Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2006.

01/01/2006

El poema de nunca acabar

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El poema más largo jamás escrito es obra de Raymond Queneau. Publicado en 1961, consta de tan sólo diez páginas. En Cent mille milliards de poèmes, concibió un soneto para cada página del libro, pero presentado en forma de catorce lengüetas móviles independientes unas de otras. En cada lengüeta, un verso. Cada verso, intercambiable con los otros. De esa manera, cada vez que arbitrariamente se disponen catorce lengüetas distintas se da a la luz un soneto diferente. El autor calculó que harían falta muchísimos años para leer todos los poemas capaces de formarse a partir de los ciento cuarenta versos iniciales.

 

01/01/2006 10:57 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Anecdotario

Lo bueno si breve...

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Al poeta T. S. Eliot le preguntaban por qué no escribía más y él respondía: "Para dar el ejemplo. El principal enemigo de la buena literatura es que los escritores tengan necesidad de ganarse la vida con lo que escriben. Porque el resultado de esta necesidad es que todos sucumben a los tres "demasiado": empiezan a escribir demasiado pronto, escriben demasiado rápido y escriben demasiado".

 

01/01/2006 11:06 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Anecdotario

Poner título

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Expuesto a todas las miradas, el título es lo primero que se conoce de él. No es un resumen, es un indicativo -dice Jouhandeau-, debe dar el tono y surgir de la obra como un grato olorcillo o como un perfume. Su papel es más atraer al lector como un cartel luminoso que informarlo. Es raro que se encuentre en una primera intención. En muchas ocasiones, el editor sugiere el cambio. Así, Apollinaire tituló Agua de vida el libro que después fue Alcoholes; Baudelaire Las lesbianas a Las flores del mal; el que para Lewis Carroll fuera Las aventuras subterráneas de Alicia se convirtió en Alicia en el País de las Maravillas; Julián, de Stendhal, fue después El rojo y el negro; Las palomas apesadumbradas, de Proust, fue A la sombra de las muchachas en flor y El vientre, de Zola (título que él juzgaba más abierto y contundente), El vientre de París.

 

01/01/2006 11:17 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Anecdotario

Devolución con retraso

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Un lector con remordimientos de conciencia devolvió a la biblioteca un libro de Historia que tomó prestado hacía 53 años. Por vergüenza o por no tener que pagar los atrasos, el misterioso "tardón" no quiso dar la cara. Según explicó la bibliotecaria de un pequeño pueblo de Cornualles, en el suroeste de Inglaterra, el libro Las historias de Launceston y Dunheved había sido prestado en septiembre de 1948 por la biblioteca de Camborne y debería haber sido devuelto el día 27 de ese mismo mes. Pero la pista del libro se perdió durante más de cincuenta años, hasta que éste llegó por correo en un gran sobre marrón. "No había ninguna nota, así que no tenemos ni idea de quién lo ha enviado", declaró Fiona Rutter, responsable de la biblioteca. "De vez en cuando recibimos libros devueltos con mucho retraso, aunque nunca tanto", añadió.

 

01/01/2006 11:24 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Anecdotario

El libro fantasma

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Probablemente, el libro más buscado de la historia del ocultismo sea el Necronomicon, que no existe. Aparecía en los relatos de H. P. Lovecraft y su autoría se atribuye a Abdul Alhazred. A pesar de esto, existen múltiples tarjetas de registro en bibliotecas de todo el mundo. Se dice que hay una en la Biblioteca Nacional de Madrid acreditando su existencia, aunque jamás se han encontrado ninguno de los volúmenes originales de dicha obra.

 

01/01/2006 11:32 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Anecdotario

A buen entendedor...

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Cuentan sus amigos que el matemático P. G. Lejeune Dirichlet (1805-1859) no era muy amigo de escribir cartas. Hizo una excepción cuando nació su primer hijo. Dirichlet mandó un telegrama a su suegro con el siguiente mensaje: "1+1=3".

 

01/01/2006 11:40 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Anecdotario

A favor de la ignorancia

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Sir Joseph Banks, presidente de la Royal Society de Londres, se opuso en 1807 a la creación de escuelas elementales en todo el país esgrimiendo los siguientes argumentos: "En teoría, el proyecto de dar una educación a las clases trabajadoras es ya bastante equívoco y, en la práctica, sería perjudicial para su moral y su felicidad. Enseñaría a las gentes del pueblo a despreciar su posición en la vida en vez de hacer de ellos buenos servidores en agricultura y en los otros empleos a los que les ha destinado su posición. En vez de enseñarles subordinación les haría facciosos y rebeldes, como se ha visto en algunos condados industrializados. Podrían entonces leer panfletos sediciosos, libros peligrosos y publicaciones contra la cristiandad. Les haría insolentes ante sus superiores; en pocos años, el resultado sería que el gobierno tendría que utilizar la fuerza contra ellos".

 

01/01/2006 11:45 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Anecdotario

La fórmula más antigua

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La fórmula matemática para calcular el área de un círculo fue encontrada en un libro escrito hace 3.600 años por un escriba real egipcio llamado Ahmes. Este libro es el tratado matemático más antiguo del mundo y sus fórmulas podrían emplearse en la actualidad por cualquier estudioso matemático.

 

01/01/2006 11:51 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Anecdotario

05/01/2006

Negra inspiración

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Para componer sus famosas tragedias patéticas, el poeta francés Próspero Crebillon (1674-1762) necesitaba tener cuervos a su lado.

 

05/01/2006 14:46 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Anecdotario

El primer viaje a la Luna

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El primer relato de un viaje ficticio a la Luna del que se tiene constancia fue relatado por Luciano de Samosata en su Historia verdadera, hace casi 2.000 años.

 

05/01/2006 14:53 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Anecdotario

Plagiario descubierto

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Lo cuenta Juan Gelman: "Una vez me pasó algo genial. Estaba con Mario Benedetti y Daniel Viglietti haciendo un reportaje en una radio. Había chicas y muchachos entre el público. Mario leyó un poema, luego yo leí un poema de amor. Cuando terminó la grabación, una chica que estaba allí se me acercó y me dijo: "¿Ese poema es suyo?", le digo: "Sí". Me dice: "¡Hijo de puta!". Le digo: "Mire, yo sé que no es muy bueno, pero soy una buena persona". Ella dice: "No, no lo digo por usted, estoy hablando de un novio que tuve, que me mintió diciendo que lo había escrito él".

 

05/01/2006 15:19 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Anecdotario

Frida Kahlo

Atrapada en su cuerpo
esparce tristezas sobre lona
y se convierten en pájaros floridos.

Niña, siempre niña
llena de promesas de tierra adentro:
azul y concha marina
para su barco escondido.

Clara Valverde

05/01/2006 15:28 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Versos actuales

Obsesión fatal

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Aceptó, como única alternativa, que el matrimonio solucionaría el enfermizo problema de su dominante madre. Ella la seguía por todas partes como lo hace el perro guardián con su amo. Sentía en su enjuto cuerpo la viscosa presencia de esos ojos que la trastornaban por completo. Acosada siempre por esa inmensa mirada, le resultaba imposible la búsqueda de un espacio apropiado para ocultarse de esa inquisidora guardiana. Ahora, pensaba, al término de sus estudios de normalista, que encontraría su ansiada libertad.

Pero todo se desvaneció el mismo día de su graduación. Allí estaban, fijos en su rostro, esos ojos escrutadores, aniquilantes. Sin embargo, la buena estrella anduvo siempre a su lado. A los pocos meses de recibir el cartón que la acreditaba como maestra, el gobierno departamental la vinculó como profesora de tiempo completo en un destacado colegio de bachillerato de la ciudad. No obstante, su vida interior crecía en desasosiego, en desesperación. Sentía que su espacio vital íntimo era violentado por esos profundos y martirizantes ojos malignos de la madre.

Desesperada, buscó refugio en la universidad. Allí cursó estudios superiores en Administración Educativa. Cuatro años de intensos desvelos. Cuatro largos años de ausencias y escapatorias. Pero nada atenuaba la urticante inquisitoria de aquellos ojos. Recostada en su cama, pensaba en el suicidio como la respuesta más expedita para darle un final feliz a su problema.

Una mañana de junio, de resplandeciente sol, apareció él. La angustiosa desesperación precipitó los acontecimientos. La boda se celebró a los pocos meses de noviazgo. Fijaron su residencia en otro municipio del departamento. Sin embargo, la distancia y su nuevo estado de mujer casada, en nada cambió su tormentoso mundo interior. El cerco de los celos de la madre la asfixiaban hasta el colmo de la desesperación, del fastidio.

Justo a los dos años llegó el fruto de la rutina conyugal. Pero Helena no sufrió cambio alguno en su interioridad. Allí seguía agazapado ese angustioso sentimiento de dolor, desdicha y sufrimiento. La madre, con el pretexto del nieto, aprovechaba toda ocasión para acercarse a su idolatrada hija. Preguntas, comentarios, observaciones, todo cuanto pudiera dibujar un cuadro de las actividades de su niña mimada. El nieto crecía inocentemente. Helena, mientras tanto, buscaba refugio en las juergas de los viernes culturales organizados por sus colegas. Pronto estallaría lo predecible.

Una noche, mientras cenaban, Helena miraba fijamente a Marcos, su esposo, quien se sentía incómodo. Él ya presagiaba la tormenta. Sus relaciones íntimas no funcionaban desde hacía mucho tiempo. Así permanecieron largos minutos. Silenciosos, abstraídos. Ella rompió la tensión del momento. Con voz segura, le manifestó que no la tocase más ni le insinuara nada que tuviera que ver con la palabra sexo porque sentía asco y hastío. Él, con exasperante sumisión, asintió mudamente con una inclinación de cabeza.

En la ciudad, Helena compartía un pequeño apartamento con otro hombre que la satisfacía como mujer. Las relaciones con Sergio comenzaron una noche de angustia y desenfreno etílico. Él llegó hasta ella, se sentó y pidió de beber. Charlaron y bailaron toda la noche. Ella, por los efectos del licor, soltó las bridas de su lengua. Él la escuchaba con suma atención.

Pasó el tiempo. Helena abandonó su barra de amigos. Sólo Sergio la colmaba de mimos y caricias. Desde entonces, su mente había bloqueado la presencia de los ojos de la madre. Ahora, disfrutaba hasta el éxtasis el placer del dolor y el goce de la carne.

Aquella mañana despertó intranquila por la tormentosa pesadilla de un sueño terrorífico. Se levantó y corrió como loca hacia el aposento de su esposo. Pero, como siempre, había madrugado a sacar su taxi del garaje. El presentimiento desapareció como por encanto. Tomó un refrescante baño y desayunó. Organizó su material de trabajo. Minutos más tarde, ya para salir con rumbo a sus labores, recibió la fatídica noticia. Marcos había sido asesinado cuando intentaron robarle su automotor.

Permaneció impertérrita. Cerró la puerta de su casa y se dirigió a la morgue. Allí reconoció el cadáver de su esposo. Adelantó todas las diligencias necesarias para el sepelio. Una vez más, sintió ese desasosiego irritante que recorría todo su cuerpo.

En los oficios fúnebres, soportó estoicamente la acusadora mirada de su madre que la contemplaba desde lejos. Ni antes ni después de la ceremonia se cruzaron palabra alguna. Pero ella percibía en su interior el desprecio que destilaba su progenitora. Terminado el ritual, dirigió sus pasos hacia su nido de amor.

Se tiró en la cama. Quiso llorar pero sus ojos se rebelaron. Repasó mentalmente todos y cada uno de los actos de su vida de soltera y de casada. Se levantó y escanció una copa de whisky. Sorbió con fruición el embriagante licor. Encendió un cigarrillo. Distraídamente miraba cómo las volutas de humo danzaban al ritmo de la tenue y cálida brisa que se filtraba por una de las ventanas del apartamento. El reloj marcaba las ocho de la noche. De pronto, escuchó el sonido de una llave en la cerradura de la puerta.

Era él, con su rostro recién afeitado, su boca sensual, su copioso bigote, su nariz aguileña, sus ojos de miel y su ensortijada cabellera. Como jalonada por un invisible resorte, se lanzó a sus brazos. Buscó ávidamente su boca y desahogó en ella toda la fuerza volcánica de su dolor. Sergió extrañó este comportamiento. Luego, ella le contó serenamente lo que había ocurrido en este trágico día. Hubo un momento de prolongado silencio. Mudamente se dirigieron a la cama. Fue una noche de desenfrenos y desinhibiciones sexuales.

El tiempo continuó su inexorable marcha. La gran ciudad no alteró su ritmo de vida. Helena reanudó su rutinaria labor. Su pasión por Sergio crecía cada minuto de su vida. Pero no podía apartar la mirada de la madre. Imposible apartar esos ojos acusadores. Esos ojos fríos, metálicos. Helena quería correr, gritar, pero su cuerpo no obedecía en absoluto la orden de su cerebro.

Una tarde, en su apartamento de placer, después de una refrescante ducha, una extraña llamada telefónica la trastornó por completo. Sus ojos, estériles para el llanto, lanzaban llamas de ira y de dolor. Sus manos tiraban con fuerza de sus cabellos rubios. Daba vueltas y vueltas en el estrecho espacio de su dormitorio. Lenta, muy lentamente, recobró la calma.

Tomó la botella de whisky y se sirvió un vaso lleno. Bebió todo su contenido de un solo trago. Repitió la acción, dos... tres... muchas veces sin parar. Y rodó por el suelo, totalmente ebria. El sonido de unas lejanas campanas la trajeron de nuevo a la realidad. Recordó la llamada. ¿Por qué? -gimoteaba entrecortadamente-.

Afuera, llovía torrencialmente con rayos y truenos espantosos. Trabajosamente se levantó del piso. Trastabillando, tomó la botella de whisky y se dejó caer en la cama. Buscó bajo la almohada. Allí estaba, fría y silenciosa. Empinó la botella y tomó un largo trago. Pensó mucho rato en su decisión. No encontraba explicaciones válidas para que todo hubiera terminado en esa forma. ¡Sergio acribillado a balas en un operativo de la policía!

Levantó nuevamente la botella de whisky... y... ¡Horror! En el fondo, allá, en lo más profundo...estaban ellos. Eran los ojos de su madre. Fuera de sí, tomó el revólver... Un estruendoso trueno acalló la mortal detonación.

Napoleón Mejía Ríos

05/01/2006 15:45 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Prosa actual

El intríngulis de la creación

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En tiempos remotos, cuando ciertos hombres –pocos, por cierto–, mejor preparados que la mayoría, se empeñaron en adaptar esa mayoría a las exigencias que toda sociedad demanda,  se enfrentaron con una cruda realidad: el hombre no estaba preparado para vivir en comunidad.  Era (y sigue siéndolo) díscolo, malo, perverso, egoísta (“más conozco al hombre, más quiero a mi perro”), pero dichosamente ingenuo y crédulo.  Entonces aquellos carismáticos líderes (apóstoles) se dijeron: ¿Cómo hacer para que el hombre respete al hombre, logre la convivencia y disfrute los beneficios propios del trabajo comunitario?  Pues aprovechemos su propia ignorancia y credulidad  – dijeron entre sí –, convenzámoslo de que hay un dios omnisciente que castigará con el infierno a todo aquel que quebrante las leyes básicas de la convivencia (mandamientos) y que, por el contrario, premiará con la vida eterna (cielo) a quien las respete íntegramente.  Claro, para evitar conjeturas, digámosle que quien castiga es el diablo (nombre dado a Dios por puro eufemismo cuando de castigos se trata) y quien premia es Dios.  Así convenceremos a esos bárbaros y perversos ignorantes pues, en su egoísmo, no pueden aceptar la certidumbre de su inexorable muerte (como si fuesen diferentes del resto de las especies) y, por otra parte, aceptarán crédulos, en su ignorancia, la idea de que un ser supremo es la respuesta a la interrogante irresoluta: el origen de todas las cosas.  Y para venderle fácil esta idea (mercadeo a ultranza), digámosle que él mismo fue hecho a imagen y semejanza de ese ser sobrenatural.  De esta forma mataremos varios pájaros de un tiro: logramos el respeto entre los hombres y no tenemos que devanarnos los sesos buscando respuestas que nosotros mismos ignoramos. ¿Quién hizo la vida?, pues Dios... y punto.

Todo aquello fue ampliamente discutido, aprobado y escrito – con el rimbombante nombre de Sagradas Escrituras –para que nunca se olvidara.

Y, en efecto, aunque a duras penas, el hombre se adaptó mejor y empezó, paulatinamente, a prosperar (veleidades del consumismo) gracias a los conceptos – al principio muy rudimentarios –  de la vida comunitaria (comunismo, capitalismo, cooperativismo, sindicalismo, solidarismo, hermandades, comunas, industrialización, ajuste estructural, planeamiento estratégico, administración por objetivos, círculos de calidad, globalización, etc., etc.).  Para ello, por supuesto, los apóstoles se tiraron a la calle (adoctrinamiento); pero luego, ante las mayores exigencias de la vida urbana, tuvieron que hacerse maestros.  Mas, poco tiempo después, aquella preparación fue insuficiente y entonces crearon universidades (al principio públicas; después privadas en función del lucro desmedido de los hombres mismos) para preparar licenciados, luego doctores, después “masteres”, últimamente PHD (¿qué vendrá después cuando la mayoría alcance este nivel?).  Es que la especialización cada vez es más específica (empero, “un generalista es alguien que sabe muy poco de todo y un especialista, en cambio, sabe mucho de muy poco”).

Pero, retomando el hilo desovillado, los apóstoles se regocijaron con la idea de su Dios, idea que resultó eficaz y eficiente... por lo menos hasta que la gente, por su propia convicción y a pesar de las mundanas instancias judiciales – burocráticas, lentas y benévolas, como algunas salas constitucionales latinoamericanas – , empezó a respetar los derechos ajenos para que le respetaran los suyos y no por atrición.  Aquí los apóstoles y sus secuaces hicieron una encerrona: les preocupó sobremanera que la moral del ateo fuese más sólida y sincera que la del creyente, pues la de este estaba condicionada a la peregrina esperanza de una vida eterna.  Su preocupación llegó al extremo cuando, en las postrimerías del siglo veinte (ese que no termina sino hasta el 31 de diciembre del año 2000), uno de aquellos apóstoles  – octogenario probo y sincero –   confesó con humildad que, en efecto, lo del cielo e infierno había sido una patraña.  Esto decepcionó a más de un feligrés, fundamentalmente a quienes habían aceptado a pie juntillas el precepto religioso.  Los mismos que, durante cientos de años, hicieron el bien (solo a algunos y, aún así, con mucha hipocresía) para evitar el infierno y para trascender a la vida eterna.  Eran los mismos que, cual dioses omniscientes, condenaban al adúltero (mientras deseaban a la mujer del prójimo), a las prostitutas (mientras las llevaban con sigilo a los moteles), a la pornografía (mientras se deleitaban con películas de no sé cuántas x), a la que abortaba (pero si el hijo de esta nacía, le encaramaban motes ofensivos – patae’banco – o identificaban discriminatoriamente – bastardo, hijo espurio, hijo natural –  pues había nacido al margen de sus convencionales instituciones), al ladrón (mientras dejaban de pagar sus propios impuestos), al asesino mientras condecoraban a sus hijos que, en ultramarinas guerras injustificadas, habían dado muerte a chinitos arroceros y a musulmanes patrioteros), al déspota agresor (mientras suscribía bloqueos comerciales en perjuicio de un pueblo hermano por no compartir su ideología), a la tiranía (cuando esta era de izquierda)...  Eran los mismos cuyos líderes religiosos, comprometidos con principios solidarios, gozaban de exoneraciones de impuestos, exhibían exclusivos anillos y remodelaban sus templos con fastuosidad mundana.  Eran, en fin, los mismos que exudaban incondicional amor al prójimo (mientras, en las fiestas con sus amigos, hacían chistes sobre negros e inmigrantes refugiados, chistes que sus beatas esposas reían estrepitosamente).  Sí, de momento se desilusionaron, pero pronto reafirmaron sus convenientes convicciones en vista de la bondad del dogma de la confesión (“borrón y cuenta nueva”).

Comoquiera, ya era demasiado tarde...  La mayoría comprendió que, por siglos, había sido víctima de su propia estulticia y empezaron a rebelarse.  Solo entonces comprendieron que había sido una arrogancia considerarse el centro de la creación, que había sido una ingenuidad adorar iconos pintarrajeados, que había sido una injusticia irrespetar a su prójimo, que había sido una estupidez desdeñar el proceso evolutivo, que había sido una ridícula prepotencia considerarse hecho a imagen y semejanza de su Dios, que había sido... el hazmerreír de otras culturas extraterrenas.

Entonces, ¿no es divina la creación?  Bueno – y esto es un buen corolario –, si el hombre fuese imperfecto, como en realidad lo es, sería decepcionante atribuirle su responsabilidad a Dios.  Si Dios lo hizo así a propósito, para juzgar su libre albedrío, sería injusto cuestionarle a alguien su incredulidad.  Si Dios hizo al mundo y a las especies, habría sido un desperdicio injustificado el haber consentido que los dinosaurios reinaran durante un tiempo mucho mayor que el que ha reinado el hombre (por lo menos hasta ahora).  Si Dios hizo el universo tan complejo, sería ingenuo considerar que no haya vida en otros planetas, en otras galaxias.  Si hay vida extraterrena, sería vanidoso e ilógico suponerla idéntica a la nuestra.  Si existen otros seres inteligentes diferentes al hombre, sería ridículo suponer que su idea de Dios sea la misma nuestra (¿no que también ellos fueron hechos a su imagen y semejanza?)  Pero, fundamental, ¿qué es Dios?  Pues este es el quid y no el carácter divino de la creación.  Dios podrá ser solo una idea fabulosa del hombre y, aún así, la creación sería siempre divina en función de nuestra propia ignorancia... al menos hasta que alguien, fehacientemente, dilucide el origen del universo.  Para entonces la evolución habrá sustituido al hombre como rector de la vida terrestre y ya será otra especie la que se atribuya su semejanza con un Dios muy diferente al que concibieron los humanos.
 

Adrián Rodríguez Solórzano

05/01/2006 15:53 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Ensayos

Literatura, amor, erotismo

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Relacionar literatura con erotismo me surge como un tema muy natural, porque desde siempre he visto en la primera los indicios del segundo, incluso desde antes de aprender a descifrar los signos escritos del lenguaje, cuando la relación con el libro era un mero hecho táctil, sensual, curioso, excitante, un roce de los dedos contra las tapas finas de los libros empastados que atraían mis dedos infantiles a la zona más prohibida de la biblioteca de mis padres. Una oportunidad de acariciarlos como forma de preparación a torturas inocentes: unas rayas de colores, unos ideogramas que puedo apreciar después de los años sobre aquellas páginas enigmáticas e indescifrables. Sin embargo operaba un magnetismo, una necesidad de contacto con los libros que era el anuncio de una pasión más salvaje y más racional que iba a devorar buena parte de mi infancia y mi adolescencia: la lectura.

Sin asomo de duda, declaro que la lectura fue mi primer amante, o digo mejor los libros, cientos miles de ellos, en un desfile de diversidad insondable, pleno de perversiones e infidelidades atroces. Saltaba de un amor a otro, sin remordimientos, con una ansia creciente, con un fervor inagotable. Quería poseer a cuanto libro se me cruzaba en el camino, me erigí en macho cabrío de la lectura. Mi madre había de ofrecer excusas a los amigos que osaban venir a buscarme para jugar, porque yo prefería quedarme botado en el lecho, enredado en las sábanas y en las piernas del amor de turno, embebido de lujuria, interrumpiendo las sesiones eróticas para la visita al colegio y para comer y beber, tareas imprescindibles que pronto aprendí a hacer mientras leía, mezclando tales goces en un solo acto mixturado, dionisíaco.

El inevitable camino del crecimiento fue poniéndome ante ciertos textos que me ofrecían misterios suculentos que estaban vedados para mis coetáneos, quienes apenas podían enarbolar groserías cuyo significado les era de verdad incomprensible. La coprolalia hacía de lo sublime un acto grosero, casi despreciable, simplificado, aberrante. El significado de lo sexual se transmite en susurros en los recreos, pleno de distorsiones, como una práctica más del rito machista de los colegios de varones, como un código de honor de caballeros brutales que poseen doncellas con arietes indomables para adormecer las avideces femeninas insaciables.

Mas en los libros yo encontré información confidencial que contradecía de manera profunda ese universo simplificado y pedestre del cual tenía que formar parte por conveniencia social. No me excluía de los juicios duros, no me restaba al lenguaje soez, por el contrario, aunque con cierta vergüenza me adherí al ejército escatológico, a la adoración de divinidades obscenas, a los propugnadores del coito bestial. En silencio, dudaba de estas prácticas, en soledad la lectura me redimía de tales pecados. La literatura me ofrecía la redención y me hacía saber de un mundo más complejo, más excitante, donde la piel podía arder al compás de la imaginación en el campo de batalla de Eros y Thanatos.

Por fin llegó a mis manos temblorosas una buena edición - quiero decir una edición no pacata - de Las Mil y una Noches, frente a cuyos encantos caí embelesado, embrujado por la fábula de un mundo donde convivían magos, princesas de formas opulentas, ogros brutales, aves gigantescas y demonios carniceros, héroes indomables y hermosos. Soñé dormido y despierto - perturbado por esta lectura prohibida - con Scherazade narrando la trama interminable a Schahriar, domeñando su sed de sangre, derrotando su convicción sangrienta de desposar cada noche una mujer que no veía la luz del amanecer siguiente, para vengar la afrenta de una infidelidad pasada, pero vigente por el dolor engendrado. Me prosterné tempranamente ante ese libro maravilloso donde la sensualidad emergía a cada paso, en una mezcla extraña de realidad y fantasía, magia y materialidad, lucha por la supervivencia y goce carnal. Me sedujo a morir esa historia con otras historias que a su vez contienen otras, es como la metáfora de la posesión inteligente.

La lucha de Schahriar contra su curiosidad insaciable se opone a la venganza implacable y eterna, y abre espacio a Scherazade a la vida a lo largo de las mil y una noches, como metáfora del amor donde la inteligencia tiene un rol que desmiente el simple culto al sexo físicoculturista. El erotismo es por esencia inteligencia aplicada al cuerpo, y no simple carnalidad desatada; el erotismo sobre todo reside en la imaginación, en la búsqueda de lo nuevo, en la sorpresa más que en el rito. Eso me enseñó ese libro, antes de tiempo en opinión de mis padres que lo requisaron sin explicaciones, obligándome a desarrollar mi primera rebelión y a adoptar mi primer clandestinaje. Mis primeros sueños sexuales fueron con Scherazade, a quien imaginaba como una morena de ojos almendrados, senos despampanantes de aguzados pezones, labios eternamente húmedos, piernas largas y bien formadas, piel suave y tibia, y vulva ansiosa de recibirme a mí y a mis propias historias. Y en mi propia imaginación, potenciada por aquellas lecturas prohibidas, eyaculé mil y una veces adornando mis sábanas de manchas sospechosas y vergonzantes.

Con el tiempo llegaron las otras lecturas obligadas: el Decamerón, los Cuentos de Canterbury, las novelas de Henry Miller, las historias de Bukowski el boca sucia, la fantasía inquietante de Norman Mailer, el frenesí intelectual de la poesía de Gonzalo Rojas, la sensualidad telúrica de Neruda, la lujuria mágica de García Márquez, el desborde de Jorge Amado… Todas ellas lecturas deliciosas, plenas de placer, donde el lenguaje juega un rol descollante como gatillador de la emoción amorosa, detonándola y desatando los engranajes de la imaginación, porque más que descripción pormenorizada lo que puede ser realmente incitante es la sugerencia.

Mi propia experiencia literaria con el erotismo y con el amor se materializan en diversas formas, desde algunos cuentos con momentos intensos donde más que arrastrar al lector por un sendero explícito prefiero optar por empujarlo a un vórtice de seducción imaginaria, hasta la novela que llamé precisamente Todo el amor en sus ojos, reuniendo bajo ese título un significante de amor por los demás, de entrega, al tiempo que de sensualidad un poco a ritmo de locura, que es como de verdad siento que debe ser la vida. Difícil me resulta distinguir entre las distintas formas del amor: la ternura, la solidaridad, el compañerismo, el encuentro de los cuerpos que se desean, todos forman parte de la diversidad que integra al ser humano en su dimensión maravillosa.

El lenguaje literario nos pone en contacto con otras épocas para descubrir que los problemas del ser humano son eternos y permanentes. El amor siempre seguirá siendo un protagonista permanente de la escritura, imperecedero como Penélope que hace y deshace su tejido sin perder la esperanza de reencontrarse con el esperado Ulises, sin desfallecer ante la insistencia ni ante la desesperanza. El amor que es también el erotismo, pero que no se reduce a éste, que asume mil formas que se encarnan en la literatura.

Una obra literaria asume corporeidad cuando un lector abre un libro y se pone en contacto con la sensibilidad del autor y recrea las imágenes y los significantes, los filtra a través de sus propias sensaciones y experiencias, interpreta, imagina y completa a partir de la sugerencia, conducido por las palabras de ese guía invisible y omnipresente que es el escritor. El texto es revivido y convocado cada vez que un lector abre el libro, en el intertanto no existe, es apenas un objeto cuya existencia material no determina nada. La lectura otorga nueva vida, por un instante se produce una suerte de encarnación a través del vínculo autor-lector, un espacio donde ambos crean e imaginan unidos por enlaces tan tenues como firmes, tan sutiles como vigorosos, y generan algo nuevo, único, irrepetible, que además puede establecer hondas raíces en una persona. Así es como uno va recogiendo frases, sensaciones, imágenes de esas historias y esos personajes de ficción que adquieren una realidad incluso más real que aquella en que vivimos.

En la lectura y en la escritura está implícito el amor en el sentido de ser otros, de vivir otras vidas con profundidad, no con la mera mirada superficial. Está implícito el respeto ante los demás, el hecho de maravillarse ante cada existencia particular como resultado de una experiencia original, construida a partir de miles, millones de hechos, sensaciones, momentos. Al leer y al escribir uno invade otros campos, otras personas, tenemos por un instante la capacidad de mirar a otros, incluso hasta la posibilidad de aproximarse tanto que se llegue a sentir ser ellos, es el voyeurismo más pleno en acción, una suma de todas las formas de amor juntas: erotismo, solidaridad, amistad, compañerismo, ternura, caricia, fraternidad, devoción, sensualidad.

Chejov, maravilloso autor de atmósferas subyugantes, expresó que "la literatura era su amante". Me adhiero a ese concepto, fue mi primera amante y adivino también que será la última. Sin olvidarse que el tramo entre la primera y la última ha de ser alimentado de otras pasiones. Schahriar nos escucha, Scherazade nos narra. Somos el uno o el otro, unidos en el eterno círculo que nos separa de la muerte postergada con cada historia, somos el sueño de alguien que nos relata o somos los constructores del sueño. Termino con el cuento de veinticuatro siglos de Chuang Tzu, que viene a ser la mejor representación de lo dicho: Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

Diego Muñoz Valenzuela

05/01/2006 18:10 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Artículos

Invitación al vómito

Cúbrete el rostro
y llora.
Vomita.
¡Si!
Vomita,
largos trozos de vidrio,
amargos alfileres,
turbios gritos de espanto
vocablos carcomidos;
sobre este purulento desborde de inocencia,
ante esta nauseabunda iniquidad sin cauce,
y esta castrada y fétida sumisión cultivada
en flatulentos caldos de terror y de ayuno.

Cúbrete el rostro
y llora...
pero no te contengas.
Vomita.
¡Sí!
Vomita,
ante esta paranoica estupidez macabra,
sobre este delirante cretinismo estentóreo
y esta senil orgía de egoísmo prostático:
lacios coágulos de asco,
macerada impotencia,
rancios jugos de hastío
trozos de amarga espera...
horas entrecortadas por relinchos de angustia.

Oliverio Girondo

05/01/2006 18:49 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Versos clásicos

El sexo de los ángeles

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Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato nunca confirmado de que los ángeles no hacen el amor, quizás signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales. Otra versión, tampoco confirmada, pero más verosímil sugiere que, si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos por la mera razón que carecen de erotismo lo celebran, en cambio, con palabras, vale decir, con las orejas. Así, cada vez que Angel y Angela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y sentarse mediante el intercambio de miradas, que, por supuesto, son angelicales. Y si Angel para abrir el fuego dice "Semilla", Angela para atizarlo responde "Surco". El dice "Alud" y ella tiernamente "Abismo". Las palabras se cruzan vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos, Angel dice "Madero" y Angela "Caverna". Aletean por ahí un ángel de la guarda misógino y silente y un ángel de la muerte viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe. Sigue silabeando su amor. El dice "Manantial" y ella " Cuenca". Las sílabas se impregnan de rocío y aquí y allá, entre cristales de nieve, circula en el aire, sus expectativas. Angel dice "Estoqueo" y Angela radiante, "Herida", el dice "Tañido" y ella dice "Relato". Y en el preciso instante del orgasmo intraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos se estremecen, entremolan, estallan y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.

Mario Benedetti

05/01/2006 18:56 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Prosa clásicos




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