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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2006. 04/02/2006Rainer Maria RilkeEscritor austriaco Rainer Maria Rilke murió de una leucemia en diciembre de 1926. El empeoramiento de su estado físico se produjo a raíz de haberse pinchado con la espina de una rosa mientras cuidaba el jardín del castillo Muzot, en Suiza, donde vivió retirado los últimos años de su vida. En su tumba un epitafio, que él mismo escribió, reza así: "Rosa, oh contradicción pura, placer, ser el sueño de nadie bajo tantos párpados".
AnuncioEl primer anuncio escrito que se conoce data del 3000 a.C. Se trata de un cartel aparecido en las ruinas de la ciudad egipcia de Tebas, en el que se ofrece recompensa de una moneda de oro a quien capture y devuelva a su amo un esclavo huido llamado Shem.
Máquina de escribirEn las primeras máquinas de escribir, el alfabeto aparecía de la A a la Z de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo de forma continua, hasta que Christopher Sholes redistribuyó las teclas que más se utilizan lejos unas de otras para escribir rápidamente en su modelo de 1867 que fue distribuida por la Remington Company.
AquilesCuando el espléndido regresa del fragor acompañado entre humores surgidos en la lucha reclama mi presencia allí donde se tocan las manos enfebrecidas al abrigo de aquel pecho cuyo aroma enciende el deseo galopante el presagio de la luna conquistada sobre un lecho con sabor a hierbas silvestres inicio como llama o como lirio el sutil recorrido marco voraz con cera derretida los espacios valles y hendiduras donde pasta la silenciosa estrella de los momentos en que el ardor me eleva al límite mismo de las constelaciones. El rastro sinuoso brillante que sobre la piel va dejando la estrella convertida en húmedo molusco precede al paroxismo de los candados que saltan reventando dinteles marquesinas arrojando burbujeante ese efluvio vital que me calcina. Ubaldina Díaz Romero El olvido![]() La tarde había comenzado a despojarse de sus luces, dejando que la noche se impusiera lentamente como una mancha de tinta en un papel rojizo. Douglas Ellsworth, un joven librero londinense, habría cerrado mucho antes su comercio si la Anábasis, en su versión original griega, no le hubiera acaparado tan profundamente la atención. Fue un pausado crujir de pasos sobre el piso de madera lo que le obligó a levantar la vista de las páginas de Jenofonte y traer nuevamente su atención hacia aquel ordenado imperio de repletos anaqueles. -Quiero el libro que tan celosamente le fuera confiado -dijo el hombre que recién había entrado. En su voz había un ligero tono impersonal. Las palabras del desconocido le sorprendieron. Le molestó la falta de cortesía de ese sujeto cuyas ropas exhalaban un vago aroma que le hizo recordar levemente los jardines donde había aprendido a caminar. Hubiera preferido un saludo, una sonrisa que le permitiera desplegar sus dotes de anfitrión. Sin poder ocultar su molestia, incluso consigo mismo porque notó que llegaría tarde a su partida de cartas de los martes, dejó sobre el escritorio el ejemplar que estaba leyendo. Señaló -en una frase llena de ironía que le hizo deleitarse íntimamente con sus dotes retóricas- que eran demasiados los libros que poblaban aquellas paredes, y a los cuales celaba por igual, como para pretender encontrar el volumen correcto con una descripción tan poco afortunada. -Quiero el libro de Abdul Rayat -dijo el desconocido sin molestarse en responder el sarcástico comentario del librero. El joven Ellsworth no supo si dejar que el cuerpo entero diera muestras del escalofrío que le recorrió los huesos o si ponerse a reír a carcajadas, como solía hacer cuando uno broma le parecía digna de alabanza. Hacía demasiado tiempo que no escuchaba hablar de esa obra. La rapidez con la que logró recordarla le hizo saber que nunca la había olvidado realmente. Pudo volver a sentir aquella mañana en que, siendo él aún un adolescente, su abuelo se la entregó en secreto. Estaba envuelta en un papel amarillento que el tiempo había ennegrecido. Un grueso hilo alrededor acrecentaba el misterio. Entre susurros le fue dicho que la lectura de aquel extraño texto tenía la facultad de quitar la inmortalidad a quien la poseyera, incluso a Dios, si es que existía. Su abuelo le había hecho jurar que cuidaría el libro por si alguna vez alguien pudiera necesitarlo y que por ningún motivo intentaría destruirlo o recibir dinero a cambio de él. Douglas jamás mencionó nada acerca de ese libro, ni siquiera cuando unas semanas después su abuelo fue llevado a una clínica donde eran recluidos algunos ancianos seniles. Guardó silencio no porque creyera estar en posesión de algo valioso, sino porque de esa forma se demostraba a sí mismo ser capaz de cumplir su palabra a la vez que evitaba agregar un nuevo comentario vergonzoso a los muchos que ya su familia pronunciaba acerca de su abuelo. Todo ello volvió de manera confusa a su mente, como si de pronto adquiriese un significado que no había podido prever. Maquinalmente se dirigió hacia la puerta, caminando torpemente mientras prestaba atención a tanto recuerdo. Tras cerrar con llave la puerta, lo cual hizo no sin cierto temor, escuchó nuevamente la voz de aquel extraño sujeto que comentó algunas cosas sobre su vida, con la esperanza de ser creído. Comenzó diciendo que el primer nombre que reconoce haber tenido fue Plubio Marcio. Estableció su nacimiento en la antigua Roma, durante el gobierno de Nerón. Eso había ocurrido el mismo día en que alguien diera el aviso de que la higuera ruminal, que mucho antes había dado sombra a Rómulo y Remo, volvía a reverdecer. Todos creyeron que esa coincidencia era el augurio de que tendría un destino sin igual. Nadie había logrado acertar la increíble forma en que eso terminaría por ser cierto. Contó también, que como integrante de las legiones romanas fue enviado a la extraña Armenia. Allí tuvo oportunidad de escuchar comentarios de viajeros referidos a tierras llenas de enormes riquezas, las cuales eran atravesadas por un río cuyas aguas otorgaban la inmortalidad. Decían quienes contaban esas historias que los habitantes de ese lugar eran seres desgraciados, hastiados del tiempo y que todo lo despreciaban. Movidos por la codicia, él y otros cuatro legionarios abandonaron las filas del ejército. Decidieron ir a la búsqueda de aquellos sitios esperando obtener un fácil botín y poder regresar enriquecidos a Roma. Pero a poco de andar se extraviaron en tierras agrestes y peligrosas. Vagaron sin rumbo entre el dolor y la muerte. La muerte logró vencer a sus compañeros, no a él. Un día, resignado a que todo había sido un error, sacó su espada y la clavó justo en su corazón. Sintió en la cansada carne el ardor del acerado filo. Hubo también unas gotas de sangre, pero continuó con vida. Comprendió entonces que se había convertido en inmortal aunque en su trayecto no había encontrado río alguno. Nunca conoció la causa del aciago prodigio, pero entendió los peligros de tan sólo atender a las palabras que no hacen el centro de lo que se cuenta. La voz de Plubio Marcio sonaba sin entonación alguna, como si no hablara de sí, sino de otro, de algo que había escuchado y repetido hasta el cansancio. Si alguna vez se había alegrado de su particular condición de inmortal, ya nada quedaba de esa alegría. Había descubierto que quien no puede morir, condenado a perderlo todo, está obligado a no amar nada para hacer menor el sufrimiento. Poco comentó del tortuoso recorrido desde aquel día en que su espada no le quitó la vida hasta ese otro día del siglo XIX en que pedía a un joven librero londinense un texto para devolverse la muerte. Poco comentó y mucho dejó entrever. Había conocido todos los placeres y todos los tormentos. Ejerció la vida y la muerte en todas sus dimensiones. Recordaba algunas cosas aunque había olvidado la inmensa mayoría, lo cual agradecía señalando que el olvido es una forma de la muerte. De todo cuanto existía eran los libros lo que más amaba y lo que más profundamente detestaba. Alguna vez creyó poder encontrar en ellos la sabiduría. Luego se daría cuenta que la imprenta, ese invento que él había ayudado a perfeccionar, había cometido el pecado de hacer del mundo un laberinto infinito mediante la multiplicación de lo que ni siquiera merecía ser mencionado. Confesó, no sin arrepentimiento, haber escrito un poema de amor. Sólo podía recordar un único verso que decía "soy un ciego palpándote el alma". Nada explicó acerca de cómo descubrió el paradero de esas páginas de insólitos poderes. No importaba. Ante el fantástico e incomprobable relato de Plubio Marcio, Douglas Ellsworth sintió la misma pena que había sentido antes por su abuelo. Por eso, sin preguntar ni garantizarle nada, le pidió al inusitado visitante que lo acompañara hasta el sótano. Ese era el único sitio donde aún podía estar el texto de Abdul Rayat. El sótano era un lugar oscuro, húmedo, repleto de volúmenes sin valor de los cuales Douglas nunca se había atrevido a deshacerse, acaso por un sentimiento de pudor o de piedad. Cuando estuvieron allí, mientras él se ensuciaba las manos apartando cajones, escuchó que Plubio Marcio dijo unas palabras, o algo que él creyó eran palabras, en un lenguaje que nunca antes había escuchado ni volvería a escuchar después. Luego, un pesado paquete cayó al piso. Douglas recordó que ese era el mismo atado que su abuelo le entregara. Al abrirlo, el joven librero vio por primera vez las tapas de tan singular libro, las cuales estaban trabajadas a mano. Plubio Marcio pidió que lo dejara a solas y el joven Ellsworth, salió cerrando la puerta tras de sí. Durante horas Douglas permaneció inquieto, pero sin atreverse a molestar a su visitante. A medida que la hora pasaba, más fantasías distraían su pensamiento, sin acertar a decidir cómo obraría aquella obra. Ya cerca del alba, sin haber podido dormir, se animó a espiar. No vio nada. Es decir, vio tan sólo el libro abierto y colocado sobre el suelo. Abrió la puerta. No encontró ningún rastro de Plubio Marcio. El volumen estaba abierto en hojas donde no había nada escrito y en las que creyó notar unas pequeñas manchas de color sangre que poco a poco se fueron borrando hasta que desaparecieron por completo.Lo que pasó aquella noche siempre le parecería muy extraño a Douglas Ellsworth. Esto sin mencionar que, luego de haberla guardado cuidadosamente, jamás volvió a encontrar la obra de Abdul Rayat. No se animó a comentar lo ocurrido con nadie. Muchos años después, durante una mañana de octubre, el barco en el que viajaba Douglas Ellsworth, ya casi un anciano, se hundía atrapado en una feroz tormenta. Ante el peligro de la muerte, Douglas recordó toda su vida, deteniéndose en aquel incidente con un hombre que dijo llamarse Plubio Marcio. Ya en el agua, tratando de asirse a cualquier cosa que flotara, Douglas quiso encontrar cuál era la verdadera relación de aquellos sucesos con su vida. Pensó nuevamente en su abuelo. Por primera vez reparó en que el incendio que había destruido el hospital donde estaba el anciano hizo imposible reconocer ningún cadáver. Vinieron a su mente un tropel de preguntas que no pudo contestar. La certeza le pareció algo lejano e intangible. Recordó que Plubio Marcio había señalado que el olvido era una forma de la muerte, creyó recordar que dijo también que la memoria era la única manera de comprobarnos nuestra existencia. Pero fue incapaz de recordar si todo aquello lo había soñado o vivido o leído o, acaso, se lo habían contado. Estuvo a punto de gritar un insulto por no poder determinar qué era lo que en verdad había pasado. Pero antes de que pudiera decir nada las aguas lo cubrieron para siempre. Gonzalo Hernández Sanjorge
Libros, magia y censura![]() En los distintos foros, jaleos, charlas y saraos a los que me invitan para dar labia sobre literatura y libros nunca falta la pregunta, ¿para qué sirve la literatura? Me mosqueo y para no proporcionarle ideas a los censores e inquisidores de siempre, trato de acercarme al ojo del huracán de la respuesta guardándome un as en la manga y respondo: la literatura no sirve para nada. Los libros han alimentado muchas hogueras a lo largo de la historia humana, siempre, para fanáticos y censores, son objetos dañinos los cuales hay que mantener cerrados, mutilados y prohibidos. Los enemigos de los libros, que son más de los que ingenuamente se cree, están convencidos que los libros poseen algo perverso, un extraño sortilegio que de alguna manera puede cambiar la estructura mental de los lectores y la de la realidad. (De igual manera muchos piensan en las pasiones perversas que despierta la televisión). Vladimir Nabokov, aseguró, en alguna de sus clases en la universidad, que las grandes novelas de la literatura no eran otra cosa de cuentos de hadas, ficciones creadas por la imaginación artística. Y él mismo demostró esta tesis con su “Lolita”, novela que le proporcionó sus cinco minutos de fama. Nabokov, lo confirmó en algunas entrevistas, en “Lolita” se lo inventó todo. Su imaginación insuflo vida al viejo baboso al que le gustan las niñas en flor; de igual modo se inventó el ambiente y la Norteamérica, de moteles y lugares de comida rápida, es sólo una escenografía de su intuición creadora. La novela fue censurada y vilipendiada. Hay gente a la que le gusta creer que las novelas son un fiel reflejo de la realidad, personas que se traspapelan con los personajes y a los que el escritor denomina como filisteos o como lo escribe Nabokov: “El filisteo ni sabe ni se le da nada del arte, incluida la literatura; su naturaleza esencial es antiartística, pero quiere información y está educado en la lectura de revistas. Es lector asiduo del Saturday Evenig Post, y al leer se identifica con los personajes”. Es bueno hacer distinciones. Claro que los arribistas que presenta Balzac, en sus novelas, o esa adultera incomparable de Madame Bovary, poseen pinceladas especiales muy por encima a los arribistas y adulteras que uno ha padecido en la vida ordinaria. No sé, pero en verdad hay personajes de novelas inolvidables; en cambio en la vida hay personas, que aunque hayan cruzado el campo de visión de nuestra existencia, son menos reales, tienen menos humanidad, menos carnadura poética y de los cuales con facilidad se olvidan y nunca más existe la necesidad de tomarse la molestia en recordarlas. No obstante hay personajes que siempre resuenan en nuestra alma. Para censores e inquisidores los libros no sólo reflejan la vida, sino que de alguna manera son responsables de trastocar la vida, la historia, el destino e incluso la realidad gris y obstinada donde nos movemos a diario. Don Quijote quiso llevar a la práctica lo leído en los libros, para darle un viraje a la realidad sin magia que le tocó en suerte y todo el mundo sabe como terminó la osadía del caballero de la triste figura. Pero dejemos a Don Quijote y volvamos al mundo real. Hace poco en los Estados Unidos se ha desatado una oleada de censura contra los libros de Harry Potter. En algunas escuelas han sido prohibidos y en una que otra localidad han osado quemar el libro. Los argumentos para semejante salvajada son más bien insólitos. Aducen que los libros no son más que manuales de magia y brujería. Que la marca en forma de s en la frente de Harry lo conecta con el mundo perverso de Hitler y su policía política llamada SS. Una de las fieles lectoras de Potter, con apenas nueve años, coincidiendo por casualidad con Nabokov afirmó: “Mis amigos y yo sabemos que los libros de Harry Potter son historias irreales, son sólo historias de ficción entretenidas y emocionantes; nada es verdad y son sólo eso: historias de ficción”. La autora J.K. Rowling dista bastante de ser una bruja siniestra. Divorciada y con una hija la vida se le convirtió en un laberinto de estrecheses económicas y para salir a flote tuvo que dar clases de inglés. Decide escribir el libro para sacudirse la depresión. Con lo justo para tomarse un café deambula por una que otra cafetería escribiendo el primer libro de Harry. Sus antecedentes bibliográficos inmediatos son los libros de Tolkien. Luego de terminar el libro escribe varias copias a mano, ya que no tiene el dinero necesario para fotocopiarlo. Va de editorial en editorial hasta que en el año 1997, Bloomsbury lo compra en la Feria del Libro de Bolonia. El libro ha puesto a leer a niños, jóvenes y viejos por igual. El culto y temor por los libros se inicia, por paradójico que resulte, en los albores de la Edad Media y la enseñanza en monasterios de artes liberales. Para la antigüedad, hay un texto de Borges que ahonda sobre este aspecto, tenía más valor la palabra oral que la escrita. Ese axioma de Clemente de Alejandría podría ser el sello de ese recelo a los libros: “Lo más prudente es no escribir sino aprender y enseñar de viva voz, porque lo escrito queda”. Este temor por los libros y la palabra escrita fue disipándose en la Edad Media con la creación de las Universidades y las bibliotecas. Ernets Robert Curtis escribió que «el empleo de la escritura y del libro en el lenguaje metafórico se encuentra en todas las épocas de la literatura universal...” El libro se tuvo por bastante tiempo como un medio para la perfección del espíritu. Para Shakespeare el libro tiene un valor menos rotundo y envarado. A la sazón Curtis escribe: “Shakespeare no concibe la escritura ni el libro como un contenido vital, como atmósfera, como representante simbólico del conocimiento y de la sabiduría; para sus metáforas del libro acude al estilo retórico de la poesía contemporánea y la transforma en múltiple y variadísimo juego de ideas...” Con el afianzamiento feroz del cristianismo como nueva concepción de Dios y el mundo la Biblia pasa a convertirse en un libro sagrado; centro de la verdad y columna vertebral de la inspiración divina. Los otros libros, considerados profanos, ya no tienen interés alguno. Gerard-Georges Lemaire acota: “Durante la Alta Edad Media, la enseñanza monacal se encaminó a la abolición de las artes liberales, y en el siglo VI se prohibió la lectura de textos profanos tanto a os neófitos como a los clérigos.” El Santo Oficio de la Inquisición en 1558 crea el Index Librorum Prohibitorum, una guía exhaustiva de los libros tachados de nocivos y contrarios a los preceptos eclesiásticos. El fanatismo clerical comenzó tímidamente quemando libros y objetos (en la actualidad la histórica pira propiciada por Savonarola en Florencia, llamada “la hoguera de las vanidades”, sirve de alimento para los turistas) y luego, sin el menor asomo de humanidad, pasaría a quemar los cuerpos en una empresa policial modelo a futuro. El 10 de marzo de 1933 los nazis realizaron unos de los autos de fe más emblemáticos de la historia. Más de veinte mil libros amontonados en varias montañas fueron sometidos al fuego, bajo la mirada vigilante de los bomberos para evitar cualquier accidente. En la dictadura de Augusto Pinochet la cesura y quema de libros se hizo con una eficacia sistemática de relojería. En Afganistán los Talibanes no sólo destruyeron obras de arte monumentales, sino que destruyeron todos los libros que cayeron en sus funestas manos. En el País Vasco, la librería “Lagun” tiene record de ser una de las más bombardeadas por ETA. En el prólogo de su libro “Cómo leer y por qué”, Harold Bloom escribe: “Leemos a Shakespeare, Dante, Chaucer, Cervantes, Dickens, y todos sus pares porque amplían la vida, y mucho más”. Los libros de alguna manera ensanchan nuestra existencia, expanden nuestra visión del mundo y sobre todo nos enseñan las posibilidades de la imaginación y la memoria. Los libros siempre serán objetos peligrosos para ciertas mentes estrechas y triviales/tribales. No obstante el lector es el mejor aliado del libro y de los autores o como lo ha escrito Nabokov: “Es él, el buen lector, el lector excelente, el que una y otra vez ha salvado al artista de su destrucción a manos de emperadores, dictadores, sacerdotes, puritanos, filisteos, moralistas, políticos, policías, administradores de correo y mojigatos”. Carlos Yusti La soledad de los escritores![]() En una entrevista realizada al escritor Edmundo Concha, uno de los pocos que "trabajan el estilo", éste hablaba sobre la soledad, específìcamente, su soledad. Decía:" soy solitario, no por voluntad, sino por naturaleza. Yo no lo he decidido. Esos solitarios que deciden por su voluntad, son falsos". Y agregaba:" la soledad en ciertos intelectuales es una pose". Su planteamiento puede resultar inclasificable para la mayoría: ¿Cómo una persona se desliga del mundo exterior y lo pasa mejor en el silencio de su casa?, ¿y la tele, los malls, la política, los préstamos financieros, la gimnasia bancaria, los negocios, las radiofusoras, el copucheo, etc.? Cuesta pensar que existan personas que se aíslan y sólo cultivan su espiritualidad, en este caso leer y escribir (como Alone). Sin duda son personas hipersensibles, con gran riqueza interior, y eso los hace capaces de no importarle las cosas que al común le interesa, sino abocarse a la lectura y a escribir. Existen y han existido siempre. Y siempre han chocado con el exterior, vulgo masa, porque a ésta no le cabe el desligamiento de alguna de sus partes, ya que constantemente lucubra que el mundo está inmerso en la mayoría. Distinto es el caso de los que "posan" de intelectuales, escritores o artistas, vistiéndose ex profeso de maneras informarles, adoptando modos de expresarse que suponen originales y buscando una soledad que es falsa, porque no la sienten ni va con ellos, sino es solamente una forma de parecer antes que ser. El espectáculo de tanto artista extraño en su formar de vestir y que sólo busca destacarse para llenar el vacío que transportan, es común en todas partes, y, al observarlos, sólo cabe la sonrisa. Ciertamente los artistas en general necesitan de algún sosiego para realizar su trabajo y esa quietud, obviamente, importa la soledad. Es imprescindible. Sólo las personas inteligentes y cultas entienden esto y lo respetan. Los tontos, los huecos, los mediocres, no pueden y le saben a "rareza", a cuestión de locura. Por eso los verdaderos artistas se rodean de seres que los comprenden y se amoldan a sus costumbres. De lo contrario, pierden. Interesante el tema de la soledumbre en los escritores, en especial porque toca un punto exclusivo que conviene tener en cuenta. En nuestra vida, hemos percibido la diferencia que marca la clausura interior. No ha sido fácil, porque se tiene que lidiar a diario con las obligaciones, los deberes, "las cosas simples de la vida". En el fondo, nadie entiende. Arturo Flores
Marcha triunfal¡Ya viene el cortejo!
Rubén Darío La tortuga gigante![]() Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día: —Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hace mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien. El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien. Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutos. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia. Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de kerosene. El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto. —Ahora —se dijo el hombre—, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica. Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne. A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre. La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse. El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo. La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre, y le dolía todo el cuerpo. Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió entonces que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre. —Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed. Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento. Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces: —El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo le voy a curar a él ahora. Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie. Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas. El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta: —Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí. Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo: —Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires. Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje. La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía, deshacía los nudos, y acostaba al hombre con mucho cuidado, en un lugar donde hubiera pasto bien seco. Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir. A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber. Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta: —Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo, en el monte. Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino. Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada. Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella. Y sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje. Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el ratoncito Pérez— encontró a los dos viajeros moribundos. —¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña? —No —le respondió con tristeza la tortuga—. Es un hombre. —¿Y adónde vas con ese hombre? —añadió el curioso ratón. —Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires —respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía—. Pero vamos a morir aquí, porque nunca llegaré... —¡Ah, zonza, zonza! —dijo riendo el ratoncito—. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá, es Buenos Aires. Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa, porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha. Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida. Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija. Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos. Horacio Quiroga |
"Si quieres ser escritor, escribe". Epicteto
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