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01/11/2006

Elegía para Dalila

Si tú supieras,
el significado del silencio,
no dejarías extraviar por tiempo indefinido
el eco de mi voz extrañándolo todo.

Si tú supieras,
la terrible nostalgia que sin piedad consume mi alma,
cuando abruptamente tus palabras invisibles como el viento,
refieren ante mí tu tristeza.

Si tú supieras,
que desde lo más recóndito de mi bucólico espacio,
busco afanosamente a través de esta enmarañada red intangible,
la imagen responsable de mis sueños rotos por el abrupto amanecer.

Si tú supieras,
cuan tormentoso ha sido este delirio irracional,
que me ha permitido amar cada cosa que venga de ti;
tus irascibles comentarios,
tu conmovedor resentimiento,
tus picarescas alusiones,
tus notas,
tu adiós,
tu silencio indefinido.

Enrique Ojeda

01/11/2006 12:24 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Versos actuales

Enloquecidamente

Después de la ducha obligada, desayunó. Le costaba retomar la rutina comenzada hacía una semana. Bajó lentamente la gran escalinata. El frío hacía dudar sus pasos -sería sólo una hora de distracción- Después de atravesar el parque caminó hasta la reja, llegó a la calle, el tránsito voraz, la gente apurada, la indiferencia, las miradas perdidas...


Allí estaba él, con muchos años vividos, extendiendo el brazo, la mano abierta; con voz gastada le pidió la moneda.


La reacción fue inmediata, el cuchillo penetró una y otra vez y otra vez en su cuerpo hasta matarlo y nuevamente le gritó que no le había quitado el dinero.

Y corrió. Corrió enloquecidamente. Corrió. Cruzó la calle, atravesó el parque, subió las escalinatas. A la enfermera le mostró sus manos cubiertas de sangre, a gritos juraba no haber robado.

El médico determinó "prohibida las salidas". "Enfermera de cuidado".

Marita Margan

01/11/2006 12:25 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Prosa actual

Posturas de escritor

Cuenta la hija de Ricardo Garibay, el otro gran autodidacta de las letras mexicanas después de Rulfo, que jamás en su colegio comprendieron el oficio de su padre. "-Sí, Mónica, tu papá es escritor, ¿pero en qué trabaja?" Este tormento la persiguió durante sus años infantiles. Y se quejaba: "Nada que yo dijera la convencía [a su maestra] de que lo que mi padre hacía era una profesión. Ricardo Garibay "no iba a una oficina a trabajar, no tenía jefes ni horarios, no llevaba un sueldo mensual a la casa, ni hablaba de días de asueto. Todo lo que requería para ganarse la vida era un escritorio, papel y pluma".

 

¿Cuáles son los elementos indispensables para convertirse en escritor? O mejor aún, ¿cuál es el ambiente óptimo para que un escritor cree su obra? ¿Son suficientes, como para Garibay, el papel, la pluma y el escritorio? Los reporteros de la revista The Paris Review sintieron esta curiosidad y prácticamente en todas sus entrevistas tocaron el punto. Como denominador común aparece un clima de comodidad. Nada nuevo: para ejercer el trabajo que sea hacen falta ciertas condiciones materiales que lo favorezcan. Ya Aristóteles observaba que sin ciertos privilegios económicos (materiales, en definitiva) era imposible ser feliz.

 

Cada escritor se va haciendo de costumbres y tradiciones ¡y hasta manías! que, con el tiempo, llegan a ser fundamentales en el proceso creativo. Algunas llegan a ser francamente divertidas. He aquí un recorrido por el modus operandi de algunos literatos. Creo conveniente, sin embargo, apostillar un punto inobjetable. Vuelvo a Garibay: "Se escribe como se es. O sea, se escribe desde el temperamento y el carácter. Un hombre suave, suavemente habrá de escribir; y lo contrario un hombre aristoso. Y tanto, que si alguien huracanado escribe con tersura es que la tiene en el alma, y el huracán como mera fachada; y será más fácil conocerlo por su estilo que por su conducta o lo que jure de sí". O por el gesto con que esgrime la pluma o por los mazazos con los que golpea su máquina de escribir, añado yo.

 

En Simpatías y diferencias don Alfonso Reyes, entre otras cosas, cuenta una anécdota que le ocurrió el último día del año 1923. En un paréntesis casi desapercibido grita -no sé si con enfado o quejoso- que sus familiares erróneamente aseguran que él, don Alfonso, se pasa la vida sentado. ¡Error!, exclama. Y luego se revela: "Yo escribo de pie, paseando constantemente, y considero esta costumbre como la mejor herencia paterna". Pude ver, en la Capilla Alfonsina, el gordo bolígrafo negro que usó por años. En más de una foto, los dedos cortos y redondeados del escritor lo sostienen con respeto. Al leer esto no pude evitar un recuerdo, el del padre Escrivá de Balaguer, ahora beato, uno de los clásicos modernos de la literatura espiritual cristiana. Él también escribía de pie. Pero ninguna herencia paterna le motivaba; aseguraba que lo hacía a manera de mortificación.

 

Hemingway también escribía de pie. Sé que jamás lo hacía sin mocasines. Tan pronto como se asomaba el sol, Hemingway se vestía, engalanaba sus pies con los zapatos aquellos, afilaba varios lápices y retomaba el trabajo del día previo. Su máquina de escribir estaba empotrada en un estante repleto de libros, notas y papeles. El mueble estaba entre la ventana y la cama. Todo apretujado, todo desordenado, todo exuberante y pomposamente sencillo. Apenas cabía la máquina entre las repisas y los libros y los periódicos. Usaba un tablero para sostener papeles, los lápices de rigor (cinco o seis, quizá siete, no veinte como aseguró Thorton Wilder). Hemingway jamás suspendía su trabajo sin saber exactamente dónde debía recomenzar al día siguiente. Enamorado, sólo enamorado puede uno escribir las mejores páginas, recomendaba.

 

Es conocido que William Faulkner pedía whisky: "Los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky". El lugar debe ser tranquilo y la mañana es la mejor parte del día para trabajar. El ambiente debe ser de paz, soledad y placer, un placer que no sea una molestia económica, de lo contrario uno se distrae. Al igual que Hemingway, Faulkner reconoce que la libertad económica es fundamental. Y cuenta cómo el mejor empleo de su vida fue el de administrador de un burdel: silencio, mujeres, dinero y comida, trabajo mínimo, respeto, licores, un techo.

 

Otros autores que han combinado el binomio techo-café son J.K. Rowling y Ralph Ellison. Ellison por gusto, Rowling por necesidad. Hoy es famosa (y un artículo de moda) la historia de cómo tras el abandono de su esposo, Rowling visitaba una taberna donde el consumo de un sencillo café le brindaba fuego para su hija y, a ella, la tranquilidad para pensar y escribir. Allí imaginó y redactó las historias de Harry Potter.

 

Julio Cortázar tuvo el ánimo de escribir en cafés. Así trabajó Rayuela. Después, con los años y la edad, prefirió lugares tranquilos y con calma. Siempre sin música, bastaba la calma: "un hotel, a veces un avión, la casa de un amigo, o aquí, en casa". Pero Cortázar no corregía. Escribía en los sueños y, al despertar, transcribía. Es como el jazz, insiste. Uno puede pedirle al músico que toque algo de jazz, pero ni él mismo sabe exactamente por dónde irá.

 

García Márquez también necesita lugares silenciosos pero, primordialmente, lugares familiares. Es incapaz por ejemplo de escribir en los hoteles. "Eso me crea problemas porque cuando viajo no puedo trabajar". Además le son necesarias la lucidez y la salud. Y recuerda que ni Hemingway ni Faulkner (ni nadie) fueron capaces de escribir en estado de ebriedad. ¿Será posible? Sin el opio, Coleridge no habría recibido en sueños el poema Kubla Kahn. La historia es famosa: atacado por una enfermedad, al parecer migraña, el médico receta al poeta opio. Bajo la influencia de la droga tuvo un sueño donde, además de ver un palacio que se construía al ritmo de una música, escuchó una voz que recitaba un poema. Coleridge, al despertar, vertió ese poema. En la línea 70 estaba cuando un vecino de la granja de Porlock le interrumpió. Dos horas. Luego Coleridge fue incapaz de recordar el resto. Es fama que su amigo y discípulo Thomas de Quincey escribía con opio. Yo no podría asegurar que Baudelaire lo utilizara también. Presumo que algo de ello se esconde detrás de Los paraísos artificiales.

 

Y cuentan que Dickens se apasionaba tanto con sus personajes que no era raro oír risas o sollozos, según el caso, mientras escribía. Sospecho que cualquier desconocido que le viera pensaría que se trataba de un borracho.

 Alberto Moravia no precisaba de apuntes para escribir sus novelas. Se sentaba y escribía lo que brotara en ese momento, sin notas, sin premeditaciones ni artilugios. Trabajaba todos los días, "entre las nueve y las doce, todas las mañanas y, por cierto, nunca he escrito una sola línea en la tarde o en la noche".

Este rasgo de trabajar por las mañanas es bastante común. Coinciden en él Angus Wilson y Aldous Huxley. Wilson, de joven, trabajó en un museo. Después de la I Guerra Mundial se retiró al campo, aunque seguía trabajando en Londres. Para matar el tiempo comenzó a escribir cuentos porque "era algo que podía terminar, realizar completamente, en un fin de semana". Wilson, el Wilson ya maduro, ya escritor profesional, trabajaba con irregularidad y siempre se detuvo ante el agotamiento. Huxley en cambio fue más sistemático: "Trabajo con regularidad. Siempre por la mañana, y después un poco más antes de cenar. No soy de los que trabajan por la noche. Por la noche prefiero leer. Generalmente trabajo cuatro o cinco horas al día". A pesar de estas diferencias descubrimos otra semejanza con Wilson: "No paro hasta que me canso, hasta que me siento decaer".

 

Alguien que se cansaba rápidamente era T.S. Elliot. Nunca escribió más de tres horas continuas, de diez a una. De hecho, tres de los Four Quartets fueron escritos "a ratos". Después pulía lo escrito. En ocasiones, T.S. Elliot escribía con lápiz, otras veces a máquina. Su esposa generalmente le ayudaba a mecanografiar.

 

Mary McCarthy escribía todo a máquina, desde las nueve hasta las siete de la tarde, si las cosas salían bien. Procuraba no salir de casa para comer.

 

Los hábitos de Henry Miller cambiaron conforme pasó el tiempo. De joven, "muy al principio", "solía trabajar después de la medianoche hasta el amanecer". Después, ya en París, "descubrí que era mucho mejor trabajar por la mañana". Dos o tres horas, como T.S. Elliot. Miller escribía a máquina, corregía con pluma y volvía a teclear el texto porque "en cierto modo la máquina obra como un estímulo; es una cuestión de cooperación".

 

Algo similar reconocía James Thurber: el acto creador "para mí es sobre todo cuestión de pulir. Es parte de un intento constante de mi parte para hacer que la versión final parezca escrita sin esfuerzo". Sólo el séptimo borrador era aceptable; el primero parecía escrito "por una criada". Sus textos medían originalmente 240 mil palabras. Gastaba dos mil horas de trabajo para reducirlas a sólo 20 mil. Jamás usó apuntes, al contrario, mofábase de ellos.

 

El método de Octavio Paz distingue prosa y poesía. "Se puede escribir poesía en cualquier momento, en cualquier parte. A veces compongo mentalmente un poema en el ómnibus o caminando por la calle. El ritmo de la caminata me ayuda a acomodar los versos". La prosa es muy distinta: "Hay que escribirla en un sitio tranquilo y aislado", y agrega, "aunque sea en el baño. Pero por encima de todo es esencial tener uno o dos diccionarios a mano. El teléfono es el demonio del escritor. Y el diccionario es su ángel guardián". Paz escribía a mano dos o tres veces su texto. Los dictaba a una grabadora, su secretaria los mecanografiaba y él volvía a los papeles para corregir. "En el caso de la poesía, escribo y reescribo constantemente". Jamás mantuvo un horario fijo para escribir. De joven lo hacía cuando podía, en sus horas libres, en las horas que sus múltiples empleos ("era bastante pobre") le dejaban libres.

 

El poeta que sí era capaz de escribir poesía a máquina era George Barker. (También Neruda, durante una época hasta que se rompió el dedo; luego descubrió que la poesía escrita a mano era "más natural".) En Londres, Barker le pedía su máquina a Lawrence Durell: "Yo pensaba que le estaba escribiendo cartas a su familia. Pero no, estaba escribiendo versos". Es, a su juicio, "la única asombrosa excepción a la regla".

 

Al argentino Adolfo Bioy Casares la máquina le ocasionó dolores en la espalda o la cintura. La dejó a un lado y continuó con la costumbre de escribir a mano. Sólo cuando escribía a la par con Borges, Bioy tomaba la máquina y tecleaba lo que ya habían discutido y trabajado oralmente. Bioy lograba conjuntar el tenis con las mujeres, los libros y sus textos. Era un verdadero activista. Cuando Borges aún podía ver escribía en cuadernos (de cuadros muchas veces) con tinta azul. No tenía escrúpulos por interrumpir sus líneas y comenzar un dibujo. Sus manuscritos están repletos de tigres y rostros, dibujos de buen trazo. Más tarde, ya ciego, Borges trabajaba sus textos (no sólo la poesía como Paz, también la prosa) mentalmente. Los corregía. Y cuando estaban en su versión definitiva, los dictaba a su madre. Quince días los dejaba descansar, como Milton, quien definía en su cabeza todos los versos de The Lost Paradise, y al volver a casa dictaba a sus hijas.

 

Vargas Llosa escribe a mano, transcribe y corrige. Trabaja en sus novelas de lunes a sábado, los domingos saca notas para revistas y periódicos. Las manos de Vargas Llosa se cansan a las dos horas. Se le acalambran. Entonces comienza a transcribir en la máquina su manuscrito.

 

Dos escritores que prefieren la pluma sobre la máquina, Carlos Fuentes y Pablo Neruda. Fuentes se reconoce "un escrito matinal: a las ocho y media ya estoy escribiendo en manuscrito y sigo hasta las doce y media, cuando me voy a nadar. Después vuelvo, almuerzo y leo a la tarde hasta que me voy a hacer mi caminata para la escritura del otro día". Fuentes, como Milton o Borges, émulo de paseantes como Thorton Wilder o Kant, escribe sus libros en la mente. Seis o siete páginas en cada recorrido que, durante sus días de Princeton, tocó siempre tres puntos imprescindibles: las casa de Einstein, de Thomas Mann y la de Hermann Broch.

 

Neruda se sentía forzado "por una necesidad interna" a escribir. Escribía constantemente, enfermizo escribidor, en el auto, de pie o a escondidas, "escribo donde puedo y cuando puedo, pero siempre estoy escribiendo". Neruda, la pluma compulsiva. Podríamos decir que era hiperactivo, como Bioy Casares. Le molestaba -le resultaba imposible- permanecer todo el día frente a su escritorio. Él necesitaba y disfrutaba participar en el movimiento de la vida (y la política). "Me la paso yendo y viniendo, pero escribo intensamente siempre que puedo y en el lugar donde esté". Luego la idea o la expresión, en un principio plena, cesa. El fin de la inspiración, que le dejaba satisfecho o exhausto o calmo o vacío. Cuando la inspiración le abandonaba, Neruda era incapaz de continuar.

 

Llegamos así a otro momento clave, el de la inspiración. Mucho se ha escrito y aún más se dirá. No es éste el lugar adecuado para retomar el asunto. Dejémoslo.

 

Quisiera terminar con una confesión. ¿Cuáles son las costumbres del autor de estas páginas? Yo leo acostado y descalzo (me han dicho que Hemingway leía también sin zapatos). Mis costumbres como escritor no son extravagantes: uso pluma -en ocasiones, pluma fuente, por lo general "plumín" o "puntofino"-, necesito tranquilidad pero no aburrimiento o monotonía. Me permito poner, como fondo, música. Acostado, boca abajo, el cuaderno sobre la almohada; otras veces, sentado con la mano izquierda sujetando mi cabeza y el codo sobre el escritorio. No es raro que al escribir me acompañen algunas botanas o bebidas, muchas veces será sólo agua. Transcribo en la computadora y corrijo sobre lo impreso. En definitiva, cuando escribo necesito entretener algún sentido. Sin embargo, cuando pienso en Hitler, Ezra Pound, Rubin Carter, Tomás Moro, Gramsci, san Pablo o Cervantes, me figuro que son frivolidades: ellos escribieron en una espantosa cárcel, un lugar donde jamás querría vivir y donde jamás escribiría una línea que pudiera valer la pena. Ya Yeats subrayó que este es un "oficio solitario y sedentario", pero yo no soportaría tanto.

Enrique G de la G  
01/11/2006 12:26 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Ensayos

Vivir la literatura

Hay una frase capital que moldeó, de alguna manera, mi condición de lector. Pertenece a Marguarite Youcenar y se encuentra en la exquisita novela "Memorias de Adriano": "La vida me enseñó los libros".

Leer libros sin vivir es sin duda un acto en extremo vacío y carente, como es lógico, de alguna significación. A medida que se vive se percata uno de las diferencias notables que se establecen en la realidad literaria y en la realidad cotidiana. Quizá buena porción de aquello a lo que denominamos literatura fantástica surge a raíz de experiencias vivenciales sumidas en la noche del alma. Allí están los cuentos de Poe, Horacio Quiroga, Cortázar, que son material ilustrativo de primera mano, donde un hecho real pone en marcha todo el engranaje fantástico camuflajeado en la cotidianidad. El realismo mágico, instaurado en la literatura por Gabriel García Marquez, con discípulas más o menos falaces como Laura Esquivel e Isabel Allende, no es más que la constatación metafórica de una realidad que esta en el ambiente cotidiano. Un ejemplo clásico es ese cuento del ángel que viene a buscar al niño enfermo. Hasta ahí lo real. Luego viene García Márquez y patentiza a ese ángel, que es una superstición religiosa en boca de nuestros abuelos, y lo convierte en un anciano con alas al que encierran en un gallinero.

Nuestra vida esta conectada con "algo" que sobrepasa los razonamientos lógicos.  A ese "algo" lo llamamos magia, azar y otros conjunto de nombres que designan lo innombrable.  Si muchos autores utilizan la materia prima de esa realidad (que se escapa a las miradas atentas, que ablanda los objetos, que materializa ángeles y demonios, que metaforiza el amor y los sueños) para escribir sus novelas, es necesario como lector vivir las vicisitudes propias de esa realidad fantasmagórica, para comprender muchos personajes como el Quijote, Enma Bovary, los tres mosqueteros, el monstruo creado por Frankenstein.

Este juego de espejos entre lo real y lo fantástico tiene muchas variantes y forma parte tanto de la literatura como de nuestra vida diaria. Por esa razón Borges se pregunta y se responde: "¿En Qué reside el encanto de los cuentos fantásticos? Reside, creo, en el hecho de que no son invenciones arbitrarias, porque si fueran invenciones arbitrarias su número sería infinito; reside en el hecho de que, siendo fantástico, son símbolos de nosotros, de nuestra vida, del universo, de lo inevitable y misterioso de nuestra vida y todo esto nos lleva de la literatura a la filosofía.  Pensemos en las hipótesis de la filosofía, harto más extrañas que la literatura fantástica; en la idea platónica, por ejemplo, de cada uno de nosotros existe porque es un hombre arquetípico que esta en los cielos. Pensemos en la doctrina de Berkeley, según la cual toda nuestra vida es un sueño y lo único que existe son apariencias".

La literatura, en sus más variados géneros, intenta darle cuerpo a todo ese conjunto de dudas que desde hace bastante tiempo carcome el universo reflexivo del hombre. Trata, si se quiere, en darle una significación más honda y trascendentes a todo eso que parece deslizarse sobre la superficie de nuestra piel y que nos hiere sutilmente. El hombre más que hecho de piel, alma y huesos esta confeccionado de memoria, palabras e imaginación y es a través de ese inagotable invento, conocido como libro, es que ha podido desdoblarse para leerse y escribirse. Paulo Freire ha escrito: "La lectura del universo antecede a la lectura de la palabra y por eso la anterior lectura de ésta no puede `prescindir de la continua lectura de aquel. Lenguaje y realidad están unidos dinámicamente. La compresión del texto que se obtiene por la lectura crítica implica la percepción de las relaciones entre el texto y el contexto". Todo esto nos lleva a pensar que la escritura no es un acto fortuito, muchos menos es una actividad para domesticar el ocio de fin de semana. Ningún texto es inocente debido a que implícito tiene una lectura del mundo, una observación escrita de esos momentos cruciales (o insignificantes) que a cualquiera le toca vivir.

El peregrinaje personal que se realiza, para leer una buena porción de libros, responde a motivaciones muy particulares de cada cual; no obstante el acto de leer posee un rasgo característico: leer es un acto solitario, sin pautas ni parámetros preestablecidos.

La lectura de libros más que empujarte hacia la vileza te empuja hacia la alegría, dicha alegría se comparte con otros lectores de la especie. La comunidad lectora constituye una especie de gremio abierto, democrático, crítico, ilustrado y humanista. Entre las distintas comunidades lectoras se intercambian títulos, impresiones sobre determinados libros, críticas a escritores concretos. Es un trueque sustancioso que tiene como eje común la lectura de libros a conciencia y en libertad.

Se vive para comprender lo leído, para sentir en carne propia lo que sintió Don Quijote cuando armado de caballero, se dispuso cristalizar en la realidad el mundo virtual de caballeros, damas en peligro, magia y gigantes de las novelas de caballería. El gesto de Alonso Quijano desechaba por completo esa idea idílica de la literatura como ornamento intelectual, para devenir en actividad desgarrada que se traspapela con los sueños y la vida de los lectores.

Mayo 13, 2001

Carlos Yusti

01/11/2006 12:26 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Artículos

Celos

Al saber la verdad de tu perjurio,
loco de celos, penetré en tu cuarto.

Dormías inocente como un ángel,
con los rubios cabellos destrenzados,
enlazadas las manos sobre el pecho
y entreabiertos los labios.

Me aproximé a tu lecho, y de repente
oprimí tu garganta entre mis manos.
Despertaste. Miráronme tus ojos.
Y quedé deslumbrado,
igual que un ciego que de pronto viese
brillar del sol los luminosos rayos!

Y en vez de estrangularte, con mis besos
volví a cerrar el oro de tus párpados.

Francisco Villaespesa

01/11/2006 12:27 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Versos clásicos

Redondo, el contertulio

Más de veinte años hacía que faltaba Redondo de su patria, es decir, de la tertulia en que transcurrieron las mejores horas, las únicas que de veras vivió, de su juventud larga. Porque para Redondo la patria no era ni la nación, ni la región, ni la provincia, ni aún la ciudad en que había nacido, criádose y vivido; la patria era para Redondo aquel par de mesitas de mármol blanco del café de la Unión, en la rinconera del fondo de la izquierda, según se entra, en torno a las cuales se había reunido día a día, durante más de veinte años con sus amigos, para pasar en revista y crítica todo lo divino y lo humano y aun algo más. 

Al llegar Redondo a los cuarenta y cuatro años encontróse con que su banquero le arruinó, y le fue forzoso ponerse a trabajar. Para lo cual tuvo que ir a América, al lado de un tío poseedor allí de una vasta hacienda. Y a la América se fue añorando su patria, la tertulia de la rinconera del café de la Unión, suspirando por poder un día volver a ella, casi llorando. Evitó el despedirse de sus contertulios, y una vez en América hasta rompió toda comunicación con ellos. Ya que no podía oírlos, verlos, convivir con ellos, tampoco quiso saber de su suerte. Rompió toda comunicación con su patria, recreándose en la idea de encontrarla de nuevo un día, más o menos cambiada, pero la misma siempre. Y repasando en su memoria a sus compatriotas, es decir, a sus contertulios, se decía: ¿Qué nuevo colmo habrá inventado Romualdo? ¿Qué fantasía nueva el Patriarca? ¿Qué poesía festiva habrá leído Ortiz el día del cumpleaños de Henestrosa? ¿Qué mentira, más gorda que todas las anteriores, habrá llevado Manolito? Y así lo demás. 

Vivió en América pensando siempre en la tertulia ausente, suspirando por ella, alimentando su deseo con la voluntaria ignorancia de la suerte que corriera. Y pasaron años y más años, y su tío no le dejaba volver. Y suspiraba silenciosa e íntimamente. No logró hacerse allí una patria nueva, es decir, no encontró una nueva tertulia que le compensase de la otra. Y siguieron pasando años hasta que su tío murió, dejándole la mayor parte de su cuantiosa fortuna y, lo que valía más que ella, libertad de volverse a su patria, pues en aquellos veinte años no le permitió un solo viaje. Encontróse, pues, Redondo libre, realizó su fortuna y henchido de ansias volvió a su tierra natal. 

¡Con qué conmoción de las entrañas se dirigió por primera vez, al cabo de más de veinte años, a la rinconera del café de la Unión, a la izquierda del fondo, según se entra, donde estuvo su patria! Al entrar en el café el corazón le golpeaba el pecho, flaqueábanle las piernas. Los mozos o eran otros o se habían vuelto otros; ni los conoció ni le conocieron. El encargado del despacho era otro. Se acercó al grupo de la rinconera; ni Romualdo, el de los colmos, ni el Patriarca, ni Henestrosa, ni Ortiz el poeta festivo, ni el embustero de Manolito, ni don Moisés, ni... ¡ni uno sólo siquiera de los suyos! ¡Todos otros, todos nuevos, todos más jóvenes que él, todos desconocidos! Su patria se había hundido o se había trasladado a otro suelo. Y se sintió solo, desoladamente solo, sin patria, sin hogar, sin consuelo de haber nacido. ¡Haber soñado y anhelado y suspirado más de veinte años en el destierro para esto! Volvióse a casa, a un hogar frío de alquiler, sintiendo el peso de sus sesenta y ocho años, sintiéndose viejo. Por primera vez miró hacia delante y sintió helársele el corazón al prever lo poco que le quedaba ya de vida. ¡Y de qué vida! Y fue para él la noche de aquel día noche insomne, una noche trágica, en que sintió silbar a sus oídos el viento del valle de Josafat. 

Mas a los dos días, cabizbajo, alicaído de corazón, como sombra de amarilla hoja de otoño que arranca del árbol el cierzo, se acercó a la rinconera del café de la Unión y se sentó en la tercera de las mesitas de mármol, junto al suelo de la que fue su patria. y prestó oído a lo que conversaban aquellos hombres nuevos, aquellos bárbaros invasores. Eran casi todos jóvenes; el que más tendría cincuenta y tantos años. 

De pronto, uno de ellos exclamó: “Esto me recuerda uno de los colmos del gran don Romualdo”. Al oírlo, Redondo, empujado por una fuerza íntima, se levantó, acercóse al grupo, y dijo: 

-Dispensen, señores míos, la impertinencia de un desconocido, pero he oído a ustedes mentar el nombre de don Romualdo, el de los colmos, y deseo saber si se refieren a don Romualdo Zabala, que fue mi mayor amigo de la niñez. 

-El mismo -le contestaron. 

-¿Y qué se hizo de él? -Murió hace ya cuatro años. 

-¿Conocieron ustedes a Ortiz, el poeta festivo? -Pues no habíamos de conocerle si era de esta tertulia. 

-¿Y él? 

-Murió también. 

-¿Y el Patriarca? 

-Se marchó y no ha vuelto a saberse de él cosa alguna. 

-¿Y Henestrosa? 

-Murió. 

-¿Y don Moisés? 

-No sale ya de casa; ¡está paralítico! 

-¿Y Manolito el embustero? 

-Murió también... -

Murió... murió... se marchó y no se sabe de él... está en casa paralítico... y yo vivo todavía,... ¡Dios mío! ¡Dios mío! -y se sentó entre ellos llorando. Hubo un trágico silencio, que rompió uno de los nuevos contertulios, de los invasores, preguntándole: -Y usted, señor nuestro, ¿se puede saber...?

-Yo soy Redondo... 

-¡Redondo! -exclamaron casi todos a coro-. ¿El que se fue a América arruinado por su banquero? ¿Redondo, de quien no volvió a saberse nada? ¿Redondo, que llamaba a esta tertulia su patria? ¿Redondo, que era la alegría de los banquetes? ¿Redondo, el que cocinaba, el que tocaba la guitarra, el especialista en contar cuentos verdes? 

El Pobre Redondo levantó la cabeza, miró en derredor, se le resucitaron los ojos, empezó a vislumbrar que la patria renacía, y con lágrimas aún, pero con otras lágrimas, exclamó: 

-¡Sí, el mismo, el mismo Redondo! 

Le rodearon, le aclamaron, le nombraron padre de la patria y sintió entrar en su corazón desfallecido los ímpetus de aquellas sangres juveniles. Él, el viejo, invadía a su vez a los invasores. 

Y siguió asistiendo a la tertulia, y se persuadió de que era la misma, exactamente la misma, y que aún vivían en ella, con los recuerdos, los espíritus de sus fundadores. Y Redondo fue la conciencia histórica de la patria. Cuando decía: «Esto me recuerda un colmo de nuestro gran Romualdo...”, Todos a una: “¡Venga! ¡Venga!” Otras veces: “Ortiz, con su habitual gracejo, decía una vez...” Otras veces: “Para mentira, aquella de Manolito”. Y todo era celebradísimo.

Y aprendió a conocer a los nuevos contertulios y a quererlos. Y cuando él, Redondo, colocaba alguno de los cuentos verdes de su repertorio, sentíase reverdecer, y cocinó en el primer banquete, y tocó, a sus sesenta y nueve años, la guitarra, y cantó. Y fue un canto a la patria eterna, eternamente renovada. 

A uno de los nuevos contertulios, a Ramonete, que podría ser casi su nieto, cobró singular afecto Redondo. Y se sentaba junto a él, y le daba golpecitos en la rodilla y celebraba sus ocurrencias. Y solía decirle: “¡Tú, tu eres, Ramonete, el principal ornato de la patria!” Porque tuteaba a todos. Y como el bolsillo de Redondo estaba abierto para todos los compatriotas, los contertulios, a él acudió Ramonete en no pocas apreturas. 

Ingresó en la tertulia un nuevo parroquiano, sobrino de uno de los habituales, un mozalbete decidor y algo indiscreto, pero bueno y noble; mas al viejo Redondo le desplació aquel ingreso; la patria debía estar cerrada. Y le llamaba, cuando él no le oyera, el Intruso. Y no ocultaba su recelo al intruso, que en cambio veneraba, como a un patriarca, al viejo Redondo. 

Un día faltó Ramonete, y Redondo, inquieto como ante una falta, preguntó por él. Dijéronle que estaba malo. A los dos días, que había muerto. Y Redondo le lloró; le lloró tanto como habría llorado a un nieto y llamando al Intruso, le hizo sentar a su lado y le dijo: 

-Mira, Pepe, yo, cuando ingresaste en esta tertulia, en esta patria, te llamé el Intruso, pareciéndome tu entrada una intrusión, algo que alteraba la armonía. No comprendí que venías a sustituir al pobre Ramonete, que antes que uno muera y no después nace muchas veces el que ha de hacer sus veces; que no vienen unos a llenar el hueco de otros, sino que nacen unos para echar a los otros. Y que hace tiempo nació y vive el que haya de llenar mi puesto. Ven acá, siéntate a mi lado; nosotros dos somos el principio y el fin de la patria.

Todos aclamaron a Redondo. 

Un día prepararon, como hacían tres o cuatro veces al año, una comida en común, un ágape, como le llamaban. Presidía Redondo, que había preparado uno de los platos en que era especialista. La fiesta fue singularmente animada, y durante ella se citaron colmos del gran Romualdo, se recitó una poesía festiva de Ortiz, se contaron embustes de Manolito, se dedicó un recuerdo a Ramonete. Cuando al cabo fueron a despertar a Redondo, que parecía haber caído presa del sueño -cosa que le ocurría a menudo-, encontráronle muerto. Murió en su patria, en fiesta patriótica.

Su fortuna se la legó a la tertulia, repartiéndola entre los contertulios todos, con la obligación de celebrar un cierto número de banquetes al año y rogando se dedicara un recuerdo a los gloriosos fundadores de la patria. En el testamento ológrafo, curiosísimo documento, acababa diciendo: “Y despido a los que me han hecho viviera la vida, emplazándoles para la patria celestial, donde en un rincón del café de la Gloria, según se entra a mano izquierda, les espero”. 

Miguel de Unamuno

01/11/2006 12:27 Autor: pro-scrito. Permalink. Tema: Prosa clásicos




"Si quieres ser escritor, escribe". Epicteto

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