alivio: su padre no lo soltó intencionalmente, se trató de un accidente; esa certeza le dará tranquilidad. Tras el primer golpe, la implacable corriente arrastrará el pequeño cuerpo hasta las rocas, donde una breve llovizna escarlata será el indicador de que todo habrá terminado. Después lo conducirá al mar, donde se perderá para siempre. Aún con el suéter en la mano, el hombre mirará a su compañera. -Se me cayó -dirá. La mujer va a asentir. Es comprensiva. Seguirán mirando el cadáver hasta que el río lo transporte más allá de su vista. -Supongo que tendremos que enterrar sus juguetes -comentará ella. Él mostrará su acuerdo. Y se irán a la cabaña. Carlos Manuel Cruz MezaLocura y creatividadLos límites que circundan la conducta de un enfermo mental pueden verse con claridad. Pero a veces esa línea comienza a hacerse difusa y en nuestros intentos por determinar dónde empieza y dónde termina la "normalidad" se diluye. Y esta situación se ha dado varias veces, cuando nos plantamos frente a una creación artística. Hasta qué punto un creador puede pisar los umbrales de la demencia o, por el contrario, si pasa el límite, deja de ser un artista para convertirse en un loco delirante? El hombre es comunicación. Permanentemente se siente llevado a decir cosas. Por un lado este movimiento imperioso surge de una necesidad interior, por otro de un contexto histórico que lo impulsa. Esta facultad "en potencia", sin embargo, se canalizará por diferentes vías. No todos eligen el camino del arte. Un camino abierto para aquellas personalidades dotadas de un toque especial para juguetear con la realidad, con la magia. El artista vive inmerso en un mundo complejo que lo atrae y apasiona. Quiere mostrar lo que ve, lo que él ve. En su interior se forman presiones que lo impulsan (por ejemplo) a escribir. Y en ese choque de realidad exterior y carga subjetiva se mueve el escritor. Entonces con el manejo de la imaginación, sueños, ideas, la realidad se fragmenta se recompone, aleja o acerca. La obra le permite descargar esa presión que, como un sentimiento de angustia, lo oprimía. ¿Qué ha logrado el escritor? En cierta medida evadirse, irse en sus letras de algo que lastima. Sin embargo algo puede notarse: él es el que domina. Fragmenta sus personajes, es consciente o no (aunque lo maneja) de que desciende hasta los abismos más profundos. ¿Pero si se ve lanzado a límites tan extremos no será extrañamente minado su equilibrio mental? El escritor que termina una obra siente placer y busca el reconocimiento de los demás o de sí mismo. El fin existe. En el psicótico la acción de escribir es un acto más, no puede identificarse con su obra ni es conciente de su creación. Su actitud puede compararse a la de un chico que se mira en el espejo y no se identifica con la imagen, no hay manejo de la realidad. No puede volver atrás para recomponer, no tiene una visión global; falta unidad, soporte, todo se presenta fragmentado y, hecho muy notorio, estático. Escritos en los que falta el motor que insufla vida. En un cuadro, falta de dinamismo miradas vacías. Se habló de la evasión del artista: el arte era el camino para soportar el dolor. Pero a veces un sufrimiento demasiado agobiante puede terminar por despedazar. Y es, precisamente, aquella "raza dentro de una raza" la que está más cerca de romper el equilibrio. Los artistas, poseedores de ese toque especial, que ven lo que late un poco más abajo de la realidad. Tienen una capacidad: volver. Dejarse llevar por el delirio, caer en pozos de alucinación, pero siempre regresar. Está comprobado que un escritor puede tener en los momentos de inspiración, lapsos de desvaríos mentales. ¿Acaso los surrealistas no ponían en juego toda una suerte de mecanismos destinados tan sólo, a permitir que aflorara el inconsciente con toda su carga de sueños, sin ni siquiera un elemento coherente u organizado? Quizás muchos se sientan tentados a esbozar una sonrisa entre irónica y malévola, al leer las palabras de Isidoro Ducease, el conde de Lautremont, luz elevada del surrealismo: ". . . bello como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas". Pero él era un artista y como tal, podía "volver". Es innegable que arte y locura. Presentan un nexo común: la búsqueda de evasión. Pero si en el artista se encauza, en el loco se dispersa. La falta de visión globalizadora y unitaria del psic6tico lo hacen perderse en fragmentos que nunca antes pudieron existir unidos. Introducir el concepto de unidad obliga a hacer un apartado. El ejemplo de un cuadro puede servir: Guernica, de Picasso. Aquí la realidad aparece desmembrada. Pero esos trozos dispersos tuvieron que ser un todo antes de presentarse así. La imagen astillada de brazos, piernas, cabezas da mayor fuerza vital, produce una sensación de destrucción e impacta nuestra sensibilidad. El artista fue capaz de vencer la presión de su inconsciente, descendió, partió la realidad, encontró en esa visión el vehículo exacto para expresarse. Se ha salvado a través de su obra. La gama que va de lo normal a lo anormal presenta grados, distintas estaciones que pueden merodear la locura. El error existe cuando, al no entender determinadas actitudes o creaciones, reñidas por nuestra supuesta normalidad, tendemos a considerar como "locos" a aquellos que las realizan. Sólo cuando se agota la posibilidad de "retorno", cuando no es posible salir del abismo al que puede recurrirse en busca de inspiración, sólo entonces nos enfrentamos a ese "loco" que no pudo tolerar tanta presión. Lo supera la carga y el peso termina con el artista. Adriana Lauro Los premiosLos premios literarios son una fuente constante de polémicas para los escritores, sobre todo al cuestionar los méritos de quienes los obtienen en determinada oportunidad, postergando el reconocimiento de otros que cuentan con tantos o mayores virtudes. Lo primero que hay que apuntar en esta discusión es la necesidad de favorecer la diversidad a través de la existencia de una cantidad de certámenes que permita una mayor heterogeneidad en cobertura de géneros, composición de jurados y ámbitos de aplicación (grupos etarios, regiones u otros grupos de referencia). La primera constatación que debe hacerse es la modificación y desaparición de ciertos premios cuyo prestigio es indiscutible. El caso más importante es el del Premio Nacional de Literatura, el cual se concede sólo cada dos años y no anualmente como fue tradición. Se ha dicho - afirmación que considero aberrante - que no existen suficientes escritores chilenos de calidad como para conceder esta distinción año a año ; creo que es tarea fácil componer una larga lista de creadores en plena actividad que ya debieran haber recibido este reconocimiento. No debe olvidarse además que los escritores no están representados institucionalmente en el jurado, siendo que el Premio Nacional fue el resultado de la acción gremial de la Sociedad de Escritores. Extrañamos también al Premio Pedro de Oña, certamen de alto prestigio que ganaron excelentes creadores, otorgado anualmente por la Municipalidad de Ñuñoa, el cual experimentó algunos intentos de reactivación años atrás, pero que terminó por fallecer, posiblemente hundido entre la lista tecnocrática de las prioridades edilicias. Otro premio prestigioso desaparecido es la Beca de Chile, que otorgó hasta la década de los 70 la Municipalidad de Santiago, consistente en una suma de dinero entregada a un escritor para financiar un proyecto literario. En la lista de las mutaciones encontramos al Premio Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago, al cual postulaban en todos los géneros obras inéditas de autores nacionales, concurso que contaba con una valoración tan alta como la que ha tenido y tiene el Premio Municipal de Santiago (que se concede a la mejor obra editada el año anterior en los cinco géneros básicos). Basta revisar la lista de premios Gabriela Mistral concedidos en el pasado para encontrar valores literarios indiscutibles. Sin embargo, una modificación efectuada en la década anterior, acotó este concurso primero a estudiantes de enseñanza media, y luego -en su versión actual- a escritores jóvenes y a escritores que no hayan publicado obras anteriormente. No cabe cuestionar la necesidad de incentivar a los estudiantes o a los literatos muy jóvenes o de obra tardía, pero creo que no es necesario cambiar la estructura de un premio de tan larga data y tradición tan fértil. Siempre es posible crear un nuevo concurso dirigido hacia los grupos mencionados. Y la restitución del Premio Gabriela Mistral a su forma original sería bienvenida por los escritores chilenos. Por otra parte, no se puede negar el importante estímulo que ha significado en la época reciente la irrupción de los concursos de becas y proyectos del Fondo de Desarrollo de las Artes y del Consejo Nacional del Libro, ambas entidades dependientes del Ministerio de Educación. El Premio a las Mejores Obras Literarias, concedido en cinco géneros y en las categorías de obras editadas e inéditas, excelentemente dotado para los estándares nacionales, se ha erigido en un hito de la más alta importancia para nuestro medio literario. Su impacto es indudable, ya que las obras ganadoras generan un inmediato interés de los editores, constituyéndose en un estímulo a la edición y difusión, no sólo a la creación. Sin embargo, a pesar de este efectivo y promisorio desarrollo, es muy difícil concebir la posibilidad de que un escritor pueda consagrarse por entero a la creación. Los premios, las becas, los derechos de autor -todos ellos ocasionales- no permiten generar los recursos necesarios para garantizar una dedicación de tiempo completo de quienes han demostrado sobradamente sus condiciones creativas. Se requiere recuperar todas las formas de estímulo que se han perdido en el tiempo (como las mencionadas antes), y más aún, crear nuevos incentivos que tiendan a crear fuentes de ingresos estables para los creadores, de modo que desarrollemos a plenitud las potencialidades culturales de nuestro país. En el pasado ha habido claras demostraciones -para utilizar el léxico en boga- de nuestras ventajas comparativas en el terreno de la literatura. Hay que crear las oportunidades para que estas se impongan. Tal vez podamos volver a ganar esos campeonatos mundiales (léase Premios Nobel) que nos son esquivos en las canchas deportivas. Diego Muñoz Valenzuela
Muerte en fugaLeche negra de la madrugada la bebemos de tarde Paul Celan La hormigaUn día las hormigas, pueblo progresista, inventan el vegetal artificial. Es una papilla fría y con sabor a hojalata. Pero al menos las releva de la necesidad de salir fuera de los hormigueros en procura de vegetales naturales. Así se salvan del fuego, del veneno, de las nubes insecticidas. Como el número de las hormigas es una cifra que tiende constantemente a crecer, al cabo de un tiempo hay tantas hormigas bajo tierra que es preciso ampliar los hormigueros. Las galerías se expanden, se entrecruzan, terminan por confundirse en un solo Gran Hormiguero bajo la dirección de una sola Gran Hormiga. Por las dudas, las salidas al exterior son tapiadas a cal y canto. Se suceden las generaciones. Como nunca han franqueado los límites del Gran Hormiguero, incurren en el error de lógica de identificarlo con el Gran Universo. Pero cierta vez una hormiga se extravía por unos corredores en ruinas, distingue una luz lejana, unos destellos, se aproxima y descubre una boca de salida cuya clausura se ha desmoronado. Con el corazón palpitante, la hormiga sale a la superficie de la tierra. Ve una mañana. Ve un jardín. Ve tallos, hojas, yemas, brotes, pétalos, estambres, rocío. Ve una rosa amarilla. Todos sus instintos despiertan bruscamente. Se abalanza sobre las plantas y empieza a talar, a cortar y a comer. Se da un atracón. Después, relamiéndose, decide volver al Gran Hormiguero con la noticia. Busca a sus hermanas, trata de explicarles lo que ha visto, grita: "Arriba...luz...jardín...hojas...verde...flores..." Las demás hormigas no comprenden una sola palabra de aquel lenguaje delirante, creen que la hormiga ha enloquecido y la matan. (Escrito por Pavel Vodnik un día antes de suicidarse. El texto de la fábula apareció en el número 12 de la revista Szpilki y le valió a su director, Jerzy Kott, una multa de cien znacks.) Marco Denevi
|
"Si quieres ser escritor, escribe". Epicteto
Temas
Archivos
Enlaces
|