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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007. 01/01/2007Soneto del padre proxenetaApenas los susurros son espadas. De pronto un seco gongo, una llamada. - ¿Qué hombre te hizo aquello? -le pregunto. - ¡Si le llego a pillar... le descoyunto! Daniel Barredo De Coyoacán a Río ElbaAfuera se ve a un niño de la mano de su padre, intentando subirse a un carrito electrónico que le hará pensar en escapar por un momento de este concreto, en un vaivén de sirenas y música que va parpadeando mientras sube y baja las colinas del viento y la imaginación, y su padre le va haciendo la mano de "adiós adiós" y el niño sonríe saludando de la misma forma, la mano derecha en el volante sin soltarse, y le pide a su padre que le ayude a evitar esas colinas, que le cuide, las sirenas sonando, y el niño ríe, pocos dientes, la chamarra gruesa y los cariñitos sobre su cabello revuelto, bajo la mirada alegre del hombre que se representa como el futuro, ¿o es que el niño es el futuro como dicen todos los eslogans? Ahí continuaba mirando hacia fuera del café, sentado con el libro de Naipaul abierto sobre la mesa, detenida la lectura en las últimas hojas de la novela y aún no sabía el final abrumador que el escritor me daría para seguir disfrutando la vida ajena de mi, dentro de otras imágenes que ahora se cumplen en la mente. Creo que algo decía Ileana sobre el libro de Kundera (que a su vez, ocupaba la parte de la mesa que le correspondía), pero no me interesaba escucharla, no hacía falta en ese momento, con el clima lluvioso (carajo, ¿siempre tiene que haber lluvia para sentirse pleno?) me iba dando sus olores, y la plaza se llenaba de charcos, abrigos y paraguas a las puertas del templo cristiano donde algún cristo se quejaba por el frío y todos corrían a llevarle el humo del incienso. Ileana me llamó de nuevo para cerciorarse de que yo le había oído: - ¿Te pasa algo? - Me pasas tú y todo lo que me rodea. Hice bien en venir a verte. Creo que podría vivir ahora siempre en este sitio, si todo se trata de mirarte las manos, tomar café con chocolate y escuchar el ruido de todos los que llenan la plazoleta y no dejan de hacerme sentir iluminado en este momento. Y es que desde que te vi en el aeropuerto venir a mi con tu ropa hindú amarilla con blanco, el pelo mojado, los labios rojos y esa flor que llevabas en las manos, imaginé que no podría vivir nunca mas sin tu presencia. - Tienes razón con Kundera, va a lograr que yo te odie. La noche fue de cabalgarnos con mucho ruido y hacer que la litera de nuevo caminara, como siempre han caminado las camas en donde nos hacemos el amor. Tú sobre mi, yo dentro de ti, y en ese vaivén donde te oprimo los senos y no puedo dejar de mirarte los ojos en blanco y como metes los dedos entre tu cabellera y te muerdes el labio inferior. - Te guardé el recorte del suplemento, donde te publicaron el texto que escribiste sobre tu maestro de narrativa. - Sabes que llevo días sin poder escribir una frase. Que todo se ha vuelto escribirte versos, que quizá no sean publicables, porque nadie podrá comprender eso de pantera blanca que me encanta decir de ti, de tus muslos. - Ya no quiero que te vayas, quisiera que pudieras quedarte amarrado a mis tobillos. El niño ahora llora porque el carrito se ha detenido y su padre le va acariciando la mejilla mientras se busca en el pantalón alguna moneda que haga de nuevo que el juego mecánico vuelva a moverse. Ya pasan de las tres de la tarde y la lluvia no quiere ceder. Hace rato que la mesera no sube para preguntarnos si queremos algo más. A un lado de nosotros unas personas hablan sobre algún documental o anuncio que quieren comenzar a filmar, y si necesitarán alguna cámara más para filmar el lento caminar de una tortuga terrestre. Y te recuerdo en la playa subida en la cuatrimoto, mientras yo me quedaba con los chicos del voluntariado dejando que la tortuga de carey deposite sus huevos, y tú te ibas alejando por la arena; la noche, los puntos blancos sobre las cabezas, y ese cuadrito de luz roja que iba haciéndose pequeño. Meses después henos acá bebiendo algo caliente, exhaustos de las horas de placer que nos hemos regalado, entusiasmados en los libros que nos hemos comprado, yo leyendo para mi, mirando todo lo que tú tienes que ver día con día. Ileana se mueve un poco al otro lado de la mesa, y volteo a verla. - ¿Qué..? Dime... - me dice en una sonrisa, con un cigarrillo entre los dedos, y sus lentes rotos sobre la nariz. Faltan aún algunas horas para que tenga que regresar a casa, viajar de nuevo. Abordar el aeroplano y tener que despedirme de ella. Se que me hará tristear por algún momento. Pero igual se, que cada momento a su lado me dará nuevamente la oportunidad de pensar que ahora todo está a punto de adecuarse solamente para que podamos compartirlo todo, el tiempo puede esperar. Se escucha un frenón de llantas, alguien ha chocado en la calle, y una camioneta negra pasa a gran velocidad mientras las patrullas van siguiéndola, la gente mira hacia el sitio, pero la música no se detiene, y luego de apenas unos segundos siguen con su compra de churros de dulce y de abrazos, besos, vino y café, todos arremolinados para sentirse llenos de cultura, o al menos en espera de que los anales de la historia puedan señalar que fueron parte de la cultura que pervive en Coyoacán. Dentro de unas horas, al despertar para irme a la oficina, podré ver por la televisión a algún comentarista hablar sobre la persecución que se ha suscitado, o sobre que ha habido algún bombazo en los cajeros automáticos de algún banco, y ella estará abordando el Metro para irse a Reforma, de ahí cruzar hasta Río Elba, subir los diez pisos, mientras yo me guardo las noches a su lado, el estallido de su risa, sus ojos mirándome detrás de los lentes rotos, esperando que pueda pronto, alguna tarjeta de crédito, volverme a pagar el avión para ir de nuevo a verla, y pasarme otro fin de semana disfrutando de su cercanía. Todo ha quedado detrás de esta hoja en blanco que tardo en darme cuenta voy escribiendo rumbo a su mente, anhelando no tener que detenerme en los corredores del baño a recordarla con su ropa hindú, recordar a ese niño trepado en el carrito mecánico, o esas noches cuando le contaba los planes de ser parte de algo grande, que juntos pusiéramos un pie en la revuelta, y no dejar que pase de lado la historia de este país que se está yendo por el caño. La mesera tardó en regresar, y luego caminamos con la noche sobre nosotros, ella peleando con algún taxista y yo disfrutando de sus humores de niña-vieja que se le van quedando en la piel blanca de no tomar ya el sol en las playas donde yo siempre que podía la llevaba para distraerse de la monótona ciudad, no quiero detenerme mas a pensar en su cabello gris y en sus ojos cálidos que ya no me vigilan el sueño, y ya no tener sus palabras, cuando voy camino a la ducha, cuidándome de los otros reos que siempre están pendientes de que uno se doble un poquito con las cursilerías del amor, sobre todo cuando has puesto bombas en los cajeros automáticos. No basta con que te pongan en la madre los traidores, entregándote a la federal preventiva, sino que ahora también tengo que estar atento de que todos los que te rodean en el patio de prácticas puedan ajustarse a tu presencia, compartir el camastro, o mas bien pelear por él cuando las luces se apagan a las diez de la noche añorando la libertad de una calle, de un cuarto de dos por dos en Coyoacán donde nos desvestíamos a prisa, porque no tienes derecho a fianza y esperas que te acusen de terrorista, y no de ser un perseguido político, el caso es que ella en el Metro me había dicho: - Sí estalla la revuelta en Oaxaca, nos vamos juntos para ahí. Quizá Kundera hizo que no confiara en mi. Quizá el chico del piso nueve de Río Elba que la tenía mas tiempo que yo, ahí mismo en las oficinas donde trabajan juntos, no lo sé; tal vez el hecho que la idea de sumarnos a la revuelta solo fue algo pasajero que se dijo como se dijo tantas veces "estaremos juntos" pero caigo en cuenta de que eran cosas mías que ella no compartía del todo, mientras a mi lado dos hombres se hacen cariños salvajes, sudándose las pieles. Ileana queda en la memoria, y un café y los libros, y el avión que se eleva para decirnos adiós. El caso es que me fui solo para Oaxaca, y en estos meses ella no ha venido a verme a la prisión. Adán Echeverría El escritor había creado escuelaElla sabe de estas cosas. No es ninguna jovenzuela, no; y ha vivido y sufrido lo suficiente como para poder establecer un grado de previsión solvente en todo aquello que se proponga. Posiblemente ya desde la cuna ha existido en sus venas una mezcla por igual de flujo sanguíneo y de Información, que le ha brindado el éxito y el fracaso por mitades. No es de las que viven entre dos aguas ni de las que abusa de lo políticamente correcto. Sabe que el sobresalto propio y la provocación en el otro es una partícula inescindible de su personalidad, sin la cual perdería la alocución, tan definitiva para la autoestima, por la mera audición, auténtica tumba para las emociones en aquellas personas que han nacido para ser vistas y oídas. Gusta y disgusta como se ama y se odia al tiempo sin un por qué. Mira de frente, porte erguido, y en sus ojos se vislumbra a aquélla que pudo haber sido una notable fiscal de narcotraficantes o de pederastas. Pertenece a esa estirpe de periodistas osados y honestos que han nacido inoculados del veneno de la pasión en todo lo que hacen; de ahí que le importe tres gaitas que se le aplauda o se le apedree: siempre sacará su manita desde debajo de la tierra para devolver alguna china. Porque sólo un día la hundieron, la balancearon y la dejaron medio ida… Y se prometió que no habría una segunda vez.
Poesía de soledad y poesía de comunión¿Qué clase de testimonio es el de la palabra poética, extraño testimonio de la unidad del hombre y el mundo, de su original y perdida identidad? Ante todo, el de la inocencia innata del hombre, como el de la religión es el de su perdida inocencia. Si una afirma el pecado, la otra lo niega. El poeta revela la inocencia del hombre. Pero su testimonio sólo vale si llega a transformar su experiencia en expresión, esto es, en palabras. Y no en cualquier clase de palabras, ni en cualquier orden, sino en un orden que no es el del pensamiento, ni el de la conversación, ni el de la oración. Un orden que crea sus propias leyes y su propia realidad: el poema. Por eso ha podido decir un crítico francés que "en tanto que el poeta tiende a la palabra, el místico tiende al silencio". Esa diversidad de direcciones distingue, al fin, la experiencia mística de la expresión poética. La mística es una inmersión en lo absoluto; la poesía es una expresión de lo absoluto o de la desgarrada tentativa para llegar a él. ¿Qué pretende le poeta cuando expresa su experiencia? La poesía, ha dicho Rimbaud, quiere cambiar la vida. No intenta embellecerla, como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, mediante la expresión de su experiencia, procura hacer sagrado el mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia. No pretende hermosear, santificar o idealizar lo que ve, sino volverlo sagrado. Por eso no es moral o inmoral; justa o injusta; falsa o verdadera; hermosa o fea. Es, simplemente, poesía de soledad o de comunión. Porque la poesía, que es un testimonio del éxtasis, del amor dichoso, también lo es de la desesperación. Y tanto como un ruego pude ser una blasfemia. La sociedad moderna no puede perdonar a la poesía su naturaleza: le parece sacrílega. Y aunque ésta se disfrace, acepte comulgar en el mismo altar común y luego justifique con toda clase de razones su embriaguez, la conciencia social le reprobará siempre un extravío y una locura peligrosa. El poeta tiende a participar en lo absoluto, como el místico; y tiende a expresarlo, como la liturgia y la fiesta religiosa. Esta pretensión lo convierte en un ser peligroso, pues su actividad no beneficia a la sociedad; verdadero parásito, en lugar de atraer para ella las fuerzas desconocidas que la religión organiza y reparte, las dispersa en una empresa estéril y antisocial. En la comunión el poeta descubre la fuerza secreta del mundo, esa fuerza que la religión intenta canalizar y utilizar, a través de la burocracia eclesiástica. Y el poeta no sólo la descubre y se hunde en ella: lo muestra en toda su aterradora y violenta desnudez al resto de los hombres, latiendo en su palabra, viva en ese extraño mecanismo de encantamiento que es el poema. Octavio Paz Lesbia la más hermosa de las mujeresMuchos encuentran a Quintia hermosa; para mí es blanca, alta y espigada. Admito que posee cada uno de estos atractivos, pero no todo eso sea ser hermosa, lo niego; pues no hay ningún encanto, ninguna pizca de gracia en un cuerpo tan grande. Lesbia sí que es hermosa, pues no solamente es la más hermosa en todo, sino también es la única que robó todos los encantos de Venus. Cayo Valerio CatuloDisputa por señasUn Rey musulmán, noticioso de que su vecino el emperador de Bizancio quería invadirle el reino, decidió enviarle un mensajero que solicitara la paz. Para la elección del portador de la embajada consultó a sus visires y dignatarios más ilustres, pero mientras que los distintos consejeros le designaban ya a uno ya a otro de los más nobles y famosos caballeros de la corte, uno de ellos guardó silencio. El Rey se dirigió entonces a él y dijo: -¿Por qué callas? -Porque no creo que debas enviar a ninguno de los que te han aconsejado -respondió. El monarca interrogó de nuevo: -¿Pues a quién crees que debemos enviar? Y él dijo: -A fulano -y mencionó a un hombre oscuro, sin nobleza ni elocuencia. El rey, colérico en extremo, le gritó: -¿Pretendes burlarte de mí en un asunto de tanta importancia? El consejero respondió: -¡Alah me guarde de ello, mi señor! Tú lo que deseas es enviar a una persona que alcance éxito en su embajada y por esto, yo, después de haber reflexionado mucho, creo que sólo este que te he nombrado lograría lo que deseas, pues es un hombre de muy buena estrella y todos los asuntos que le encomendaste los solucionó con éxito y sin necesidad de elocuencia, ni nobleza, ni valor. El Rey, convencido, dijo: -Dices verdad -y encargó a aquel hombre oscuro la alta misión y le envió a Bizancio -Sin duda este embajador que viene a verme será el más ilustre y grande de todos los musulmanes. Sabed que cuando venga le haré entrar a mi presencia antes de aposentarle y le dirigiré varias preguntas; si me contesta sabiamente, le aposentaré y asentiré a sus peticiones; pero si no me comprende, le expulsaré sin solucionar su embajada. Cuando llegó el mensajero, fue llevado a presencia del Emperador, y una vez que cambiaron los saludos, señaló el Emperador con un solo dedo hacia el cielo: y el musulmán señaló hacia el cielo y la tierra. Indicó entonces el cristiano con su dedo en dirección a la cara del musulmán; y éste señaló con dos dedos hacia el rostro del Emperador. Por último el cristiano le mostró una aceituna y el embajador le enseñó un huevo. Después de esto, el Emperador se sintió satisfecho y solucionó el asunto a satisfacción del musulmán, tras haberle colmado de honores. Preguntaron sus dignatarios al Emperador: -¿Qué le dijiste y por qué accediste a sus peticiones Y él respondió: -¡No vi jamás un hombre tan entendido y agudo como él! Yo le señalé hacia el cielo, diciéndole: «Alah es uno en los cielos»; y él señaló hacia el cielo y la tierra, diciéndome: «Pero Él está en los cielos y en la tierra.» Después señalé hacia él con un dedo, diciéndole: «Todos los hombres que ves tienen un origen unico»; y él me señaló con dos dedos para decirme: «Su origen es doble: descienden de Adán y Eva.» Luego le mostré una aceituna, diciéndole: «Contempla la admirable naturaleza de esto»; y él me tendió un huevo como diciendo: «La naturaleza de éste es más admirable, pues de él sale un animal.» Y por esto le solucioné el asunto. Habiendo preguntado al musulmán de buena estrella qué le dijo el Emperador durante la entrevista, dijo: -¡Por Alah! ¡No vi jamás un hombre tan tardo ni tan ignorante como aquel cristiano! Al momento de mi llegada me dijo: «Con un solo dedo, te levanto así»; y le repliqué: «Yo te levanto con un dedo y te tiro contra la tierra, así.» Entonces me dijo: «Te sacaré un ojo con este dedo, así»; y le respondí: «Yo te sacaré los dos con mis dedos, así.» Y tras esto dijo: «Sólo podría darte esta aceituna, que es lo único que me quedó de mi comida.» Yo le contesté: «¡Oh, desgraciado! Estoy mejor que tú, pues aún me queda un huevo después de mi comida.» Se asustó de mí, y solucionó rápidamente mi asunto. Ibn Asim de Granada |
"Si quieres ser escritor, escribe". Epicteto
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