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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2006. 01/08/2006CrepúsculosLos crepúsculos hacia la tarde; ya ha quedado roja la muerte del sol. Mientras quedan abajo las rosas, que preparan diáfanas los rocíos. Y en los otoños las hojas caen en áureas manchas, a las que luego llega, y blanca, la calma lunar. Calma alta, soberbia entre albinos cielos. Tiene, pues, razón en su amor el azul aroma del invierno, cuando toca y besa las aguas bajo la luna, cuando acaricia los arroyos, en su blanca, blanda espuma. Noche: el cielo sueña altas a las estrellas; rocíos de plata, sangres y jugos del marfil. Y tocan, en el alba, los florestas a la verde desnudez de los cuerpos. Allí han de amarse las soledades humanas; allí han de soñar, también, los bosques, y surgir vientos, y heladas y nocturnas brisas. Sentir el tacto de la sombra. Y se siente, además, el olor acezante del mar, allá lejano; y están cantando sus marejadas que ruegan la sal: orillas buscando, plateadas, a las espumas. En los inviernos, férreas y crujientes marejadas, cruentos y valientes oleajes de los fríos. Hay vientos, cenizas de nubes, calmos y verdes se levantan los árboles. Y es así el crepúsculo de estas imágenes, con sus venas que mueren, que mueren cargadas de rojas nubes en paz. Daniel Alejandro Gómez Justicia popularSon las diez de la mañana y el sol quema, abrasa en el valle. Llueve en la rambla del cercano río y la neblina principia a extender sus velos en la llanura y envuelve en gasas las montañas. Ni el vientecillo más leve mueve las frondas. Zumba la chicharra en las espesuras, y el carpintero golpea el duro tronco de las ceibas. En las arenas diamantinas de la ribera centellea el sol, y en pintoresca ronda un enjambre de mariposas de mil colores, busca en los charcos humedad y frescura. El bosque de huarumbos de higueras bravías, de sonantes bananeros y de floridos jonotes, convida al reposo, y las orquídeas de aroma matinal embalsaman el ambiente. En el cafetal sombrío, húmedo y fresco, todo es bullicio y algazara, ruido de follaje, risas juveniles, canciones dichas entre dientes, carcajadas festivas. Temprano empezó el corte, y buena parte del plantío quedó despojado de sus frutos purpúreos. Límite del cafetal es un riachuelo de pocas y límpidas aguas, protegido por un toldo de pasionarias silvestres que de un lado al otro extienden sus guías y forman tupidísima red florida, entre la cual cuelgan sus maduros globos las nectáreas campesinas. En las pozas, bajo los cacaos, media docena de chicos, caña en mano, y el rostro ardiente de alegría, pescan regocijados. Cada pececillo que cae en el anzuelo merece un saludo. En tanto, en el cafetal sigue el trabajo, se enreda la conversación entre mozas y mozos, y en los cestos sube hasta desbordarse la roja cereza. Cuando calla la gente en la espesura, y los granujas, atentos a la pesca, se están quedos, resuena allá a lo lejos sordo ruido, el golpe acompasado de los majadores: ¡tan! ¡tan! ¡tan! ¡Buena cosecha! Antonio, el dueño del rancho, está contento. El año ha sido próvido; los cafetos se rinden al peso de los frutos, y ya están listos, en bodega, quince quintales completos que darán a su dueño, vendidos en Pluviosilla o en Villaverde, cuatrocientos veinticinco duros... ¡Y lo que falta por levantar! En el rancho, todo es alegría. Trabaja mucha gente. Delante de la casa, en grandes petates, se tuesta al sol buena cantidad del preciadísimo grano; los majadores trabajan tan bien, que es una gloria el verlos, y en el portalón, en varios grupos, las limpiadoras separan el caracolillo de la planchuela. Antonio vigila celoso las labores; Merced, su esposa, trajina adentro. El humo sube en espiral del pajiso techo de la casa, y el palmear de las tortilleras anuncia que ha llegado, o no tardará en llegar, la hora del almuerzo. El humo de la leña húmeda que arde con el tecuitle, inunda la casa y portalón, sale por entre los muros de caña, y asciende lento y azulado hacia las regiones despejadas del cielo. Delante de la casa, en el espacio libre, bajo los naranjos cargados de fruto, cerca del vallado de carrizos que circunda el huertecillo, cacarean las ponedoras, cloquean las cluecas, pían tímidamente los polluelos de la última nidada invernal, y el gallo, un gallo giro, de espolones recios y cresta amoratada, orgulloso y envanecido de sus odaliscas, se pasea con aire triunfador, hace la rueda a la más linda, y, de tiempo en tiempo lanza a los vientos su imperiosa voz: ¡quiquiriqui! Charlan de muchas cosas los del portalón. Pancho, el más garrido mozo, habla de cacerías con los menores; tía Chepa de sus achaques y dolamas; tío Juan, de su vida de soldado, de sus hazañas contra los yanquis; y las mozas, todas de ojos negros y vivarachos, mientras sus dedos apartan los granos, no dan paz a la lengua, y hablan de cierto mancebo charreador, gala y orgullo de la comarca, ganacioso en las últimas carreras de Cuichapan, cosechero pesudo, y un tipo de lo más reguapo cuando pasa en el Tordo, terciado el zarape multicolor, al desgaire el galoneado sombrero, y firme y apuesto en la encarcedora caballería. Sonríen maliciosas, y bromean, y lanzan amables indirectas a Nieves, la hija de Antonio, que según dice, es la preferida del doncel. - Oye, Clara -dice una riendo y mostrando la blanca dentadura- ¡dice Nieves que no! ¡Figúrate! Si yo la vi embobada, con la boca abierta, contemplando a Daniel. Y el otro, tan descaradote, que no le quitaba los ojos... - Los ojos aquellos, que parecen bracitas -murmuró otra. Nieves baja la vista avergonzada y finge que no oye lo que sus amigas están diciendo. Salta tía Chepa, y dice en tono dejoso: - ¡Ah muchachas! ¡Ustedes sólo piensan en que se han de casar! Y volviéndose a sus compañeras: - ¡Pa las ruinas, nadita como la tripa de Judas! ... En injusión de aguardiente, tibiecita por la noche, y donde duele, talla y talla, y frota que frota, hasta que se embeba! Y de veras: ¡como con la mano! Las ruinas vienen del aire, y por eso se quitan con yerbas de olor! Pancho muy seriote y grave, satisfecho de su auditorio, sigue contando sus aventuras de caza: - Los perros comenzaron a latir y yo dije: ¡allá voy! Y pa allá me jui. Le metí espuelas al cuaco... ¡y arriba! De que yo vi la cuernamenta, cargué la escopeta, y me aguardé por entre los acahuales. El venado que pasa y yo que le tiendo el fusil, y que le aflojo un tiro, ¡y otro! Saltó el animal, cayó, volvió a saltar, se alzó, siguió corriendo y yo tras él. Ya le iba yo a apuntar de nuevo, cuando lo vi que tambaleaba. Se arrastró entre los huizaches y fue a caer entre las yerbas del arroyo. Los perros venían latiendo. Yo llegué antes que ellos, agarré al cachicuerno, y ¡zas! ¡lo degollé! ¡De verás que mi escopeta es buena! ¡Los dos tiros juntos! ¡Mira si es buena! Todos charlan y trabajan alegremente, cuando de pronto una exclamación de Marcelino, el majador que está más cerca del portalón, interrumpe la charla. - ¡El chitero! - ¡El chitero! -contestan a una, corriendo hacia afuera, para ver el gavilán que anda cerca. Ciérnese en el espacio, o en rapidísimo giro va y viene, buscando con mirada fascinadora, al través del follaje, a los tímidos polluelos. El gallo dio la voz de alerta; huyeron las gallinas hacia lo más espeso del cafetal, en busca de refugio, y los polluelos se agrupan en torno de la clueca y se esconden medrosos bajo las alas maternales. Sólo una, la más bella, una de copete rizado, y nívea pluma, madre joven e inexperta, parece indiferente y cloquea tranquila mientras los hijos, asustados, la buscan presurosos. El gavilán va y viene. Ya la vio, ya la acecha. En rápido descenso cae como saeta, y rozando el suelo con la punta de las alas, recorre el corral, y se va, llevándose mísero polluelo, el más lindo, el más blanco, el más vivo. En vano ha querido defenderle la madre. De nada le sirvieron a la infeliz el afilado pico las alas robustas. El chitero se remontó con su presa, y huye, para devorarla en un picacho de la serranía. El gallo tiembla; las odaliscas han desaparecido, y sólo se oye, allá en la espesura, un grito débil, con el cual avisan que el enemigo está cerca, que es preciso huir y esconderse en lo más tupido de los matorrales. De pronto exclama Pancho: - ¡Ya volverá! Y corre apresurado hacia la casa. No tarda en salir. Trae la escopeta. Al cargarla, murmura entre dientes un terno amenazador. Nadie habla. El mancebo sale al llano. Los chicos que pescaban en el arroyuelo le siguen, mientras la tía Chepa corre hasta lo más recóndito del bosque. De allí vuelve a poco persiguiendo a las gallinas. Éstas, azoradas, corren hacia el portalón. Tranquilas y descuidadas, al abrigo del viejo techo, se creen seguras, y el gallo torna a sus requiebros y paliques y las gallinas a su cacareo, y las cluecas al cloquear y los polluelos vagan alegres y descuidados del peligro que les amenaza. Sólo la copetona blanca está triste y apenada. ¡Ha perdido un hijo! - !Ahí viene! -gritan de pronto las mujeres- ¡Silencio! El gavilán torna en busca de otra presa. Seguro de arrebatarla vuelve victorioso. Se aproxima lentamente como si fuera a ranchos lejanos... Pero repentinamente acelera el vuelo, duplica la fuerza de sus remos, sube y baja, trazando en el espacio curvas caprichosas, y de pronto cae en el corral. Suena un tiro, y el rapaz carnívoro, herido en una ala, viene a tierra, voltejeando y vencido. El tiro del mozo fue certero. Resuena en el portalón un grito de júbilo. La chiquillería corre en tropel y se agrupa en torno del ave moribunda. Pancho, con la escopeta al hombro, muy orgulloso de su puntería, acude también. Las mujeres comentan y celebran calurosamente la muerte del chitero. Los chicos quisieran hacerle pedazos. El ave, moribunda, casi exangüe, aletea y se agita con las últimas convulsiones de la agonía. El mozo mira un rato a su víctima y llama la atención de los niños acerca de las pujantes garras del animal. - ¡Ahora, muchachos, a colgarlo! ¡En el jobo del camino! Momentos después entre los gritos de los muchachos y saludado por mil silbidos, el gavilán queda pendiente de la rama más vigorosa del copado jobo. Aún está vivo el rapaz; pasea en torno suyo los feroces e inyectados ojos, aletea de cuando en cuando, y por fin expira en uno u otro balanceo. Las poderosas y anchas alas quedan laxas; las corvas garras quedan crispadas, y del abierto y amarillento pico se desprenden, lentas y pausadas, gruesas gotas de sangre negra, espesa y humeante. - ¡Viva Pancho! ¡Viva! -gritan los chicos y se retiran del patíbulo tarareando un toque militar... ¡tan, tan, tarrán, tan... tan tarrán tan! ¡Rataplán! Rafael Delgado Carta de una mujer chilena a sí mismaMe da un poco de temor, tristeza e incertidumbre ver tantas esperanzas cifradas en Michelle Bachelet, la cual ha ganado en esta segunda vuelta eleccionaria. La gente que por ella votó, ha volcado toda su fe en esta persona. Las mismas esperanzas que teníamos millones de chilenos el año 1989 y que trabajamos arduamente para que todo cambiara. Que volviera a instalarse la democracia en nuestro abatido y humillado país. Pero luego sufrimos las mismas humillaciones y marginación que en la dictadura pinochetista. Como entonces, se nos negó la sal y el agua. ¿Cambiarán las cosas? Espero, con cierta desconfianza, que sí. Tal vez que no cambien sólo para sus partidarios, los que tienen cargos a su haber, y se enquistan en ellos pensando que éstos son eternos, lo mismo que sus vidas. Miro con rabia el pasado. Tantas puertas y ventanas cerradas como si estuviera vedado ser un poco feliz en el país que se habita. Nacemos con derechos y obligaciones es cierto, pero también por el camino vamos sumando esperanzas e ideales. La vida y las personas que la disfrutan se van encargando, con su egoísmo y prepotencia, que todo ruede por el piso como cosas sin valor. Si las personas eligen no ser parásitos de la sociedad si no aportar a ella en forma positiva y creativa ¿es justo entonces no lograr el objetivo; no tener oportunidades sólo por que no se tiene un partido que te avale? En casi diecisiete años de dictadura fuimos pavimentando el camino para que las nuevas generaciones tuvieran más libertad, hicieran oír sus voces, sus sueños y esperanzas. No fue fácil. Mucha agua turbulenta corrió por los ríos. Queríamos el cambio y para ello luchamos tantos años con fe y solidaridad. No importaba el sufrimiento si iba en beneficio de los otros, de los hijos, de los que estaban, de los que venían. No he votado ni en 1ª ni 2ª vuelta. El motivo es claro: desilusión, frustración unidas a cierto resentimiento, cosa normal en el ser humano. A los cincuenta y dos años veo la misma injusticia de antaño (tenía diecinueve cuando ocurrió el golpe militar estando en clase en la Universidad Católica de Temuco, donde estudiaba Pedagogía en Castellano). Soy una de las muchas personas que no tuvo acceso al trabajo. Por tanto, nada de sueldo, nada de previsión, nada de jubilación, nada de vacaciones pagadas, nada de nada. Veo que sigue existiendo una especie de crueldad, indiferencia e indolencia, sólo que están disfrazadas con ropajes más modernos. Sin embargo sigo siendo creyente al mismo tiempo que lunática y estrellística pues me siguen provocando admiración la luna y las estrellas y cada noche las observo. Hay unos versos de Amado Nervo con los cuales no estoy muy de acuerdo: “Vida, nada me debes. Vida estamos en paz.” Siento que la vida me negó muchas cosas, me las debe, y tan en paz con ella no estoy. Pero, a pesar de todo, Non! Je ne regrette rien, como cantaba la Piaf. Quizás si la única democracia verdadera consista en que todos envejecemos y morimos. A todos nos llega la hora final. A los ricos, a los pobres, a los poderosos y a los débiles. Al cruzar el umbral hacia el más allá no hay lugares escogidos con antelación para unos y otros. Ahí todos llegamos sólo con un atado que contiene lo que hemos hecho y lo que queríamos hacer. Tal vez se quedan a medio camino aquellos seres que usaron su vida para actuar con excesiva maldad. ¿Se quedarán sentados en medio de la nada meditando en lo que hicieron? ¿Delante de ellos habrá un letrero que diga “no pasar”? Estos son caldos de cabeza que estaba tomando en un momento de ira, como haciendo una carta para mí misma. Lo que pasa es que cuando escucho por radio o TV las bondades de esta coja democracia, me da urticaria, como si en este país la mayoría de sus habitantes fuéramos estultos o sufriéramos de ataxia. O como si estuviéramos conformados de tal manera que sólo nos resta ser mártires de por vida. Pero resulta que llega un momento en que la paciencia sufre de agotamiento silencioso. Mary Cruz Jara Urrutia
El círculo hermenéutico y el lector e intérpreteEl lector e intérprete no se debe limitar a entender el texto adecuadamente, sino conseguir que quienes lo lean, lo comprendan cabalmente, es decir, que asimilen lo que el texto quiere expresar para que, más tarde, les sirva en la próxima lectura y en la vida misma. Por eso, durante mucho tiempo se ha entendido que la actividad hermenéutica consta de tres momentos denominados: subtilitas inteligenti, subtilitas explicandi y subtilitas aplicandi. El círculo hermenéutico es una remisión de la parte al todo y del todo a la parte, realizada por el lector e intérprete. El ir y venir del todo a la parte, y de la parte al todo, permite abrir horizontes cada vez más amplios que, por otra parte, no quedan cerrados definitivamente. El método hermenéutico es, en efecto, para Dilthey, el modo peculiar de conocimiento propio de las ciencias del espíritu humano. Las ciencias del espíritu tienen que penetrar en la íntima naturaleza intelectual de las producciones históricas aferradas a la singularidad de un significado que es irreductible a conocimientos meramente fácticos o exteriores. En la Carta sobre el humanismo, Heidegger dice que "el lenguaje es la casa del ser". Con ello advierte que el lenguaje sobrepasa la pura existencia humana. Fuera del lenguaje no hay ser, no hay mundo. Sin el lenguaje, el ser humano queda a la intemperie. El cuidado del lenguaje corre a cargo especialmente de los pensadores y poetas. En muchas ocasiones, Heidegger se refirió a la poesía como lo que en el lenguaje hay de más expresivo y creativo. La tarea esencial del hombre es, sobre todo, escuchar. Por eso, no hay cosa sin palabra. Sin el lenguaje, no podemos entender lo que es la casa. La lengua es el "fenómeno del ser", que al mismo tiempo oculta y revela su presencia; y la interpretación es el momento en que se acoge y se guarda esa manifestación a través del pensar. La tarea de la hermenéutica es buscar en el texto la dinámica interna que preside la estructuración de la obra, por una parte, y por otra, la capacidad de la obra para proyectarse fuera de ella misma y engendrar un mundo que sería verdaderamente la "cosa del texto". El acto de leer consiste en conectar el mundo del texto y el mundo del lector, estableciendo una nueva "contextualización", lo que Gadamer llamó la "fusión de horizontes". Por consiguiente, la hermenéutica no consistirá tanto en conocer el detrás del texto, cuanto el delante del texto; interpretar es pues, explicar el método de ser-en-el-mundo desplegado delante de él. Por eso, Ricoeur pudo decir que comprender es comprenderse delante del texto. Se trata de exponer el texto y recibir de él un conocimiento más vasto de uno mismo. J. Habermas acusa el proyecto hermenéutico de no valorar la capacidad crítica de la razón, la cual no podría realizar un juicio crítico sobre la tradición misma. En relación con el lenguaje, dice que Gadamer ha olvidado que el lenguaje es un instrumento de dominio y de poder que sirve "para legitimar la organización de las relaciones de poder" y distorsionar la comunicación social. La hermenéutica puede y debe, según Habermas, encontrar un lugar específico dentro del ámbito del saber; pero eso solo podría ser si renuncia a su pretensión totalizante y se convierte en una "crítica de la ideología". La filosofía analítica ha prestado excesiva atención a los lenguajes artificiales, pretendiendo construir un lenguaje claro, a base de signos y símbolos. La hermenéutica, por su parte, renuncia a tal tarea, ya que el lenguaje vive en el "habla" y por eso, hay que prestarle una atención especial. El lenguaje es como un espejo que refleja el mundo, pero no es su duplicado; la imagen no está ligada al aspecto original a través del observador. Existe una polémica muy cerrada entre el período positivista de la filosofía analítica y los miembros del círculo de Viena y la filosofía fruto de las tesis que Wittgenstein expone en sus investigaciones filosóficas. Si la hermenéutica no renuncia a considerar que todo conocer es interpretar, es decir, si no se desontologiza, resulta bien difícil el diálogo. César Herrera ArtistasCuando el nimbo de la gloria resplandece en vuestras frentes, Delmira Agustini RompecabezasI Ayer, como quien dice, el año Tal de la Era Cristiana, correspondiente al Cuál, o si se quiere, al tres mil y pico de la cronología egipcia, sucedió lo que voy a referir, historia familiar que nos transmite un papirus redactado en lindísimos monigotes. Es la tal historia o sucedido de notoria insignificancia, si el lector no sabe pasar de las exterioridades del texto gráfico; pero restregándose en éste los ojos por espacio de un par de siglos, no es difícil descubrir el meollo que contiene. Pues señor... digo que aquel día o aquella tarde, o pongamos noche, iban por los llanos de Egipto, en la región que llaman Djebel Ezzrit (seamos eruditos), tres personas y un borriquillo. Servía éste de cabalgadura a una hermosa joven que llevaba un niño en brazos; a pie, junto a ella, caminaba un anciano grave, empuñando un palo, que así le servía para fustigar al rucio como para sostener su paso fatigoso. Pronto se les conocía que eran fugitivos, que buscaban en aquellas tierras refugio contra perseguidores de otro país, pues sin detenerse más que lo preciso para reparar las fuerzas, escogían para sus descansos lugares escondidos, huecos de peñas solitarias, o bien matorros espesos, más frecuentados de fieras que de hombres. Imposible reproducir aquí la intensidad poética con que la escritura muñequil describe o más bien pinta la hermosura de la madre. No podréis apreciarla y comprenderla imaginando sustancia de azucenas, que tostada y dorada por el sol conserva su ideal pureza. Del precioso nene, sólo puede decirse que era divino humanamente, y que sus ojos compendiaban todo el universo, como si ellos fueran la convergencia misteriosa de cielo y tierra. Andaban, como he dicho, presurosos, esquivando los poblados y deteniéndose tan sólo en caseríos o aldehuelas de gente pobre, para implorar limosna. Como no escaseaban en aquella parte del mundo las buenas almas, pudieron avanzar, no sin trabajos, en su cautelosa marcha, y al fin llegaron a la vera de una ciudad grandísima, de gigantescos muros y colosales monumentos, cuya vista lejana recreaba y suspendía el ánimo de los pobres viandantes. El varón grave no cesaba de ponderar tanta maravilla; la joven y el niño las admiraban en silencio. Deparoles la suerte, o por mejor decir, el Eterno Señor, un buen amigo, mercader opulento, que volvía de Tebas con sinfín de servidores y una cáfila de camellos cargados de riquezas. No dice el papirus que el tal fuese compatriota de los fugitivos; pero por el habla (y esto no quiere decir que lo oyéramos), se conocía que era de las tierras que caen a la otra parte de la mar Bermeja. Contaron sus penas y trabajos los viajeros al generoso traficante, y éste les albergó en una de sus mejores tiendas, les regaló con excelentes manjares, y alentó sus abatidos ánimos con pláticas amenas y relatos de viajes y aventuras, que el precioso niño escuchaba con gravedad sonriente, como oyen los grandes a los pequeños, cuando los pequeños se saben la lección. Al despedirse asegurándoles que en aquella provincia interna del Egipto debían considerarse libres de persecución, entregó al anciano un puñado de monedas, y en la mano del niño puso una de oro, que debía de ser media pelucona o doblón de a ocho, reluciente, con endiabladas leyendas por una y otra cara. No hay que decir que esto motivó una familiar disputa entre el varón grave y la madre hermosa, pues aquél, obrando con prudencia y económica previsión, creía que la moneda estaba más segura en su bolsa que en la mano del nene, y su señora, apretando el puño de su hijito y besándolo una y otra vez, declaraba que aquellos deditos eran arca segura para guardar todos los tesoros del mundo. II Tranquilos y gozosos, después de dejar al rucio bien instalado en un parador de los arrabales, se internaron en la ciudad, que a la sazón ardía en fiestas aparatosas por la coronación o jura de un rey, cuyo nombre ha olvidado o debiera olvidar la Historia. En una plaza, que el papirus describe hiperbólicamente como del tamaño de una de nuestras provincias, se extendía de punta a punta un inmenso bazar o mercado. Componíanlo tiendas o barracas muy vistosas, y de la animación y bullicio que en ellas reinaba, no pueden dar idea las menguadas muchedumbres que en nuestra civilización conocemos. Allí telas riquísimas, preciadas joyas, metales y marfiles, drogas mil balsámicas, objetos sin fin, construidos para la utilidad o el capricho; allí manjares, bebidas, inciensos, narcóticos, estimulantes y venenos para todos los gustos; la vida y la muerte, el dolor placentero y el gozo febril. Recorrieron los fugitivos parte de la inmensa feria, incansables, y mientras el anciano miraba uno a uno todos los puestos, con ojos de investigación utilitaria, buscando algo en que emplear la moneda del niño, la madre, menos práctica tal vez, soñadora, y afectada de inmensa ternura, buscaba algún objeto que sirviera para recreo de la criatura, una frivolidad, un juguete en fin, que juguetes han existido en todo tiempo, y en el antiguo Egipto enredaban los niños con pirámides de piezas constructivas, con esfinges y obeliscos monísimos, y caimanes, áspides de mentirijillas, serpientes, ánades y demonios coronados. No tardaron en encontrar lo que la bendita madre deseaba. ¡Vaya una colección de juguetes! Ni qué vale lo que hoy conocemos en este interesante artículo, comparado con aquellas maravillas de la industria muñequil. Baste decir que ni en seis horas largas se podía ver lo que contenían las tiendas: figurillas de dioses muy brutos, y de hombres como pájaros, esfinges que no decían papá y mamá, momias baratas que se armaban y desarmaban; en fin... no se puede contar. Para que nada faltase, había teatros con decoraciones de palacios y jardines, y cómicos en actitud de soltar el latiguillo; había sacerdotes con sábana blanca y sombreros deformes, bueyes de la ganadería de Apis, pitos adornados con flores del Loto, sacerdotisas en paños menores, y militares guapísimos con armaduras, capacetes, cruces y calvarios, y cuantos chirimbolos ofensivos y defensivos ha inventado para recreo de grandes, medianos y pequeños, el arte militar de todos los siglos. III En medio de la señora y del sujeto grave iba el chiquitín, dando sus manecitas, a uno y otro, y acomodando su paso inquieto y juguetón al mesurado andar de las personas mayores. Y en verdad que bien podía ser tenido por sobrenatural aquel prodigioso infante, pues si en brazos de su madre era tiernecillo y muy poquita cosa, como un ángel de meses, al contacto del suelo crecía misteriosamente, sin dejar de ser niño; andaba con paso ligero y hablaba con expedita y clara lengua. Su mirar profundo a veces triste, gravemente risueño a veces, producía en los que le contemplaban confusión y desvanecimiento. Puestos al fin de acuerdo los padres sobre el empleo que se había de dar a la moneda, dijéronle que escogiese de aquellos bonitos objetos lo que fuese más de su agrado. Miraba y observaba el niño con atención reflexiva, y cuando parecía decidirse por algo, mudaba de parecer, y tras un muñeco señalaba otro, sin llegar a mostrar una preferencia terminante. Su vacilación era en cierto modo angustiosa, como si cuando aquel niño dudaba ocurriese en toda la Naturaleza una suspensión del curso inalterable de las cosas. Por fin, después de largas vacilaciones, pareció decidirse. Su madre le ayudaba diciéndole: “¿Quieres guerra, soldados?” Y el anciano le ayudaba también, diciéndole: “¿Quieres ángeles, sacerdotes, pastorcitos?” Y él contestó con gracia infinita, balbuciendo un concepto que traducido a nuestras lenguas, quiere decir: “De todo mucho”. Como las figurillas eran baratas, escogieron bien pronto cantidad de ellas para llevárselas. En la preciosa colección había de todo mucho, según la feliz expresión del nene; guerreros arrogantísimos, que por las trazas representaban célebres caudillos, Gengis Kan, Cambises, Napoleón, Aníbal; santos y eremitas barbudos, pastores con pellizos y otros tipos de indudable realidad. Partieron gozosos hacia su albergue, seguidos de un enjambre de chiquillos, ávidos de poner sus manos en aquel tesoro, que por ser tan grande se repartía en las manos de los tres forasteros. El niño llevaba las más bonitas figuras, apretándolas contra su pecho. Al llegar, la muchedumbre infantil, que había ido creciendo por el camino, rodeó al dueño de todas aquellas representaciones graciosas de la humanidad. El hijo de la fugitiva les invitó a jugar en un extenso llano frontero a la casa... Y jugaron y alborotaron durante largo tiempo, que no puede precisarse, pues era día, y noche, y tras la noche, vinieron más y más días, que no pueden ser contados. Lo maravilloso de aquel extraño juego en que intervenían miles de niños (un historiador habla de millones), fue que el pequeñuelo, hijo de la bella señora, usando del poder sobrenatural que sin duda poseía, hizo una transformación total de los juguetes, cambiando las cabezas de todos ellos, sin que nadie lo notase; de modo que los caudillos resultaron con cabeza de pastores, y los religiosos con cabeza militar. Vierais allí también héroes con báculo, sacerdotes con espada, monjas con cítara, y en fin, cuanto de incongruente pudierais imaginar. Hecho esto, repartió su tesoro entre la caterva infantil, la cual había llegado a ser tan numerosa como la población entera de dilatados reinos. A un chico de Occidente, morenito, y muy picotero, le tocaron algunos curitas cabezudos, y no pocos guerreros sin cabeza.Benito Pérez Galdós |
"Si quieres ser escritor, escribe". Epicteto
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