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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2006. 02/03/2006PapelesUna cuartilla en blanco es mi regalo, Paz Lucio Diez La medida del odio- Yo no fui, palabra de hombre -dijo y se dejó caer sobre el asiento más próximo. Sus manos huesudas hurgaron en los bolsillos del saco de pana gris; puso un cigarrillo en sus labios y luego, con un movimiento imperceptible, mecánico, que denotaba sus años de fumador empedernido, accionó el encendedor desechable; con desesperación aspiró a través del filtro que, según la publicidad que avalaba su prestigio, evitaba el cáncer y otras molestias dolorosas.
- Te juro que no fui yo. Acabo de llegar, créeme -volvió a insistir. Luego a caminar de uno a otro lado de la recámara que compartíamos desde hacía ya un año. Sus largas piernas se destacaron a través del pantalón. Yo lo miré con odio porque, aún sin desearlo, Axel demostraba vitalidad, pujanza, juventud. Sus pasos resonaban en las duelas en cada ida y venida. Con disimulo observé aquel rostro reflejado en el cristal de la ventana y sentí rabia al compararme con él; fue cuando sin poder evitarlo envidié los 18 vigorosos años de Axel (la edad empezaba a morder con furia cada punto de mi cuerpo). Entonces la rabia me cegó y maldije al que según mi ego era el causante de mi desgracia, de lo que me hacía sentir frustrado. Lo maldije una y otra vez en mi interior, luego me arrepentí porque llevado por esa fuerza concentrada en mis celdillas cerebrales, Axel pareció desvanecerse. Creo que él sintió la carga de odio que puse en la mirada porque empezó a temblar, en tanto una lágrima se deslizaba por sus mejillas, Se arrinconó sobre el sofá que le servía de cama, ovillado de miedo, desconcertado por la embestida.
- Por favor -gimoteó-; ya te dije que yo no fui. Por mi madre que no -y volvió a escupir las mismas fórmulas que se dicen cuando alguien es acusado de realizar un acto indebido. Por un momento yo también me desconcerté cuando lo vi a punto de derrumbarse, aunque si él no hubiera insistido en sus súplicas, tal vez mi rabia se hubiese detenido, o al menos yo hubiera entrado en razón.
Dicen que cuando uno se ofusca lo mejor es tranquilizarse, contar mentalmente hasta diez mientras se aspira hondo. El remedio es efectivo porque de acuerdo con los médicos, la sangre -o mejor: el pulso- se normaliza debido a la oxigenación del cerebro. La verdad es que yo no sé de estas cosas, a mí la medicina me parece algo del otro mundo, como la filosofía y las matemáticas; pero qué se puede esperar de un simple burócrata, de un pobre diablo esperanzado a sus quincenas, a los escasos pesos que llegan cada dos semanas para que la casera se apodere de ellos, al igual que el dueño de la fonda donde dizque come uno y la vieja chismosa del estanquillo donde compro mis cigarros y mis jabones y todo lo que uno necesita a los cincuentaitantos años. Yo creo que Axel se dio cuenta de que la cosa iba en serio, porque empezó a sudar, a ponerse pálido. Todavía recuerdo sus burlas al principio, cuando le dije que yo no temía morir porque la muerte no existía; pero él sí debía preocuparse y no andarme provocando, escondiendo mis cosas o haciendo bromas a costillas de mi edad y mi soltería. Le insistí que por eso yo no me metía con nadie, porque ya me conocía: cuando me encanijo es como si un volcán naciera en mi cerebro y entonces... Axel se carcajeó. Yo conservé la serenidad porque de alguna manera tenía que explicarle. La muerte -insistí- es un simple paso natural, biológico. Axel volvió a carcajearse. Dijo que eso todo mundo lo sabía, hasta los niños recién nacidos y que si lo quería vacilar con esas cosas que mejor me fuera con mis tonterías a otra parte; la chochez empieza a perforarte el coco, remarcó sus palabras, luego hipó en medio de sus carcajadas. Yo lo miré con rabia, pero todavía tuve ánimos para replicarle que la muerte es desplazarse a otro plano energético, más vital e intenso y que incluso yo podía demostrarle la existencia de ese fluido, esa energía de que están hechas todas las cosas y que lo que la gente llama "lo sobrenatural" es cotidiano, sólo que no ha tenido oportunidad de comprobarlo o simplemente no cree en eso.
- A ver, demuéstrame que eres capaz de no morir -me retó.
Realmente -le dije- hay cosas naturales aún desconocidas. Mira, si froto las palmas de mis manos y te las pongo en cualquier parte del cuerpo, sentirás un calorcito que sale por las puntas de mis dedos. Si le miento la madre a alguien, si lo hago con sinceridad impulsado por el coraje, a ese tipo le va mal. Existen fuerzas que uno a veces no sabe controlar, insistí.
- ¡Yaa! A poco me vas a salir con que eres brujo y que me vas a alejar los malos espíritus -volvió a burlarse. El colmo fue cuando afirmó que hasta él cuando tiene frío, se frota las manos y entra en calor. Yo no respondí, simplemente le di la espalda, pero en el fondo de mi alma deseé que se callara, que se largara muy lejos, que desapareciera. Y empecé a sudar con intensidad, como sucede cada vez que me enojo. Mi cuerpo vibró y entonces vi los puntos luminosos que salían de mi cabeza, caliente ya, a punto de estallar. Fue cuando Axel, el maldito güero, empezó a gimotear. Tal vez sintió la fuerza, esa oleada de calor que llegaba de no sé dónde, devastando todo lo que tocaba. Axel se arrinconó en el sofá. Sus ojos amarillos se agrandaron como esos conejos cuando son sorprendidos por la fuerza hipnótica de la serpiente. Yo sé que él lo advirtió, porque levantó la vista al techo y me pidió perdón.
- Te digo que yo no fui -insistió una vez más, hurgándose las fosas nasales. Y se quitó el saco gris de pana. En sus pupilas vi reflejado el miedo. Pero también un dejo de mofa. Sí, en el fondo se burlaba, como que se sabía culpable. Y yo puedo jurar que sí lo era, si no, creo que no hubiera ocurrido nada. Sus palabras, no obstante, lo negaban:
- Por Dios que yo no fui, ya te lo dije -replicó a mis amenazas-. Te juro por Dios que yo no fui. Que Él me castigue si miento -casi gritó. Y yo me enfadé, sentí que el calor llegaba a mí, que la fuerza esa que está agazapada en cada uno de nosotros aguardando el instante para abalanzarse, se acumulaba en mi cerebro. Y lo maldije una y otra vez, como si mis palabras fueran la medida del odio, como si el calor que aumentaba en el interior de mi cabeza me impulsara a concentrarme en la figura larga de Axel. El calor aumentó en un momento y su cuerpo se cimbró, poseído por el odio, esa fuerza que se aferraba a cada uno de sus átomos, disolviéndolos.
- Yo no fui, lo juro -tuvo el descaro de exclamar mientras se fundía en el aire. Lentamente.
Todavía con esa extraña vibración que me recorría de arriba abajo, empapado en sudor, me acerqué al sitio donde Axel estaba hacía apenas unos instantes. Entonces lo vi: ahí, abajo del sofá, estaba el libro ese que según él jamás había tomado pero que yo, estaba seguro, sabía que lo había hecho. Me agaché para tomarlo. Recordé la sonrisa nerviosa de Axel transfigurada por el miedo; ya no tendría caso arrepentirse, dije, guardándome el libro en el bolsillo.
Óscar Wong Notas sobre la derivación en castellanoEscuché en una plática: ¡Pobres costarricenses...! En otra ocasión, alguien habló de la logicidad de un suceso. Otro más habló de la historicidad de un hecho.
Estas derivaciones: costarricense, logicidad e historicidad me hicieron reflexionar sobra algunos principios fundamentales de la derivación de en la lengua castellana.
Derivar, en morfología, es formar una nueva palabra añadiendo un sufijo a un lexema. Es muy oportuno indicar que el lexema es el principal elemento con semántica dependiente que entraña el significado esencial de la palabra. Poseer semántica dependiente significa que el lexema, en cuanto tal, tiene significado sólo considerando toda la voz o lexía.
El sufijo sólo significa algo considerando la unidad léxica; v.gr.: La voz manita la integran dos elementos morfológicos: el lexema man- que manifiesta el conjunto de propiedades esenciales de la mano y el sufijo: -ita que ostenta la disminución del sustantivo mano.
Helos aquí esos principios básicos para derivar con éxito:
1- La derivación, en lengua castellana, se verifica en el habla; esto es, al emitir los sonidos y no al escribir.
2- En la derivación de una voz, intervienen dos morfemas: el lexema y un gramema facultativo que, en este caso, son los sufijos. Algunas veces, en su derivación, además del lexema y el sufijo, requieren de un infijo eufonizante o precisador semántico.
Por definición, morfema es cada uno de los elementos, con semántica dependiente, que intervienen en la formación de una palabra.
Lexema es el morfema con significado dependiente, que manifiesta la semántica esencial y que aptifica una palabra para derivar de ella.
Sufijo es el morfema, con significado dependiente que precisa la semántica del lexema.
Si alguien se apoya en estos principios, podrá lograr la derivación sin tropiezos, siempre y cuando, en su inteligencia, los vea claros.
He aquí la ejemplificación:
Se tiene la voz: "lógico" en la cual la c de lógico suena como k; por lo tanto, el lexema de lógico suena lógik-. A este lexema, se le añade el sufijo -idad y ya se tiene la palabra logikidad, pues, el sonido logik- más el sonido -idad, da logikidad y no logicidad. Al hacer las correcciones ortográficas necesarias, se escribirá logiquidad.
Veamos este mismo proceso en la palabra costarricense para detectar lo equivocado de la derivación: Tenemos el nombre propio Costa Rica en la cual la c tiene sonido fuerte; esto es, sonido de k; para derivar el gentilicio, se unen las dos voces Costa y Rica y así formar el lexema de la palabra compuesta cuyo sonido es costarrik-; a este lexema se añade el sufijo -ense para que, a la postre, dé la voz costarrikense y no costarricense, la cual escribiéndola con la ortografía correcta, queda así: costarriquense y no costarricense, como algunos creen. De la voz "histórico" se deriva historiquidad cuyo lexema suena historik- y al agregar el sufijo: -idad, sonará historikidad y no historicidad. Adaptando la correcta ortografía se escribirá: historiquidad.
Con los principios antes mencionados, es fácil derivar de benéfico benefiquidad y no beneficidad, pues, el lexema de benéfico suena benefik- más el sufijo -idad se tiene el sonido: benefikidad. haciendo las adecuaciones ortográficas, se tiene: benefiquidad en la escritura; de católico, con el mismo proceso, se deriva catoliquidad y no catolicidad; de específico se tiene el lexema especifik- al cual se añade el sufijo -idad cuya voz suena especifikidad que, en la escritura, haciendo las adecuaciones requeridas, se tiene; especifiquidad y no especificidad, etc., etc.
De lo anterior, se colige que siempre que el lexema termine en c con sonido fuerte, éste se conservará en la derivación. Ésta es una regla fundamental de la Lingüística Derivativa.
Ya se dijo: Se deriva del HABLA y no de la escritura.
He aquí algunos ejemplos correctamente derivados:
El diminutivo de puerco es puerquito y no puercito. De vaca se deriva vaquería y no vacería: el lexema suena vak- y los sufijos -ero e -ía que sumados dan vakería. Adecuando la ortografía, da vaquería. Muñeco da muñequico y no muñecito; lumínico da luminiquidad y no luminicidad; esférico, esferiquidad y no esfericidad.
Si se siguen estas sencillas reglas en la derivación, se está coadyuvando en el mantenimiento casto y puro de la lengua. Eusebio Padilla Gutiérrez
Notas sobre teatro romántico en hispanoaméricaPara hablar del teatro romántico en Hispanoamérica, es necesario comenzar con sus orígenes en España. E. Allison Peers dice que en el teatro, el romanticismo empezó mucho antes de 1800. Para entonces había varios tipos de obras teatrales agrupadas bajo el epígrafe de no literarias. Algunos tipos de esas obras no literarias fueron: la comedia, la magia, la lacrimosa tragedia urbana y la comedia heroica.
La muestra de este tipo de teatros era como lo quería el público; es decir, tenía que ser de diálogo natural, con esas escenas y expresiones que sólo escriben los ingenios creadores capaces de crear novedad en el enredo, así como chisme en la expresión, y gracia cómica en la fábula, con caracteres y costumbres bien ridiculizados. La gente, naturalmente, tenía que acudir a esas comedias, y de manera muy especial a las que llamaban de capa y espada.
En el teatro había que vencer más oposiciones que en el verso no dramático o en la novela; esto por la existencia de cuadros de moral pesados que fastidiaban. Así pues, el melodrama de fines del siglo XVIII iba preparando poco a poco al público para el drama romántico del XIX.
Felipe A. Pedraza Jiménez expresa que, en España, el teatro de la época romántica sufrió un estancamiento durante el reinado de Fernando VII, pero inició un rápido desarrollo a partir de su muerte, y experimentó un crecimiento que primero fue sólo de aficionados y que en 1835, en su prosperidad pasó a ser profesional.
Ya en los años posteriores a 1840, según Allison Peers, se da en España la lenta aparición de la Rebelión. Ahora el teatro empieza a presentar muchos síntomas de renovación, no ya en la gran variedad de tipos, sino también en la gradual aparición de lo que en años subsiguientes se consideraron los elementos del romanticismo. Donde mejor se realizó la rebelión fue en el drama, teniendo un descontento cada vez mayor con respecto a los metros tradicionales. Los autores escribieron drama en verso de métrica diversa con mezcolanza de tragedia y comedia y, se dio también el empleo de clichés.
Para J. B. Pedraza el género romántico por excelencia es el drama histórico, que es simultáneamente una recuperación del teatro barroco y una rebelión contra las normas impuestas por el neoclasicismo de la literatura francesa; además de que el drama histórico sí es la creación más característica del período, porque este tipo de drama es la fórmula que rompe con los planteamientos precedentes. Esta ruptura con las unidades es, así mismo, la coincidencia más clara y llamativa, donde los espacios pueden ser múltiples y en ellos el tiempo se alarga o se acorta al gusto del dramaturgo.
Guillermo Díaz Plaja afirma que en el mundo incierto de los dramas románticos, es muy frecuente ver que el lenguaje de diversos personajes esté formado por palabras que se pierden en el vacío. Ya que desde sus inicios el teatro romántico presenta situaciones de esta clase, podemos encontrar que todos sus personajes tropiezan con una insuperable dificultad para dialogar entre sí.
En cuanto a la escenografía de un teatro romántico, tenemos las opiniones de Roberto G. Sánchez y Richard A. Cardwel, quienes anotan, a manera de ejemplo, que en un cuadro de figuras el marco es el proscenio, su espacio el escenario y sus figuras los actores. En otras palabras, el pintor se torna escenógrafo, y es ahí donde la luz crea ambiente y sorprende; y hasta se puede decir que es una sensibilidad esencialmente teatral la que imagina el efecto que produce un escenario en penumbra. Ese detallismo visual es pintoresquismo, e incluye artículos accesorios que son elementos del decorado. Como parte misma de la escenografía, el vestuario cobra gran importancia al agregar su colorido al efecto plástico total, pero se sugiere en los cambios de trajes el desarrollo anímico de los personajes, los cuales están concebidos en forma plástica, como esculturas que asumen poses y se mueven con ritmo mesurado o vivo. Mesoneros Romanos encuentra que las decoraciones eran siempre las obligadas: salones de baile, bosques, capillas, subterráneos, alcobas y cementerios. Guillermo Díaz Plaja coincide en que los dramas románticos abundan en símbolos que sugieren la idea de sombría soledad. Así se pueden presentar la ermita, la celda de un convento, una cárcel o una cámara ardiente. Daniel Poyán observa que la acción escénica va descendiendo, ya que inicia desde el castillo y palacio románticos, pasa a través del salón de la alta comedia y la casa burguesa hasta parar, finalmente, en la calle. Ya no importa el lugar de la acción, ni el choque de las pasiones; la verdadera lucha romántica sucede ahora entre los conceptos: son conflictos de ideas y no de pasiones.
Hablando ya, del romanticismo en América, Emilio Carilla, al tratar de la independencia política y romanticismo, escribe que las regiones donde el romanticismo triunfó con más vigor y donde se impusieron preferentemente modelos europeos, no españoles -salvo Espronceda y Larra- fueron aquellas que habían tenido una pobre literatura colonial.
En cambio países de rica producción literaria durante la época colonial, como México, Perú y Colombia, son más conservadores y por lo tanto el romanticismo es allí menos ruidoso y los modelos españoles son mucho más numerosos; lo cual afirma que la independencia política de la América Hispánica no significa, ni menos presupone, una independencia cultural.
El siglo XIX hispanoamericano fue el más influenciado, sobre todo literariamente hablando, por el prototipo preferido de los franceses, ya que la base de ambas partes coincidía en costumbres, modas y educación. No obstante, los franceses no fueron los únicos que influyeron desde el punto de vista literario en los autores románticos hispanoamericanos; también lo hicieron escritores ingleses, alemanes, italianos y norteamericanos. Muchas veces la influencia de una literatura, de un autor o autores extranjeros sobre los románticos hispanoamericanos no es sino la consecuencia de débiles bases propias que procuran de esa manera animarse o reanimarse; y otras es, simplemente, la moda, la señal de los tiempos que impone los nombres y las obras.
También María Edmeé advierte que con la llegada del romanticismo al teatro de Hispanoamérica, la división social se manifestó en la literatura de un modo evidente. Eran entonces los de la clase media, quienes habían sido beneficiados con la Independencia, los que presentaban a sus literatos y poetas poseedores de mayor espontaneidad y sinceridad; es decir, francamente románticos, y que salieron desenfrenados, incorrectos; desbaratando reglas, rompiendo disciplinas en un libertinaje retórico y prosódico, que tanto desagradaba al lado aristocrático de los clásicos.
En muchos de estos románticos que escribieron alrededor de 1880, está presente el ansia de renovación, los deseos de reanimar viejas tierras gastadas, de ajustar la expresión, y de cuidar la lengua. Son románticos por su concepción del mundo y de la vida, por el espíritu de la obra, por el enfoque de los temas y, sin embargo, en ellos se nota la búsqueda pertinaz de una expresión menos transmitida. Trataban de ser más originales.
Finalmente diremos que, la diferencia entre este último romanticismo, con respecto al inicial, en cuanto a géneros y temas, no es muy acentuada; sin embargo, sí señaló el debilitamiento de las obras teatrales, o mejor dicho, de escritores de obras de teatro, peligrando toda la gran generación. Pero esto, no supone una variante fundamental dentro del ya para entonces pobre teatro romántico. Marina Ruano Gutiérrez
MedianocheSe ha callado la idea turbadora
Es la noche una cinta de estrellas
Mis pequeñas palomas se salen
Un temblor indeciso de trópico
¡Cómo siento que estoy en tu carne
Se han unido, mi amor, se han unido
¡Cómo muero las últimas millas Julia de Burgos
Noche blancaNo hay en nuestra casa más que un lecho, demasiado ancho para ti, un poco estrecho para nosotros dos. Es casto, blanco del todo, desnudo del todo; ningún cubrecama oculta, en pleno día, su honesto candor. Los que vienen a vernos lo miran tranquilamente, y no vuelven los ojos con un aire cómplice, porque está marcado, en medio, por un solo valle, como el lecho de una muchacha que duerme sola.
Los que entran aquí no saben que cada noche el peso de nuestros cuerpos juntos ahonda un poco más, bajo su mortaja voluptuosa, ese valle no más amplio que una tumba:
¡Oh, nuestro lecho desnudo! Una lámpara deslumbrante, inclinada sobre él, lo desviste más todavía. No buscamos, en el crepúsculo, la sombra sabia, de un gris de araña, que filtra un dosel de encaje; ni la luz rosa de una lamparilla color de conchas marinas... Astro sin alba y sin ocaso, nuestro lecho no cesa de irradiar más que para hundirse en una noche profunda y aterciopelada.
Un halo de perfume lo nimba; respira fragancia, rígido y blanco como el cuerpo de una bienaventurada difunta. Es un perfume complicado que sorprende, que se respira con atención, con la preocupación de distinguir el alma rubia de tu tabaco preferido, el aroma más rubio de tu piel tan clara, y ese sándalo quemado que se exhala de mí; pero este agreste olor de hierbas aplastadas, ¿quién puede decir si es mío o tuyo?
¡Acógenos esta noche, oh nuestro lecho, y que tu fresco valle se ahonde un poco más bajo la somnolencia febril con que nos ha embriagado una jornada de primavera en los jardines y en los bosques!
Yazgo sin movimiento, la cabeza sobre tu dulce hombro. Voy a descender, seguramente hasta mañana, al fondo de un negro sueño, un sueño tan obstinado, tan cerrado, que las alas de los sueños vendrán en vano a golpearlo. Voy a dormir... Espera tan sólo que busque, para la planta de mis pies que hormiguea y arde, un sitio fresco del todo... Tú no te has movido. Respiras con largas aspiraciones, pero siento tu hombro todavía despierto, atento a ahuecarse bajo mi mejilla... Durmamos... Las noches de mayo son tan cortas... A pesar de la oscuridad azul que nos baña, mis párpados están todavía llenos de sol, de llamas rosas, de sombras que se mueven, balanceadas, y contemplo mi jornada con los ojos cerrados, como se inclina una detrás del abrigo de una persiana, sobre un jardín de verano deslumbrante.
¡Cómo palpita mi corazón! Oigo también el tuyo bajo mi oreja. ¿No duermes tú? ¿No duermes? Levanto un poco la cabeza, adivino la palidez de tu rostro caído hacia atrás, la sombra salvaje de tus cortos cabellos. Tus rodillas son frescas como dos naranjas... Vuélvete hacia mi lado, para que las mías les roben ese liso frescor.
¡Ah! ¡Durmamos...! Mil hormigas corren mil veces, con mi sangre, bajo mi piel. Los músculos de mis tobillos palpitan, mis orejas tiemblan, y nuestro dulce lecho, ¿está sembrado de agujas de pino, esta noche? ¡Durmamos! ¡Lo quiero!
No puedo dormir. Mi insomnio feliz palpita, alegre, y adivino, con tu inmovilidad, el mismo abatimiento tembloroso... Tú no te mueves. Tú esperas que yo me duerma. Tu brazo se aprieta, a veces, en torno de mí por tierna costumbre, y tus pies encantadores se entrelazan con los míos... El sueño se acerca, me roza y huye... ¡Lo veo! Es semejante a esa mariposa de pesado terciopelo que yo perseguía en el jardín inflamado de iris... ¿Recuerdas? ¡Qué luz, qué impaciente juventud exaltaba toda aquella jornada...! Una brisa ácida y apresurada lanzaba sobre el sol una humareda de nubes rápidas, ajaba al paso las hojas demasiado tiernas de los tilos, y las flores del nogal caían convertidas en orugas enrojecidas sobre nuestros cabellos, con las flores de las paulonias, de un morado lluvioso de cielo parisiense... Los brotes de las grosellas que tú magullabas, la acedera salvaje en forma de rosa en medio del césped, la menta tierna del todo, todavía morena, la salvia vellosa como una oreja de liebre, todo desbordaba un jugo fuerte y pimentado, del que mezclaba en mis labios el gusto de alcohol y de taronjil. Yo no sabía más que reír y gritar, pisoteando la larga hierba jugosa que manchaba mi vestido... Tu alegría tranquila velaba sobre mi locura, y cuando he tendido la mano para alcanzar aquellos agavanzos, ¿sabes? de un rosa tan conmovedor, la tuya ha roto la rama antes que yo, y has quitado, una por una, las espinitas curvadas, color de coral con forma de garras... Me has dado las flores desarmadas...
Me has dado flores desarmadas. Me has dado, para que descanse jadeante, el mejor sitio a la sombra, bajo el árbol de lilas de Persia con racimos maduros. Has recogido para mí las anchas azulinas de las canastillas, flores encantadas cuyo corazón velloso emana olor a albérchigo... Me has dado la nata del botecito de leche, en la hora de la merienda; cuando mi hambre feroz te hacía sonreír... Me has dado el más dorado pan, y veo todavía tu mano transparente al sol, alzada para arrojar la avispa que se ahogaba, cogida en los rizos de mis cabellos... Has colocado sobre mis espaldas una ligera capa cuando una nube más larga ha pasado lentamente, hacia el fin del día, y he temblado toda sudorosa, ebria del todo, de un placer sin nombre entre los hombres, el placer ingenuo de los animales, felices en la primavera... Me has dicho: "Vuelve... Párate... Regresemos". Me has dicho...
¡Ah! Si pienso en ti se acabó mi descanso. ¿Qué hora acaba de sonar? He aquí que las ventanas azulean. Oigo palpitar mi sangre, o tal vez es el murmullo de los jardines, allá lejos... ¿Duermes? No. Si acercara mi mejilla a la tuya sentiría temblar tus cejas como el ala de una mosca cautiva... Tú no duermes. Espías mi fiebre. Me guareces contra los malos sueños; piensas en mí como pienso en ti, y fingimos, por un extraño pudor sentimental, un apacible sueño. Mi cuerpo entero se abandona distendido, y mi nuca pesa sobre tu dulce espalda pero nuestros pensamientos se aman, discretamente, a través de esta alba azul, tan presta a crecer.
Pronto la barra luminosa, entre las cortinas, va a avivarse, a tornarse rosa... Unos cuantos minutos más, y podré leer en tu hermosa frente, en tu mentón delicado, en tu boca triste y tus párpados cerrados, la voluntad de aparecer dormido... Es la hora en que mi cansancio, mi insomnio enervador no podrán ya callarse, en que sacaré los brazos fuera de este lecho febril y mis talones malvados preparan ya su andar astuto...
Entonces, fingirás que te despiertas. Entonces podré refugiarme en ti, con confusas quejas injustas, con suspiros exagerados, con crispaciones que maldecirán el día llegado ya, la noche tan tarde en terminar, el ruido de la calle... Porque sé que entonces apretarás tu abrazo, y que, si el acunamiento de tus brazos no es suficiente para calmarme, tu beso se hará más tenaz, tus manos más amorosas, y que me concederás la voluptuosidad como un socorro, como el exorcismo soberano que expulsa de mí a los demonios de la fiebre, de la ira, de la inquietud... Me darás la voluptuosidad, inclinado sobre mí, los ojos llenos de una ansiedad maternal, tú que buscas, a través de tu amiga apasionada, el hijo que no has tenido... Colette
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"Si quieres ser escritor, escribe". Epicteto
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